Partido Comunista Internacional Sobre la cuestión sindical


Criterios generales para la actividad del partido en el campo de las luchas reivindicativas y en las organizaciones sindicales obreras

(Il Programma Comunista, n. 13 , 1966)




En el artículo “Partito e Sindacati”, aparecido en el último número de Spartaco, se ha debido desmentir – textos, historia y tradición en mano – la calumnia interesada del oportunismo contra la Izquierda Comunista de ser indiferente ante los problemas económicos, las luchas reivindicativas y de defensa económica del proletariado. Las mismas fuentes, es decir, textos, historia y tradición, demuestran lo contrario: que el oportunismo de todos los tiempos, especialmente el mucho más virulento de hoy, acusa de indiferentismo a la Izquierda Comunista para encubrir su propia “indiferencia”, si no directamente su odio, por la revolución comunista.

Nuestro pequeño partido, embrión del gran partido comunista mundial que no dejará de tejer sus tramas en el seno de las masas proletarias de todo el mundo, al continuar la obra comunista revolucionaria de la Izquierda ha extraído de ella no solo todas las enseñanzas teóricas del marxismo, sino también las de lucha y de combate, sin las cuales un partido no existe, o existe a medias.

«Por esto se debe reafirmar enérgicamente que el partido, aunque reducidísimo en efectivos y escaso de medios materiales, no renuncia a batirse, con todos los medios, tanto contra el capitalismo como contra el oportunismo». Esto está fuera de toda discusión.

Objeto, por lo tanto, de atento examen y de particular cuidado es el modo en que tal acción debe ser llevada a cabo, donde y cuando se presente la posibilidad. Es cierto que, si algunas secciones son ya hoy capaces de realizar tales tareas, no es por sus méritos intrínsecos, sino sobre todo por el madurar, aunque lento y contradictorio, en el seno de la clase obrera, de las terribles consecuencias del largo imperar en sus filas del oportunismo, que empuja a las masas a evaluar la política de traición de sus “jefes” y la siempre más abierta e intolerable dictadura capitalista.

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Debe precisarse un punto que a veces ha parecido oscuro y controvertido: la cuestión de las Comisiones Internas. En otros escritos, aparecidos tanto en Programma Comunista como en Spartaco, se ha trazado un balance de las funciones abiertamente contrarrevolucionarias de las C.I., surgidas durante la guerra para inducir a los asalariados no alineados en el frente de fuego a colaborar con las direcciones empresariales para la intensificación de los esfuerzos productivos, dejando de lado no solo toda cuestión política de clase sino también económica y reivindicativa. Las C.I. se hicieron entonces promotoras de la consigna: ¡todo por la victoria!.

Tal función de “colaboración con las direcciones empresariales”, recogida en los estatutos de las C.I., impide a estos órganos de representación obrera realizar la más mínima actividad de clase, ya fuertemente debilitada por el carácter empresarial de las C.I., que enreda aún más su congénita propensión corporativa.

El partido no es contrario a organismos representativos de la clase obrera, independientemente de la corriente política que los dirija; pero decide desarrollar su acción revolucionaria en aquellos que, por lo menos, aunque solo sea en las intenciones (finalidades estatutarias), admitan la independencia y la autonomía de los intereses de la clase obrera respecto a los capitalistas. Las C.I. podrán ser objeto de atención, e incluso objetivos a conquistar para el partido, cuando la relación de fuerzas sea tal que asigne a tales representaciones una función de lucha abierta y sin cuartel en defensa de los proletarios.

Por estas razones el partido no presenta, hoy, listas de candidatos a las elecciones para las C.I., sino que pretende servirse de reuniones, asambleas y mítines obreros para difundir sus posiciones programáticas y de batalla, para desarrollar su crítica despiadada contra el oportunismo que impera entre las filas obreras. No es, por tanto, una cuestión de principio la que se plantea, sino solo, se podría decir, una cuestión táctica.

Diferente actitud, en cambio, debe mantenerse respecto al Sindicato. El partido considera a la CGIL como la única organización en Italia que, además de organizar a la mayor parte de los trabajadores – entre ellos la gran mayoría de los asalariados industriales y agrícolas – conserva todavía hoy y a pesar de su nefasta dirección política una apariencia de clase. Es decir, la CGIL posee esos presupuestos de base que permiten al partido comunista revolucionario desarrollar su obra de penetración y organización política de las masas sindicalmente organizadas. Las otras centrales, especialmente CISL y UIL, niegan prejuiciosamente ser “sindicatos de clase”, y sobre tal punto se complacen en diferenciarse de la CGIL, contra la cual, de hecho, desde el día de su constitución, originada por la escisión de 1947, conducen una cruzada anticomunista para inducirla a tirar por la borda incluso el último remanente “de clase” que le queda.

Esto no significa que la CGIL deba ser considerada como la central “ideal” y que, en la dinámica del proceso revolucionario, responda también mañana a los presupuestos necesarios para la preparación de la revolución, o conserve incluso las actuales apariencias. No se puede excluir que la CGIL abandone también estas características estatutarias de clase en homenaje a una reunificación sindical que tendría, en las intenciones de sus promotores, la función de frenar la radicalización de los proletarios. En tal caso, pero solo en él, podría imponerse la constitución de un sindicato de clase, en los modos y formas que las condiciones reales de la lucha expresen.

Nuestra participación en sindicatos, ligas, federaciones de oficio adherentes a la CGIL, no puede ser una cuestión de valoración personal de militantes individuales, sino que es un deber de proletarios asalariados y de comunistas.

Al adherirse a las respectivas organizaciones sindicales, los militantes vinculan su acción de revolucionarios a la de los obreros no encuadrados en el partido (es decir, la totalidad o casi de la clase) y, viceversa, la clase llega a encontrarse en contacto directo con su partido político, del cual aprende con el programa las directrices revolucionarias para la acción incluso inmediata, en el múltiple y vasto campo de las reivindicaciones y de la defensa económicas. El partido entra, así, en un primer contacto fértil y necesario con la clase, en el marco de su organización elemental, con aquella parte, es decir, del proletariado, que posee al menos la conciencia instintiva de ser el único estrato productivo de la sociedad. No se debe olvidar, de hecho, que una parte no despreciable de trabajadores todavía hoy no advierte la necesidad primaria de sindicalizarse.

El partido en el sindicato y entre los obreros conduce su acción de manera aparentemente contradictoria. Por un lado ordena a sus militantes organizarse en grupos comunistas, es decir, en órganos dirigidos y dependientes del partido mismo, encargados por este de realizar obra de propaganda política en las organizaciones económicas, en los lugares de trabajo, entre las masas organizadas sindicalmente y no, con el fin inmediato de suscitar simpatías y adhesiones a la acción promovida o propuesta por el partido en el campo de las luchas reivindicativas; simpatías y adhesiones a la acción inmediata del partido susceptibles de elevarse al programa global del partido a medida que las luchas obreras se intensifican, se extienden, se radicalizan y se unifican. Los grupos comunistas constituyen, así, el vínculo entre el partido y los miembros de la clase obrera, entre los intereses históricos y permanentes de la clase y los inmediatos y transitorios.

Tal red tiende a dilatarse o a restringirse en relación al desarrollo de las contradicciones de clase. De tal modo, de la difusión y potenciación de esta red se podrá evaluar la maduración de condiciones favorables a la revolución. Además, las simpatías y adhesiones a la política revolucionaria del partido deben surgir no de una práctica equívoca, ni de un celo sindical especial de los militantes, sino de una inconfundible claridad programática, de una lucha inexorable contra la política contrarrevolucionaria de las centrales sindicales y contra los aparatos burocráticos de los sindicatos; de una movilización constante de los comunistas contra los partidos políticos del oportunismo que dominan en los sindicatos mismos, en las organizaciones proletarias, y en toda la clase. Por otro lado, los militantes revolucionarios se abstienen de cualquier gesto que tienda a dividir la organización sindical, de la cual ejecutan disciplinadamente las disposiciones que regulan las agitaciones, las luchas y las huelgas, en las cuales los comunistas son ejemplo de combatividad proletaria.

Ninguna contradicción existe en ello. De hecho, el fin fundamental que el partido se propone no es el de aprovecharse de condiciones favorables, como el disgusto creciente de los obreros por las innobles pruebas de traición de sus jefes, la eventual reducción de los inscritos, etc., para crearse su propio sindicato, sino el de ser, en cambio, el elemento de unificación de la clase en todas las luchas hasta la unificación organizativa de todos los sindicatos en una sola central. Lo demuestra el hecho de que la unidad sindical ha sido siempre amenazada o por intereses de los diversos quioscos políticos, en lucha entre sí para poner las manos sobre la organización sindical incluso pactando “zonas de influencia” al ejemplo capitalista de la división de los mercados, o por el oportunismo de los falsos partidos obreros, unidos en el intento de expulsar de los sindicatos a los proletarios comunistas revolucionarios con los más artificiosos pretextos. En ambos casos la unificación de las organizaciones obreras es objetivo sustancial solo para el partido de clase, para nuestro partido, y no para los otros, que aun cuando se reclaman del proletariado, postulan la unidad sindical o no solo con fines de lucha contrarrevolucionaria.

«La acción, por lo tanto, de los militantes y de los grupos comunistas sobre el terreno específico de la lucha sindical y reivindicativa, consiste en contraponer a las direcciones oficiales de las centrales sindicales el programa del partido, que considera las luchas parciales, inmediatas, como los ejercicios de adiestramiento del ejército de clase, e interpreta su eficacia solo en el global y complejo entrelazarse de hechos que elevan el grado de adquisición de las masas a la indispensable conciencia revolucionaria. Por esta precisa razón el partido participa en todas las luchas de la clase obrera, incluso suscitadas por intereses parciales y limitados para fomentar su desarrollo; pero aportando constantemente el factor de su conexión con los fines revolucionarios finales y presentando las conquistas de la lucha de clase como puentes de paso a las indispensables luchas futuras, denunciando el peligro de acomodarse en las realizaciones parciales, como en posiciones de llegada y de canjear con ellas las condiciones de la actividad y de la combatividad clasista del proletariado, como la autonomía e independencia de su ideología y de sus organizaciones, la primerísima de estas el partido» (Tesis de Lyon).

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Cuanto escribimos no tiene la pretensión ni de agotar la cuestión ni de ser de inmediata aplicación práctica para toda nuestra organización. Nuestra estructura de partido es muy joven, aunque tenga detrás de sí una antigua tradición, y solo hoy comienza, en algunas de sus organizaciones de base, a realizar útiles y preciosas experiencias en el campo de las luchas reivindicativas y de los sindicatos. Tal experiencia es indispensable y el partido no pretende sustraerse a ella, sabiendo, por las enseñanzas de las viejas generaciones de combatientes revolucionarios comunistas, que a través de ella militantes y organización se templan, se robustecen, se habilitan para enfrentar condiciones históricas saturadas de energía revolucionaria, en las cuales puede jugar un papel determinante solo aquel partido que haya sabido forjarse al fuego de las luchas obreras, haya adquirido todos los posibles elementos del arte de la revolución, no haya renunciado nunca a combatir con la clase obrera, ya sea que se defienda o que ataque. Todo esto no es fácil, requiere esfuerzos colectivos, pasión y voluntad tensadas al extremo, como si fuese siempre actual la batalla extrema, el último combate por la victoria del comunismo.