Partido Comunista Internacional Índice de estudios sobre América Latina



La epilepsia burguesa ante el espejo boliviano

(Del "Battaglia Comunista", n.10 de mayo 1952)



La pseudorrevolución de Bolivia, que ha llevado al poder al Movimiento Nacionalista Revolucionario, constituye un acontecimiento rico en enseñanzas para el proletariado. No nos encontramos, en efecto, ante un hecho local, pues está claro que los caracteres, las tendencias y las causas del truculento conflicto estallado en La Paz y desbordado por todo el país, que había de registrar puntas extremas de espantosa mortandad exaltadas por la brevedad de los enfrentamientos (se habla de miles de muertos masacrados por las bombas aéreas, las ametralladoras, los morteros, las cargas de dinamita, los cañones apuntando a cero contra las multitudes sublevadas) no son ni particulares ni excepcionales, sino servilmente idénticos a los que las convulsiones epilépticas del imperialismo suscitan en los cuatro rincones del planeta.

Ante todo, las causas. Vemos enseguida que no es un conflicto de clase, una batalla de la guerra universal de clases entre proletarios y capitalistas. Por desgracia, se asiste una vez más a la participación activa del proletariado en una guerra civil, que no es una guerra entre las clases. Cincuenta años de historia imperialista, caracterizada por acontecimientos violentos, han mostrado sobradamente que la lucha armada contra el poder constituido, la insurrección aunque sea extensa y generalizada, no es por sí sola un arma del proletariado revolucionario. La revolución proletaria deberá pasar necesariamente por el paso obligado de la guerra civil y de la destrucción de la máquina estatal capitalista; pero también es incontestable que la guerra civil toma su carácter de los fines que persigue el movimiento insurreccional. Enésimo ejemplo: el golpe de Estado en Bolivia. Agencias de prensa han referido que la masa de choque lanzada contra las fuerzas gubernamentales, y precisamente el regimiento «Bolívar» que permaneció fiel al gobierno junto con otro regimiento, el «Lanza», estaba constituida por grupos de ferroviarios y mineros sublevados, que atacaban a los soldados gubernamentales con cargas de dinamita, afrontando así el supremo riesgo de la lucha cuerpo a cuerpo. Los vacíos espantosos practicados por los cañones a cero de los regimientos gubernamentales deben de haberse abierto precisamente en los destacamentos obreros de los sublevados.

Sin duda, la participación de la clase obrera boliviana en la revuelta, su alineamiento en primera línea, su ímpetu combativo, tienen su fundamento en las condiciones sociales de los asalariados. Pero las reivindicaciones de los sublevados, dictadas por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, encabezado por Víctor Paz Estenssoro, el candidato antiamericano de las últimas elecciones y prófugo en Buenos Aires, la capital de Perón, no son ni revolucionarias ni proletarias. Despojada de su carácter clasista, que por lo demás ningún periódico le atribuye, la pseudorrevolución boliviana aparece inserta en la cadena de violentos levantamientos de oposición al imperialismo occidental, de los que la crónica trae noticias diarias desde todos los rincones de las tierras sometidas a un régimen colonial, semicolonial o, por usar el eufemismo de moda, de las «áreas deprimidas».

Desde este punto de vista general, el cruento golpe de Estado en La Paz equivale a los no menos violentos motines ocurridos en Egipto, Persia, Birmania, Indochina, Malasia. Es un intento drástico de la clase dominante local de resolver las contradicciones sociales y sus propias ambiciones de poder volviéndose contra la supremacía del imperialismo con vistas al doble objetivo de embolsarse abundantemente las cuotas de beneficios que el imperialismo extranjero recauda de autoridad, y de encarcelar el empuje subversivo de las masas explotadas en movimientos pseudorrevolucionarios de trasfondo nacionalista.

Que el Movimiento Nacionalista de Paz Estenssoro haya alcanzado ambos objetivos se deduce del programa por el que la «revolución» ha luchado y del hecho de que la clase obrera de Bolivia haya aceptado afrontar el fuego y la muerte para su realización. He aquí el programa: nacionalización de las minas de estaño notoriamente controladas por el capital estadounidense, de los ferrocarriles y de los servicios públicos, oposición a la penetración del imperialismo de EE.UU, y así sucesivamente. Un programa que, poniendo “inglés” en lugar de “estadounidense”, es propio del partido wafdista egipcio o del movimiento de Mossadegh.

Con tales reivindicaciones, el movimiento de Paz Estenssoro se había presentado a las elecciones en mayo de 1951, y había obtenido, según dice L`Unità, el 41% de los sufragios, pero un golpe de mano del partido filoestadounidense local entregaba el poder a una Junta militar. Con las mismas, los nacionalistas revolucionarios han hecho y ganado la «revolución».

Así pues, una vez más el enfermo crónico burgués ha tenido un acceso terrible de su mal incurable, y una vez más ha logrado convencer a las masas de que su mal era el suyo, y las ha llevado al matadero, salvándose a sí mismo.

El programa del Gobierno de Paz Estenssoro entusiasma por su orientación antiestadounidense a la prensa de las dos pretendidas extremas del estalinismo y del fascismo patrio, pero no cambia ni las condiciones históricas del proletariado boliviano ni las relaciones de fuerza entre el mastodonte estadounidense y sus satélites y adversarios.

Hemos dicho que la reivindicación de la nacionalización del estaño boliviano, por su aspecto de oposición a la penetración del imperialismo estadounidense, es asimilable a las nacionalizaciones del petróleo del persa Mossadegh. ¿Pero acaso no es, en lo demás, el legado común de los partidos burgueses del mundo, de los laboristas de Attlee y Bevan como de los comunistas de Stalin y de los fascistas de Perón?

Del pedestal del coloso estadounidense se ha desprendido un bloque, pero este va a reforzar las bases de la dominación burguesa local. Hagan la cuenta: la contrarrevolución anota en su haber la «revolución» de Bolivia. Y aquí vale la pena poner de relieve la confluencia orgánica de estalinistas y fascistas. En el momento del anuncio de la victoria del Movimiento Nacionalista Revolucionario, L`Unità se mostró eufórico. ¿Por qué? El Movimiento Nacionalista de Paz Estenssoro basa su política exterior en una orientación antiestadounidense. Esto le basta a L`Unità (13-4) para afirmar que la “revolución” nacionalista ha abierto el camino a un vasto programa de reformas democráticas. Contra la caracterización hecha por el Politburó de Via Botteghe Oscure tenía que alzarse la prensa fascista, y un semanario del M.S.I. publicaba una violenta puesta a punto refutando las afirmaciones del periódico estalinista y probando que el Movimiento Nacionalista Revolucionario está acompañado en la lucha contra «el imperialismo yanqui» (textual) nada menos que por la Falange Socialista Boliviana, movimiento en estrecho contacto con el falangismo español desde la época de la guerra civil de España. No contento, el semanario missino quería añadir que las afirmaciones de L`Unità según las cuales el gobierno de Paz Estenssoro orientaría la política exterior del Estado hacia la Unión Soviética no se corresponden con la verdad, ya que el nuevo régimen simpatiza con los ideales del peronismo. Por lo demás, la hoja neofascista no tenía nada que objetar, hallando que las nacionalizaciones propugnadas por el Movimiento Nacionalista son perfectamente conciliables con las tradiciones fascistas.

Así, una misma medida de estatización era proclamada «democrática» por L`Unità, y «fascista» por Asso di Bastoni: enésima prueba para nosotros de que no son el capitalismo de Estado y el totalitarismo el pomo de la discordia entre demócratas, estalinistas y fascistas, sino las divisiones internas del mismo campo de la contrarrevolución.

El resultado del conflicto en sentido antiestadounidense (siempre que la extrema prolificidad en materia de golpes de Estado de las repúblicas sudamericanas no nos devuelva al punto de partida) no es indiferente. Por la tremenda complejidad de las contradicciones imperialistas y por la incapacidad objetiva para interpretar las causas, para quien no está encuadrado por la teoría marxista el mundo burgués se convierte en un amasijo confuso y caótico de hechos incomprensibles. Estamos en un mundo ambiguo, espantosamente equívoco, no bifronte sino multiforme, y la violencia extrema de los enfrentamientos y el absurdo ímpetu de destrucción que de ella emana está en relación directa con el tormentoso sentimiento de desesperación, que se expande irresistible en la propia clase dominante. El mismo golpe de Estado boliviano puede interpretarse fácilmente sin contradicciones según tres criterios aparentemente opuestos: el democrático, el estalinista, el fascista. Pero no se puede, partiendo de la premisa de su confluencia orgánica, concluir que nada nuevo ha ocurrido con el derrocamiento del gobierno pro estadounidense de Bolivia. Nada nuevo, en el plano de las relaciones entre clases, de acuerdo; y sin embargo, la «revolución» del partido fascista de Paz Estenssoro está indicando una precisión y fortalecimiento del alineamiento del fascismo internacional, entendido como ideología imperialista en oposición tanto a la democracia angloamericana como al estalinismo conformista. El fenómeno es medible en todos los países.

Se concluye que la clase dominante mundial necesita canalizar, para que no se creen grietas en el alineamiento totalitario de la contrarrevolución, las fuerzas políticas burguesas que las contradicciones internas del capitalismo suscitan contra el binomio EEUU - Rusia. Pero el fortalecimiento de la concentración de fuerzas fascistas agiganta simultáneamente las rivalidades imperialistas, dejando prever que el imperialismo se encamina hacia la catástrofe final, aunque lejana en el tiempo.