Partido Comunista Internacional

 

 «LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL "IZQUIERDISMO" EN EL COMUNISMO»
CONDENA DE LOS FUTUROS RENEGADOS

El texto más utilizado y falsificado desde hace más de cuarenta años
por todas las carroñas oportunistas y cuya impúdica invocación caracteriza y define a la carroña.

Título original: «“L’Estremismo, malattia infantile del comunismo”,
condanna dei futuri rinnegati», 1960

   

ÍNDICE
  Advertencia
I. La escena del drama histórico de 1920 
II. ¿Historia de Rusia o historia de la humanidad?
III. Puntos básicos del bolchevismo: Centralización y disciplina
IV. Carrera histórica (concentrada en el tiempo) del bolchevismo
V. Lucha contra los dos campos antibolcheviques: reformista y anarquista
VI.  La clave de la «autorización a los compromisos» que Lenin habría dado
VII.  Apéndice sobre las cuestiones italianas

Notas
 

 
 



ADVERTENCIA

 El trabajo que presentamos fue escrito en el año 1960, y publicado en los números 16 a 21, y 24 de 1960 y 1 de 1961 del periódico quincenal Il Programma Comunista, que por aquel entonces era el órgano de prensa de nuestro partido. Al leerlo debe tenerse en cuenta que apareció por entregas en una publicación periódica, y que en él se alude a la época de 1960.

 Con respecto a la presente edición en español, debemos aclarar algunas cuestiones que pueden crear confusión al lector.
En primer lugar, la obra a la cual se hace referencia en este libro es conocida en español como «La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo», escrita por Lenin en 1920. Sin embargo, al referirse a ella a lo largo de todo el libro se la nombra como el «Extremismo». Hemos preferido mantener el término «Extremismo», siguiendo fielmente el original italiano, por considerar que la palabra «Extremismo» expresa con más precisión la idea que Lenin pretendía transmitir con su escrito. Por consiguiente, cuando en el texto dice el «Extremismo» debe entenderse que se refiere a «La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo».

 Por otro lado, en el texto original, al citar la obra de Lenin se utilizaron tres traducciones diferentes: en su mayor parte, se usó la versión en italiano de las Opere Scelte de Lenin publicadas en Moscú en 1948; en algunos casos, se prefirió utilizar otras versiones en alemán y francés porque se pensó que se ajustaban mejor al original. En concreto se usaron estas dos ediciones: 1) La Maladie infantile du Communisme (Le Communisme de gauche), París, 1920 (Bibliothèque Communiste, 123 rue Montmartre). 2) Der «Radikalismus», die Kinderkrankheit des Kommunismus, Leipzig, 1920 (publicada por el Secretariado de la Internacional Comunista).

 En la presente edición, y tras comparar las diferentes versiones, hemos optado por sacar todas las citas de las Obras Completas en español publicadas por la Editorial Progreso (Moscú, 1986).


 
 
 
 
 
 
 

I. La escena del drama histórico de 1920
 

 En la conmemoración de Lenin celebrada poco después de su muerte en la Casa del Popolo de Roma por iniciativa de la izquierda comunista, el conferenciante, después de haber hecho justicia acerca del «presunto oportunismo táctico de Lenin», citaba un pasaje del comienzo del libro clásico El Estado y la Revolución con estas palabras: «Lenin dice que es fatal que los grandes pioneros revolucionarios sean falsificados, como ha sucedido con Marx y con sus mejores seguidores. ¿Escapará el mismo Lenin a esta suerte? ¡Ciertamente no!».

 Han pasado 36 años desde esta fácil previsión, y su balance, forjado paso a paso por la crítica despiadada de la izquierda, demuestra que el volumen de estiércol falsificador que el oportunismo ha intentado acumular sobre la figura de Lenin es al menos diez veces más nauseabundo que el arrojado sobre Marx.

 El medio vil de los falsificadores siempre es el mismo: construir una leyenda en lugar de la realidad histórica que generó la formación del método y del programa de aquellos máximos comunistas, pescar en esa leyenda con citas locales, artificiales, separadas de las condiciones efectivas de lucha que dieron lugar a la formación de estos textos clásicos, y desvirtuar desvergonzadamente su valor aprovechándose de las difíciles condiciones de combate de la clase revolucionaria que, en la mayor parte de los casos, debido a la carencia económica en la que vive, debe contentarse con adquirir en traperías de tercera y cuarta mano el arsenal de sus armas teóricas.

 Pero un trabajo marxista que sea conducido, como sucede en nuestras filas, sin diletantismos vacíos y vanidosos, y sin despreciables arribismos corruptores, muestra que en el Extremismo no hay página, no hay frase, que no deba volver a caer como un látigo implacable sobre la cara tan dura de los traidores y de los renegados.

 Para hacer esto, es necesario dejar a un lado la retórica y la demagogia y hacer hincapié en la historia positiva de los hechos, único lugar en donde – y no en la baja crónica chismosa de los eventos contemporáneos – se lee el único curso luminoso de la doctrina y de la actuación revolucionaria, que desde hace un siglo los duendes intentan poner en contradicción.
 

Primavera de 1920

 Solo cuatro años después del desembarco de Lenin en Rusia acontecía el Octubre de 1917, y superada la afrenta del oportunismo de la II Internacional naufragada en la guerra, apenas un año después (marzo de 1919) era fundada la Tercera.

 En torno al partido bolchevique llegaban desde todas las partes del mundo maldiciones y aplausos, feroces invectivas y ardientes adhesiones. Durante la época a la que nos referimos el asunto prioritario del partido ruso no había dejado de ser la guerra civil contra los blancos, Denikin, Kolchak, Yudenich, Wrangel, las mil avalanchas apoyadas por los planes de ataque alemanes, ingleses, franceses, japoneses. Este período, que ya hemos tratado a fondo en los extensos trabajos acerca del camino de la revolución en Rusia, tuvo en primerísimo lugar esta lucha, no solo política sino abiertamente militar: todo estaba subordinado a la victoria.

 Desde hace cuarenta años han intentado transformar a Lenin en un oportunista, y si lo hubiese sido, no habría dudado ni un minuto en elegir entre las adhesiones y las declaraciones de guerra. En un mundo de enemigos feroces, todos los amigos habrían sido aceptados incondicionalmente, ya que era urgente encontrar apoyos en un mundo internacional en el que todas las burguesías centuplicaban sus feroces esfuerzos, enfurecidas por el terror de la dictadura roja.

 Lenin, por el contrario escribe ese texto de cara a la preparación del II congreso convocado para junio de 1920. Él sabe por las lecciones de la historia que – como este texto demuestra en primer lugar – la victoria en Rusia ha llegado porque el partido ha sido despiadado en su formación y preparación y porque no ha tenido miramientos a la hora de reconocer enemigos y aliados. Su primera preocupación es que el partido revolucionario mundial no se forme sin una rigurosa base doctrinal programática y de organización, incluso a costa de rechazar muchos adherentes de fuera de Rusia.

 De esta operación selectiva se ofrece la versión banal, tomando prestadas las formas de la política burguesa parlamentaria. Ya estaba claro que había un peligro por la «derecha» puesto que elementos que estaban a caballo entre la II y la III Internacional querían penetrar en la nueva para enturbiarla: el centrismo, el kautskismo; contra éstos había golpeado ya ferozmente Lenin. Pero había otras adhesiones a las que había que analizar atentamente, y eran las que venían, según la jerga de los politicastros, de la «izquierda». Se trataba de anarquistas, libertarios, sindicalistas así llamados revolucionarios de la escuela de Sorel.

 Todos estos elementos se adhirieron a los acontecimientos de Rusia en virtud de su aceptación de la violencia armada en la lucha de clase. Pero Lenin sabía muy bien que el ánimo de muchos necios (exquisitos cobardes individuales) frente al espectáculo de una tunda o de un tiroteo, no tenía nada que ver con la posición revolucionaria. Sabía que estos elementos, erróneamente llamados de izquierda, son frecuentemente de origen proletario y sinceros en su equivocación, pero sabía por lo demás muy bien que no se trata de impartir absoluciones morales sino de organizar las fuerzas revolucionarias, y sólo hacia estos elementos desviados usaba términos menos lacerantes que los empleados con los oportunistas de derecha (si bien tanto en un lado como en otro hay obreros engañados e intelectualoides que aspiran a jefes).

 El peligro central contenido en este falso izquierdismo consiste en el rechazo de las enseñanzas fundamentales de la revolución rusa acerca del Estado y del partido como medios esenciales de la revolución, a lo largo de toda una fase histórica. En su doctrina y en su organización los anarquistas habían sido juzgados en la polémica de Marx y Engels dentro de la I Internacional. Lenin dice que en Rusia los anarquistas se habían mostrado completamente incapaces cuando predominaban en 1870-1880, «revelando la ineptitud del anarquismo como teoría revolucionaria». Por lo que respecta a los sindicalistas sorelianos, estos eran menos conocidos por Lenin ya que estaban en los países latinos, donde preferentemente la crítica de su doctrina había partido de los marxistas de derecha casi hasta la guerra (no sucedió así entre nosotros en Italia; por lo demás, es sabido que en el socialchovinismo cayeron socialistas reformistas, sindicalistas sorelianos y también anarquistas: Francia e Italia).

 Pero Lenin veía el avance de esta escuela errónea en un ala llamada de izquierda de los comunistas alemanes del partido Spartakus, que se había dividido en KPD (Partido Comunista de Alemania) y KAPD (Partido Comunista Obrero de Alemania), y en los grupos holandeses de la Tribune de Gorter y Pannekoek.

 ¿Por qué ésta corriente, a pesar de su declarada simpatía por la revolución de Octubre, preocupa a Lenin? Precisamente porque Lenin no era un oportunista, sino un defensor del rigor teórico.

 Lenin casi excusa a los falsos izquierdistas de Rusia y Francia ya que nunca habían estado sobre la línea de una tradición marxista. Con su genial intuición se preocupa de aquellos que se dicen siempre marxistas, al igual que hacemos nosotros hoy con quienes se dicen... leninistas. Lenin cita un artículo de Karl Erler con el edificante título «La disolución del partido» y con esta perla: «La clase obrera no puede destruir el Estado burgués sin destruir la democracia burguesa, y no puede destruir la democracia burguesa sin destruir los partidos». Lenin estalla diciendo: «Las cabezas más confusas entre los sindicalistas y los anarquistas de los países latinos pueden sentirse satisfechos al ver que alemanes sólidos, que se consideran firmes marxistas, llegan a decir disparates increíbles».
 

Punto central: la dictadura del partido

 La Internacional Comunista no podía definirse solo por la reunión de aquellos socialistas que como medio de la lucha de clase del proletariado reivindican la violencia armada. La distinción habría sido insuficiente: Lenin tiene justamente sospechas de todos estos grupos (pero no tantas como de los derechistas, y dice en cierto pasaje: «También en el IX congreso de nuestro partido ruso (abril 1920) hubo una pequeña oposición que habló contra la "dictadura de los jefes", contra la "oligarquía", etc. Por tanto en la "enfermedad infantil" del "comunismo de izquierda" entre los alemanes, no hay nada de extraño, nada de nuevo, nada de terrible. Es una enfermedad que pasa sin peligro, y después de ella el organismo se fortalece»). Esta es la idea de Lenin sobre la famosa enfermedad infantil. Pero Lenin sabía muy bien el peligro que venía de los centristas y de la famosa «derecha». Ha sido la «enfermedad senil» del comunismo la que ha conducido al organismo revolucionario a la muerte actual, con un efecto mucho más deletéreo que la ruinosa crisis de la II Internacional.

 En la ola de comentarios que la revolución rusa trajo consigo, la mayor parte de nuestros críticos y detractores, sin haber entendido nada de la grandiosa teoría de Marx-Lenin sobre la dictadura del proletariado, y con un coro que iba desde los burgueses de derecha a los demócratas y a los anarquistas, se puso a bramar contra los «dictadores», o el dictador Lenin.

 Los liberales olvidaban las colosales figuras de sus dictadores, desde Cromwell a Robespierre, y a Garibaldi; entre los libertarios los hubo como los que se han citado en la conmemoración antes mencionada («Lenin en el camino de la revolución», conferencia pronunciada en la Casa del Popolo de Roma, el 24 de febrero de 1924 - NdT), los cuales habían escrito estúpidamente: ¿luto o fiesta? Los izquierdistas de Holanda, Alemania y otros países dudaban acerca de la «dictadura», y Lenin mostró justamente que lo hacían porque estaban imbuidos de una mentalidad democrática y pequeño-burguesa nada distinta de la que empujó al escándalo de los centristas kautskianos y de todos los imbéciles que desde entonces hasta hoy han gritado: ¡socialismo no es más que democracia, que libertad para todos! Y son las mismas figuras asquerosas que hoy hablan en nombre de Lenin.

 Porque es precisamente en estas páginas, que habrían sido escritas contra nosotros, verdaderos marxistas de izquierda, donde Lenin elimina toda duda y toda distinción de principio entre dictadura del proletariado, dictadura del partido, e incluso dictadura de determinadas personas.

 Lenin de hecho, en su V parágrafo titulado: «El comunismo en Alemania. Jefes, partido, clase, masas», cita ampliamente un opúsculo de los comunistas alemanes de izquierda, que plantea la vacía alternativa siguiente: ¿se debe, por principio, aspirar a la dictadura del partido comunista, o a la de la clase proletaria? y que, un poco más adelante, contrapone dos soluciones: el partido de los jefes que actúa desde arriba, y el partido de las masas que espera el ascenso de la lucha desde abajo.

 La crítica que desarrolla Lenin contra esto se reduce a establecer que si se renuncia al «dominio del partido», cosa que escandalizaba a esos comunistas, se renuncia a la dictadura del proletariado y a la revolución, y si se quiere que el partido no actúe por mediación de los «jefes» solo por miedo a esta palabra, se vuelve a caer en la misma impotencia. El nuestro es un partido distinto a todos los partidos, nuestro engranaje de hombres revolucionarios es distinto a todos los engranajes aduladores y publicitarios de los demás movimientos. Y Lenin volverá a ligar esto a la necesidad vital de la organización «ilegal».

 Con sus formidables dotes de claridad, Lenin no nos dará aquí definiciones filosóficas de las «categorías»: masas, clase, partido y jefes. El tiempo apremiaba y la sistematización viene por otro camino. Pero el texto de Lenin elimina cualquier duda acerca de la necesidad de que la dictadura sea del partido, y en determinados extremos incluso de determinados hombres del partido; lo cual desde entonces hasta hoy hace estremecerse a todos los bien pensantes, dispuestos no obstante a arrodillarse siempre ante un grupo de cuatro duces o, como decimos nosotros, de cuatro títeres.

¡Muy distinto a permitir designaciones electorales y consultas internas!

 «El solo hecho de plantear la cuestión de "¿dictadura del partido o bien dictadura de la clase?, ¿dictadura (partido) de los jefes o bien dictadura (partido) de las masas?" testimonia la más increíble e irremediable confusión de ideas (...) Todo el mundo sabe que las masas se dividen en clases; que contraponer las masas y las clases solo es admisible en un sentido: si se opone una inmensa mayoría en su totalidad, sin dividirla según la posición ocupada en el régimen social de la producción, a categorías que ocupan una posición especial en ese régimen; que las clases son dirigidas de ordinario y en la mayoría de los casos (al menos en los países civilizados modernos) por partidos políticos; que los partidos políticos están dirigidos, como regla general, por grupos más o menos estables integrados por las personas más prestigiosas, influyentes y expertas, elegidas para los cargos de mayor responsabilidad y llamadas jefes. Todo eso es el abecé, todo eso es sencillo y claro» (Lenin, "La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo", en Obras Completas, tomo 41, págs. 24-25, Ed. Progreso, Moscú, 1986).
 

Diagnosis correcta de la traición de los «jefes»

 Estas límpidas palabras recuerdan a las de Engels con respecto a los anarquistas españoles: «Una revolución es el acto más autoritario que existe». La revolución de clase es una guerra, guerra civil; son necesarios un ejército, un estado mayor, un partido, y con la victoria un Estado, un gobierno, unos hombres en el poder.

 El texto explica aquí que la confusión de las ideas surge por la necesidad de actuar en una situación ilegal, como la que se generó en Alemania después de la primera guerra, en lugar de la plena legalidad precedente:

 «Cuando la marcha impetuosa de la revolución y del desarrollo de la guerra civil ha hecho necesario pasar rápidamente, de esta rutina a la sucesión de la legalidad y la ilegalidad y a su combinación, a procedimientos "incómodos", "no democráticos" para designar, formar o conservar los "grupos de dirigentes", la gente ha perdido la cabeza y ha empezado a inventar un monstruoso absurdo» (Ibídem, pág. 25).

 Muchos buenos proletarios escaldados por las traiciones de los socialistas en 1914 adquirieron la desconfianza hacia el jefe, cualquiera que fuese. Lenin recuerda que la degeneración de los jefes es un tema antiguo y aclarado para los marxistas, y no se resuelve con la «contraposición de los jefes a las masas». No se trata de jefes malos y masas buenas, sino de un proceso degenerativo de los jefes y de las masas.

 «La causa fundamental de este fenómeno la explicaron muchas veces Marx y Engels de 1852 a 1892 con el ejemplo de Inglaterra. La situación monopolista de dicho país destacó de la masa una "aristocracia obrera" semipequeñoburguesa y oportunista. Los jefes de esta aristocracia obrera desertaban constantemente al campo de la burguesía, que los mantenía de manera directa o indirecta. Marx se granjeó el odio, que le honra, de estos canallas por haberles tildado públicamente de traidores» (Ibídem, pág. 26).

 Este fenómeno, dice Lenin, se ha repetido con la guerra en la II Internacional.

 «(...) Ha surgido en todas partes dentro de la II Internacional ese tipo de jefes-traidores, oportunistas, socialchovinistas, que defienden los intereses de su gremio, de su grupito de aristocracia obrera. Estos partidos oportunistas se han aislado de "las masas", es decir, de los sectores más vastos de trabajadores, de su mayoría, de los obreros peor retribuidos. La victoria del proletariado revolucionario es imposible sin combatir este mal, sin arrancar la careta, poner en la picota y expulsar a los jefes oportunistas, socialtraidores. Tal es precisamente la política que ha aplicado la III Internacional» (Ibídem).

 ¿Qué marxista puede confundir esta posición histórica con la propuesta libertaria "... el mal está en el partido, el mal está en los famosos «jefes»"?

 La cuestión era de principio y de programa y no de táctica contingente, o peor aún, local, nacional, alemana. El hecho histórico de que jefes y partidos enteros, los unos y los otros reclamándose al proletariado y también a su específica y clásica doctrina revolucionaria, se hayan pasado al bando del enemigo de clase, no conduce a repudiar el arma partido y el arma, si así queremos llamarla, «jefe». La doctrina marxista desde su aparición ha confutado para siempre tales objeciones, desde el Manifiesto que exige la organización del proletariado en partido de clase (que según los estatutos de la I Internacional «se opone a todos los demás partidos») a los escritos de Marx y Engels sobre la revolución y la contrarrevolución en Alemania; y así sucesivamente.

 Hoy podemos decir más. En la época de Marx y de Lenin no se había dado todavía que un «Estado» proletario victorioso, como el ruso, degenerase hasta pasar al bando del enemigo de clase en la política exterior (alianzas bélicas) e interna (medidas económico-sociales capitalistas). Un hecho histórico semejante basta por sí solo para mostrar lo imbécil que es no ver que el oportunismo actual ha consumado algo veinte veces más infame que el del pasado, conocido por Marx y Lenin; no solo ha deshonrado a partidos y hombres del proletariado sino que ha deshonrado al primer estado de la dictadura proletaria. Pero este hecho no se explica únicamente diciendo: el hombre es corruptible, el proletariado es corruptible, el socialista y comunista es corruptible, y el partido es corruptible; sino: que el mismo Estado proletario sea corruptible – ¡por efecto de las relaciones entre fuerzas históricas reales y no porque la carne sea débil, u otras explicaciones éticas! – no autoriza a decir: renunciamos al Estado; ¡el poder es una porquería, y corrompe a todos!

 Esta herejía teórica era bien conocida por Marx y por Lenin, que la trituraron para siempre. Lenin percibe en los errores de principio de los izquierdistas alemanes la misma idea equivocada: horror hacia el poder; y remacha que debemos saber empuñar todas estas armas difíciles: los hombres, el partido, el timón del gobierno estatal. El problema es el de indicar la vía histórica por la cual nuestros militantes políticos, nuestro partido revolucionario, nuestro aparato estatal, serán diametralmente distintos a todos los que ha presentado el pasado, desgraciadamente en parte también proletarios: y alcanzarán la forma original teorizada en nuestra doctrina.

 Lenin que ha planteado este problema insuperablemente pero que – como hombre y mortal que era – no ha visto llegar la solución, comprendió que los izquierdistas de Alemania, al igual que habían abierto la brecha a las dudas contra la forma partido, dudaban también de la forma Estado, y no habían comprendido, doctrinalmente, la forma histórica de la dictadura, enunciada sin vacilaciones por el marxismo. Ellos creían falsamente que el partido se debía disolver rápidamente para no ver más traidores, e incluso disolver el Estado para evitar las famosas y pequeño burguesas, «seducciones corruptoras del ejercicio del poder».
 

Duración de la dictadura

 Antes de cerrar esta demostración, de que el peligro contra el cual se levantó Lenin no era el error de táctica del cual hablaremos en otro momento, sino un fundamental error de principio, y por lo tanto un error que no se soluciona solo con medidas de organización interna de partido – y en aquel momento histórico se trataba de tomar las medidas «constituyentes» del nuevo partido comunista mundial, en cuyo seno se evita el error, en la mayoría de los casos, no dejándose seducir por la llegada de un flujo de adherentes, sino cortando por lo sano con el hierro inmisericorde de las escisiones y de las difamadas «excomuniones» – ofreceremos el pasaje de Lenin, de incomparable vigor, del cual se deduce que la dictadura debe aceptarse no para un breve instante, sino para toda una dura y larga fase histórica. La dictadura no es un remedio «de emergencia», como se diría hoy en la jerga de moda, sino que es la parte vital, el oxígeno que alimenta nuestra teoría y nuestra batalla.

 «(...) Proclamar en general la inutilidad y el carácter burgués de los partidos políticos (...) [confirma] ¡Cuán cierto es que de un pequeño error puede hacerse siempre uno monstruosamente grande si se insiste en él, si se profundiza para encontrarle justificación y se intenta llevarlo hasta el fin!»

 «Negar la necesidad del partido y de la disciplina de partido: tal es el resultado a que ha llegado la oposición. Y eso equivale a desarmar por completo al proletariado en provecho de la burguesía. Equivale precisamente a la dispersión, la volubilidad y la incapacidad para dominarse, unirse y actuar de manera organizada, defectos típicamente pequeñoburgueses que, de ser indulgente con ellos, llevan de manera inevitable a la ruina todo movimiento revolucionario del proletariado» (Ibíd. pág. 27).

 Desde este punto en adelante el texto es tan clásico, y – con esto concluiremos el presente apartado – y concuerda tan plenamente con las tesis de la izquierda marxista italiana, las cuales sostenemos hoy que ya no vive Lenin, sostuvimos cuando él estaba presente y habíamos sostenido antes de la unión de nuestro movimiento en Italia con la nueva Internacional y con Lenin (unión que acaeció precisamente en aquellos meses de 1920, en los que Lenin personalmente organizó el viaje a Moscú de un delegado de la fracción comunista abstencionista del partido socialista, no incluida en la delegación «democráticamente elegida») que, como decíamos, desde este punto en adelante, las cursivas están puestas por nosotros y no por Lenin.

 «Negar la necesidad del partido desde el punto de vista del comunismo significa saltar de la víspera de la bancarrota del capitalismo (en Alemania), no a la fase inferior o media del comunismo, sino a su fase superior. En Rusia (después de más de dos años de haber derribado a la burguesía) estamos dando aún los primeros pasos en la transición del capitalismo al socialismo o fase inferior del comunismo. Las clases siguen existiendo y existirán durante años [subrayado de Lenin] en todas partes después [idem] de que el proletariado conquiste el poder. Es posible que en Inglaterra, donde no hay campesinos (¡pero existen, sin embargo, pequeños patronos!), ese plazo sea más corto. Suprimir las clases no significa sólo expulsar [o aniquilar, nota nuestra] a los latifundistas y a los capitalistas – esto lo hemos hecho nosotros con relativa facilidadsignifica también [aquí es Lenin quien subraya] suprimir a los pequeños productores de mercancías. Pero a éstos no se les puede expulsar, no se les puede reprimir; hay que convivir con ellos, y sólo se puede (y se debe) transformarlos, reeducarlos, mediante una labor de organización muy larga, lenta y prudente. Estos pequeños productores cercan de elemento pequeñoburgués al proletariado, lo impregnan de ese elemento, lo corrompen con él, provocan sin cesar en el seno del proletariado recaídas de pusilanimidad pequeñoburguesa, de atomización, de individualismo, de vaivenes entre la exaltación y el abatimiento. Para hacer frente a eso, para conseguir que el proletariado desempeñe acertada, eficaz y victoriosamente su función organizadora (que es su función principal) [Los últimos subrayados de Lenin quieren decir que los semiproletarios pueden haber ayudado en la guerra civil, pero después desorganizan y descentran] son necesarias una centralización y una disciplina severísimas en el partido político del proletariado. La dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad. La fuerza de la costumbre de millones y decenas de millones de personas es la fuerza más terrible. Sin un partido férreo y templado en la lucha, sin un partido que goce de la confianza de todo lo que haya de honrado en la clase dada [nosotros añadimos que, al igual que en las masas, también en la clase existen residuos malsanos, víctimas de la influencia contrarrevolucionaria, y que en principio, allí donde no se los pueda tratar pedagógicamente, se los tratará represivamente sin piedad], sin un partido que sepa pulsar el estado de ánimo de las masas e influir en él [¡no examinarlo!] es imposible sostener con éxito esta lucha».

 «Es mil veces más fácil vencer a la gran burguesía centralizada [léase monopolista y fascista] que "vencer" a millones y millones de pequeños patronos, los cuales llevan con su cotidiana y prosaica labor corruptora, invisible e inaprehensible a los mismos resultados que necesita la burguesía y que restauran a ésta [subrayados de Lenin]. Quien debilita, por poco que sea, la disciplina férrea del partido del proletariado (sobre todo en la época de su dictadura), ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado» (Ibídem, pág. 27-28).

 Con esta explícita y resuelta formulación Lenin ha querido quitar de en medio otra superstición de los comunistas de izquierda, que pensaban que el soviet obrero era un sustituto del partido comunista, y que por lo tanto su instauración, equivalente a la dictadura del proletariado ya que los burgueses no votaban para los soviets, autorizaba la «disolución del partido político», hasta el punto de sugerir la convocatoria de los soviets antes de la lucha revolucionaria. Los izquierdistas italianos desde 1919 habían combatido decididamente esta tesis antimarxista, que después fue condenada en el II congreso en la resolución sobre los soviets o consejos de fábrica, de los cuales convendrá hablar luego.
 

Estrategia y táctica de la Internacional

 La prensa del oportunismo estalinista durante estos días ha subrayado que han pasado cuarenta años desde la aparición del Extremismo de Lenin. Para esta gentuza solo existen ceremoniales, y notas de apuntes de fechas establecidas para lanzar cumplidos convencionales, cumpleaños, onomásticas y demás chirigotas. Naturalmente los fragmentos del Extremismo interesan muchísimo, y siempre manipulándolos, para usarlos contra la izquierda italiana, y los reproducen si bien son elogiosos más que otra cosa. Pero este es un mínimo aspecto dentro de nuestra exposición, y también con Lenin dimos prioridad a la discusión del método internacional, y no de la pequeña provincia itálica.

 Nos interesa establecer aquí que Lenin trató cuestiones de táctica contingente o nacional con el único fin de clarificar puntos de principio acerca de la constitución y la estrategia histórica del movimiento comunista revolucionario, con la mirada siempre clavada en los objetivos de la revolución mundial y de la organización del partido comunista mundial.

 Demostraremos que la izquierda italiana le apoya en esta tarea vital, y le comprende mejor que nadie en sus puntos cruciales. Pero para ser más claros en nuestra exposición, que no puede ser breve, se citan los puntos tácticos que, según la acepción más conocida, fueron imputados en aquella ocasión a los alemano-holandeses, en la medida en que siempre ha sido cómodo identificar la posición de aquellos con la de los italianos.

 La oposición alemana se sostenía sobre dos puntos prácticos. Ante todo, defendía la salida de los comunistas de los sindicatos oportunistas, llamados en aquel tiempo «reaccionarios»; y sobre este punto no tenía nada en común con los comunistas italianos. Si bien en Italia hubo, con tendencia anarquista, esos sindicatos de izquierda que el KAPD proponía fundar en Alemania, nosotros nunca sostuvimos la escisión sindical en Italia y trabajamos dentro de la muy reformista «Confederazione Generale del Lavoro» para derribar a sus dirigentes, según la precisa táctica preferida por Lenin.

 Aquí la solución táctica se deriva directamente de los principios. De forma primaria la función revolucionaria está en el partido, y no en los sindicatos, o en los consejos de fábrica. Por lo tanto la exigencia era, y Lenin obviamente lo aprobaba, formar el nuevo partido comunista escindiendo el partido político, y no boicoteando el sindicato de derecha u otro sindicato; más bien propugnando, entonces, el sindicato unitario.

 Pero el segundo error de los izquierdistas alemanes era el boicot a las elecciones parlamentarias. He aquí, gritan los filisteos, lo que Lenin estigmatizó en alemanes e italianos. Pero Lenin sabía y enseñó que en cada caso la posición era diferente.

 No es fácil que el tonto común entienda que una cosa es negar la función primaria del partido comunista en la insurrección revolucionaria y en el Estado, para dejársela a otros órganos proletarios «inmediatos» como los sindicatos, consejos, y soviets, en los que el inmediatismo es nuestro principal enemigo, y de esta negación del aspecto político de la lucha hacer derivar la negación de la lucha parlamentaria; distinto es contraponer, en este pasaje histórico dado, la política legalista a la política revolucionaria, punto sobre el cual discutimos con Lenin sin ponernos de acuerdo, pero aceptando su resolución por disciplina.

 Nos resultará fácil al final de este estudio o en uno sucesivo, dedicado al parlamentarismo, demostrar que realmente en principio nosotros estábamos con Lenin, y la divergencia era táctica, mientras que los traidores actuales en principio están, en la cuestión del parlamentarismo, contra Lenin y contra nosotros. De hecho en el II Congreso se discutió acerca de la vía mejor para destruir el parlamentarismo, y Lenin con la mayoría preponderante sostuvo que la destrucción se hiciese desde dentro y no desde fuera. Se entró dentro, y los parlamentos no solo siguen estando ahí, sino que los bufones que se llaman leninistas juran sobre su eternidad y están dispuestos a combatir para defenderlos. Siguiendo sus huellas, las masas no están menos desviadas y van a votar con fe socialdemocrática como si se tratase de una «vía al socialismo».
 

La trama del trabajo de Lenin

 Para mostrar nuestra diferencia con aquellos que citan frases sueltas, y que haciendo esto no pueden dejar de ser alumnos de los falsificadores estalinistas, deduciremos las posiciones de programa y de principio con un examen de todas las partes, ordenadas, del opúsculo sobre el Extremismo.

 Recordaremos el sumario, después de haber suministrado otros datos históricos. En las tesis del II congreso «Sobre las tareas principales de la Internacional Comunista», en el punto 18, se declaran inadecuadas las concepciones que sobre las relaciones entre el partido, la clase obrera y las masas, tienen una serie de movimientos, presentes en el Partido obrero comunista de Alemania, en parte del Partido comunista suizo, en la revista húngara Kommunismus (cuya lucha a favor de la revolución rusa no escondía errores doctrinales en un sentido idealista), en la Federación obrera socialista inglesa, en los I.W.W. (Trabajadores Industriales del Mundo) estadounidenses, en los Shop Stewards escoceses (comités de fábrica). Es cierto que aquí también se condena conjuntamente el boicoteo sindical y el de los parlamentos, pero se trata en efecto de una toma de posición de los marxistas ortodoxos contra aquello que aún hoy combatimos, incluso en grupos antiestalinistas, bajo el nombre de«inmediatismo».

 Otra cuestión. En una reunión precongresual en Petrogrado se discute si estos movimientos podían ser admitidos al congreso como secciones, y no como simples oyentes. En medio de una cierta sorpresa, incluso entre los rusos, el delegado de la izquierda italiana propuso su exclusión con el argumento de que se trataba del congreso de la Internacional de los partidos políticos, y solo los partidos comunistas se podían adherir. Esto fue después aclarado a fondo en las «condiciones de admisión», los célebres 21 puntos.

 ¿Queremos pues hacer uso del Extremismo de Lenin? Bien. Se trata de leerlo y de saberlo leer. El marco histórico ya lo hemos dado. Este es el sumario:

 1.- ¿En qué sentido puede hablarse de la importancia internacional de la revolución rusa?
 2.- Una condición fundamental del éxito de los bolcheviques.
 3.- Etapas principales de la historia del bolchevismo.
 4.- ¿En lucha contra qué enemigos en el seno del movimiento obrero ha podido crecer, fortalecerse y templarse el bolchevismo?
 5.- El comunismo "de izquierda" en Alemania. Jefes, partido, clase, masas.
 6.- ¿Deben actuar los revolucionarios en los sindicatos reaccionarios?
 7.- ¿Cabe participar en los parlamentos burgueses?
 8.- ¿Ningún compromiso?
 9.- El comunismo "de izquierda" en Inglaterra.
 10.- Algunas conclusiones.
 Anexo:
 1.- La escisión de los comunistas alemanes.
 2.- Los comunistas y los independientes en Alemania.
 3.- Turati y Cía en Italia.
 4.- Conclusiones erróneas partiendo de premisas justas.
 Como hemos dicho, hemos recordado el momento histórico que induce a Lenin a escribir este texto, importantísimo por contener tesis válidas en todas las épocas y que hoy los proclamados leninistas oficiales ultrajan a cada momento. Después nos hemos detenido en el tema del parágrafo 5 para mostrar cual fue la principal preocupación de Lenin: el peligro de la desvalorización de la función primaria del partido, y el temor a la dictadura del partido. Una auténtica y clásica condena del abusado antipoliticismo inmediatista y obrerista, siempre derrotado por el marxismo clásico.

 Tocaremos a continuación todos los demás puntos. Sobre la cuestión del parlamentarismo subrayaremos que la línea de Lenin prevé boicot y participación; recordaremos la historia del partido italiano, y la ridícula fase de la salida conjunta del Aventino(1) burgués propugnada por los centristas, mientras la izquierda, que ya no dirigía el partido, impuso la vuelta al parlamento.

 Citaremos un pasaje en el que Lenin muestra que tal vez los abstencionistas habrían hecho bien en escindirse en Bolonia, en octubre de 1919, de la enorme mayoría que se mostraba a favor de las elecciones y de Turati.

 Sobre la teoría del compromiso recordaremos que se trata del rechazo a la paz de Brest-Litovsk en 1918, mientras que la izquierda italiana, sin ningún vínculo aún, hizo propia la tesis de Lenin sobre la firma del tratado con los bandidos alemanes, y no la de la guerra revolucionaria hasta el exterminio (2). Sobre la cuestión de los sindicatos y consejos de fábrica será fácil demostrar que, entonces y después, la tesis combatida por la Internacional fue precisamente la de los ordinovistas gramscianos, de sospechosa ortodoxia siempre.

 Reconocemos que un modo como éste de leer a Lenin o a Marx es laborioso. Pero es el único que protege contra la extendida ruina oportunista. Quien quiera ir tras lo facilón y quien quiera contentarse con lugares comunes y frases entresacadas fraudulentamente, que espere sentado.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

II.   ¿HISTORIA DE RUSIA O DE LA HUMANIDAD?
 

Revolución rusa y mundial

 Al emprender la exposición ordenada del trabajo de Lenin – que preludió por razones de «urgencia» a la sistematización teórica en las tesis del II congreso mundial en el cual Lenin colaboró de forma personal ampliamente, y en espera de las cuales el actual opúsculo tuvo en su segunda edición el subtítulo: «Ensayo de conversación popular sobre la estrategia y la táctica marxista» (el mismo texto clásico El Imperialismo según la modestia del autor tiene el subtítulo de «ensayo popular») – nos preguntaremos si todos los que lo citan, según la moda, contra la izquierda comunista, o sea contra la única corriente fiel al marxismo, han leído alguna vez la primera página.

 La primera página basta para destruir la obra maestra de la infamia estalinista que en sus efectos contrarrevolucionarios supera ampliamente los efectos nefastos de los socialpatriotas de 1914, es decir, la innoble «teoría» del socialismo en un solo país. ¡Mientras tanto todavía hoy los periódicos estalinkruchovianos y el «rectificado» breve curso de historia del partido comunista bolchevique insisten en decir que esa presunta teoría fue fundada por Lenin!

 ¿Qué socialista del ala más derechista de la II Internacional llegó a escribir nunca falsedades tan enormes como esta que tomamos de L’Unità del 31 de agosto de 1960?

 «De la falsa presuposición de que las conquistas de la revolución socialista en Rusia podían ser defendidas solamente con la ayuda de una revolución socialista mundial, los "izquierdistas" sacaban la conclusión de que la tarea del poder soviético fuese en primer lugar la de estimular la revolución en los demás países a través de una guerra contra el imperialismo mundial».

 Aquí hay una primera falsificación, pues los izquierdistas querían estimular la revolución fuera de Rusia con la acción de la Internacional de los partidos comunistas y no con una guerra del Estado ruso, idea que más bien define al «estalinismo» en su primera forma, ya que es distinto del moderno y mucho más vil kruchovismo.

 Pero la falsificación gigante se hace con Lenin:

 «Lenin demostró [subraya el nuevo manual] cómo esta teoría de "estimular" la revolución internacional no tenía nada en común con el marxismo, para el cual el desarrollo de la revolución depende de la maduración de la lucha de clase en el interior de los países capitalistas. ¡Esta es una de las bases de la concepción leninista de la "coexistencia pacífica"!»

 Por lo tanto, para los autores del nuevo manual, (que se ha liberado de ciertas falsificaciones del primero, como el complot de Trotsky para asesinar a Lenin en la época de Brest-Litovsk, pero que sigue mintiendo al decir que Trotsky no siguió la política de Lenin) el marxismo-leninismo debe ser la teoría para «adormecer» la revolución.

 Hemos recordado cómo el primer capítulo trata de la importancia internacional de la revolución rusa. Quien relea la explícita definición de Lenin sobre los caracteres de la revolución rusa, que tienen valor general internacional, no debe olvidar la tesis oficial de los actuales leninistas del calibre de Kruschov y Togliatti. En la época del XX Congreso ruso estos señores han proclamado que cada país tiene su «vía nacional» al socialismo, y que por consiguiente según cada caso será distinta de la vía rusa. ¿Pero cuáles son según esta manipulación los caracteres de la revolución rusa que no serían, por usar un término de Lenin, obligatorios en todas las demás revoluciones? No son ningún misterio. Habrían sido caracteres puramente accidentales y fortuitamente rusos la misma dictadura del proletariado, el sistema de los soviets, el terrorismo revolucionario, y también, ¿por qué no? la violencia insurreccional. La misma destrucción del parlamento (asamblea constituyente) habría sido una peculiaridad de la revolución rusa, y no como nosotros gritamos entonces, entusiastas y solidarios con el auténtico Lenin, la primera realización de la teoría marxista de la revolución proletaria que esperábamos en todos los países.

 Leamos ahora a Lenin:

 «En los primeros meses que siguieron a la conquista del poder político por el proletariado en Rusia (25.X - 7.XI.1917) podía pensarse que, debido a las inmensas diferencias existentes entre la Rusia atrasada y los países avanzados de Europa Occidental, la revolución proletaria en estos últimos se parecería muy poco a la nuestra» (Ibídem, pág. 3).

 Examinemos esto, y que conste que se trata de un ensayo popular y no de un palimpsesto. Ante todo Lenin no pone en oposición la revolución rusa y la revolución mundial, sino que habla de Europa occidental. En 1920 Lenin, y nosotros con él, (a nadie se le prohíbe calificarnos como tontos, pero está prohibido que se llame leninista quien piensa en una determinada dirección que solo conduce a la derrota) esperábamos la revolución no en Asia y América, sino entre Rusia y el Atlántico. Esta era la condición para que la revolución socialista en Rusia no capitulase históricamente, como de hecho capituló.

 ¿Por qué podía parecer que la revolución en la Europa del oeste habría tenido un desarrollo poco parecido a la rusa, y en qué sentido? Rusia estaba atrasada sobre todo en el sentido político, en cuanto que había salido del despotismo feudal hacía pocos meses, y por tanto su revolución podía ser distinta de la de un país donde el despotismo y el feudalismo habían sido abatidos desde hacía siglos, como Francia o Inglaterra. Esta y todas las demás diferencias habrían sugerido de hecho la previsión de que la revolución proletaria rusa habría sido más descolorida, incierta, vacilante, que la de los países con capitalismo pleno, en los cuales se la podía esperar con buenas razones, como más clara, decidida, arrolladora. Basta con pensar que la hegemonía del proletariado y de su partido sobre el «restante pueblo trabajador», postulado central en esta obra de Lenin, habría sido bastante fácil y completa en la industrial Europa del oeste.

 Solo algunos filisteos de la II Internacional, que después debían ser superados solo por los extremadamente asquerosos que salieron del cadáver de la III, podían insinuar que terror proletario, dictadura, dispersión de los parlamentos, fuesen caracteres no europeos, sino «asiáticos»;  desde ese momento este risible lugar común fue acuñado.

 Los oportunistas de entonces lo hicieron para avergonzar a la Rusia roja, los actuales mucho más infames lo repiten; y pretenden hacer creer que con esto la exaltan.

 Si la revolución de Rusia deshizo un parlamento pocos meses después de instaurar un verdadero sistema electoral, ¿cuál habría sido la diferencia presumible con los países que desde hacía un siglo ya eran parlamentarios? ¡Es necesaria la cara dura de los actuales traidores para insinuar que en estos países el parlamento se convierta en una posible vía al socialismo (¿acaso dijeron algo peor los socialdemócratas de principios de siglo?), y por tanto en Rusia fue liquidado por deporte, por distracción, o porque el gran Vladimiro estaba lleno de vodka!
 

Caracteres de todas las revoluciones

 Lenin escribe para establecer que, a pesar de las radicales diferencias en la situación social e histórica inicial, los procesos esenciales de la revolución bolchevique se presentaron en todos los países. ¿Cuáles son estos procesos? El estudio completo de esta obra, y del complejo de las obras del marxismo-leninismo no adulterado, permite responder claramente. Es muy comprensible que alguien piense que los acontecimientos durante cuarenta años hayan dado a la historia una dirección opuesta, abjurando así del marxismo-leninismo.

 «Hoy [abril de 1920] tenemos ya una experiencia internacional bastante grande, la cual muestra con absoluta claridad que algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución no son de una importancia local, específica nacional, sólo rusa, sino internacional» (Ibídem).

 Aquí el autor teme ser malinterpretado y quiere precisar.

 «Y cuando hablo de importancia internacional no lo hago en el sentido lato de la palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales, y muchos secundarios, de nuestra revolución los que tienen importancia internacional desde el punto de vista de la influencia de aquella en todos los países. Hablo en el sentido más estrecho de la palabra, es decir, entendiendo por importancia internacional su trascendencia mundial o la INEVITABILIDAD HISTÓRICA DE QUE SE REPITA A ESCALA UNIVERSAL LO OCURRIDO EN NUESTRO PAÍS. Y cabe reconocer que algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución tienen esa importancia» (Ibídem).

 ¿Algunos y no todos? Es exactamente la tesis de la izquierda en los congresos internacionales comunistas. Lenin lo explica a continuación. Pero vale la pena resaltar por qué en un sentido lato todos los acontecimientos son de importancia mundial, y en sentido estricto solo algunos, que pasan, o mejor dicho confirman, el programa marxista de la revolución. La supresión de la familia imperial tuvo una importancia internacional máxima, y todavía es motivo de escándalo. Pero en un sentido estricto no es un aspecto que haya que «repetir inevitablemente por doquier». En los países que no son dinásticos no se dará tal exigencia. Los hijos del zar fueron eliminados debido al principio hereditario dinástico; allí donde tal principio no exista, la eliminación será inútil.

 Por tanto, los aspectos válidos en un sentido estricto para todas las revoluciones fuera de Rusia serán algunos y no todos; algunos no serán válidos. ¿Cuáles y por qué? Basta leer con atención, y si se aprende se dará un paso de gran valor.

 «Esta claro que sería tremendo error exagerar esta verdad, no limitarse a aplicarla a algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución. Sería erróneo, asimismo, perder de vista que después de triunfar la revolución proletaria, aunque no sea más que en uno de los países avanzados, se producirá, probablemente, un cambio radical, a saber: Rusia será poco después de esto no el país modelo, sino volvería a ser un país atrasado (en el sentido "soviético" y socialista)» (Ibídem, pág 3-4).

 Esta es una idea central del leninismo: la revolución avanzará rápidamente en Europa; después de su victoria, por ejemplo en Alemania, Rusia se pondrá en la cola en el camino social hacia el socialismo económico, en cuanto que la estructura alemana la distanciará ampliamente. La idea de Lenin se completa con el concepto de que junto a Alemania, o mejor junto a una Europa soviética, la Rusia social podrá abreviar el camino desde sus viejas economías hasta el capitalismo y de éste, aunque sea bajo forma estatal, al socialismo.

 Esta doctrina es la negación exacta de la insulsa del país del socialismo, y del país modelo, del país guía, que obscenamente ha prevalecido después de Lenin. Entre la teoría del modelo a imitar, y la del pasaje inmediato de Rusia a la cola de la revolución, se halla la misma contradicción que entre la asquerosa vía nacional al socialismo y la enunciación poderosa que hemos señalado antes: «inevitabilidad histórica de la repetición a escala internacional de lo que sucede aquí». La teoría del modelo ruso no era más que la primera formulación de la actual superstición de la coexistencia emulativa.

 Cuando regresamos de Rusia en 1920, ante multitudes de proletarios que parecían esperar la descripción de una tierra prometida, nosotros combatimos resueltamente, como humildes alumnos de Lenin, la ilusión de que hubiésemos ido allí a ver como estaba hecho el socialismo, como funcionaba, como si fuese un juguetillo de niños, o una especie de sputnik inventado, creado.

 Si bien el socialismo no había existido aún en la tierra, nosotros como marxistas sabíamos ya como debía hacerse, y teníamos la certeza de ello para el mundo y para Rusia, donde el luminoso mecanismo humano no actuaba todavía. Resplandecía, eso si, la fuerza de la revolución en marcha, dura, dolorosa y aceptada, hacia la lejana felicidad comunista, que todos los proletarios europeos debían, y solo ellos podían, darse a si mismos y a los rusos, en el caso de que hubiesen podido abatir a todos los Estados burgueses del continente.

 En la teoría del modelo se encuentra la posición antimarxista y antileninista, que actualmente vive en la nefanda teoría de la coexistencia. En Italia fue Gramsci quien personificó ese error garrafal, cuando, comentando Octubre, escribía: La Revolución contra «El Capital». Según el materialismo histórico la revolución proletaria en Rusia, donde el capitalismo no se había desarrollado suficientemente, era imposible; como había vencido, la conclusión era fácil: estaban equivocados el determinismo económico y el materialismo; el verdadero y luminoso idealismo voluntarista crea el mito del héroe Lenin, el cual supo violentar a la historia y crear el Modelo, la tan soñada Utopía, partiendo de las condiciones más adversas. Solo había que peregrinar para besar la sagrada clámide del Profeta: se contemplaba el modelo y se volvía con la narración y el secreto del mismo para las expectantes masas de occidente que debían copiarlo.

 Pero ahí está Lenin; sin aires de mesías, y precisamente por esto más simple y grande. Él se reclama por completo al materialismo de Marx, ilumina con su dialéctica la historia viviente, y se mofa del modelo; como tal el modelo es poca cosa y no tardará en ser sobrepasado; Lenin ve y anhela que sea sobrepasado.

 Quien le había creído verdugo del Capital bajará la cabeza y abrirá los ojos a la luz: Gramsci de hecho lo hizo, mientras que la poca fuerza física sostuvo la agudeza de la mirada.

 Hoy también la luz azul de los ojos de Vladimiro se ha apagado, pero no obstante tenemos de él la valoración del repugnante modelo a imitar, que para siempre machacará, con la potencia polémica despiadada que le era propia, la boba construcción del mundo que se hace comunista por milagrosa imitación.
 

Lo que enseñó Rusia

 La revolución rusa no tenía, en la visión de Lenin, la función de presentar al mundo una estructura socialista, sino que tenía una función internacional distinta y mucho mayor, la de enseñar los medios y las armas con las que, por doquier, el poder del capital con todos sus asociados podía ser abatido.

 Esta enseñanza existía ya en las líneas dorsales de la doctrina, pero por vez primera podía verificarse de hecho, en la historia.

 No se debía ir a sacar fotografías del ordenamiento ruso – si bien entonces estaba mucho menos infectado que hoy de auténticas llagas del capitalismo mercantil y emulativo de este maldito occidente – sino que, si se nos permite la semejanza, se debía conseguir el film cinematográfico del evento revolucionario, y de él extraer lo que podríamos llamar las secuencias decisivas, válidas de manera universal para toda Europa.

 En este sentido se ofrecía, ante nuestros entusiasmos atropellados de aquella época gloriosa, un modelo no estático sino dinámico; no una fastidiosa receta, sino la flameante erupción de la palingenesia social. Lenin lo expresa así:

 «Pero en el presente momento histórico se trata precisamente de que el ejemplo ruso muestra a todos [la cursiva es de él, señores carroñeros] los países algo, y algo muy sustancial, de su futuro próximo e ineluctable» (Ibídem, pág. 4).

 Tal vez nosotros lo hayamos dicho de un modo demasiado prolijo, pero la demostración nos urge. Nuestro modelo no es un «proyecto» presente para una reproducción presente, sino que es el resultado de una lección del pasado que debe servir para un inevitable futuro.

 Aunque el hombre sea un animal ingenuamente imitativo, y la humanidad de 1960 este dando pruebas de ello, en 1920 sentimos evidente en aquella consigna la potencia del salto del pasado al futuro, y la fe de inmensas multitudes en la infalibilidad de la gran teoría revolucionaria. Se vivía una época ardiente y fecunda. Lenin escribió:

 «Los obreros avanzados de todos los países hace ya mucho que lo han comprendido y, con mayor frecuencia, más que comprenderlo, lo han captado, lo han sentido con su instinto de clase revolucionaria» (Ibídem).

 ¡Instinto, y no cultura, que es el emulador de las escuelas burguesas!

 A través de su luminoso estudio Lenin nos señalará los diversos aspectos esenciales de la línea revolucionaria universal.

 «De aquí "la importancia" internacional (en el sentido estrecho de la palabra) del Poder soviético y de los fundamentos de la teoría y la táctica bolcheviques» (Ibídem).

 Llegado a este punto el capítulo introductivo del Extremismo se aparta en cierto modo, por exigencias de la polémica que como veremos son de la mayor importancia y comportan un comentario actual. Pero las palabras escritas ahora nos ofrecen el modo de comentar todo lo que Lenin promete especificar como contenido de los aspectos fundamentales de la revolución rusa que son omnivalentes. Se trata de los «principales» y Lenin admite que tienen dos fuentes: la teoría y la táctica del bolchevismo.

 Lo que con una repercusión internacional caracterizó al glorioso partido comunista bolchevique es un sistema de principios en su doctrina. Pero nadie tiene el derecho a decir que la teoría está ligada a un sistema de principios mientras que la táctica es libre, sin prejuicios. Lo que nuestra Izquierda sostuvo en distintos congresos de Moscú, se basa en esta formulación de Lenin: también para la táctica, y no solo para la teoría, es necesario establecer un sistema de principios; además deben ser válidos para todos los países y los partidos de la Internacional. Las Tesis de Roma de 1922 fueron un buen exponente de ello.

 El texto acusa a los jefes traidores de la II Internacional y a los jefes centristas como Kautsky, Bauer, Adler que – aun no siendo triviales socialpatriotas – al no comprender la validez general del sistema de principios teóricos y tácticos que habían conducido a la victoria al partido bolchevique, "se revelaron reaccionarios" y traidores. Lenin aquí abofetea la pedantería, la bajeza y la ignominia de un opúsculo (que era de Bauer) titulado La Revolución mundial, que contrapone hipócritamente los imaginarios caracteres democráticos, pacíficos e incruentos (hoy tenemos el derecho a añadir «emulativos») de la revolución mundial a los de la revolución rusa, mejor dicho a los caracteres de la misma que deben ser los de todas las revoluciones y sobre cuya línea se conducía en 1920 – sabiendo muy bien que se jugaba el todo por el todo – la batalla de la revolución en Europa occidental.

 Después de este zurriagazo a los centristas, Lenin, nombrando a Kautsky, muestra que cuando éste era marxista, en el lejano 1902, había escrito un artículo titulado «Los eslavos y la revolución», en el cual admitía que el timón de la revolución europea podía pasar a manos de los proletarios rusos; después de que el centro revolucionario había demostrado estar en Francia en la primera mitad del siglo XIX y a veces en Inglaterra, y en la segunda mitad en Alemania. Kautsky, que en 1920 trivialmente insultaba a la Rusia revolucionaria, y refutaba con enredos el principio de la dictadura, treinta años antes había llegado líricamente a la conclusión de que tal vez estaba reservado a los eslavos, que en 1848 fueron el rígido hielo que machacó las flores de la primavera de los pueblos, ser el huracán que, derribando al zar y a su aliado, el capital europeo, habría roto el hielo de la contrarrevolución.

 Escribía bien Kautsky hace dieciocho años, exclama Lenin, ese Lenin que hasta su no lejana muerte escribió siempre del mismo modo. Hoy nosotros podemos hacernos eco: ¡escribía bien Kautsky hace cincuenta y ocho años!

 La capa helada se ha cerrado sobre la empresa ultramemorable de los proletarios eslavos, y sobre la lápida sepulcral de este hielo está escrito: ¡pacifismo, coexistencia, distensión, vía democrática y parlamentaria al socialismo!

 Mientras que Lenin vituperó a la infame Liga de las Naciones como baluarte del capital, la Rusia actual, abjurando de él, escribe esos epígrafes funerarios sobre las no menos asquerosas mesas de la Organización de las Naciones Unidas.

 Los revolucionarios marxistas no dirigen una Olimpíada de la época moderna, que pase la llama de la revolución comunista. Pero si Marx y Engels, un Kautsky aún no apagado, y un Lenin siempre luminoso, vieron esta consigna para Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia, hoy que Rusia ha caído después de cubrirse de gloria, hoy nosotros, seguros de que la gran llama resplandecerá todavía, pensamos en la Europa occidental que Lenin vaticinó al principio del Extremismo como la única que puede alzarse contra la emulativa opresión de la impúdica América y de la degenerada Rusia, y quizás hacer palanca, mientras los siniestros diplomáticos de las dos orillas tratan la resbaladiza cuestión de la pisoteada Alemania, sobre este país que (incluso tras un largo proceso) puede entrever en la historia una revolución del proletariado que se levante contra América y Rusia, ya sean enemigas o amigas.

 ¡Tal vez ese medio siglo, que los blancos hemos perdido, podrá ser recuperado en la marcha, que fragorosamente se acelera, de los hermanos amarillos y negros!
 

La dictadura y los filisteos

 No abandonaremos este capítulo introductivo del texto de Lenin sin tratar algunas deducciones de su ataque exterminador a Karl Kautsky, Otto Bauer y Friedrich Adler, porque para nosotros históricamente tiene un significado inmenso el hecho de que Lenin haya dirigido siempre sus golpes más acerbos contra estos tipos, llamados en aquellos años centristas, independientes, internacionalistas dos y medio, que estaban a medio camino entre la II y la III. Lenin los considera más peligrosos que los derechistas, socialdemócratas, o socialpatriotas, aliados abiertos y sicarios de la burguesía, cuyos nombres podían ser Scheidemann, Noske, Vandervelde, Mac Donald, etc., con sus infames gestas de la guerra y de la posguerra.

 De hecho en Alemania Kautsky fue uno de los primeros en constituir la oposición contra la mayoría parlamentaria socialpatriota (no hay que olvidar a propósito del balance sobre el parlamentarismo del cual hablaremos en su momento, que el mismo Karl Liebknecht el 4 de agosto de 1914, doblegándose ante la disciplina de partido, que era la disciplina del grupo parlamentario, votó desgraciadamente en silencio a favor de los créditos de guerra al gobierno del Káiser). En Austria, Bauer y Fritz Adler, hijo del viejo marxista Víctor, eran los dirigentes de lo que se llamó austromarxismo (¡como si pudiesen existir marxismos nacionales!): recuérdese que en Viena, Fritz fue procesado por su valiente oposición a la guerra.

 Pero esta gente, como teóricos – explotando su fama de decenios – pretendían que hubiese una incompatibilidad entre marxismo y dictadura, y difamaron ácidamente al bolchevismo y al leninismo como una violación del sano socialismo. Según esa gente los marxistas tendrían el deber de no violar las normas del libre consenso democrático, de las adhesiones desde abajo, de la opinión liberal-democrática de la mayoría de los «ciudadanos», y fueron ellos los que construyeron la más vergonzosa de las falsificaciones de Marx.

 Contra ellos se arroja Lenin a hierro y fuego, y ésta es una enseñanza histórica que nosotros, testigos y combatientes de aquella histórica batalla hasta la última gota de sangre, no hemos olvidado nunca. Esta posición real, práctica, material, que nuestros eternos contendientes definirían con el adjetivo burguesoide de «concreta», nosotros osaremos hoy denominarla, de manera más elocuente, como dictado y enseñanza, de la insuperable forma escrita de la polémica de Lenin. En sus colosales responsabilidades ante la historia, este sumamente antiescolástico guía de masas no debía arrimarse al fácil éxito de los renegados, ante la inmadurez de los proletarios que apenas habían salido de una revolución antidespótica, como habría sucedido si hubiese escrito abiertamente: no solo despreciamos la consulta y el consenso manifestado numéricamente, sino que estamos convencidos que cuando se marcha en sentido opuesto a estos avances patológicos de la servidumbre y del servilismo de la época burguesa entonces se está sobre el camino recto.

 Pero los que en aquel entonces eran jóvenes, y no se han corrompido, no podrán olvidar la norma (incluso si no se encontrase escrita en tesis o en libros de teoría): ¡Golpead ferozmente al vecino, al afín, al primo; no os equivocaréis nunca!

 Por un lado tenemos el ejemplo de Lenin, o sea la vida revolucionaria de aquellos años en la realidad de los choques entre millones de hombres, por otro el fin miserable e infame de los bobos, que con un amplio uso de la impúdica falsificación de los escritos de Lenin, y de su obra, han seguido la norma opuesta, que consiste en formar un bloque, en formar un frente, en aislar un ficticio enemigo de la derecha, que no es más que la repetición de cuanto hicieron los traidores de la primera guerra mundial. Los campeones de la tercera oleada histórica de la peste oportunista no solo han formado bloque con los socialistas del centro y de la derecha, sino que han ido más allá – no solo en época de guerra sino también en época de paz – llegando al bloque con demócratas y liberales burgueses y con católicos, y socialmente no solo con proletarios prostituidos sino además con pequeño-burgueses, y finalmente de forma descarada con una burguesía media empresarial.

 Las cuestiones teóricas no se distinguen de las prácticas. Lenin no se entretenía puramente en confundir a esos profesores acerca de la falsa exégesis de Marx; se trataba de algo muy distinto: esos canallas, en el momento en que los ejércitos sostenidos por las burguesías occidentales se lanzaban para ahogar en sangre el poder bolchevique y toda la revolución, se solidarizaron con los blancos, deseando su victoria como castigo al crimen de la «dictadura» y del «terrorismo» llevado a cabo por la gloriosa vanguardia leninista. Entonces aprendimos que siempre, cuando la victoria del proletariado se enmarque dentro de la única vía histórica «inevitablemente previsible», esta canalla tan próxima y frentista, actuará de ese modo, y si el proletariado no lo aprende, caerá traicionado.

 No por nada cuando Kautsky, el más truculento antibolchevique, escribía así, mientras en Rusia se respondía a cañonazos, Lenin escribe La dictadura proletaria y el renegado Kaustky, y Trotsky su formidable texto Terrorismo y comunismo.

 ¿En qué se diferencian Kautsky y demás ralea de esos que hoy proclaman que dictadura y terror fueron métodos «peculiares de la Rusia de 1917» y que ahora sobran en los demás países? ¿No son estos también, como dijo Lenin en una condena sin apelación, marxistas liberales, marxistas pasados con armas y bagajes al liberalismo y a la burguesía?
 

La difamación es siempre esa

 Todavía hoy se pueden escribir los nombres de los señores Bauer y Adler (ver Il Messaggero de Roma del 2 de septiembre de 1960) para recordar su crítica del bolchevismo y al mismo tiempo para declarar derrotada su teoría de un movimiento victorioso proletario y socialista «sin dictadura y sin terror»; lo que en sustancia es justo (siempre estamos ahí, desde el extremo opuesto se ve mejor que desde los escaños cercanos a nosotros, si se nos permite usar ese término del barracón parlamentario).

 Un polaco, Deutscher, después de la muerte de Stalin ha escrito un libro con el título Rusia después de Stalin. La tesis de este reciente escritor es que la Rusia moderna evoluciona hacia una forma liberal o socialdemocrática, como se quiera decir. Pero otro «rusólogo» americano, Croan, ha respondido a Deutscher que su tesis no era nueva, pues era la misma que la del famoso Otto Bauer en su libro de 1931, Capitalismo y socialismo hacia la guerra mundial.

 Si después de cuarenta años nos encontramos aún entre los pies a un Otto Bauer que Lenin había puesto fuera de combate para siempre, ¿de quién es la culpa, sino de los presuntos alumnos y apestosísimos falsificadores del leninismo?
 
 
 
 
 
 
 
 
 

III.   PUNTOS BÁSICOS DEL BOLCHEVISMO: CENTRALIZACIÓN Y DISCIPLINA
 

 Son ellos los que en el XX congreso recitan la vulgar comedia de estar arrepentidos de la dictadura y del terror, desarrollos que no son propios de la revolución anticapitalista allí donde estalle, sino solo por razones «locales» del Octubre ruso. Naturalmente para el conventículo del Kremlin la dictadura no debe ser un medio de lucha del proletariado revolucionario mundial; éste debe usar la cultura, la civilización y la emulación en lugar del terror, ¡pero la dictadura, el terror y medios aún más truculentos vienen muy bien cuando está en juego su poder!

 ¿Cuál es la doctrina «marxista» de Bauer-Deutscher? Stalin había recogido y hecho suyo el lema de Lenin, es decir que la revolución rusa eran los soviets más la electrificación. Según Bauer-Deutscher, Stalin había suprimido los soviets, presunta representación democrática auténtica del pueblo en las asambleas políticas (por el contrario son una estructura de clase para la dictadura, que, como Lenin demuestra en el texto que examinamos, quiebran si no existe la dictadura del partido revolucionario, y no son un nuevo y risible escenario para la danza del pluripartidismo) pero Stalin había llevado a cabo la electrificación. No solo eso, sino que además había llevado a cabo la educación escolástica y tecnológica del pueblo ruso. Estas son las premisas de cualquier admirable sistema democrático, atmósfera en la que según estos señores respira el socialismo, y Stalin sin quererlo ni saberlo había puesto las bases de la nueva Rusia parlamentaria, liberal, y pluripartidista, con elecciones libres, etc.

 Contra esta vieja tesis de Bauer se había arrojado el mismo Kautsky, cuyo venenoso temperamento le había llevado desde entonces a decir que el delito de la dictadura no podía ser redimido más que con una represión armada desde el exterior, que él aplaudía obscenamente.

 Kautsky injurió a su «socio» Bauer por su optimismo acerca de una «sana» evolución de Rusia, mientras que nuestro tercer hombre, Adler, tomó la defensa de Bauer. No es ningún error decir que Adler estaba animado no por la fe en la democratización de Stalin, sino por el temor al totalitarismo fascista que invadía Europa, y por la esperanza, después llevada a cabo (Adler entonces hablaba como secretario de la II Internacional, que ha podido sobrevivir a la III, vergüenza de las vergüenzas), de la salvación de la democracia burguesa del peligro fascista obtenida con la alianza rusa (infamia y ultraje supremo a la tradición bolchevique).

 Pero las oscilaciones de estos profesionales del oportunismo no tienen tanta importancia como para oscurecer el significado fundamental de su tesis. Ésta se formula así: la revolución proletaria y socialista en los países «evolucionados» y «civilizados» se desarrollará bajo formas que excluyen la dictadura y el terror. En Rusia han actuado causas que la distinguían radicalmente de los modernos países avanzados. Tales causas eran no solo el zarismo sino sobre todo la presunta y espantosa ignorancia del pueblo ruso. Si éste no hubiese sido tan inculto, no habría tolerado los métodos de ese déspota asiático que, para esos bufones era Lenin.

 Por el contrario nosotros vemos en ese método glorioso el encuentro entre el formidable instinto revolucionario del genial proletariado ruso con la formidable conquista de la visión marxista de la historia alcanzada por su gran partido marxista, que poseía la ciencia del futuro cuando los viles profesores del oeste escarbaban en la despreciable cultura del pasado.

 El instinto está en razón opuesta a la cultura difundida por la clase dominante con sus innumerables y despreciables escuelitas. Nosotros admiramos a un proletariado que ni tan siquiera tiene título de estudios elementales, pero tiene el título supremo de poseer, porque la vive, la verdad revolucionaria de la cual la ciencia burguesa está alejada siglos y siglos.

 Es vana pues la historieta según la cual Stalin se puso sobre la vía de la culturucha escolástica y con ésta llevó al pueblo ruso hasta lo más alto del socialismo. De esta forma el pueblo ruso fue llevado a lo más alto de la imbecilidad burguesa, plagada de tecnologías y de académicos, de hipócritas prédicas de augures modernos de la así llamada «ciencia que avanza», en un mundo que recula vilmente.

 Si de este atontamiento cultural del pueblo ruso no ha surgido el liberalismo parlamentario, esto no prueba que no haya una explicación determinista. Dialécticamente la burguesía vive una época de libre progreso, iluminista, que en la primera fase no es solamente de clase, sino también humano. Marx describe que en la segunda fase, tanto en las infraestructuras como en las superestructuras, habría surgido como clase y como forma de clase (asciende el capitalismo en América y Rusia) pero se habría hundido estrepitosamente como una organización social deshumanizada y oscurantista.

 La dictadura urge, ya que la sociedad capitalista en este mundo, degenera asfixiándonos y cada vez se hace más fétida por el efecto que causan entre las masas su escuela, sus medios publicitarios, y sus pregonadas conquistas.

 Tanto no podían comprender los Bauer y los Adler, tanto no pueden comprender todos los modernos plumíferos, y todos los miserables que de cuando en cuando caen con ellos dentro de las cloacas.
 

Condiciones universales

 En el segundo parágrafo el trabajo de Lenin trata de las principales condiciones que aseguraron a los bolcheviques rusos el éxito en la revolución de Octubre, o sea de las condiciones que deberán realizarse en todos los países de Europa para que el proletariado conquiste el poder. Decimos de Europa porque la perspectiva probable en 1920 se extendía sobre Europa occidental; pero puede referirse a cualquier país del mundo donde el proletariado aspire a la victoria.

 Lenin, mientras escribe, tiene ante sí dos realizaciones históricas: conquista del poder en Octubre de 1917 y victoriosa defensa del mismo contra tremendos asaltos durante dos años y medio. Estas son sus palabras:

 «Es probable que casi todo el mundo vea ya hoy que los bolcheviques no se habrían mantenido en el poder, no digo dos años y medio, sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina rigurosísima, verdaderamente férrea, de nuestro Partido, sin el apoyo total e incondicional que le presta toda la masa de la clase obrera, es decir, todo lo que hay en ella de consciente, honrado, abnegado, influyente y capaz de conducir tras de sí o de atraer a los sectores atrasados» (Ibídem, págs. 5-6).

 Antes de que Lenin explique la necesidad vital del factor disciplina, puesto en duda y contestado desde tantas partes, y defina su sentido de la disciplina en el partido y en la clase, citaremos un párrafo que aparecerá un poco más adelante y que pone en paralelo el concepto-base comunista de la disciplina con el no menos esencial de la centralización, piedra angular de toda construcción marxista.

 «Lo repito: la experiencia de la dictadura victoriosa del proletariado en Rusia ha mostrado palmariamente a quien no sabe pensar, o no ha tenido necesidad de reflexionar sobre este problema, que la centralización incondicional y la disciplina más severa del proletariado constituyen una condición fundamental de la victoria sobre la burguesía» (Ibídem).

 Lenin sabía que en aquella época, incluso en elementos que se autodefinían de izquierda, había dudas sobre estas dos fórmulas que siempre han tenido un fuerte sabor agrio: «centralización absoluta» y «disciplina férrea». La resistencia a estas fórmulas se deriva de la ideología burguesa difundida en la pequeña burguesía y de ésta se derrama peligrosamente en el proletariado, verdadero peligro contra el cual este escrito clásico fue levantado.

 La burguesía ha idealizado su papel en la historia maldiciendo el despotismo de las monarquías absolutas, a las cuales contraponía la libertad del individuo ciudadano en sus actuaciones económicas desvinculadas del control del Estado central, contraponiéndola también a la opresión de las conciencias por parte de los poderes religiosos que exigían obediencia ciega.

 El radicalismo burgués había educado según la retórica del libre pensamiento, y todo reclamo a una disciplina de las ideas era acogida como un retorno al oscurantismo clerical. La organización económica capitalista, cuyo avance histórico verdadero había sido la concentración de fuerzas productivas dispersas y la concentración real del poder en el Estado contra el desparramamiento feudal centrífugo, se enmascaraba bajo la literatura de la autonomía de las iniciativas privadas y el liberalismo económico. Hablar de centralización era rechazado como un retroceso en el camino hacia la libertad y una traición del liberalismo cuya exasperación era el libertarismo, que seducía desde finales del siglo XIX también a algunos estratos proletarios.

 Una de las falsas razones por la cual la desconfianza hacia la forma partido era alimentada peligrosamente, era que el partido, al obligar a todos a pensar del mismo modo, era una iglesia, y haciendo salir todas las decisiones de un centro era un cuartel. En tonterías de esta naturaleza, que desde hace decenios y decenios han perturbado nuestro trabajo, está el verdadero infantilismo contra el cual Lenin ataca sin compasión; pero contra el cual ha luchado con igual energía la izquierda marxista y en especial la italiana. Sí – dijimos siempre a los compañeros, tal vez de un modo más imprudente de como lo hizo Lenin, y por lo tanto más hiriente para generaciones de miserables filisteos, que aún hoy no se han extinguido – si yo estoy en el partido mi cabeza personal y sus pruritos críticos deberán callarse siete veces al día, y mis acciones no surgirán de mi voluntad individual sino de la voluntad impersonal del partido, como manifiesta y dicta la historia a través de ese mismo organismo.

 ¿Desde qué micrófono dicta órdenes esta fuerza colectiva? Contestamos siempre que hay una regla mecánica y formalista: no es la mitad más uno quien tiene el derecho a hablar, incluso si en muchos traspasos servirá este método burgués; y no aceptamos como regla metafísica el «recuento de cabezas» dentro del partido, el sindicato, los consejos o la clase: algunas veces la voz decisiva vendrá de la masa en movimiento, otras de un grupo dentro de la estructura del partido (Lenin no tiene miedo de decir, como veremos, oligarquía), otras veces por uno solo, por un Lenin, como sucedió en abril de 1917 y en el mismo octubre, contra la opinión de «todos».
 

La dictadura es una guerra

 Nuestro materialismo es sobre todo experimental, y es la lección de la historia la que nos guía, dice aquí Lenin. Si en Rusia hemos triunfado es cierto que se ha conseguido aceptando la disciplina y el uso de la centralización; dos condiciones para la victoria de la dictadura del proletariado. La aceptación total de la disciplina y de la centralización puede llevar al caso extremo de que pocos o uno hablan y deciden, los demás, que no están convencidos, o del todo decididos, obedecen y actúan. Y la historia revolucionaria continúa.

 Veamos ahora en un párrafo formidable el atroz contraste entre la disciplina y el carácter estúpido del «quiero pensar con mi propia cabeza», propio del individualista anarquista; entre centralización y dispersión, autonomía, fragmentación molecular de la producción económica y de las formas sociales.

 «La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada e implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se ve decuplicada por su derrocamiento (aunque no sea más que en un país) y cuyo poderío no consiste sólo en la fuerza del capital internacional, en la fuerza y la solidez de los vínculos internacionales de la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Porque, por desgracia, queda todavía en el mundo mucha, muchísima pequeña producción, y ésta engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora, de modo espontáneo y en masa. Por todos esos motivos, la dictadura del proletariado es imprescindible, y la victoria sobre la burguesía es imposible sin una guerra prolongada, tenaz, desesperada, a muerte; una guerra que requiere serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y voluntad única» (Ibídem).

 En estas palabras, en las que hemos dejado las cursivas puestas por el mismo Lenin, aparecen una serie de conceptos sobre los cuales sin exclusión, aún a costa de ser juzgados como pedantes, hay que detenerse y reflexionar profundamente.

 El acto revolucionario que el anarquista y el revolucionario infantil ven como instantáneo, o por lo menos reducido a las proporciones de una batalla, que para el burgués es una jornada, es por el contrario sólo la apertura del período de guerra social que es la dictadura revolucionaria. Las razones son de diverso orden, primero interno, nacional – digamos – después internacional, y después «social».

 Ante todo, arrancar el poder a la gran burguesía (ojalá fuese ya toda ella monopolista, porque la victoria inicial sería más fácil y la guerra más breve) no quiere decir que ya se la haya extirpado de la sociedad económica. El sentido de la dictadura es que desde ese momento los partidos burgueses son disueltos, y los burgueses ya no tienen ninguna representación como clase ni como personas en el nuevo Estado. El sentido del terror de clase es que se les hace entender que toda tentativa de volver a tener voz política tendrá como respuesta el exterminio de las personas. Pero esto no quiere decir que la minoría burguesa será suprimida o exiliada desde ese día. En no pocas empresas, como sucedió en los primeros años después de 1917 en Rusia, el patrón permanecerá sometido al control, no tanto de sus obreros, cuanto del Estado proletario. Este es un período extremadamente peligroso, pero menos que la total paralización de la producción física, que en la ilusión libertaria, merced a ese «gran día», surgiría del famoso ¡asociacionismo espontáneo de los productores!

 Por tanto la derrotada (a nivel político) burguesía es aún más poderosa (¡Lenin es cristalino, pero afronta la acusación de paradójico!) y, por las distintas razones que seguimos con orden paciente, ¡diez veces más que antes! Ahora puede paralizar una fábrica de munición y determinar la derrota en el frente donde actúan ejércitos de las demás burguesías nacionales. Un pelotón de ejecución de fábrica estará listo; pero si para eso se necesitan solo ocho balas, estos ocho disparos dejarán sin armas a un regimiento revolucionario entero.

 Por lo tanto razones de producción, no solo de alimentos sino también de armas, hacen a la burguesía peligrosa incluso después de que haya perdido el poder, pero aún no se la puede despojar de toda función productiva y directiva, técnica.
 

Solidaridad de las burguesías

 A continuación viene la difícil cuestión internacional. Nosotros no planteábamos y no planteamos para el futuro la hipótesis de que la burguesía pierda el poder político el mismo día en distintos Estados capitalistas. Si cayésemos en este insidioso engaño seríamos víctimas de la trampa de los socialdemócratas que pretenden la renuncia a tomar el poder «en su solo país». Esto será algo que la revolución mundial deberá hacer siempre, y solamente así podrá comenzar históricamente. El más débil de los Estados burgueses será el que haremos caer, y en 1917 lo era el jovencísimo Estado ruso, precisamente porque apenas había surgido de la caída del régimen feudal.

 El paréntesis que habéis leído en Lenin significa que para nosotros, desde el punto de vista de la «victoriosa dictadura proletaria» el caso menos favorable es que los otros Estados sigan aún en manos de la burguesía. Si en un cierto período histórico cayesen algunos otros Estados próximos, la situación de la dictadura comunista primeramente victoriosa mejoraría notablemente. Estas hipótesis hoy parecen abstractas, pero entonces estaban cerca de llevarse a cabo. En enero de 1919 en Alemania todos esperamos el triunfo de la revolución espartaquista, glorioso intento. En 1919 caímos después de haber vencido, y caímos debido a errores que se podían evitar (vacilaciones de tipo demo-libertarias en la aplicación de la dictadura), en Hungría. Poco después sucede casi lo mismo en Baviera. Lenin habla porque estos tremendos momentos estaban entonces ante los ojos de todos los europeos de la época, y teme ulteriores fracasos si hay errores al golpear y actuar.

 No hay que olvidar que en 1920, durante las semanas del II Congreso, tenía lugar la guerra ruso-polaca y se estaba a pocos kilómetros de Varsovia. La interposición de los Estados que se habían formado rápidamente tras la victoria sobre Alemania y Austria había formado un amortiguador entre la Rusia roja y las ciudadelas de Berlín, Budapest y Munich, que sucumbieron sin poder recibir ayuda. Si Varsovia hubiese sido tomada, inclusive en una operación puramente militar, dado el fuerte proletariado y el partido comunista polacos, el programa de conquistar la Europa centro-occidental se habría reanimado en la historia. Pero la astuta burguesía de Francia sostuvo con sus medios y sus «heroicos» generales a su vacilante hermana de Polonia y la oleada revolucionaria fue parada. (Son conocidas las polémicas entre Trotsky y Stalin acerca del desgraciado desvío de los comunicados rusos del objetivo vital que era Varsovia. Un telegrama equivocado puede cambiar la historia por decenios y decenios).

 Lo que Lenin dice en este texto es que la dictadura de Moscú, la primera que había derrotado a una burguesía estatal, no había recibido ningún respiro, y que su lucha continuó en las peores condiciones, pues el factor internacional jugó a favor del capital y de la solidez de los lazos internacionales burgueses, como ya hemos leído.

 Antes de pasar al importantísimo punto social, que exige el vigor de la dictadura ofrecido por el centralismo y la disciplina, está bien señalar que para Lenin no se trataba en absoluto de la asquerosa frase: ¡desinterés por los asuntos internos de los países extranjeros con un régimen distinto!

 Toda la preocupación de Lenin y de todos los revolucionarios comunistas de la época en la que se formó la III Internacional era la de apoyarse en el poder proletario en Rusia, y en primer lugar sobre las formidables enseñanzas que había suministrado su experiencia, confirmando luminosamente la «exactitud de la teoría revolucionaria marxista» (que encontraremos a continuación), para influir sobre el equilibrio interno de los «demás países», para reventarlo, para derribar su estructura constitucional. Lenin aquí discute y elige los medios; y nos quiere enseñar que sería apriorismo metafísico y no marxismo descartar alguno porque no fuese bonito, elegante, simpático o limpio, como estúpidamente hacían muchos infantilistas de izquierda. Pero primero es necesario comprender el objetivo. Según Lenin, en determinadas circunstancias, trabajando en el parlamento se puede trastornar el equilibrio nacional y hacer saltar la constitución burguesa. No hay razones «a priori» para rechazar la discusión de esta posibilidad sobre las bases positivas, y además diremos que no se puede excluir que se den situaciones históricas en las que se obtenga una respuesta afirmativa. Pero cuando se va al parlamento para respetar y defender la estructura constitucional y para incitar a las masas a perpetuarla, entonces Lenin ya no se plantea el problema: sus objetivos han sido trastocados y renegados.

 No estamos tratando ahora el parlamentarismo, pero tendremos oportunidad de mostrar el planteamiento de Lenin sobre este problema: ¿para hacer reventar lo antes posible el parlamento es útil actuar fuera o dentro de él? Nosotros nos quedamos perplejos ante su solución, y él ante la nuestra, pero frente a los que «respetan el régimen interno y la constitución parlamentaria» de Italia o de donde sea, tanto Lenin como nosotros que somos menos importantes, nos revolvimos sin piedad contra tales inmundicias.

 El concepto de que la burguesía tras la victoria de la dictadura es aún un enemigo poderoso es repetido por Lenin en otro pasaje, en el que tratará los «compromisos». Son casi las mismas palabras:

 «Después de triunfar la primera revolución socialista del proletariado, después de ser derrocada la burguesía en un país, su proletariado sigue siendo durante mucho tiempo más débil que la burguesía. Débese ello, simplemente, a las inmensas relaciones internacionales de ésta y, además, a la restauración, al renacimiento espontáneo y continuo del capitalismo y de la burguesía por los pequeños productores de mercancías del país donde esta última ha sido derrocada» (Ibídem, pág. 57).

 Por tanto cuando los modernos carroñeros dicen que Lenin fundó la teoría según la cual el país de la victoria socialista aislada debe evitar estimular la revolución en los demás países, invitándoles a «existir» pacíficamente con una estructura capitalista plena, ¿es necesario responder todavía? Lenin respondió hace cuarenta años, con dos perspectivas exactas de las cuales se ha verificado la peor para nosotros. La perspectiva buena es la de que el país que ha obtenido la victoria política socialista consiga hacer estallar la revolución en muchos países extranjeros, y así su proletariado deje de ser débil y se fortalezca contra las resistencias internas. O bien, como sucedió bajo Stalin, renuncia a la estimulación de la revolución internacional, y entonces el mercantilismo interno, los pequeños productores de mercancías, generan espontáneamente el capitalismo social interno, derrotan a la revolución y se la ofrecen a la burguesía internacional – ¡convivan pues obscenamente con ella, y con ella se unan! – ultrajando impúdicamente la tradición de Octubre y la doctrina de Lenin.

 Nosotros, comunistas revolucionarios, hemos perdido la guerra de clase, pero si bien no se ha salvado nuestra organización de partido mundial – fue correcto el temor que la Izquierda hizo llegar a Lenin – al menos se ha salvado la «exactitud de nuestra teoría». Esos que se jactan hoy de ser leninistas están en el fondo del pantano putrefacto; Lenin como teórico de la historia ha quedado muy alto e intacto.
 

El peligro social

 El proletariado comunista ha vencido y su partido controla sólidamente la dictadura; y además del peligro que viene de más allá de la frontera incluso después de triunfar en la guerra civil contra las bandas blancas, permanece un peligro interno definido por Lenin sin fórmulas dudosas: la pequeña producción.

 En el sentido marxista la pequeña producción es más peligrosa que la grande, después y antes de la dictadura; y el proceso por el cual las masas de los estratos pequeño productores sucumben puede ser denunciado por los comunistas ante la ilusa pequeña burguesía, pero no puede ser contrastado y afrontado. En innumerables ocasiones hemos mostrado la potencia de esta tesis no en algunas frases sino en todas las páginas de Marx y Engels.

 En Lenin la dialéctica marxista alcanza su cúspide, y es arduo comprenderlo; no obstante los renegados no han pecado por ignorancia sino por su abierta condición de carroña. La palabra carroña indica en sentido propio el cadáver de un animal que no es culpable de su propio hedor, y al que el animal-hombre otorga el rito y el mito más caduco, el del enterramiento. Pero nosotros usamos esta palabra en sentido figurado, como buenos huéspedes de las patrióticas cárceles. En la cárcel el delincuente no desprecia al otro delincuente, tan desgraciado como él, ya que instintivamente ve en él a la víctima, y no establece rangos dentro de la infamia. Tan solo es excluida una categoría: la carroña, o sea el espía, el delator del organismo carcelario que oprime a todos, ése que por una vil moneda hace más amarga la suerte de sus compañeros.

 Volviendo al texto de Lenin, obsérvese que la expresión pequeño productor de mercancías tiene el mismo valor que el de componente de las masas trabajadoras no proletarias. Cuando habla de esta colectividad social (que abarca campesinos pequeño-propietarios y artesanos de las ciudades, y formas afines), Lenin sostiene que el proletariado revolucionario debe hacer de ellos sus aliados, y lo sostiene no solo debido a la fase de la lucha contra el zarismo sino también por la fase sucesiva de la lucha contra la burguesía capitalista industrial y agraria. Pero cuando Lenin habla de este tipo económico y social, de esta forma espuria presente no solo en Rusia sino en otros muchos países de Europa en distinta medida, pero siempre con una relevancia numérica cuantitativa, Lenin indica que esta forma es el mayor peligro para la dictadura proletaria instaurada. Mientras que este tipo económico de la pequeña producción de mercancías, agrícolas y manufacturadas, sea tolerado en la sociedad en transformación, se dará una base sobre la cual inevitablemente, usando las mismas palabras de Lenin, se generará, cada día y cada hora, con un renacimiento espontáneo y continuo, el capitalismo, la burguesía.

 ¿Cómo evitará la dictadura comunista esta regeneración? Ciertamente no lo hará exterminando a los estratos campesinos y artesanos o pequeño-productores en general que pueden ser estadísticamente incluso más numerosos que el mismo proletariado. Si la dictadura no puede exterminar físicamente a la misma burguesía industrial, ni exiliarla o encarcelarla, por un período de tiempo en el que sea útil para la producción, con esas clases será un tiempo mucho más largo. Mientras que con una cierta rapidez se podrá abolir la propiedad privada de grandes empresas, se deberá tolerarla por más tiempo en estas empresas pequeñas (y no solo pequeñas). Sobre la duración de estas fases y sobre el error de Stalin por abreviarlas en 1928 con la presunta colectivización y exterminio de los kulaks o campesinos ricos, hemos dicho ya todo en nuestros amplios estudios sobre la estructura rusa, en particular en Il Programma Comunista, verano-otoño de 1960, en el Dialogato coi morti (1956) y en L’economie russe de la révolution d’Octobre à nos jours (1963).

 ¿Cuál es entonces el remedio deseado y propuesto por Lenin para este gravísimo peligro, durante el período en que el proletariado debe «coexistir» (aquí desgraciadamente la palabra viene como anillo al dedo) con las clases de la pequeña producción mercantil? Por el momento es solo un remedio político y de partido; y está indicado explícitamente en la disciplina y en la centralización. Esto era lo que tempestivamente habían comprendido los bolcheviques, y lo que les permitió la victoria en la colosal «maniobra» de utilizar el odio de los campesinos y de algunos estratos de la pequeña burguesía trabajadora contra el zarismo y la burguesía rusa, hasta hacía poco su aliada, asegurando no obstante la dirección hegemónica del proletariado sobre esas clases híbridas y la preponderancia del partido comunista que poco a poco desbarata y destruye a las organizaciones políticas que representaban a estos estratos: partido socialdemócrata menchevique, y partido populista socialrevolucionario, autores de una fórmula no marxista y no proletaria de la revolución rusa.

 Es indudable que en términos no eufemísticos la centralización y la disciplina se aplican con una clara subordinación. Las clases pequeño-productoras están subordinadas al proletariado, clase hegemónica en la revolución; y cuando Lenin habla de disciplina en el partido y también en el proletariado, entiende que toda la clase proletaria se subordine a la estricta dirección de su vanguardia, organizada en el partido político comunista.

 Esta posición que colocaba al partido en el vértice era la que fastidiaba los prejuicios infantiles que Lenin combate aquí. Según estos «inmediatistas», combatidos por nosotros dentro y fuera de Italia, entonces y hoy, en esta posguerra y siempre, es un sistema de consulta del proletariado el que da al partido su dirección, y la que determina, con un mecanismo más o menos electoral, la obediencia al mismo; nosotros por el contrario sostenemos que el partido debe exigírsela a la clase y a las masas, en cuanto que solo el partido sintetiza toda la experiencia histórica revolucionaria de todas las épocas y de todos los países. Lenin demuestra aquí que esto es lo que supo hacer el partido bolchevique, y por esto venció, indicando dicha vía a todos los países.
 

Historia del bolchevismo

 Los acontecimientos no permitían a Lenin en aquel incandescente año de 1920 escribir la historia completa del partido bolchevique, que él mismo indica como fuente indispensable para entender cómo se pudo formar la disciplina necesaria para el proletariado revolucionario. Pero los esbozos que da son más que suficientes para entender la cuestión.

 La base de la disciplina se encuentra en primer lugar en la «conciencia de la vanguardia proletaria», o sea de esa minoría del proletariado que se reúne en las filas avanzadas del partido, y a continuación Lenin indica las cualidades de esta vanguardia con palabras que tienen un carácter más «pasional» que racional, remarcando que, como hace en otros tantos escritos suyos (¿Qué hacer?), el proletariado comunista se adhiere al partido a través de un acto de intuición y no de racionalismo. Esta tesis fue sostenida desde 1912 dentro de la juventud socialista italiana contra los «inmediatistas» – que siempre son, junto a los anarquistas, «educacionistas» – en la lucha entre culturalistas y anticulturalistas, como se dijo entonces, entendiendo bien lo que los segundos, invocando un acto de fe y de sentimiento y no de tipo escolástico en la adhesión del joven revolucionario, probaban estar sobre el terreno de un estricto materialismo y bajo el rigor de la teoría de partido. Lenin, que demanda combatientes y no académicos, habla aquí de dotes de «devoción, firmeza, abnegación, heroísmo». Nosotros, alumnos lejanos, hemos osado hablar abiertamente con dialéctica decisión de hecho «místico» en la adhesión al partido.

 Esto en primer lugar. En segundo lugar, Lenin pide a esta vanguardia:

 «Por su capacidad de ligarse, de acercarse y, hasta cierto punto, si quieren, de fundirse con las más grandes masas trabajadoras, en primer término con las masas proletarias, pero también con las masas trabajadoras no proletarias» (Ibídem, pág. 7).

 Pero unirse no quiere decir que si la «temperatura» de las masas es fría, pacifista, conciliadora, el partido deba descender a ese nivel, como aparentan leer aquí los tartufos del oportunismo. El sentido de unirse es que cuando se produce la soldadura entre las masas y el partido aumenta la temperatura revolucionaria, ya que – como hemos expresado muchas veces, pero no con una fórmula inventada por nosotros – solo «organizándose en partido político» la informe masa trabajadora (infectada de pequeña producción) se selecciona en clase proletaria. Antes del partido revolucionario no hay una verdadera clase, sujeto de la historia y mañana de la dictadura revolucionaria.

 Pero es el tercer lugar el que más nos interesa, para aclarar los dos primeros, de los cuales es inseparable:

 «Tercero, por el acierto de la dirección política que ejerce esta vanguardia, por el acierto de su estrategia y de su táctica políticas, a condición de que las masas más extensas se convenzan de ello por experiencia propia» (Ibídem).

 Este párrafo es fundamental, ya que unido a otros muchos, establece lo que llamaremos «teoría de la exactitud». Si las masas deben verificar la exactitud de la estrategia del partido proletario revolucionario con su propia experiencia en la lucha histórica real, esto significa que el partido, a lo largo de la historia, precede a las masas.

 El partido, en virtud de su teoría interpretativa de la historia pasada, está en grado de prever en una determinada medida los desarrollos de la historia ulterior, de las luchas de clase que sucederán a las del pasado en la sucesión de las formas sociales. El partido ha previsto, y en un cierto sentido anunciado, cuáles serán en una fase crucial los impulsos que arrastrarán a las masas, y qué clase, precisamente dotada de una teoría y de un partido, tomará el papel de protagonista en la lucha. Cuando esto suceda incluso las masas con un contorno menos definido verán cómo se ha formado la parte más decidida en la lucha, aprenderán que ese partido había previsto correctamente los acontecimientos, el alineamiento de las fuerzas en un conflicto general.

 A continuación Lenin muestra cómo los campesinos rusos vieron desde 1905 que eran los proletarios de la industria los que tomaban la cabeza de la lucha. Lenin, cuando pasa a discutir la desaparición de los distintos partidos que habían intentado una teorización de la revolución que establecía la intención posterior de capitanearla, muestra el absurdo de la construcción según la cual los campesinos y en general los pequeños productores habrían encarnado en Rusia la revolución convirtiéndose en su clase hegemónica. Se trataba del populismo, cuya actitud y aberraciones teóricas se remontan por un lado al viejo Proudhon, y por otro, desgraciadamente, se vuelven a presentar hoy desvergonzadamente en la última oleada del oportunismo actual, filoruso, filokremlinista. Los mismos campesinos vieron que la partida de la liberación del feudalismo habría estado perdida si no hubiesen estado delante de ellos, mucho más combativos, los obreros con su partido bolchevique; los mismos acontecimientos liquidaron al partido menchevique, pues ante los ojos de los pequeños productores se descubrió que tales partidos, no por las insinuaciones polémicas de los comunistas, sino por los hechos, actuaban como aliados de la gran producción, y de la misma contrarrevolución.

 He aquí un ejemplo práctico de la verificación, en la experiencia de las grandes masas, de la precisión de la estrategia política del partido revolucionario de clase.

 Para que este glorioso cúmulo de circunstancias favorables fuese posible, el partido debía haber hablado antes, sin quedar como los partidos de la pequeña burguesía en espera de ver por donde soplaban los aires, o qué actitudes podían despertar el favor de las masas. La teoría del partido no solo debe ser una explicación científica de los hechos pasados sino que debe ser una combativa anticipación de los hechos futuros. Las masas deben pasar por la experiencia, pero es lícito afirmar que el partido la poseía con anticipación.

 Sobre este punto se intenta justificar la inmunda palinodia de Stalin, y hoy de sus sucesores, contra «los dogmáticos, los talmúdicos», mediante una cita de Lenin, que en estas páginas habría escrito que la teoría no es un dogma, lo cual se interpreta neciamente como que el partido siempre debe estar dispuesto y ser proclive para cambiarla y fabricar una nueva.
 

La teoría, base primaria del partido

 No está mal repetir que cuando citamos el texto de Lenin, casi en su totalidad nos servimos de la edición en lengua italiana de las Obras Escogidas editada en Moscú en 1948 (vol.II, págs. 550-612). Las vicisitudes de estos cuarenta años hacen que no sea fácil disponer de una de las ediciones originales de la época en distintas lenguas; y creemos que ni siquiera los lectores estén en posesión de ellas.

 El texto en la citada traducción, después de haber expuesto las condiciones que aseguran al partido bolchevique ruso el éxito al establecer la verdadera disciplina y centralización, que hemos ilustrado ampliamente, dice:

 «Estas condiciones no pueden surgir de golpe» [detengámonos un instante sobre esta tesis para pensar en esos espíritus errabundos, que pretenden ser marxistas, los cuales proponen: ¡Lleguemos a un acuerdo y fundemos el partido perfecto, disciplinado y centralizado! También el partido es un producto de la historia; tal es la observación central de la izquierda en todas las discusiones de Moscú acerca de la tarea y la táctica del partido] «Se forman únicamente a través de una labor prolongada, de una dura experiencia [incluso la de las gestas carroñíferas]; su formación se ve facilitada por una acertada teoría revolucionaria, la cual, a su vez, no es un dogma, sino que sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario» (Ibídem).

 Los oportunistas que no han comprendido para nada a Lenin, o que quizás si le han comprendido en muchos casos lo disimulan, glosan este pasaje de la forma que ya conocemos. La teoría nunca está completa, siempre está en transformación y solo después de que se haya completado la serie de las revoluciones proletarias será posible escribir de modo científico la doctrina de la revolución anticapitalista. Esta interpretación no solo es incorrecta, sino que además precisamente sirve para obtener un resultado y un objetivo que son diametralmente opuestos a los que Lenin establece cuando escribe el famoso Extremismo. De hecho estos señores pretenden establecer: en Rusia y en la revolución de Lenin y los bolcheviques ha habido ciertos caracteres; pero la historia mostrará que en otras revoluciones «nacionales» dichos caracteres podrán desaparecer, y no habrá insurrección violenta, no habrá dictadura, no habrá terrorismo, no habrá dispersión del parlamento democrático constituyente por parte de los soviets y del partido comunista. Lenin, por el contrario, ha querido demostrar que la revolución rusa ha destruido para siempre la versión socialdemócrata del paso del capitalismo al socialismo, y ha mostrado que esos caracteres rusos son obligatorios para todos los países. Los traidores «de derecha» de la primera guerra mundial estaban – todos lo creíamos – fuera de combate para siempre; pero Lenin se preocupó de los infantiles de izquierda que decían: ¿no podremos hacer las demás revoluciones evitando, ahorrándonos, no la lucha armada y cruenta para abatir el viejo poder (a tanto no llegaban, pero las carroñas modernas si) sino al menos el uso de un partido que despóticamente acalla las disensiones, lo centraliza todo, y pone bajo sus pies la voluntad surgida de elecciones libres?

 Lenin, en su análisis histórico de la vía bolchevique a la revolución, parte de dos hechos importantes: la disciplina y la centralización. Después ha buscado las características que le han asegurado la victoria, y ha señalado la unión con las masas puestas históricamente en movimiento revolucionario, la apasionada entrega de la vanguardia-partido, la exactitud de la estrategia y de la táctica. Sin todo esto Lenin dice que no hay una verdadera disciplina y centralización, y el poder revolucionario, incluso si es victorioso, es derrotado después. A continuación enuncia las condiciones de las condiciones favorables, e indica un largo tiempo de desarrollo y la elaboración de la larga experiencia, facilitada (el verbo puede parecer débil, pero el sentido es: hecha posible solo) por la exacta teoría revolucionaria.

 Lenin aquí no afirma sino que demuestra, y demuestra no filosofando sino exponiendo hechos, y por tanto explicará a continuación cómo y por qué el partido bolchevique, sólo en Rusia, llega a poseer la teoría revolucionaria correcta, y por lo tanto la disciplina y la centralización indispensables. No quiere escribir: yo enuncié la teoría hace treinta años y por esto «he hecho la revolución», ya que he conseguido hacer converger sobre ella la fe de tantas personas, y finalmente a las masas expectantes. En este sentido la teoría no es un dogma, y nosotros aceptamos la fórmula, y no pretendemos en lo más mínimo sustituirla por esta otra: la teoría del partido es un dogma. Pero si la fórmula fuese que la teoría del partido será en el futuro aquella que mejor se acomode a las lecciones de los hechos futuros todavía desconocidos hoy, entonces nosotros diremos que esta es la posición del oportunismo y no del leninismo, y que frente a esta fórmula prostituida preferimos aquella que dice: la teoría del partido es aceptada como un dogma.

 ¿Qué significa dogma? En sentido propio significa verdad revelada por una entidad sobrenatural a un hombre elegido por Dios, el Profeta, y que los demás no pueden ver a no ser que acepten repetir y respetar esas palabras reveladas. En este sentido nosotros estamos en los antípodas de todo dogmatismo y es obvio decirlo. Los mismos burgueses, en la fase histórica en que eran revolucionarios y las iglesias sostenían a los regímenes feudales, se jactaron de haber superado todo dogmatismo. Pero el antidogmatismo de los marxistas es radicalmente distinto del suyo. La filosofía burguesa opone a la aceptación del dogma religioso el principio de la libertad individual de crítica por el cual el sujeto, típicamente pequeño-burgués, se jacta de fabricar con su cabeza de clásico «libre-pensador» su propio pensamiento, en lugar de aceptarlo del cura escrito en una doctrinilla de iglesia. Nosotros, marxistas, por el contrario, como no hemos esperado la verdad fruto de la revelación divina, contraponemos una verdad de clase a otra verdad de clase opuesta, y antes que verlas como filosofismos o ideologismos, las vemos como armas de la lucha práctica e histórica de las clases.

 Dentro de la lucha proletaria se halla un partido de clase, y su agitación es una verdad de clase. Precisamente porque no creemos en la ciencia burguesa, que pretende ser eterna y definitiva triunfando sobre el «dogma», mantenemos que solo nuestra verdad clasista es «científica». Esto expresa que la burguesía es incapaz de alcanzar la ciencia social, y que solo la revolución proletaria y su partido pueden llegar a ella, rompiendo con cualquier forma de pensamiento burgués. Es una tesis nuestra, pero que se lee en Marx y Lenin, que esta impotencia de la «civilización» y «cultura» capitalista para poseer la ciencia social e histórica equivale a una impotencia de la ciencia en general, para conocer la naturaleza y el cosmos también en el terreno físico. No existe pues un metro común de la «ciencia» con el que se puedan medir nuestras conclusiones y las del mundo burgués. Quien crea esto es un verdadero krutchoviano, un partidario de la emulación, de la competencia para ver quien posee más capital y más técnica, que ha sustituido vilmente a la guerra civil.

 Por esto a nivel social y político la burguesía se ha refugiado en el difamado dogma, y sobre todo cuando se presenta democrática y pacifista, vuelve a recoger dentro de este dogma al ingrediente Dios, y la moral «a priori».
 

Aparición de la teoría revolucionaria

 La teoría marxista, que como veremos no fue inventada por el partido bolchevique, sino que la tomó precisamente de Europa occidental, es la única que explica la futura revolución proletaria, pero igualmente es la única que explica la revolución burguesa, al igual que todas las revoluciones, y de modo particular las revoluciones dobles, o sea las revoluciones de la historia contemporánea, de las cuales el único ejemplo victorioso – pero no el único por el que se ha combatido ha sido el de Rusia. Con anterioridad Rusia dio un ejemplo en el cual se combatió, pero que no resultó victorioso ni siquiera en el sentido burgués, con las colosales luchas de 1905, en las cuales ya el proletariado era protagonista. Esta fue una circunstancia mediante la cual el atraso de Rusia, de condición contraria, se convierte en condición favorable.

 Si no se tiene muy presente este cuadro de hechos históricos es inútil pretender leer a Lenin. Lo que se entendería sería precisamente lo contrario. El que lo lea después como un falsificador a sueldo, que se vaya al infierno.

 «El que el bolchevismo haya podido concebir y llevar a la práctica con éxito en los años 1917-1920, en condiciones de gravedad inaudita, la centralización más severa y la disciplina férrea [la cadena dialéctica no se interrumpe], se debe sencillamente a una serie de peculiaridades históricas de Rusia» (Ibídem).

 El lector-carroña, llegado a este punto, simulando olvidar que Lenin intenta poner en evidencia aquí los caracteres «internacionales en un sentido estricto» de la revolución rusa, cogerá estas frases y dirá: ¡mira como fuera de Rusia es lícito burlarse de la disciplina y de la centralización!

 Pero las particulares características de Rusia fueron precisamente que debido a la presencia del zarismo los revolucionarios emigrados adquirieron el marxismo, formándose en occidente no con libros, sino en la lucha práctica de las masas. Estas fases de lucha social práctica están dadas por las revoluciones del siglo XIX, así lo dice Lenin; por lo tanto la «teoría» marxista de la revolución está completa no solo en 1920 cuando escribe Lenin, sino que ya lo estaba en 1871, y en 1850, cuando fue delineada por Marx.

 «De una parte, el bolchevismo surgió en 1903 sobre la más sólida base de la teoría del marxismo. Y la razón de esta teoría revolucionaria – y solo de ésta – ha sido demostrada tanto por la experiencia universal de todo el siglo XIX como, en particular, por la de los titubeos, los vaivenes, los errores y los desengaños del pensamiento revolucionario en Rusia. En el transcurso de casi medio siglo, aproximadamente desde 1840 a 1890, el pensamiento avanzado en Rusia, bajo el yugo del zarismo inauditamente salvaje y reaccionario, buscó con avidez una teoría revolucionaria justa, siguiendo con celo y atención admirables cada "última palabra" de Europa y América en este terreno. Rusia hizo suya a través de largos sufrimientos la única teoría revolucionaria justa, el marxismo, en medio siglo de torturas y de sacrificios sin precedente, de heroísmo revolucionario nunca visto, de energía increíble y de búsquedas abnegadas, de estudio, de pruebas en la práctica, de desengaños, de comprobación y de comparación con la experiencia en Europa. Gracias a la emigración provocada por el zarismo, la Rusia revolucionaria de la segunda mitad del siglo XIX contaba, como ningún otro país, con abundantes relaciones internacionales y un excelente conocimiento de las formas y teorías universales del movimiento revolucionario» (Ibídem, págs. 7-8).

 Hemos resistido a la tentación de subrayar las formulaciones decisivas de este pasaje. El lector deduce de él que la experiencia requerida para consolidar definitivamente la teoría de la revolución necesita una gran lucha de masas, pero ésta aparece ya en las revoluciones del siglo XIX, y es definitiva a finales de ese mismo siglo. Podríamos citar diez pasajes de Lenin y Marx para establecer que ya la revolución francesa del siglo XVIII fue un lance de las masas del pueblo a nivel de millones de personas, y bastó para construir de una pieza la doctrina que para nosotros es inmutable desde 1848.

 Además las condiciones particulares favorables de Rusia fueron, primero, que las masas se debían poner irresistiblemente en movimiento para llevar a cabo la revolución antifeudal y antidespótica; después fueron los errores de partidos no marxistas los que condujeron a las masas hacia enormes desilusiones (la izquierda italiana en ciertos momentos, y en particular en 1918 antes de leer a Lenin, se dedicó a la «crítica de las demás escuelas» con especial hincapié en el anarquismo, sindicalismo y consejismo de empresa), e igualmente las derrotas en la lucha proletaria; en tercer lugar no fueron circunstancias asiáticas, mongolas, cosacas, como chismorrearon los inmundos adversarios desde entonces, sino circunstancias del más puro internacionalismo, es decir, la constatación de que la escuela, la palestra, y mejor aún el sangriento campo de batalla de la revolución no son nacionales, no son rusos ni tampoco alemanes, ingleses, franceses o italianos, sino que son europeos, y con una palabra que Lenin utiliza aquí impecablemente y no de forma casual, mundiales.

 Toda esta obra sirve para elevar la grandeza de la revolución rusa no como formación de un «país socialista» – fórmula miserable – sino como típica prueba, insuperable todavía, de la dinámica universal de la revolución comunista.
 

La teoría y la acción

 El texto de Lenin ha mostrado cómo la doctrina sobre la que se fundó el partido bolchevique no tuvo un origen ruso y local, sino europeo y mundial, y cómo la difusión en Rusia de tal teoría, el marxismo, única teoría exacta a escala mundial, estuvo favorecida por la «emigración» de los revolucionarios, efecto de las persecuciones zaristas. Alrededor del año 1900 en cada ciudad de Europa occidental – y de otros continentes – había verdaderas colonias de prófugos rusos expulsados o emigrados por sus posiciones políticas, que se mantenían en estrecho contacto con los partidos avanzados del exterior a los que ofrecieron una importante contribución; basta pensar en Italia en Kulischiov, Baladanov y otros.

 El debate entre las ideologías doctrinales era incesante y vivísimo en estas colonias, y a este debate le seguía otro continuo con las luchas entre las tendencias políticas en los países que los hospedaban.

 Lenin pasa a describir un fenómeno complementario e integrador de lo anterior, pero podemos decir que con una dirección contraria. Rusia ha tomado la teoría de occidente, pero al aplicarla a los hechos, en la famosa «táctica», ha sobrepasado rápidamente a los maestros y ha tenido una propia experiencia táctica de la que por el contrario, a su vez, tenían necesidad de atesorar los países que permanecían bajo el dominio burgués. Sin querer hacer simplismo o esquematismo sigamos un poco estos dos flujos opuestos que al no poderse fecundar en la historia no dieron a la revolución la victoria mundial.

 Las peculiares condiciones del movimiento ruso, que le permitieron beber rápidamente y poderosamente del pensamiento revolucionario occidental, fueron la supervivencia del despotismo, su resistencia a los ataques internos, y el reflujo de las vanguardias revolucionarias fuera de Rusia.

 La peculiar condición que permitió con una rapidez no menor acumular las experiencias estratégicas y tácticas tiene sustancialmente la misma causa: Rusia era el último país en Europa que aún no había llevado a cabo la gran revolución liberal, llamada más claramente antifeudal y antiabsolutista. Esta situación histórica la compartía solo con Turquía, pero ésta, aunque tenía entonces su capital en Europa, era un Estado asiático.

 Por lo tanto, era una previsión general la del inmediato estallido en Rusia de una revolución política «democrática» y que ésta no podía estar contenida en las formas incompletas de la concesión por parte de la dinastía tradicional de una simple constitución de tipo parlamentario.

 Desde hacía tiempo todos los socialistas habían considerado que tal revolución se desarrollaría con la presencia de un movimiento proletario mucho más desarrollado que el que habían tenido los países de Europa en las revoluciones del siglo XIX, y podía preverse un rápido «acoplamiento» de dos revoluciones sucesivas en pocos años, la revolución burguesa y la proletaria. Marx y Engels lo habían dicho abiertamente; sostenían que el poder zarista en Rusia era una auténtica policía europea contra el proletariado, y que la revolución liberal rusa podía desencadenar la revolución proletaria no solo en Rusia, sino en toda Europa.

 Sin pensar (por un momento) en lo que sucedió después, señalemos no obstante que tal previsión del acoplamiento de dos revoluciones de clase en una no era la primera formulada por los marxistas. En 1848 se teorizó completamente para Alemania.

 Otro aspecto importante. Lenin pone en evidencia que dicho «plan» de estrategia histórica no solo es rico en lecciones cuando triunfa (él está ilustrando el único ejemplo histórico favorable) sino también cuando es derrotado: él lo plantea para el 1905 ruso, pero es evidente que vale igualmente para todas las derrotas proletarias, no solo las de 1848 en casi toda Europa centro-occidental, sino también la Comuna de París en 1871, de las cuales Marx y Lenin siempre han tomado grandiosas aportaciones no solo para la doctrina de la revolución obrera sino también para los principios de su estrategia y de su táctica. También en 1871 el proletariado de París intentó lo que había intentado en 1830 y en 1848, alcanzar, saltando de una revolución democrática y de la caída de un poder dinástico, la propia victoria de clase.

 Teniendo como premisa estas aclaraciones, siempre útiles ya que a menudo son repetidas y conocidas universalmente, podemos leer el pasaje de Lenin que cierra el segundo capítulo sobre las condiciones que permitieron el éxito de los bolcheviques.
 

La construcción de Lenin

 «De otra parte, el bolchevismo, surgido sobre esta base teórica de granito, [hemos visto que dicha teoría definida en el texto como granítica es la teoría marxista, es decir, consolidada de forma inmutable y no susceptible de ningún tipo de ductibilidad o elasticidad, según un vocablo de moda entre los oportunistas, y para difamar a Lenin] tuvo una historia práctica de quince años (1903-1917), sin parangón en el mundo por su riqueza de experiencias. Porque ningún país conoció, ni siquiera aproximadamente, en el transcurso de esos quince años una experiencia revolucionaria tan rica, una rapidez y una variedad iguales de sucesión de las distintas formas del movimiento, legal e ilegal, pacífico y tempestuoso, clandestino y abierto, en los círculos y entre las masas, parlamentario y terrorista. En ningún país estuvo concentrada en tan poco tiempo semejante variedad de formas, matices y métodos de lucha de todas las clases de la sociedad contemporánea; de una lucha, además, que, debido al atraso del país y al peso del yugo zarista, maduraba con singular rapidez y asimilaba con particular ansiedad y eficacia la "última palabra" de la experiencia política americana y europea» (Ibídem).

 La construcción de Lenin en 1920 gira en torno a estas dos contribuciones: Occidente, que suministra la teoría a los rusos, y Rusia que suministra la «prueba experimental» que confirma la exactitud y solidez de la teoría, a través de quince años de convulsiones sociales en las que participan masas inmensas de hombres de todas las clases y que por vez primera en la historia tienen como resultado la instauración de su propia dictadura por parte de la clase obrera.

 La contribución de Rusia no es solo la de un campo de pruebas que permita decir "nuestra teoría marxista era la correcta"; sino también un terreno de guerra social y clasista que, al haber conducido por vez primera a la victoria, confirmando las enseñanzas dialécticas de las derrotas, permite establecer las reglas universales de nuestra estrategia y de nuestra táctica de partido.

 No se puede decir que la teoría se establece solo tras la victoria, y que todas las teorías precedentes a esta victoria eran inciertas y susceptibles de transformación. Primero, si esto fuese verdad, habría que preguntar a los que bastardean a Lenin por qué han abandonado la teoría según la cual la insurrección armada, la dictadura, el terror, la dispersión de los órganos parlamentarios y democráticos, no son expedientes tácticos locales, sino puntos vitales de la doctrina y del programa válidos, obligatorios, para todos los países.

 Al escribir la famosa frase de que la teoría no es un dogma, Lenin no ha querido decir que la teoría antes de Octubre de 1917 fuese un papel en blanco, y mucho menos que estuviese como tal después a disposición de los Stalin y Kruschov. Lenin solamente ha pretendido decir que la teoría no ha surgido (como el dogma que se basa en un texto revelado por la divinidad a un hombre excepcional elegido) del descubrimiento de un autor o de un caudillo genial, y que tampoco habría podido surgir a no ser después, por efecto, y con las lecciones, aprendidas fuera de los antiquísimos prejuicios de clase y de escuela, de grandes movimientos históricos de masas inmensas.

 Por lo tanto, y en cierto sentido por primera vez en la historia humana, las revoluciones que ha desencadenado la burguesía capitalista han adquirido la forma de movimientos y empujes no pasivos, sino activos de masas inmensas. En la revolución francesa, exceptuando tal vez a los banqueros e industriales, han combatido todos los «operadores económicos» de la época. Campesinos, siervos de la gleba, artesanos, arrabaleros, estudiantes, intelectuales, poetas, obreros de las primeras manufacturas, formaron la tropa de la guerra revolucionaria: no solamente el proletariado había ya nacido en la industria y en la agricultura, sino que además este no se empapó únicamente de ideología burguesa, pues ciertamente probó las primeras invectivas contra la nueva y naciente clase dominante, y en grupos de extrema vanguardia siguió el burdo, pero grandísimo comunismo de Babeuf y Buonarroti.

 El descubrimiento de Marx está condicionado por la experiencia histórica de la lucha de grandísimas masas en la revolución burguesa, y por la afirmación, solo posible después de aquella oleada de hechos históricos, de que la revolución no se debía teorizar por si misma como se había teorizado, sino de un modo nuevo. La doctrina de la revolución proletaria se construye dialécticamente cuando se construye la de la revolución burguesa, opuesta a ella; doctrina pregonada por sus precursores iluministas, que afirmaron o creyeron (no importa) que era la liberación de toda la humanidad, y no vieron en ella la estructura de clase.

 No quedaría nada de nuestra secular construcción de la historia, o solo conservaría un incomparable valor «artístico» por su armonía y plenitud coherente, si no fuese cierto que la primera clase que posee la clave de la historia es el proletariado moderno, y que éste no la adquiere cuando triunfa su lucha titánica y mundial, sino desde que nace y se prueba en las primeras luchas, que dirige, por necesidad histórica, no para sí sino para la clase de sus explotadores, actuando como ariete que abrirá su luminoso camino.

 Quien quiera, lo hemos dicho y lo diremos innumerables veces, puede rechazar a Marx y a Lenin, subordinando sus brillantes páginas a la idiota superstición de la charlatanería; pero no es más que una carroña, y no un contradictor, ni tan siquiera de clase, quien niega que en Lenin y para Lenin la teoría esté esculpida en una masa de granito desde que la I Internacional del proletariado la construyó sobre las lecciones de los choques de masas humanas que tuvieron como teatro la Europa de la primera mitad del siglo XIX. Y gracias a esta lección, Lenin y su partido, pudieron describir antes de que acaeciese, el acontecimiento más glorioso del drama social del hombre, la revolución rusa de Octubre.
 

Las tácticas y la historia

 La doctrina de partido, el programa, establecen el fin al que tiende nuestra lucha, y fijan las etapas fundamentales que ésta deberá recorrer en su desarrollo. Por lo tanto son fundamentos doctrinales y programáticos la insurrección armada contra el Estado burgués constituido, la destrucción de su aparato de poder y de administración, la disolución de los parlamentos democráticos, la dictadura del proletariado, la función hegemónica de la clase obrera en la sociedad sobre y contra todas las demás, la primaria función del partido político en todos estos desarrollos del gran curso; como forman parte de tal conjunto de fundamentos los caracteres sociales de la estructura comunista y los caracteres de la burguesa que, cuando llegue el momento, la revolución eliminará, hasta llegar a la sociedad sin clases y sin Estado.

 Para recorrer esta serie de etapas el partido y el proletariado deben servirse de medios adecuados. Antes de la etapa revolucionaria está completamente admitido y previsto que la propaganda pacífica y una agitación aún no armada, e incluso en ciertos períodos la intervención en los órganos de la sociedad burguesa como los parlamentos y similares, sean medios y métodos de amplio uso. Naturalmente, su utilización no puede y no debe contradecir las etapas del programa.

 La lucha incesante entre partidos, corrientes, tendencias, a menudo dentro del mismo partido, que se ha desarrollado a caballo de los dos últimos siglos, ha caído casi siempre en la equivocación de fundamentar la elección en una valoración de los medios y no en la de los fines a alcanzar. En esto consiste todo el revisionismo y el oportunismo.

 Berstein, al cual se enfrenta Lenin aquí y en todas partes, dictó la fórmula de que el fin no es nada, el movimiento es todo. A primera vista dicha fórmula parece solamente cínica, maquiavélica; parece querer decir: todos los medios son buenos, en cuanto a los puntos de llegada, no los conocemos y solo el futuro nos los mostrará. Pero pronto el oportunismo se disfrazó y se llenó de vergüenza a gran escala. Él, siempre agnóstico con respecto a los objetivos y finalidades máximas, calificó los fines y los medios: estos últimos buenos, los primeros malos. La cuestión de principio, que no la valoraba para nada en el programa, la introdujo en los medios tácticos. Lenin no dijo: es lícito escoger lo que se quiera. Lenin por el contrario llenó de vergüenza magníficamente y para siempre a todos los carroñeros, y mostró que los traidores elegían los medios de tal forma que servían a los principios que interesaban a la contrarrevolución. Hasta que apareció Lenin, el revisionista, el reformista, fue quien quería proceder lentamente, más despacio. A partir de Lenin, y de nosotros, sus últimos alumnos, esta gente fue llamada reaccionaria, o sea, conservadora y renovadora del poder burgués.

 La distinción entre las tácticas fue la que hoy hacen abiertamente los partidos de todos los países ligados a Moscú: propaganda pacífica si, lucha armada no, ni hoy ni nunca. Democracia si, dictadura no, ni hoy ni nunca (¡perdón por Lenin y Octubre; ese hombrecillo, ese incidente!). Elecciones y constituciones si, disolución de los parlamentos no, y (siempre) ni hoy ni mañana ni nunca.

 Lenin dice aquí en su largo elenco de conceptos contrapuestos que en esos quince años, y con diez partidos y muchos subpartidos más como indica en el histórico final del cuarto capítulo, todos los «medios» se pusieron en juego y sufrieron una prueba, desde el pietismo fabiano (señalémoslo como última palabra de occidente) al atentado con dinamita. Lenin dice incluso más; que, si no todos, casi todos esos medios en juego barajados en contraposición fueron experimentados por el mismo partido bolchevique, pero lo fueron en cuanto que en esos quince años ese partido atravesó ciento ochenta de historia (como dirá más adelante: «un mes contaba entonces como un año»).

 El sentido del trabajo de Lenin, en la vigilia del estudio sobre el arsenal táctico del comunismo internacional, era este: hay etapas históricas que se descartan por principio, pero no hay medios tácticos que se descarten por principio. Podemos decir que solo nuestra izquierda ha demostrado, después de cuarenta años, haber asimilado y hecho propia esta oposición.
 

«Últimas palabras» de Occidente

 Por dos veces, en dos párrafos sucesivos, Lenin ha usado la expresión de que en Rusia se estaba al corriente, según los flujos y reflujos ya descritos, de las últimas palabras de la experiencia europea, y también americana.

 No olvidemos en Lenin al polemista e incluso al ironista de primera categoría. La oleada polémica que se abatía contra él – y que en aquellos grandes años juzgamos que había sido rechazada y escarnecida para siempre por él – se apoyaba en el acostumbrado y principal argumento: en Rusia estabais atrasados, erais lo que hoy se dice un área deprimida, por lo tanto debíais permanecer quietos, sumisos y ser buenos, como mucho imitar y reproducir nuestras grandes revoluciones democráticas y liberales pasadas; pero en lo que se refiere al movimiento proletario y socialista no teníais permiso para moveros; debíais esperar antes a nuestras experiencias como países avanzados, progresivos, desarrollados (expresiones imbéciles que entonces y hoy hemos despreciado como estúpidas poses de admiración hacia un capitalismo que hace medio siglo había hecho ampliamente todo lo que podía ser útil para la economía, la sociedad, la técnica y la ciencia; y para todo lo demás, por donde se difundía, solo llevaba la represión y la ignominia) y después habríais aprendido cómo se iba hacia el socialismo en los países ya maduros (para nosotros asquerosos y podridos) para inclinaros e imitar, cuando fuera vuestro turno, una vía semejante.

 La desvergüenza de nuestros adversarios era que ellos utilizaban el marxismo como demostración de esta presunta jerarquía y cronología de las revoluciones, mientras eran vulgares inmediatistas, y pertenecían a la ralea de los comerciantes de principios a la que Marx y Engels habían fustigado sin piedad hacía decenios. A esto se unía la ingenuidad del joven Gramsci que como buen idealista gozaba porque Lenin había sabido violar la regla del marxismo, ya que él también lo leía inopinadamente.

 Cuando Lenin dice que las «últimas palabras» de occidente habían sido ya transferidas, utilizadas y cribadas en Rusia, responde que no era por una necesidad «culturalista» por lo que se iba a aprender a Europa o América, ni para obtener los títulos que permitiesen pasar a la vanguardia en Rusia, sino para aprender la correcta posición materialista y dialéctica en la cuestión del modelo, del cual, siguiendo sus pasos, hemos puesto las líneas de partida en estas páginas.

 Lo que aquí hace Lenin no es pues una concesión al concepto de la actualización ante los resultados modernos y recientes, moda estúpida del pensamiento pequeño-burgués inmediatista, sino una valiente declaración de que todo lo bueno que había que aprender lo sabían los bolcheviques desde hacía mucho, y estaban bien maduros, como sus camaradas de todos los países, los marxistas de izquierda, y en grado de dictar lecciones y normas.

La infección inmediatista del pensamiento pequeño-burgués (lo mismo que el infantilismo de Lenin) consiste precisamente en la manía de la última moda, del diploma más reciente, del hallazgo más fresco.

 En los años que precedieron a la época histórica que tratamos, jugaban el papel de depositarios de la última moda los sindicalistas revolucionarios de la escuela de Sorel, ampliamente representados en la Europa latina (en Italia por Arturo Labriola, Orano, Olivetti, Leone, de Ambris, etc) y también en América del Norte en el movimiento sindical de los I.W.W. que se oponían a la confederación sindical del trabajo, reformista y burguesa. Esta parecía ser en aquel momento la última palabra. Pero los bolcheviques no cayeron en una equivocación similar, por muy seductores que fuesen los slogans de dicha escuela frente a los de los socialistas revisionistas. Los bolcheviques se atuvieron al modelo constituido por el ala izquierda de la socialdemocracia alemana (nombre que después, tal y como habían sugerido Marx y Engels, fue abandonado por el partido de clase revolucionario) y antes de los acontecimientos de la gran guerra (en la cual casi todos los sorelianos naufragaron) estaban próximos a Kautsky como exponente del marxismo al comenzar el siglo.

 ¿Cómo razonaban los de la última palabra? Según la forma mentis del inmediatista, del infantil; o sea, colocaban los medios tácticos en el lugar de los pilares programáticos.

 Siendo en el fondo, como todos los burgueses radicales, verdaderos progresistas y evolucionistas, catalogaban los «nuevos cursos» que a su parecer aparecían en la historia. El esquema era de este tipo: en la revolución francesa se ha empezado con el club político, que ha dado después origen a los partidos. El movimiento proletario ha pasado de los pequeños clubs de conspiradores a los grandes partidos parlamentarios electorales y se ha jactado, siguiendo el modelo alemán (¡acusaban de esto al coherentísimo revolucionario Engels!) de llegar a la conquista pacífica del poder. Pero las masas han visto que la forma partido degenera inevitablemente hacia la derecha, y se dirigen hacia una forma de organización exclusivamente económica, el sindicato. Las elecciones han sido sustituidas por la huelga general y la acción directa, o sea la lucha sin la mediación del partido que acoge, según la genial fórmula de Marx, a hombres de todas las clases. Desde entonces los partidos políticos, según ellos, no pueden servir más al proletariado.

 De este cúmulo de enormes errores históricos y de falso revolucionarismo se salvaron los bolcheviques rusos gracias a ese doble efecto: la conexión con el marxismo originario clásico, que los sorelianos y compañía atacaban desde su doctrina-base, y la experiencia rusa que ya había mostrado, en nihilistas, anarquistas, bakuninistas y populistas, la inconsistencia de estas actitudes pequeño-burguesas. Como recuerda Lenin aquí, en la lucha ideológica preliminar (en su construcción dicho contraste fotografía anticipadamente el choque futuro de las masas activas), los marxistas bolcheviques se habían encontrado a «economicistas», «marxistas legales» y «liquidadores», los cuales, encaminándose hacia un error que no era nuevo porque en cierto modo su ejemplo alemán era Lasalle, denunciado por Marx hacía mucho tiempo, sostenían que era conveniente liquidar la lucha política y el partido que iba a chocar contra la tremenda armadura estatal del zarismo, y plantear una lucha económica de los obreros industriales contra los capitalistas, desinteresándose de la revolución antizarista.

 Como demuestra Lenin, la doctrina y la historia habían enseñado a los bolcheviques la vía revolucionaria útil. Su ideología y su actividad supieron tomar y abarcar todas las formas, el pequeño cenáculo y las grandes masas, el trabajo sindical y el parlamentario incluso en las Dumas reaccionarias, la conspiración secreta y la huelga general insurreccional, pero poniendo a salvo las posiciones de principio: no poner nunca en discusión la cuestión del Estado; ya sea todavía feudal, o burgués; no quitar nunca el lugar primario a la forma partido; comprender que la huelga general es revolucionaria en cuanto deja de ser económica y se transforma en política, es decir, cuando deja de estar personificada por los sindicatos, y junto a estos está personificada por el partido revolucionario; y la misma lucha social de las masas no conduciría a plantear la cuestión histórica del poder si las masas y la misma clase obrera industrial no tuviesen como protagonista al partido político.
 

La izquierda en Italia

 El efecto de las circunstancias históricas conduce a la izquierda del partido socialista italiano a posiciones que presentan una gran analogía con las descritas hace un momento para los rusos, y explican como, no solo a causa de una buena lectura de los textos o por el descubrimiento de eficaces lectores, se construyó una defensa contra las influencias del inmediatismo-infantilismo, que son las que preocupaban a Lenin.

 Hacia 1905, en Italia, el campo de las tendencias en el seno del movimiento socialista, dejando a un lado a los grupos menores o que rápidamente desaparecieron de la lucha sin dejar grandes huellas, parecía dividido claramente en dos: reformistas y sindicalistas revolucionarios. Estos, siendo coherentes en cierto sentido con su ideología, acabaron por escindirse del partido concentrando su acción en la Unione Sindacale Italiana, y organizándose sin una verdadera y propia red nacional en «grupos sindicalistas», que híbridamente disimulaban su naturaleza política en cuanto mantenían ser no solo aparlamentarios y aeleccionistas, sino también apartidistas. Este agnosticismo no debía impedir en algunas localidades experiencias electorales que fueron bastante extrañas, llegando incluso a bloques populares en las elecciones administrativas.

 En el extremo opuesto el partido cayó cada vez más hacia la derecha, y fue dirigido por reformistas abiertos que tendían a lo que entonces se llamaba «posibilismo», es decir, participación en los ministerios burgueses, como había sucedido en Francia. A tanto no se llega en Italia, pero los jefes reformistas dominaban en el grupo parlamentario del partido y en la Confederazione Generale del Lavoro, que reunía en su seno a la mayoría de las organizaciones económicas, con una táctica más que minimalista que aborrecía las luchas abiertas y las huelgas.

 Ahora bien, en Italia una corriente ortodoxa del partido tuvo claro a tiempo que estas dos tendencias, en apariencia decididamente opuestas y envueltas en una fiera e injuriosa polémica, los sindicalistas y los reformistas, tenían por el contrario muchos puntos en común, y estos eran aspectos negativos que quitaban eficiencia a la lucha de clase de un proletariado, en la industria y en el campo, explotado ferozmente por la izquierdosa burguesía nacional.

 Al igual que los marxistas rusos, los italianos rechazaron la errónea antítesis: partido y colaboración de clase contra sindicato y lucha de clase. La forma organizativa sindicato no era menos, sino más accesible que cualquier otra a desviarse de la lucha de clase y de la acción revolucionaria; más bien el reformismo parlamentario se nutría de la red sindical, la cual necesitaba defensores políticos dentro de la red burocrática de los ministerios burgueses.

 El sindicalismo no está a salvo en absoluto de la enfermedad de la transacción entre las clases que desde su red va a enraizarse en la del partido. La solución no está en elegir una u otra forma organizativa, y por tanto la victoria sobre el reformismo no podía esperarse de los sindicalistas sorelianos y anarquistas de la Unione Sindacale. En Italia antes de la guerra, una persona cuya inteligencia y cultura no eran precisamente pequeñas, la misma que posteriormente no tuvo miedo de la fórmula de la dictadura, Antonio Graziadei, teorizó lo que entonces parecía y no era una contradicción en términos: el sindicalismo reformista. Por lo demás la fórmula había nacido en el movimiento inglés con el Labour Party, al cual se adhirieron como secciones de base las uniones sindicales, que a su servicio desarrolla la acción parlamentaria y nunca ha dudado en llevar a cabo la acción ministerial.

 Todo obrerismo puro en la forma de organización es susceptible de degenerar en colaboración entre las clases; y otro punto que no estuvo nada claro, salvo para la mejor corriente marxista en Italia, es que la salvación no está en inventar otra forma inmediata, el consejo de fábrica.

 La perspectiva del ordinovismo, que ductilmente se mimetizó como partidario del leninismo y de la revolución de Octubre, fue en origen la de tejer en toda Italia el sistema de los consejos, adherido «inmediatamente» a la estructura de las empresas de producción capitalistas, y sustituir con él a la Confederazione del Lavoro reformista. La crítica al partido socialista por la parte negativa fue correcta, pero faltaba en ella la idea de fundar el partido revolucionario, porque en sustancia el sistema, el movimiento de los consejos, era otro sucedáneo del partido, como de costumbre una nueva receta para un nuevo curso. ¡Vieja pero inmortal ilusión!

 Ante las primeras noticias de Octubre, se vio la misma «invención patentada» en los soviets, por parte de quien solo conocía a Marx de oídas y a Lenin por lo que de él decían los periódicos.

 Pero si continuamos leyendo las páginas del escrito de Lenin – mejor ni palabras ni páginas, que dirían poco, sino la verdadera lección de los hechos históricos de la revolución de Octubre – entonces extraeremos las tesis que la izquierda italiana ha hecho suyas desde hace medio siglo. La forma fundamental para la revolución de la clase es el partido político, ya que política es la lucha insurreccional por el poder. Boicotear los sindicatos tradicionales capitaneados por los reformistas es un error, como de hecho demostraba la «experiencia de occidente» con el fracaso de los sindicalistas «extremos» en Francia e Italia los cuales rechazaban la forma partido. Un error análogo sería abandonar la forma sindicato por la nueva forma del consejo de empresa. Más adelante Lenin explica que sería otro error tomar el soviet (órgano abiertamente político, cuando se entendía lo que era, y no un sistema ligado a la producción, tal y como sostenían los inmediatistas) como un sustituto del partido político.

 Un poco después nos dirá Lenin que los bolcheviques formularon con prudencia graduada la fórmula todo el poder a los soviets, ya que un gobierno de los soviets cuya mayoría sea menchevique o populista sería una fórmula no revolucionaria; sería más bien un acto no revolucionario, ya que «ninguna fórmula organizativa o constitucional es por sí misma revolucionaria». Los bolcheviques primero esperaron a tener los soviets en sus manos y después desencadenaron la insurrección, porque el contenido de su agitación, fórmulas verbales aparte, fue en realidad: todo el poder al partido comunista. No se trata de una táctica con doble rostro, sino de una línea continua concebida antes del evento con una claridad única en la historia: en julio de 1917 los soviets tienen una mayoría oportunista y Lenin (¡¿tal vez bombero?!) frena la insurrección. En octubre el momento está maduro, los soviets están a la izquierda, por lo tanto se podrá, apoyándose en ellos, disolver la asamblea constituyente elegida, y Lenin invoca el comienzo de la acción, en contra del mismo comité central del partido (y cualquier filisteo formulista dirá pronto: contra el partido y su jerarquía legal); ¡y trata como a un traidor a quien quiera retardarla aunque sea una hora!

 Para cerrar este paréntesis italiano, antes de la guerra la izquierda marxista había intuido que las dos vías, la de los reformistas y la de los sindicalistas, estaban teóricamente equivocadas y había adoptado la posición correcta para el partido revolucionario. Antes de la guerra esta fórmula tuvo una expresión insuficiente con la sola intransigencia electoral, pero en la vigilia de la guerra y durante la misma (1914-18) sirvió para evitar al partido italiano el fin innoble de los grandes partidos de Europa occidental.

 Hasta los congresos de la preguerra, la izquierda en Italia no se limitó a negar la colaboración de clase en la política parlamentaria, sino que supo plantear claramente la cuestión del Estado. Estaba contra los reformistas porque creían posible la conquista pacífica del Estado democrático, y estaba contra los anarco-sorelianos porque, aún siendo justa su reivindicación de la destrucción del aparato estatal burgués, negaban la función de un Estado proletario surgido de la insurrección. Aunque éste no fue entonces un problema puesto en la actualidad histórica y en la táctica, fue puesto como para los bolcheviques de 1903, en el terreno de la teoría, como una recta aplicación del determinismo económico a la previsión correcta del paso del capitalismo al comunismo; paso directo e «instantáneo» en el sentido militar, en cuanto hecho político; paso complejo en el desenvolvimiento social referido a las transformaciones económicas, en función del desarrollo, atrasadísimo en Rusia, semimoderno en Italia, modernísimo por ejemplo en Inglaterra.

 En esto reside la sustancia del Extremismo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

IV.   CARRERA HISTÓRICA (CONCENTRADA EN EL TIEMPO) DEL BOLCHEVISMO
 

La formación revolucionaria

 Lenin,en su tercer capítulo, ofrece una rápida historia de los procesos que permitieron al partido bolchevique encaminar su acción sobre la vía de las energías revolucionarias. Una mirada igualmente rápida a este capítulo permite desmentir la consabida leyenda, es decir, que los acontecimientos y el ardor de las masas habían revelado al partido un camino inesperado, ofreciendo por vez primera una clave de la historia revolucionaria antes ignorada, que después de la victoria podía ser utilizada en todos los demás países. Desgraciadamente, el oportunismo militante ya ha abandonado esta posición para asumir otra mucho más vil, según la cual se deben considerar como idolejos el nombre de Lenin y del bolchevismo y la tradición de Octubre, pero no debe anunciarse a los demás países ese verbo que se reveló por primera vez en Rusia.

 El trabajo de Lenin parece escrito para responder a tal falsificación. La verdadera razón por la cual, las líneas esenciales del proceso que conduce hasta el victorioso Octubre de 1917 serán propias de la lucha del proletariado de todos los países, se halla en el hecho de que no aparecieron como por un milagro imprevisible en Rusia, sino que confirmaron estrictamente las previsiones de una doctrina universal de la revolución proletaria, a la que después de medio siglo de su formación histórica los revolucionarios rusos habían llegado felizmente. Hubo condiciones particulares en Rusia, algunas favorables, algunas, como el curso sucesivo reveló, desgraciadamente adversas, pero Lenin escribe aquí y lucha fieramente durante toda su vida para poner en evidencia los caracteres comunes de la revolución rusa y de todas las revoluciones obreras.

 Lenin parte de 1903 porque en ese año el partido bolchevique se separó de la socialdemocracia menchevique, que se juntaba al revisionismo europeo de aquellos marxistas que quisieron cambiar las bases revolucionarias de la doctrina y de la acción del partido proletario internacional; y desde ese año, al ser completamente distinto de todos los demás partidos que se oponían al zarismo – que eran partidos revolucionarios en un sentido antifeudal – influyó sobre la situación real y vio reflejadas estas influencias de un modo completamente original, y con unas conclusiones acerca de la eficiencia de sus posiciones muy distintas a las de los demás partidos. Para el bolchevismo, Octubre significó la confirmación y la victoria, para todos los demás, mentís y derrota.

 Cuando todavía faltaban 14 años para la revolución, el partido de Lenin ya había aprendido las directrices que conducían a la victoria histórica, y no fue ésta la que se los enseñó y le fabricó una teoría, ya que se trató solamente de una verificación, grandiosa y gloriosa, pero verificación de una doctrina preexistente, desastrosa y mortal para las doctrinas de todos los adversarios.
 

Preparación y primera revolución

 Todos presienten que se acerca la revolución contra el poder despótico de los zares y de la nobleza feudal. La situación es revolucionaria para todas las clases de la sociedad rusa y para sus «portavoces»: los partidos políticos y sus grupos que trabajan en la emigración en el extranjero.

 La lucha ideológica entre las distintas clases en contienda precede pues a la lucha armada que tendrá lugar en 1905-1907 y también en 1917-1920, como establece Lenin textualmente. Las armas teóricas se forman por lo tanto antes del choque de las fuerzas sociales; éste es el sentido general de la teoría del materialismo histórico y de la lucha de clases, tal y como se aplica a todas las revoluciones de clase y no solo a la anticapitalista.

 Quien crea que del desarrollo de las guerras entre las clases surge la posibilidad de enriquecer su expresión teórica e ideológica, pone el marxismo patas arriba. Cada clase tiene una ideología revolucionaria mucho antes de batirse por la conquista del poder, la clase proletaria también comienza su lucha primero en el terreno de la lucha política y de la agitación, y después en el conflicto insurreccional; su privilegio con respecto a las clases revolucionarias precedentes es el de poseer, en su partido político, la correcta doctrina del curso histórico y la correcta explicación de las luchas de las demás clases, que las interpretaban falsamente. La burguesía, antes de su revolución, ya poseía un bagaje crítico y cultural que perfilaba el fin de las monarquías feudales y clericales, pero dentro de esta perspectiva del futuro era falsa la visión según la cual la llegada de la libertad democrática haría desaparecer las luchas de clase y la desigualdad social; la misma revolución francesa, que fue una revolución «simple» y no «doble», como la rusa, suministró, al movilizar a masas inmensas, la posibilidad al partido de la nueva clase proletaria, del cuarto estado, de implantar la nueva doctrina, es decir, la nueva previsión del desarrollo del futuro histórico.

 Lenin describe las diversas clases rusas: burguesía liberal, pequeña burguesía de la ciudad y del campo (arropada con la enseña de las tendencias «socialdemócrata» y socialrevolucionaria, como dice Lenin), y proletaria revolucionaria representada por el partido bolchevique, además de las «innumerables formas intermedias». El movimiento polémico de estas tendencias ofrece un anticipo fotográfico de su futura lucha abierta; y no eran precisamente las luchas y sus formas las que habían dado a ningún grupo la fórmula histórica de agitación. ¿Hay alguna duda acerca de si Lenin pensó así? Leamos: «En el extranjero, la prensa de la emigración plantea teóricamente todos [cursiva en el original] los problemas esenciales de la revolución».

 Las tendencias que habíamos citado «anticipan y preparan, con una encarnizada lucha de concepciones programáticas y tácticas, la futura lucha de clases abierta».

 Y además «Todos los problemas que motivaron la lucha armada de las masas en 1905-1907 y en 1917-1920, pueden (y deben) observarse, en forma embrionaria, en la prensa de aquella época».

 El autor insiste sobre este concepto: «Más exactamente: en la lucha entre órganos de prensa, los partidos, las fracciones y los grupos van cristalizando las tendencias ideológicas y políticas clasistas de verdad; las clases se forjan un arma ideológica y política adecuada para las batallas futuras» (Ibídem, pág. 9).

 Utilizamos aquí los textos ya citados editados en 1920, uno francés y otro alemán, suministrados por compañeros que han atendido nuestra petición (3). Por ejemplo, en el párrafo citado antes, después de las palabras: "la próxima lucha de clase abierta" falta en la reciente traducción estalinista la otra frase: "y dan una representación anticipada de ella". Por tanto, Lenin piensa que al igual que las polémicas de tendencia en los años precedentes, las luchas pondrán en escena una prueba general de la revolución.

 Esta es la derrota del «concretismo», el cual aconseja: Mira primero lo que sucede, y luego hablas. Un paso más y aparece el doble juego tan conocido en Italia: Podrás ver quién es más fuerte, y jurar después que siempre has hablado con él, cuando aprendas a... callarte.

 La posición de Lenin es la opuesta a la vieja banalidad que contrapone la acción a la polémica con las doctrinas opuestas: ¡No perdáis tiempo escribiendo, polemizando y dividiéndoos en grupitos; salgamos a la calle, y lo sabremos todo! La conclusión de Lenin, y la nuestra, puede formularse así: oportunista es quien defiende que la teoría sigue a la acción, revolucionario es quien defiende que la teoría precede a la acción.
 

La primera «verificación»

 «Años de revolución (1905-1907). Todas las clases actúan abiertamente». Para esto es necesaria la lección de la acción de las masas: «Todas las concepciones programáticas y tácticas son contrastadas por la acción de las masas».

 ¿Cuál es el sentido de esta verificación? Que las masas, en una situación objetivamente madura (como era exquisitamente la de un régimen que había desaparecido de Europa hacía medio siglo, y mucho más después de una guerra desastrosa contra Japón y por lo tanto en plena crisis económica y política) optan por la dirección del partido cuyas previsiones concuerdan mejor con el impulso que las mueve.

 Lenin indica a continuación uno de los fenómenos originales de una revolución antidespótica en la cual, por el desarrollo de la producción capitalista que ya estaba presente, encontramos especialmente en las grandes ciudades un verdadero proletariado. Por vez primera no es la lucha de barricadas de un pueblo informe, sino que se recurre a la huelga. («El arma de la huelga adquiere una amplitud y una agudización sin ejemplos en el mundo»). La huelga era la lección ofrecida por los trabajadores de la Europa occidental; pero es aquí, en Rusia, donde la lección se potencia más. El fin de la huelga ya no es el choque económico en la fábrica; la nueva fórmula que los marxistas de izquierda propugnaban desde hacía tiempo triunfa:

 «Transformación de la huelga económica en huelga política y de esta, en insurrección» (Ibídem).

 En 1905 estaban en Europa los sindicalistas revolucionarios sorelianos, de los que ya hemos hablado, que propugnaban la huelga general como forma máxima de la lucha proletaria, como expresión revolucionaria de la «acción directa» de clase, mediante la cual los trabajadores actuaban ellos mismos sin servirse de representantes o intermediarios. Estos no solo habrían sido los diputados socialistas, sino los mismos partidos políticos socialistas. Dicha actitud habría sido extremadamente derrotista, pero en cierto sentido estaría justificada por la actitud de los partidos socialistas de la época que se oponían a las huelgas, deprecaban contra la huelga general y se oponían a su uso.

 Muy superior era la posición del proletariado ruso que no sólo había aprendido del ejemplo de las masas obreras de países donde la industria estaba mucho más desarrollada y con unos orígenes menos recientes, sino que seguía desde entonces a un partido político revolucionario, el cual supo ponerse en el centro y a la cabeza de las colosales huelgas de Moscú, Petersburgo, Odessa, Varsovia, etc. Está claro que entonces nadie podía negar el contenido político de la huelga y de toda la lucha, que tenía en su contra a la policía zarista con sus exterminadoras masacres. Huelga política; huelga insurreccional; huelga a cuya cabeza está un partido revolucionario: esta es la verificación no solo de una polémica entre rusos, sino de una polémica que abarca a toda Europa.

 Naturalmente la interpretación dialéctica de la situación rusa debía ser lo suficientemente potente como para superar la dificultad que la naturaleza revolucionaria y de guerra de clase de la política proletaria planteaba, en función no solo del abatimiento de un régimen autocrático, sino también del burgués liberal de tipo occidental. Esto es lo que sostenían los marxistas de izquierda en Europa, y se mostró más claramente tras la gran victoria de Octubre en Rusia.

 Nuestro texto sigue mostrando el alcance de la inmensa, histórica, «verificación». Lo hace por grandiosas etapas. «Comprobación en la práctica de las correlaciones entre el proletariado dirigente y los campesinos dirigidos [por él], vacilantes e inestables» (Ibídem).

 Otra gran lección de la revolución rusa es la parte dominante de las ciudades con una gran población que se ponen a la cabeza de la revolución, porque en ellas vive el gran proletariado industrial. Era la lección del 1848 europeo, cuando París, Berlín, Viena, Milán, y otras tantas se alzaron en armas. Pero en aquel entonces en las ciudades participaban en la lucha, junto a los obreros que no estaban tan agrupados y maduros como en la segunda mitad del siglo, los intelectuales, los estudiantes, etc., y la doctrina del proletariado como clase hegemónica aún no estaba completa. Las provincias y los campesinos seguían lentamente, cuando no albergaban en su seno movimientos del tipo de La Vendée. No obstante en la teoría de la cuestión agraria y en la táctica agraria el ejemplo italiano estuvo presente en Lenin, que en Rusia se apoyaba ansiosamente en los campesinos proletarios más que en los «pobres», como se ha querido entender.

 En las tesis de Lenin el campesino pobre no es tanto el poseedor de poca tierra que le permite unas condiciones de vida peores – entonces – que las del asalariado urbano, como y en primer lugar el asalariado rural, que en Rusia era relativamente poco numeroso. Había países, siendo un ejemplo clásico Italia, donde no solo el asalariado sin tierra, el bracero, prevalecía estadísticamente sobre los demás estratos de la población agraria, sino que tenía una tradición de lucha de clase de primer orden y no inferior a la de los asalariados urbanos. Italia ya había ofrecido el ejemplo de grandes huelgas generales políticas en las que los campos habían tenido una participación no secundaria con respecto a las ciudades, y en las que los braceros agrícolas se habían batido con un espíritu revolucionario de gloriosa memoria y de primera magnitud.

 El fascismo fue un movimiento de la pequeña burguesía agraria pagada por el Estado burgués y por la gran burguesía rural y urbana para desmantelar las organizaciones de los asalariados del campo antes que las de los asalariados de la ciudad. Los primeros no eran menos batalladores que los segundos, pero razones de estrategia de la guerra de clase, en la cual la burguesía tomó la iniciativa con el empleo de las fuerzas militares estatales, hacían posible atacar a los rojos rurales concentrados en masas menores que en la ciudad, agrupando escuadras de jóvenes burgueses y pequeño burgueses amparados por formaciones estatales contra una localidad con poca población, contra sus proletarios, sus ligas y su «Camera del Lavoro». La historia de la defensa de los proletarios rurales fue simplemente heroica, dadas las condiciones desfavorables en las que se llevaba a cabo, y si los proletarios urbanos cayeron con una resistencia menor fue a causa de la inexistencia de un planteamiento de lucha a nivel nacional, saboteada por los derechistas y centristas del movimiento político.

 No es esta una digresión fuera de tema, ya que el texto que comentamos nos indica cómo se sacan lecciones de las derrotas. Estas lecciones tienen un sentido contrario al de los hechos históricos y al de la lección de Lenin, cuando las carroñas de los partidos políticos socialcomunistas tienden a desproletarizar a los braceros y colocan delante de sus intereses los de los pequeños propietarios colonos y aparceros, no solo pobres y semipobres sino también medios y ricos, es decir de los estratos que suministraron efectivos al escuadrismo, si bien la gran burguesía les engañó con el fascismo, y los engañará hoy con la traición socialcomunista de la revolución.

 Queremos aclarar que la fórmula clásica de Lenin: proletariado dirigente, campesinos guiados, oscilantes, inestables, pone a los braceros rurales en la parte de la vanguardia dirigente revolucionaria y no en el pantano de la oscilación y de la inestabilidad. Si la vanguardia tiene un partido que no traiciona, la masa oscilante tomará partido por la revolución; pero si el partido traiciona y falta, tomará la oscilación opuesta y caerá bajo la influencia fascista o democrática, súcubos en ambos casos de la burguesía capitalista contrarrevolucionaria.
 

Organos políticos de la revolución

 En la lectura del texto de Lenin hay que tener presente que éste tiene como objetivo poner las contribuciones de la verificación rusa al servicio de la revolución occidental. En él se encuentra la respuesta al problema: ¿Los famosos soviets o consejos obreros y campesinos, aparecidos en la revolución de 1905, y protagonistas de la revolución bolchevique de 1917, son una forma propia de Rusia, o nos dan un tipo aplicable a todos los países? Una primera opinión podría basarse en el hecho de que en Rusia la situación en aquellos años era la de una minoría de proletarios de la industria contra una gran mayoría de campesinos, pero la posición de Lenin es completamente dialéctica. Si en aquella situación la función revolucionaria de los soviets estuvo asegurada por la presencia del partido revolucionario de clase, que conquistó los soviets contra los oportunistas, dirigió la insurrección y asumió la gestión del poder proletario, este proceso se presenta con mayor razón como más favorable en occidente, donde las clases campesinas y la pequeña burguesía tienen un peso social menor, (pero no despreciable), con la clara condición de que el partido marxista revolucionario derrote dentro de las organizaciones y representaciones revolucionarias a los oportunistas, cuya función en la primera guerra fue la de uncir a los estratos semiproletarios, desnaturalizando al auténtico proletariado, al carro nacional burgués (¿y qué otra cosa hacen los oportunistas que se extienden después de la segunda guerra mundial?).

 La breve frase de Lenin es esta: «Nacimiento, en el desarrollo espontáneo de la lucha, de la forma soviética de organización. Las disputas sostenidas entonces acerca del papel de los Soviets son un anticipo de la gran lucha de 1917-20» (Ibídem).

 Para cerciorarnos de que no concluimos y no concluiremos en una fe milagrosa hacia la «nueva forma» del tipo "el soviet siempre tiene razón", citaremos antes de la indispensable ilustración otro pasaje, que aparece en las páginas siguientes:

 «La historia ha hecho esta jugarreta: los Soviets nacieron en Rusia en 1905; fueron falsificados de febrero a octubre de 1917 por los mencheviques que fracasaron por no haber sabido comprender el papel y la importancia de los mismos, y hoy ha surgido en el mundo entero [subrayado de Lenin] la idea del Poder de los Soviets, una idea que se extiende con rapidez inusitada entre el proletariado de todos los países. Mientras tanto, los viejos "héroes" de la II Internacional fracasan también en todas partes por no haber sabido comprender, igual que nuestros mencheviques, el papel y la importancia de los Soviets» (Ibídem, pág. 13).

 Por otra parte, una vez que Lenin ha hablado de la segunda revolución (de febrero a octubre de 1917) dice:

 «En pocas semanas, los mencheviques y los "socialistas revolucionarios" dominaron a la perfección todos los procedimientos y modales, argumentos y sofismas de los "héroes" europeos de la II Internacional, de los ministerialistas y de toda la chusma oportunista» (Ibídem, pág. 12).

 ¿No deben pues sufrir la misma bancarrota los héroes de la actual balsa de salvamento de la III Internacional, que han relegado en Rusia la función histórica de los soviets, y adoran en occidente la de los parlamentos, en espera de ser nombrados ministros, como ha sucedido ya otras veces? Esto es tan evidente que nuestro comentario sobre los soviets en el pensamiento de Lenin apenas es necesario.

 Es sabido que aprovechando la primera frase acerca del nacimiento de los soviets del desarrollo espontáneo de la lucha, se describe a Lenin como el teórico de la «espontaneidad», según la cual el partido comunista debería sólo esperar que las masas descubran o inventen por sí mismas las formas de la revolución, sin atreverse a preverlas antes. Tal banalidad es propia del modo de pensar de los más fieros enemigos de Lenin (flagelados aquí también por él), los revisionistas, que no querían que se hablase de fines sino solo del movimiento que sería un fin en sí mismo, o que se plantea sus mismos fines de un modo imprevisible; y por otra parte es propia de los idealistas como Gramsci, que veían como Lenin renunciaba al determinismo marxista e inventaba formas nuevas.

 Los soviets, se dirá, no habían sido profetizados por ningún teórico; en los libros de Marx no aparecen, ni Lenin había hablado antes de ellos. Pero este sofisma consiste precisamente en la ignorancia de la función y de la importancia «internacional» de los soviets que Lenin atribuye a los mencheviques y centristas (un poco más adelante atacará a los idealistas, reconociendo en ellos a los izquierdistas infantiles, y es necesario indicar que los izquierdistas italianos en todo momento habían defendido el materialismo y el determinismo).
 

Forma y contenido

 Los soviets son la forma de organización del poder proletario, e incluso puede decirse que son la forma constitucional del Estado proletario. La teoría de la revolución no solo es indispensable, sino que existía en los términos que precisamente Lenin reivindica aquí. Estaríamos dentro de la utopía si describiésemos las formas de organización de la sociedad futura, del Estado futuro; estamos dentro de la teoría del comunismo científico cuando describimos las fuerzas de la revolución y sus relaciones económicas, sociales y políticas entre las clases. El modelo del consejo obrero y campesino no se encuentra entre los principios doctrinales, que para Marx y Lenin son indispensables para el partido de la revolución; pero entre ellos están los caracteres no capitalistas de la sociedad revolucionaria, los caracteres del choque entre las clases: lucha de clase, insurrección, dictadura, terror.

 Esto lo había escrito claramente la teoría, tal y como Lenin reivindicó a nivel máximo; pero la constitución del nuevo Estado no tenía por qué escribirla. Teóricamente y en principio el Estado constituido, según nuestra acepción, es un arma indispensable pero pasajera en la historia, como lo son las clases y las formas organizativas de clase (sindicatos, soviets), y solo el partido político hoy órgano de clase puede considerarse eterno como órgano humano. El partido está definido por su contenido, que es precisamente la doctrina histórica y la acción revolucionaria; las otras organizaciones están definidas por la forma, y pueden rellenarse con distintos contenidos.

 ¿Cuáles son efectivamente las tesis que Lenin sintetiza admirablemente?

 1.- La lucha rusa reveló en la historia la forma soviet en 1905. 2.- Los marxistas revolucionarios vieron en los soviets los órganos del poder proletario; los oportunistas por el contrario intentaron subordinarlos a su política, consiguiéndolo en muchos lugares y períodos, para vaciarlos de contenido, al afirmar que desaparecerían después de la lucha, o que podían coexistir dentro de una república democrática junto a un parlamento electivo. 3.- No es válida la fórmula del poder a los soviets si estos están en manos de los mencheviques o similares, sino solo cuando esto conduce al poder del partido comunista. 4.- (II Congreso). En los países occidentales antes de la fase de asalto al poder no se deben formar artificialmente los soviets, precisamente porque ninguna forma es revolucionaria por automatismo.

 Los soviets expresan la dictadura proletaria establecida en nuestra doctrina antes de que surgiese en la historia, (Marx para la Francia de 1848 y 1871, en Lenin: El Estado y la Revolución) en la medida en que no participan, en las elecciones tanto periféricas como centrales, los burgueses y los propietarios terratenientes. Si junto a ellos hubiese una cámara electiva y ésta formase un gobierno, los soviets serían una máscara hueca. Esta es precisamente la discusión de 1905, verificada por los acontecimientos de 1917.

 La lección de la historia desde el siglo XIX al XX es ésta. Antes de la revolución francesa existe ya una teoría de la misma, aunque errónea. Ésta dará la relación de fuerzas: destrucción del primer estado (nobleza y monarquía) y del segundo estado (clero), pero el programa del nuevo poder es: poder para todos los ciudadanos, para todo el pueblo; y no (como descubrió el marxismo, dando a los hechos su verdadera «alma»: Prefacio a la Crítica de la Economía Política) poder para el tercer estado, o sea para la burguesía. La teoría de Voltaire y de Rousseau en el siglo XVIII posee el contenido de la revolución, pero no puede perfilar la forma constitucional. Admira la tradición greco-romana, pero aquellas democracias poseían el foro, o sea la asamblea de todos los ciudadanos libres: era una democracia directa pero de una minoría, porque la mayoría eran esclavos. Del desarrollo espontáneo de la lucha incluso después de 1789 nacieron las distintas formas, imprevistas primero: asamblea nacional, constituyente, convención... matrices de las cámaras electivas del siglo XIX. Incluso el ejemplo histórico inglés no fue seguido más que después, con la doble cámara, y no fue teorizado más que post festum (después de la fiesta - NdT).

Este a su vez había nacido de la lucha entre dos clases distintas: burguesía industrial y propietarios terratenientes. Los soviets por tanto, podemos decir, aparecen en la revolución en la que lo que cae es el capitalismo, así como el parlamento constitucional aparece en la revolución que derriba al feudalismo. Son las estructuras en las que se ordenan los Estados surgidos de la revolución que ha destruido el antiguo régimen. Dentro de esta aclaración los llamamos formas de organización del Estado, que es algo distinto a las formas sociales o modos sucesivos de producción. Las viejas revoluciones no eran preconscientes de ellos, ya que se ocultaban a sí mismas el nacimiento de una nueva clase dominante; pero nuestra revolución con su teoría propia si que es preconsciente, y conoce los verdaderos caracteres por los cuales el modo social comunista se opondrá al capitalista, y finalmente no tendrá ya más clases ni clase dominante.

 La visión menchevique y burguesa de la revolución rusa quería encerrarla dentro de una especie de engranaje estatal en nada distinta a la de los países capitalistas: la democracia electoral. La visión marxista y bolchevique había previsto y sabía que la revolución no se detendría más que con la victoria del proletariado, hegemónico sobre las demás clases pobres, y por tanto con su dictadura. En nuestros estudios sobre la revolución rusa hemos recordado cómo antes incluso de 1903 Lenin propuso la fórmula "Dictadura democrática del proletariado y de los campesinos". En 1917 llega Lenin a Rusia, y anuncia la fórmula completa, universal, internacional, centro de la doctrina marxista de la revolución: "Dictadura del proletariado".

 Toda la obra de Lenin tiende a establecer que la revolución rusa no se desarrolla según fórmulas específicas «locales», sino todo lo contrario, ya que incluso habiendo sido esperada durante largos años como una retardada revolución democrática, el hecho de que en ella, y desde la fase de 1905-1907, luchen en primera línea las clases trabajadoras, desarrollando en la lucha una forma propia, el soviet, la convierte en una inmediata revolución de la clase proletaria, que rellena la nueva forma, forma que no es interclasista, democrática, popular y populista, sino clasista, ligada internacionalmente al proletariado de vanguardia, y guiada internamente por el partido marxista, y por lo tanto aparece para llenarse con el contenido que la teoría revolucionaria había previsto de manera segura: poder de clase, Estado de clase, dictadura de clase, metas que la historia no consigue más que cuando la clase se ha organizado en partido, tal y como está escrito en el Manifiesto de 1848. Y puede organizarse en clase dominante, para destruir la sociedad dividida en clases, porque el poder, el Estado, la dictadura son funciones del partido.

 Ya hemos visto que otra tesis de Lenin, que siempre hemos defendido junto a él contra los verdaderos infantilistas, y es que el soviet no excluye al partido, como muchos creyeron en Europa, sino que exige su presencia y su eficiencia, porque el soviet es una simple forma de organización a la que hay que dar contenido, y el partido es la única fuerza de la historia que puede hacerlo.

 El primer periódico de la izquierda italiana fue Il Soviet. La izquierda italiana se opuso a la propuesta de muchos maximalistas de fundar los soviets en Italia en 1919. La izquierda declaró que era necesario el partido revolucionario con una teoría clara, y liberado de los oportunistas. Sostuvo, contra las visiones inmediatistas, que los soviets no eran una red de sindicatos o de consejos de empresa, sino el tejido territorial y centralizado del nuevo Etado proletario, cuya osamenta debía levantarse en la fase de la insurrección. Que eran por lo tanto organismos con una naturaleza política, pero su estructura necesitaba la función activa del partido revolucionario, para que la revolución venciese. Y estas enseñanzas, con Lenin, fueron extraídas de la historia por la revolución rusa, ajustándose de manera perfecta al diseño clásico de nuestra doctrina.

 La realidad aporta las formas, pero la teoría preve el contenido, o sea las fuerzas y su desarrollo y enfrentamiento. En las siguientes frases lapidarias, si nos creemos la versión alemana que obra en nuestro poder, Lenin usa la palabra profetizar: «Las discusiones contrastantes de 1905-1907 acerca de la importancia de los soviets profetizan las grandes luchas de 1917-1920». El leninismo lo sigue no quien huye y titubea, sino quien no teme profetizar el futuro.
 

La «maniobra ágil»

 Pese a que ya hemos dicho que dedicaremos la parte final de este estudio, la cual a su vez será un estudio en sí, a la cuestión de la táctica parlamentaria, no podemos dejar de tratar a continuación un aspecto importante de la valoración que hace Lenin entre la experiencia histórica de la lucha del partido bolchevique en las dos revoluciones, y lo que entonces se deducía acerca de la táctica que los revolucionarios habrían debido seguir en los distintos países. La base de toda esta cuestión era que se debía actuar correctamente, con el fin de extender en los años siguientes a 1920 la revolución desde Rusia a Europa, única vía para la victoria del socialismo en Europa y en Rusia. No tienen por tanto ningún derecho a invocar estas conclusiones de 1920, y este mismo planteamiento del problema histórico que Lenin plantea y afronta, los miserables que le atribuyen, mediante la más gigantesca falsificación de la historia, la intención de abandonar la revolución europea a su destino y proseguir el camino hacia el socialismo solamente en Rusia.

 En la situación de 1920 se perfilaron enormes errores a la hora de juzgar los acontecimientos rusos. El partido y la Internacional debían preocuparse sobre todo no solo de las falsificaciones de los socialchovinistas que difamaban a la revolución de Octubre negando su contenido proletario y socialista, sino también de las interpretaciones así llamadas de izquierda que caían en errores antimarxistas y contrarrevolucionarios del estilo de los que ya hemos señalado, es decir, negar la función del partido político, asumir que la forma soviet lo hubiese eliminado, o caer en esos coqueteos con el anarquismo a los cuales hace alusión Lenin a menudo, decir que la revolución rusa había abolido el Estado, que los soviets no eran el tejido del Estado proletario (transitorio pero con un período de vida histórica que bastaría al menos para extender la revolución en Europa) sino un efímero encuadramiento de muchedumbres insurgentes.

 Desde el momento en que está claro que la forma parlamento, propia de la revolución antifeudal, debe ser destruida en un ciclo rápido para ser sustituida por la forma soviética de la dictadura proletaria, y que este es el objetivo, no último y lejano, sino inmediato, de toda lucha, usar o no usar el medio parlamentario se convierte en un problema de estrategia y de táctica de partido. El abstencionismo tradicional del anarquista, combatido siempre por la izquierda marxista, y con especial rigor en Italia, es una posición individual y no de clase. Ya que la lucha colectiva debe conducir a una sociedad sin Estado, y a esto nos adherimos con Lenin contra los socialtraidores de la derecha, ¿para qué sirve decir: "Yo, que en mi «conciencia» he resuelto el problema, boicoteo el Estado, en 1960, en 1920, o en 1870, y lo boicoteo no votando"? Está claro que esto no es una solución histórica sino una niñería.

 ¿Sobre qué bases rechaza Lenin este oportunismo pequeño-burgués? Hay que estudiarlo, si bien la posición dialéctica no es la más simple. Puesto que todo el mundo mira a Rusia – con admiración o con horror – Lenin testimonia aquí lo que ha hecho en Rusia, en particular el proletariado ruso y el partido bolchevique que ha conducido su revolución.

 Hay dos «períodos de prueba» en la táctica bolchevique, 1905-1907 y 1917-1920, separados por períodos de espera, y a este respecto nosotros vivimos hoy un período de espera mucho más largo. Lenin muestra que se ha vencido por haberse mantenido alejados de los dos peligros: el socialdemocratismo que tiene como límite la forma liberal y por tanto burguesa del Estado, y el anarquismo que cree romperla con una negación ideológica, similar al acto que realiza el avestruz que se cree salvado de su enemigo enterrando la cabeza en la arena para no verlo.

 Los bolcheviques han tenido una vasta gama de tácticas en los dos períodos históricos indicados. Lenin sintetiza así el primero:

 «La sucesión de las formas de lucha parlamentarias y no parlamentarias, de la táctica de boicot al parlamentarismo y de participación en él y de las formas legales e ilegales de lucha, así como las relaciones mutuas y los vínculos existentes entre ellas, se distinguen por una asombrosa riqueza de contenido. Desde el punto de vista del aprendizaje de los fundamentos de la ciencia políticapor las masas y los jefes, por las clases y los partidoscada mes de este período equivale a un año de desenvolvimiento "pacífico" y "constitucional". Sin "el ensayo general" de 1905 hubiera sido imposible la victoria de la Revolución de Octubre de 1917» (Ibídem, págs. 9-10).

 Segundo período.

 «El grado inverosímil de decrepitud y caducidad del zarismo suscitó contra él (con el concurso de los reveses y sufrimientos de una guerra infinitamente penosa) una inusitada fuerza destructora. En pocos días Rusia se convirtió en una república democrática burguesa, más libre (en las condiciones de la guerra) que cualquier otro país»

 Señalemos que esta es una idea central en Lenin, pero dialécticamente de ella surge su contrario más que la solidaridad con tal forma.

 «Los jefes de los partidos de oposición y revolucionarios comenzaron a formar gobiernocomo en los repúblicas del "más puro parlamentarismo"y el título de jefe de un partido de oposición en el Parlamento, hasta en el más reaccionario, facilitó el papel futuro de semejante jefe en la revolución» (Ibídem, pág. 12).

 En 1920 nosotros preguntamos a Lenin primero si tal ventaja no era exclusiva del «parlamento más reaccionario posible» y después si él mismo no había abofeteado la ulterior función contrarrevolucionaria de todos esos jefes parlamentarios. Pero nuestro objetivo aquí es solamente presentar con toda fidelidad la construcción de Lenin. Veamos lo que dice un poco más adelante:

 «Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república parlamentaria (de hecho) burguesa y contra los mencheviques con suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, con la sencillez que se imaginan hoy a menudo en Europa y América. Al comienzo del período mencionado no incitamos a derribar el Gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar previamente la composición y el estado de ánimo de los Soviets. No declaramos el boicot al Parlamento burgués, a la Asamblea Constituyente, sino que dijimos – a partir de la Conferencia de Abril (1917) de nuestro Partido lo dijimos oficialmente en nombre de éste – que una república burguesa con una Asamblea Constituyente era preferible a la misma república sin Asamblea Constituyente; pero que una república "obrera y campesina", la república soviética, es mejor que cualquier república democrática burguesa, parlamentaria. Sin esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada, no hubiésemos podido alcanzar ni mantener la victoria de Octubre de 1917» (Ibídem, págs. 13-14) (4).
 

La conferencia de abril

 Es exacto que en abril de 1917, es decir, nada más regresar a Rusia, en el momento en que dio a la acción bolchevique el conocido pisotón histórico del acelerador que asombró a los camaradas, Lenin estimó oportuno defenderse de un trivial ataque del menchevique Goldenberg, el cual le había tratado de loco delirante, y escribió en Pravda: «¡Y pretenden que yo esté contra la rápida convocatoria de la asamblea constituyente

 Pero hoy la investigación histórica nos permite dar el sentido correcto a las palabras de Lenin: para alcanzar el brillante resultado de disolver mediante la fuerza la asamblea constituyente elegida, es necesaria una acción mucho más eficaz que la inútil utilizada por quien habría exhortado a las masas de este modo: ¡dejad que elijan todas las asambleas del mundo, lo que hace falta es no ir a votar y no poner el pie en la asamblea!

 Esto va dirigido a las carroñas que solicitan para la asamblea constituyente italiana de 1946 (nacida no del movimiento de las masas sino de las maniobras de un clan de degenerados jefes políticos, por medio de la flota y el ejército americano y aliado) la concesión de un crédito histórico, para satisfacer las aspiraciones proletarias, por un período eterno en el cual no pasen los meses por años, como dice Lenin, sino los años por meses o semanas, con innobles recuentos de votos que siempre dicen lo mismo.

 Puesto que Lenin nos ha enviado a la conferencia de abril y a su formidable plataforma, que el partido asumió oficialmente como propia, creemos que es el momento de estudiarla.

 El gobierno provisional es definido en ella como gobierno de la clase burguesa, al cual hay que oponerse. Su política exterior es definida como imperialista y de unión con las potencias burguesas de la Entente. El pacto entre el gobierno provisional y los soviets es denunciado como prueba de la influencia de los partidos pequeño-burgueses, catalogados específicamente. La Rusia de entonces es definida como el país más pequeño-burgués de toda Europa, y se habla de una contaminación del proletariado.

 La táctica indicada para ese momento no es la de la insurrección, sino la necesidad de «arrojar vinagre e hiel en el agua azucarada de las frases democráticas revolucionarias». Las propuestas pueden parecer puramente propagandísticas pero son un «trabajo revolucionario práctico» aunque no aparezca la consigna de tomar las armas (que incluso en julio será considerada errónea por Lenin). Esta es la táctica de abril: Trabajo de crítica. Preparación y reagrupación de los elementos de un partido conscientemente proletario, comunista. Liberar al proletariado de la embriaguez general pequeño-burguesa. Indicar que la conciencia del partido se opone a la «confiada inconsciencia de las masas».

 Deteniéndonos un momento, preguntamos si la artificiosa oleada de antifascismo de Italia después de 17 años de la caída del fascismo, y el éxito de una fórmula super-idiota como esta, no responden a un estado de «confiada inconsciencia de las masas» esto sin que el partido consciente esté presente, y sin que se lo pueda sustituir con una fraseología infantil de falsa izquierda.

 El siguiente parágrafo está dirigido contra el defensismo revolucionario: o sea la situación que volverá en Brest-Litovsk en 1918. Es cierto que Lenin se expresa aquí con mucha paciencia hacia las masas, las cuales creen que tras la caída del zar hay una patria revolucionaria que defender. Pero la tesis dice sin ambages: «La más insignificante concesión al defensismo revolucionario es una traición al socialismo, una renuncia total al internacionalismo» (5).

 La cuestión del fin de la guerra. El primer paso es la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. El segundo debe ser el traspaso del poder estatal al proletariado.

 La cuestión de la forma del Estado. La república democrática parlamentaria es el tipo más perfecto, avanzado, de Estado burgués. El nuevo tipo aparece con la Comune de París y hoy es reproducido por los soviets. El Estado democrático con su aparato que debe ser despedazado actúa desde lo alto sobre las masas, los soviets actúan desde abajo.

 La Internacional. El texto de abril de 1917 no está por debajo del de mayo de 1920 a la hora de estigmatizar tanto a la derecha socialchovinista como al centro del cual se hace un elenco de sus representantes, desde Kautsky a Turati. La mayoría de Zimmerwald es criticada por su «socialpacifismo» y se anuncia la fundación de la III Internacional. Hoy es de especial interés la valoración del pacifismo.

 «Todo el que se contenta con "exigir" de los gobiernos burgueses que concierten la paz o que "expresen la voluntad de paz de los pueblos", etc., se desliza en realidad al campo de las reformas. Porque, objetivamente considerado, el problema de la guerra sólo se plantea de modo revolucionario» (Ibidem, pág. 185).

 La paz y la liberación de los pueblos de las consecuencias de la guerra (deudas)... no son posibles más que mediante la revolución proletaria. No existe otra salida.

 Resulta inútil preguntar a los modernos leninistas «oficiales» cómo concilian con todas estas tesis: 1) la construcción del socialismo en un solo país; 2) la evitabilidad de la guerra por deseo de los pueblos; 3) la distensión y la coexistencia pacífica, sea entre Estados con distinto régimen, sea entre Estados con régimen análogo.

 La parte final de la plataforma de abril versa acerca del cambio de nombre del partido ruso de socialdemócrata a comunista.

 Los argumentos son clásicos y conocidos. Pero recordaremos algunas de esas formulaciones, para concluir con la demostración de que la prudencia táctica de Lenin está mil veces alejada de la falsificación y corrosión de los principios, como ya han demostrado las frases sacadas del documento público del partido en el difícil abril de 1917. Aquí es donde se remacha la verdadera naturaleza de la pestilencia oportunista, problema vivo en 1920 y todavía más vivo hoy.

 Hay dos argumentos científicos contra el nombre de socialdemocracia, sobre la base de las continuas admoniciones de Marx y Engels. El primer término es erróneo porque el socialismo es un fin transitorio para nosotros, para alcanzar el comunismo. El segundo término lo es porque «la democracia es una de las diversas formas de Estado, y nosotros marxistas somos contrarios a cualquier Estado». Nuestro programa completo es comunismo sin Estado. O sea: comunismo sin democracia.
 

Naturaleza del oportunismo

 Nos serviremos de este pasaje, que aparece repetidamente en el Extremismo parafraseado casi frase por frase:

 «(...) Somos marxistas y nos basamos en el Manifiesto del Partido Comunista, desfigurado y traicionado por la socialdemocracia en dos puntos sustanciales: 1) Los obreros no tienen patria: la "defensa de la patria" en la guerra imperialista es una traición al socialismo. 2) La teoría marxista del Estado ha sido desnaturalizada por la II Internacional» (Ibidem, pág. 190).

 El fenómeno histórico del oportunismo, si se nos permite reconstruir con palabras nuestras el contenido de una batalla polémica de medio siglo, consiste en hacer un «descubrimiento» sensacional, ante una grave sacudida de la situación histórica, y con la finalidad de tener en ella un comportamiento distinto al que siempre había anunciado el partido. La historia de la traición es una historia de «descubrimientos» administrados en momentos cruciales al proletariado, los cuales le prestan a sus dominadores el servicio de desorientarlo y debilitarlo.

 Cada uno de estos «descubrimientos» que parecían unas fórmulas seguras y definitivas, cuando se intentó aplicarlos, demostraron su vacuidad e inconsistencia.

 Una de estas fórmulas de la que nos servimos como ejemplo evidente es la del Manifiesto citado aquí por Lenin: los proletarios no tienen patria. Y a continuación: no se les puede arrebatar lo que no poseen. Es la clásica respuesta a las antiguas «objeciones» al comunismo.

 En Rusia a la mayor parte del movimiento proletario durante el estallido de la guerra de 1914 no se le escuchó afirmar que los trabajadores rusos debiesen defender una patria personificada en el zar. Solo unos pocos jefes socialistas osaron plantear la tesis «defensista» contra la presunta agresión alemana, y por desgracia entre ellos estaba Plejanov, maestro de Lenin.

 Pero después de la caída del zar en febrero de 1917 el defensismo ganó terreno. Con la concesión de una democracia parlamentaria (que, tal como describe Lenin, se reducía a un gobierno provisional compuesto por dirigentes de los partidos de la vieja Duma) casi todos los dirigentes políticos anunciaron a las masas que habían encontrado una patria y que había llegado el momento de tomar las armas para defenderla, claro está, con gran júbilo de la democracia anglo-francesa.

 Lenin, como hemos visto hace poco, se opuso con todas sus fuerzas a esa repugnante falsificación. Las cosas en Italia no transcurrieron de forma distinta. Es conocido que al estallar la primera guerra mundial, en el partido socialista sólo muy pocos elementos justificaron el socialdefensismo de los alemanes, franceses, etc. Pero hubo algunos que se anticiparon desde los primeros meses a la asquerosa traición de Mussolini.

 Un pobre hombre de estos fue Paolini, del cual nos acordamos solo por la extraña coincidencia de que era un experto en lo que entonces se llamaba propaganda menuda. Dirigía un periodiquillo, Il seme, que costaba un céntimo (hoy serían menos de cinco liras). Naturalmente había hecho durante decenios, mucha propaganda del Manifiesto de los Comunistas. Cuando le echamos en cara a este señor la famosa frase inolvidable, él, que antes nunca había soñado decirlo o escribirlo, soltó la impúdica explicación: "Si, en 1848 Marx dijo que los proletarios no tenían patria, porque se refería a los países donde no se había conquistado el derecho al electorado democrático. Pero, desde el momento en que éste es una realidad, la frase ya no sirve, y los proletarios de una república parlamentaria, y también de una monarquía constitucional, han conquistado una patria que tienen que defender en los campos de batalla".

 Este es el descubrimiento. No descubrimiento porque se hubiese encontrado una verdad, sino porque por el contrario, nos habían despachado una explicación que durante tanto tiempo, desde 1848 hasta 1914, año de la guerra imperialista, nadie había pensado dar.

 Descubrimiento y sorpresa. Estas oleadas de vergonzosas mentiras pueden destruir en pocos días el esforzado trabajo de decenios de todo un partido, o al menos de la parte más sana del mismo.

 Lo mismo sucede con la cuestión de la democracia y el Estado. Durante decenios se ha difundido sin cambiar para nada la crítica marxista, la fórmula de que en la república más democrática el Estado es una máquina para explotar al proletariado en interés de la burguesía – en pocos días a partir del 1 de agosto de 1914 se «descubre» que esto no es válido cuando el Estado es agredido; cuando se debe elegir entre Estados diversamente democráticos; cuando hay que reincorporar una provincia a su nacionalidad y lengua; y cien motivos más.

 Todas estas cuestiones han sido desentrañadas por el marxismo con respecto a todas las zonas geográficas y períodos históricos, y se trata de problemas que no son fáciles de resumir en fórmulas; pero cuando se creía que ya se había conseguido una sistematización, tienen lugar las célebres deliberaciones de Sttutgart y de Basilea y se dice que era correcto desecharlas, pues la situación ha tenido desarrollos distintos de los que tenía entonces, y se descubre que, en el único caso en que se debía aplicarlos, había buenas razones para violarlas desvergonzadamente.

 La lección de la lucha de Lenin y de la III Internacional contra el oportunismo es que, si se le quiere derrotar, es necesario reivindicar la posibilidad de «escribir con anticipación las fórmulas que hay que respetar estrictamente cuando llegue el momento supremo del desarrollo histórico». El partido por lo tanto, prevé las situaciones futuras y traza sus planes de acción para las mismas.

 No se puede llegar a otra conclusión tras el examen de las páginas de Lenin y de toda la palpitante historia de su vida y de su batalla. Él quiso construir y reconstruir una teoría y una organización que no pudiesen ser pisoteadas, como sucedió a principios de agosto de 1914 con las doctrinas del socialismo marxista «oficial» y el organismo de la II Internacional.
 Esto se lee en cada página y en cada línea, y no con un trabajo pedante de exégesis textual, sino con el análisis de los hechos históricos y de sus desarrollos claros y seguros.

 Al igual que Lenin llenó de vergüenza a quien dijo que era falsa la norma de no defender la patria, y que el socialismo preconiza un Estado democrático, igualmente hoy la misma vergüenza debe caer sobre quien afirma que los intereses de las clases trabajadoras pueden filtrarse legalitariamente a través de los filtros de una constitución democrática, que una campaña pacifista puede evitar la guerra y sustituirla con una incruenta competición emulativa entre Estados con un régimen distinto (que no es distinto), o que la mezcolanza de las reivindicaciones proletarias con las de los estratos pequeño-burgueses (¡y medio-burgueses!) no es ya una contaminación y un debilitamiento del vigor revolucionario, sino un éxito para el proletariado.

 Si quien hoy dice todas estas cosas (y se escuchan otras aún peores sobre el patriotismo, el legalitarismo, el moralismo, etc.) admitiese volver a las posiciones de Kerensky, Scheidemann, Turati, Renaudel, y de tantos y tantos fustigados ferozmente por Lenin, nos ofrecería un oportunismo actual hermano siamés del oportunismo de entonces. Pero si los portavoces de tantas infamias pretenden encontrar su justificación en las páginas de Lenin, Marx y Engels, después de que el mismo Lenin hubiese establecido para siempre magníficamente esas páginas; entonces hay que decir que el oportunismo actual no tiene perdón, y hay que maldecirlo tres veces más que al de entonces. Y que sus resultados, como vemos por todas partes, son de un derrotismo diez veces mayor; que forma parte integrante de la contrarrevolución burguesa.
 

Reanudación y recapitulación

 En las páginas precedentes hemos querido indicar cual es el método correcto para utilizar los textos fundamentales de la teoría revolucionaria. Se debe recolocarlos en el cuadro de la época en la que aparecieron y de las luchas que en ella se desarrollaban, y retomar en todo su desarrollo los móviles que provocaron su redacción y su divulgación, y los fines que se habían propuesto con ellos los exponentes del movimiento. Hemos dado una idea de conjunto del escrito de Lenin y después hemos desarrollado la presentación y el comentario de sus primeros capítulos, que permitirá, cuando llegue a un punto adecuado, a cada militante y a los grupos de camaradas de nuestra organización seguir su lectura completa extrayendo las deducciones correctas.

 Un determinado texto de partido no llega a ser noción general y cita por la notoriedad literaria de su autor, sino porque al pasar no tanto de lector en lector sino de grupo en grupo y de sección en sección del partido y del movimiento respondía y responde a una necesidad real de la lucha, y ofrece soluciones fecundas y potentes frente a los problemas de clase en determinados períodos de la historia, y cuando se trata de las etapas de la única línea revolucionaria, también frente a los problemas del futuro.

 Un método similar se contrapone diametralmente al método miserable de sacar de su contexto citas aisladas para usarlas fuera de su época, de su origen y de su objetivo, con el fin de realizar una disimulada falsificación, tal y como hicieron los enemigos mortales de Lenin con las obras de Marx y Engels, y con aquellas que forman parte de la doctrina del partido. El mismo Lenin fue el autor y el maestro de nuestro método colectivo de extraer lecciones de la historia, y de escoger las presentaciones de la historia que son el oxígeno vital de todo movimiento de lucha, y sobre todo del nuestro.

 Puesto que nuestro objetivo no es el de publicar una edición del Extremismo de Lenin con glosas a pie de página como si se tratase de un comentario sobre Dante – y no sería un trabajo despreciable, si el personal que trabaja y los medios de divulgación que tenemos en esta época fétida no fuesen tan restringidos; y quod differtur non aufertur  (Lo que se difiere no se suprime - NdT) – nos parece que hemos dado con el trabajo precedente suficientes muestras de la aplicación de nuestro método de lectura de Lenin, para poder extraer las conclusiones sobre las cuestiones generales y mundiales del método de la lucha proletaria.

 Una breve referencia a las cuestiones «italianas» servirá para establecer que el desacuerdo táctico entre Lenin y nosotros, superado en la situación de 1920 de la que se trata aquí, y también el desacuerdo táctico en los años que siguieron a la enfermedad y muerte de Lenin, representan diferencias mínimas por dos razones. La primera es que la izquierda marxista italiana, como intuyó Lenin en este texto, luchaba contra el infantilismo pequeño-burgués libertario, que nosotros preferimos llamar inmediatista y no de izquierda (nuestra escuela ha negado siempre que los anarquistas estuviesen a la izquierda de los marxistas, ayer, hoy y mañana) y establecía un paralelismo entre este oportunismo y el de derecha; y en Italia la corriente ligada a este error era la gramsciana (ordinovismo, consejismo de empresa) a la cual procuramos atraer lealmente dentro del terreno marxista, con la más flexible aceptación de la disciplina de partido incluso en el campo de la participación parlamentaria.

 La segunda razón es que, al igual que Lenin consideró siempre que el peor enemigo era el oportunismo socialdemócrata de derecha, la izquierda italiana fue la primera en ver la reaparición de este peligro en el seno de la III Internacional, combatíendolo en los congresos sucesivos. Los recientes acontecimientos han demostrado la exactitud de nuestra violenta reacción, que habría estado injustificada, según el mismo Lenin, si hubiese coincidido con la recaída en el infantilismo de izquierda; pero fue conducida sobre el terreno puro del marxismo, de tal forma que pudo prever exactamente las degeneraciones treinta años antes.

 Esto puede probarse confrontando este texto que leímos en Moscú en 1920 digiriendo cada palabra, con el texto innoble que viene de Moscú en 1960 después de la reunión de los falsos partidos comunistas y obreros, y que eleva a la categoría de principio el abandono de todas las lecciones bolcheviques, leninistas, y de Octubre de 1917, lecciones por las cuales Lenin se levanta con una talla grandísima, incluso si no se mostró demasiado pesimista acerca del posible retorno de la «senectud» pacifista y colaboracionista con el capital.

 Dejando a los camaradas lectores la tarea de confrontar detalladamente los textos, resumiremos en sus puntos más importantes las tesis del Extremismo de Lenin.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

V.   LUCHA CONTRA LOS DOS CAMPOS ANTIBOLCHEVIQUES
 

Las injurias dirigidas a Octubre

 Dos oleadas de sucia rabia se abaten contra los bolcheviques tres años después de la victoria, y las polémicas se levantan en un mundo que está en lucha incandescente. La suerte de la estructuración del movimiento proletario en Rusia y fuera de ella dependía de la respuesta dada a estas dos bandas de asaltantes, para alcanzar el fin que nadie ponía en duda en aquel entonces: antes de que se cerrase la crisis que siguió a la primera guerra mundial y a la caída del zarismo y del capitalismo ruso, era preciso obtener la caída del poder burgués por lo menos en algunos países fundamentales de Europa.

 Las dos oleadas de calumnias se basaban en los mismos delirios antimarxistas; a los burgueses puros les convenía creer, y para los pequeños burgueses y a los semiproletarios (contra la deficiencia histórica de estas clases el Extremismo es la más arrolladora acta de acusación que jamás se haya escrito) era fatal creer seriamente el mismo cliché: los bolcheviques de Lenin habían hecho prepotentemente una revolución que no se debía hacer. Para las carroñas de derecha, para los socialchovinistas de 1914, no había que crear problemas a la guerra del zar junto a las democracias imperialistas, o como mucho se podía apartar al zar para uncir mejor a la población rusa en la masacre mundial. Además, los castradores del marxismo afirmaban que Rusia tenía el derecho a hacer una revolución liberal, pero no proletaria y socialista, ya que el desarrollo económico no estaba en su punto justo de... cocción, y era necesario esperar primero el movimiento de la Europa avanzada. Argumento socialpatriótico y argumento socialreformista.

 Ir más allá de estas dos razones históricas era un golpe de mano contra la democracia, e incluso contra el materialismo marxista, al que ya entonces y hoy se quería reducir a un asqueroso retal de la primera.

 Desde el otro lado, que en un ensayo popular era correcto llamar de izquierda (quien ha sobrevivido cuarenta años a Vladimiro no tiene el derecho de preguntarle si la elección de las frases fue acertada: los tiempos entonces no apestaban sino que apremiaban gloriosamente; además, en la primavera de 1920 la estrella de la revolución estaba a punto de declinar y se jugaban, para decirlo banalmente, las últimas cartas del terrible juego: Lenin sabía que la caída de Europa significaba la caída de Rusia: perder las últimas luces del día tenía las mismas consecuencias tanto si era debido al error de los corruptores con mala fe, como si era debido al de los ingenuos con buena fe: había que hablar alto y rápido y no usar sutilezas); por tanto, desde el lado, que por motivos de emergencia se llamó de izquierda, se empezó a hacer un desgraciado eco de los burgueses, diciendo que el partido bolchevique había forzado la historia y la vía libre de las masas, para hacer prevalecer su dominio, su poder, el interés de un grupo dirigente que oprimía desde otra perspectiva al proletariado que había cantado victoria demasiado pronto.

 Esta blasfemia es peor que la otra, y en ella se condensa toda la miseria del pequeño burgués libertario: partido quiere decir hambre de poder, este hambre es su móvil, el hambre de explotación del «pueblo», por medio del Estado y del gobierno formado para dirigir la revolución: todo gobernante es un opresor. Nosotros afirmamos que ningún movimiento se pegó a Lenin tan estrechamente en la batalla contra estas inconscientes palabrerías, como el movimiento de los marxistas italianos de la izquierda, y ahora en 1960 las condenamos con la misma convicción que en 1920. Nuestra condena del estalinismo, del krutchovismo que es un traidor mucho peor, no se basa en la infantil lamentación: ¡Actúan así porque están incrustados en el carro del poder!

 Pero, en 1920, en casi todos los partidos de izquierda de Europa y de América esta enfermedad se extendía: es correcto decir que un doctrinarismo de izquierda con este bagaje es más saboteador que el doctrinarismo de derecha, y Lenin hizo bien, en ese momento supremo, golpeando sin piedad, si bien la distinción entre los dos peligros aparece en todas las páginas.

 Hemos escuchado decir a Lenin que tanto después como antes de la conquista del poder es más difícil derrotar al espíritu pequeño-burgués que al poderío de la gran burguesía. Su profética visión ha sido confirmada por la dura experiencia del tiempo. Ha sido ese espíritu pequeño-burgués, el que ha asesinado a la revolución y ha aletargado al proletariado. La burguesía no ha vencido con la derecha (fascismo) sino con la izquierda (corrupción democrática y libertaria de la clase obrera).

 La coronación de toda esta difamación de Octubre es esta vil tesis: el atraso social, la ausencia de tradición democrática, la grave ignorancia de la población rusa, bárbara, asiática, primitiva; eran caracteres «nacionales» que permitieron ese «camino» a la revolución, que para nosotros leninistas tiene estas etapas esenciales: violencia, insurrección, destrucción del viejo Estado, dictadura del partido proletario, terror revolucionario, exterminio de los partidos adversarios; que pronosticamos, ayer y hoy, para todos los países.

 Según los reformistas y también según los anarquistas, admiradores plenos de la civilización burguesa (oigamos a Lenin: «El pequeño burgués que está fuera de sí debido a los horrores del capitalismo, es un fenómeno social propio, como el anarquismo, de todos los países capitalistas. La inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su facilidad para convertirse rápidamente en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas, incluso en un fanático entusiasmo por esta o aquella tendencia burguesa de moda [y esta nota es nuestra: como sucede hoy con la fantasciencia, el tecnicismo, el fetiche de las conquistas científicas...] todo esto es conocido universalmente»), por tanto, según ambas alas de la difamación antirrusa, en los países más civilizados y entre gente más instruida (lo que equivale a decir más idiotizada por la escuela de la clase dominante y por la superstición en la cultura que sería, y hoy lo es, la misma en todas partes) no serían necesarias esas etapas tremendas, y la persuasión, la vía democrática, la vía pacífica, permitirán evitar los horrores de Octubre. ¿Quién se ha puesto al mismo tiempo sobre la estela de los doctrinarios de derecha y de izquierda, que insultaron a Lenin? ¿Quién sino el supercorrupto movimiento que ha pontificado Moscú hace poco, tras un misterioso cónclave?

¿Y quiénes sino estos actuales tonsurados de la sacristía kremlinesca, son dignos, como aquellos de 1920, de la encendida réplica de Lenin?
 

Rusia y el resto de Europa

 Puesto que es correcto utilizar el Extremismo de Lenin no contra nosotros, defensores del marxismo revolucionario integral, sino contra los aduladores externos e internos de la camarilla krutchovista, creemos haber mostrado con suficiente detalle que el planteamiento del «ensayo» aniquila la blasfemia estalinista acerca del «socialismo sólo en Rusia».

 Hemos visto que el punto de partida de esta defensa histórica de la inmensa conquista del Octubre ruso, que tratamos de afirmar para vergüenza de todos los difamadores, según el parágrafo precedente, se halla en establecer cuál es el alcance internacional de la experiencia de Octubre. Nosotros no tenemos nada que oponer a la conclusión de Lenin acerca del peligro del doctrinarismo de derecha, que reconduce a la caída en el liberalismo burgués puro y a la complicidad con el régimen del capital, en guerra y en paz; ni a la del doctrinarismo de «izquierda», es decir, pequeño-burgués, que cae en una estúpida regla de pureza individualista, de preservación moral que se contenta con negaciones sin sentido, las cuales liberan a la persona rebelde desinteresándose de la sociedad sierva. Esta es una exigencia de todos los países porque es un peligro vivo en todos los países, y los rusos vencedores muestran con su historia de partido que han sabido defenderse a tiempo de él.

 Pero antes de llegar a este punto de la «táctica», que dio empuje a tantas discusiones históricas, el texto incluye una parte en la que se indica qué pasos y etapas de la revolución bolchevique son internacionales «en un sentido estricto». Ya hemos ofrecido esos pasos, y recordamos lo que está escrito en el capítulo III:

 «La experiencia ha demostrado que, en algunos cuestiones muy esenciales de la revolución proletaria, todos los países pasarán inevitablemente por lo mismo que ha pasado Rusia» (Lenin, La enfermedad infantil..., pág. 13).

 La afirmación de que se trata de conseguir la dictadura del proletariado en Europa occidental, primer punto de toda la demostración, y la afirmación de que la «vía» es solo esa, y sus etapas son esas que se han repetido tantas veces, basta por si sola para hacer justicia a la teoría de Stalin: «construcción de la economía socialista solo en Rusia», y la del XX congreso, que pareció condenar la sombra de Stalin: «cada país tiene su vía nacional al socialismo», y la moscovita oficial: «todo el mundo llega ya al socialismo por la vía pacífica».

 Lo que para Lenin era obligatorio, más tarde se convierte en facultativo, y finalmente en algo prohibido. ¡Y todo esto se bautiza como «marxismo-leninismo»!

 Citemos dos o tres pasajes del capítulo X y final (6), «Algunas conclusiones». Este capítulo tiende de la manera más impetuosa y decidida a curar la «enfermedad infantil» y dramatiza sus síntomas, incluso haciendo un diagnóstico optimista. Nosotros, principiantes, preferimos vencer a la enfermedad senil cuyo diagnóstico era fatal. Nos es fácil después de cuarenta años comprobar que tenemos razón; ¡no hubiese sido posible de otra forma!

 De cualquier modo en esta misma y apasionada filípica (no es un término irrespetuoso, ya que el mismo autor escribe: "No pretendo en absoluto otra cosa que ofrecer unos rápidos apuntes de publicista") el potente redactor parece haber escrito unos rápidos apuntes sobre las sucias vergüenzas de 1928, 1956, y 1960:

 «Y menos de dos años después se manifestaron el carácter internacional de los Soviets, la extensión de esta forma de lucha y de organización al movimiento obrero mundial, el destino histórico de los Soviets de ser los sepultureros, herederos y sucesores del parlamentarismo burgués, de la democracia burguesa en general» (Ibídem, pág.78).

 Lenin parece plantearse la pregunta del XX congreso: ¿Hay aún en el mundo diferencias nacionales? Y responde: Es cierto, es necesario seguir las particularidades que cada país tiene que afrontar:

«(...) La solución de un problema internacional común [subrayado de Lenin] el triunfo sobre el oportunismo [de derecha] y el doctrinarismo de izquierda en el seno del movimiento obrero, el derrocamiento de la burguesía, la proclamación de la República Soviética y la instauración de la dictadura proletaria – es la tarea principal del período histórico que están viviendo todos los países adelantados (y no sólo los adelantados)» (Ibídem, pág. 80).

 Y prosigue:

 «Se ha hecho ya lo principal – está claro que no todo, ni mucho menos, pero sí lo principal – para ganarse a la vanguardia de la clase obrera, para ponerla al lado del Poder soviético CONTRA EL PARLAMENTARISMO [mayúsculas nuestras], al lado de la dictadura del proletariado CONTRA LA DEMOCRACIA BURGUESA» (Ibídem).

 Deberíamos transcribir todo, pero está claro que todo lo que Lenin ya daba por hecho ha sido deshecho por los piojosos que invitan a los proletarios a luchar por la paz, la democracia, la libertad nacional, y finalmente dejan escapar en semitono... el socialismo. Como se da a entender, por emulación, nunca dictado, y sobre todo nunca conquistado con las armas en la mano.

 Vayamos al final del capítulo (y de las citas):

 «Los comunistas deben consagrar todos sus esfuerzos a orientar el movimiento obrero y el desarrollo social en general por el camino más recto y rápido hacia la victoria mundial del Poder soviético y hacia la dictadura del proletariado (...) La revolución universal, que ha recibido un impulso tan poderoso y ha sido acelerada con tanta intensidad por los horrores, las villanías y las abominaciones de la guerra imperialista mundial, así como por la situación sin salida que ésta ha creado; esa revolución se desarrolla en amplitud y profundidad con una rapidez tan extraordinaria, con una riqueza tan magnífica de formas sucesivas, con una refutación práctica tan edificante de todo doctrinarismo, que existen suficientes motivos para esperar que el movimiento comunista internacional se cure rápidamente y por completo de la enfermedad infantil del comunismo "de izquierda"» (Ibídem, págs. 92-93).

 En los textos del 20 la expresión «de izquierda» siempre aparece entrecomillada.

 Lenin, en su arrojo optimista (todo revolucionario tiene el deber del optimismo), ve venir la revolución fuera de Rusia, y sólo piensa en ella. Al atribuirle una compleja riqueza de fenómenos, no entendía en absoluto con esta idea que, para salvarse del doctrinarismo, pudiese consentirse comerciar con los únicos caracteres internacionales ofrecidos por la dictadura del proletariado y la destrucción de la democracia. Cuando entrevió un peligro tal, no habló de enfermedad, sino de muerte.

 Esos que se jactan de haber derrotado en nosotros el infantilismo, no han diagnosticado ni en si mismos ni en nadie la enfermedad de izquierda. Han muerto de la de derecha, han renegado de Lenin, y su cadáver muestra la infección violácea y repugnante de la peste oportunista.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

VI.   LA CLAVE DE LA «AUTORIZACIÓN A LOS COMPROMISOS» QUE LENIN HABRÍA DADO
 

Teoría y experiencia histórica

 Tras estas formidables luchas contra feroces enemigos en su país y en los demás, Lenin carga con la doble responsabilidad del Estado ruso y del movimiento mundial, dando por seguro que si se cometen errores – lo cual es inevitable – nunca será el de renegar del sistema soviético y de la dictadura del proletariado, o recaer en la célebre defensa de la patria, característica de los cómplices abiertos de la burguesía, siendo admirable que Lenin nunca plantease detenerse ante las dificultades que el futuro podía reservar, no siendo partidario de que renunciásemos a ciertas soluciones solo porque las fórmulas externas no eran puras, bonitas, elegantes y rutilantes. Solo los necios no comprenden que, por la causa del partido, el militante revolucionario debe estar dispuesto a realizar incluso un acto asqueroso. Escoger los métodos por motivos éticos, estéticos, y por tanto, subjetivos, basándose en la forma y no en el contenido, como Lenin y nosotros decimos, es una tontería.

 Pero no es una tontería utilizar la experiencia histórica del movimiento para establecer si determinados medios tácticos, incluso a pesar de la justa y sana voluntad de quien los adopta, no pueden conducir al desastre. Esto lo hacemos siempre nosotros, y no restamos importancia a la experiencia de Rusia, recordando siempre lo que Lenin reconoce aquí, que los nefastos efectos del ambiente liberaldemocrático de occidente no tenían precedentes en Rusia, donde la misma opresión zarista, y es Lenin quien lo ilustra, fue una condición favorable.

 Los que conocen mal la obra de Lenin, ya que su cortedad de vista no sirve para calibrar la amplitud de su construcción, piensan ingenuamente que según Lenin la experiencia de las luchas rusas había revelado por primera vez la vía de la revolución, y por tanto, no había más que seguir esas huellas. Pero de este leninismo falsificado también abjuran sus falsos seguidores, ya que prometen (a sus emulados amigos capitalistas) no seguir más los pasos de Octubre.

La construcción de Lenin es mucho más alta, y lo hemos demostrado con el análisis precedente. La victoria de los bolcheviques viene dada por el hecho de que en la experiencia de la lucha las masas rusas reconocieron que se encontraban sobre la vía que ese glorioso partido había trazado. La fuerza del partido ruso no fue nunca la de adaptarse a la vía que los acontecimientos en su presunta espontaneidad e imprevisibilidad habían tomado. Tampoco lo fue (como ingenuamente y de manera inmediatista pensaba Gramsci en 1917, restregándose todavía los ojos tras salir de las tinieblas de la defensa de la patria democrática), porque unos hombres y unos jefes excepcionales y heroicos supieron violentar la historia y dominar los acontecimientos. Su fuerza no estuvo ni en una utilización postergada, ni en una deformación voluntarista del tiempo, sino en el mayor ejemplo, hasta ahora mostrado por nuestro movimiento secular, de anticipación a la historia real.

 Efectivamente Lenin al recordar todas las demás condiciones favorables pone, ya lo hemos visto, en primera línea la tempestiva elección de la teoría revolucionaria correcta, el marxismo. ¿Cuándo es correcta una teoría histórica? Cuando marca con muchísimo tiempo de antelación las líneas esenciales del futuro.

 Lenin pues, no ha dicho, escrito o soñado nunca que se hubiese descubierto, o inventado, en Rusia una receta para hacer la revolución, y que había que enseñársela a los demás. Los bolcheviques rusos habían encontrado precisamente la teoría en occidente, mejor dicho – ya hemos citado esos pasajes – la habían encontrado después de medio siglo de investigaciones, y los acontecimientos se desarrollaron de tal forma que las demás teorías opuestas, o tomadas prestadas también de occidente, o formadas con distintos trabajos en la misma Rusia, cayeron en bancarrota.

 Ahora es cuando viene el conocido juego acerca de las acostumbradas frases. La teoría no es un dogma. La teoría para Marx y Engels, no es un dogma, sino una guía para la acción. Estas inequívocas acepciones presentan la posición marxista de que la teoría es mucho más que una respuesta escrita a el cómo y el porqué de los acontecimientos, una explicación de problemas y de misterios de la realidad: la teoría histórica es el descubrimiento de una vía de acción humana, mediante la cual el mundo social real es modificado, subvertido. Pero esto no sucede porque una mente excelsa lo quiera o lo proponga, sino porque en un momento dado la clave de los acontecimientos históricos ha sido hallada, descubierta teorizada. Naturalmente con esto no se profetizarán al detalle los episodios y las conjeturas particulares, pero se establecerán las líneas dorsales, algunos principios, mil veces declarados por Lenin, tales como la insurrección de clase, la destrucción del Estado, el nuevo Estado de la dictadura proletaria.

 ¿Pero no es el movimiento de las masas el que da vida a la teoría, que sin él moriría? ¿Qué quiere decir Lenin con esto? ¿Es que la teoría es una hoja en blanco, sobre la cual las masas escribirán en el futuro lo que hoy es desconocido? Si Lenin, y nosotros con él, hubiese pensado esto, habría, para decirlo trivialmente, cerrado el quiosco. Y quien piensa así solo puede abrir un quiosco: el del éxito personal y el de los propios negocios particulares. Atribuir esto a Lenin y a los grandes bolcheviques significa admitir que su defensa del partido, de la conquista del poder, de la gestión de la dictadura y del terror, tienen como motivo el defendido por las dos bandas de carroñeros: hambre, incluso sanguinaria, de privilegio. Pero Lenin golpea a semejante ralea sin piedad, y usa frases apasionadas como esa de los jefes desilusionados que no tienen honestidad ni consigo mismos.

 No necesitamos exponer esta cuestión en un tono precisamente doctrinario. Lenin nos la presenta ya resuelta en su brillante librejo. La lección del movimiento de las masas enseñada por la teoría, la única correcta, la única que nace en Francia o en Alemania y vence en Rusia: es la lección «de todo el siglo XIX», de las masas que desde 1789 se arrojaban sobre la Bastilla. Lenin lee esta teoría en las páginas del Manifiesto y vuelve a encontrarla, una vez dispersas las generaciones de falsificadores, entre las muchedumbres alzadas de 1905 y 1917. Esta es la relación entre teoría y acción de las masas, en el pensamiento de Lenin, en la acción de Lenin, en la potencia de la historia humana. La teoría tiene para Lenin una fecha de nacimiento, en la que sus puntos nodales se establecen definitivamente: la revolución francesa. Pero lo que Lenin reivindica no es la teoría burguesa de la revolución liberal, sino la distinta y original teoría instituida por la nueva clase proletaria, formulada en caracteres incandescentes por Carlos Marx.

 Es evidente que la trayectoria de la revolución rusa se encuentra desde que es conocida la trayectoria de la revolución francesa, entendida como tipo o modelo de las revoluciones burguesas (la primera fue la inglesa), y que no son por ello literalmente idénticas. Pero esta tesis es recogida con una dialéctica no doctrinaria sino viva y fácil, de tal forma que sobre ella se funda nuestro ABC desde hace más de un siglo. No se trata de una trayectoria tal y como la han visto los burgueses, o sea la falaz «conciencia que la revolución tiene de sí misma» – Marx, Pref. a la Crítica de la Economía Política – sino de la trayectoria tal y como ha sido descubierta por nuestra doctrina.

 La revolución de Francia se detiene en la dictadura de la burguesía, y afirma falsamente que se ha detenido en la democracia, conquista humana de todas las clases. El marxismo descubre que la democracia es la conquista de una clase, la clase capitalista, y anuncia la nueva revolución de clase y la dictadura del proletariado, únicas bases para la abolición de las clases. Con esta bandera lucha la clase obrera durante todo el siglo XIX en los países de Europa, antes y después de la victoria de la revolución liberal.

 Las derrotas históricas no quitan que la teoría esté identificada en la acción de las masas. Antes de que las masas rusas desatasen la batalla victoriosa, y gracias también a su experiencia de lucha sobre todo en 1905 (este es el soporte de la obra de Lenin) un partido, el bolchevique, se encuadra sobre la teoría correcta: LAS MASAS NO SE DETIENEN EN LA DEMOCRACIA QUE EQUIVALE A LA DICTADURA DEL CAPITAL, SINO QUE EMPUJAN HASTA CONSEGUIR LA DICTADURA PROLETARIA. Lenin establece como maestro nuestro que entre las dos soluciones no hay una diferencia superficial, sino un abismo, que divide el mundo moderno en dos campos de lucha despiadada.

 Quien lee con inteligencia el Extremismo no deduce de él la tesis de la elaboración continua para modificar la teoría, propia de los renegados de Moscú, sino nuestra misma tesis de que la teoría revolucionaria nace del desarrollo histórico. Lenin piensa al igual que nosotros, que este desarrollo no estuvo en Octubre de 1917, sino en 1847, año en el que la clase proletaria condensa en su programa histórico, en su Manifiesto, la experiencia del engaño de la revolución burguesa, la destrucción de la mentira democrática como conquista humana y eterna.

 El permiso de «adaptar» la teoría para «enriquecerla» con las aportaciones de los nuevos tiempos (¡tiempos de mierda!) es una mentira dirigida contra Lenin; el infame punto de llegada es la democracia en general, que no es otra cosa que la democracia burguesa, erigida como ídolo de la humanidad, y, lo que es mucho peor, ¡del proletariado!
 

Pueblo, masas, clase, partido

 Donde se ve bien cómo era una tarea vital abatir al infantilismo pequeño burgués es en la defensa de Lenin (capítulo sobre Alemania) contra el atentado a la cardinal forma partido.

 Este atentado lo habían realizado ya igualmente los oportunistas de derecha, los revisionistas. En Alemania, en Italia, en Rusia, y por doquier, razonaban del mismo modo insidioso. Las masas estaban por delante de la clase, la clase por delante del partido. La posición de Lenin y la nuestra es la contraria.

 Podemos admitir que Lenin encontrase excesivo nuestro modo de afirmarlo frente a todo y frente a todos. Admitamos que en la vigilia de la batalla campal es grave el poder perder algunos batallones, algunas divisiones, rechazando demasiado brutalmente a los sospechosos del partido; esto puede ser exceso de doctrinarismo. De cualquier modo habría sido un exceso de brutalidad precisamente contra el infantilismo inmediatista, que ve actuar a la clase sin el intermediario vital, el partido, y que – pero no en el sentido genial de Lenin – terminará con su vana pureza en el enturbiamiento de la clase en las masas y finalmente de las masas en el pueblo. La caída fatal de todos los oportunismos es esta: desde el partido proletario a una mezcolanza de estratos pequeño-burgueses, finalmente a la democracia popular, totalmente burguesa.

 Los oportunistas de la vieja derecha estaban sobre ese mismo camino. Por todas partes habían desvalorizado a la forma partido. Las confederaciones sindicales amarillas con efectivos mayores, con su burocracia bonzesca, tenían más peso que la organización del partido y su estructura política. Los parlamentarios tenían más peso que las secciones y los militantes; ya que representaban a una masa con mayor base, a los electores,  que en su inmensa mayoría no estaban afiliados al partido. Los bonzos sindicales a través de los diputados del partido pactaban con la patronal y con los ministerios burgueses, se aliaban con los partidos exponentes de los estratos pequeño-burgueses, y esta misma cadena terminaba en la sumisión al interés popular, nacional, interclasista, como hacen hoy ante nuestros ojos los que no se deciden a abjurar del nombre de comunistas y... leninistas.

 El esquema de esta gente se adapta a la leyenda de las «jornadas de julio». El gran partido está hoy corrompido en Italia hasta las heces, ha arruinado la preparación de las masas y las ha vaciado de toda energía de clase. La masa electoral sobre la que se apoya es interclasista, predominan los estratos pequeño-burgueses sobre los verdaderos proletarios, y la tendencia de los bonzos del partido es la de llegar a las capas burguesas medias y separar del pueblo solo a una minoría de altos prelados y supuestos capitanes de monopolios. ¿Cómo se podrá superar este abismo?: las masas, sin definirlas mejor, y, según otra fórmula vacía hoy de moda, las masas jóvenes, dan una lección al partido, y esto, que se dice a la mínima con objeto de renovar la teoría, hace una revisión de izquierda y adopta poses revolucionarias.

 Esta vía no es más que pura ilusión para un partido carroñero y contrarrevolucionario. Pero el infantilismo de 1960, peor que aquel al que Lenin perdonaba en comparación con las enormidades de los derechistas de entonces, menos graves que las actuales, dice lo siguiente: las masas deben actuar sin espíritu de clase, sin que prevalezcan los trabajadores asalariados, o estando subordinados a estudiantes, intelectuales y similares, y aboliendo toda organización de partido. ¡La acción lo es todo!

 Estos son, pues, los pasos que hemos ofrecido ampliamente en Lenin: primer factor revolucionario, el partido político; única clase revolucionaria, la asalariada de ciudades y campos; estrato subordinado a la clase, la masa de trabajadores semiproletarios, cuyo movimiento físico puede ser útil en una situación más que madura, a condición de que el partido proletario mantenga sólidamente su teoría y su estrategia. Lenin nos ha indicado las primeras condiciones, disciplina y centralización, en el partido y en la clase. Partido, centralización, disciplina organizativa y clasista, puntos que la izquierda italiana agitaba ya antes de la primera guerra mundial, y la vacilación ante ellos define al inmediatismo infantilista. No creemos que sea necesario insistir más sobre ello.
 

¿Flexibilidad o rigidez?

 Todo el mundo contemporáneo y su retardataria literatura vive de frases hechas, lo que caracteriza a las épocas de decadencia. Una idea fija obstinada es la que dice que quien se opone a los inverosímiles reniegos actuales es que no ha aprendido de Lenin que la táctica debe ser flexible. No negamos que Lenin había usado ese término. Pero Lenin era rígido, al mismo tiempo que enseñaba a ser flexibles. Quería que el partido fuese flexible como una lámina de acero, que es el material que peor se rompe. Pero esta gente que osa hablar de él es flexible como el requesón, por no citar la materia que mejor les representa, o sea se deforma no para retomar la inexorable dirección de la espada que va al corazón del enemigo, sino a la manera de un moñigo aplastado.

 Lenin no quiere hacer doctrinarismo y hace gracia el uso de su potencia doctrinal: quien quiera iluminarse no debe temer los deslumbramientos. Él, con gran alegría de los intelectuales pequeño-burgueses crecidos, como en Turín, en la escuela idealista, quiere ser concreto y da ejemplos prácticos, y a ellos nos atenemos. ¡Ay del moñigo que quiera ser abstracto! No consigue tampoco ser concreto, ni siquiera después de varios años de estar seco. Los americanos llaman concrete al hormigón; se entiende que una vez que ha fraguado. Los concretos italianos no han fraguado después de tantos años, y con el paso del tiempo superan todos los límites de blandura.

 Los bolcheviques, dice Lenin, en los años anteriores a la revolución no hemos sido intransigentes, hemos hecho acuerdos, alianzas, compromisos con los partidos burgueses y pequeño-burgueses. Pero esto no da derecho a justificar a los aliados ingleses, franceses, etc, de la burguesía en el poder. ¿Dónde está pues la distinción entre flexibilidad revolucionaria y baño de mierda burgués? El problema no es banal.

 Primeramente responderemos a Lenin que la táctica antes de la caída del régimen feudal despótico, según la antigua norma marxista, no excluye en absoluto el bloque del partido obrero con los partidos democráticos pequeño-burgueses y burgueses. Marx y Engels, como Lenin y Trotsky lo enseñan, ya lo habían dicho en 1848. En tal situación, como en este siglo en China y en las colonias, estos partidos tienen un programa y una tarea insurreccional. La solución que buscamos no es una lección de la historia reciente y del siglo XX, y Lenin la presenta ya completa en Marx: si hacer esto es doctrinarismo, el doctrinario era él. Se trataba de llevar a cabo compromisos con estos movimientos, pero sin perder de vista nunca en el seno del nuestro que en un estadio inmediatamente sucesivo se convertirán en enemigos, y que nuestra maniobra – inclusive con engaños, pero engaños a ellos, no a nosotros mismos – se transformará ágilmente en su derrota y destrucción. Por tanto, maniobra flexible, pero teniendo presente que, si se omite la preparación en nuestras filas de partido, condicionada por la incesante denuncia de la ideología de los aliados transitorios, se transforma en nuestra ruina y derrota.

 Puede decirse que se trata de un «esquema», otra palabra que está de moda escarnecer, pero que precisamente en Marx es un esquema teórico porque aún no alcanza todo su desarrollo, mientras que en Lenin es praxis histórica, en Octubre de 1917 es acción real. Esto está claro, pero igualmente claro es que la doctrina ha precedido a la acción, y la victoria ha premiado a la doctrina correcta. Lenin temía que nosotros jóvenes dedujésemos: la doctrina es correcta y así nos quedamos, con las manos en los bolsillos. Nos esmeramos para no merecer tan indigno estigma; pero un estigma aún peor, mil veces peor, es el de quien se ha plegado, con una elasticidad inmensa, ante el derrotismo adversario.

 Los ejemplos de Lenin deberían referirse a situaciones de régimen burgués pleno, y se hablaba de los aliados y de los «compromisos» solo en el campo de los partidos «obreros», que en aquel entorno tenían tres graduaciones: II Internacional, II y media, y III. Esta fue sobre todo la discusión que vino después de la muerte de Lenin. Los partidarios del frente único invocaron, es cierto, a Lenin; pero no pensaban que la teoría del compromiso se extendería un día (nosotros ya lo vimos y expusimos nuestros temores) hasta los partidos y Estados burgueses y capitalistas, recién empolvados por la eterna «democracia», o sea por la misma justificación que aducían las raleas de 1914 para defender la patria en la guerra imperialista.

 Ténganse en cuenta por lo tanto, los ejemplos de Lenin acerca de la táctica bolchevique durante el régimen del zar. Bastan para establecer quién es el que comprende a Lenin, y quién es el que reniega de él. Lenin recuerda que entre 1901 y 1902 los bolcheviques (los socialdemócratas de entonces) hicieron una breve pero formal alianza con Struve, jefe del liberalismo burgués (de los famosos marxistas legales). Pero ¿de qué modo, bajo qué condiciones? He aquí:

 «(...) Sin dejar de sostener, a la vez, la lucha ideológica y política más implacable contra el liberalismo burgués y contra las más mínimas manifestaciones de su influencia en el seno del movimiento obrero» (Ibídem, pág. 58).

 ¿Puede decirse algo lejanamente similar de la actitud de los comunistas franceses o italianos en los frentes de resistencia partisana? Aparte de la astronómica distancia entre fascismo capitalista y zarismo feudal, no se ha hecho nada en la batalla ideológica contra radicales burgueses o demócratas cristianos, y se ha permitido que su influencia se propague entre unos proletarios que estaban ya adelantados en las posiciones antimasónicas y anticatólicas...

 Lenin cita los acuerdos prerrevolucionarios de los bolcheviques con los mencheviques y con los populistas, y los justifica con el ejemplo de la derrota final y la dispersión de tales partidos. Finalmente se felicita – con verdadera «coquetería» de polemista – del compromiso más célebre, el compromiso después de la revolución, con los socialistas revolucionarios de izquierda, partido campesino y pequeño-burgués. Nosotros aceptamos, dice él, integralmente su programa agrario. Este «bloque», hecho en una época no burguesa, e incluso después de la conquista del poder, aseguró la mayoría en los soviets y permitió disolver la constituyente.

 Este último bloque fue roto, pero por los mismos socialrevolucionarios, y por las divergencias sobre la aceptación del tratado de Brest-Litovsk. Los aliados rompieron por «intransigencia» y por «odio al compromiso». En el partido bolchevique se estuvo al borde de la escisión. Los «eseristas» intentaron una insurrección y fueron reprimidos. En toda esta serie de acontecimientos Lenin estuvo siempre en la línea del marxismo revolucionario; los infantiles no le comprendieron, pero en Italia estuvimos con él, aunque no existían comunicaciones directas.

 Se trató, dice aquí Lenin, del compromiso con una clase entera no proletaria, la de los pequeños campesinos. Pero si esto fue posible y si los campesinos mantuvieron su empeño revolucionario en la épica lucha contra los blancos de todo pelaje que esperaban separarlos de los obreros de las ciudades, la grandeza de Lenin fue la de no haber comprometido doctrinalmente la teoría agraria marxista y haber efectuado las más arduas maniobras siempre con los ojos fijos en el objetivo final. Fue bajo Stalin cuando esta potente directriz fue invertida y traicionada, y destruida cada vez más (hasta llegar a las vergüenzas actuales) la hegemonía del proletariado sobre los campesinos, para dar vida a la forma pequeño-burguesa koljosiana. La flexibilidad de la maniobra revolucionaria fue sustituida por la vergüenza de las renuncias que han hecho de Rusia un país no proletario, sino gobernado por esos siervos del capital mundial que son los pequeños burgueses; y la pseudo-doctrina de la convivencia no expresa otra cosa que este tipo de compromiso, igual a los que el análisis histórico de Lenin computará a los traidores.
 

Revolución política, evolución social

 Es infinita la desvergüenza del sanedrín de Moscú y sus satélites a la hora de trazar, siempre en nombre del marxismo y del leninismo, una vía para la victoria del socialismo, con la cual éste se ganaría a los Estados del bloque del oeste a través de una penetración pacífica y modélica, imitativa, igual que la que Lenin condenó desde sus primeras páginas, citadas aquí para la Rusia de 1920. Y hoy, a través de nuevos compromisos tan laboriosos como disfrazados, esta absurda teoría reaparece, después de cuarenta años, bajo la insensata del Estado-guía al cual los otros ochenta partidos rinden un místico y vil homenaje.

 El modelo actual, con un largo desarrollo en un sentido industrial y capitalista, destaca principalmente dentro del mismo terreno de la producción industrial por la descentralización, mercantilismo, y un ingreso cada vez más impúdico dentro del garito monetario mundial. Y todo esto se envuelve con un doctrinarismo, puramente falso, justificando sus actos con una condena de puro sabor estalinista al dogmatismo y al sectarismo, y otra más disoluta al revisionismo.

 ¿Qué es el revisionismo? Es la negación de todo cuanto el corpus inviolable del marxismo había esculpido en granito, y que los alemanes, sus depositarios ocultaron durante cuarenta años, hasta que pudo contemplar con Lenin, el triunfo revolucionario, tal y como en estas páginas se recoge para siempre. Esa ocultación histórica, fabulosa, de los ejes de la doctrina permitió a los socialistas partidarios de los plácidos ocasos escarnecer al revolucionarismo infantil y pequeño-burgués de los anarquistas, que pretendían derrocar en un solo día la forma estatal y el andamiaje social de la explotación, pero que en ese período del siglo XIX eran los únicos que comprendían que el proletariado debería destruir el Estado y fundar una sociedad sin Estado.

 Lenin vuelve a perfilar la solución de Marx. Es muy simple. No basta con un solo día, ya que en efecto, la estructura económica, si no se quiere que la sociedad muera de hambre, se desarrolla con un ritmo que puede acelerarse pero no puede formarse instantáneamente. Pero este motivo friamente «científico» no es óbice para que nosotros, partido revolucionario, esperemos y deseemos la catástrofe. Llegará la batalla campal, pero no marcará el fin, al día siguiente, de la economía mercantil y del Estado. Por esto es fundamental la solución de la dictadura; y por esto los revisionistas, que revisaron la profecía de catástrofe de Marx, ocultaron el descubrimiento de la dictadura proletaria, por la que las masas de Francia, casi desprovistas de doctrina en un sentido escolástico, habían luchado en tres ocasiones.

 La economía dispondrá de todo el tiempo que necesite (tiempo máximo en Rusia, gritó Lenin: «a nosotros nos ha sido más fácil empezar, a vosotros os será más fácil continuar» – ¡es decir, nada de modelo y guía!), pero el Estado de clase actual lo haremos saltar el primer día: al día siguiente nuestro Estado de clase dominante; la dictadura; la evolución económica hasta el comunismo sin clases. ¿Durante cuánto tiempo? Incluso cincuenta años en Rusia, dijeron los grandes bolcheviques, pero quizás diez años en Europa, si la dictadura triunfase allí. Entonces, desaparecerá el Estado.

 ¿Qué es el revisionismo, asesino del marxismo resucitado por el leninismo? Es la gradualidad en economía y en política, la visión de un desarrollo en el que la violencia y el terror de clase son olvidados como parte integrante de los personajes de la tragedia histórica. Un desarrollo en el que la gradualidad económica socialista comienza bajo el Estado capitalista.
 ¿No es revisionismo el infame manifiesto de Moscú de 1960? ¿No es gradualismo, que de nuevo triunfa sobre Marx y Lenin, sepultándoles dentro de la tumba histórica del olvido, la perspectiva según la cual (sin ni tan siquiera otras guerras mundiales como la tercera que el ojo rapaz de José Stalin osó mirar fijamente) una especie de plebiscito civil de todo el planeta, a través de una lenta filtración de ejemplos a tomar y modelos a copiar, lleve sin sobresaltos el mentiroso sistema socialista para que se difunda por el otro bloque?

 Al igual que Marx y Lenin odiaron la cobarde palinodia de los pacifistas, hay que maldecir esta otra; la más impúdica de las visiones evolutivas de la vida humana. Si realmente la guerra la amenaza como una catástrofe, la dialéctica de Marx y Lenin que solo nosotros seguimos, indica que la única salvación se halla en la teoría de la catástrofe: en ella la llama gloriosa de la guerra civil aniquila a la pactista y emulativa liga de los explotadores y de los traidores.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

VII.   APÉNDICE SOBRE  LAS CUESTIONES ITALIANAS
 

Objetivo de esta nota final

 Si creemos correcto dedicar cierto espacio a los asuntos italianos, los cuales fueron objeto de debate en la Internacional Comunista en la primera posguerra, no es precisamente porque el centro de la divergencia que después de Lenin y después de 1920, apareció y se profundizó de forma progresiva, fuesen los trabajos del partido italiano y el modo con el que la Internacional los abordó. El punto más importante entonces y hoy era el de la táctica internacional comunista y, en un trasfondo histórico más amplio, la estrategia de la revolución europea y extraeuropea. Y es sobre este punto donde después de cuarenta años se pueden y se deben sacar las consecuencias. La total bancarrota revolucionaria en los países capitalistas occidentales prueba como el uso de la consigna de Lenin sobre la «flexibilidad» degeneró en un abuso análogo al que Lenin imputó entonces a los traidores como Kautsky y compañía. Hemos justificado los motivos históricos por los cuales Lenin estimó que era una tarea urgente en aquel contexto luchar más contra el peligro del rigidismo que contra el exceso de flexibilismo. Nosotros, que nos permitimos sobrevalorar el peligro de este último, y de hacerle demasiadas concesiones, estábamos por la salvación del partido; Lenin esperaba la salvación de la revolución europea, ya que sabía que sin ella la revolución rusa estaba perdida. Podemos decir que la visión de Lenin era grande, pero no pueden osar hacerlo los que chismorrean acerca del carácter revolucionario de la Rusia actual.

 Sería un acto miserable jactarse de la desastrosa situación histórica, por la cual fueron inmoladas la revolución europea y rusa, y junto a ellas fue destruido el partido comunista mundial. Para salvarlos a todos eran insuficientes las Casandras.

 Nuestro estudio sobre Lenin tiende a establecer el difícil traspaso entre la flexibilidad que él proponía – y que nosotros no dudamos en definir como demasiado amplia para los países de la meretriz democracia moderna – y la asquerosa flexibilidad de los traidores de 1920, superada solo por los de la actual oleada carroñesca, y que Lenin tuvo la fortuna de no conocer.

 Veamos en efecto otra cita del texto:

 «Falta sólo cosa para que marchemos hacia la victoria con más seguridad y firmeza [¡este es el magnífico optimismo de Lenin que nos asustaba!]: que los comunistas de todos los países comprendan, por doquier y hasta el fin, que en su táctica deben ser flexibles al máximo (...) Podría (y debería) ser una lección útil lo ocurrido con jefes de la II Internacional tan eruditos marxistas y tan fieles al socialismo como Kautsky, Otto Bauer y otros. Comprendían muy bien la necesidad de una táctica flexible, habían aprendido y enseñaban a los demás la dialéctica de Marx (...) pero al aplicar esta dialéctica, han incurrido en un error tan colosal, ó se han mostrado en la práctica tan apartados de la dialéctica, tan incapaces de tomar en consideración los vertiginosos cambios de forma y la rapidez con que las viejas formas se llenan de un nuevo contenido, que su suerte no es mucho más envidiable que la de Hyndman, Guesde y Plejánov» (Ibídem, pág. 90-91).

 La suerte de los tres últimos fue la de pasar a la defensa de la patria, para Lenin piedra angular de la última infamia; la suerte de los primeros, de los centristas, no fue menos asquerosa: el lector puede releer las páginas que preceden y siguen: fue la de aplaudir en nombre de una presunta ortodoxia socialista, no solo las injurias, sino las expediciones punitivas burguesas de aquella época contra los soviets rusos.

 ¿Es tal vez una suerte mejor la de los redactores del reciente manifiesto de Moscú? También estos tienen la infinita impudicia de tomar sus líneas de la flexibilidad de Lenin y de la dialéctica de Marx. ¿Dónde han llegado? Mientras que Lenin quiso enseñar que podían ser útiles  evoluciones tácticas audaces, donde la sólida dialéctica no hiciese olvidar los ejes, fuera de los cuales su nombre pierde todo significado (y estos ejes, como se ve en todas las páginas del texto examinado, son, para todos los países, la dictadura proletaria, el sistema de los soviets  y la destrucción del parlamento), ahora vemos que hoy una piara de ochenta y siete cerdos que escribe, invocando a Lenin:

 «La clase obrera tiene la posibilidad de transformar el parlamento, instrumento de los intereses de clase de la burguesía, en instrumento al servicio del pueblo trabajador».

 ¿Flexibilidad de «nuevo contenido que entra en las antiguas formas»? ¿Flexibilidad a la Lenin? ¿O contenido putrefacto por triplicado que entra en la nueva carroñería?

 He aquí los términos, no doctrinales sino históricos, de la cuestión táctica planteada por nosotros, los comunistas sin patria.

 Y si mencionamos a Italia es por un motivo secundario. Ante todo porque Lenin habla de ella, y después porque nos interesa probar que, antes de conocer su obra, o mejor dicho cada obra suya, la línea maestra de los comunistas de la izquierda italiana ya era la correcta, y con ella condenó el doctrinarismo de derecha y el de izquierda, la carroñería de todas las épocas y el balbuciente inmediatismo pequeño-burgués, que desde hacía tiempo ya habíamos atacado dentro del pequeño círculo nacional.

 Partido de clase, centralización, disciplina, son los puntos cardinales de la victoria rusa que Lenin plantea como argumento a todos los países del mundo. Esto quiere decir lucha sin cuartel contra las enfermedades (se las llama banalmente de derecha o de izquierda) del economismo, laborismo, obrerismo, sindicalismo, apoliticismo, localismo, autonomismo, individualismo y libertarismo. Resultó fácil decir que los izquierdistas italianos al defender el abstencionismo electoral en 1919 se desviaban de la línea marxista: lo cierto es lo contrario: y la demostración no está dada solo en teoría, sino en los hechos prácticos no falsificados.
 

De la unidad burguesa a la primera guerra

 Las Historias del movimiento proletario italiano no son escasas, pero su consulta no es segura debido a la posición ideológica de sus redactores, y los textos con una base exclusivamente documental son demasiado pesados. Aquí no ofrecemos más que apuntes para situarnos rápidamente en 1920.

 A los anarquistas, entonces llamados comunistas libertarios y hasta 1871 unidos a los marxistas en la I Internacional, no puede negárseles el mérito de haber sido los primeros en asumir la posición histórica según la cual, una vez acabadas las luchas de independencia nacional, no debía difundirse entre los trabajadores italianos ninguna euforia por la victoria de la burguesía nacional liberal, su verdadero enemigo social, y aliado de ayer. Está claro que esta es una posición histórica marxista,  y no menos marxistas eran las tesis según las cuales el nuevo choque social no debía ser defensivo, sino agresivo, y adoptar formas de lucha insurreccional y guerra civil: podría decirse que se trataba de una tentativa, insuficiente tanto teórica como organizativamente, de pasar inmediatamente después de la victoria sobre la burguesía ayer aliada, a la lucha contra ella por la toma del poder, como planteó Marx en 1848, y Lenin llevó a cabo en 1917.

 Las luchas fueron locales, regionales, dirigidas por bandas que no consiguieron su generoso intento de atacar las comandancias de las grandes ciudades, y en el campo fueron atajadas preventivamente por la represión despiadada del Estado burgués de clase. La tradición de los marxistas de izquierda no puede ligarse a éste extremismo de tipo conspirativo y en un cierto sentido blanquista. La posición correcta aparece en la carta de Engels a la Plebe de Pavía (Della autorità, 1873). La revolución no solo necesita hombres audaces y armas, sino una organización de partido centralizada nacionalmente, que tiende a actuar como un ejército disciplinado en la guerra para fundar un Estado proletario tras derrotar al burgués. Originalmente, en 1870, fuimos definidos correctamente como comunistas autoritarios. Fue un error teórico (precisamente no el doctrinarismo, sino la corrección incluso terminológica y de las fórmulas, es siempre un oxígeno vital para el movimiento) pasar de la expresión autoritarios a la de legalitarios. La segunda, en los decenios finales del siglo XIX, se deslizó hasta la praxis de los partidos socialistas que veían lo que hoy ven los cochinos actuales: elecciones y parlamento como medios de clase para tomar el poder.

 En 1892 los socialistas se separaron de los anarquistas en el congreso de Génova: la fórmula de aquel programa era la «conquista de los poderes públicos». Cuando en 1919 sostuvimos en el congreso de Bologna que para adherirse a la III Internacional esa fórmula debía cambiarse, el viejo Lazzari intentó probar que no excluía la toma insurreccional del poder: Verdaro le respondió que él defendía aquel programa del que había sido uno de los redactores. Lazzari había luchado largamente toda su vida contra los reformistas; fue durante la guerra cuando lo acusamos, desde 1917 y antes, de centrismo, de lo mismo que Lenin acusó a Kautsky; ¡de cualquier modo, Lazzari estaba más «a la izquierda» que los kremlinianos actuales!

 A caballo entre los dos siglos, mientras los anarquistas quedaban reducidos a la escuela individualista y al método del atentado, los socialistas, como sucedió en toda Europa, se dividieron en reformistas y revolucionarios. No es necesario repetir que los primeros son evolucionistas y reniegan de la doctrina de la revolución social como única vía hacia el socialismo; los segundos no afirman claramente la palabra dictadura, pero ven en la actividad parlamentaria solo un campo de agitación sobre la base de la lucha de clase, excluyendo no sólo la posibilidad de entrar en gobiernos parlamentarios, sino también la de formar bloque con oposiciones parlamentarias de izquierda.

 La cuestión de la intransigencia electoral era un modesto banco de pruebas en una época idílica que no hacía sospechar la próxima y tremenda explosión de la primera guerra mundial. Sin embargo en Italia  y hasta 1914 hubo un progreso de la izquierda marxista. Esta tuvo una muy notable afirmación en la lucha contra la participación en la masonería y en la liquidación del banal anticlericalismo pequeño-burgués de la época. Pero la confirmación mejor de la exactitud de la teoría seguida, en el sentido que el mismo Lenin da a esta palabra, se tuvo en la posición de cara al sindicalismo revolucionario, que pasó a Italia desde la escuela francesa de Sorel, y sobre cuyo plano se habían movido las tendencias anarquistas.

 Como reacción «infantil de izquierda» a las degeneraciones parlamentarias y colaboracionistas de los partidos socialistas de entonces, los sorelianos negaban el partido y las elecciones. Reivindicaban la violencia de clase y la insurrección, pero en ella veían el fin del Estado. La acción directa para ellos significaba choque entre el proletariado organizado en sindicatos y con el arma de la huelga general, y el Estado burgués, que en la lucha debía desaparecer: precisamente la idea anarquista, sin ceder el sitio a un Estado obrero cualificado.

 La crítica a estos errores inmediatistas fue completa por parte de la izquierda del partido socialista en el primer decenio de este siglo, en el cual los sindicalistas salieron tanto del partido como de la Confederazione del Lavoro. La forma adecuada para llenarse, en el sentido de Lenin, de contenido revolucionario es el partido político, y no el sindicato. En este se desarrolla el espíritu de categoría (y peor aún en el sindicalismo de los consejos de fábrica, nacido después, donde se desarrolla el espíritu todavía más estrecho de la empresa): solo en el partido se llega a la unidad de la lucha no solo nacional sino mundial. Es «infantilismo» deducir de la degeneración del partido y de sus parlamentarios la conclusión apolítica y apartidista, que más que la «no electoralista» conduce a la renuncia de la dinámica revolucionaria, que es política, porque la guerra armada entre las clases es un hecho político por excelencia. También los sindicatos habían degenerado en el peor minimalismo de las pequeñas conquistas y habían provocado la degeneración parlamentaria, pero esto no justificaba la escisión sindical. Estas posiciones, asumidas después de la guerra por la III Internacional, ya antes estaban claras para nosotros en Italia.

 La cuestión del partido se planteaba plenamente, y también la del Estado. Los sindicalistas se jactaban de ser antiestatales; en muchas ocasiones se les respondió en los periódicos del movimiento juvenil que también nosotros los socialistas revolucionarios estábamos contra el Estado, en el sentido de derribar el poder actual y alcanzar el fin del Estado después de que bajo una nueva forma este sirviese históricamente al proletariado en el período de transformación social. Por ejemplo se podría encontrar un discurso de Franco Ciarlantini en el congreso de Ancona que desarrollaba este tema, si bien en aquel entonces no se presentaba como actual.
 

La guerra de 1914

 La historia es muy conocida incluso por los más jóvenes. El comportamiento del partido socialista en Italia fue muy distinto del que se tuvo en Francia, Alemania, Austria, Inglaterra. Esto fue debido al hecho de que la incorporación de Italia a la guerra tuvo lugar con nueve meses de retraso, pero no obstante hay que decir que, al igual que en el partido bolchevique ruso, tuvo un efecto útil la histórica lucha precedente del ala izquierda de los marxistas contra errores doctrinarios de derecha y de izquierda (reformistas y anarcoides, a los que siempre definimos como dos aspectos del error pequeño burgués). Un artículo de uno de nuestros camaradas en el Avanti! del 13 de julio de 1913 combatía con este planteamiento contra los abstencionistas para las entonces inminentes elecciones políticas, precisamente con este título: «Contra el abstencionismo».

 La aparición en el mismo partido, que en su gran mayoría estuvo contra la guerra, de una tendencia peligrosa y centrista fue advertida inmediatamente; de esto dan fe los artículos del Avanti!, bajo censura, y los debates en las reuniones de Roma en 1917, de Florencia en 1917, etc., en las que el ala extrema se diferenció claramente. Quien lea estos artículos verá como antes de la publicación de las tesis de Lenin-Zinoviev, y de las reuniones internacionales de Zimmerwald y Kienthal, se delinearon las tesis de la escisión internacional después de la guerra, y en el mismo «no traidor» partido italiano.

 No solo se condenó la fórmula de los derechistas de aceptar después de mayo de 1915 el hecho consumado de la intervención en la guerra y dedicarse a una obra de «cruz roja civil», y se les golpeó duramente por sus actitudes defensistas tras la invasión austriaca en Caporetto, sino que además fue desaprobada la dirección con su dudosa fórmula «ni adherir ni sabotear», sosteniendo el derrotismo revolucionario en las guerras antes de que el mismo Lenin hablase de ello.

 Ya en un artículo de noviembre de 1914 hablábamos de una «nueva internacional con el programa máximo comunista». En mayo de 1917 la izquierda se levantaba contra un voto de la dirección que veía que la situación había cambiado (¡la acostumbrada enfermedad de los giros!) debido al mensaje de guerra de Wilson, seguido a continuación del de paz, y por la caída del zar en Rusia, que adornaba el contenido «democrático» del imperialismo occidental. Serrati se preocupó desde entonces de que quisiésemos la «ruptura», contra la que después tuvo que luchar él mismo en 1919 y 1921, o sea en el momento crucial.

 Aquí no se trata de sacar a relucir méritos, sino de mostrar cómo se desarrolló de hecho la situación histórica italiana.
 

El congreso de 1919 y las elecciones

 Materiales muy interesantes para comprobar cuanto decimos se encuentran en el resumen del congreso del PSI celebrado en Bolonia en octubre de 1919, texto que es muy difícil de encontrar. En todos los discursos de la fracción comunista abstencionista – que agrupaba a una minoría frente a la maximalista, muy predominante, y la reformista, que recogía los habituales términos de unidad o de concentración – son tratados a fondo dos puntos: el de la unidad del partido, que se había convertido en un lastre en los pies del proletariado impaciente por luchar, y el de las inminentes elecciones generales que, como nosotros advertimos con antelación, desviaron hacia el canal legalitario todas las energías de la clase que un partido no híbrido habría podido conducir hacia grandes éxitos.

 Si la cuestión de la escisión fue rechazada por los maximalistas electoralistas fue precisamente para no echar abajo el éxito de la campaña electoral. Es el momento de hacer público un hecho importantísimo. En la sesión pública expusimos que la moción de la fracción maximalista (serratiana, a la que entonces estaban adheridos Bombacci, Gennari, Graziadei, Gramsci y todos los demás que después en Livorno en 1921 vinieron con nosotros) en su parte programática y teórica estaba muy próxima a la nuestra, que reivindicaba plenamente la plataforma de la III Internacional, quedando sólo la divergencia sobre la participación en las elecciones y sobre la exclusión del partido de los que rechazaban el nuevo programa. Sin referirnos ahora a las decisiones del congreso de 1920 que sancionaron esta escisión, incluso pronunciándose como es sabido a favor de la participación en los parlamentos, hay un hecho que naturalmente no figura en el resumen público. Antes de votar, los dirigentes de la fracción abstencionista dieron un paso hacia los maximalistas, ofreciendo votar todos juntos a condición de que se decidiese la escisión de la derecha turatiana. Para llegar a este acuerdo nosotros habríamos renunciado a la prejudicial abstencionista. Pues bien, esto encontró una inmediata repulsa: no solo querían hacer las elecciones, sino que además querían hacerlas con la máxima victoria y por tanto en unión con las fuerzas electorales de Turati y compañía. Era evidente que el serratismo no veía la acción parlamentaria, como Lenin en 1920, con una finalidad demoledora, sino que la veía con un estilo socialdemócrata, soñando tras la guerra y la indignación proletaria con una victoria mayoritaria en Montecitorio. ¡Pobre Serrati! ¡Cuantas de estas habrás oído antes que te las dijésemos nosotros, en ese momento, y después por parte de Gramsci y los suyos, hasta que te rociaste la cabeza con el polvo de Moscú-Canossa! ¿Quién habría dicho que en la Internacional de los gorrinos de 1960 habría triunfado... el serratismo?

 La cuestión de la escisión entre los que seguían el programa comunista y los que seguían el socialdemócrata era más importante que la de las elecciones italianas y el parlamentarismo, si bien esta segunda marcó la derrota de las fuerzas proletarias en Italia y por tanto aseguró en sustancia la victoria fascista de la burguesía.

 Nosotros planteamos la cuestión de la escisión invocando los trágicos ejemplos de las revoluciones en Alemania, Baviera, Hungría. Los textos de los discursos de Verdaro, de Boero, y de todos nuestros oradores, demuestran que ya en aquellas luchas – y además en la victoriosa de Rusia – nosotros decíamos que los adversarios del programa comunista de la dictadura del proletariado, llegado el momento del choque que todos en Italia veían próximo, se pasaban al lado de la burguesía. Recordemos el telegrama de Lenin para que se excluyese a los socialdemócratas del gobierno comunista húngaro de Bela Kun, y que la prensa burguesa había difundido antes de la caída fatal de los soviets en Budapest. Todavía no habíamos leído el texto de 1920 del Extremismo, que trata el mismo ejemplo trágico y el mismo diagnóstico de las causas. Pero nuestro acuerdo con él era total.

 Nosotros después del voto de Bolonia no abandonamos el partido y llevamos a cabo las elecciones con disciplina, como lo hicimos después del congreso de Moscú de 1920 y la constitución sobre aquella base del partido comunista de Italia en Livorno, en 1921. Todo esto demuestra que nuestro comportamiento, lejos de estar afectado de rigidismo doctrinal, fue por cierto muy «elástico». Pero precisamente por no ser doctrinarios nos podemos preguntar hoy con pleno derecho cuáles fueron los resultados finales de la maniobra del partido proletario. Lo que sostuvimos en Bolonia y después en Moscú en 1920 fue la imposibilidad de una participación parlamentaria que no nos hiciese recaer en la concepción socialdemócrata de la conquista parlamentaria del poder, opuesta a la concepción revolucionaria. ¿No nos dan hoy los hechos reales la prueba de que esta previsión era exacta?

 Es el momento de volver ya al texto de Lenin. Su concepción de la táctica nos muestra un partido que sabe ser no rígido en dos sentidos: cuando se trata de acercarse por un momento a una maniobra cuya «forma» sea la de un compromiso aparente con fuerzas más o menos distantes de nosotros, y cuando se trata de seguir el movimiento estratégico opuesto, retornando con mayor decisión aún a la posición de ataque directo a todos los enemigos. Podría jactarse de haber comprendido y llevado a la práctica dialécticamente la consigna leninista quien llevase a cabo con éxito las dos maniobras. ¿Pero a qué asistimos hoy? Nadie ha hecho una breve excursión al método de acción parlamentario para luego volver con redoblado vigor al método del asalto revolucionario. El movimiento se ha sumergido por el contrario hasta el cuello, reducido totalmente, en la idolatría democrática y en la práctica parlamentaria. Lenin por su parte explicaba entonces que la fuerza de los bolcheviques fue la de haber sabido aplicar con el mismo vigor la táctica de la presencia en la Duma y la de su boicot. Desde Bolonia, Verdaro objetó que precisamente en la Duma reaccionaria en la que los diputados eran enviados a Siberia, fue lógica la participación. En todo caso, veamos en qué caso justifica Lenin el «boicot».

 Cuando en agosto de 1905 el zar proclamó la convocatoria de un parlamento consultivo, los bolcheviques, opuestos a todos los partidos de oposición y a los mencheviques, proclamaron el boicot a este parlamento, y la revolución de Octubre de 1905 lo líquido efectivamente. En aquella época el boicot fue correcto, no porque sea correcto en general no participar en los parlamentos reaccionarios (esto nunca lo hemos sostenido, ya que son los parlamentos democráticos los que más nos horrorizan – por ejemplo, cuando los diputados comunistas con ocasión del asunto Matteotti fueron al «Aventino» participando en el boicot al parlamento fascista, fuimos nosotros los de la izquierda los que exigimos a la dirección del partido comunista, que ya había pasado de nuestras manos a las de Gramsci-Togliatti, que reparase este gran error haciendo volver a los diputados comunistas a la Cámara, ¡en la cual los fascistas los defenestraron físicamente!) SINO PORQUE SE HABÍA EVALUADO EXACTAMENTE LA SITUACIÓN OBJETIVA, QUE ERA DE NATURALEZA TAL QUE CAMBIABA RÁPIDAMENTE LA OLEADA DE HUELGAS DE CATEGORÍA EN HUELGA GENERAL POLÍTICA, DESPUÉS EN HUELGA REVOLUCIONARIA, Y FINALMENTE EN INSURRECCIÓN.

 En base a estas palabras de Lenin, quien definió después como un error el boicot de 1906 y 1907 ya que la situación se había enfriado, creemos necesario hacer una comparación con la situación italiana de la posguerra en 1919. No es doctrinarismo, sino precisamente un examen de las situaciones, ya que siempre nos han acusado de no saber y no querer hacerlo; mientras que nuestra tesis es que sólo se valoran bien las situaciones cuando se sigue una teoría inmutable.
 

Realidad de la primera posguerra itálica

 La guerra finalizada en 1918 había sido durísima para el proletariado, mucho más que la de 1940-45, si bien acabó con la victoria nacional y no con la derrota. Tras dejar en el Carso en doce alocadas batallas seiscientos mil cadáveres, los soldados italianos habían hecho la huelga militar en Caporetto, y sólo acontecimientos externos, como es la traición para gloria de la burguesía italiana avara y cobarde, habían invertido la suerte final de la guerra. El partido socialista que se había opuesto fieramente a la guerra gozaba de una inmensa popularidad entre las masas, popularidad salvada entre otras cosas cuando los de la izquierda impedimos que los parlamentarios se hundiesen en el socialpatriotismo al que tendían en 1917.

 Electoralmente era seguro que la consulta electoral habría sido una derrota para los fascios intervencionistas, amasijo asqueroso de nacionalistas ex-antiaustriacos, masones, republicanos, mussolinianos y otros expulsados del movimiento socialista. No solo el odio de los trabajadores pesaba sobre todos ellos, sino que la misma burguesía temerosa de las iras de clase tendía a liberarse de las responsabilidades de la guerra, y se jactaba de la oposición a la misma que habían tenido Giolitti, Nitti, gran director teatral de las elecciones convocadas en otoño de 1919, y los populares católicos, hoy democristianos. Esto sentó las bases de la revuelta fascista burguesa, que fue llevada a cabo con un programa de lucha extraparlamentaria. Todo lo que dijimos en Bolonia demuestra que este retrato de la situación italiana fue anticipado: el fascismo lo tuvo fácil y ganó la partida porque nosotros, proletarios, pasamos con todas las fuerzas al terreno legalitario, mientras que en la calle entonces éramos los más fuertes. Nitti, Giolitti, Bonomi hicieron el resto, tal y como dice la historia.

 Eramos los más fuertes no solo porque había comenzado magníficamente la oleada de huelgas reivindicativas de categoría, sino porque las masas obreras sentían que los resultados serían flacos y precarios si no se pasaba al terreno político (serie de Lenin: huelga general política, huelga revolucionaria, insurrección para la toma del poder). En Bolonia ya hablamos del naciente fascismo y planteamos el dilema leninista: dictadura del proletariado o dictadura de la burguesía; que era el mismo en toda Europa. Pero gritamos que era necesario el partido revolucionario.

 La situación era esta: en las calles los fascistas, los intervencionistas, huían y reaccionaban propagandísticamente diciendo que los nuestros, los rojos, abucheaban a los combatientes y arrancaban las condecoraciones del pecho de los mutilados de guerra. Tal era la indignación proletaria contra la guerra: hoy se colocan en los altares las condecoraciones de cualquier guerra, sea la primera o la segunda (fascista) y la partisana, con la misma zalamería hipócrita. Las primeras incitaciones y provocaciones fascistas estaban claramente inducidas por los industriales y los agrarios escarmentados por la oleada reivindicativa sindical, y la policía que obedecía a Nitti, se preparaba para la fácil evolución con la que los esbirros y el ejército hasta finales de agosto de 1922, ganaron la partida para las bandas fascistas, a despecho de la democracia dueña de su imbécil parlamento.

 Fue entonces cuando se tomó la decisión; cuando las grandes oleadas del movimiento de clase a escala nacional, como la ocupación de las fábricas en 1920, todavía estaban por venir. Inmediatamente después de la guerra era cuando se debió depurar el partido, y convocar los cambios de sentido decisivos en la Dirección, Grupo parlamentario y Confederazione del Lavoro, en los cuales las huelgas eran evitadas a toda costa.

 Apoyar la gran saturnal electoral en 1919 significó quitar los obstáculos en el camino del fascismo, que, en la estupefacta espera de las masas para la gran prueba parlamentaria, quemó sus etapas y se preparó para pagar con la misma moneda a los que en las plazas de Italia habían despreciado a los presuntos héroes de la guerra burguesa.

 La victoria de los 150 diputados socialistas fue pagada con el repliegue del movimiento insurreccional, de la huelga general política, de las mismas conquistas reivindicativas, y la clase burguesa al completo – incluidas la media y la pequeña burguesía que son el verdadero criadero del fascismo, ayer y hoy, en Italia y en otras partes – venció en su partida contra nosotros. En Livorno ya era tarde para la escisión, y más tarde fue todavía, tras la marcha sobre Roma, la esperanza de repescar con Serrati el partido socialista, el Avanti!, etc... Pero todo esto se sale del presente tema.

 En un reciente escritucho de L’Unità, con una historia ad usum delphini del partido comunista de Italia, se recuerda que en un cierto momento (después de Bolonia pero antes de Livorno) y ante una de los tantas críticas realizadas por el combativo movimiento del proletariado turinés, al cual habría tenido que responder toda Italia, la sección de Turín de la fracción abstencionista (mayoría local) se dirigió al comité central de la fracción para que se decidiese la escisión inmediata y la fundación del partido comunista. El grupo Ordine Nuovo quizás empezaba a comprender el enorme error de haber votado en Bolonia la unidad para las elecciones.

 Muchas veces nos han preguntado por qué no llevamos a cabo la escisión a partir del congreso de Bolonia. Hemos indicado que el mismo Lenin no se habría asombrado de tal decisión. En su escrito sobre el Extremismo, dos veces, en una nota y en un apéndice, habla de los abstencionistas italianos, y dice que se han equivocado en no querer ir al parlamento, pero que son los únicos que tienen razón cuando exigen la separación de los reformistas, de los kautskianos de Italia, y lo remacha con un inmenso vigor (7). Si decimos que habría aprobado nuestra escisión anticipada, lo decimos en base a un pasaje que está precisamente al comienzo del Apéndice con el título: «La escisión de los comunistas alemanes». Veamos este pasaje con breves comentarios nuestros.
 

¿Unidad o escisión?

 «La escisión de los comunistas en Alemania es un hecho. Los "izquierdistas" u "oposición de principio" han constituido su Partido Comunista Obrero, a diferencia del Partido Comunista. En Italia, por lo visto, las cosas marchan también hacia la escisión. Digo "por lo visto", pues dispongo sólo de los números suplementarios, el 7 y el 8, del periódico izquierdista Il Soviet, en los cuales se discute abiertamente la posibilidad y la necesidad de la escisión y se habla asimismo de un congreso de la fracción de los "abstencionistas" (o boicoteadores, es decir, los enemigos de la participación en el Parlamento), que hasta ahora pertenece al Partido Socialista Italiano».

 La fecha de esta nota de Lenin es del 12 de mayo de 1920, los números del Il Soviet citados son de marzo. La conferencia que Lenin llama congreso tuvo lugar en Florencia durante la primavera pero en ella no se decidió la salida del partido, en espera de las decisiones de la Internacional. Si estuvo bien o mal, no significa nada: los hechos eran estos.

 «Existe el peligro de que el rompimiento con los "izquierdistas", antiparlamentarios (y en parte también antipolíticos, adversarios del partido político y de la actuación en los sindicatos) – [Lenin supo después que nosotros, los izquierdistas italianos, no estábamos en absoluto contra la acción política y sindical] – se convierta en un fenómeno internacional, a semejanza del rompimiento con los "centristas" (o kautskianos, longuetistas, "independientes", etc.). Sea así. A FIN DE CUENTAS, LA ESCISIÓN ES PREFERIBLE A LA CONFUSIÓN, QUE IMPIDE EL CRECIMIENTO IDEOLÓGICO, TEÓRICO Y REVOLUCIONARIO DEL PARTIDO Y SU MADUREZ, ASI COMO SU LABOR PRÁCTICA UNÁNIME, VERDADERAMENTE ORGANIZADA, QUE PREPARE DE VERDAD LA DICTADURA DEL PROLETARIADO» (Ibídem, pág. 97).

 El texto continúa profetizando que a dicha escisión le seguiría una fusión – a diferencia de la escisión de la derecha – en un partido único (la fórmula se repite por dos veces en los mismos términos al final del parágrafo) de todos los integrantes del movimiento obrero PARTIDARIOS DEL PODER DE LOS SOVIETS Y DE LA DICTADURA DEL PROLETARIADO.

 ¿Qué piensan hoy de la «escisión» los conferenciantes porcinos de Moscú, que se jactan de haber seguido fielmente la vía del leninismo? «El obstáculo mayor que se opone a la lucha de la clase obrera para alcanzar sus propios objetivos [entre los cuales ya no está la dictadura, la violencia ha sido sustituida por la vía pacífica, o sin guerra civil, y los soviets por la conquista de los parlamentos] continua siendo la división en sus filas» (L’Unità, 6 de diciembre de 1960, pág. 8).

 A esto le sigue un cálido llamamiento a la alianza, no con los centristas, sino con los abiertos socialdemócratas de derecha. Esto en lo que respecta al terreno de los partidos; en el de las clases, ahora el llamamiento incluso internacional llega hasta la burguesía media. ¡Este es el uso que se hace en 1961 del clásico Extremismo de Lenin!
 

El inmediatismo ordinovista

 Ese peligro que Lenin debió describir en 1920 con las frases, que después se han hecho clásicas, de infantilismo y doctrinarismo de izquierda, culmina en no reconocer que el contenido revolucionario debe llenar por sí mismo dos formas exquisitamente políticas y centrales: el partido de clase y el Estado de clase. Es precisamente mitología infantil y antihistórica aquella posición que, del hecho de que los partidos políticos, no solo burgueses sino también obreros, hayan asumido en 1914 un práctico contenido antirrevolucionario, extrae la conclusión de la renuncia al partido, como los extremistas de Alemania. Un error análogo sería el de deducir de la función antirrevolucionaria del Estado burgués, la decisión de renunciar a la forma Estado (error tradicional de los libertarios). Cometería el mismo error quien dedujese de la manifiesta degeneración del Estado ruso la equivocación de Lenin (y Marx) al defender la forma autoritaria de la revolución.

 La que siempre ha sido la verdadera unidad (antes cualitativa que cuantitativa) de la lucha proletaria «en el espacio y en el tiempo» no puede ser llevada a cabo más que por un partido, lo cual no quiere decir cualquier partido. Sólo sobre la base política se puede ir más allá de las diferencias de situaciones e intereses de los grupos empresariales, de categoría, de industria, de los grupos locales regionales y nacionales, aunque su suma estadística forme la clase haciendo un frío registro. Sólo sobre la base política y del partido el interés momentáneo y transitorio de los grupos proletarios e incluso de su conjunto nacional e internacional puede estar subordinado al camino histórico general del movimiento, como en la clásica definición de Engels.

 El grupo denominado Ordine Nuovo, al que una propaganda organizada quiere describir como una corriente genuina en la dirección del marxismo y del leninismo, desde sus orígenes en la primera guerra mundial, nace precisamente de estos errores fundamentales.

 El estudio detallado de esta crónica política explica por qué desde 1920 la Internacional Comunista consideró ortodoxo a este grupo. Dada la polémica sobre la acción parlamentaria, en el segundo congreso se nos pidió una dirección en Italia que estuviese de acuerdo sobre este punto con la Internacional y que hubiese aceptado la escisión. El grupo de Turín (en aquel entonces no tenía base nacional) no estaba presente en Moscú; sobre él hizo una exposición objetiva el mismo representante de los abstencionistas, el cual explicó qué era el movimiento de los consejos de fábrica y la revista Ordine Nuovo. Las tesis que esta revista había publicado, y que tomaron ese mismo nombre, habían sido defendidas con el acuerdo de la mayoría obrera abstencionista y del grupo de jóvenes estudiantes intelectuales de la revista. Las cuestiones de los defectos del partido italiano y de la necesidad de su división fueron aportación de los abstencionistas, que las habían defendido desde 1919.

 Pero no es este el momento de hacer crónica. El desarrollo de entonces y el posterior permiten ver que el esquema, que diremos propio de Gramsci, tenía la naturaleza inmediatista de una posición pequeño-burguesa de izquierda, y no marxista.

 La perspectiva del Ordine Nuovo nace de la orientación de unos jóvenes intelectuales que hasta ese momento habían permanecido ajenos a los partidos y al proletariado, que miran las fábricas turinesas desde fuera, y lejos de saber verlas como las cárceles que señala Marx, descubren en ellas un modelo al cual puede referirse toda la Italia «atrasada» de la época. Es también obrerismo el del asalariado puro que ve la fábrica desde el interior, pero piensa que su conquista y gestión sea su objetivo de clase, sin saber percibir el empalme de las conexiones con todo el mundo exterior y reducirlo a la lucha final entre la dictadura mundial del capital y la dictadura mundial del proletariado. El de aquellos jóvenes inteligentes y estudiosos era un obrerismo «extrovertido» verdaderamente inmediatista. Miraban al obrero como a una especie social zoológica llena de metamorfosis particulares; no pensaban todavía que en el partido de clase – fuesen las que fuesen sus desviaciones – el camarada, el militante, tiene el mismo peso sin que se mire su origen social: y solo un partido así presagiado por Marx representa a la clase, hace de ella una clase, y la conduce a gobernar para destruir las clases, y destruirse a sí misma.

 En el sistema de Gramsci – en cuyos orígenes no aparece para nada el anatema de la guerra imperialista, tal y como lo dictó Lenin y quien verdaderamente confluyó con él, sino una posición que tuvo las mismas características que la de Mussolini, encaminada a la adhesión a la guerra democrática – la vía para eliminar los defectos de la confederación sindical y del partido socialista no era la de seleccionar el segundo y después luchar para conquistar la primera. Las dos estructuras debían ser vaciadas y abandonadas para sustituirlas por una nueva, el nuevo orden, el sistema de los consejos de fábrica.

 La jerarquía de esta elegante utopía está toda ella diseñada: del obrero al departamento, al comisario de departamento, al cómite de comisarios de fábrica, al consejo local de las fábricas y así hasta llegar a la cima. Esta nueva estructura toma, fábrica por fábrica, primero el derecho de control, después el de gestión; una especie de expropiación del capital por células de base, una vieja idea premarxista que no tiene nada de histórico ni de revolucionario. El partido no importa, y por tanto no se da importancia a su evolución, depuración, o ruptura traumática, nacional e internacional.

 El Estado tampoco importa, porque falta la visión realista de la lucha central por el poder único, y la transformación de la sociedad es imaginada realizándose pedazo a pedazo; y esos pedazos son las empresas productivas. Falta totalmente la visión de los caracteres de la sociedad comunista opuestos a los del capitalismo. Es un pálido «empresismo».

 Todas las exigencias que presentó con inderogable urgencia el Extremismo, que aquí ha sido nuestro tema, fueron sobreseidas por el movimiento del Ordine Nuovo. Este ha recorrido una extraña trayectoria histórica, desde el día en que en la reunión clandestina de Florencia en noviembre de 1917 Gramsci se tragó el debate sin intervenir más que con la intensa expresión de sus ojos, hasta la sucesiva involución del movimiento ruso e internacional, que tal vez le sorprendió no menos en los últimos años de su vida.

 Este ciclo, muy por encima de los nombres y de las personas, se ha cerrado como era fácil prever, y como fue previsto; el falso obrerismo clásico ha fracasado plenamente – y peor aún con las dudosas confluencias en la época del ventenio fascista y de la segunda guerra mundial – en su idea de fecundar mediante la cultura de una inteligencia burguesoide a la fuerza proletaria, original y no mezclable con los residuos de un idealismo filosófico libertador de espíritus; y este triste recorrido ha desembocado en una funesta sumisión a las modas impotentes de la clase media y a los más rancios y anticuados fetichismos pequeño-burgueses, de la grandiosa potencia de acción y de doctrina que hace cuarenta años tenía en Moscú su vanguardia y su resplandeciente bandera.

 Los sucedáneos actuales de las grandes consignas de Marx y Lenin no son el resultado de una marcha hacia delante de cuarenta años, sino la miserable remasticación de viejas supersticiones de dos siglos; o bien no son más que vulgares imitaciones de papagallo, que no tienen nada que ver con la grandeza verdadera del momento histórico que fue precisamente el suyo.

 ¡Paz, democracia, nacionalidad, un indefinible demoeconomicismo! ¿Es que nosotros nos hemos quedado quietos durante cuarenta años, mientras todos ellos enriquecían y actualizaban a Marx y a Lenin? ¡En absoluto! Estas carroñas actuales son los barrenderos del pasado más reaccionarios y retrógrados que la historia ha visto nunca. Son el síntoma más evidente de la fase degenerativa y de retroceso que atraviesa este infame mundo burgués; son la fuerza principal que obscenamente ha prolongado su ocaso.
 
 
 
 
 
 
 
 


NOTAS

1. Aventino: Colina de Roma donde voluntariamente se retiró la plebe en señal de protesta contra la opresión patricia. Por analogía, con este nombre se llamó al grupo de diputados italianos que en el 1924-25, tras el asunto Matteotti, se abstuvieron de participar en el parlamento como protesta contra el fascismo (NdT).

2. Advertimos al lector que todas las citas de Lenin que aparecen en el presente libro han sido sacadas de la edición en lengua española de las O.C., publicadas por la Editorial Progreso editada en Moscú, año 1986. Véase asímismo la Advertencia (NdT).

3. Como ya se ha explicado anteriormente, nosotros hemos preferido utilizar en todo el libro la versión en español de la Ed. Progreso. Véanse la Advertencia y la nota 5 de la pág. 47 (NdT).

4. En el texto original italiano se usan para todo este capítulo los textos alemán y francés de 1920 citados en la Advertencia (NdT).

5. Lenin, Las tareas del proletariado en nuestra revolución (Proyecto de plataforma del partido del proletariado), en O.C., t. 31, pág. 168, Ed. Progreso, Moscú, 1985.

6. En el original, estos pasajes están traducidos del texto alemán de 1920. Véanse la Advertencia y la nota 5 de la página 47.

7. Es oportuno citar los dos pasajes [en el original están traducidos de los textos originales de 1920] en los que Lenin habla del movimiento abstencionista italiano, desaprobando la propuesta de boicotear las elecciones y el parlamento, pero expresando su solidaridad con el único movimiento que defendía la escisión dentro del partido. El primer pasaje se encuentra en la nota final del séptimo capítulo: «¿Es necesario participar en los parlamentos burgueses?». El texto del capítulo se refiere sobre todo a Alemania y a la posición ciertamente falsa del partido escisionista obrerista, de los holandeses de izquierda y de toda la tendencia que niega incluso el trabajo en los sindicatos de derecha, y en general la función de los dirigentes y también la del partido; como hemos demostrado, todos estos puntos son diametralmente opuestos a los de la extrema izquierda italiana.
    El texto de la nota de Lenin es el siguiente: «Han sido escasas las posibilidades que he tenido de conocer el comunismo de "izquierda" en Italia. Es indudable que la fracción de "comunistas boicoteadores" (Comunista abstencionista) se equivocan al defender la no participación en el Parlamento. Pero hay un punto en el que, a mi juicio, tienen razón, por lo que puedo juzgar ateniéndome a dos números del periódico Il Soviet (núms. 3 y 4 del 18 de enero y del 1 de febrero de 1920), a cuatro números de la excelente revista del camarada Serrati Comunismo (núms. 1-4 del 1 de octubre al 30 de noviembre de 1919), y a números sueltos de periódicos burgueses italianos que he podido ver. Il Soviet y su fracción tiene razón, precisamente, cuando atacan a Turati y sus partidarios, los cuales pertenecen a un partido que reconoce el Poder de los Soviets y la dictadura del proletariado, continúan siendo miembros del Parlamento y prosiguen su vieja y nociva política oportunista. Como es natural, al tolerar esto, el camarada Serrati y todo el Partido Socialista Italiano incurren en un error preñado de tan grandes perjuicios y peligros como en Hungría, donde los señores Turati húngaros sabotearon desde dentro el partido y el Poder de los Consejos. Esa actitud es errónea, inconsecuente o timorata con respecto a los parlamentarios oportunistas, de una parte, engendra el comunismo "de izquierda" y, de otra, justifica hasta cierto punto su existencia. Es evidente que el camarada Serrati no tiene razón al acusar de "inconsecuencia" al diputado Turati (Comunismo, núm. 3), pues el inconsecuente es precisamente el Partido Socialista Italiano, que tolera en su seno a parlamentarios oportunistas como Turati y compañía» (Ibídem, págs. 51-52).
    El otro pasaje es el tercer parágrafo del apéndice que Lenin fechó el 12 de mayo de 1920 una vez concluido el esbozo del texto del 27 de abril. El título es: «Turati y Cía. en Italia». El texto empieza así:
    «Los números del periódico italiano Il Soviet a que aludido confirman cuanto he dicho en el folleto acerca del error del Partido Socialista Italiano, el cual tolera en sus filas a tales miembros e incluso a semejante grupo de parlamentarios. Lo confirma más aún un testigo ajeno, el corresponsal en Roma del periódico liberal burgués The Manchester Guardian (Inglaterra), que en el número del 12 de marzo de 1920 publicó una interviú hecha por él a Turati».
    Sigue la cita de la entrevista, en la cual Turati expresa que no hay que temer el peligro revolucionario, ya que los maximalistas juegan con el fuego de las teorías sovietistas solo para mantener a las masas en un estado de alarma y excitación. Turati dice que los mismos hombres que arman barullo están obligados a sostener una lucha por miserables mejoras económicas que suscitan unas huelgas que hacen penosa la difícil situación del país, el cual «está lejos de tener todavía conciencia de la necesidad de asimilar esa disciplina del trabajo que solo puede restaurar el orden y la prosperidad». Sigue el vivísimo comentario de Lenin:
    «Está claro como la luz del día que el corresponsal inglés se ha ido de la lengua y ha dicho una verdad que, probablemente, ocultan y adornan el propio Turati y sus defensores, cómplices e inspiradores burgueses en Italia. Esta verdad consiste en que las ideas y la labor política de los señores Turati, Treves, Modigliani, Dugoni y compañía son tal y como los dibuja el corresponsal inglés. Esto es auténtica socialtraición. ¡Cuán elocuente es la sola defensa del orden y de la disciplina para los obreros que padecen la esclavitud asalariada, que trabajan para que se lucren los capitalistas! ¡Y qué bien conocidos nos son a los rusos todos esos discursos mencheviques! ¡Cuán valiosa es la confesión de que las masas están a favor del Poder soviético! ¡Qué estúpida y trivialmente burguesa resulta la incomprensión del papel revolucionario de las huelgas, que crecen de manera espontánea! Sí, sí, el corresponsal inglés del periódico liberal inglés ha prestado un flaco servicio a los señores Turati y Cía, y ha confirmado de modo excelente cuán justa es la demanda del periódico Il Soviet y de sus amigos, los cuales exigen que el Partido Socialista Italiano, si quiere de verdad estar a favor de la III Internacional, expulse con oprobio de sus filas a los señores Turati y Cía y se transforme en un Partido Comunista tanto por el nombre como por sus actos» (Ibídem, págs. 101-103).
    A esta vibrante nota, que es citada habitualmente de modo parcial por los actuales oportunistas que quieren difamar los gloriosos méritos de la izquierda italiana, la primera y la única en colocarse sobre la línea de los bolcheviques y Lenin, sigue el parágrafo IV final del apéndice titulado: «Conclusiones falsas de premisas justas». En este parágrafo Lenin sostiene que, si bien es justo pedir la expulsión de los diputados reformistas, no lo es plantear que el nuevo partido comunista no participe en las elecciones. Lenin no advierte que la propuesta de Bolonia, como nuestro texto actual recuerda y documenta, se refería a unas elecciones que habrían llevado al parlamento a una enorme mayoría de reformistas turatianos y maximalistas serratianos, muy merecedores del juicio que daba el mismo Turati en la entrevista inglesa. Este conocido pasaje de Lenin trata el mismo argumento que estará en la base de la polémica en el II congreso de la Internacional entre él y los abstencionistas.
    El error sería descartar el método parlamentario por miedo a la dificultad de conservar el carácter comunista y revolucionario por parte de los delegados del proletariado en el parlamento burgués, donde deberían actuar para derrocar al parlamento y a la burguesía. Las dificultades, dice Lenin, nos esperan por doquier, y con su tremenda fuerza de voluntad pide que no se tema poner el pie en las arenas movedizas e infames del parlamentarismo. Sobre la discusión en el II congreso hablaremos en otro texto de nuestro movimiento. Hoy Lenin está muerto, pero su consigna de entrar en los parlamentos, tras la escisión con los elementos socialdemócratas, ha sido aplicada entre otros por el partido comunista que se formó en Livorno en 1921. Si hoy Lenin viviese, ¿qué diferencia encontraría entre el lenguaje, fustigado por Lenin, de Turati y consortes, y el de los parlamentarios que todavía hablan de marxismo y leninismo, más que una incoherencia y una indecencia que Turati no había alcanzado nunca?