Partido Comunista Internacional Indice - Próximo número
"La Izquierda Comunista" n° 1 - Noviembre 1994
 - PRESENTACION
 - Un Texto de nuestra Corriente: TESIS CARACTERISTICAS DEL PARTIDO
 - Un Texto de nuestra Corriente: EL CURSO A SEGUIR
 - LA REFORMA DEL MERCADO LABORAL: OTRO ATAQUE A LA CLASE OBRERA
 - CON MOTIVO DE LA REUNION DE LOS "7 GRANDES"
 - EL MOVIMIENTO DEL O,7%
 - INFORME DE LA REUNION DEL PARTIDO - Florencia, 31 de septiembre - 1 de octubre.

   

 
 
 
 
 



Presentación

    Las tesis marxistas, por lo tanto de nuestro partido, son el resultado de las luchas precedentes de la clase y, a diferencia de los burgueses idealistas y trascendentalistas, nuestros principios no parten de un verbo revelado de origen divino, ni se basan para el estudio de las cuestiones en canones jurídicos, filosóficos o morales. Como base de nuestra doctrina de partido está el análisis objetivo de los fenómenos sociales pasados y presentes, fundado en el examen de los medios materiales de producción que los grupos humanos utilizan para satisfacer sus necesidades y, por tanto, en sus relaciones económicas y sociales.

    Como fue descrito, por primera vez, científicamente por Marx, está probado históricamente que los diversos modos de producción que han existido hasta aquí, con sus estructuras jurídico-políticas y militares, se desarrollan o existen mientras logran contener en el cuadro particular de una forma de producción, en equilibrio inestable, las fuerzas productivas que tienden a desarrollarse. En determinados momentos históricos, éstas entran inevitablemente en contraste con las formas tradicionales, manifestándose en luchas entre clases con intereses económicos opuestos, y una época de "paz social" se cierra para abrirse una de revoluciones. Si el objetivo principal de la contienda armada es logrado (la conquista del poder político) nuevas relaciones económicas y sociales surgirán bajo una nueva forma.

    Como cualquier otro modo de producción, el moderno capitalista ha atravesado los tres típicos momentos políticos con sus hechos históricos característicos, en que se pueden esquemáticamente, con fines expositivos, sintetizar todos: revolucionario, reformista y conservador.

    Desde el Manifiesto de 1848 los comunistas apoyaron, en teoría y en la acción, toda tentativa burguesa, entonces tarea progresiva, de romper las formas precapitalistas de producción y de resistencia, frente a las amenazas de retroceso. Este aspecto práctico, táctico de los comunistas, no impedía la crítica despiadada de toda tentativa ideológica burguesa de hacer pasar su lucha y afirmación en el mundo como la emancipación y liberación de toda la especie, presentándolas como simple sustitución de la forma de explotación de las clases feudales precedentes por la capitalista, y organizando manifestaciones antiburguesas en el mismo transcurso de las luchas junto a la burguesía.

    En la segunda fase, la reformista, que en Europa va de 1871 a 1914, frente a la estabilización y desarrollo a escala mundial de forma relativamente tranquila, de las fuerzas productivas desplegadas por el modo de producción burgués, en política se asiste al desarrollo de las instituciones democráticas y de la práctica parlamentaria, siendo interés de la burguesía enmascarar el propio dominio como libremente aceptado, y asegurar a la clase obrera, a través de medidas económicas y legislativas (siempre que no mellen el cuadro jurídico burgués) su subsistencia.

    En correspondencia con estos hechos surgen en el seno del movimiento socialista las corrientes revisionistas del marxismo, del cual se falsifican las directivas y textos fundamentales, y se establece una nueva estrategia en la que se dice, que el nuevo orden económico advendría mediante la conquista gradual y pacífica de las instituciones burguesas por parte del partido y de los órganos proletarios. En la polémica, opuestas tendencias se abren en el movimiento obrero, concluyendo en la gravísima crisis en el seno del socialismo que coincide con la guerra de 1914, con el apoyo por una gran parte de los dirigentes sindicales y parlamentarios a las políticas de colaboración de clase y adhesión a la guerra.

    En la tercera fase, que es la del moderno imperialismo, en lo económico se asiste a la pérdida de las características liberales, con un aumento de la disciplina productiva y distributiva, en el que la libre concurrencia deja paso a la influencia de las asociaciones capitalistas, de tipo industrial primero y bancario después, o emanadas directamente de los Estados: Estados políticos que no solo tutelan los intereses capitalistas como órgano de gobierno y policía, sino que van asumiendo cada vez más el carácter de órgano de control y gestión de la economía y por ende de los intereses de una minoría.

    En política, como estableció Lenin en su crítica al imperialismo moderno, se asiste igualmente a un aumento de la opresión, manifestada históricamente con el advenimiento al poder de los regímenes definidos totalitarios o fascistas, tipos políticos más modernos, no atrasados, de la burguesía, necesaria fase evolutiva no transitoria y de la que no se puede volver a tolerancias liberales más que aparentes. En el campo táctico es por lo tanto falso, llamar al proletariado a luchas para restablecer el capitalismo liberal y democrático, es reaccionario e ilusorio, y sostener una posición tal significa el pasaje total a las filas de la conservación burguesa, así como es ilusorio proclamar alianzas con fuerzas burguesas y pequeño burguesas sobre la base de sus resistencias.

    Solamente realizando su autonomía de clase el proletariado, duramente golpeado y disperso después de tremendas batallas, no ha de subyacer al dominio del capital, y evitará caer en aquellas formas, igualmente peligrosas, de derrotismo revolucionario.

    Las continuas admoniciones de la Izquierda en la Tercera Internacional Comunista no fueron escuchadas, y eran la más pura expresión de la movilización proletaria frente a la enorme fuerza social de la contrarrevolución mundial que surgía en esos años. Solo en 1926 los jefes bolcheviques advirtieron el peligro y, dejando de lado antiguos sinsabores, se lanzaron desesperadamente a pecho descubierto haciendo bloque contra el oportunismo del socialismo en un solo país. La oposición rusa, con Trotski y Zinoviev a la cabeza, fue derrotada, y con ella las grandiosas revueltas proletarias en China, las grandiosas huelgas de los obreros británicos, en fin, saldrá derrotado el movimiento comunista internacional en su totalidad. Con la adhesión del Komintern a la segunda guerra imperialista se llega por fin al entierro del partido de la revolución mundial, consecuencia del alejamiento de la vía maestra trazada por la historia, aquella que en 1917 había llevado a la victoria en Rusia. El resto, hasta nuestros días, no será sino la macabra danza alrededor de su ataúd.

    Aquellos largos años de admoniciones contra el eclecticismo táctico de la Internacional, dieron a la izquierda italiana la capacidad de sacar las lecciones de la contrarrevolución y única y solamente sobre la base de este balance se podrá dar un resurgimiento del movimiento proletario internacional y de su partido.

    Sería antimarxista buscar en los errores del Komintern la causa de la derrota sufrida, producida por factores objetivos, pero el hecho es que se destruyó incluso el partido mundial. Aun en las situaciones objetivas más desfavorables es tarea primaria del partido, so pena de su desaparición, la salvaguardia, pagando el precio de la impopularidad, de las condiciones subjetivas que, al recuperarse el movimiento revolucionario, actuarán sobre la historia para fecundarla.

    Fue reivindicando paso a paso estos principios de la izquierda marxista, como Lenin y los bolcheviques entregaron a la historia la primera revolución proletaria victoriosa de la historia, luchando contra el régimen feudal al lado de la burguesía, en contra de ésta después de la derrota del viejo régimen y contra todos los partidos reformistas y gradualistas del movimiento obrero, llegaron a concentrar todo el poder en manos del proletariado y de su partido. El movimiento del proletariado internacional surgido de la Primera Guerra Mundial recibió un potentísimo impulso con el gran evento: las cuestiones relativas a la lucha de clases, la conquista violenta del poder y la estrategia de la revolución proletaria fueron reconducidas a la vía revolucionaria justa y se cristalizaron en la fundación de la Tercera Internacional.

    Al estallar la Revolución de Octubre la izquierda italiana fue la única en dar a los bolcheviques una adhesión total, de sustancia, y no formal o genérica como tantísimos otros partidos obreros que hicieron giros de 180º siguiendo el entusiasmo del momento. En el ámbito del movimiento socialista internacional la izquierda del PSI (Partido Socialista Italiano) había sido en efecto la única en alinearse contra toda concesión patriótica o de defensa de la primera guerra imperialista mundial, sobre las mismas posiciones defendidas por Lenin, y ya desde 1918 en declarar como necesarias, para los fines de éxito de la revolución mundial, la ruptura irrevocable no solo con la corriente de derecha, sino también con aquella más engañosa de centro, que operaban en el seno de los partidos de la Segunda Internacional. Luego sostuvo la formación de nuevos partidos comunistas sobre las bases codificadas en 1920 en el congreso de la Internacional. La Izquierda, siguiendo los dictados del cúmulo de experiencias de luchas proletarias en occidente, donde los regímenes democráticos estaban sólidamente implantados desde hacía décadas, y en los que la maduración de las premisas subjetivas de la revolución se retrasaban respecto a las objetivas, no solo dio una contribución decisiva a la codificación de las condiciones de admisión a la I.C., sino que propugnó una mayor rigidez de las mismas que no dejara espacio a adaptaciones derivadas de situaciones locales. Es más, en la búsqueda comunista de erigir barreras insuperables al perenne oportunismo, la Izquierda invocó desde entonces la necesidad de codificar no solo la doctrina y el programa comunista, sino también un sistema de normas tácticas cerrado conocido por todos y vinculante para el movimiento internacional entero, única garantía de disciplina y eficiencia en la organización. La posesión de tales condiciones se muestra indispensable para un partido fuerte y seguro en la preparación del asalto revolucionario, en los momentos de crisis de la sociedad capitalista; pero es también el único modo, en los momentos cíclicos de reflujo, de no perjudicar al partido y al futuro reflote de la lucha proletaria.

    El proletariado de Europa centro-occidental, considerado con acierto por Lenin y la III I.C. como la verdadera clave para el triunfo, también en el plano social, de la revolución rusa y mundial, se encontraba mayoritariamente bajo la influencia del reformismo oportunista. El problema que la historia ponía a la Internacional era cómo llevar a las filas de los verdaderos partidos comunistas el grueso de los trabajadores, que venían siendo continuamente traicionados por los partidos socialdemócratas. Ante un análisis superficial podía parecer que la intransigencia bolchevique hacia los oportunistas, arma fundamental de la victoriosa lucha de Octubre, estuviera en contraste con la rápida expansión de la influencia de los partidos comunistas. La Internacional creyó resolver la cuestión mediante una estratagema táctica demasiado audaz: frente a los ataques a gran escala de la burguesía internacional contra las condiciones de vida y de trabajo de los proletarios, trataba de empeñar en un frente único a los dirigentes traidores de la Segunda Internacional contra los adversarios burgueses, y de esta manera llevar sus reivindicaciones bien a fondo para desenmascararlos y denunciarlos ante los obreros cuando inevitablemente dieran marcha atrás. La izquierda italiana, reconociendo el contenido exquisitamente revolucionario de la táctica que Lenin había podido utilizar en Rusia en función antifeudal, no pudo evitar el indicar los posibles peligros de tal aplicación táctica en occidente. Al mismo tiempo fue la única en aplicar esta táctica, siguiendo fielmente el espíritu con el que había sido concebida, por escrupuloso respeto a la disciplina de la I.C..

    Esta táctica no podía dejar de fallar, efectivamente ella presuponía una condición esencial: la radicalización y extensión de las luchas obreras, dado que es en las victorias y no en las derrotas cuando el proletariado toma conciencia de su vía de clase. Además, ella exigía ser llevada por partidos comunistas fuertes, homogéneos y sólidamente templados, y de esta manera limitar el frente único a las reivindicaciones de clase, excluyendo compromisos electorales y parlamentarios.

    Para muchos partidos que durante la Primera Guerra Mundial se habían sacrificado en el altar de la defensa nacional, esta táctica no fue considerada sino como una vuelta a empezar.

    La Izquierda, en Italia, fue parte determinante en la fundación, en 1921, del Partido Comunista de Italia sección de la Internacional Comunista, con sus primeras tesis revolucionarias netas y su acción violentamente antiburguesa, dirigida tanto contra las bandas fascistas como contra los traidores socialdemócratas, necesario complemento de aquellas. La Izquierda se opuso luego puntual y enérgicamente a los bandazos y a la sucesiva degeneración estalinista del partido mundial. Fue excluida de la dirección del P.C.de I.(Partido Comunista de Italia) y testimonios de su batalla en defensa de las posiciones comunistas tácticas y de principio son las tesis que, con los métodos administrativos típicos del centrismo estalinista, fueron puestas en minoría en el congreso del P.C.de I. de Lyon, en 1926.

    Fracción de izquierda en la Internacional hasta la segunda guerra, el partido se reconstituyó en la inmediata posguerra en Italia y asumió una base definitiva con las Tesis Características de 1951 que aquí publicamos. Sobre esta base la pequeña organización de militantes, reducida geográficamente a Italia y algunos países de Europa, pero que pretende, llamándose Partido Comunista Internacional mantenerse en la tradición del marxismo ortodoxo, ha continuado la lucha en defensa de las armas teóricas de la revolución del mañana, en contacto con la clase obrera, a su lado en las luchas cotidianas de defensa contra la explotación patronal capitalista, y fuera de la politiquería personal y electoralista. Ha publicado sucesivamente los periódicos Prometeo, Battaglia Comunista e Il Programma Comunista, en plena continuidad programática de posiciones intransigentes de lucha; después y hasta ahora Il Partito Comunista y la revista Comunismo, todo ello en lengua italiana. A medida que el Partido extendía su red de militantes a otros países, han ido apareciendo las revistas La Gauche Communiste en francés y Communist Left en inglés. Con este primer número de La Izquierda Comunista el partido retoma las publicaciones periódicas en español.

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Lecciones históricas que el Partido Mundial ha sacado
de las luchas de clase y de las derrotas
del valiente proletariado de lengua española

    Sin pretender citar todos los hechos históricos en los que desde 1926 el proletariado de lengua española ha derramado generosamente su sangre por causas no propias, siendo a él a quien ahora dirigimos estas Tesis Características publicadas en castellano, mencionaremos tres momentos históricos significativos, para demostrar una vez más la traición, cuyo origen se encuentra en la degeneración del Komintern, verificada en el intento de contrarrestarla por la posición de izquierda. Para profundizar ulteriormente estos temas recomendamos al lector nuestros trabajos de partido, que esta revista irá publicando como una de sus tareas.

La guerra civil de 1936 dentro de la historia reciente de España

    A diferencia de otros países España no ha conocido una revolución burguesa en un momento de su historia relativamente corto en el tiempo, aunque esto no quiere decir que no hubo rebeliones sangrientas populares durante el siglo XIX, primero contra la monarquía absolutista y clerical de Fernando VII y después contra la monarquía liberal moderada. Los liberales de la burguesía no supieron aprovechar la energía revolucionaria de los españoles, así pues retrocedían en su anhelo de poder temiendo que el pueblo fuera más allá en sus peticiones de lo que los liberales deseaban. Por esta razón, no es aprovechándose del espíritu revolucionario de las masas como los liberales llegan al poder en España. Solo a la muerte de Fernando VII y enfrentados en guerra civil con los carlistas, que representaban la continuidad del antiguo régimen, los liberales consiguen de manera estable el poder central en Madrid, en este momento España conoce un período de profundas reformas burguesas, al que seguirán otros períodos de quietud en los que las medidas revolucionarias se frenan. Y es así como el capitalismo español se desarrolla fatigosamente, y este proceso hará a Marx definir a la burguesía española como carente de audacia revolucionaria.

    La debilidad del movimiento obrero en España, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX, está caracterizada por la impotencia del proletariado para constituirse en clase independiente frente a la burguesía. Esta impotencia reviste dos formas: la primera y principal, el anarquismo, la segunda, el socialismo reformista y electoralista.

    En 1923, después de los desastres de la campaña de Marruecos, el general Primo de Rivera toma el poder. El gobierno, de tipo corporativo fascista, incluye a socialistas en los altos rangos del Estado. Pretende organizar la economía sobre bases centralizadas, tentativa que fracasa en medio de graves conflictos sociales que explotan a continuación de la profunda crisis capitalista del 1929.

    La proclamación de la república no logra detener las revueltas proletarias y campesinas, duramente reprimidas por los gobiernos de izquierda. La burguesía, impotente con los medios represivos, usa la astucia táctica, para impedir un desemboque revolucionario de la crisis, recurriendo a los falsos socialistas y a los anarquistas, que estaban a la cabeza del movimiento sindical, y apartaban al proletariado de reivindicar el poder central.

    En 1931 las nuevas elecciones dan la mayoría a los partidos de izquierda, paralelamente se incrementa la represión. Los socialistas en el Gobierno votan contra las huelgas antirrepublicanas y los anarquistas controlan el movimiento, renegando de él cuando no logran encuadrarlo.

    En agosto de 1932 se asiste al primer agrupamiento de fuerzas de derechas, pero el momento de tomar el Gobierno aún no ha llegado. En 1933, la represión alcanza su apogeo: se dan masacres en Málaga, Bilbao y Zaragoza. Es el momento para el cambio de Gobierno: las fuerzas de derecha van al Gobierno y continúan la obra de represión iniciada por las izquierdas, sofocando en sangre la insurrección de Asturias.

    Desde octubre de 1934 a 1936 hay una pausa en la tensión social y la represión es ejercida sobre todo en el plano legal: en 1936 son treinta mil los prisioneros políticos. En conexión con la atmósfera internacional que ve los vastos movimientos de Francia y Bélgica, se abre un nuevo ciclo de tensión social más alta que la precedente. En consecuencia la burguesía llama al poder otra vez a sus siervos de izquierda y también a los anarquistas, desde siempre apolíticos, que se adaptan y a cambio de una supuesta amnistía, hacen propaganda por el Frente Popular e invitan a votar. Las elecciones del 16 de febrero de 1936 señalan el éxito aplastante del Frente Popular, compuesto por republicanos de izquierda, radicales, partido socialista, partido comunista, partido sindicalista y Partido Obrero de Unificación Marxista (fusión de la Izquierda Comunista de Nin y del bloque obrero y campesino de Maurín, que en el seno de la Internacional había tenido siempre una posición de derecha). Su programa contiene medidas de amnistía, abrogación de las leyes represivas, disminución de los impuestos y créditos agrarios.

    En esta situación de agravamiento de la tensión social la burguesía no se limita a confiar en su gobierno, sino que pone en estado de alerta y de espera también a las fuerzas de derecha. Y es precisamente en el seno de un Estado dirigido por un gobierno de izquierda que la derecha, con el general Franco a la cabeza, organiza minuciosamente las fuerzas armadas para el ataque militar, que parte de Marruecos conquistando de inmediato Sevilla y Burgos, dos ciudades con precedentes de violentas insurrecciones campesinas.

    En respuesta al ataque de Franco del 16 de Julio es proclamada la huelga general, que tiene completo éxito fuera de los dos puntos de apoyo de Franco. Y es en estos dos días cuando se asiste a una fulmínea explosión de la conciencia de clase del proletariado: por un momento ya no hubo en el campo de batalla dos ejércitos burgueses, sino solo obreros en huelga que fraternizan con otros obreros uniformados en el ejército, y haciendo causa común desarman, inmovilizan y eliminan a los oficiales. Sintiendo el peligro, inmediatamente el Estado democrático y antifascista retoma en mano la situación, y con la creación de diversos organismos se restablecen las jerarquías económicas y militares con el imperativo de salvar de cualquier manera la máquina estatal que, a decir de la gente de izquierda puede ser de una cierta utilidad para la clase obrera. Todas las formaciones políticas del Frente Popular más los anarquistas aseguran la continuidad del Estado capitalista. Mientras tanto los éxitos militares de Franco se subsiguen, y este es el pretexto de los demócratas para poner al orden del día, como tarea prioritaria, la lucha militar contra Franco. En la lucha antifascista se pone en primera línea al partido comunista español, siguiendo las órdenes de la degenerada Tercera Internacional, que había elegido ponerse de parte de los aliados imperialistas, por la democracia, contra Hitler y Mussolini.

    Cuando la huelga general aún no había cesado y en Francia se desarrollaba una análoga en potencia, los dirigentes del frente popular francés deciden cerrar la frontera con España, a fin de evitar posibles contactos entre proletarios y toman acuerdos para la creación, con sede en Londres, de un comité formado por países fascistas y democráticos, incluida Rusia, a favor de la no intervención en los hechos españoles. La consigna aeroplanos para España lanzada por los partidos comunistas y por la izquierda socialista, es el último aporte de los traidores del proletariado hacia la definitiva victoria de la contrarrevolución, entregando a los obreros en las manos de las burguesías mundiales que los llevaron a la Segunda Masacre Mundial.

    Los anarquistas van al mismo tiempo abandonando, pedazo a pedazo, todo su programa. Con el avance de las necesidades de la lucha militar y tras la huelga de 1936, ellos no se oponen a la constitución del comando único extendido a todo el territorio del sector antifascista, ocurre incluso, que sus representantes transformados en ministros, participan en el gobierno de Caballero. Es de este gobierno que emanan la militarización estatal, las milicias y el rechazo de las demandas por el respeto de las condiciones de trabajo, ya sea por el tiempo de trabajo o por los salarios y las horas extraordinarias en todas las industrias. El Estado antifascista está ya organizado centralizadamente para su guerra. A pesar de todas las medidas represivas, en mayo de 1937 estalla otra huelga espontánea y numerosos obreros dejan el frente para unirse a los compañeros en lucha. Todos los partidos se declaran ajenos al delito y es bajo el plomo como el movimiento es sosegado. Es algo sugestivo que Franco no aproveche para lanzar el ataque: deja hacer a sus compañeros antifascistas: el triunfo de ellos es el suyo propio.

    Los demócratas son poco a poco derrotados. El Gobierno retrocede hasta transferirse a Francia dejando en España al socialista Besteiro la tarea de tratar la conclusión de la guerra con Franco. Es la primavera de 1939 y pocos meses más tarde, en septiembre,estalla la Segunda Guerra Mundial. Quede claro que Rusia no tomó una iniciativa de abierta intervención en los hechos de España sino después de 1936, cuando llegó al Gobierno el socialista Caballero y dio garantías sin equívocos de un gobierno centralizado militarmente y económicamente en la lucha antifascista. De inmediato llegaron los barcos rusos cargados, que el gobierno socialista tenía que pagar generosamente en oro.

    Tras la represión de la posguerra y el lógico repliegue de las luchas obreras, es en los años 50 y 60 cuando comienzan a surgir luchas sindicales, como respuesta sana de la clase obrera contra la explotación capitalista, luchas ampliamente elogiadas por nuestro Partido, que veía en las luchas obreras de Asturias, Barcelona, etc, que provocaban la solidaridad obrera de distintos ramos en distintas ciudades llegando en ocasiones a la huelga general, el contraste con las huelgas domesticadas de los sindicatos de la defensa de la economía nacional en los otros países occidentales. Es en este resurgimiento de las luchas obreras en España en el que nacen las Comisiones Obreras, compuestas por los obreros más combativos que merecían la confianza de sus compañeros, sin tener carácter de permanentes. Es después, cuando los oportunistas defensores del orden del PCE, a lo largo de la década de los 60, van a ir permeando las Comisiones Obreras y dirigiéndolas a fines antifranquistas, pues el franquismo creaba una inestabilidad social que daba miedo a los comunistas del PCE; es por esto por lo que la burguesía necesitaba la democracia, y para presentarla como triunfo conseguido por los trabajadores tenía al PCE y al resto de los partidos falsamente obreros. Es a mediados de los 70 cuando la clase obrera en España alcanza su mayor poder adquisitivo, fruto de las luchas producidas con Franco. Con el asentamiento de la democracia y la integración de los sindicatos ilegales del franquismo en el aparato estatal, los continuos pactos sociales que firman las burocracias sindicales marcan el detrimento de las conquistas de los trabajadores que tanto sudor y sangre les costó, detrimento que se agudizó con la llegada al Gobierno del PSOE.

Cuba 1959

    La tierra fértil, el clima apacible de este país sometido a España, así como la cercanía geográfica y su importancia militar estratégica respecto del canal de Panamá hicieron que Estados Unidos se interesara en Cuba desde su constitución en Estado soberano. Ya en 1850 el intercambio entre EEUU y Cuba es notable, y va creciendo a medida que las inversiones de capitales norteamericanos en el cultivo y la transformación de la caña de azúcar van aumentando. En un primer momento, para embolsar las enormes utilidades derivadas del comercio monopolista de esta mercadería, a posteriori, para contrarrestar la expansión en Europa de la remolacha azucarera.

    Sobre esta base (recomendamos a los lectores a Lenin en El Imperialismo...), de total dependencia comercial, no podía sino ser meramente formal la independencia obtenida por Cuba de España en 1898, después de 30 años de duras luchas. Pese a que la intervención armada americana se había realizado cuando el ejército cubano ya había derrotado al español, las fuerzas EEUU permanecieron en la isla durante cuatro años. En este período las relaciones económicas y financieras fueron reforzadas e hicieron que Cuba se convirtiera en una semicolonia a todos los efectos: las convenciones estipuladas acordaban a las mercancías y capitales norteamericanos un régimen preferencial y concesiones a precios especiales sobre la tierra, así como la imposibilidad para Cuba de firmar acuerdos comerciales y financieros con terceros países. Desde aquí, y hasta el giro socialista de Castro en 1960, el proceso no fue más que un progresivo acaparamiento de todos los recursos de la isla: la casi totalidad de las tierras cultivables pasaba a través de alquileres a largo plazo a las garras de las sociedades norteamericanas. El resto era hipotecado a favor de bancos y acreedores de EEUU. El total de la economía, la industria del azúcar y la del tabaco, todos los bancos, los ferrocarriles, los transportes urbanos, las centrales hidroeléctricas, los correos y otros servicios públicos, los recursos mineros, pasan a ser propiedad o estar bajo el control de compañías norteamericanas.

    A la par de otros países latinoamericanos, el dominio del capital financiero de EEUU no lleva más que a la intensificación del monocultivo, caracterizado por la utilización de la casi totalidad de la tierra agrícola en el cultivo de una sola o de poquísimas plantas industriales, y siempre mayor vulnerabilidad de la economía autóctona. Es en la intensificación del monocultivo donde se debe buscar el origen y los límites de la revolución cubana.

    Los gobiernos títere y ultracorruptos que se fueron sucediendo no sirvieron más que al interés del capital extranjero y de los propietarios de tierra cubanos, dándose todas las alternativas de los ciclos de una economía frágil y dependiente, con el resultado del agravamiento continuo de las condiciones de vida del proletariado y los campesinos pobres: tal es el resultado de 60 años de independencia.

    Mientras la economía europea y el mercado mundial, trastornados por la Primera Guerra Mundial, no se reordenan, Cuba vive un momento de floridez. De 1925 en adelante comienza inexorablemente a sofocarse. El desequilibrio entre los ricos propietarios cubanos y extranjeros y las masas proletarias y semiproletarias se hace mayor. Carestías, desocupación y enfermedades aumentan y ningún acuerdo internacional para poner un poco de orden en la anarquía del mercado mundial del azúcar da resultado.

    Ya en 1933 se registran las primeras sublevaciones populares, que provocan la fuga del presidente Machado. Así se sigue yendo a tirones con otros gobiernos títeres hasta la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se asiste al crecimiento de las exportaciones por el aumento de la demanda y por ende a una pequeña cuanto efímera alza. Desde el fin del segundo conflicto imperialista la declinación económica es veloz y advertida por todos, proletarios y burgueses. Del injerto de un capitalismo anormal con una explotación arcaica de la tierra había surgido en Cuba un vastísimo proletariado y un semiproletariado agrícola e industrial en condiciones de máxima explotación, con un analfabetismo que no disminuía su potencial revolucionario. Efectivamente, estaban fuertemente organizados sindicalmente siguiendo la tradición anarco-sindicalista importada en la época de la dominación española. Por tanto, eran frecuentes y violentas las manifestaciones obreras contra los gobiernos dictatoriales.

    Amén de la represión se debía soportar la traición del Partido Comunista Cubano. Surgido en la isla en 1919, es de inmediato puesto fuera de la ley por Machado, pero después del triunfo del estalinismo en Rusia y de la alianza con los Estados Unidos en la lucha antifascista contra Hitler, el P.C. cubano se transforma en agencia local de la política exterior soviética: uno de los primeros resultados fue el empeño de poner fin a la agitación revolucionaria en la isla, entonces en pleno desarrollo.

    Los trabajadores, que habían ocupado algunas fábricas y proclamado unos soviets locales, deberán dar marcha atrás. Antes de la Segunda Guerra Mundial este partido sostiene incluso la necesidad de tener una actitud positiva con Batista, que ahora profesa la democracia. Consecuentemente, éste legaliza el P.C. cubano.

    Los estalinistas, hasta el inicio de la guerra fría entre Rusia y EEUU no hesitaron en apoyar a todos los gobiernos títere y en participar en todas las coaliciones electorales puestas en escena por Batista sin dar un mínimo apoyo al movimiento nacional-revolucionario que se venía desarrollando y al que, es más, acusaban de fascista. Solo después del advenimiento de Castro al poder y del inicio de la caza de brujas por parte norteamericana proclamaron que las medidas tomadas por el Gobierno nos llevan al socialismo.

    Un cambio radical de la estructura productiva de la isla no podía ser impuesto sino con una revuelta armada radical. Ciertamente no por parte de los norteamericanos y la gruesa burguesía cubana ligada con mil hilos al imperialismo de éstos. La tarea fue tomada por la masa de la pequeña y mediana burguesía arruinada que vivía en el campo y la ciudad, por los pequeños comerciantes, por los profesionales e intelectuales, y por los proletarios rurales y urbanos interesados en la disminución de la desocupación crónica. Ausente la posibilidad histórica de la realización del programa revolucionario comunista, la fuerza y el potencial revolucionario contra la opresión y la miseria fueron puestos en acción por un movimiento popular o sea interclasista, con fines nacionales, esto es, por el castrismo y por todas las otras organizaciones políticas en un Frente Popular, por la democracia, contra la dictadura y por la independencia nacional.

    Al inicio el movimiento castrista fue bien visto no solo por los americanos sino también por todo el mundo occidental y recibió el apoyo financiero y militar para la organización de la lucha. Pero las fuerzas sociales puestas en marcha por la revolución no podían detenerse a mitad de camino so pena de tener que declararse fallidas. Elementos radicales llevaron más a fondo la lucha ocupando el lugar de aquellos moderados y necesariamente llegaron a perjudicar los intereses norteamericanos en la isla. Cuanto más se avanzaba con las nacionalizaciones, más aumentaba la rigidez económica y política de los EEUU. Los stocks sin vender se acumulaban y la deuda externa alcanzaba límites nunca vistos a causa de la gran demanda de capitales para la industrialización. Necesariamente el nuevo gobierno cubano, como por otra parte todos los países pequeños aparecidos de forma tardía en la escena del desarrollo histórico del capital, debió apoyarse, para mantener y consolidar el poder, en el bloque soviético. El empeño económico y político de la URSS fue impuesto por la situación, no querido y no previsto. Fue así como Castro, ya campeón del progreso, llego a ser, para unos, agente del Kremlin y dictador comunista, para los otros, un compañero.

    Una nueva y original vía al socialismo fue así transitada, una vez más, sobre el pellejo del proletariado. Nosotros, entonces como hoy, denunciamos la naturaleza burguesa y para nada socialista, no solamente del castrismo, sino también de todos los comunistas que entonces hacían referencia a Moscú. La andadura junto a Rusia y su trágico final, no hace sino confirmar la irreversible impotencia de un pequeño país atrasado en su economía capitalista, para obtener una modernización y competitividad que dé por resultado una verdadera independencia. La solución para la burguesía cubana se ha demostrado que no estaba en cambiar de patrón, la agonía que sufre actualmente la economía cubana, con los balseros abandonando el país aun a riesgo de perder la vida, parece indicar que la burguesía cubana antiyanki va a tener que agachar la cabeza ante su más lógico patrón, el yanki. La única perspectiva para enfrentarse a la explotación capitalista del proletariado cubano pasa por saber distinguir los propios intereses de clase inmediatos e históricos de los de la propia burguesía y el capital nacional, solidarizando con el movimiento y con los fines de la clase obrera de todos los países.

El Chile de Allende

    Con la elección de Salvador Allende, el 4 de septiembre de 1970, como presidente de Chile, se abre, esta vez en América Latina, una nueva y original vía para la victoria del proletariado en el mundo: la vía pacífica al comunismo.

    Chile, como tantos otros países de América del Sur, se enorgullece de la formación de su Estado nacional, una vez liberado de España, hace ciento setenta años, mucho antes que en Alemania y en Italia. Pero se trató de un episodio totalmente formal, falto de sustancia, ya que las relaciones de propiedad tradicionales y las formas arcaicas de gestión de las haciendas perduran por otros cien años, en un país totalmente agrícola y exportador de materias primas. Al igual que en los países vecinos, estas tierras se convierten en presa del imperialismo, primero británico y luego americano, hambrientos de materias primas y de minerales.

    Hay que esperar al primer período de posguerra para presenciar la instalación de un capitalismo industrial de pequeñas y medianas empresas muy grácil, debiendo soportar la deuda externa y el avance del imperialismo norteamericano con sus multinacionales.

    De 1964 a 1970 el país fue gobernado por la democracia cristiana, con Frei como presidente, que naturalmente nada puede hacer contra el avance de la crisis económica, después de años de crecimiento ininterrumpido. Desde 1967 se asiste a la movilización del proletariado y los campesinos pobres. Para la burguesía no había más solución que la de lanzar al país a una acumulación acelerada de capitales, y esto no podía hacerse sino poniendo a trabajar al proletariado. Es por eso que los capitalistas no ven con malos ojos el avance y posterior victoria electoral de la Unidad Popular (formada por seis partidos: socialistas, nacionalcomunistas, radicales varios y democristianos de izquierda) con un programa de reformas totalmente burgués pero acompañado de una verborragia revolucionaria apta para contener el descontento del proletariado.

    Ciertamente, medidas como la concentración del capital agrícola, la nacionalización de las inversiones extranjeras y los monopolios propiciadas por la Unidad Popular nada tenían de comunistas, y tampoco de burguesas radicales. Tímidas reformas para nada originales y que eran reclamadas desde hace años por distintos sectores sociales, incluso por la Iglesia, que desde hacía tiempo venía invitando a no elegir entre capitalismo y colectivismo, sino una vía de reformas democráticas.

    Nosotros, en aquellos años, a las promesas de los oportunistas, de eliminar los antagonismos sociales por medio del socialismo pacífico de Allende, las definimos como utopías reaccionarias. Los partidos burgueses de base obrera tenían que atraer a sus filas, irremediablemente, por medio de las promesas de bienestar, a la pequeña burguesía rica, para cumplir con su función de contención contrarrevolucionaria. Pero al mismo tiempo debían desarrollar el capitalismo, por lo tanto, siguiendo la lógica inevitable de este modo de producción, arruinar, proletarizar a la pequeña burguesía. Impregnada de tal contradicción, no fue difícil anticipar el final sin gloria de la Unidad Popular. La pequeña y mediana burguesía fueron abandonando a Allende paulatinamente para desplazarse siempre más hacia la derecha, hasta que finalmente dio su apoyo decidido a una de las represiones armadas burguesas más violentas e infames que el proletariado y campesinado pobre latinoamericano haya debido soportar jamás, todo con el beneplácito del imperialismo norteamericano.

    Hoy, 1994, al igual que ayer tenemos tristes confirmaciones: el capitalismo chileno de nuestros días se jacta de incrementos productivos del 10% anual, y exporta capitales a países vecinos. Esta estrepitosa acumulación no se podía concretar sino sumiendo a millones de obreros en la miseria más negra, que nada tiene que envidiar a la de los proletarios del siglo XIX en Europa, y el medio fue el garrote, bien facilitado por el gobierno burgués de la Unidad Popular.

* * *

    Vaya al proletariado de lengua hispana el recuerdo de estos hechos históricos en los que combatió por causas que no eran propias y no supo, o bien perdió, la justa vía de la revolución, pero que de todos modos entregó valerosamente a la historia, para las futuras generaciones. Estas lecciones de la contrarrevolución están expresadas en las Tesis Características que ahora publicamos en lengua española, convencidos de que indican la única vía a seguir para la liberación comunista de la humanidad mundial trabajadora del infierno capitalista.
 
 
 
 
 
 
 


Tesis características del Partido

Reunión general del Partido, Florencia 8-9 de diciembre de 1951










Un texto de nuestra corriente:
El curso a seguir

Introducción

    El texto original Tracciato d’impostazione (El curso a seguir) que hemos traducido aquí, fue publicado en el número de julio de 1946 de "Prometeo", revista que estuvo apareciendo hasta septiembre de 1952.
    Había terminado la guerra mundial y los diversos componentes de la Izquierda Comunista Italiana daban muestras de querer organizarse nuevamente. Estos militantes habían sido expulsados del Partido Comunista de Italia en el curso de los años treinta, cuando este partido, una vez perdida la dirección del mismo por la Izquierda marxista (en 1923 a nivel nacional y en 1924-26 a nivel local y regional) y habiéndose hundido después en el oportunismo de los frentes únicos y de los gobiernos obreros se preparaba para meterse de lleno en la aberración de la lucha antifascista, e integrarse luego, junto con todo el movimiento proletario, en los frentes partisanos, alineándose así en uno de los dos bloques imperialistas en guerra para dar una nueva bocanada de oxígeno a este sistema caduco y decrépito.
    En 1926 � cuando la Internacional Comunista estaba ya irremediablemente degenerada �, la Izquierda alemana, representada principalmente por Karl Korsch, propuso a la Izquierda italiana la idea de encabezar un movimiento de izquierda contra la degeneración de Moscú. La Izquierda italiana consideró que la creación de tal movimiento no era posible sin un trabajo de clarificación que explicase las causas del proceso degenerativo de la Internacional, y para ello, era necesario retomar todos los puntos básicos de nuestra doctrina.
    Este trabajo de clarificación es realizado por la Izquierda italiana a partir del año 1946 con el objeto de cimentar un cuerpo programático que permita la reconstrucción del partido. Este texto sirvió, pues, de introducción al trabajo de reconstrucción teórica que la Izquierda Italiana realizó a partir de ese año. El Curso a seguir es, en efecto, una síntesis de los principios de nuestra doctrina (el materialismo dialéctico), aplicados tanto al análisis de la sucesión histórica de los medios de producción (con sus respectivos ciclos: revolucionario, reformista, y contrarrevolucionario), como a la definición de la estrategia y de la táctica del movimiento revolucionario del proletariado a lo largo del curso del modo de producción burgués.
    Es una llamada a la integridad de la doctrina, y una guía de acción que basándose en ella, está destinada a utilizarse en lo vivo de la lucha de clase y de su momento más culminante: la lucha por la conquista revolucionaria del poder.
    Es nuestro alfa y omega, no un programa contingente, sino una vía histórica e inmutable. Por su naturaleza, este texto es para el partido la base primaria que determina su posicionamiento ante los distintos temas de la vida social. Leyéndolo se puede comprender fácilmente como el oportunismo ha abandonado su colocación en la sucesión dialéctica y ha utilizado obscenamente programas, consignas y posiciones que pertenecen a épocas ya superadas por esta misma sucesión. No podrá haber de nuevo un movimiento revolucionario si no es retomando esta visión, completamente abandonada desde hace más de medio siglo.
    Por todo lo anterior, hemos considerado importante publicar en este primer número de "La Izquierda Comunista", este texto que sirvió en aquellos años para continuar la obra de restauración teórica de la Izquierda italiana, construyendo las bases fundamentales para la reconstitución del partido, a las cuales no hay nada que añadir ni modificar.
    He aquí las ideas básicas que desarrolla el texto:
    El marxismo no es una elección entre opiniones - En qué sentido los marxistas se ligan a una tradición histórica - Fundamentos del método dialéctico marxista - El conflicto entre las fuerzas productivas y las formas sociales - Clase, lucha de clase, partido - Conformismo, reformismo, antiformismo - Interpretación de los caracteres de la fase histórica contemporánea; criterio dialéctico de valoración de las instituciones y de las soluciones sociales pasadas y presentes - La valoración dialéctica de las formas históricas - Ejemplo económico: mercantilismo - Ejemplo social: la familia - Ejemplo político: monarquía y república - Ejemplo ideológico: La religión cristiana - El ciclo capitalista: fase revolucionaria; fase evolucionista y democrática; fase imperialista y fascista - La estrategia proletaria en la fase de la revolución burguesa - Tendencias del movimiento socialista en la fase democrático-pacifista - Táctica proletaria en la fase del capitalismo imperialista y del fascismo. La revolución rusa, errores y desviaciones de la Tercera Internacional, involución del régimen proletario ruso - Planteamiento actual del problema de la estrategia proletaria. Denuncia histórica definitiva de todo refuerzo de las reivindicaciones liberales-democráticas. Solución negativa a las tesis de refuerzo de las fuerzas que conducen al capitalismo a desplegar su modernísina fase, monopolista en economía, totalitaria y fascista en política.
 

EL CURSO A SEGUIR

    Este texto, por motivos evidentes, no contiene la demostración de cuanto afirma. Tiene la tarea de establecer con la mayor claridad el enfoque de la publicación. Es solamente una enunciación de modo que queden fijadas las bases principales con el fin de evitar confusión y equívocos, ya sean involuntarios u organizados.

    Antes de convencer al que escucha, se trata de hacerle comprender bien la posición del que expone. La persuasión, la propaganda y el proselitismo, vienen después.
    Según el método seguido aquí, las opiniones no se establecen por obra de profetas, de apóstoles, de pensadores en cuyas cabezas nacen las nuevas verdades para ganar multitudes de seguidores.
    El procedimiento es totalmente distinto. Es el trabajo impersonal de una vanguardia de los grupos sociales que clarifica y hace evidentes las posiciones teóricas hacia las que son llevados los individuos � mucho antes de tener conciencia de ello � por las condiciones comunes reales en que viven. El método es pues, antiescolástico, anticultural y antiiluminista.
    En la fase presente de extravío teórico, reflejo de la desorganización práctica, si la puesta a punto de este planteamiento produce como primer resultado el alejamiento en vez del acercamiento de adherentes, no es ni para asombrarse, ni para lamentarse.

    Todo movimiento político en la presentación de sus tesis, se reivindica a precedentes históricos y en cierto sentido a tradiciones recientes o remotas, nacionales o internacionales.
    También el movimiento del que esta revista es órgano teórico se reivindica a orígenes bien determinados. Pero a diferencia de otras no parte de un verbo revelado que se atribuya a fuentes sobrehumanas, no reconoce la autoridad de textos escritos inmutables y ni siquiera admite canones jurídicos, filosóficos o morales a los que acudir en el estudio de cualquier cuestión, que de cualquier manera se pretendan ínsitos o inmanentes en el modo de pensar y sentir de todos los hombres.

    Para denominar esta orientación son aceptables los términos de marxismo, socialismo, comunismo, movimiento político de la clase proletaria. Lo malo es que de todos los términos se ha hecho repetidamente un empleo abusivo. Lenin consideró en 1917 una necesidad fundamental el cambio de nombre del partido, volviendo al de comunista del Manifiesto de 1848. Hoy, el inmenso abuso hecho del nombre comunista por partidos que están fuera de toda línea revolucionaria y clasista crea aún mayor confusión; movimientos exquisitamente conservadores de las instituciones burguesas osan llamarse partidos del proletariado; el término marxista se ha empleado para definir a los más absurdos aglomerados de partidos como los del antifranquismo español.
    La línea histórica que aquí reivindicamos es la siguiente: el Manifiesto de los Comunistas de 1848 (titulado también exactamente Manifiesto del Partido Comunista, sin añadido de nombre de nación); los textos fundamentales de Marx y Engels; la clásica restauración del marxismo revolucionario contra todos los revisionistas oportunistas que acompañó a la victoria revolucionaria en Rusia, y los textos fundamentales de Lenin; las declaraciones constitutivas de la Internacional de Moscú en el I y II Congresos; las posiciones defendidas por la Izquierda Italiana en los congresos sucesivos de 1922 en adelante.
    Limitadamente en Italia, la línea histórica se liga a la corriente de izquierda del Partido Socialista durante la guerra de 1914-18, a la constitución del Partido Comunista de Italia en Livorno en enero de 1921, a su Congreso de Roma en 1922, a las manifestaciones de su corriente de izquierda prevaleciente hasta el Congreso de Lyon en 1926 y sucesivamente fuera del partido y del Komintern y en el extranjero.
    Esta línea no coincide con la del movimiento trotskista de la IV Internacional. Tardíamente Trotsky y aún más tardíamente Zinoviev, Kamenev, Bujarin y los otros grupos rusos de la tradición bolchevique, reaccionaron a la táctica errónea que habían sostenido hasta 1924 y reconocieron que la desviación se agravaba hasta invertir los principios políticos fundamentales del movimiento. Los trotskistas de hoy se reivindican a la restauración de aquellos principios pero no han abandonado los elementos disolventes de la táctica "maniobrista" falsamente definida como bolchevique y leninista.

    La base de toda investigación debe ser la consideración de todo el proceso histórico que hasta aquí se ha desarrollado y el examen objetivo de los fenómenos sociales presentes.
    El método ha sido enunciado otras veces, pero muy a menudo se desfigura en el curso de su aplicación. El fundamento de la indagación se realiza en el examen de los medios materiales con los que los grupos humanos se proveen para la satisfacción de sus necesidades, es decir, la técnica productiva y más tarde, con el desarrollo de ésta, las relaciones de naturaleza económica.
    Estos factores determinan en las distintas épocas la superestructura de las instituciones jurídicas, políticas, militares, y los caracteres de las ideologías dominantes.

    Este método ha sido definido con las expresiones de materialismo histórico, materialismo dialéctico, determinismo económico, socialismo científico y comunismo crítico.
    Lo importante realmente es utilizar siempre resultados positivos reales, y no postular la intervención, para representar y explicar los hechos humanos, ni de mitos o divinidades, ni de principios tales como un «derecho» y una «ética» naturales, como pueden ser la Justicia, la Igualdad, la Libertad, la Fraternidad, y similares abstracciones vacías. Más importante aún es no postular estos y otros preconceptos ilusorios similares, sin percatarse o sin reconocerlo, y por efecto de las influencias irresistibles de la ideología dominante, y no dejarlas volver a florecer precisamente cuando se trata de los momentos claves y de las conclusiones decisivas.
    El método dialéctico es el único que supera la actual contradicción entre la rigurosa continuidad y coherencia teórica, y la capacidad para volver a afrontar críticamente cualquier vieja conclusión consolidada en términos y canones formales.
    Su aceptación no tiene el carácter de una fe ni de una posición pasional de escuela o de partido.

    Las fuerzas productivas, que consisten principalmente en los hombres empleados en la producción y en sus agrupamientos, junto con los utensilios y medios mecánicos que están en condiciones de utilizar, actúan en el cuadro de los modos de producción.
    Por tales modos se entienden las ordenanzas, las relaciones de dependencia en las que se desenvuelve la actividad productora y social. En tales modos están comprendidos todos los sistemas constituidos por jerarquías (familiares, militares, teocráticas, políticas), el Estado y todos sus organismos, el derecho y los tribunales que lo aplican, las reglas y todas las ordenanzas de naturaleza económica y jurídica que oponen resistencia a ser trasgredidas.
    Un tipo de sociedad vive mientras las fuerzas productivas permanecen por la fuerza en los encuadramientos de los modos de producción. En determinados momentos de la historia este equilibrio tiende a romperse. Diversas causas, entre ellas los progresos de la técnica, el crecimiento de las poblaciones, la extensión de las comunicaciones, incrementan las fuerzas productivas. Estas entran en contraste con los modos tradicionales, tienden a romper el cerco y cuando lo consiguen tiene lugar una revolución: la comunidad se organiza con nuevas relaciones económicas, sociales y jurídicas; modos nuevos toman el puesto de los antiguos.

    El método dialéctico marxista encuentra, aplica y confirma sus soluciones a escala de los grandes fenómenos colectivos con el método científico y experimental (el mismo método que los pensadores de la época burguesa aplicaron al mundo natural con una lucha que era el reflejo de la lucha social revolucionaria contra los regímenes teocráticos y absolutistas, pero que no podían osar impulsar en el campo social). Este deduce de los resultados adquiridos en este campo las soluciones al problema del comportamiento del individuo, mientras que, por el contrario todas las escuelas adversarias, religiosas, jurídicas, filosóficas, económicas, proceden en sentido inverso. Es decir, construyen las normas del comportamiento colectivo sobre la base inconsistente del mito del individuo, ya sea este presentado como alma personal inmortal, como sujeto de derecho o Ciudadano, ya sea estudiado como mónada inmutable de la praxis económica, y así continuamente (hoy que la ciencia física ha proseguido más allá de su fecundísima hipótesis de los individuos materiales, indivisibles, los átomos, los ha definido como ricos complejos y los ha reducido no tanto a ulteriores mónadas-tipo incorruptibles, cuanto a puntos de encuentro de toda la dinámica radiante de los campos energéticos exteriores, de forma que esquemáticamente se puede decir que no es el cosmos función de los unos, sino que cualquier uno es función de todo el cosmos).
    Quien cree en el individuo y habla de personalidad, de dignidad, de libertad, de responsabilidad del hombre o del ciudadano no debe tener nada que ver con el pensamiento marxista. Los hombres no son puestos en movimiento por opiniones o confesiones, o por fenómenos del llamado pensamiento, en los que se inspiran su voluntad y su acción. Son inducidos a moverse por sus necesidades, que toman el carácter de intereses cuando la misma exigencia material acucia paralelamente a grupos enteros. Se topan con las limitaciones que el ambiente y la estructura social ponen a la satisfacción de tales exigencias. Y reaccionan individual o colectivamente, en un sentido que normalmente está necesariamente determinado, antes de que el juego de los estímulos y de las reacciones haya hecho nacer en su cabeza los reflejos que se llaman sentimientos, juicios, pensamientos.
    Obviamente el fenómeno es de extrema complejidad y puede, en casos particulares ir en contrasentido a la ley general que está sin embargo justificado establecer.
    De todas formas no tiene derecho a llamarse marxista quien hace intervenir como causa motriz en el desarrollo de los hechos sociales e históricos a la conciencia individual, a los principios morales, a la opinión, y a la decisión del individuo o del ciudadano.

    El contraste entre las fuerzas productivas y las formas sociales se manifiesta como lucha entre las clases que tienen intereses económicos opuestos, esta lucha en su fase culminante se transforma en contienda armada por la conquista del poder político.

    Clase, en sentido marxista, no es una fría constatación estadística, sino una fuerza orgánica operante, y aparece cuando la simple concomitancia de condiciones económicas y de intereses desemboca en una acción y en una lucha común.
    En estas situaciones, el movimiento es conducido por agrupaciones y organismos de vanguardia, de los que su forma desarrollada y moderna es el partido político de clase. La colectividad cuya acción culmina en la de un partido se mueve en la historia con una eficiencia y una dinámica real inalcanzables en el marco restringido de la acción individual.
    Es el partido el que llega a tener una conciencia teórica del desarrollo de los acontecimientos y una consiguiente influencia sobre su devenir en el sentido dispuesto por la determinación de las fuerzas productivas y por las relaciones entre ellas.

    Al final de una presentación de principios y directrices, la cual, a pesar de la tremenda dificultad y complejidad de las cuestiones, no puede hacerse sin recurrir a esquemas simplificativos, se observan tres tipos históricos de movimientos políticos en los que podemos clasificar a todos los demás. Conformistas son aquellos movimientos que combaten para conservar íntegras las formas y las instituciones vigentes, prohibiendo toda transformación y reivindicándose a principios inmutables, ya sean presentados estos bajo una vestimenta religiosa, filosófica, o jurídica.
    Reformistas son los movimientos que, aun no pidiendo el sucumbir brusco y violento de las instituciones tradicionales, advierten que las fuerzas productivas pujan demasiado fuerte y propugnan modificaciones graduales y parciales del orden vigente.
    Revolucionarios (y adoptaremos el término provisional de antiformistas) son los movimientos que proclaman y ejecutan el asalto de las viejas formas, y que aun antes de saber teorizar los caracteres del nuevo orden, tienden a romper el antiguo provocando el nacimiento irresistible de formas nuevas.
    Conformismo. Reformismo. Antiformismo.

    Toda esquematización presenta peligros de error. Se puede uno preguntar si la dialéctica marxista no conduce a su vez a construir un artificioso modelo general de las vicisitudes históricas, reduciendo todo el desarrollo a una sucesión en el dominio de clases que nacen revolucionarias, viven reformistas y acaban conservadoras. El sugestivo final puesto a tal vicisitud por la llegada de la sociedad sin clases, por medio de la clase proletaria y su victoria revolucionaria, (la conocida salida de la prehistoria humana de Marx) puede parecer una construcción finalista y por lo tanto metafísica como aquellas de las falaces ideologías del pasado. Hegel como precisamente denunció Marx, redujo su sistema dialéctico a una construcción absoluta, recayendo inconscientemente en la metafísica que había superado en la parte demoledora de su crítica (reflejo filosófico de la lucha revolucionaria burguesa).
    Con ello Hegel, coronando la filosofía clásica del idealismo alemán y del pensamiento burgués, colocaba la tesis absurda de que la historia de la acción y del pensamiento debía pararse cristalizada en su perfecto sistema, en la conquista de lo Absoluto. Similar punto estático de llegada es eliminado por la dialéctica marxista.
    Sin embargo, Engels, en su clásica presentación del socialismo científico (contrapuesto al utopismo que confiaba la renovación social a la propaganda por la adopción de un proyecto de sociedad mejor propuesto por un autor o una secta) parecería admitir una regla o ley general del movimiento histórico cuando usa expresiones como estas: hay un movimiento hacia adelante; el mundo camina. Estas vigorosas fórmulas de propaganda no deben hacer creer que se haya encontrado una receta en la que se puedan encerrar todos los infinitos desarrollos del devenir de la sociedad humana, receta que ocupe el puesto de las acostumbradas abstracciones burguesas de evolución, civilización, progreso y similares.
    El maravilloso beneficio del arma dialéctica de investigación es también esencialmente revolucionario; se expresa en la implacable destrucción de los innumerables sistemas teóricos que alternativamente revisten los aparatos de dominio de las clases privilegiadas. Este cementerio de ídolos caídos, no debemos sustituirlo con un nuevo mito, un nuevo credo, un nuevo verbo; sino solo con las expresiones realistas de una serie de relaciones entre las condiciones reales y sus mejores desarrollos calculables.
    Para dar un ejemplo de ello, la correcta formulación marxista no es: un día el proletariado tomará el poder político, destruirá el sistema social capitalista y construirá la economía comunista; la correcta es, por el contrario: solo mediante su organización en clase, o sea en partido político, y mediante la instauración armada de su dictadura, el proletariado podrá destruir el poder y la economía capitalista, y hacer posible una economía no capitalista y no mercantil.
    Científicamente no podemos excluir un final distinto para la sociedad capitalista, como podría ser el retorno a la barbarie, una catástrofe mundial provocada por medios bélicos que tuviera, por ejemplo, el carácter de una degeneración patológica de la raza (los ciegos y los condenados a la disolución radioactiva de sus tejidos por las bombas de Hirosima y Nagasaki nos advierten de ello) u otra no deducible de los datos conocidos actualmente.

    El movimiento revolucionario comunista de esta convulsa época se debe caracterizar no solo por la demolición teórica de todo conformismo y de todo reformismo del mundo contemporáneo, sino también por la posición práctica y como suele decirse, táctica, que afirma que no hay ya camino alguno que recorrer conjuntamente con ningún movimiento, ya sea conformista o reformista, ni siquiera en sectores y tiempos limitados.
    Sobre todo, éste se debe fundar en la adquisición histórica irrevocable de que el capitalismo burgués ha agotado ya todo empuje antiformista, o sea, no tiene ya tarea histórica alguna de demolición de formas precapitalistas o de resistencia a las amenazas de retorno de estas.
    Con esto no se niega que, mientras las potentes fuerzas del devenir capitalista, que han acelerado a ritmo inaudito la transformación del mundo, actuaban sobre tales relaciones, el movimiento de la clase proletaria pudiese y debiese, dialécticamente, condenarlas como doctrina y apoyarlas en la acción.

    Una diferencia esencial entre el método metafísico y el dialéctico en la historia se basa en esto.
    Todo tipo de institución o de ordenamiento social o político no es por sí mismo bueno o malo, aceptable o rechazable, conforme a un examen de sus características basado en canones y principios generales.
    Según la interpretación dialéctica de la historia, toda institución en situaciones sucesivas ha tenido tareas y efectos revolucionarios, progresivos, conservadores.
    Se trata, para cada posición del problema, de poner en su sitio las fuerzas productivas y los factores sociales, deduciendo de estos el sentido del conflicto político que expresan.
    Es metafísico declararse por principio autoritario o libertario, monárquico o republicano, aristócrata o demócrata y acudir en la polémica a canones puestos fuera de la coyuntura histórica. Ya el viejo Platón, en la primera tentativa sistemática de ciencia política supera el absolutismo místico de los principios, y le sigue Aristóteles distinguiendo entre los tres tipos � poder de uno, de pocos, de muchos � las formas buenas y las malas: monarquía y tiranía � aristocracia y oligarquía � democracia y demagogia.
    El análisis moderno, sobre todo después de Marx, va mucho más a fondo.
    En la actual fase histórica, la casi totalidad de las enunciaciones y de las propagandas políticas, utiliza los peores motivos tradicionales de todas las supersticiones religiosas, jurídicas o filosóficas.
    A este caos de ideas, proyección en la cabeza de los hombres contemporáneos del caos de las relaciones de intereses de una sociedad que se descompone, es contrapuesto el análisis dialéctico de las relaciones de las fuerzas reales hoy en juego.
    Para introducir éste, se requiere una análoga valoración de las épocas históricas precedentes y de sus consabidas relaciones particulares.

    Comenzando por las formas económicas, no tiene sentido alguno el ser partidario de manera general de una economía común o privada, librecambista o monopolista, individual o colectiva, y ensalzar los méritos de cualquier sistema con alabanzas acerca del bienestar general; actuando así se caería en la utopía que es la exacta contraposición a la dialéctica marxista.
    Es conocido en Engels el clásico ejemplo del comunismo como "negación de la negación". Las primeras formas de producción humana fueron comunistas, después surgió la propiedad privada que representó un sistema mucho más complejo y eficiente. De ésta, la sociedad humana retorna al comunismo. Este comunismo moderno sería irrealizable si el comunismo inicial no hubiese sido superado, derrotado y destruido por el sistema de la propiedad privada. El marxista considera una ventaja y no un daño este traspaso inicial. Esto que se dice del comunismo se puede decir de todas las otras formas económicas como el esclavismo, la servidumbre de la gleba, el capitalismo manufacturero, industrial, monopolista y así sucesivamente.

    La economía mercantil, por la cual los objetos susceptibles de satisfacer las necesidades humanas dejaron, al salir de la barbarie, de ser directamente adquiridos y consumidos por el ocupante o por el primitivo productor y devinieron susceptibles de ser cambiados, primero entre ellos, bajo la forma del trueque y a continuación con un equivalente común monetario, constituyó con su aparición histórica una grandiosa revolución social.
    Se hizo posible así el reparto de los distintos hombres en distintos trabajos productivos, ampliando y diferenciando enormemente los caracteres de la vida social. Se puede al mismo tiempo reconocer este traspaso y afirmar que tras una serie de tipos de organización económica, todos basados en el común principio mercantil (esclavismo, feudalismo, capitalismo, etc.), se tiende hoy hacia una economía no mercantil y que la tesis que afirma que la producción sería imposible fuera del mecanismo del intercambio monetario de las mercancías es hoy una tesis conformista y reaccionaria.
    La abolición del mercantilismo se puede sostener hoy y solamente hoy, por cuanto el desarrollo del trabajo asociado y la concentración de las fuerzas productivas que el capitalismo, última de las economías mercantiles, ha procurado, hace posible romper los límites por los cuales todos los bienes de uso circulan como mercancías y el mismo trabajo humano es tratado como una mercancía.
    Un siglo antes de este estadio, hubiera sido pura locura una crítica del sistema mercantilista basada en razonamientos generales de fondo filosófico, jurídico y moral.

    Los diversos tipos de grupos sociales sucesivamente aparecidos, a través de los cuales la vida colectiva se ha diferenciado del primitivo individualismo animal, recorriendo un inmenso ciclo que ha complicado cada vez más las relaciones en las que vive y se mueve el individuo, no pueden � tomadas individualmente � ser juzgadas favorable o desfavorablemente, sino que deben ser consideradas en relación a la sucesión y al desarrollo histórico que les ha dado una función mutable en las sucesivas transformaciones y revoluciones.
    Cada una de estas instituciones surge como una conquista revolucionaria, se desenvuelve y se reforma en largos ciclos históricos, y finalmente deviene un obstáculo reaccionario y conformista.

    La institución de la familia aparece como primera forma social cuando en la especie humana el lazo entre los progenitores y la prole va mucho más allá que en la época en la que existe por necesidad fisiológica. Nace la primera forma de autoridad, que la madre y después el padre ejercitan sobre los descendientes, incluso cuando estos son individuos físicamente completos y fuertes. Estamos también aquí en presencia de una revolución, ya que aparece la primera posibilidad de una organización de vida colectiva y se establece la base de los ulteriores desarrollos que conducirán a las primeras formas de sociedad organizada y de Estado.
    En largas y sucesivas fases se vuelve cada vez más compleja la vida social, el interés y la autoridad de un hombre sobre el otro se extiende más allá de los límites del parentesco y de la sangre. El nuevo y más vasto grupo contiene y disciplina a la institución de la familia, como sucedió en las primitivas ciudades, en los estados, en los regímenes aristocráticos y después en el régimen burgués, todos ellos fundados en la institución-fetiche de la herencia.
    Cuando se impone la exigencia de una economía que supere el juego de los intereses individuales, la institución de la familia, con sus límites demasiado angostos, llega a ser un obstáculo y un elemento reaccionario en la sociedad.
    Por tanto, sin haberle negado su función, los comunistas modernos, tras advertir que ya el sistema capitalista ha deformado y desvencijado la cacareada "santidad" de esta institución, la combaten abiertamente y se proponen suprimirla.

    Las diversas formas de estado como monarquía y república, se suceden a través de la historia de forma complicada y pueden haber representado, ambas, energías revolucionarias, progresivas o conservadoras en las distintas situaciones históricas. Aun pudiéndose admitir de manera general que probablemente antes de su caída el régimen capitalista llegará a liquidar los regímenes dinásticos que hoy sobreviven, tampoco en esta cuestión se puede juzgar como algo absoluto el que estén fuera del espacio y del tiempo.
    Las primeras monarquías surgieron como expresión política de la división de las funciones materiales; ciertos elementos del grupo de familias o tribus primitivas asumieron � mientras los otros se ocupaban de la caza, la pesca, la agricultura, o del primer artesanado � la defensa con las armas contra otros grupos o pueblos, o también la rapiña armada de los bienes de estos últimos, y los primeros reyes y guerreros fundaron sobre mayores riesgos el privilegio del poder. Se trata también aquí de la llegada de formas más desarrolladas y complejas, que de otro modo eran imposibles, y por tanto, de una de las vías que condujeron a una revolución en las relaciones sociales. En fases sucesivas la institución monárquica hizo posible la constitución y el desarrollo de vastas organizaciones estatales nacionales contra el federalismo de sátrapas y señorones, y tuvo una función innovadora y reformadora. Dante es el gran reformista monárquico en la apertura de la edad moderna. Más recientemente, la monarquía se ha prestado en muchos países � aunque no menos se ha prestado la república � a revestir las formas más cerradas del poder de clase de la burguesía.

    Pueden haber existido movimientos y partidos republicanos con carácter revolucionario, otros, con carácter reformista, y otros, con carácter netamente conservador.
    Para que quede más claro emplearemos ejemplos accesibles y simplificados: así, fue revolucionario Bruto "que mató a Tarquino", fueron reformistas los Gracos, que intentaron dar a la república aristocrática un contenido conforme a los intereses de la plebe, y fueron conformistas y reaccionarios los republicanos tradicionales como Catón y Cicerón que contrastaron el grandioso desarrollo histórico constituido por la expansión del imperio romano y de sus formas jurídicas y sociales en el mundo. La cuestión se falsea por completo cuando se recurre a tópicos sobre el cesarismo, la tiranía o, en el lado opuesto, sobre los sagrados principios de las libertades republicanas y similares motivos retórico-literarios.
    Entre los ejemplos modernos basta considerar como modelos antiformista, reformista y conformista las tres repúblicas francesas, la de 1793, la de 1848 y la de 1871.

    Los reflejos de las crisis de las formas económicas se dan, no solo en las instituciones sociales y políticas, sino también en las creencias religiosas y en las opiniones filosóficas.
    Toda posición jurídica, confesional o filosófica es considerada en relación a las situaciones históricas y a las crisis sociales y ha sido según las ocasiones, bandera revolucionaria, progresiva o conformista.

    Antiformista y revolucionario por excelencia fue el movimiento que lleva el nombre de Cristo.
    La afirmación de que en todos los hombres hay un alma de origen divino y destinada a la inmortalidad, cualquiera que sea su posición social o de casta, era el equivalente del surgir revolucionario contra las formas opresivas y esclavistas del antiguo Oriente. Mientras la ley admite que la persona humana puede ser considerada como una mercancía, objeto de compra-venta al igual que un animal, y por lo tanto, todas las prerrogativas jurídicas de hombres libres y ciudadanos son monopolio de una sola clase, la afirmación de la igualdad de los creyentes era una consigna de batalla que chocaba implacablemente contra la resistencia de los ordenamientos teocráticos de los judíos, aristócratas y militares de otros estados de la antigüedad.
    Tras largas fases históricas y después de la abolición del esclavismo, el cristianismo deviene religión oficial y sostén del estado. Más tarde vive su ciclo reformista en la Europa de la edad moderna como expresión de una lucha contra la excesiva adhesión de la Iglesia a los estratos sociales más privilegiados y opresivos.
    Hoy no puede haber ideología más conformista que la cristiana, que ya en la época de la revolución burguesa fue la más potente arma organizativa y doctrinal para la resistencia de los viejos regímenes.
    Hoy, el potente entramado eclesiástico y la sugestión religiosa, reconciliados y concordados oficialmente por doquier con el sistema capitalista, están empeñados en la defensa fundamental contra la amenaza de la revolución proletaria.
    En las relaciones sociales de hoy, siendo ya una vieja conquista la que hace de cada individuo una empresa económica con la posibilidad teórica de tener un activo y un pasivo, la superstición que traza en torno a cada individuo un círculo cerrado con el balance moral de todas sus acciones y lo proyecta en la ilusión de una vida de ultratumba, no es más que la proyección en el cerebro de los hombres del carácter burgués mismo de la presente sociedad, fundada sobre la economía privada.
    No es posible conducir una lucha para romper los límites de una economía de empresas privadas y de balances individuales, sin tomar de manera abierta una posición antirreligiosa y anticristiana.

    La burguesía capitalista moderna ha presentado ya en los principales países tres fases históricas características.
    La burguesía aparece como clase abiertamente revolucionaria y conduce una lucha armada para romper las formas del absolutismo feudal y clerical, vínculos que atan a las fuerzas trabajadoras de los campesinos a la tierra y a las de los artesanos al corporativismo medieval.
    La exigencia de la liberación de estos vínculos coincide con la del desarrollo de las fuerzas productivas que, con los recursos de la técnica moderna tienden a concentrar a los trabajadores en grandes masas.
    Para dar un libre desarrollo a estas nuevas fuerzas económicas es preciso abatir por la fuerza los regímenes tradicionales.
    La clase burguesa no solo conduce la lucha insurreccional, sino que lleva a cabo tras la primera victoria una férrea dictadura para impedir la revancha de monárquicos, feudatarios y jerarquías eclesiásticas.

    La clase capitalista aparece en la historia como una fuerza antiformista y sus energías imponentes la conducen a romper todos los obstáculos, materiales e ideales; sus pensadores subvierten los antiguos canones y las antiguas creencias de la manera más radical.
    Las teorías de la autoridad por derecho divino se sustituyen por las de igualdad y libertad políticas, por las de soberanía popular, y se proclama la exigencia de instituciones representativas, pretendiendo que gracias a estas, el poder sea expresado por la voluntad colectiva libremente manifestada.
    El principio liberal y democrático en esta fase aparece como netamente revolucionario y antiformista, tanto más cuanto que este no es realizado por vías pacíficas y legalistas, sino que triunfa a través de la violencia y del terror revolucionario y es defendido de retornos restauradores con la dictadura de la clase vencedora.

    En la segunda fase, ya estabilizado el sistema capitalista, la burguesía se proclama exponente del mejor desarrollo y del bienestar de toda la colectividad social y recorre una fase relativamente tranquila de desarrollo de las fuerzas productivas, de conquista con su propio método de todo el mundo habitado, de intensificación de todo el ritmo económico. Esta es la fase progresiva y reformista del ciclo capitalista.

    El mecanismo democrático-parlamentario en esta segunda fase burguesa vive paralelamente a la dirección reformista, interesando a la clase dominante hacer aparecer su propio orden como susceptible de desarrollar y manifestar los intereses y las reivindicaciones de las clases trabajadoras. Sus gobernantes afirman que estos se pueden satisfacer con medidas económicas y legislativas que, sin embargo, dejen subsistir los fundamentos jurídicos del sistema burgués. Parlamentarismo y democracia no tienen ya el carácter de consignas revolucionarias, sino que asumen un contenido reformista que asegura el desarrollo del sistema capitalista, eliminando choques violentos y explosiones de la lucha de clase.

    La tercera fase es la del moderno imperialismo, caracterizado por la concentración monopolista de la economía, por el surgimiento de los truts y sindicatos capitalistas, por las grandes planificaciones dirigidas por los centros estatales. La economía burguesa se transforma y pierde los caracteres del liberalismo clásico, según el cual cada propietario de empresa era autónomo en sus decisiones económicas y en sus relaciones de intercambio. Interviene una disciplina cada vez más estricta de la producción y de la distribución; los índices económicos no resultan ya del libre juego de la concurrencia, sino de la influencia de asociaciones entre capitalistas en un principio, de órganos de concentración bancaria y financiera después, y al final, directamente del estado. El Estado político que en la acepción marxista era el comité de intereses de la clase burguesa y los tutelaba como órgano de gobierno y de policía, se vuelve cada vez más un órgano de control y directamente de gestión de la economía.
    Esta concentración de atribuciones económicas en manos del estado puede ser interpretada como un paso de la economía privada a la economía colectiva solo si se ignora voluntariamente que el estado contemporáneo expresa únicamente los intereses de una minoría y que toda nacionalización que se desenvuelve en los límites de las formas mercantiles, conduce a una concentración capitalista que refuerza en vez de debilitar el carácter capitalista de la economía. El desarrollo político de los partidos de la clase burguesa en esta fase contemporánea, como fue claramente establecido por Lenin en la crítica del imperialismo moderno, conduce a formas de opresión más estrecha, y sus manifestaciones se han dado con la llegada de los regímenes que se han definido totalitarios o fascistas. Estos regímenes constituyen el tipo político más moderno de la sociedad burguesa y van difundiéndose a través de un proceso que llegará a ser cada vez más claro en todo el mundo. Un aspecto concomitante de esta concentración política consiste en el absoluto predominio de pocos y grandísimos estados en detrimento de la autonomía de los estados medios y menores.

    La llegada de esta tercera fase capitalista no puede ser confundida con un retorno de instituciones y formas precapitalistas, ya que ésta se acompaña de un incremento vertiginoso de la dinámica industrial y financiera, desconocido cualitativa y cuantitativamente para el mundo preburgués. El capitalismo repudia de hecho el aparato democrático y representativo y constituye centros de gobierno absolutamente despóticos. En algunos países, este ha teorizado y proclamado ya la constitución del partido único totalitario y la centralización jerárquica; en otros, continúa haciendo uso de consignas democráticas, hoy ya vacías de contenido, pero procede inexorablemente en el mismo sentido.
    La posición esencial de una exacta valoración del proceso histórico contemporáneo es ésta: la época del liberalismo y de la democracia ha concluido y las reivindicaciones democráticas que tuvieron en aquella época un carácter revolucionario, y después progresista y reformista, son hoy anacrónicas y típicamente conformistas.

    En correspondencia con el ciclo del mundo capitalista, tenemos otro del movimiento proletario. Desde el inicio de la formación de un gran proletariado industrial se comienza a construir una crítica de las enunciaciones económicas, jurídicas y políticas burguesas y se teoriza el descubrimiento de que la clase burguesa no libera ni emancipa a la humanidad, sino que sustituye con su propio dominio de clase y su propia explotación, al de las otras clases que le precedieron. Sin embargo, los trabajadores en todos los países tienen que combatir junto a la burguesía para el derrocamiento de las instituciones feudales y no caer en las sugestiones de un socialismo reaccionario, que, ante el espectro del nuevo despiadado patrón capitalista, llama a los obreros a una alianza con las clases dirigentes monárquicas y terratenientes.
    También en las luchas que los jóvenes regímenes capitalistas libran para rechazar los retornos reaccionarios, el proletariado no puede denegar su apoyo a la burguesía.

    Un primer planteamiento de la estrategia de clase del naciente proletariado es la perspectiva de realizar movimientos anti-burgueses en el lance de la misma lucha insurreccional conducida junto a la burguesía, alcanzando de modo inmediato la liberación de la opresión feudal y de la explotación capitalista.
    Una manifestación embrional la encontramos durante la gran revolución francesa con la Liga de los Iguales de Babeuf. Teóricamente el movimiento está completamente inmaduro, pero es significativa la lección histórica de la implacable represión que la burguesía jacobina victoriosa ejerce contra los obreros que habían combatido con ella y por sus intereses.
    En la vigilia de la oleada revolucionaria burguesa y nacional del 1848 la teoría de la lucha de clase está ya madura y elaborada, estando ahora claras a escala europea y mundial las relaciones entre burgueses y proletarios.
    Marx, en el Manifiesto, proyecta al mismo tiempo la alianza con la burguesía contra los partidos de la restauración monárquica del poder por parte de la clase obrera. También en esta fase histórica el esfuerzo de revuelta de los trabajadores es reprimido despiadadamente, pero se afirma que la doctrina y la estrategia de clase correspondientes a esta fase están sobre el claro camino histórico del método marxista.
    Las mismas situaciones y las mismas valoraciones se daban en la grandiosa tentativa de la Comuna de París, con la que el proletariado francés, después de derrocar a Bonaparte y asegurar la victoria a la república burguesa, intenta una vez más la conquista del poder y ofrece, aunque sea por pocos meses, el primer ejemplo histórico del gobierno de clase.
    El significado más sugestivo de este desarrollo se halla en la incondicional alianza antiproletaria de los demócratas burgueses con los conservadores y con el mismo ejército prusiano vencedor para asesinar el primer intento de dictadura del proletariado.

    En la segunda fase, en la que el reformismo en el cuadro de la economía burguesa se acompaña con el más amplio empleo de los sistemas representativos y parlamentarios, se plantea para el proletariado una alternativa de alcance histórico.
    En el aspecto teórico surge el interrogante interpretativo de la doctrina revolucionaria construida como una crítica a las instituciones burguesas y a toda su defensa ideológica: ¿la caída del dominio de clase capitalista y la sustitución de éste por un nuevo orden económico tendrá lugar a través de un choque violento, o podrá alcanzarse con graduales transformaciones y con la utilización del mecanismo legalista parlamentario?
    En el aspecto práctico surge el interrogante de si el partido de la clase proletaria debe o no asociarse, no ya con la burguesía contra las fuerzas de los regímenes precapitalistas, ahora ya desaparecidos, sino con una parte avanzada y progresiva de la burguesía misma, con mayor disposición a reformar los ordenamientos.

    En el intermedio idílico del mundo capitalista (1871-1914) se desarrollan las corrientes revisionistas del marxismo, del que se falsifican las directrices y los textos fundamentales, y se construye una nueva estrategia según la cual las grandes organizaciones económicas y políticas de la clase obrera penetran y conquistan las instituciones por medios legales, preparando una gradual transformación de todo el engranaje económico.
    Las polémicas que acompañan a esta fase dividen al movimiento obrero en tendencias opuestas; a pesar de que no se plantea en general el programa del asalto insurreccional para destruir el poder burgués, los marxistas de izquierda resisten vigorosamente a los excesos de la táctica colaboracionista en el plano sindical y parlamentario, al propósito de sostener gobiernos burgueses y de hacer participar a los partidos socialistas en coaliciones ministeriales.
    Es en este punto cuando se abre la gravísima crisis del movimiento socialista mundial, determinada por el estallido de la guerra de 1914 y por el paso de gran parte de los jefes sindicales y parlamentarios a la política de colaboración nacional y de adhesión a la guerra.

    En la tercera fase, el capitalismo � por la necesidad de continuar desarrollando la masa de las fuerzas productivas y al mismo tiempo evitar que estas rompan el equilibrio de sus ordenamientos � se ve obligado a renunciar a los métodos liberales y democráticos, conduciendo al unísono a la concentración en potentísimos aglomerados estatales tanto de dominio político como de estrecho control de la vida ecote;mica. También en esta fase se presentan ante el movimiento obrero dos alternativas.
    En el campo teórico es necesario afirmar que estas formas más estrictas del dominio de clase del capitalismo constituyen la necesaria fase más evolucionada y moderna que éste recorrerá para llegar al final de su ciclo y agotar sus posibilidades históricas. Estas no son un transitorio agravamiento de métodos políticos y de policía, tras el cual se pueda y se deba retornar a las formas de pretendida tolerancia liberal.
    En el campo táctico, el interrogante de si el proletariado deba iniciar una lucha para reconducir al capitalismo a sus concesiones liberales y democráticas es falso e ilusorio, no siendo ya necesario el clima de la democracia política para el ulterior incremento de las energías productivas capitalistas, indispensable premisa para la economía socialista.
    Tal interrogante, en la primera fase revolucionaria burguesa, no solo estaba planteado por la historia sino que se resolvía en una concomitancia en la lucha de las fuerzas del tercer y cuarto estado, y la alianza entre las dos clases era una etapa indispensable en el camino hacia el socialismo.
    En la segunda fase, el interrogante de una acción concomitante entre democracia reformista y partidos obreros socialistas estaba planteado legítimamente, y aunque la historia ha dado la razón a la solución negativa sostenida por la izquierda marxista revolucionaria contra la de la derecha revisionista y reformista, ésta, antes de las fatales degeneraciones de 1914-18, no podía ser definida como un movimiento conformista. Esta creía plausible, en efecto, un giro lento de la rueda de la historia. Aún no intentaba girarla hacia atrás. Sea reconocido esto a los Bebel, a los Jaurés, a los Turati.
    En la fase actual, la del más ávido imperialismo y la de las feroces guerras mundiales, el interrogante de una acción paralela entre la clase proletaria socialista y la democracia burguesa no se presenta ya históricamente; sostener una respuesta afirmativa no representa ya una alternativa, una versión, una tendencia del movimiento obrero, sino que esconde el paso total al conformismo conservador.
    La única alternativa que se puede presentar y resolver ha llegado a ser otra. Dado que el desarrollo del mundo y del régimen capitalista se desenvuelve en sentido centralista, totalitario y «fascista», ¿debe el movimiento proletario aliar sus fuerzas con este movimiento que se ha transformado en el único aspecto reformista del orden y del dominio burgués? ¿Se puede esperar que el surgimiento del socialismo se inserte en este inexorable avance del estatalismo capitalista, ayudándolo a dispersar las últimas resistencias retrógradas de librecambistas y liberales, burgueses conformistas de primera clase?
    ¿O bien el movimiento proletario, duramente golpeado y disperso por no haber podido, en la fase de las dos guerras mundiales, realizar su autonomía en la práctica de la colaboración de clase debe reconstituirse fuera de este método, fuera de la ilusión de estar representado en pacíficas instituciones burguesas penetrables con medios legales o más vulnerables al asalto de las masas (dos formas, estas, igualmente peligrosas del derrotismo de todo movimiento revolucionario)?
    El método dialéctico marxista conduce a la conclusión negativa de la cuestión de la alianza con las nuevas y modernas fuerzas burguesas centralizadoras, por las razones que históricamente se desprenden de aquellas mismas que conducían ayer a combatir la alianza con el reformismo de la fase democrática y pacifista.
    El capitalismo, premisa dialéctica del socialismo, no tiene ya necesidad de ser ayudado a nacer (afirmando su dictadura revolucionaria) ni a crecer (en su sistematización liberal y democrática).
Éste concentra inevitablemente en la fase moderna su patrimonio económico y su fuerza política en     unidades monstruosas.
    Su transformismo y su reformismo aseguran su desarrollo y defienden su conservación al mismo tiempo.
    El movimiento de la clase obrera no sucumbirá a su dominio únicamente si se sitúa fuera del terreno de la ayuda a las aún necesarias evoluciones del devenir capitalista, reorganizando sus fuerzas fuera de estas perspectivas superadas, sacudiéndose de encima el peso de las tradiciones del viejo método, denunciando � ya con una fase histórica entera de retraso � su concordato táctico con cualquier forma de reformismo.

    Al término de la primera guerra mundial toma actualidad el más relevante problema de la historia contemporánea: la crisis del régimen zarista ruso, superviviente estructura estatal feudal en pleno desarrollo capitalista.
    La posición de la izquierda marxista (Lenin, bolcheviques) estaba establecida ya desde hacía decenios en la perspectiva estratégica de conducir el combate por la dictadura proletaria contemporaneamente al de todas las fuerzas antiabsolutistas por el derrocamiento del imperio feudal.
    La guerra hizo posible la realización de este grandioso plan y permitió concentrar en el aceleradísimo ciclo de nueve meses el traspaso del poder de la dinastía, la aristocracia y el clero, a través de un paréntesis de gobiernos formados por partidos burgueses democráticos, a la dictadura del proletariado.
    Las cuestiones y encuadramientos mundiales relativos a la lucha de clase, a la guerra por el poder y a la estrategia de la revolución obrera, recibieron un impulso potentísimo con este grandioso acontecimiento.
    En un breve ciclo, la estrategia y la táctica del partido proletario vivieron todas las fases: lucha junto a la burguesía contra el viejo régimen; lucha contra la burguesía cuando, ya hundido el estado feudal, ésta trata de construir el suyo propio; ruptura y lucha contra todos los partidos reformistas y gradualistas del mismo movimiento obrero llegando al monopolio exclusivo del poder por parte de la clase trabajadora y del partido comunista. Los reflejos históricos sobre el movimiento obrero tuvieron el carácter de una derrota clamorosa para las tendencias revisionistas y colaboracionistas, y en todos los países los partidos proletarios fueron empujados a situarse en el terreno de la lucha armada por el poder.
    Pero se tuvieron falsas interpretaciones y aplicaciones al trasladar la estrategia y la táctica rusas a los otros países, donde se quiso esperar un régimen kerenskiano alcanzado a través de una política de coalición para asestarle después por medio de una audaz conversión el golpe mortal.
    Se olvidó así que aquella sucesión de movimientos estaba en íntima relación con el retardado nacimiento del estado político propio del capitalismo, el cual, por el contrario, existía con estabilidad desde hacía decenios o siglos en los otros países europeos, tanto más fuerte cuanto más evidente era su estructura jurídica democrático-parlamentaria.
    No se vio que las alianzas en las batallas insurreccionales entre bolcheviques y no bolcheviques y también aquellas dirigidas a impedir algunas tentativas de retorno de la restauración feudal, eran el
    último ejemplo posible a escala histórica de similares relaciones de fuerzas políticas; por ejemplo, la revolución proletaria de Alemania, hubiera recorrido la misma marcha táctica que la rusa si hubiese surgido � como esperaba Marx � de la crisis de 1848, mientras que en 1918-19 podía haber sido victoriosa solo si el partido revolucionario comunista hubiese tenido fuerzas suficientes como para superar el bloque de los kaiseristas, de los burgueses y de los socialdemócratas en el poder en la República de Weimar.
    Cuando el primer ejemplo del tipo de gobierno totalitario burgués se dio en Italia con el fascismo, el fundamental falso planteamiento estratégico de dar al proletariado la consigna de la lucha por la libertad y por las garantías constitucionales en el seno de una coalición antifascista manifestó que el movimiento comunista internacional se desviaba totalmente de la justa estrategia revolucionaria. Confundir a Mussolini y a Hitler, reformadores del régimen capitalista en el sentido más moderno, con Kornilov o con las fuerzas de la restauración y de la Santa Alianza de 1815 fue el mayor y más ruinoso error de valoración, y señaló el abandono total del método revolucionario.
    La fase imperialista, madura económicamente en todos los países modernos, en su forma política fascista apareció y aparecerá con una sucesión determinada por las contingentes relaciones de fuerza entre estado y estado y entre clase y clase en los distintos países del mundo.
    Tal paso podía ser acogido una vez más como una ocasión para los asaltos revolucionarios del proletariado; pero, no en el sentido de encuadrar y dilapidar las fuerzas de su vanguardia comunista en el objetivo ilusorio de detener a la burguesía en su movimiento de abandono de las formas legales con la absurda reivindicación del restablecimiento de las garantías constitucionales y del sistema parlamentario, sino, por el contrario, aceptando la finalidad histórica de este instrumento de la opresión burguesa que invita a la lucha fuera de la legalidad para intentar destrozar todos los otros aparatos policiales, militares, burocráticos, jurídicos, del poder capitalista y de su estado.

    El paso de los partidos comunistas a la estrategia del gran bloque antifascista, exasperado con las consignas de colaboración nacional en la guerra contra Alemania de 1939-45, de los movimientos partisanos, de los comités de liberación nacional hasta acabar en la vergüenza de la colaboración ministerial, ha señalado la segunda derrota desastrosa del movimiento revolucionario mundial.
    Este no puede ser reconstituido en la teoría, en la organización y en la acción, sin situarlo fuera y contra aquella política que es común a los partidos socialistas y comunistas inspirados en Moscú. El nuevo movimiento se debe basar en directrices que sean la antítesis precisa de las consignas difundidas por esos movimientos oportunistas, cuyas posiciones � como queda claro a la luz de una crítica dialéctica � al mismo tiempo que son la divisa � de palabra � del movimiento mundial que se reivindica del antifascismo, se insertan en cambio plenamente � de hecho �, en el proceso de organización social en sentido fascista.

    El nuevo movimiento revolucionario del proletariado, característico de la época imperialista y fascista, se basa en las siguientes directivas:

    1) Negación de la perspectiva de que, tras la derrota de Italia, Alemania y Japón, se haya abierto una fase de retorno general a la democracia; afirmación por el contrario de que el final de la guerra se acompañó de una transformación en sentido y con método fascista del gobierno burgués en los estados vencedores, incluso y sobre todo si en estos participan partidos reformistas y laboristas. Rechazo a presentar como reivindicación de la clase proletaria el retorno � ilusorio � a las formas liberales.

    2) Declaración de que el actual régimen ruso ha perdido los caracteres proletarios, paralelamente al abandono de la política revolucionaria por parte de la III Internacional. Una progresiva involución ha conducido a las formas económicas, sociales y políticas en Rusia a tomar de nuevo estructuras y caracteres burgueses. Este proceso no se juzga como un retroceso a formas pretorianas de tiranía autocrática y preburguesa sino como la consecución, a través de una vía histórica distinta, del mismo tipo de organización social moderna presentado por el capitalismo de estado en los países de régimen totalitario, y en los que las grandes planificaciones ofrecen la vía de imponentes desarrollos y dan un potencial imperialista elevado. Ante tal situación no se presenta, pues, la reivindicación del retorno de Rusia a las formas de democracia parlamentaria interna, en disolución en todos los países modernos, sino la del resurgir también en Rusia del partido revolucionario comunista totalitario.

    3) Rechazo de toda invitación a la solidaridad nacional de las clases y de los partidos, reclamada ayer para derrocar a los llamados regímenes totalitarios y para combatir a los estados del Eje, hoy para la reconstrucción con práctica legalista del mundo capitalista arruinado por la guerra.

    4) Rechazo de la maniobra y de la táctica del frente único, o sea, de la invitación a los falsos partidos socialistas y comunistas, los cuales no tienen ya nada de proletarios, a salir de la coalición gubernativa para crear la llamada unidad proletaria.

    5) Lucha a fondo contra toda cruzada ideológica que tienda a movilizar en frentes patrióticos a la clase obrera de los diversos países en la posible nueva guerra imperialista, y les pida o bien batirse por una Rusia roja contra el capitalismo anglosajón, o bien apoyar la democracia de Occidente contra el totalitarismo estalinista en una guerra presentada como antifascista.
 
 
 
 
 
 
 



La reforma del mercado laboral
Otro ataque contra la clase obrera

    Resultaría prolijo enumerar todas y cada una de las disposiciones antiobreras que, tras la muerte de Franco, y en nombre del Estado social y democrático de Derecho, han tenido como objetivo limar, recortar o sencillamente si la ocasión era propicia, suprimir las conquistas, por mínimas que fuesen, arrancadas al franquismo por el proletariado tras duras y generosas luchas. Evidentemente esto se ha llevado a cabo no por razones de intrínseca maldad común a todos los mortales y en especial a los gobernantes, sino por razones de índole estrictamente económica que subordinan todo el entramado jurídico-político-ideológico que configura la superestructura de la sociedad capitalista.
    La serie legislativa que comienza con los Pactos de la Moncloa tiene como característica principal el que cada uno de sus elementos completa el contenido antiobrero de sus predecesores. Todo esto no es más que el reflejo del contradictorio desarrollo del sistema basado en la oferta y la demanda, juez supremo ante el que se doblegan Estados y gobiernos y que emplea los bajos precios de sus mercancías como artillería pesada con la que se derriban implacablemente todas las murallas de China.
    El gobierno burgués del PSOE se ha mostrado especialmente fecundo a la hora de emprender las acciones necesarias para sanear la economía española. Claro está que tras 40 años de franquismo la presentación de un gobierno de izquierda constituía la mejor garantía para asegurar la paz social, mientras se iba disciplinando a una clase obrera muy mal acostumbrada a conseguir hasta un cierto punto sus demandas laborales con métodos que cuadraban muy mal con los nuevos aires democráticos.
    En esta difícil tarea el PSOE y los gobiernos que le antecedieron no han estado solos, pues han contado con el apoyo insustituible de los nuevos sindicatos del régimen burgués, dignos herederos del verticalismo franquista. El balance antiobrero de todos estos años tras la muerte de Franco, y en especial desde 1982 (fecha en la que llega el PSOE al gobierno), es encomiable. Precisamente ahora que las campanas del relevo empiezan a sonar, romperemos una lanza en favor del PSOE, acosado por la escandalitis, reclamando para él, cuando cumpla su misión y se decida su futuro, una merecida matrícula de honor.
    Pero nuevamente nos encontramos en un período de crisis. Atrás quedaron los buenos tiempos en los que se invitaba a los especuladores y a las sanguijuelas del mundo entero a invertir en España, pues el rápido enriquecimiento estaba casi asegurado. Eran los años del "enriqueceos" solchaguiano, y ya entonces hubo quien desde los creadores de opinión, parangonó por evidente ignorancia o evidente mala fe, este canto del cisne exquisitamente burgués con la famosa proclama del bolchevique Bujarin.
    La crisis de sobreproducción, esa fiel e inseparable compañera de viaje de la economía capitalista ha golpeado duramente a los principales países industrializados, propiciando incluso la desaparición-transformación de grandes formaciones estatales como la extinta URSS.
    Los efectos de la crisis han servido también para desempolvar el viejo tópico Spain is different, pues la tasa de paro en España es la más alta de todos los países industrializados. No descubrimos nada especial si ponemos de manifiesto la división del trabajo operada en el seno de la Comunidad Europea, que le ha asignado a la industria española un papel muy secundario en el concierto productivo europeo.
    Conocemos la facilidad con la que nuestros enemigos nos colocan el sambenito de demagogos tremendistas. Nada mejor para desembarazarnos de él que utilizar sus mismas fuentes con sus mismas cifras. A falta de otros datos más precisos concentraremos nuestra atención en el sector siderúrgico, al que creemos suficientemente representativo. Así, según los informes suministrados por la patronal de la siderurgia Unesid a El País (20-4-1994), durante el año 1993 se perdieron 6.000 empleos en la siderurgia española (el 18% del total), y sin embargo la productividad aumentó un 29%, y la producción de acero un 5,6 por ciento. Es decir, y siempre siguiendo las directrices de la CE, con un 18% menos de la fuerza de trabajo se produjo más, debido a la incorporación dentro del proceso productivo de maquinarias y técnicas más sofisticadas, e incrementando los ritmos y tareas, empeorando de esta forma las condiciones de trabajo de ese porcentaje de privilegiados que aún conservaban su puesto de trabajo.
    Si nos trasladamos desde un sector en particular a la industria en general, vemos que el mismísimo director de Economía de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) se refiere al ajuste de empleo en la industria durante los últimos años como "brutal y durísimo".
    Pero como matiza a continuación el secretario de Estado de Industria señor Moltó, no hay por qué asustarse ya que: "No nos podemos quedar sólo en la cifra del empleo porque sería equívoco. Lo importante es mantener el peso específico de la industria en el PIB y eso se mantiene e incluso mejora" (El País, 3-5-94).
    Aparte de la manifiesta sensibilidad obrera que le reconocemos, el señor Moltó creemos que peca de excesivo optimismo, ya que según el Consejo Económico y Social, en los últimos diez años la industria ha perdido su peso dentro del PIB (Producto Interior Bruto) pasando del 29,1% al 26% en 1993.
    Este "ajuste brutal", reconocido incluso por la patronal, como hemos tenido oportunidad de comprobar, ha ido acompañado de sugestivos argumentos, presuntamente convincentes, con el objetivo de hacerlo más digerible a sus destinatarios: los obreros excedentes en un primer momento y por extensión al resto de la clase obrera. Los proletarios saben, porque se lo enseña la dura experiencia de todos los días, que esa flexibilidad de la que se habla, en boca del enemigo de clase está lejos de ser un concepto meramente gimnástico, y en realidad sólo supone pagar menos por trabajar más y en peores condiciones.
    Es esto a lo que asistimos hoy con una clase obrera atada de pies y manos, drogada socialmente, desmoralizada, y privada de sus defensas naturales y específicas que son las asociaciones económicas de clase (sindicatos), independientes de la burguesía y del Estado.
    La elevada tasa de paro en España es motivo de seria preocupación, pero no por razones humanistas o filantrópicas, sino por evidentes razones de orden público. Es cierto que esta ingente masa de parados no está ni tan siquiera mínimamente organizada de manera autónoma, pero no es menos cierto que ignora completamente a los sindicatos del régimen capitalista, sustrayéndose a su control. Este peligroso vacío social en ciertas circunstancias puede ocasionar algún susto (recordemos Los Angeles en EEUU), y una forma de conjurar en parte este peligro es una legislación adecuada que coincida con las demandas de "flexibilización" realizadas por la patronal una y otra vez.
    De esta forma en mayo se aprobó la Ley 10/1994 del 19 de este mes (publicada en el B.O.E del 23-5-94) que bajo el angustioso epígrafe "medidas urgentes de fomento de la ocupación" pretende por un lado alcanzar esa flexibilidad requerida por los capitalistas facilitando el despido, la movilidad y la contratación temporal en todas sus modalidades, y por otra aumentar la competitividad y la división entre los trabajadores, obligándoles a venderse cada vez más bajo ante el negrero capitalista de turno.
    Esta nueva demostración de jurisprudencia antiobrera se ha hecho eco de un fenómeno que ya era vox populi, la inutilidad de encontrar un puesto de trabajo a través del INEM ya que: "se elimina la obligación del empresario de contratar a través del Instituto Nacional de Empleo cuando lo que se requiera del mismo no consista en la búsqueda del trabajador adecuado, sino en la simple constatación del previamente elegido por el empresario, tal como ocurrió en más del 90% de los casos durante el último año"(cursivas nuestras). O sea, más del 90% de las contrataciones se hicieron fuera del INEM, con lo cual este organismo, además de ser una policía político-social antiparados, se convierte en un puro apéndice del Instituto Nacional de Estadística. Por eso y coherentemente con la exposición anterior, la Ley 10/1994 reconoce la existencia de "agencias de colocación sin fines lucrativos". De la sinceridad de esto último ofreceremos alguna prueba: la primera es que más adelante la Ley recoge que sólo se cobrará "por los servicios prestados" (¡curiosa manera de no lucrarse!), y la segunda es la rapidez con la que ávidos capitalistas como CCOO-UGT han decidido formar sus propias agencias de empleo. Esto les supondrá a esas empresas llamadas CCOO-UGT no solo un dinerito contante y sonante con el que sanear sus maltrechas arcas (caso de UGT y sus ESTAFAS "sociales") sino además se convertirán en una fuente de clientelismo y nepotismo a todos los niveles.
    La nueva Ley constituye el pistoletazo de salida para la generalización de los contratos de aprendizaje, verdadera mina para la patronal, pues el ahorro en salarios no es que sea considerable, es casi total: el primer año el aprendiz cobra el 70% del salario mínimo interprofesional (SMI), el segundo año el 80% del SMI y el tercero el 90 por ciento. A esto sumemos las exenciones a la Seguridad Social (el 75% y el 50% de las cuotas empresariales) que los empresarios obtendrán contratando entre otros a parados que cobran el subsidio de desempleo. Igualmente se introduce el contrato de trabajo en prácticas con el cual las empresas pagarán a sus afortunados empleados el 60% del salario pactado en convenio durante el primer año, y el 75% durante el segundo año, establecido como límite legal para esta modalidad contractual.
    Por si esto no fuese suficiente y con el pretexto de hacer que sean útiles a la sociedad, el INEM enviará parados perceptores del subsidio a centros oficiales y a entidades sin ánimo de lucro (¡el ánimo existe pero la carne es débil...!), bajo la forma de contratos de colaboración social, algo que por otra parte ya se estaba dando, pero que ahora se generalizará. Lo que supone al parado trabajar semigratis, sin generar mientras trabaja un nuevo derecho a subsidio, y para estos organismos tener mano de obra baratísima.
    Por otro lado se han modificado ciertos artículos de ese engendro llamado ET (Estatuto de los Trabajadores) cuya característica no es precisamente la trivialidad de su contenido. El objetivo, por si a alguien no le ha quedado claro después de tantos años, una vez más es el de "fortalecer nuestra economía a través de una mejora de la competitividad de las empresas españolas" mediante una cierta "regulación laboral" para proporcionar "a las empresas instrumentos para una gestión de los recursos humanos que incida favorablemente en la buena marcha de aquellas (Ley 11/1994 de 19 de mayo, publicada en el B.O.E. del 23-5-94).

    Veamos algunas de las modificaciones en materias tales como salario, jornada, movilidad, despido y negociación colectiva.

SALARIO: su estructura se deja en manos de la negociación colectiva (o sea del colectivo compuesto por la empresa y los bonzos sindicales). Gracias a esta misma negociación colectiva los complementos salariales aparte del salario base (como por ejemplo la antigüedad) dejarán de ser consolidables, es decir que cuando se estime oportuno la negociación colectiva podrá reducir su cuantía e incluso suprimirlos. Otra cuestión importante a nivel salarial es la imposición de condiciones de "compensación" y "absorción" cuando los trabajadores de alguna o algunas empresas, saltándose las recomendaciones de la negociación colectiva, obtengan a través de la lucha subidas salariales por encima del marco de referencia normativo (convenio o similar).

JORNADA: La modificación del artículo 34 del ET introduce la "distribución irregular de la jornada a lo largo del año". La duración máxima de la jornada ordinaria de trabajo sigue siendo tal y como recogía el ET de 40 horas semanales, pero para eso se habla de jornada ordinaria que según se dice más adelante no podrá ser superior a nueve horas diarias. Que nadie piense que éste va a ser el límite de la jornada real de trabajo (¡esto es de por sí el acta de defunción escriturada y firmada de la jornada de 8 horas!) y sobre las horas extraordinarias éstas se pagarán igual que la hora ordinaria suprimiendo ese 75% más del ET. Además acerca de su número y de la obligatoriedad o no para realizarlas todo quedará en manos de... la negociación colectiva.
    Por lo que respecta al trabajo nocturno el complemento que se recibía por tal concepto en el ET, equivalente al 25% del salario base, dependerá ahora de la indefectible negociación colectiva, por lo que no resulta aventurado lanzar toques de difunto por este plus de nocturnidad.
    No se les ha pasado por alto ni tan siquiera el descanso en la jornada diaria con una continuidad mayor a 6 horas (conocido como hora del bocadillo), que será ahora el fruto del acuerdo entre la empresa y los representantes de los trabajadores y no entre la empresa y los trabajadores como establecía el ET.
    ¿Cuando ese acuerdo se plasme qué argumento utilizarán mamarrachos como Sánchez Dragó que acusaba a los obreros de "pensar solo en comer el bocadillo"?

MOVILIDAD: Respecto a la movilidad funcional, que ya estaba vigente de hecho en muchas empresas, dicho sea de paso, se amplía a voluntad de la empresa. La movilidad geográfica, tal y como viene establecida en su nueva redacción es de por sí un chantaje que si de algo peca no es precisamente de ambigüedad: "notificada la decisión de traslado el trabajador tendrá derecho a optar (cursiva nuestra) entre el traslado percibiendo una compensación por gastos (sin especificar su cuantía, que tal vez sea determinada por la negociación colectiva, ndr) o la extinción de su contrato, percibiendo una indemnización de 20 días de salario por año de servicio". Se suprime, ahora sí por obsoleto e inútil ya, el trámite del control previo de la autoridad laboral, y en caso de que el trabajador muestre su negativa ante el traslado-chantaje el despido se dejará en manos de la jurisdicción laboral. UGT ya ha planteado (¡significativo silencio el de CCOO!) limitar la vía judicial para resolver los conflictos laborales. Bajo el solidario pretexto de liberar a los magistrados de lo social de tanto trabajo como tienen (entre otras cosas gracias a la labor de CCOO-UGT), UGT nos dice que "existe unanimidad casi total (sic) sobre la necesidad de establecer en España un marco que permita una resolución extrajudicial de conflictos en el que la autonomía colectiva (sic) juegue un mayor papel y que conduzca a una responsabilidad de las partes (cursiva nuestra) (El País, 5-6-1994).
    Continuando con la movilidad geográfica, los bonzos gracias al papel jugado en la negociación colectiva verán recompensados en cierta manera sus esfuerzos pues: "Los representantes legales de los trabajadores tendrán prioridad (cursiva nuestra) de permanencia en los puestos de trabajo a que se refiere este artículo", cláusula que no por casualidad también aparece en la modificación del artículo 51 del ET referente al despido colectivo. !Esta sí que es una gran conquista para el movimiento obrero en su conjunto¡ !Queden los compañeros en la calle y con 20 días por año (de momento), pero permanezca la quintaesencia de la negociación colectiva¡

DESPIDO: Se dan facilidades a las empresas para que cada tres meses puedan ser despedidos "diez trabajadores en las empresas que ocupen a menos de cien trabajadores (que serán el 100% de la plantilla allí donde trabajen 10 o menos, ndr).
- El 10 por 100 del número de trabajadores de la empresa en aquellas que ocupen entre cien y trescientos trabajadores.
- Treinta trabajadores en las empresas que ocupen trescientos o más trabajadores".
    Conociendo las modalidades de contratación y observando las facilidades de despido, queda claro para quien aún no lo hubiese visto en qué consiste esa flexibilidad tan pregonada.

NEGOCIACION COLECTIVA: En esta materia, aparte de cuanto se ha comentado en el apartado referente al salario, se introduce lo siguiente: "los Convenios Colectivos de ámbito superior a la empresa establecerán las condiciones y procedimientos por los que podría no aplicarse el régimen salarial del mismo a las empresas cuya estabilidad económica pudiera verse dañada como consecuencia de tal aplicación" (modificación del artículo 82 del ET).
    De esta forma, tanto la "compensación" como la "absorción" y el "descuelgue" van a ser práctica habitual en materia salarial en cuanto la ocasión así lo requiera. Esto va a traer consigo, junto a la pérdida de poder adquisitivo, un desánimo y una frustración aún mayores entre los trabajadores, extendiéndose ampliamente la opinión de que con la lucha no se obtienen mejoras sustanciales ya que "desde arriba" se marcan unos topes salariales inamovibles.
    También introducen un añadido al artículo 82 del ET que dice lo siguiente: "El Convenio Colectivo que sucede a uno anterior puede disponer sobre los derechos reconocidos en aquél. En dicho supuesto se aplicará íntegramente lo regulado en el nuevo Convenio". Es decir, preparemos un nuevo toque de difuntos por las "condiciones más beneficiosas" que estaban recogidas en Convenios y Ordenanzas anteriores.
    Son precisamente estas condiciones más beneficiosas (la famosa "rigidez" que tanto indigna a la patronal y al gobierno) recogidas en las Ordenanzas Laborales, la causa de que éstas vayan a ser derogadas y sustituidas por nuevos convenios donde se aplicará lo comentado en el párrafo anterior. Los agentes sociales acusan a estas Ordenanzas de "rígidas", de "obsoletas" y de "franquistas". Quien esgrime este último argumento demuestra ser un agente de la burguesía en un doble sentido: por un lado, le trae sin cuidado que las Ordenanzas beneficien en algunos aspectos a los trabajadores, y por otro, hace creer que son un regalo del franquismo y no el fruto de duras luchas proletarias.
    Las declaraciones de Cuevas (presidente de la CEOE) en noviembre pasado acusando al gobierno y a CCOO-UGT de "prorrogar la vigencia de las ordenanzas" no deja de ser meramente anecdótico, y ya el señor Méndez, secretario general de la UGT se apresuró a tranquilizarle.
    Farsa o no, lo fundamental es que las Ordenanzas van a ser derogadas y no van a tardar mucho en hacerlo. Será la culminación del "histórico" pacto firmado el 7 de octubre con el objetivo de "modernizar" las relaciones laborales, y el desarrollo de la democracia industrial (sic) en el seno de las empresas". Que traducido a nuestro crudo lenguaje marxista equivale a decir incremento en la explotación de la fuerza de trabajo adornándola con fraseología burguesa, aumentando y consolidando los privilegios de los bonzos sindicales y aspirantes.
    Todo esto no deja de ser más que la constatación de un fenómeno de alcance histórico e internacional: la integración de los sindicatos dentro del engranaje estatal de la burguesía, convirtiéndose en un pilar fundamental del orden establecido. Pero el partido no extrae de este hecho la negación de la lucha económica por intereses inmediatos y parciales. Los proletarios empujados por las condiciones materiales volverán a la lucha por la defensa de sus condiciones elementales de vida y de trabajo, y de ella resurgirán los organismos adecuados para llevarla a cabo, los sindicatos de clase. Organismos que deberán organizar a los proletarios no sobre una base de conciencia o de clarificación, que solo se encuentra en el partido de clase, sino de necesidades materiales. Tal tarea de defensa se completa y se integra solamente cuando a la cabeza de los organismos sindicales se halla el Partido político de clase. No hay otro camino.
    Volviendo a España, nos podemos hacer una idea de la profundidad del enfrentamiento gobierno-sindicatos y de la dureza de la batalla por recuperar el poder adquisitivo de salarios y pensiones escuchando al ministro Griñán: "Su comportamiento (el de los sindicatos, ndr) en la moderación salarial ha sido ejemplar" (El País, 18-8-1994). Por eso como premio les han aumentado en un 20% las subvenciones que reciben de las instituciones del Estado burgués.
    Esa firmeza en la defensa de los salarios es la que han demostrado estos últimos años de reducción salarial para los empleados públicos, maquillada ahora con una subida según el IPC para este año. Esto no es otra cosa que una pura y simple CONGELACION SALARIAL (la aritmética es tozuda a este respecto y 4 - 4 = 0 en todos los casos). Respecto a las pensiones que subirán para 1995 el IPC, o sea NADA, ya conocemos la posición de los sindicatos por boca del señor Méndez, acerca de que los trabajadores "complementen" su pensión. Lo que todavía no se atreve a sugerir este personaje tras el éxito de PSV como estafa masiva organizada, es que ese "complemento" se haga a través de las aseguradoras de UGT.
    La marcha de la "negociación colectiva" prosigue la tónica triunfal de años anteriores. Algunas grandes empresas ya han firmado sus convenios, como es el caso de SEAT. En este Convenio, según los datos disponibles, las cosas van sobre ruedas para la patronal. Para el trienio 1994-96 se recoge una subida salarial del 2’9% para 1994, el IPC (Indice de Precios al Consumo) para 1995 y el IPC más un punto para 1996. Asimismo se modifican las vacaciones de verano y se introduce el trabajo en días festivos (10 al año como mínimo).
    En IBERIA (líneas aéreas españolas) CCOO-UGT y el sindicato de tripulantes de cabinas, según informaciones no desmentidas aparecidas en la prensa, supeditaron la negociación del plan de viabilidad a su participación en la gestión, en el control del plan de reducción de gastos y en el consejo de administración. Aprovechando la situación y el malestar de los trabajadores ante la pretensión de la empresa de despedir a 2.000 de ellos y rebajar los sueldos un 15 por ciento, han emprendido una operación de cosmética llamando a los trabajadores a unas jornadas de huelga civilizada. El hecho de que negocie cada uno por su lado, CCOO-UGT, los pilotos, y la Coordinadora Sindical de Iberia (que agrupa a los sindicatos minoritarios) es el más claro exponente de que quien menos importa son los trabajadores, y en especial las categorías peor pagadas y con menos capacidad de presión. Acerca de la aprobación del plan de viabilidad no puede haber prácticamente ninguna duda, y poco importa si los despidos se producen en una tanda o en varias, o si la rebaja salarial se queda por debajo de ese 15% lanzado, como un globo sonda, por la dirección de la empresa.
    Ante estos montajes sindicales los trabajadores no deben caer en la apatía o la desmoralización, pues éste es precisamente el fin para el que son diseñados. El ejemplo de la pasada huelga de AIR FRANCE es significativo, pues si la empresa en un primer momento vió frenadas sus pretensiones (similares a las de IBERIA) fue debido al desbordamiento de los sindicatos del régimen, y a la utilización de medidas de fuerza clasistas. Si la derrota finalmente llegó fue precisamente por no haber perseverado en esta línea intransigente, cayendo en la trampa del referéndum. Esta experiencia de AIR FRANCE, de IBERIA, la experiencia de todos los días y en todas las empresas demuestra que es necesario romper con las huelgas domesticadas de los sindicatos (categoría en la cual incluimos la convocada por la Coordinadora de IBERIA por dos horas durante 4 días separados), y luchar no para negociar la rebaja del sueldo, sino para exigir su aumento, reivindicándolo con métodos clasistas junto a la defensa íntegra e intransigente de los puestos de trabajo.
 
 
 
 
 
 
 
 



Con motivo de la reunión de los "7 Grandes"
Contra la crisis, el paro, la guerra, el proletariado debe abandonar toda ilusión de convivencia pacífica entre las clases y prepararse para abatir a la burguesia mundial en la revolución comunista

1) Las cifras de la miseria

    El ocho de julio tuvo lugar en Nápoles la cumbre de los 7 Grandes. La agenda de trabajo presentó como primer punto la cuestión de la crisis y el desempleo, al cual se había dedicado la cumbre precedente de marzo en Detroit. La situación de la economía mundial es desoladora. La crisis ha hecho desaparecer económicamente continentes enteros y ha destruido desde sus cimientos a potentes formaciones estatales como la ex-URSS.

    El caso africano es ejemplar: en este continente está en discusión la misma posibilidad futura de la existencia de una población autóctona. La política del FMI y del Banco Mundial para reducir la deuda externa en los años 80 ha tenido en este continente el efecto de disminuir la competitividad de las economías que se querían "sanear": en 1970 Africa representaba el 1,2% del comercio mundial de las manufacturas industriales pero ha descendido al 0,5% en 1989. El comercio de las materias primas entre 1980 y 1989 ha caído del 5,5% al 3,7%. Entre 1980 y 1992 el PNB por habitante en los países al Sur del Sahara ha caído un 2% anual, una cuarta parte aproximadamente. La política de "resaneamiento" deseada por el FMI ha llevado a una disminución de los salarios reales del 30% en un decenio. El 20% de los 500 millones de personas que viven en el Africa Subsahariana no tiene alimentos ni siquiera para la pura supervivencia. La renta per cápita tiene como media 350 dólares al año y el 50% de la población es analfabeta.

    Cuando finalmente la población africana ha decidido volver a practicar una agricultura que les garantice al menos la subsistencia era ya demasiado tarde. El Capital había arrasado todo, y así las poblaciones han quedado sin su sistema tradicional y sin la posibilidad de competir en el mercado internacional.

    Sobre 682 millones de personas, alrededor del 12,4% de la población mundial, se calcula que 2 millones morirán en los próximos años de SIDA, enfermedad que afecta al 30% de las mujeres embarazadas, cortando desde la raíz el futuro de Africa. Africa está maldita por los dioses, afirman los burgueses letrados, solo que estos dioses se llaman hoy FMI y Banco Mundial.

    Son poco consoladores para el Capital los performances (resultados), de cualquier modo relativos, de los dragones de Asia a quienes se ha unido China. Si los dragones avanzan, por el contrario el superdragón japonés se estanca.

    El hecho grave para el Capital es que después de haber sacudido al mundo, la crisis ha vuelto al lugar del que había partido en 1975: las metrópolis imperialistas. Y esta vez deberá ser descargada sobre el "tercer mundo interno", el proletariado de los países industrializados. Según la OCDE, en los 25 países de la organización existen 35 millones de parados, de los cuales 22 millones pertenecen solo a Europa Occidental, más 15 millones que han renunciado a buscar un puesto de trabajo o trabajan a part time (tiempo parcial).

    El desempleo en EEUU es del 6,5%, en Alemania del 10,1%, en Francia del 12,4%, en Italia del 11,1%, en Gran Bretaña del 10%, en Japón del 2,8%, y en Canadá del 11,2%. La media del desempleo en Europa Occidental es del 11% con una tasa máxima del 20% en España y Finlandia.

    Los datos por separado del paro dan un desempleo de larga duración (más de un año) del 48,4% sobre el total en Holanda, del 46,3% en Alemania, del 38,3% en Francia, del 36,1% en Gran Bretaña, del 71% en Italia, del 5,6% en EEUU y del 10% en Japón. El desempleo de larga duración desde 1983 a 1991 ha aumentado en los países de la CEE, pasando del 48% al 51% mientras que en EEUU ha disminuido pasando en el mismo período del 13% al 5,6%.

    La tasa de paro de los jóvenes con menos de 25 años era en diciembre de 1993 del 38,8% en España, del 32% en Italia, del 23,6% en Francia, del 17,3% en Gran Bretaña y del 5,2% en Alemania. En EEUU se declara una tasa de desempleo juvenil del 11,4%. Este dato es falso por el hecho de que en EEUU es suficiente haber trabajado una hora a la semana justo antes de hacerse públicas las cifras para ser considerado empleado. Si fuese aplicado el mismo criterio en Francia, el paro juvenil descendería del 23,6% al 8%.

    Esto nos permite dudar también de los datos oficiales del desempleo en EEUU. El mismo secretario de trabajo americano Robert Reich ha anunciado que los datos oficiales son "descaradamente inexactos", tanto que el Bureau of Labor Statistics da para el mes de octubre del 93 una estimación del número de parados (16,6 millones) de casi el doble con respecto al dato oficial (8,8 millones).

    El trabajo a tiempo parcial en los últimos 10 años ha aumentado constantemente. En 1993 constituye sobre el total de los contratos de trabajo, el 10,2% en Bélgica, el 12% en Francia, el 13,2% en Alemania, el 5,7% en Italia, el 33,2% en Holanda, el 21,8% en Gran Bretaña y el 17,3% en EEUU.

    Los datos sobre el trabajo temporal o de trabajadores alquilados de unas empresas a otras sobre el total de la población activa son todavía muy bajos: Holanda 2,7%, Francia 1,7%, EEUU 1-2%, Alemania 0,4%, Japón 0,2%, pero está en expansión. En 1993, ha habido en Francia 1,5 millones de contratos de entre 1 día y 18 meses, con una media de 2 semanas de duración, la cual equivale al empleo fijo de 250 mil trabajadores. Pero el verdadero boom se ha producido en EEUU. En los últimos 3 años de los 3,4 millones de puestos de trabajo creados, el 23% son debidos a los empleados por las agencias de trabajo temporal, aunque estos representan solo el 2% de los ocupados en el sector no agrícola. El aumento del trabajo en alquiler desde el 91 al 94 ha sido del 20% mientras el número de ocupados ha crecido el 0,5%.

    En 1993, el 59% de los nuevos empleos ha sido en alquiler y el 28% eran empleados en trabajos a tiempo parcial y con baja protección social.

    En conjunto el 87% de los trabajos generados en EEUU durante 1993 eran trabajos mal pagados. Los trabajadores mal pagados americanos han alcanzado la notable cifra de 24,4 millones, equivalente al 22% de la fuerza de trabajo.

    Este es el nivel más alto alcanzado en la historia del trabajo en EEUU. Mientras los trabajos bien pagados en la manufactura han caído el 15%, pasando entre 1979 y 1994 de 21 a 17,8 millones, la población activa ha aumentado a 25 millones. Buena parte de ésta ha terminado en el trabajo mal pagado.

    Los salarios de estos trabajadores poco cualificados son de 6 dólares por hora de media, con un máximo de 4,25 dólares, que equivalen al salario mínimo estancado desde hace años, habiendo sufrido una caída del 10% en los últimos 10 años y del 30%, en los últimos 20. En Inglaterra, los salarios de estos trabajadores han caído el 14%.

    El número de asalariados americanos que perciben una renta inferior a 13.091 dólares anuales (el umbral de la pobreza para una familia de 4 personas en EEUU es de 14.500 dólares anuales), de 1979 a 1992 ha pasado del 12% al 16%. El número total de asalariados que viven por debajo del umbral de la pobreza ha aumentado en el mismo período un 50%. Un tercio de los adultos de edad comprendida entre los 22 y los 48 años ha visto descender su renta en los últimos 10 años.

    En EEUU, 20 millones de asalariados y 39 millones de personas no tienen ninguna forma de asistencia médica, mientras las tasas de mortalidad infantil y general son del 8,7%, las más elevadas del mundo occidental. Cuarenta millones de americanos, aproximadamente uno de cada seis, sobrevive con los subsidios del gobierno o gracias a la caridad. La gran mayoría de estos no son ni homeless (sin hogar), ni inmigrantes, sino gente que trabaja o ha perdido recientemente el trabajo. Y cerca de un tercio tienen un puesto de trabajo pero no consiguen llegar a fin de mes, y para comer se deben dirigir a los comedores públicos.

2) Dos modelos de pobreza

    Los datos expuestos más arriba evidencian por una parte el dramatismo de la crisis capitalista y sus tremendas repercusiones sobre la clase obrera, y por la otra, los primeros pasos de acercamiento que hasta ahora han dado los EEUU y Europa para afrontar el problema del desempleo. La prensa especializada ha hablado de modelo capitalista social "renano" en contraposición al capitalismo liberal americano.

    América ha preferido mantener congelado el salario mínimo para alentar a las empresas a contratar a personas mayores, a jóvenes que buscan su primer empleo, a trabajadores no cualificados y a las jóvenes madres solas con hijos (un fenómeno que ha alcanzado dimensiones muy grandes en EEUU y que el gobierno intenta controlar cortando drásticamente los subsidios). Además ha dejado actuar libremente al mercado el cual ha previsto crear puestos de trabajo (46 millones en los últimos 25 años contra los 9,8 de Europa Occidental y los 14 millones de Japón) pero ha disminuido fuertemente las retribuciones de buena parte de los asalariados. Si esto ha permitido una recuperación de la productividad americana frente a Europa y a Japón (tomando como 100 el PNB para trabajadores de jornada completa en EEUU, en 1990 tenemos 94 en Francia, 88 en Italia, 87 en Alemania, 76 en Japón, y 74 en Gran Bretaña) ha contribuido, sin embargo, a la formación de la llamada in-work poverty y de una subclase de asalariados, los working poor, los pobres que trabajan, que hoy alcanzan aproximadamente el 25% de la fuerza de trabajo empleada americana, y que perciben un salario que es inferior al subsidio de desempleo de un obrero francés o alemán, no tienen seguro médico y no reciben subsidios para el pago del alquiler, a diferencia del parado alemán o francés.

    Son trabajadores extremadamente móviles, sometidos a una flexibilidad inconcebible para un obrero europeo e incapaces, con su salario, de mantenerse a sí mismos y a su familia por un mes entero, y morirían de hambre si no existiesen los comedores públicos.

    Encontramos en esta subclase a los grupos humanos arriba descritos. La tasa de natalidad de este sector de la clase obrera es superior a la media nacional e incluso a la de la misma clase obrera, a pesar de todos los intentos de las diversas administraciones americanas de ponerla bajo control.

    Marx sitúa esta fracción de la clase obrera, en parte en la superpoblación relativa de reserva, en parte en la esfera del pauperismo. Merece la pena retomar la cita de Marx relativa a este estrato obrero para comprender la invariabilidad sustancial del capitalismo: «La tercera categoría de la superpoblación relativa, la intermitente, forma parte del ejército obrero en activo, pero con una base de trabajo muy irregular. Esta categoría brinda así al capital un receptáculo inagotable de fuerza de trabajo disponible. Su nivel de vida desciende por debajo del nivel normal medio de la clase obrera, y esto es precisamente lo que la convierte en instrumento dócil de explotación del capital. (...) Su contingente se recluta constantemente en los obreros que dejan disponibles la gran industria y la agricultura, y sobre todo las ramas industriales en decadencia, aquellas en que la industria artesana sucumbe ante la industria manufacturera y ésta se ve desplazada por la industria mecanizada. Su volumen aumenta a medida que la extensión y la intensidad de la acumulación dejan "sobrantes" a mayor número de obreros. Pero, esta categoría constituye al mismo tiempo un elemento de la clase obrera, que reproduce a sí mismo y se eterniza, entrando en una proporción relativamente mayor que los demás elementos en el crecimiento total de aquélla. De hecho, no sólo la masa de los nacimientos y defunciones, sino también la magnitud numérica de las familias se halla en razón inversa a la cuantía del salario, es decir, de la masa de medios de vida de que disponen las diversas categorías de obreros. Esta ley de la sociedad capitalista (...) recuerda la reproducción en masa de especies animales individualmente débiles y perseguidas. Los últimos despojos de la superpoblación relativa son, finalmente, los que se refugian en la órbita del pauperismo. Dejando a un lado (...) al proletariado harapiento ("lumpemproletariado") en sentido estricto, esta capa social se halla formada por tres categorías. Primera: personas capacitadas para el trabajo (...) la masa de estas personas aumenta con todas las crisis y disminuye en cuanto los negocios se reaniman. Segunda: huérfanos e hijos de pobres (hoy son numerosísimos los hijos de madres solas, ndr.) Estos seres son los candidatos al ejército industrial de reserva, y en las épocas de gran actividad como en 1860, por ejemplo, son enrrolados rápidamente y en masa en los cuadros del ejército obrero activo (...) Tercero: degradados, despojos, incapaces para el trabajo. Se trata de seres condenados a perecer por la inmovilidad a que les condena la división del trabajo, de los obreros que sobreviven a la edad normal de su clase y, finalmente, de las víctimas de la industria, cuyo número crece con las máquinas peligrosas, las minas, las fábricas químicas, etc., de los mutilados, los enfermos, las viudas, etc. El pauperismo es el asilo de inválidos del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en la necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Figura entre los faux frais (gastos imprevistos) de la producción capitalista, aunque el capital se las arregle, en gran parte, para sacudirlos de sus hombros y echarlos sobre las espaldas de la clase obrera y de la pequeña clase media» (El Capital, tomo I, pp. 587-588, Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1980).

    El modelo renano ha tendido en cambio a mantener una red de seguridad en torno a la clase obrera y está vigente en Europa y, de forma diferente, también en Italia. En Alemania un parado con hijos recibe el 67% del último salario (60% si no tiene hijos). Después de un año la cuota desciende al 57% y al 52% respectivamente, por tiempo indefinido. En Francia, Holanda y en parte de Gran Bretaña tenemos una situación similar. En Italia la red no es robusta y generalizada como la alemana, sino concentrada en salvaguardar a la clase obrera de las grandes concentraciones industriales mediante la cassa integrazione (organismo similar al Fondo de Garantía Salarial en España), la amplia movilidad y las jubilaciones anticipadas (alguien acogido a la cassa integrazione percibe más de cuanto gana un working poor americano).

    La distinta forma de proceder de América y Europa con el problema del empleo ha hecho que la enfermedad común a ambos sistemas capitalistas se manifestase con síntomas diferentes: cuantitativamente en el viejo mundo y cualitativamente en el nuevo.

    En Europa la tendencia del desempleo es creciente desde mediados de los años 70, y no por casualidad, mientras en América disminuye pero aumentan los working-poor. En efecto, mientras América ha creado desde 1980 a 1990 más puestos de trabajo de lo que ha crecido la población activa, en Europa ha sido al contrario, mientras que Japón ha cerrado sustancialmente a la par. Los datos en millones de unidades son 18,6 millones de nuevos puestos de trabajo contra 13,8 millones de trabajadores adicionales para EEUU, 0,6 contra 3,1 para Francia, 1,5 contra 3,1 para Alemania, 0,6 contra 2,6 para Italia, 1 contra 2,6 para España, y 7,6 contra 7,4 para Japón. América que se lamentaba hace 20 años de una tasa de desempleo del 5,5% contra el 3% de Francia y el 1% de Alemania, hoy puede presumir de una condición de pleno empleo (para la economía americana la tasa de paro "fisiológica", correspondiente según los canones de la economía keynesiana al pleno empleo, es el 6,2%). Triste consolación (el desempleo americano está más oculto debido entre otras cosas a los diversos métodos de representación estadística) ya que va acompañada de un 25% de working-poor.

    Por otra parte ¡quién va hacer aceptar a un parado alemán un puesto de trabajo por un salario igual o ligeramente superior al subsidio de paro!

    El alto desempleo europeo, en su mayoría de larga duración, y la in-work poverty americana son síntomas de una enfermedad que corroe el corazón del capitalismo, y es el resultado de dos formas de proceder diferentes ante el problema de la crisis. América ha dejado actuar libremente al mercado y se encuentra ahora una cuota relevante de fuerza de trabajo en condiciones tales como para llegar a ser una bomba de relojería para su estabilidad social, como ha mostrado la revuelta de Los Angeles.

    Europa, por el contrario, ha defendido con la fijación por ley de un salario mínimo o mediante los convenios colectivos, los niveles salariales para evitar la in-work poverty, que sin embargo, se ha manifestado en los parados que han perdido toda esperanza de entrar en el mundo del trabajo. La in-work poverty es menos visible en Europa gracias a dos factores: 1) La red de protección social tendida por los Estados, que por este motivo se encuentran ahora al límite del colapso financiero; 2) al menos en algunos países como en Italia y en España gracias a la capacidad del concentrado de ignominias que es la familia, que también en esto revela su naturaleza contrarrevolucionaria ya que tiende a anular el potencial revolucionario de los jóvenes proletarios parados, transformándolos en parásitos de por vida.

    Socialmente ambos modelos, el renano y el americano, han quebrado como ya sabía anticipadamente nuestra escuela.

    Se asiste, en consecuencia, a un acercamiento al eje de gravedad de los dos sistemas. Los americanos asustados por la formación estable de una in-work poverty extremadamente peligrosa en el terreno social meditan introducir medidas de tipo "europeo" (Sole 24 Ore, 7 de junio), los europeos, preocupados por la recuperación americana en términos de productividad y del crecimiento del paro se sienten tentados a imitar a los americanos.

    También en Alemania la consigna es Flexibilisierung, hacer flexible el mercado de trabajo (Wall-Street Journal, 14 de marzo).

    Afirma el ministro de economía alemán Rexrodt que si el mercado de trabajo alemán no se hace más flexible, permitiendo horarios semanales de trabajo entre 20 y 60 horas, Alemania podría próximamente convertirse en exportadora de puestos de trabajo a Países con un bajo nivel salarial.

    Según el presidente del Bundesbank Hans Tietmeyer la política social alemana puede degenerar en una bomba capaz de hacer saltar por los aires el ordenamiento del mercado en Alemania, privándola de su futura base económica (Sole 24 Ore, 1 de junio).

    La OCDE, que hace dos años creó un grupo de trabajo para elaborar un plan contra el paro, finalmente ha parido su jobs-study. Sin entrar en el análisis específico de sus 57 propuestas se puede evidenciar que la OCDE ha buscado la cuadratura del círculo. En sustancia, hace propio el modelo americano, pero mantiene las conquistas sociales europeas irrenunciables. La propuesta OCDE se define como la tercera vía, distinta tanto de la americana como de la renana. Nosotros fundamentalistas marxistas pensamos que no conseguirá resultados diferentes. Pero de esto están convencidos los mismos burgueses: «Lo que no se ha dicho en la conferencia de Detroit, pero que está implícito en el mensaje de los 7 Grandes, es que por primera vez la reanudación económica no comportará necesariamente un aumento de la calidad de los puestos de trabajo como en el pasado, y que por primera vez será necesario estar dispuesto a apretarse el cinturón durante un largo y no breve período porque el cambio en que se encuentran las economías de Occidente no es cíclico sino estructural» (Sole 24 Ore, 15 de marzo).

    Más allá de las ostentaciones de una parte de la administración y de los capitalistas americanos y de sus sicofantes europeos sobre la bondad de su receta para resolver el problema del paro, nosotros constatamos dos datos comprobados e incontestables, a los que los mismos capitalistas a regañadientes no pueden oponer ningún argumento. El primer dato es que la reanudación mundial en el caso de que llegué, no acabará con el paro. Cualquiera que sea la receta adoptada por los gobiernos capitalistas, el problema permanecerá con todo su dramatismo. Los mismos capitalistas se ven obligados a afirmar que aquí y más allá del Atlántico los males estructurales son muy profundos y no pueden ser curados por el crecimiento (Sole 24 Ore, 13 de marzo). El segundo dato consiste en el hecho de que hoy en Europa y en EEUU los trabajadores se encuentran frente a condiciones de mercado que «se asemejan más a las de finales de los años 30 que a las prevalecientes durante los cuarenta años siguientes a la segunda guerra mundial» (The Wall-Street Journal, recogido en el Sole 24 Ore del 28 de enero).

    Si alguien lo ha olvidado procedemos nosotros a recordarselo: los años 30 terminaron en la segunda carnicería mundial que eliminó la fuerza de trabajo y el capital excedente.

3) Ni el liberalismo ni el keynesianismo pueden resolver la crisis

    Para nosotros marxistas integrales es ya un hecho consolidado que la burguesía es impotente para elaborar una teoría científica de la crisis, de la cual el desempleo es sólo uno de sus aspectos, el más visible y a veces peligroso para el orden social capitalista, pero en definitiva tampoco el más importante. La "gran ciencia económica" esconde toda su impotencia detrás de la palabra "estructural". Sustituyendo la palabra por la cosa piensa que ha penetrado en la esencia de esta última, «porque, precisamente donde faltan los conceptos, se presenta en el momento justo una palabra» (Goethe).

    Nadie se pregunta por qué desde mediados de los años 70 se ha iniciado un crecimiento exponencial del desempleo y de la in-work poverty, contemporáneamente al debilitamiento público de todos los Estados, sin excluir ninguno. La crisis que estalló en aquellos años ha sido taponada descargando sus efectos sobre los países del tercer mundo, con la destrucción de sus economías de forma irreversible, y sobre las futuras generaciones mediante el enorme aumento de la deuda pública para sostener artificialmente la demanda. Hoy ya empiezan a surgir las dificultades en el camino. Frente a la gravedad y persistencia de la crisis, con todo su séquito de inestabilidad político-social y militar, la burguesía oscila entre el liberalismo salvaje (gran parte, sin embargo, es pura fachada) y el keynesianismo (que aunque está en crisis a nivel propagandístico, es el más usado todavía por los gobiernos de los países industrializados, incluido EEUU). Por el momento, la política económica burguesa tiende hacia el liberalismo en los enfrentamientos con la clase obrera y hacia el keynesianismo en los enfrentamientos entre los capitalistas.

    Sea como fuere, La burguesía no excluye tampoco recurrir a instrumentos que sean alternativos al actual modo de producción, instrumentos que buena parte de las falsas "izquierdas" contemporáneas consideran de naturaleza clasista, cuando no incluso revolucionaria, y que pomposamente están resumidos en la fórmula: «redefinición del trabajo como valor de uso para la sociedad y no como elemento de valorización para el capital» (extraído del "Esbozo de discusión para la preparación de una Asamblea Nacional de las fuerzas anticapitalistas", movimiento surgido en Italia).

    En el Sole 24 Ore del 3 de mayo encontramos la siguiente consideración iluminante: «Las crisis no son eternas y si duran mucho no deben ser vistas como una maldición inevitable. Estas dependen también del modo de hacer funcionar los mercados y las instituciones económicas. Si funcionan de modo equivocado, los problemas no se resuelven. Basta partir de una simple consideración. ¿Existen o no existen necesidades insatisfechas? No obstante, pasemos por alto el problema de los bienes materiales de consumo. De cualquier modo, existen servicios importantes de los que hay gran necesidad. ¿No existe quizá una necesidad de mayor cantidad o de mejor calidad en la educación, en la sanidad y en la protección del medio ambiente? ¿No existe la necesidad difundida de una mejor y mayor asistencia a los ancianos? Si existen fuerzas de trabajo disponibles y necesidades insatisfechas ¿por qué no se consigue organizar una sistema económico que haga coincidir este deseo de trabajar con el de consumir? ¿qué impide que esto coincida? Es cierto que existen muchos obstáculos (de otro modo ya no se hablaría de desempleo). El problema es remover estos obstáculos, a fin de aumentar el trabajo y la renta, y no estar obligados a tratar de redistribuir, aun haciéndolo de la mejor manera, lo poco que hay».

    El articulista considera que la fuerza de trabajo destinada a esta función de uso, utilizando la terminología de la falsa izquierda, deberá ser retribuida con los recursos añadidos que se puedan obtener con un aumento general de la productividad del sistema económico, o sea en última instancia con un aumento de la explotación de la clase obrera, confirmando el dictado librecambista, que ningún keynesiano ha violado jamás, aunque digan lo contrario los librecambistas, de que no existen alimentos gratis; lo que en nuestro tosco lenguaje marxista se traduce en el hecho de que todo alimento es pagado siempre por la clase obrera.

    La realidad de los hechos aunque a menudo es cruel, es siempre clarificadora: cualquiera que sea la receta que elabore la burguesía mundial, con ella no conseguirá salir de la crisis sin una desvalorización masiva del capital existente y de la fuerza de trabajo. Tras la palabra "estructural" se esconde un hecho simple y elemental: el encefalograma de la producción capitalista es casi plano porque la tasa de ganancia cae verticalmente. Para volver a subirla es necesario aumentar su numerador que es la plusvalía extraída a la clase obrera, y disminuir su denominador constituido por la suma del capital constante y del valor de la fuerza de trabajo. En síntesis: la mayor explotación debe estar acompañada por la desvalorización del capital existente y de la fuerza de trabajo.

    Frente a este dato real nada pueden las recetas librecambistas o keynesianistas. El librecambismo se derrumbó definitivamente como teoría y como praxis del capitalismo mundial en la semana precedente al hundimiento del 1929, cuando tras la primera sacudida de la bolsa, las autoridades estatales y bancarias decidieron no intervenir, dejando que el mercado encontrase por si mismo el propio punto de equilibrio dinámico. Un hundimiento al que ni siquiera el keynesianismo podrá poner remedio: ya que no fueron las recetas keynesianistas ni las políticas económicas keynesianistas de Mussolini-Hitler-Roosvelt las que permitieron la superación de la crisis del 1929, sino la segunda carnicería imperialista con la consiguiente destrucción del capital y de la fuerza de trabajo excedente (desvalorización hasta cero), como el estudio del partido sobre ciclos económicos de las economías capitalistas desarrolladas entre 1929 y 1939 ha demostrado. La Historia ha demostrado ampliamente que la burguesía es impotente frente a la crisis, y que está obligada a asistir atónita a la deflagración de unas fuerzas productivas desmedidas que ella ya no es capaz de dominar.

4) No a la defensa del Welfare-State (Estado del bienestar), sino retorno a Marx y a Lenin

    Frente a la virulencia del ataque capitalista a las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera mundial asistimos al despliegue de todas las fuerzas presentes en el campo proletario, excluidas las patrullas del Partido y unos pocos núcleos obreros, en defensa del Estado del bienestar presentado como conquista histórica de la clase obrera. En primera fila no encontramos tanto al clásico oportunismo socialdemocrático, estalinista y post-estalinista, que en favor de los contingentes intereses burgueses se muestra disponible a un desmantelamiento parcial de la máquina asistencial, sino, al menos en Italia, a todo el variopinto frente de las "izquierdas alternativas".

    Esta posición se acompaña con otra, estrechamente ligada a la primera, que también es políticamente contrarrevolucionaria y errónea en el aspecto teórico, esta fue definida por Marx como teoría del "salario mínimo" y divulgada por Lassalle como "ley de bronce del salario", descubierta por él. Según esta teoría el fin de la burguesía es la reducción de la clase obrera a la miseria, al mínimo del salario y a las condiciones de trabajo más brutales. Esta posición, ya presente en Proudhon y elevada al rango de ley general del sistema capitalista por Lassalle, fue negada por Marx, que había establecido desde 1848 la previsión del aumento de los salarios reales en términos absolutos. La teoría del Welfare State como conquista obrera, a defender incluso con la sangre si se da el caso, es una falsificación histórica evidente. El Estado del bienestar es fruto de un compromiso entre la aristocracia obrera y el Capital con una función antisocialista y antirrevolucionaria. Su bautismo histórico tuvo lugar con Bismark, siendo cómplice el omnipresente Lassalle, que se anticipó a Keynes en más de medio siglo, con el fin de desviar a la clase obrera alemana de la vía del socialismo. Mucho antes de que Keynes escribiese su famoso tratado, y keynesianistas famosas como Robinson lo han reconocido, Mussolini y Hitler habían aplicado sus recetas. El Estado del bienestar pertenece con todo derecho al Capital, al reformismo socialista y fascista.

    Él tiene el fin de constituir una reserva bajo forma social para el proletariado con el fin de apagar la llama clasista, y convertirlo en algo similar a la pequeña burguesía, anulando toda su potencialidad revolucionaria. Con una serie de medidas y sustracciones, que son en último término sustracciones al trabajo y cuotas de plusvalía, el Estado capitalista organiza unas reservas con las que de cuando en cuando abastece a desafortunados, enfermos, viejos, niños, madres y, en ciertos países y en ciertas fases, también a parados para que no mueran de hambre, con el fin, por un lado, de que el capitalismo no pierda la reserva de fuerza de trabajo, y por otro, para que no alimenten la fuerza de la revolución antiburguesa.

    La casi totalidad de los "izquierdosos" que defienden el Estado del bienestar está anclada en la posición de Keynes más que en la de Marx. Pocos de ellos son capaces de digerir la posición dialéctica según la cual Marx preconizó y reivindicó esta gama de medidas, cuya adopción remachó la validez de su doctrina, al mismo tiempo que excluyó absolutamente que estas sirvieran para superar la lucha de clase y para conjurar la revolución de clase. El mecanismo embarazoso y burocrático de la asistencia moderna construida por socialdemócratas, socialcristianos, estalinistas y fascistas sociales se dirige a ligar al proletariado a la conservación de un sistema, en el que le está reservado una mínima esencia de garantías para las incertidumbres del porvenir, intentando que ya no perciba lo que mejor puede ver quien no tiene más que perder que sus cadenas: la incertidumbre fundamental de todo el desarrollo del capitalismo con guerras, carestías, y destrucciones bestiales y en masa de excedentes de mercancías y personas.

    No consideramos aquí las fuerzas declaradamente oportunistas que presentan ante las masas obreras al Estado del bienestar como vía de transición hacia el socialismo, teoría abiertamente falsa e históricamente inconsistente. Nos interesa desenmascarar el falso carácter revolucionario de todos los movimientos sedicentemente anticapitalistas que defienden el Estado del bienestar en cuanto que equiparan sus prestaciones asistenciales a un salario social que se añade al percibido por el obrero en el intercambio mercantil privado con su comprador capitalista.

    En realidad, en la medida en que esto es verdad, y ciertamente lo es por el ahorro obligado impuesto a la clase obrera que va a financiar los fondos de previsión y de cese del contrato de trabajo, es la clase obrera la que en esta operación pierde porque financia gratis al Capital. Todas las prestaciones del Estado del bienestar, además de tener la función antes descrita de esterilización contrarrevolucionaria de la clase, tienen el fin de reducir el valor de la fuerza de trabajo.

    Escuela y sanidad pública sirven mientras permiten la reducción en los costes de formación y manutención de la fuerza de trabajo. En caso contrario, son desmanteladas. Puede también suceder el caso opuesto como demuestra el caso de la sanidad americana. Uno de los motivos, no de los últimos por cierto, que empujan a la actual administración de los EEUU a introducir la asistencia sanitaria pública, en tendencia opuesta con las dinámicas de los otros países industrializados, es precisamente el alto costo de la asistencia sanitaria privada y su ineficacia. En 1992, el sistema sanitario monopolizaba el 14% del PIB contra el 9% francés, con resultados desastrosos y que sitúan a los Estados Unidos en el último puesto entre los países desarrollados.

* * *

    En agosto de 1914 cuando los cañones resonaron por toda Europa, la socialdemocracia, partido del proletariado internacional, se dividió en dos ramas. Una se postró a los pies del imperialismo y lamiendo las botas ensangrentadas del militarismo se declaró dispuesta a convencer a los proletarios a que se masacrarán por el bien del capital. Una segunda se arrodilló juntando las manos e imploró a la fiera sanguinaria del imperialismo que firmase enseguida una paz justa, soñando con volver al mundo que la guerra había destruido irremediablemente.

    Un hombrecillo, aislado de las masas, pero no de la historia, a contracorriente, fijó los ojos en el monstruo de la guerra y sin genuflexionarse comprendió que aquel monstruo podía ser domado con sus mismas armas y lanzó la consigna inconcebible e incomprensible a las masas trastornadas por la histeria belicista, de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil sobre todos los frentes militares y en todos los países.

    El escarnio fue grande y el hombrecillo fue considerado un loco visionario alejado de la realidad e incapaz de comprender las grandes corrientes históricas. Aquel "loco", tres años después, conquistó el poder en Rusia y se puso a la cabeza de la Revolución mundial.

    Hoy que la crisis se extiende con efectos devastadores sobre la clase obrera mundial asistimos al mismo fenómeno. La totalidad de los llamados representantes oficiales del proletariado se arrodillan a los pies del imperialismo y prometen convencer a los obreros para que se autoflagelen y se enreden en una competencia económica desenfrenada entre ellos. La sedicente minoría revolucionaria se arrodilla invocando a su dios Keynes para que vuelva a la tierra a defender su monstruosa criatura.

    Ninguno tiene el coraje de mirar a los ojos a la crisis del Capital y alegrarse de la demostración viviente de la debilidad fundamental de este monstruo enorme que finalmente alguien deberá destruir.

    ¡No es a Keynes a quien es necesario volver sino a Marx y al hombrecillo de Zurich!
 
 
 
 
 
 
 



El movimiento del 0,7 expresión de la impotencia reformista
para acabar con la miseria generada por el capitalismo

    Aunque siempre contaron con el apoyo de los medios de comunicación, en los últimos días estamos siendo bombardeados con información de las acciones pacíficas que la Plataforma del 0,7 ha organizado. Este hecho, el apoyo total de la prensa, es prueba de que no suponen ni siquiera molestia para la burguesía imperialista y su Gobierno PSOE que estrujan hasta la muerte, junto a los otros países imperialistas, al proletariado y otras clases pobres con sus ayudas al Tercer Mundo.

    Ese apoyo, incluso por parte de instituciones estatales, al movimiento del 0,7 no es de extrañar, pues en realidad el lenguaje de los reivindicadores del 0,7 podría ser y lo es el de cualquiera de los partidos parlamentarios de la burguesía, incluso el rey en la asamblea del FMI y BM intervino en el mismo sentido filantrópico. Esto decía uno de los huelguistas de hambre el 13-11-93 en El País: "Urgirles, en nombre de ese Tercer Mundo, a que den Prueba de su voluntad política real incluyendo en los Presupuestos del 94 el 0,7 % del PIB para el desarrollo sostenido de los países empobrecidos". A la objeción de que hasta ahora la Ayuda al Tercer Mundo ha servido para la obtención de pingües beneficios para las empresas españolas, los defensores del movimiento nos dicen que ellos reivindican el 0,7 del PIB en alimentos y otros bienes de primera necesidad sin perseguir el lucro, para que cesen de morir personas inmediatamente. Curiosa manera esta de conseguir un "desarrollo sostenido de los países empobrecidos", hasta el más cazurro de los economistas burgueses se reiría de estos candorosos reformistas, que pretenden tener un desarrollo sostenido dando de comer a los hambrientos. Aun en el caso de que el Estado capitalista dedicara el 0,7 en Ayuda al desarrollo en lugar de lo que ya dedica, ¿ qué medios iba a utilizar la Plataforma del 0,7 para hacer que el capital invierta sin perseguir el beneficio y regale el dinero? Si el capital pudiera hacer eso no sería capital, sería otra cosa, y mientras vivamos en el capitalismo es reaccionario y un engaño plantearlo para acabar con el hambre.

    Algunos datos sobre el destino de la ayuda de España y Occidente en general: "Según el ministro (de Comercio y Turismo, Gomez Navarro) es lógico que las organizaciones no gubernamentales o humanitarias, reclamen estos créditos a países con escaso nivel de renta, pero ’no estamos ante donativos, sino ante créditos que se devuelven y, por ello, se dan a países con posibilidad de devolverlos’.(...) Hasta ahora, el 65 % de los créditos FAD (Fondo de Ayuda al Desarrollo) se han dirigido a empresas privadas y el 35% restante a empresas públicas" (El País, 4-6-94), eso respecto a España. Respecto a lo que conceden los países occidentales en general: "En los países pobres, además, la ayuda es raramente concentrada en los servicios que benefician a los más pobres. El Banco Mundial reconoce que de toda la ayuda que ha ido a los países de bajos ingresos, no más del 2% fue a cuidados sanitarios básicos y un 1% a programas de población. Incluso la ayuda que se emplea en sanidad y educación tiende a ir a servicios que benefician desproporcionadamente a los que viven en mejores condiciones.(...) Algunos países del Tercer Mundo han disfrutado de un rápido crecimiento económico con relativamente poca ayuda per cápita. En particular algunos casos exitosos asiáticos (...) tuvieron poca o ninguna ayuda en un período en el que los donantes volcaban dinero en África" (The Economist, 7-5-94), es decir, la Ayuda puede suponer frenar el desarrollo en la medida en que la deuda externa ahoga esas economías. Hay que decir también que una grandísima parte de la Ayuda de Occidente es para la adquisición de material bélico, que se usa para masacrar a la población de manera aún más directa.

    Las limosnas de las organizaciones no gubernamentales, por grandes que sean, tampoco significan una mejora en las condiciones de vida y acaban beneficiando a la burguesía de aquellos países, pues cuanto más limosnas de los corazones humanitarios occidentales reciba la población empobrecida, los gobiernos de los países débiles más bajarán los salarios y los ya escasos recursos dedicados a cuestiones sociales. La lucha contra la miseria debe partir de los propios oprimidos, que con la lucha impongan al Estado opresor unas mejores condiciones para ellos mismos.

    Un motivo para pedir el 0,7 expresado por participantes y dirigentes del movimiento, es el temor que sienten de que se pierda en occidente el nivel de vida, al darse una avalancha de emigrantes provenientes de los países pobres, cosa que se evitaría si los emigrantes no se vieran obligados a emigrar por las necesidades que sufren. Esto es un intento con mucho rodeo, de quienes piensan así, por conservar sus condiciones de vida, y es tan egoísta como inútil, pues el capitalismo, aun con las fronteras cerradas, desemboca una vez tras otra en sus crisis cíclicas, el hambre, la miseria y la guerra acaban llegando. Si estas buenas gentes del 0,7 quieren evitar el empeoramiento del nivel de vida en Occidente ¿por qué no luchan contra la congelación de pensiones, los contratos basura y demás medidas del Gobierno, llamando a una huelga general seria y no como las que convocan los sindicatos del régimen? En ese caso pueden estar seguros que no saldrían tanto por la tele como héroes de los pobres y tendrían más problemas con la policía.

    En su rechazo a hablar de clases sociales los adeptos del 0,7 han repetido sin ningún pudor en distintas ocasiones cosas como esta:"hagamos honor a la verdad, a la sinceridad, a nuestra conciencia. ¡Seamos lógicos! Nuestra riqueza o nivel de consumo, directa o indirectamente, son los causantes de semejante tragedia: unos pocos hemos acaparado los recursos destinados a todos" (El País ya citado). Y por esto opinan que es justo que demos el 0,7 % del PIB al Tercer Mundo, porque la sociedad occidental es la responsable de la situación de aquellos países. En la sociedad occidental entran también los obreros occidentales, que por si no tuvieran poco con ver sus pensiones amenazadas, con sufrir el paro y los bajos salarios, ahora reciben también la acusación, por parte de estas almas caritativas del 0,7%, de ser responsables de la miseria del Tercer Mundo.

    Frente al sarcasmo de los que dicen luchar por evitar el hambre y la miseria con carreras populares, acampadas urbanas, ayunos, etc, nosotros marxistas, llamamos a los proletarios y a los jóvenes que quieran luchar contra la miseria y el hambre que genera el modo de producción capitalista, a que lo hagan de la única manera eficaz, probada por el desarrollo dialéctico-materialista de la historia, de cambiar una sociedad, a través de revoluciones y no de reformas. Nosotros afirmamos que sin la entrada en juego del proletariado revolucionario como última clase de la historia de las sociedades divididas en clases, no habrá límite a la destructividad del modo de producción capitalista, tanto a nivel ecológico como humano, por lo tanto la Revolución comunista, que se vió frenada hasta nuestros días por la contrarrevolución estalinista desde los años 20, es la única solución honesta y científica al problema.

    FRENTE AL MORALISMO DEL MOVIMIENTO DEL 0,7 SURJA LA LUCHA DE LAS MASAS OPRIMIDAS Y HAMBRIENTAS.
    POR LA DEFENSA INTRANSIGENTE DE LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PROLETARIADO EN TODOS LOS PAÍSES RENAZCAN LOS SINDICATOS DE CLASE.
    SOLO LA REVOLUCIÓN COMUNISTA DIRIGIDA POR EL PARTIDO COMUNISTA INTERNACIONAL ACABARÁ CON LA MISERIA Y EL HAMBRE DE LAS CLASES OPRIMIDAS.