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Finalmente ha explotado, de manera potente y fiera, la rabia de los jornaleros inmigrantes. Golpeando en el rostro a todos los limpiabotas del capitalismo y de su “progreso”, la huelga que ha estallado en Rosarno no es un episodio de la guerra entre razas, sino de clases sociales antagónicas, una lucha típica de braceros agrícolas temporeros con los mismos rasgos tumultuosos de su secular historia. Por un lado se encuentran los proletarios asalariados, que al igual que le sucede a toda su clase, no tienen nada que perder y no tienen patria, y por otro lado los terratenientes, su Estado, su policía y sus jenízaros armados, con la fruta en los árboles a punto de madurar.
Ha bastado con que la clase se levantase para que se aterrorizaran los burgueses y desaparecieran de la escena todos sus bravucones.
Sí, es cierto que las condiciones de alojamiento, salariales y de trabajo en Rosarno eran “de esclavitud”, como ahora finge descubrir y lamentar toda la clerigalla burguesa. Pero éstas han sido siempre las condiciones de la parte más baja de la clase trabajadora. Pagas al límite de la supervivencia con unas largas jornadas de trabajo son la condición normal e inevitable a las que tiende la clase obrera en el capitalismo. Así era en el siglo XIX y así sigue siendo en el siglo XXI con un capitalismo decadente y moribundo. ¿Es distinta la condición de los jóvenes trabajadores precarios en el Norte, ciudadanos italianos y blancos? ¿Y ganan más de 30 euros al día, que es lo que cobran los "negros"? ¿Y no se les despide igualmente sin preaviso y sin pagarles los atrasos cuando le viene en gana al patrón?
El racismo, fruto de una asquerosa campaña bien organizada por los agitadores del régimen burgués, es el instrumento necesario para dividir a la clase obrera. La otra gran división la impone la existencia de viejos obreros “con garantías” y los jóvenes privados de todo tipo de protección y seguridad. No se trata de combatir el racismo con el antirracismo, de “integrarlos” en “nuestra” sociedad, sino de integrarlos en nuestra clase y en sus luchas. ¡Y por lo visto los que tienen que integrarse en este sentido no son los braceros inmigrantes, sino los obreros italianos!
Nada
de esta simple verdad se deduce de los comportamientos de los sindicatos
del régimen, tal y como se ve en los documentos de la FIOM y también
de la RdB.
Toda la culpa la tiene la “criminalidad local”, como si el problema,
en vez de ser algo consustancial a la sociedad capitalista, fuese de “orden
público” o el producto de una particular “inmoralidad”, contra la
cual deberían luchar los trabajadores, evidentemente junto a los burgueses
“honestos”, para que su Estado funcione correctamente. La clase obrera
debe combatir al Estado burgués, no “mejorarlo”. Tampoco se ve que
la “ndraghetta” al servicio de los burgueses pueda ser peor que el
Estado contra la clase obrera.
La verdadera responsabilidad de las duras condiciones de los braceros,
y de los inmigrantes irregulares en general, está en las infames leyes
discriminadoras del Estado burgués, que dividen a los trabajadores en
virtud de su pasaporte. Pero esto ha sido posible porque los sindicatos
del régimen Cgil-Cisl-Uil-Ugl, nunca se han opuesto a esto y nunca han
hecho nada en favor de esa gran masa de trabajadores sumidos en la clandestinidad.
La defensa de la clase obrera coincide con la lucha en defensa de su
parte más débil, contra la utilización burguesa del esquirolaje,
o sea la utilización de trabajadores más rentables y con salarios más
bajos, ya sean precarios o inmigrantes. Los sindicatos han abandonado a
los inmigrantes “irregulares”, de la misma manera que han preparado
y aceptado la “regularización” de la precariedad, porque son sindicatos
traidores al conjunto de la clase obrera. La organización común de todo
tipo de asalariados y la batalla sindical común por objetivos comunes,
con la movilización y la fuerza de los “regulares”, sirve en primer
lugar para defender a estos últimos, pero también a las nuevas generaciones
de trabajadores.
Los
antirracistas, que organizan a los inmigrantes como tales
aparte de los trabajadores italianos, y que abordan el racismo como una
enfermedad de la que hay que curar a la sociedad actual, y no como un arma
de la burguesía en su guerra permanente contra la clase trabajadora, expresan
sólo un movimiento de opinión pequeño burgués, cobarde, moralizante,
ajeno a la clase obrera. Es un antirracismo que no niega ninguna de las
premisas sociales del racismo.
A medida que son cada vez más asimilables las condiciones de los trabajadores
de todas las nacionalidades, de todas las razas y categorías, es cada
vez más fácil y necesaria su unitaria reorganización sindical de lucha
y la recuperación de su antigua y común perspectiva de emancipación.
Por
todo esto nos dirigimos a la clase obrera, en Rosarno o en cualquier otro
lugar del mundo, gritando e invitando a gritar nuestra consigna, que es
la suya, la única: ¡Proletarios de todos los países, uníos!