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Muchos grupos y partidos que intervienen en el movimiento obrero venezolano pretenden que éste levante la consigna “¡Contra el saqueo y la entrega de nuestros Recursos Energéticos y Mineros a las potencias imperialistas!”. Pretenden con este tipo de consignas que los trabajadores se movilicen en defensa de la patria y la soberanía nacional. Este tipo de llamamientos son completamente reaccionarios y apartan al movimiento obrero tanto de las luchas reivindicativas inmediatas como de la lucha revolucionaria dirigida a acabar con la explotación capitalista.
Considerando los diferentes ingresos que reciben los trabajadores (la suma de salarios y bonos), apenas se cubre en el mejor de los casos el 30% del monto de la Canasta Alimentaria y el 15% de la Cesta Básica. ¡Y eso en el caso de quienes cuentan con un empleo formal! Pero la situación es mucho más grave para los trabajadores por cuenta propia, los trabajadores informales, los desempleados y los trabajadores jubilados o pensionados. La situación de miseria y de necesidades insatisfechas embarga a todas las familias trabajadoras, incluidas aquellas que en un tiempo pasado se sentían de “clase media” por recibir salarios más elevados debido a su condición profesional o de oficios especializados y que ahora se han venido a menos en sus condiciones de vida.
La mayor parte de los ingresos de los trabajadores está compuesta por bonos y el salario nominal se ha quedado congelado en un monto que tiende a cero si se compara con su equivalente en dólares.
Esta es la verdadera fuente de riqueza de los capitalistas en Venezuela y ha sido el gobierno burgués el que ha favorecido esta situación, implantando decretos y resoluciones antiobreras o simplemente poniendo al Ministerio del Trabajo y a los tribunales al servicio de los patronos. Es sobre la base del saqueo del salario que se han amasado grandes fortunas dentro y fuera del país.
Las centrales y federaciones sindicales, tanto la oficialista, CBST, como las que se autodenominan del “sindicalismo autónomo”, han sido cómplices del gobierno y los patronos y se ocultan tras discursos demagógicos, manteniendo a los trabajadores desmovilizados y divididos.
Esa mentira de que “el petróleo (o el gas, el oro, el hierro, la bauxita, etc.) es nuestro”, es una de las banderas de los oportunistas de todos los colores. Los trabajadores asalariados solo son dueños de su fuerza de trabajo y los capitalistas se apropian de una parte cada vez más grande de los productos del trabajo asalariado, ya sea en los servicios y la administración pública o en la actividad privada en diferentes negocios. Ningún gobierno de la democracia burguesa, ninguna Ley, van a cambiar el régimen de explotación del trabajo asalariado.
A los trabajadores no les interesa si la composición accionaria de las empresas que explotan y comercializan el petróleo, el gas, el oro, el hierro, la bauxita, el carbón, etc., es mayoritariamente privada y transnacional o mayoritariamente estatal. No importa si el patrón es público o privado, nacional o transnacional, los trabajadores deben exigir incremento salarial para afrontar el costo de la vida, aumento de las pensiones, reducción de la jornada de trabajo, eliminación de los sobretiempos, pago de salario a los desempleados, higiene y seguridad en los puestos de trabajo, etc.
Los trabajadores venezolanos se deben movilizar en todo el país, integrándose por la base, sin importar a que sindicato se encuentran afiliados. La lucha debe avanzar hasta confluir en una Huelga General por aumento salarial y la organización debe evolucionar hacia la constitución de un Frente Único Sindical de Clase, fundamentado en asambleas locales y regionales de trabajadores formales, informales, desempleados y pensionados.
Pero este movimiento no podrá avanzar si se distrae tras consignas que llamen a la defensa de la patria, de la soberanía o contra la privatización de empresas estatales. El movimiento de los trabajadores debe concentrarse en la exigencia de aumento salarial, contra los despidos y por reivindicaciones socio económicas. En el caso de los trabajadores sindicalizados, deben realizar asambleas y presionar a las directivas de los sindicatos para que asuman la lucha y para que impulsen el Frente Único Sindical de Clase.
Ningún gobierno entregará a los trabajadores lo que requieren para afrontar
el costo de la vida, si no se le somete a la presión de la movilización y la huelga.
¡Por un Frente Único Sindical de Clase que una a todos los trabajadores en la lucha reivindicativa!
¡Acumular fuerzas para realizar una Huelga General, indefinida y sin servicios mínimos!
Entre los escenarios que habíamos hipotetizado sobre la evolución de las tensiones entre Estados Unidos y Venezuela, parece que con la incursión militar y el secuestro del presidente Maduro el 3 de enero, se ha materializado el escenario intermedio: ataques contra objetivos individuales vinculados al narcotráfico, pero sin recurrir a una intervención militar abierta, desplegando tropas sobre el terreno, como se hizo en Irak. El imperialismo estadounidense necesita avanzar rápidamente en la delimitación de su zona geográfica de influencia frente a otros imperialismos, especialmente China, y en el control de las ricas reservas minerales de Venezuela.
La importancia del petróleo venezolano para Estados Unidos es de mediano y largo plazo, más que a corto plazo, ya que se requieren inversiones masivas para restaurar la infraestructura. A corto plazo, Estados Unidos captará una mayor proporción de la producción venezolana. Para finales de 2025, el 27% del petróleo venezolano se vendió a Estados Unidos, el resto a China y otros países. Las grandes petroleras a las que Trump ha instado a invertir en Venezuela saben que, durante el resto de esta década, dedicarán recursos a rehabilitar la infraestructura de producción sin obtener ganancias. Según los nuevos acuerdos comerciales entre Estados Unidos y Venezuela, la producción de petróleo podría alcanzar los 1.200.000 barriles en 2026 y seguir aumentando entre 2027 y 2028.
Pero, por muy hambrientos que estén los tiburones petroleros globales, necesitan seguridad, garantías y certeza jurídica de que no perderán sus inversiones. En realidad, la tranquilidad que requieren es de naturaleza política y militar. Trump lo sabe, tanto así que mantiene su despliegue militar en el Caribe. Pero habrá quienes esperen a ver cómo evoluciona el conflicto con China, para ver cómo podría afectar las inversiones en Venezuela.
Cabe destacar que durante décadas se ha desarrollado una simbiosis entre Estados Unidos y Venezuela en el sector petrolero; las refinerías del sur de Estados Unidos (principalmente en Texas) fueron diseñadas para procesar el petróleo pesado y sulfuroso de Venezuela y México. Dado que el petróleo de esquisto que produce actualmente Estados Unidos es muy ligero, las plantas del Golfo deben mezclarlo con crudo pesado.
En la nueva situación, Estados Unidos pretende pasar del control del petróleo venezolano mediante sanciones a un dominio operativo y financiero con el apoyo del chavismo gobernante, lo que sitúa a Venezuela en un estatus equivalente a un protectorado. Y si bien el chavismo podría ser reemplazado por un nuevo actor político, ha desarrollado fuertes vínculos con la burguesía venezolana y controla todas las instituciones: la “transición” podría llevar años. Y el gobierno estadounidense sabe que actualmente no hay un partido capaz de reemplazar al chavismo sin el apoyo de las tropas sobre el terreno, como intentó hacerlo en Irak.
En cuestión de días, si no horas, tanto el gobierno de Estados Unidos como el de Venezuela han avanzado rápidamente en una serie de medidas destinadas a fomentar la penetración de compañías petroleras occidentales como parte de un plan de inversión propuesto por Washington. Este plan incluye garantías de seguridad (el gobierno estadounidense apoyará y protegerá los activos de las compañías), el control de los ingresos por la venta de petróleo, que se depositarán en cuentas controladas por el Tesoro estadounidense en bancos internacionales, y el uso obligatorio de tecnología estadounidense (futuras inversiones de capital destinadas a la compra de plataformas, oleoductos y equipos fabricados exclusivamente en Estados Unidos). Los primeros ingresos por las ventas ya se han depositado en Qatar (aproximadamente 300 millones de dólares) y desde allí se transferirán al Banco Central de Venezuela, que a su vez los distribuirá entre cinco bancos privados que pondrán los fondos a disposición de empresas de sectores económicos prioritarios.
Se estima que, en 2026, Venezuela podría recibir aproximadamente 12.000 millones de dólares en ingresos por ventas (que aumentarían no tanto por el aumento de la producción, sino por la aplicación de precios de mercado en lugar de los del mercado negro, que se han venido aplicando debido a las sanciones estadounidenses), la liberación de fondos retenidos por el FMI y otros créditos. Esto impulsaría significativamente la economía venezolana en 2026.
Estas concesiones de Washington y Caracas fueron tan rápidas y coordinadas que quedó claro que el plan había sido cuidadosamente diseñado por ambas partes y acordado muchos meses antes de la acción militar del 3 de enero. Las sanciones eran un obstáculo no solo para el Gobierno venezolano, el Banco Central y empresas como PDVSA y otras, sino también para las propias multinacionales: ahora Chevron podría superar los 200.000 barriles diarios a finales de 2026.
El gobierno de Estados Unidos ha reanudado la concesión de visas de entrada a venezolanos y está coordinando la reapertura de su embajada en Caracas. También ha liberado fondos venezolanos en poder del FMI y los ha reintegrado al sistema SWIFT, del que habían sido excluidos debido a las sanciones. El fondo fiduciario que pronto creará Estados Unidos se denomina “Tratado de Custodia Tripartita”, un acuerdo entre los gobiernos de Estados Unidos, Venezuela y Catar. Su Comité de Gestión está compuesto por un representante del Tesoro de Estados Unidos, representantes de 14 compañías petroleras y el gobierno venezolano, que, por lo tanto, no puede disponer de sus activos. A través de este fondo fiduciario, Estados Unidos emitirá una criptomoneda, cuyo objetivo es mantener una paridad constante de 1:1 con el dólar, garantizada por la Reserva Federal: se denomina “dólar digital”, pero también “dólar-bolívar digital”.
Mientras tanto, el gobierno burgués venezolano, que aún se proclama chavista, en perfecta sintonía con Estados Unidos, ha presentado ante la Asamblea Nacional una reforma a la Ley de Hidrocarburos para flexibilizar el control estatal y atraer inversión extranjera. El llamado “modelo Chevron” será legalmente reconocido, lo que permitirá a las empresas extranjeras un control operativo mucho más amplio, mayor autonomía en la gestión de los yacimientos petrolíferos y la comercialización del crudo, superará las cláusulas actuales que rigen las empresas mixtas controladas por PDVSA y brindará seguridad jurídica a las empresas.
Parte de los ingresos petroleros se destinaría a la asistencia social, la sanidad, los servicios públicos y la reconstrucción de infraestructuras, la red eléctrica y el tejido industrial. También se revisará la ley de precios, previa consulta con las empresas (como ya se ha hecho en la práctica), principalmente para bienes y servicios de consumo.
La carga fiscal y las regalías petroleras se reducirán del 30% actual, y la participación estatal en empresas mixtas se hará inferior al del 51%. También se han simplificado los trámites administrativos y se está llevando a cabo una revisión de los códigos civil, comercial y penal. La ley minera se está reformando para atraer una importante inversión internacional en la minería de oro, carbón, hierro y bauxita.
Pero, aunque se habla menos de ello, la reforma laboral está en el aire: eliminará la retroactividad de las prestaciones sociales, eliminará los obstáculos a la subcontratación y la precariedad laboral, y abordará las demandas de los empleadores desde hace tiempo. En cuanto a los salarios y las pensiones, mientras se reconsidera el marco legal, el gobierno anuncia bonificaciones especiales.
La intención del gobierno estadounidense es restablecer los niveles históricos de producción (entre 3 y 3,5 millones de barriles diarios) para reducir el precio del petróleo a cerca de 50 dólares. Sin embargo, empresas como Wood Mackenzie y la Universidad de Columbia advierten que los 2 millones de barriles diarios solo se alcanzarán en el 2030, y que alcanzar los 3,5 millones de barriles diarios tomará una década. Trump ha declarado que las grandes petroleras deberían invertir al menos 100.000 millones de dólares. Los expertos coinciden: se necesitarán 10.000 millones de dólares anuales durante los próximos 10 años.
Mientras el imperialismo estadounidense continúa con esta agresiva operación, no hemos observado ninguna reacción decisiva del imperialismo chino ni del ruso. Rusia ha declarado que sus empresas seguirán operando con normalidad en Venezuela. El gobierno venezolano ha declarado que mantendrá relaciones diplomáticas y comerciales con China y otros países.
Metamorfosis
de la democracia burguesa
Mientras tanto, el gobierno chavista ha garantizado el funcionamiento de las instituciones y la paz laboral. El gobierno promueve manifestaciones contra el secuestro de Maduro y su esposa. La liberación de aproximadamente 200 de los más de 800 presos detenidos desde el período post-electoral de 2024 ha comenzado lentamente; los líderes sindicales permanecen en prisión. Para Estados Unidos es importante que Venezuela mantenga la paz social y que nada perturbe las operaciones de las compañías petroleras.
Bajo el estado de emergencia nacional declarado por el gobierno, se han realizado varias detenciones, en casos aislados y poco claros, por cargos de “incitar al odio y la traición” y “apoyar el ataque estadounidense contra Venezuela”. Sin embargo, el gobierno ha moderado la represión, sin reducir el despliegue de las fuerzas policiales en las calles.
La burguesía y los partidos que se enmarcan en el espectro democrático burgués han planteado diversos escenarios, que van desde el mantenimiento del chavismo, el “socialismo del siglo XXI”, con el reemplazo de ciertas figuras, hasta una “transición democrática” a través de un gobierno de emergencia nacional liderado por políticos de oposición.
El imperialismo estadounidense impondrá la solución que le permita alcanzar sus objetivos con el menor gasto posible y, sobre todo, sin tener que desplegar tropas sobre el terreno. En el contexto del conflicto inter-imperialista global, Venezuela es solo un peón, en un teatro de operaciones de mayor envergadura.
Obviamente, hablamos de la evolución de la situación en el marco de la democracia burguesa y el capitalismo. A pesar de sus posibles facetas fascistas o formalmente electorales, no tienen nada que ver con escenarios revolucionarios. Tampoco son progresistas ni retrógrados con respecto al sistema burgués de naciones y Estados.
Para el movimiento obrero, sea cual sea el rumbo que tome la transición política en Venezuela, significará un cambio entre los administradores de los intereses de la burguesía y el imperialismo, las nuevas caras de los enemigos de clase del proletariado. Bajo el capitalismo, cualquier tipo de gobierno es el comité de gestión de la clase burguesa, encargado de defender los intereses generales del capital nacional. Incluso cuando algunos líderes se creen generales, en realidad no son más que sargentos. Mientras la derecha y la izquierda reformista sueñan con una “transición democrática”, el movimiento obrero debe romper esta maraña de confusión y retomar el camino que abandonó hace un siglo: el programa de la revolución.
El
patriotismo en crisis
En Venezuela, también, la mentira de defender la nación, la patria y la soberanía ha quedado rotundamente expuesta. Era, en cualquier caso, un mito burgués, monstruosamente abrazado por sindicatos y partidos falsamente de izquierda. El chavismo, ya un acérrimo defensor de la ideología bolivariana y del patriotismo, a pesar de la indignación por el secuestro de Maduro y su esposa el 3 de enero, se postró inmediatamente ante las groseras pretensiones diarias de Trump. Sin embargo, todos los líderes del chavismo habían jurado, antes del ataque estadounidense, que «ante cualquier agresión imperialista, el gobierno venezolano no entregará ni un solo barril de petróleo a Estados Unidos», lo cual ya era una mentira, dado que nunca habían actuado contra Chevron, las sanciones y el bloqueo económico.
Ahora afirman cínicamente que no hay problema en extender los acuerdos petroleros con Estados Unidos, que es una relación normal entre los dos países, como si el presidente legítimo en ejercicio no estuviera preso en Nueva York y como si los muertos en Fuerte Tiuna no hubieran muerto bajo los bombardeos de los marines.
El pueblo venezolano, educado en la ideología de defensa de la patria desde la primaria y en el chavismo, bastión bolivariano, habría esperado una respuesta opuesta a su actual complacencia diplomática hacia Estados Unidos. Sin embargo, el gobierno actual, aún chavista, ha declarado que mantiene relaciones comerciales y suministra petróleo a Estados Unidos porque “practica la diplomacia bolivariana de paz”. A cambio, se planea la reapertura de la embajada estadounidense en Caracas.
La narrativa patriótica se derrumba no solo en el chavismo, sino también en la oposición, patriota y devota de los intereses nacionales. La oposición desarrolla sus argumentos en dos frentes: la unidad con el chavismo, “porque por encima de líneas partidistas, todos somos venezolanos”, y no objeta las concesiones petroleras a Estados Unidos; y, por otro lado, el frente que aprueba la invasión estadounidense para “combatir el narcotráfico”. Así, incluso la llamada “oposición democrática” han arriado sus banderas de defensa de la patria, tanto quienes permanecen a la sombra del chavismo como quienes adulan descaradamente a Trump. Los chavistas ridiculizan a la oposición por el menosprecio de Trump a la líder opositora María Corina Machado; la oposición democrática ridiculiza a los chavistas por su servilismo a las órdenes de Trump. Mientras tanto, Trump se reúne con Delsy Rodríguez y María Corina Machado y les lee la cartilla. Ambas facciones de políticos burgueses se esfuerzan por demostrar al imperialismo estadounidense que son la opción más fiable para defender sus intereses en Venezuela. Esta es la realidad caricaturesca del patriotismo venezolano.
Los trabajadores, aturdidos por la propaganda de ambos frentes burgueses, adoctrinados durante décadas para defender su país, se encuentran de repente ante un teatro del absurdo, un escenario que desmiente todas las razones utilizadas para distanciarlos de la lucha por sus verdaderos intereses de clase.
Pero la propaganda patriótica ya resuena al sur del Río Grande. Las burguesías nacionales se ven amenazadas por el imperialismo estadounidense y, para defender sus negocios, que prosperan únicamente mediante la brutal explotación de los asalariados, los llaman a sacrificarse. Los gobiernos latinoamericanos están en alerta máxima, pero dispuestos a negociar con el imperialismo su parte del pastel, dentro de ese espacio económico al que llaman patria.
Sea cual sea el resultado de este reparto imperialista, lo único que le espera a la clase obrera es la explotación, mientras que las riquezas naturales de los distintos países engrosarán las cuentas bancarias de los capitalistas nacionales y extranjeros. Con una mayor o menor penetración del capital privado y extranjero en los distintos sectores de la economía, la clase obrera debe identificar claramente a su enemigo de clase. No le importa si la composición accionaria de las empresas es mayoritariamente estatal o privada, es una ilusión que su situación vaya a mejorar con la llegada de las multinacionales y los capitales occidentales: estos buitres compiten entre sí basándose exclusivamente en la miseria de los trabajadores asalariados. Ninguna conquista, ninguna reivindicación, será concedida sin una lucha decidida.
La
clase obrera no tiene patria
La clase obrera y todos los sectores oprimidos por el capital son la carne de cañón que será enviada al frente bajo las banderas nacionales. La postura comunista es contraria a la guerra imperialista; la clase obrera no tiene patria que defender; por el contrario, se entregará al derrotismo revolucionario, volviendo sus soldados y armas contra la burguesía y sus gobiernos en todos los países.
Junto con los políticos burgueses y la falsa izquierda, las centrales y federaciones sindicales han mantenido un silencio cómplice y no han promovido ninguna movilización obrera, lo que las coloca del lado de los enemigos de la clase obrera. Solo unas pocas excepciones han propuesto la lucha, aunque con fines nacionalistas, legalistas, democráticos y burgueses.
Además, en Venezuela, ninguna de las potencias imperialistas (Estados Unidos, China, Rusia, Irán, etc.) está realmente interesada en impedir el narcotráfico, en el derecho internacional, en el respeto a la democracia ni los derechos humanos. Todas se mueven por intereses económicos, por el control de la producción y comercialización de petróleo, gas, oro, etc., cada una buscando la mayor tajada del pastel. Y esta pugna incluye a la burguesía venezolana, ya sea representada por el chavismo, por la “oposición democrática” o por la infame “izquierda” que habla de “socialismo democrático”, de un “plan obrero y popular” e incluso de la “defensa de la Constitución”.
Es ilusorio pensar que los imperialismos se sentarán a consensuar cómo dividir el mundo. La Tercera Guerra Mundial es inevitable. El ataque estadounidense a Venezuela el 3 de enero y las amenazas a México, Colombia, Cuba y Groenlandia son el pistoletazo de salida de un imperialismo para arrebatar la iniciativa a sus rivales – China, Rusia, etc. – trazando líneas de demarcación en torno a lo que considera sus propios dominios. La repartición del mundo, de los mercados, de las materias primas, de las zonas estratégicamente valiosas, de las monedas y el capital, solo ocurrirá como resultado de la confrontación y la medición de fuerzas, con toda la destrucción y la muerte que ello conlleva.
También en Venezuela, sea cual sea la situación, la clase obrera debe organizarse por sí misma y luchar por sus reivindicaciones, empezando por aumentos significativos de salarios y pensiones. La unificación del movimiento obrero en una huelga general, por tiempo indefinido y sin servicios básicos, será la mejor expresión de la unidad de acción de los trabajadores asalariados. Esta reanudación de la lucha de clases chocará con todo el espectro de partidos burgueses y los líderes del sindicalismo traidor del régimen.
La transformación de la lucha económica en lucha política, en lucha del proletariado por la toma del poder, dependerá del grado de influencia que logre alcanzar el partido revolucionario.