Partido Comunista Internacional
El Partido Comunista N. 12 - anteprima
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órgano del partido comunista internacional
Lo que distingue a nuestro partido: – la línea de Marx a Lenin a la fundación de la III Internacional y del Partido Comunista de Italia a Livorno 1921, a la lucha de la Izquierda Comunista Italiana contra la degeneración de Moscú, al rechazo de los Frentes Populares y de los bloques partisanos – la dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionario, en contacto con la clase obrera, fuera del politiqueo personal y electorero
– La puesta en escena de la lucha nacionalista en Cataluñia
Ante las amenazas de invasión militar a Venezuela: La clase obrera no tiene patria!! El proletariado no tiene que elegir entre EEUU y otros imperialismos, sino luchar por sí mismo y preparar la revolución anti-capitalista

 

 


La puesta en escena de la lucha nacionalista en Cataluñia
 
Ayer

El 6 de octubre de 1934, poco después de los años 20, el presidente de la Generalitat, Lluis Companys, se asomó a un balcón del palacio de la institución de la cual era el máximo responsable, y frente a una gran multitud, proclamó la independencia de la República Catalana.

La respuesta del gobierno central español fue inmediata. El primer ministro Alejandro Lerroux ordenó al general Domingo Batet, de origen catalán, declarar el estado de guerra y arrestar de inmediato a Companys y los demás líderes del movimiento independentista.

En la noche, se levantaron barricadas para enfrentar al ejército en Barcelona. Un batallón de infantería leal a Madrid, equipado con una batería de artillería, subió por las Ramblas. Un primer enfrentamiento se presentó frente a la sede de un sindicato, donde se atrincheraron un grupo de hombres armados con fusiles, incluyendo algunos militantes del Partido Proletario Catalán. Los independentistas dispararon y mataron a un sargento; poco después, su fortaleza improvisada fue tomada con cañonazos. Entre los separatistas hubo muertos y heridos. Poco después, los cañones se alinearon frente al Palacio de la Generalitat, defendido por una centena hombres de la policía autonómica de Cataluña conocidos como mossos d’esquadra (Mozos de Escuadra).

Companys invita a Batet a unirse a los rebeldes, pero el general responde “Estoy a favor de España”. Se dispararon, y los independentistas obtuvieron la peor parte. A las seis de la mañana, Companys se rindió. Así terminó, solo después de 10 horas, la corta vida de la República Catalana. Companys fue arrestado, procesado y condenado a 30 años de cárcel por rebelión.

Hoy

El 27 de octubre de 2017, después de una pacífica dramatización, en el centro de atención de los medios durante más de dos meses, en una disputa jurídico-institucional con el gobierno español, encabezado por el primer ministro Mariano Rajoy, decidido a suprimir cualquier aspiración del nacionalismo catalán, el parlamento de la Comunidad Autónoma aprobó, con voto secreto, la declaración unilateral de independencia y proclamó la independencia de la República Catalana. El presidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, fue sometido a investigación por rebelión por el fiscal general del Estado español. Se arriesgaba a 30 años de prisión. Así que Puigdemont partió en coche desde su Gerona natal a Marsella, desde donde se embarcó en un vuelo a Bruselas. En una conferencia de prensa en la capital Belga, el presidente catalano declaró en los días siguientes que volvería a España solo si se le garantizaba un proceso justo, se declaró “ciudadano europeo” y se refirió a la capital belga como “capital de Europa”, faro de los derechos humanos.

La pantomima de la guerra de independencia popular catalana del siglo XXI termina, en ambas partes, plenamente, en la observancia religiosa de los rituales electorales de las instituciones democráticas y parlamentarias y del derecho constitucional, sin aventurarse incluso a una barricada o un solo disparo de fusil. Marx enseña que los eventos históricos se repiten, pero la primera vez como tragedia, mientras que la segunda como farsa. En este caso, la desafortunada tragicomedia de 1934 se repitió en una comedia aún más aburrida, en la cual, el fervor patriótico y la furia sagrada de los dos nacionalismos cruzados, el catalán y el centralista español, son obscenamente desinflados junto con la arrogancia de los protagonistas, que carecen incluso del sentido de la vergüenza y del ridículo.

Detrás de las proclamas y las palabras altisonantes, no se puede encontrar otra cosa que la lucha por apropiarse de cuotas del tesoro público y la búsqueda del consenso electoral por parte de las facciones políticas burguesas que compiten, e históricamente podridas, para cubrir su grotesca cobardía, tratando de reconstruir y dar dignidad a la gesta, también sin sentido, e inspirada por concepciones reaccionarias, de sus predecesores de los años 30.

Hay que recordar, que en el año de 1934 España estuvo marcada por la insurrección proletaria de Asturias, que se planteó propósitos muy diferentes y opuestos al de crear otra pequeña patria burguesa.

¿Qué representa la independencia de Cataluña y cómo se generó este aparente impulso centrífugo que hace cada vez más precario el marco institucional de la España post-franquista definido por la Constitución de 1978?

En primer lugar, se debe recordar que para nosotros los marxistas, la fuerza de cohesión de un Estado, que es el instrumento de la opresión de la clase dominante con respecto a las otras clases de la sociedad, es directamente proporcional a su poder económico.

Si a lo largo de los más de cinco siglos después de la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, España ha visto varias veces la aparición de fuertes tendencias centrífugas, esto es, sin duda debido a sus peculiares características geográficas e históricas. La relativa pobreza de las impermeables y semiáridas regiones del centro de la Península Ibérica, ha estado por largo tiempo en contraste con el relativo desarrollo de las zonas costeras, atractivas más por el tráfico a través de largas distancias que desde su propia zona de influencia. Estas causas económicas han hecho que el proceso de centralización del Estado haya sido lento, difícil y que incluso, en la fase de afirmación del absolutismo, las revueltas regionales no fueran en absoluto infrecuentes.

Así escribía Karl Marx en 1854, en la serie de artículos publicados en el “New York Daily Tribune” con el título “La España revolucionaria”, que hemos comentado ampliamente en nuestro estudio, “Marx y Engels en España”, en nuestra revista Comunismo Nro. 38: «En la formación del reino español se verificaron circunstancias particularmente favorables a la limitación del poder real. Por un lado, las tierras de la Península Ibérica fueron reconquistadas, poco a poco, durante la larga lucha contra los árabes y se estructuraron en reinos diferentes y separados unos de otros: en este período surgieron las leyes y costumbres populares, y las conquistas posteriores, realizadas especialmente por los nobles, dieron a éstos un enorme poder, mientras disminuía el del rey. Por otro lado, las ciudades y pueblos así conquistados, se preocuparon por dar seguridad y solidez a la organización interna, dado el estado de necesidad en que se encontraba la población en el momento de su fundación. De hecho tenían que vivir en comunidades cerradas como fortalezas, única forma de tener cierta seguridad frente a las constantes incursiones de los árabes. Al mismo tiempo, la conformación peninsular del país y el continuo intercambio con Provenza y con Italia, hicieron surgir importantes ciudades comerciales y marítimas en la costa. Desde el lejano siglo XV, las ciudades fueron el elemento más importante dentro de las Cortes, compuestas por sus representantes, junto con el clero y la nobleza. Por tanto, es digno de ser destacado el hecho de que la lenta reconquista contra el enemigo árabe, en una lucha obstinada de casi ochocientos años, le dio a la Península Ibérica, en el momento de su plena emancipación, un carácter totalmente diferente al de la Europa contemporánea: al comienzo de la era del despertar europeo, España se encontró con las costumbres de los godos y vándalos en el norte, y de los árabes en el sur» (New York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854).

De modo que el proceso de centralización del Estado español se completó con cierto retraso en comparación con lo que sucedió, por ejemplo, en Francia, y cuando se realizó no pudo crear un Estado unitario igualmente fuerte. Esta relativa debilidad de la monarquía española permitió a la Francia del siglo XVII, es decir, en la fase en la que el Estado absoluto alcanzó su apogeo, sacar provecho de la insurrección catalana de 1640 para entrar al área histórica de la Cataluña Transpirenaica o Perpinan y Roussillon, que hoy siguen siendo regiones francesas en las que todavía se habla la lengua catalana.

Hoy el frente nacionalista pone en el centro de su justificación histórica la disolución de las instituciones catalanas, la Generalitat y los Fueros (leyes locales), con los decretos de Nueva Planta que siguieron al asedio de Barcelona de 1713-14 por las tropas regulares francesas y españolas contra los partidarios de Carlos III, en el contexto de la guerra de sucesión española.

Como continúa Marx explicando en el mismo artículo:

«¿Qué explicación, por lo tanto, se puede proporcionar del singular fenómeno consistente en el hecho de que, después de casi tres siglos de una dinastía de los Habsburgo seguida por otra borbónica – cada una de las cuales es más que suficiente para aplastar a un pueblo – todavía sobreviven, como entonces, las libertades municipales de España? Y eso en el país en el que, entre todos los Estados feudales, nació la monarquía absoluta en su forma más clara, el centralismo aún no ha tenido éxito en plantar sus raíces».

«La respuesta no es difícil. Las grandes monarquías se formaron en el siglo XVI y se establecieron en todas partes luego de la decadencia de las contrapuestas clases feudales: la aristocracia y las ciudades. Sin embargo, en los otros Estados europeos, la monarquía absoluta se presentó como un centro de civilización, como un promotor de la unidad social. Fueron esos Estados el laboratorio donde se mezclaron y produjeron los diferentes elementos de la sociedad, de manera tal de inducir a las ciudades a abandonar la independencia local y la soberanía medieval a cambio de las leyes generales de las clases medias y del dominio común de la sociedad civil».

«En España, por el contrario, mientras la aristocracia se hundía en la degradación sin perder sus peores privilegios, las ciudades perdían su poder medieval sin ganar la importancia moderna. Desde el establecimiento de la monarquía absoluta, las ciudades vegetaron en un estado de continua decadencia (...) Con el declive de la vida comercial e industrial de las ciudades, se hizo cada vez más escaso el tráfico interno y menos frecuente el contacto entre los habitantes de las diferentes regiones, fueron descuidados los medios de comunicación y fueron abandonados los grandes caminos (...)».

«De esta manera, la monarquía absoluta encontró en España una base material que, por su propia naturaleza, rechazaba el centralismo. Así mismo, por otro lado, hizo todo lo que estuvo en su poder para impedir que se desarrollaran intereses comunes, basados ​​en una división nacional del trabajo y en una multiplicación del tráfico interno, única y real base sobre la cual poder crear un sistema administrativo uniforme y leyes generales».

«Por lo tanto, la monarquía absoluta española, a pesar de su aparente parecido con las monarquías absolutas de Europa en general, debe ser catalogada más bien cercana a las formas del gobierno asiáticas. Al igual que Turquía, España continuó siendo un conglomerado de repúblicas mal gobernadas, con un soberano nominal a la cabeza. El despotismo presentó caracteres diferentes en las diversas regiones, a causa de la arbitraria interpretación de las leyes generales por parte de los virreyes y de los gobernantes. A pesar de su despotismo, el gobierno no pudo impedir que continuaran existiendo, en varias regiones, diversos derechos y costumbres, monedas, banderas o colores militares, así como varios sistemas tributarios».

Por lo tanto, no es una coincidencia que incluso en el cumplimiento del convulsionado proceso que condujo a la afirmación definitiva del capitalismo en España, se hayan perpetuado grandes diferencias en el grado de desarrollo económico de las diferentes regiones, que han alimentado las formas de rebelión con respecto al Estado central, que pasará mientras tanto, del despotismo oriental al despotismo burgués moderno.

No fue una coincidencia entonces, si a finales del siglo XIX, en las regiones donde mayor era la vitalidad económica y donde se había implantado con mayor solidez el nuevo modo de producción, favoreciendo un cierto desarrollo industrial, que se asistiera a un renacimiento de nacionalismos como el catalán y el vasco. En ambos casos, estos movimientos no expresaron una necesidad revolucionaria nacional burguesa. Esta en realidad ya se había completado, en varias oleadas, en un largo y tormentoso recorrido histórico, que experimentó un fuerte impulso a partir de la dominación napoleónica y de la subsiguiente guerra de liberación nacional contra los franceses, en la base de la constitución liberal de 1812.

Entonces, Marx explicó una vez más, que había comenzado un proceso que arrastraba consigo, incluso en sus fases más avanzadas, un carácter fuertemente contradictorio que lo marcó desde el principio como un pecado original: «Todas las guerras de independencia dirigidas contra Francia, implicaron al mismo tiempo tanto la impronta de regeneración como de la reacción; pero en ninguna otra parte el fenómeno se presentó con la intensidad con la que ocurrió en España».

En la visión marxista sobre el proceso de génesis de las naciones modernas, no se ve como factor principal la afirmación de la autodeterminación de los pueblos oprimidos, como quiere la vulgata burguesa. Por supuesto, en determinadas fechas y fases históricas, y en ciertos países, el programa del “Manifiesto de Partido Comunista” de 1848 prescribía a los comunistas apoyar a los partidos que se fijaron el objetivo de lograr, la emancipación nacional. El desarrollo del capitalismo ha traído consigo la formación de entidades estatales, que estaban en fase de gestación ya en época pre-burguesa, pero esto se manifestó más bien como un proceso de aglomeración que de fragmentación, a lo largo de líneas basadas en sus aspectos étnicos, culturales y lingüísticos.

La negativa a apoyar a priori a cualquier movimiento de autodeterminación nacional lo precisamos con notable claridad en el lejano 1950, en el artículo titulado El proletariado y Trieste aparecido en el número 8 de “Battaglia Comunista”: «Es contrarrevolucionaria la ideología pequeñoburguesa según la cual, para dar impulso a las reivindicaciones de clase en Europa, convenía esperar la liberación de cada “nacionalidad” oprimida, la solución de cada problema étnico marginal a los grandes Estados. Todos estos oprimidos en el lenguaje, en las universidades, en las carreras burguesas, sobre todo en aquellas más “cannaruta” [en napolitado “ghiotta” (codiciadas), ndr], de los poderes electorales, habrían prohibido para siempre a los trabajadores, darse cuenta de la explotación patronal, de la opresión social».

El nacionalismo catalán y el vasco, a pesar de sus diferencias, han sido a lo largo de toda su historia de signo sustancialmente reaccionario porque, proponiéndose como objetivo el establecimiento de naciones ficticias, han desviado constantemente la atención de los trabajadores de sus propios intereses económicos inmediatos y sus propósitos históricos.

Se consideró sobre todo que las reivindicaciones debían centrarse en cuestiones culturales o de idioma en ambos casos, teniendo en cuenta el hecho de que durante algunos siglos, las principales ciudades catalanas, y desde siempre las del País Vasco, presentaron una clara preeminencia del castellano, no sólo como una herramienta de lenguaje vehicular, utilizado es decir, entre diferentes lenguas maternas, sino también de uso cotidiano, en comparación con el catalán y el euskera, que permanecieron confinados principalmente en el campo. Mientas que la euskera no fue nunca una lengua vehicular y se mantuvo aplastada por numerosos dialectos, hasta la tentativa iniciada en 1968 (es decir, bajo el régimen franquista) de unificación (el llamado “euskera batua”, es decir, vasco unificado) operado por la Academia de la lengua vasca, el catalán también ha conocido una fase, a finales de la Edad Media, en la que efectivamente desempeñó el papel de lengua oficial del Estado aragonés. Además, el catalán fue una de las primeras lenguas, entre las que se derivan del latín, en la cual se desarrolló una producción literaria considerable, que también abarcó la filosofía y la ciencia. Notable en este sentido es el caso del filósofo y poeta Raimondo Lullo (Ramon Llull en catalán) que murió en 1316.

Sin embargo, ya a principios del siglo XV, el catalán había comenzado a perder terreno como lengua de la cultura, para luego ser puesto al margen, con la adopción del castellano como lengua oficial de la monarquía española, unificada por los reyes católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla en el último cuarto de siglo.

Pero estas glorias pasadas importaban poco una vez entrado en el vórtice de la modernidad, con su función progresiva agotada desde hace siglos, sepultada bajo la manta de una unidad estatal no demasiado sólida, aunque con una larga tradición de continuidad. En ese contexto, gústele o no a los cultores de la “pureza” cultural y racial de las patrias, también tuvo lugar en España el proceso de creación de un mercado nacional, en la base de la organización territorial del Estado que ha sido de tanta importancia en el desarrollo del capitalismo moderno. Una vez hecho esto, colocamos una presuposición indispensable sobre la predisposición de las condiciones objetivas del comunismo, fundadas en el alto desarrollo de las fuerzas productivas alcanzadas por la formación económico-social burguesa.

En España por lo tanto, estos nacionalismos se han desarrollado, desde el punto de vista de la historia, nacidos ya muertos, fuera del tiempo, en comparación con la época de las revoluciones nacionales burguesas en Europa. De hecho, tomaron forma cuando el Estado unitario y el mercado nacional eran una realidad ya establecida. Estos movimientos, incluso si pudieran crear estados independientes, separándose del resto del Estado español, hipótesis siempre improbable, no conquistarían ninguna independencia política y económica real, precipitados en la fuerza de atracción ejercida por Francia y Europa Central.

Después del final del régimen franquista, cuyo explícito centralismo fue expresado por el lema “España una, grande y libre”, el nuevo cuadro democrático, en el cual se traspasaron los elementos esenciales del régimen precedente, abiertamente dictatorial, quería dar una respuesta a la espinosa cuestión de las minorías, con el sistema de las Comunidades Autónomas, a las cuales les fue asignada una parte de las funciones que hasta entonces habían sido prerrogativa del gobierno central. Esto significaba ir al encuentro con las necesidades e intereses de los estratos burgueses y pequeñoburgueses que a través de la identidad de la minoría étnica, por real o ficticia que fuera, habían transmitido las demandas de libertad burguesa a través de las cuatro décadas de la dictadura franquista. Tampoco puede ocultar el hecho de que, incluso en los últimos años del régimen, gracias también a un cierto relajamiento de la censura contra las lenguas regionales, las aspiraciones de la pequeña burguesía fueron animadas a canalizarse hacia los nacionalismos resurgentes.

Este camino demostró ser de una cierta eficacia para fortalecer la base de consenso para el nuevo régimen democrático, para distraer la atención del conflicto social ofreciendo a la opinión pública la representación espectacular de conflictos nacionales y regionales en gran parte ficticios, incluso cuando estaban exteriormente armados y violentos. Ver sobre este tema nuestro estudio en profundidad: “Las causas históricas del separatismo vasco” en nuestra revista Comunismo Nro. 42.

Esta difusión, sedimentación y acumulación de motivos ideológicos regresivos, ha continuado jugando un papel importantísimo en calmar y distraer las luchas de los trabajadores por cuatro decenios. Tales “nacionalismos embalsamados”, mantenidos artificialmente vivos, han tenido su peso en favor de la conservación: si no ha habido una recuperación sustancial de las luchas de los trabajadores, incluso después de la crisis de 2008, que puso a la economía española en el suelo, ha llevado a un deterioro drástico de las condiciones de vida de los trabajadores y ha creado millones de nuevos desempleados. De hecho desde entonces, la pérdida parcial de cohesión interna de la superestructura estatal nacional se ha convertido en un instrumento adicional de las políticas antiobreras de austeridad dictadas a la burguesía por la crisis. De hecho, la represión de las manifestaciones de disidencia más inocuas para el poder, y diríamos también más cobardes, han sido confiadas a fuerzas regionales. Esto sucedió en el 2011, cuando los Mossos d’Esquadra, la policía catalana que han elogiado en las últimas semanas los separatistas, calificándola como “nuestra policía”, reprimieron con brutalidad innecesaria, una manifestación pacífica del movimiento de los “indignados”, provocando 33 heridos y 20 detenidos, en la Plaza de Cataluña, en el centro de Barcelona.

El drama que se ha llevado a cabo en los últimos meses y que ha hecho temblar a la apedreada opinión pública es inexplicable, prescindiendo de las preocupaciones vulgarmente electorales, de una clase política corrupta y miope. Después de haber pastoreado por decenios a las masas proletarias y pequeño burguesas con temas ideológicos de signo opuesto, pero de igual naturaleza, chovinismo español monárquico y centralista contra el nacionalismo republicano catalán, ahora los politiqueros están cosechando los frutos del veneno que han suministrado. Los notables de la politiquería burguesa de ambos frentes, tienen que pasar por enérgicos defensores de la democracia, de la constitución, de la libertad de la patria burguesa.

Por un lado, la coalición lo menos que puede hacer es presionar el acelerador (¡con el motor apagado! Electoral!) de la independencia, con el engaño de que sin el lastre de España y los impuestos a pagar a la administración central del Estado, la riqueza de Cataluña se mantendría para los catalanes de todas las clases. Este tema, querido por los demagogos, que en muchos países europeos agitan las banderas del regionalismo y del independentismo, incluyendo el regionalismo propio (representado en Italia por partidos y sindicatos de inspiración regionalista, federalista y localista, como la Lega Nord), es tomado con facilidad por las clases medias y la aristocracia obrera, siempre dispuestas a ser engañadas con promesas vacías.

De hecho, en la fase actual de capitalismo decrépito, no basta referirse a las raíces culturales de Cataluña, el misticismo de la nación no tendría asidero sin la referencia a la independencia fiscal. De hecho, las secesiones o incluso las uniones de Estados, nunca son un hecho predominantemente “cultural”, incluso elementos como la lengua nacional han desempeñado en el pasado un papel central en el proceso de unificación del mercado, un hecho que corre paralelamente a la afirmación del modo de producción capitalista.

Ciertamente, no es la necesidad de sentirse libre de hablar catalán lo que puede motivar la aspiración de una fracción sustancial de la burguesía catalana a liberarse de la sofocante tutela del gobierno madrileño. Hoy la lengua catalana moderna, a cuya unificación ha contribuido solo un trabajo académico realizado “sobre la mesa”, gracias a la política lingüística de la Comunidad Autónoma, no solo ha vuelto a jugar un papel importante en Cataluña, a todos los niveles de la vida social, quizás incluso más de lo que fue hasta principios del siglo XV en el reino aragonés, pero se impone en muchas ocasiones de la vida social como vehículo lingüístico obligatorio, suplantando al castellano. Esto también sucede en los cursos universitarios, aunque sean frecuentados por muchos estudiantes extranjeros, obligados a seguir clases de catalán, cerrándose a los que hablan castellano, el idioma de más de medio billón de hombres.

Esta postura ideológica, que se asume a la par de la imposición franquista del castellano, es una versión “culta” del viejo desprecio con el cual la burguesía y las clases medias catalanas trataron a los xarnegos, es decir, los inmigrantes provenientes de regiones deprimidas de España, que hasta los años 70, arribaron a Cataluña para trabajar. Ellos y sus hijos no hablaron y no aprendieron catalán, y por eso les pusieron una etiqueta, comparable a la de “terrone” en Italia, a los inmigrantes en las ciudades del norte industrial de las zonas más atrasadas del Sur, para separarlos de los hermanos de clase nativos.

Hoy el frente que se agrupa detrás del nacionalismo catalán debe hacer olvidar sus propios pecados, en primer lugar el haber gobernado la comunidad autónoma de Cataluña, aunque con breves interrupciones, durante un total de treinta años a partir de 1980.

Pero el radicalismo altisonante de este movimiento independentista, agitando la bandera de franjas rojas y amarillas, heredada de las guerras medievales de la Reconquista contra los moros (la senyera, el estandarte adoptado en la segunda mitad del siglo XII), tendrá alguna dificultad para romper el marco institucional del Estado español. Este, paradójicamente, también podría salir fortalecido por los eventos de estos meses, gracias a las dosis masivas del veneno chovinista, de signo contrario, defensor del Estado unitario. La burguesía española ha jugado la carta de la represión abierta del referéndum del 1° de octubre, apostando conscientemente por el renacimiento del nacionalismo monárquico.

En el otro frente burgués, la extrema izquierda del grupo capitalista, en España, en Italia y en cualquier lugar de Europa, se ha unido al coro de los partidarios de la inexistente, imposible y reaccionaria independencia catalana. Con diversos, pero siempre engañosos matices, que no ocultan la sustancia de su colocación dentro del campo de clase burgués, estalinistas, trotskistas, anarquistas y sus corrientes en los sindicatos del régimen y de base, no han sido capaces de resistir las sirenas del nacionalismo y de la enésima patria burguesa, que quisiera dar a luz a un nuevo Estado, que se colocaría al lado de todos los demás en la opresión de la clase trabajadora.

Algunos querían ver una “movilización de las masas”, pura puesta en escena de los sindicatos traidores catalanes que el 3 de octubre llamaron a una “huelga general”, en gran medida un verdadero y propio cierre patronal en connivencia con los patronos! El activismo y el movimentismo son nuestros enemigos más insidiosos porque quieren hacer olvidar que en esta contienda, todas las facciones internas de la clase enemiga, son igualmente reaccionarias, y el proletariado no tiene nada que ganar y todo que perder, cualquiera que sea el frente burgués que resulte vencedor.

 

 

 

 

 

 


Ante las amenazas de invasión militar a Venezuela
La clase obrera no tiene patria!!
El proletariado no tiene que elegir entre EEUU y otros imperialismos, sino luchar por sí mismo y preparar la revolución anti‑capitalista

Unidad de la clase obrera de todos los Países
Apuntar las armas contra los gobiernos burgueses nacionales
Tomar el control de cada país con los consejos obreros, para ejercer la dictadura del proletariado contra la burguesía y el imperialismo


Febrero 2018

La disputa imperialista por el control del gobierno y el Estado burgués en Venezuela, para repartirse la riqueza petrolera y otras materias primas, ha traído consigo amenazas reiteradas de invasión militar. Ya sea que la invasión militar se concrete o no, con el apoyo destacado de Colombia, Guyana y países del Caribe, el proletariado venezolano e internacional debe tener clara cuál será su posición ante esta hipotética guerra, sabiendo que una guerra imperialista, convertiría a la clase obrera y estratos sociales explotados, como los campesinos pobres, en la primera y más numerosa de las víctimas.

La lucha por el poder en Venezuela, entre los distintos grupos de capitalistas, sea los opositores de derecha (MUD) o de gobernantes de “izquierda” (chavismo y polo patriótico), sea los alineados con EEUU y la UE, por un lado, o los alineados con China, Rusia; es solo el reflejo en América, de la intensificación del enfrentamiento entre las grandes potencias militares y económicas del mundo. La causa de esta confrontación política y amenaza de choque militar, es la crisis de sobreproducción y la caída de la tasa de ganancia, que está afectando al sistema capitalista y que se acelera con la aproximación de un nuevo estallido de la burbuja especulativa y del colapso del sistema financiero internacional.

La guerra se convierte, cada vez con más fuerza, en la salida burguesa a la crisis capitalista; ya que la destrucción de mercancías, infraestructuras y vidas humanas son la fuente de oxígeno para alcanzar una recuperación temporal de la economía, hasta el advenimiento de una nueva y más profunda crisis. Hoy se plantea la alternativa de Tercera Guerra Mundial o Revolución Comunista Internacional.

El proletariado no tiene patria y no tiene razones para defender al régimen de explotación capitalista dentro de las fronteras nacionales. La burguesía, y su gobierno en Venezuela, llama a defender la patria de una invasión norteamericana a ejecutarse desde Colombia, Guyana, Brasil y el Caribe. Las guerras de defensa nacional son luchas burguesas, la de una burguesía más poderosa contra otra. Toda burguesía aspira mantener su mercado y para esto debe mantener su territorio. Por eso llama a las masas a defender la patria, porque es la forma de defender su mercado. El proletariado no puede salir a combatir por la defensa del mercado capitalista, porque la defensa de la patria lo conducirá a defender su propia explotación.

En caso di guerra el proletariado venezolano debe:
     1. Tomar las armas y empuñarlas contra el gobierno burgués, ya sea que lo dirija la “izquierda” chavista o la derecha de la MUD.
     2. Poner en práctica el derrotismo revolucionario. Llamar al proletariado de los países invasores a empuñar las armas contra los gobiernos burgueses que los dirigen.
     3. Constituir Consejos de Obreros y de Campesinos Pobres y el gobierno de la Dictadura del Proletariado.
     4. Constituir el ejército proletario para la defensa de la revolución de los ataques de la burguesía y el imperialismo.
     5. Convocar al proletariado de todo el mundo a tomar el poder en cada país, principalmente en las grandes potencias de EEUU, Rusia, China, Alemania, Italia, Francia, India, etc.

Pero el proletariado no podrá asumir estas acciones sin contar con su partido de clase.

Todas las energías del proletariado se deben dirigir hacia la reconstitución de las herramientas esenciales para su emancipación: un verdadero sindicato de clase combativo y el Partido Comunista, internacionalista, revolucionario.


     NO a la defensa de la patria, por la defensa de la clase proletaria!
     Por la guerra internacional entre clases!