Partido Comunista Internacional Teoria de la conociencia


El comunismo es ciencia

Informe expuesto en la reunión de septiembre de 1983

(Comunismo, n.14 - 1984)



En Las luchas de clases en Francia (del 13 de junio de 1849 al 10 de marzo de 1850), Marx afirma claramente que los blanquistas ya han reivindicado la dictadura del proletariado y la supresión de las clases: lo que caracteriza, por tanto, la concepción de Marx es que él determina las condiciones de una y otra; en esto consiste el comunismo científico. El de Blanqui es un comunismo revolucionario, pero no científico (cfr. El 18 brumario, Blanqui y sus seguidores, los comunistas revolucionarios, es decir, los verdaderos jefes del partido proletario, Engels).

El problema de la elección de los momentos y de los medios para la realización del comunismo no es subjetivo, sino que está escrito en la tradición de lucha que el partido encarna en su larga historia, no sembrada simplemente de derrotas o de victorias, sino de lecciones.

Somos acusados de no ser sensibles a las condiciones cambiantes, de permanecer atrincherados en una especie de paleomarxismo válido para un cierto período histórico ya muerto y enterrado. Todo esto porque no cedemos al chato sociologismo de moda. Pero una cosa es el método histórico y otra el método sociológico-metafísico. El Capital, dice Lenin irónicamente contra el sociólogo Mijailovski, no es un trabajo correspondiente al objetivo del sociólogo metafísico, quien no se ha percatado de la esterilidad de los razonamientos apriorísticos en torno a la naturaleza de la sociedad y no ha comprendido que, en lugar de estudiar y explicar, tales métodos solo insinúan como concepción de la sociedad las ideas burguesas de un comerciante inglés o los ideales del socialismo pequeño-burgués de un demócrata ruso, y nada más. En el mejor de los casos, no eran más que un síntoma de las ideas y de las relaciones sociales de su tiempo, pero no hacían progresar ni una jota la comprensión por parte del hombre de las relaciones sociales, incluso individuales, pero reales (y no de aquellas “respondientes a la naturaleza humana”). Y añade:

«El gigantesco paso adelante dado por Marx en este campo consiste precisamente en haber rechazado todos estos razonamientos sobre la sociedad y el progreso en general y en haber dado, en cambio, el análisis científico de una determinada sociedad y de un progreso: de la sociedad y del progreso capitalistas» (Lenin, Quiénes son los amigos del pueblo).

He aquí el problema: una determinada sociedad y un determinado progreso son analizados en su dinámica interna, en sus formas características, que valen para toda la época de su existencia, ¡y no se modifican porque lo quiera la conciencia o la comodidad de los atajos!

Hemos escrito (reunión de Milán, 1952) a propósito de la invariancia histórica del marxismo:

«La negación materialista de que un sistema teórico surgido en un momento dado (o, peor aún, surgido en la mente y ordenado en la obra de un hombre determinado, pensador o jefe histórico o ambas cosas a la vez) pueda contener todo el curso del futuro histórico y sus reglas y principios de modo irrevocable, no debe entenderse en el sentido de que no existan sistemas de principios estables para un larguísimo curso histórico. Al contrario, su estabilidad y su resistencia a ser alterados e incluso a ser mejorados, es un elemento principal de fuerza de la clase social a la que pertenecen y de la cual reflejan la tarea histórica y los intereses. La sucesión de tales sistemas y cuerpos de doctrina y de praxis se liga, ya no al advenimiento de hombres-etapa, sino a la sucesión de los modos de producción, es decir, de los tipos de organización material de la vida de las colectividades humanas».

Y también:

«Según el marxismo, no hay un progreso continuo y gradual en la historia en cuanto (ante todo) a la organización de los recursos productivos, sino una serie de distantes y sucesivos saltos adelante que conmocionan todo el aparato económico-social profundamente y desde su base. Son verdaderos cataclismos, catástrofes, rápidas crisis en las que todo cambia en poco tiempo, mientras que durante larguísimos periodos ha permanecido inmutable, como ocurre en el mundo físico, en las estrellas del cosmos, en la geología y en la propia filogénesis de los organismos vivos».

Para el marxismo, la realidad contradictoria no se resuelve en la unidad del concepto y de su duración de una vez por todas, de tal modo que en cada ocasión resulte fácil ir a pescar en la chistera ilusionista la respuesta, y cualquier respuesta, a los problemas que históricamente se plantean. Decíamos que para el marxismo no hay un progreso continuo y gradual en la historia, sino «una serie de distantes y sucesivos saltos adelante que conmocionan todo el aparato económico-social profundamente y desde su base». Las luchas políticas, las grandes batallas en la larga guerra que es la lucha de clases, son el concentrado vivo de estos bruscos movimientos y sancionan con nitidez, casi consagran o maldicen para siempre, instrumentos y armas para la conquista de la victoria. No es posible volver atrás.

«Siendo la ideología de clase una superestructura de los modos de producción, tampoco ella se forma por el flujo cotidiano de granos de saber, sino que aparece en el estallido de un choque violento, y guía a la clase que expresa, de una forma sustancialmente monolítica y estable, a lo largo de una larga serie de luchas e intentos hasta la siguiente fase crítica, hasta la siguiente revolución histórica (...) El marxismo mismo no puede ser una doctrina que se va moldeando y remoldeando cada día con nuevas aportaciones y con la sustitución de “piezas” – o mejor de “remiendos y parches” – porque es todavía, aun siendo la última, una de las doctrinas que son arma de una clase dominada y explotada que debe subvertir las relaciones sociales, y al hacerlo es objeto de mil maneras de las influencias conservadoras de las formas e ideologías tradicionales propias de las clases enemigas».

Para el marxismo, la dialéctica no es el movimiento en general, o aquello que la conciencia ordena, de lo contrario «supondríamos lo que está en cuestión» o «de lo que dudamos», como hace Simplicio en el Diálogo sobre los dos máximos Sistemas.

Contra la apariencia del movimiento, que no solo no deja quieto el programa, sino que lo compromete definitivamente, respondemos:

«Incluso pudiendo desde hoy, o mejor desde que el proletariado apareció en la gran escena histórica, vislumbrar la historia de la sociedad futura sin clases y, por tanto, sin revoluciones, debe afirmarse que, durante el larguísimo periodo que a ello conducirá, la clase revolucionaria cumplirá su tarea en la medida en que se mueva usando una doctrina y un método que permanezcan estables y estén estabilizados en un programa monolítico a lo largo de todo el curso de la tremenda lucha, permaneciendo sumamente variable el número de seguidores y el éxito de las fases y de los enfrentamientos sociales».

Todo esto porque en el movimiento se determinan relaciones de fuerza reales y objetivas, que no se pueden eliminar con golpes de voluntad o con llamadas a la necesidad de transformar el mundo independientemente de las transformaciones determinadas por los choques de las fuerzas colectivas. También esto le ha valido a nuestra posición la acusación de dogmatismo, término que en la tradición filosófica clásica alemana equivale a materialismo: acusación de la que nunca nos hemos ofendido, sino que, con razón, nos hemos sentido orgullosos. El choque de las fuerzas colectivas en la moderna lucha de clases se asienta en el terreno de los intereses contrapuestos, detectables con la precisión de las ciencias naturales, como recuerda Marx en el Prefacio a su Contribución a la crítica de la economía política; El Capital es un monumento erigido como demostración viva de estas posibilidades de análisis y de síntesis y, por tanto, de previsión.

«La historia misma – escribe Marx en este sentido en los Manuscritos económico-filosóficos, III, 2 – es una parte “real” de la historia natural, de la humanización de la naturaleza. La ciencia natural comprenderá un día la ciencia del hombre, como la ciencia del hombre comprenderá la ciencia natural (en el sentido de que adoptará su método experimental y, en tal sentido, histórico-dialéctico): no habrá entonces más que una sola ciencia».

Dejemos que los adversarios vean en tales afirmaciones una pura utopía o un rudo materialismo: la experiencia de la lucha de clases, especialmente en los actuales años nefastos de la contrarrevolución, demuestra que quien se ha hecho ilusiones de renovar en nombre de la creatividad de la conciencia, o peor aún, de las llamadas “masas”, se encuentra pastando en el mismo prado, ya no tan verde, de la odiada burguesía.

«Por más que la dotación ideológica de la clase obrera ya no sea revelación, mito o idealismo como para las clases precedentes, sino ciencia positiva, necesita no obstante una formulación estable de sus principios y también de sus reglas de acción, que cumpla la tarea y tenga la eficacia decisiva que en el pasado tuvieron dogmas, catecismos, tablas, constituciones, libros-guía como los Vedas, el Talmud, la Biblia, el Corán o las Declaraciones de derechos. Los profundos errores sustanciales y formales contenidos en aquellas colecciones no quitaron, es más, en muchos casos contribuyeron precisamente por tales “desviaciones” a su enorme fuerza organizativa y social, primero revolucionaria y después contrarrevolucionaria, en sucesión dialéctica».

Es por esto que, así como siempre hemos rechazado la tesis gradualista y menchevique de la revolución por etapas, así también rechazamos la concepción igualmente oportunista y contrarrevolucionaria del partido y de su formación por etapas.

Solo en apariencia las etapas pueden dar la ilusión de una correcta y concreta concepción del espacio-tiempo revolucionario: en realidad, son la pretensión idealista de dividir el tiempo-unidad-duración en partes arbitrarias, en fases dominadas por la conciencia; son, una vez más, movimiento mistificado que, no por casualidad, ha redescubierto “los valores eternos” por encima de la historia y de la lucha de clases. Sabemos qué nombre han asumido tales valores eternos: son la democracia, la libertad, la justicia, el derecho, todo un arsenal con el que hemos ajustado cuentas hace tiempo y de una vez para siempre.

El partido mismo no puede pretender acomodarse las etapas según le convenga, siendo otra su tarea: la de prever con antelación el desarrollo de los acontecimientos y el desencadenamiento de las fuerzas para poder dirigirlas hacia los fines revolucionarios.

«Una nueva doctrina no puede aparecer en cualquier momento histórico, sino que hay fechas y épocas de la historia bien características e incluso rarísimas en las que esta puede aparecer como un haz de luz deslumbrante; y si no se ha reconocido el momento crucial y fijado la mirada en esa terrible luz, en vano se recurre a los cabos de vela con los que se abre paso el pedante académico o el luchador de escasa fe».

Así como en estas rarísimas épocas el choque de las fuerzas en el campo, determina reajustes o vuelcos equivalentes a verdaderas catástrofes naturales, así también marcan para uno y otro bando una serie de lecciones que no deben olvidarse, tanto en la victoria como en la derrota.

Esto sucedió con la burguesía en su ascenso revolucionario; esto se impuso al proletariado ascendente. Quien ha pretendido dictar leyes a las fuerzas de la historia con pedantería académica o con un intelectualismo flojo y claudicante, ha contribuido a cortar las alas del movimiento revolucionario cuando este era empujado a la trinchera por el ímpetu de las determinaciones sociales, o lo ha enviado horrendamente a la masacre cuando era necesario efectuar la retirada en orden y la defensa a la espera de nuevas condiciones favorables.

La historia no se corta en rebanadas, no se mide por etapas: el reloj, incluso el atómico, sigue siendo un instrumento rudimentario incapaz de imponer sus ritmos prefabricados a las entrañas sociales conmovidas por una serie infinita de determinaciones materiales.

Cuando se nos señala que los tiempos cambian y que no es lícito trasponer situaciones pasadas a las condiciones actuales, es necesario reafirmar con fuerza que esto es cierto, pero no en el sentido de que las situaciones del momento sean realidades imprevisibles ante las cuales sea vano alinear textos y tesis. En tal caso, verdaderamente la dialéctica “científica” daría la imagen del movimiento incorruptible de los cielos, que bajo el aspecto de un movimiento circular siempre igual esconde la unidad del concepto y su inmutabilidad.

Marx resume, en su conocida carta a Schweitzer del 24 de enero de 1865, la lección de la Miseria de la filosofía (1847), que viene al caso para nuestro discurso, diciendo haber mostrado allí cuán poco había penetrado Proudhon en el misterio de la dialéctica científica y cuántas veces, por otra parte, compartía las ilusiones de la filosofía “especulativa” que:

«en lugar de considerar las categorías económicas como expresiones teóricas de relaciones de producción históricas, correspondientes a un determinado grado de desarrollo de la producción material, su imaginación las transforma en “ideas eternas”, preexistentes a toda realidad, y de tal modo, por una vía indirecta, se reencuentra en su punto de partida: el punto de vista de la economía burguesa».

Nosotros subrayamos ese “determinado grado de desarrollo de la producción material” para resaltar cómo las ideas – y por tanto las posiciones conscientes, las decisiones, las órdenes, las tesis nuevas – no pueden ser justificadas sino por determinaciones objetivas que deben ser detectadas, justificadas y propuestas en línea; por tanto, como nosotros decimos, “alineadas en el hilo del tiempo”. Antes, pues, de pretender “decidir”, es necesario extender previamente sobre la mesa anatómica los presuntos “hechos nuevos” y extraer conclusiones prácticas – es decir, en nuestro caso, organizativas – como resultado necesario de esta operación preventiva.

Las reglas organizativas habrían cambiado si hubiesen cambiado los fines, las tareas revolucionarias:

«El principio de la invariancia histórica de las doctrinas que reflejan la tarea de las clases protagonistas, y también de los potentes retornos a las tablas de partida – opuesto al chismoso suponer que cada generación y cada temporada de la moda intelectual es más potente que la anterior, al estúpido filme del proceder incesante del progreso civil y otras similares fantasías burguesas de las que pocos de los que se cuelgan el adjetivo de marxista están realmente libres – se aplica a todos los grandes cursos históricos».

Pero el equívoco de la sofisticada ideología burguesa y oportunista de nuestros días reside precisamente en el intercambio, inadmisible para el marxismo, entre el descubrimiento de que no existen “verdades absolutas” y la adoración del “hecho”, distorsión típica del positivismo “excrementicio”.

La confusión aumenta cuando se pretende estar frente a presuntos “hechos nuevos” que justificarían ajustes o adaptaciones de toda la doctrina, o que – variante de la misma actitud – aconsejarían la reafirmación (de palabra) de la doctrina, pero su corrección en la práctica (acción, táctica, organización).

Sin embargo, ya la nueva ciencia de Galileo, según un crítico de nuestros tiempos, Banfi, había establecido que:

«la ciencia es una interferencia continua de experiencia y razón», y que «todo saber científico es resolución de un discontinuo empírico, el dato (el hecho), en un continuo racional de relaciones que no son pensables “concretamente” si no es sobre una base de discontinuidad».

Para nosotros, el continuo racional de relaciones no puede ser sino histórico y resultante del alineamiento dialéctico sobre el hilo del tiempo de la lucha de clases, con sus repercusiones en todos los campos; no solo en el de las puras fuerzas económicas – que no existen por separado – sino también en el de las superestructuras, incluida la tan adorada ciencia, o la ideología, o el derecho, o la “política”.

Hoy debemos constatar amargamente que incluso quien menos sospecharías descubre el atajo de la “política”, es decir, del estar de algún modo “presente” según la máxima moralista “y no se podrá decir que yo no estaba”, quintaesencia del individualismo anárquico y pequeño-burgués.

Asimismo C. Bernard, marxista inconsciente como diría Lenin, a propósito de la tan pregonada “funcionalidad del hecho”, tras haber recordado justamente que “la experiencia es el privilegio de la razón” (véase su introducción al estudio de la medicina experimental), observa:

«Sí, sin duda el experimentador fuerza a la naturaleza a explicarse atacándola y planteándole preguntas en todas direcciones: pero él nunca debe responder por ella, ni escuchar incompletamente sus respuestas, tomando de la experiencia la parte de resultados que favorecen o confirman la hipótesis (...) Nuestras ideas no son más que instrumentos intelectuales que nos sirven para penetrar en los fenómenos, y hay que cambiarlos cuando han cumplido su papel».

En otros términos, el abandono de los instrumentos es necesario cuando estos han cumplido su papel. En nuestro lenguaje:

«Precisamente en cuanto el marxismo excluye en todo sentido a la búsqueda de verdades absolutas, y ve en la doctrina no un dato del espíritu sempiterno o de la razón abstracta, sino un instrumento de trabajo y un arma de combate, este postula que en pleno esfuerzo y en el fragor de la batalla no se abandona para repararlo ni el instrumento ni el arma, sino que se vence en la paz y en la guerra habiendo partido empuñando herramientas y armas buenas».

Mucho menos, en nuestro caso, puede el experimentador arrogarse el poder de adaptar el medio independientemente del continuo racional de relaciones que son las lecciones nunca desmentidas por más de un siglo y medio de lucha de clases, por lo cual:

«O esta posición seguirá siendo válida, o la doctrina será convicta de falsedad y la declaración de aparición de una nueva clase con carácter, programa y función revolucionaria propia en la historia habrá sido dada en vano. Quien, por tanto, se dispone a sustituir partes, tesis, artículos esenciales del corpus marxista que poseemos desde hace cerca de un siglo, mata su fuerza peor que quien la reniega de plano y declara su aborto».

Siendo la doctrina un corpus, es decir, una unidad orgánica, no puede ser reconocida como válida en lo que respecta a los fines y ser readaptada en lo que respecta a los medios, ya que los medios han sido codificados en relación a los fines y se han impuesto en el fuego de la lucha, no en la mente del ideólogo, llámese incluso Carlos Marx. Dice Lenin en su Discusión con los defensores del economismo:

«Ellos confunden la cuestión de las relaciones entre los elementos “materiales” (espontáneos) del movimiento y los elementos ideológicos (conscientes), que actúan “según un plan”. No comprenden que un “ideólogo” no es digno de ese nombre si no camina por delante del movimiento espontáneo y no le indica el camino, si no sabe resolver antes que los demás las cuestiones de teoría, de política, de táctica y de organización con las que chocan fatalmente los elementos materiales del movimiento. Para tener realmente en cuenta los elementos materiales del movimiento hay que abordarlos en sentido crítico, hay que saber elevar la espontaneidad hasta la conciencia. Afirmar que los ideólogos (es decir, los dirigentes conscientes) no pueden desviar el movimiento de la vía determinada por la interacción del medio y de los elementos, es olvidar esta verdad fundamental: que la conciencia participa en esta interacción y en esta determinación. Los sindicatos obreros católicos y anarquistas de Europa son, sí, el resultado inevitable de la interacción del ambiente y de los elementos; pero la conciencia de los Pope y de los Zubatov [fundador en 1901-1903 de los sindicatos obreros bajo los auspicios de la policía] no es la de los socialistas».

¿Y entonces qué sentido tiene sostener que, “manteniéndose firme el programa”, vayan los proletarios a defender una migaja del derecho que la burguesía concede, caída de su banquete opíparo?

Ante la confirmación cada vez más nítida de las previsiones marxistas, la reacción ideológica burguesa se infiltra en el movimiento obrero y entre sus dirigentes. En lugar de contestarla en bloque, la mutila o en sus conclusiones revolucionarias o en sus consecuencias estratégico-táctico-organizativas. En otros términos, busca precisamente hacer del marxismo una simple ideología o reducirlo a una compilación más o menos amorfa de hechos.

Continúa Lenin (en Marxismo y revisionismo, marzo-abril de 1908):

«Cuando el marxismo hubo suplantado a las teorías adversarias, las tendencias que traducían estas teorías buscaron vías nuevas. Las formas y los motivos de la lucha habían cambiado, pero la lucha continuaba. El socialismo pre-marxista ha sido derrotado. Este prosigue su lucha, ya no en su propio terreno, sino en el terreno general del marxismo, como revisionismo (...) y de la esencia misma de esta política (revisionista) se desprende con evidencia que puede variar sus formas hasta el infinito, y que cada cuestión un poco “nueva”, cada cambio un poco inesperado o imprevisto de los acontecimientos – aunque el curso esencial de estos no se modifique sino en grado ínfimo y por un brevísimo periodo – generarán inevitablemente y siempre tales y cuales variedades de revisionismo. Lo que hace al revisionismo inevitable son las raíces sociales que tiene en la sociedad moderna. El revisionismo es un fenómeno internacional (...) También el revisionismo de izquierda».

Frente a ciertos fenómenos, para nosotros siempre ha sido necesario recalcar los puntos fundamentales, restaurar. Por otro lado, este no es un problema simplemente moderno:

«No faltan ejemplos de restauradores frente a degeneraciones revisionistas, como lo es Francisco respecto a Cristo cuando el cristianismo surgido para la redención de los humildes se acomoda en las cortes de los señores medievales; como lo habían sido los Gracos respecto a Bruto; y como tantas veces los precursores de una clase por venir debieron serlo respecto a los revolucionarios renegados de la fase heroica de clases precedentes: luchas en Francia de 1831, 1848, 1849, e innumerables otras fases en toda Europa».

Nuestra tarea es, por tanto, continuar en la obra de restauración; los reajustes organizativos no están justificados a la luz del corpus de doctrina, principios y estrategia táctica en su nexo orgánico; y, sobre todo, hoy ni siquiera en nombre de algún hecho “nuevo”.

¿Será tal vez la reanudación de las grandes luchas el hecho nuevo? No se ha dicho. Al contrario, siempre hemos sostenido que la reanudación del movimiento revolucionario no nace mecánicamente del agravamiento de la crisis del modo de producción capitalista, aunque esta pueda contribuir al despertar de la lucha de clases. Deben verificarse otras condiciones, también ellas objetivas, a saber: la reanudación de la lucha política, el desmentido de las mentiras oportunistas a propósito de campos “socialistas” que defender o extender, etc. Todas estas condiciones no se crean porque a uno le plazca. Entonces, si el comunismo marxista es científico, como decíamos al principio, en cuanto identifica “las condiciones de la dictadura del proletariado y de la supresión de las clases” contra cualquier otra forma de “comunismo” revolucionario, escribimos:

«Este es un momento de depresión máxima de la curva del potencial revolucionario y, por tanto, está a medio siglo de distancia de aquellos aptos para el parto de originales teorías históricas. En tal momento, carente de perspectivas cercanas de un gran trastorno social, no solo es un dato lógico de la situación la política de disgregación de la clase proletaria mundial; sino que es lógico que sean pequeños grupos los que sepan mantener el hilo conductor histórico del gran curso revolucionario, tensado como un gran arco entre dos revoluciones sociales, con la condición de que tales grupos demuestren no querer difundir nada original y permanecer estrechamente apegados a las formulaciones tradicionales del marxismo».

Esto no significa ciertamente, como nos decían antaño los adversarios, “sentarse a esperar” a la lucha de clases ni, como ahora se nos reprocha, “contemplar” el programa monolítico y homogéneo, dado que la transformación del mundo no es asunto de iniciativas subjetivas, sino choque de fuerzas colectivas.

«Cuando Marx dice en las famosas tesis sobre Feuerbach que los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo y que de lo que se trata es de transformarlo, no quiere decir que la voluntad de transformar condiciona el hecho de la transformación, sino que viene primero la transformación determinada por el choque de las fuerzas colectivas, y solo después la crítica conciencia de ella en los sujetos individuales. De modo que estos no actúan por decisión madurada por cada uno, sino por influencias que preceden a la ciencia y a la conciencia». Y añade: «El pasar del arma de la crítica a la crítica con las armas desplaza precisamente todo del sujeto pensante a la “masa” militante, de modo que el arma no sean solo los fusiles y los cañones, sino sobre todo ese instrumento real que es la común, uniforme, monolítica y constante doctrina de partido, a la que todos nos hemos subordinado y ligado, cerrando la discusión chismosa y sabelotodo».

En esto consiste la sana concepción determinista-dialéctica, tal como fue perfectamente planteada por Engels cuando en la Dialéctica de la naturaleza trata las relaciones entre causalidad, necesidad y azar, y su dialéctica; y del determinismo absoluto – que pasó del materialismo francés metafísico a la ciencia – es decir, del fatalismo equivalente al eterno consejo divino de San Agustín y Calvino, al “Kismet” de los turcos, esto es, de la concepción teológica de la naturaleza.

Veamos la brillante definición de Bernard (siempre son mejores los marxistas inconscientes que los marxistas malditamente “conscientes”):

«El fatalismo supone la manifestación necesaria de un fenómeno independientemente de sus condiciones, mientras que el determinismo es la condición necesaria de un fenómeno cuya manifestación no es forzada». Y además: «Gracias a la experiencia, podemos captar entre los fenómenos relaciones que, aun siendo parciales y relativas, nos permitirán extender cada vez más nuestro poder sobre la naturaleza (...) El razonamiento experimental se propone el mismo fin en todas las ciencias. El experimentador quiere llegar al determinismo, es decir, busca conectar por medio del razonamiento y de la experiencia los fenómenos naturales a su condición de existencia o, de otro modo, a sus causas próximas. Llega por esta vía a la ley que le permite hacerse dueño del fenómeno. Toda la ciencia natural se resume en esto: conocer la ley de los fenómenos. Todo problema experimental se reduce a esto: prever y dirigir los fenómenos».

En sustancia, estamos ante lo que dicen Marx y Engels: «No podemos dominar los fenómenos sino sometiéndonos a las leyes que los rigen» (la libertad como necesidad reconocida). La teoría marxista de la lucha de clases no se conforma con conocer su existencia, sino que reconoce sus condiciones objetivas, sus leyes, y sobre la base de este conocimiento traza un plan de intervención práctica (programa) (umwalzende praxis), es decir, de actividad revolucionaria. Nada de andar descubriendo hechos nuevos a cada paso. Aquí se habla de leyes, y las leyes son normas, es decir, realidades observadas y clasificadas; por tanto, determinaciones efectivas – en nuestro caso sociales – y, por consiguiente, no debidas a ningún arbitrio subjetivo.

En El Falso recurso del activismo (1952) afirmábamos coherentemente:

«La tesis marxista dice: no es posible, ante todo, que la conciencia del camino histórico aparezca anticipada en una sola cabeza humana por dos motivos: el primero es que la conciencia no precede sino que sigue al ser, o sea, a las condiciones materiales que rodean al sujeto de la conciencia misma; el segundo es que todas las formas de la conciencia social llegan con una fase de retraso para que haya tiempo para la determinación general – por circunstancias análogas y paralelas de relaciones económicas – de las masas de individuos que forman, por tanto, una clase social. Estos son llevados a actuar juntos históricamente mucho antes de que puedan pensar juntos. La teoría de esta relación entre las condiciones de clase y la acción de clase con su futuro punto de llegada no se pide a personas, en el sentido de que no se pide a un solo autor o jefe, y ni siquiera se pide a “toda la clase” como bruta suma momentánea de individuos en un país o momento dado, y mucho menos se deduciría de una burguesísima “consulta” en el seno de la clase (...) No queda, pues, más que el partido, como órgano actual que define a la clase, lucha por la clase, gobierna para la clase en su momento y prepara el fin de los gobiernos y de las clases».

De estas premisas se deriva la relación orgánica de la vida histórica del partido, cuya presencia física es organización solo en el sentido de resultado histórico consecuente de una serie de condiciones que no dependen ni pueden depender de la iluminación divina de nadie, sino que preceden a la conciencia tanto de los jefes como de los militantes, unidos solo por la común subordinación al programa en todas sus articulaciones, conocidas de antemano y vinculantes para todos.

De estas premisas se deriva también el modo sano y materialista de entender la organización política en partido de clase, según las actualísimas palabras de Lenin (¿Qué hacer?):

«Una organización política no puede someter a sus miembros a un examen sobre la ausencia o no de contradicciones entre su opinión y el programa del partido».

Se entiende que en el partido comunista marxista están proscritas, por odiosas y contraproducentes, todas esas estúpidas medidas disciplinarias de sabor católico-anárquico-racionalista-individualista-burgués que pretenden gobernar al partido a través de exámenes de conciencia, de sabiduría o de pureza ideológica, con autocríticas y arrepentimientos. El terreno en el que se mide la eficiencia y la fuerza del partido es en la guerra social, en la disciplina en la batalla, y no en las intenciones; en una palabra, en la disciplina ejecutiva, a las órdenes, voluntaria y espontáneamente de tipo militar.

El terrorismo ideológico, por el contrario, paraliza la pasión revolucionaria, impide la militancia – liberadora en cuanto reconocida como necesaria – no por coacción de tal o cual persona, o peor aún, por el carisma particular de alguien, sino en cuanto potentes determinaciones sociales empujan a las fuerzas al terreno de la lucha de clases, convirtiéndolas así, al mismo tiempo, en instrumentos y actores, en una unidad dialéctica en la cual resulta un ejercicio vacío separar con cuchillo, en el escritorio, lo que atañe a la “libre” voluntad del sujeto o a la ciega necesidad de la naturaleza.