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Siguiendo el hilo del tiempo Pacifismo y comunismo (Battaglia Comunista, n.13, 1949) |
En la tradición de los marxistas revolucionarios está bien sólida la oposición al nacionalismo y al militarismo, a todo belicismo basado en la solidaridad obrera con el Estado burgués en guerra por los famosos tres motivos fraudulentos: la defensa contra el agresor – la liberación de los pueblos gobernados por Estados de otras nacionalidades – la defensa de la civilización liberal y democrática.
Pero una tradición no menos sólida de la doctrina y la lucha marxistas es la oposición al pacifismo, idea y programa difícilmente definible, pero que, cuando no es una máscara hipócrita de los preparadores de la guerra, se presenta como la tonta ilusión de que, antes de que se definan y se desarrollen los contrastes sociales y las luchas de clases, se deba llegar a un entendimiento, desde bandos opuestos de opiniones y alineamientos de clase, en torno al objetivo de la “abolición de la guerra” y de la “paz universal”.
Los socialistas siempre han sostenido que el capitalismo determina las guerras inevitablemente, tanto en la fase histórica en que la burguesía establece su dominio construyendo los Estados nacionales centralizados, como en la moderna fase imperialista en que se vuelve hacia la conquista de los continentes atrasados y los diversos Estados históricos compiten por distribuirse su dominio. Quien quiera abolir la guerra debe abolir el capitalismo, y por lo tanto si existen pacifistas no socialistas hay que considerarlos como adversarios, puesto que, ya sea de buena o mala fe (peor en todos estos problemas de nuestro movimiento y comportamiento es el primer caso), nos inducirían a ralentizar el planteamiento clasista de nuestra acción y la lucha contra el capitalismo, sin llegar al ilusorio objetivo de un período capitalista sin guerras, objetivo que de todas formas no es el nuestro.
Esto por decirlo en resumen. Será sin embargo útil establecer que el análisis de las guerras entre los Estados dado por la escuela marxista nunca se ha reducido (véase Marx, Engels, Lenin) a un simplismo que diga que no hay repercusiones sustanciales del curso y del desenlace de las guerras sobre los desarrollos y sobre las posibilidades del socialismo revolucionario, y si nos referimos a la modernísima fase actual capitalista el análisis completo no nos lleva en absoluto a descartar la posibilidad, tras ulteriores desarrollos, de un sistema capitalista organizado en todo el mundo en un conjunto unitario, sea Estado supraordenado o federación, que sea capaz de mantener la paz en todas partes. Esto aparece cada vez más hoy como el ideal de los grupos superfilibusteros del capital y de sus mantenidos como los Truman, los Churchill y jenízaros menores. No excluimos esta eventualidad de la paz burguesa que antes de 1914 era pintada por los diversos Norman Angell con colores de idilio, pero, admitiéndola, la consideramos una eventualidad peor que la del capitalismo generador de guerras en serie hasta su colapso final; vemos en ella la expresión más contrarrevolucionaria y antiproletaria, aquella, nada sorprendente para la visión teórica marxista, que concentra al servicio de la opresión capitalista, en una policía mundial de hierro con mando único y con el monopolio de todos los medios de destrucción y de ofensa, el medio para estrangular toda rebelión de los explotados.
El pacifismo como renuncia genérica al empleo de los medios violentos de Estado a Estado, de pueblo a pueblo y de hombre a hombre, es una de las tantas vacías ideologías sin fundamento histórico de las que el marxismo ha hecho justicia. Las doctrinas de la no resistencia al mal, además de ser irreales y sin ejemplos históricos, no pueden servir más que para destruir en el seno de la clase obrera la preparación para insurgir con el uso de la fuerza para derrocar el régimen burgués, que los marxistas no admiten pueda caer de otro modo; son pues doctrinas antirrevolucionarias.
El propio cristianismo, hoy medio principal de adormecimiento de los oprimidos y de aceptación de la injusticia social, con su horror a la violencia, que hipócritamente impide a sacerdotes de todas las iglesias bendecir las guerras y las represiones policiales, como hecho histórico fue hecho de lucha y hasta Cristo dijo que no había venido a traer la paz sino la guerra.
La tesis de que la guerra era inevitable en las sociedades antiguas y medievales pero que una vez afirmada en todas partes la revolución burguesa y liberal sería posible dirimir los conflictos entre los Estados con medios incruentos ha sido siempre considerada por los fundadores del marxismo como una de las más sucias y necias apologistas del sistema capitalista. Carlos Marx, que siempre tuvo que habérselas con estos ideólogos descastados del civilismo burgués, no calló su infinito fastidio y acabó esgrimiendo su infalible látigo sobre sus divagaciones, y en la ruptura con el falso revolucionarismo anárquico bakuniniano una de las razones de principio fue el frecuentar los libertarios con esos ambientes suizoides y cuáquerizantes. Toda la poderosa campaña contra los socialpatriotas de 1914, que nunca será suficientemente recordada e ilustrada en el duro trabajo para reconducir por el camino justo al movimiento proletario, los marcó al mismo tiempo como renegados en cuanto sirvientes del militarismo, y en cuanto sirvientes del correlativo rumbo burgués de solidarismo jurídico internacional y ginebrista, en que consistía para Lenin la verdadera Internacional capitalista para la contrarrevolución.
HOY
En vísperas de cada guerra el reclutamiento de las milicias se hace hoy con medios más complejos que en los siglos pasados. En las sociedades greco-romanas combatían los ciudadanos libres y los esclavos se quedaban en casa. En tiempo feudal la aristocracia tenía como función suya la guerra y completaba sus ejércitos con voluntarios: voluntario y mercenario es la misma cosa, quien decide por su iniciativa hacerse soldado aprende el arte y busca un puesto. La burguesía capitalista introdujo la guerra por fuerza; pretendiendo haber dado a todos la libertad cívica, abolió la de no ir a que lo mataran a uno, quiso más bien que se hiciera gratis o por solo la sopa. Un viejo melodrama cantaba en tiempo absolutista: vendió la libertad, se hizo soldado. El censor se alarmó de la terrible palabra libertad y quiso cambiarla por lealtad. De todas formas, el nuevo régimen burgués consideró la libertad personal cosa demasiado noble para pagarla, y se la tomó sin piedad.
El Estado dispone hoy por tanto de mercenarios y de voluntarios y de soldados reclutas, pero la guerra se ha vuelto un hecho tan vasto que todo esto no es aún suficiente. Los efectos de la guerra pueden suscitar el descontento de toda la población, militar o no, y para frenarlo, además de las diversas gendarmerías del frente externo e interno, hay que echar andar toda una movilización de propaganda a favor de la guerra misma, la colosal avalancha de mentiras a la que la historia de las últimas décadas nos ha hecho asistir en oleadas, y que ha rehabilitado todos los tipos de embusteros que registra la vida de los pueblos, desde el hechicero de la tribu al augur romano, al sacerdote católico, al candidato al parlamento.
Ahora, en esta preparación para la masacre, en esta fábrica de entusiasmos por la carnicería general, un personajillo muy conocido está a la cabeza de toda esta macabra farsa: la gran Idea, la noble Causa de la Paz, la cándida paloma reducida a señorita desplumadísima.
En el bazar del ideologismo burgués, los jefes traidores han llevado a la clase obrera mundial a recoger de todo, la han desviado tras todos esos títeres, entregándola, desorientada y pasiva, a los designios de sus enemigos de clase.. Le han dado la consigna de combatir por todos los fines propios de sus opresores, la han puesto a disposición por la patria, por la nación, por la democracia, por el progreso, por la civilización, por todo excepto por la revolución socialista. Son capaces de ponerla a disposición por tumultos, por levantamientos y por revoluciones, pero cuando sean las revoluciones de los otros.
Cuando en Rusia aún estaban por hacerse dos revoluciones y según la visión marxista no era posible hacer una sola, hubo que combatir dos tipos de oportunistas (los mismos vencidos por Marx en el 48 europeo): los que querían injertar un economicismo socialistoide en el régimen zarista y los que querían servirse de los obreros para una revolución burguesa, sosteniendo que había que dejar luego vivir largamente el régimen capitalista para una ulterior evolución. Lenin esculpió la posición revolucionaria en una frase simplísima: la revolución debe servir al proletariado, no el proletariado a la revolución. Es decir: nosotros no estamos aquí para poner al movimiento obrero que depende de nuestro Partido, al servicio de reivindicaciones o incluso de revoluciones de otras clases, sino que queremos enviarlo a la lucha por los objetivos autónomos y originales de nuestra clase y de ella sola.
El actual movimiento de los partidos llamados comunistas no encuadra a los trabajadores más que para enviarlos detrás de todos los fantoches de la mercadería burguesa, para quemar sus energías al servicio de todos los fines no obreros y no clasistas. A la campaña por la democracia y el liberalismo parlamentario y burgués amenazado por el fascismos, a la lucha por las vergonzosas palabras del resurgimiento nacional, de la nueva revolución democrática, palabras cien veces más insensatas que las que se daban por los antibolcheviques en tiempos del Zar, sigue ahora una nueva y más innoble fase de arenga mundial: la batalla con la palabra del pacifismo.
Este es un nuevo y mayor capítulo del renegamiento y de la abjuración del comunismo marxista. La cruzada contra el capitalismo imperialista de Estados Unidos y de Occidente sería una palabra proletaria, pero en tal caso – además de no poder ser dada por quien les ha tendido los puentes de desembarco cobrando sus sueldos – se presentaría como una palabra no de paz sino de guerra, guerra de clase, en todos los Países.
La campaña de paz y los Congresos con invitación a todos los pensadores no comunistas, no solo son mayor derrotismo del planteamiento de clase del movimiento obrero, que dignamente corona todos los demás, no solo son un servicio de primer orden prestado al capitalismo en general, sino que conducirán, como la gran cruzada democrática desarrollada vergonzosamente de 1941 a 1945, a reforzar las grandes estructuras estatales atlánticas, que se derrumbarán solo cuando el sistema burgués sea tomado de frente desenmascarando sus mentirosas banderas de Libertad y de Paz para aplastarlo declaradamente con la dictadura y la guerra de clase.