El Partido Comunista Internacional
El Partido Comunista Internacional N. 51 - Julio 2026
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Indice
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Actualizado el 28 julio de 2026
organo de partido
Lo que distingue a nuestro partido: – la línea de Marx a Lenin a la fundación de la III Internacional y del Partido Comunista de Italia a Livorno 1921, a la lucha de la Izquierda Comunista Italiana contra la degeneración de Moscú, al rechazo de los Frentes Populares y de los bloques partisanos
– La dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionario, en contacto con la clase obrera, fuera del politiqueo personal y electorero
Contenido:

 – El terremoto en Venezuela sirve la mesa a la rapiña del capital por el negocio de la reconstrucción, pese a que la sangre de las víctimas sigue fresca  
 – Bolivia: Huelga nacional indefinida desviada hacia una insurrección reformista y policlasista
 – Cuba y Estados Unidos: Capitalismos débiles y capitalismos fuertes contra la clase trabajadora cubana
 – Ataque militar imperialista en el arco minero venezolano: la farsa del “niño guerrero” y el verdadero negocio del oro
La guerra contra Irán por la supervivencia del capitalismo mundial en descomposición
–  La guerra de Irán: Fundamentos económicos del choque interimperialista
 – Otro clavo en el ataúd del nacinalismo kurdo ahistórico
 – Conflicto imperial por el flujo de gas y petrólero en el Mediterráneo
 – Democracia y fascismo: El Jano de dos caras del capitalismo

POR EL SINDICATO DE CLASE:
 – Conferencia de Labor Notes 2026: La división entre la izquierda (oportunista) sindical y el Sindicato de Clase del futuro
 – La situación de los sindicatos en los EEUU
 – Electrolux: Los despidos exigen la unidad de los trabajadores en la huelga de todo el grupo y junto con otras empresas

VIDA DE PARTIDO:
 – Reunión internacional del partido del 23 y 24 de mayo:
    – Una bestia herida - La crisis de la deuda y del dólar en Estados Unidos







El terremoto en Venezuela sirve la mesa a la rapiña del capital por el negocio de la reconstrucción pese a que la sangre de las víctimas sigue fresca

Un violento “doblete sísmico” -un sismo de magnitud 7,2 seguido de un segundo evento de 7,5 Mw con epicentro en el subsuelo del estado Yaracuy- sacudió al norte y centro de Venezuela el pasado miércoles 24 de junio. Si bien el foco geofísico se ubicó en tierras yaracuyanas, donde las afectaciones a la infraestructura resultaron afortunadamente menores, la onda destructiva descargó su verdadera furia material sobre los grandes centros de concentración urbana y los ejes de la especulación inmobiliaria costera: Caracas, La Guaira, Tucacas, Morón y Puerto Cabello.

Mientras los aparatos de propaganda de la prensa burguesa y el reformismo local vierten lágrimas de cocodrilo apelando a la “unidad nacional” y la “solidaridad patriótica”, la cruda realidad de las relaciones de producción capitalistas se impone sobre los escombros. Lejos de ser una fatalidad puramente geofísica, la tragedia material demuestra con nitidez las tesis comunista: la naturaleza termina haciendo el trabajo sucio que suelen ejecutar las guerras imperialistas, aportando la destrucción violenta de fuerzas productivas y capital constante que el capitalismo senil necesita desesperadamente para oxigenarse cuando se encuentra asfixiado por sus crisis cíclicas de sobreproducción.


Antecedentes Históricos: La recurrencia de la negligencia burguesa

La historia sísmica de la república burguesa venezolana está marcada por catástrofes cuyos altos costos humanos reflejan la absoluta subordinación de la vivienda a la renta inmobiliaria y a la ganancia patronal.

1812 y 1900: Desde los grandes sismos del siglo XIX, el hacinamiento de la fuerza de trabajo en estructuras vulnerables evidenció la nula preocupación de las clases dominantes por las condiciones de vida de los desposeídos.

El Terremoto de Caracas de 1967: El sismo del 29 de julio de 1967 (magnitud 6,5) fijó el precedente moderno. El colapso de edificios residenciales en zonas de alta densidad como Altamira y Los Palos Grandes (Caracas) desnudó la especulación del suelo urbano y el abaratamiento criminal de los materiales por parte de la burguesía de la construcción. Casi sesenta años después, la geografía de la destrucción se repite en los mismos municipios capitalinos y se extiende por el litoral central, demostrando que bajo el capitalismo no existe memoria científica, sino únicamente la memoria del dividendo.


Magnitud de la Tragedia: La sangre obrera abona el terreno de los centros turísticos e industriales

Las estimaciones científicas y los primeros informes locales confirman el colapso masivo de la infraestructura habitacional, hotelera y de servicios. Los mayores estragos se concentran en el Distrito Capital y en el estado de La Guaira (declarada zona de catástrofe), así como en el eje costero de Tucacas, Morón y Puerto Cabello. Se reportan más de 2.500 muertes confirmadas, miles de heridos y una pavorosa cifra que supera los 50.000 desaparecidos bajo las estructuras destruidas. Se estima que el número de víctimas aumente hasta casi coincidir con el de desaparecidos. Para el capital, este salto en la escala de la muerte de miles a decenas de miles no es un freno: es la confirmación de la magnitud del “espacio limpio” y de la magnitud de la futura fuerza de trabajo sobrante que estará dispuesta a aceptar las condiciones más miserables en los contratos para la reconstrucción que asuman las empresas de construcción nacionales e internacionales.

Estadísticamente, la carnicería humana tiene un sesgo de clase inequívoco. Ha sido, es y será principalmente la sangre obrera la que se derrama en estos eventos. Mientras los burgueses y la alta burocracia se resguardan en seguras quintas privadas construidas bajo rigurosas normativas de ingeniería, el proletariado urbano y los trabajadores del sector servicios han sido sepultados vivos. El colapso ha golpeado con saña a los bloques habitacionales populares masificados de Caracas y La Guaira, pero también a las estructuras hoteleras y comerciales de Tucacas y el eje Morón - Puerto Cabello, donde la fuerza de trabajo se hacina para dinamizar el aparato turístico y portuario regional.

La ola de muerte y destrucción que trajo el terremoto, no ha venido a subvertir a un “mundo feliz”, a un “paraíso”, sino a una región en la que la población asalariada vive atormentada por salarios de hambre, por el desempleo, por acceso insuficiente a los alimentos, al agua potable, a un servicio eléctrico estable, a un sistema de salud competente, es decir, a un país donde es visible todo el efecto social depauperante de la sísmica economía capitalista.


La Falsa Solidaridad y el Negocio de la Reconstrucción

Tras el desastre, se abrirá paso de inmediato la “orgía de la reconstrucción”, un lucrativo festín donde las potencias imperialistas y las fracciones de la burguesía local se disputarán las cuotas de valorización del capital sobre zonas estratégicas para el mercado del ocio burgués y la logística manufacturera.


1. El mercado de divisas desnuda el cinismo mercantil

Mientras la población agonizaba bajo los escombros, la economía de mercado demostró su total indiferencia humanitaria. Entre el 24 de junio y el 30 de junio, la tasa oficial de cambio del dólar publicada por el Banco Central de Venezuela (BCV) saltó de los 621,52 bolívares por dólar a más de 633,36 bolívares por dólar, registrando un aumento directo de casi 12 bolívares en menos de una semana. Esta devaluación de facto en medio de la peor emergencia del siglo evidencia que la ley del valor y la especulación financiera no conocen tregua ni piedad.

Pero el gobierno, los empresarios, las centrales sindicales y los oportunistas de todos los colores, manifestaron su condición “humanitaria” con el anuncio concertado del primero de mayo, de no aumentar los míseros salarios que se pagan en Venezuela. Mientras tanto, como ejemplo del humanitarismo empresarial, 30 trabajadores del supermercado Catania, en Puerto Cabello, renunciaron en bloque cuando el patrono los quiso obligar a trabajar pese a que un edificio vecino a esas instalaciones se encontraba inclinado y propenso a derrumbarse y caer sobre ese local comercial.


2. La controversia politiquera frente al urbanismo del desastre

En los próximos días, los partidos del orden burgués desatarán una estéril controversia mediática acerca de la calidad de los materiales y las violaciones a los códigos de edificación. Se trata de una cortina de humo ideológica. El debate oculta que muchas de estas macro-construcciones ni siquiera debieron existir. El modo de producción capitalista impulsa irracionalmente altísimas concentraciones de población en ciudades como Caracas y edificaciones de gran altura desprovistas de sentido técnico, con el único fin de maximizar la renta del suelo.

Este gigantismo es particularmente grotesco en la zona turística de La Guaira y en el eje de playa integrado por Tucacas - Morón - Puerto Cabello. Estos desarrollos turísticos masivos, complejos de marinas hoteleras y torres vacacionales agreden criminalmente al paisaje y al equilibrio ambiental, habiendo sido erigidos sobre suelos vulnerables exclusivamente para el blanqueo de capitales, la especulación inmobiliaria y la captura del excedente económico de la clase dominante.


3. El desembarco imperialista de EEUU como administrador de los contratos

La ayuda de emergencia desplegada por el gobierno de los Estados Unidos no responde a fines filantrópicos. En el contexto actual de ocupación y tutela política de facto en Venezuela, tras el secuestro del presidente Maduro el pasado enero, la administración estadounidense controla y bloquea los fondos de la venta del petróleo venezolano en el exterior.

Por ende, el imperialismo norteamericano posee la llave del dinero y -bajo la fachada de asistencia humanitaria canalizada a través de agencias transnacionales- administrará directamente la asignación de los multimillonarios contratos de reconstrucción vial, portuaria, hotelera y de vivienda. Las corporaciones estadounidenses de la construcción desembarcan en el litoral central y occidental junto a sus socios y testaferros de la burguesía local (tanto de la oposición tradicional como de los grupos empresariales asociados a la República Bolivariana, indiferentes al reemplazo de Maduro por Delsy Rodríguez) para repartirse el botín de la reconstrucción de la infraestructura dañada y el relanzamiento del rentable negocio turístico de playa.

No es, en absoluto, un hecho casual ni una muestra de filantropía que el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) hayan anunciado, de forma casi simultánea y expedita, la conformación de fondos especiales de financiamiento para la reconstrucción de la infraestructura colapsada. El capital financiero transnacional opera con la velocidad del buitre: donde el reformismo y la sensiblería ciudadana ven una tragedia humana, los tecnócratas del imperialismo ven una ventana de oportunidad extraordinaria para relanzar los ciclos de acumulación y sujeción crediticia.

Estos créditos de “emergencia” no son donaciones; constituyen nueva deuda soberana que recaerá directamente sobre las costillas de la clase obrera venezolana mediante futuros planes de austeridad y reformas fiscales regresivas. El FMI y la CAF acuden a blindar el beneficio de los grandes monopolios constructores, asegurando que el Estado burgués venezolano disponga de la liquidez necesaria para pagar los contratos de las corporaciones internacionales y sus socios de la burguesía local, al tiempo que amarran nuevos mecanismos de chantaje financiero.


El verdadero “Doblete”, la doble explotación obrera

La catástrofe de junio de 2026 cierra el círculo vicioso de la explotación del trabajo asalariado. Será la mano de obra proletaria la que, bajo condiciones de precarización laboral extrema y salarios de indigencia, deba limpiar los escombros y levantar de nuevo cada hotel de lujo, cada puerto y cada edificio destruido. Sin embargo, una vez concluida la reconstrucción, las leyes del mercado capitalista y sus míseros salarios les impedirán nuevamente tener acceso a esas infraestructuras vacacionales y viviendas dignas.

La única respuesta histórica válida de la clase obrera ante la barbarie especulativa del desastre es la ruptura con la farsa electoral, la ruptura con las traidoras direcciones sindicales del régimen y la organización de huelgas por el aumento de los salarios, las pensiones y la reducción de la jornada laboral, cada vez más extensas, coordinadas y unidas, hasta llegar a una huelga general de duración indefinida para alcanzar estos objetivos, hasta su desenlace revolucionario con la toma del poder político por parte de la clase obrera, organizada en verdaderos sindicatos de clase y dirigida por el partido comunista internacional, con el fin de destruir el sistema de explotación del trabajo asalariado, que convierte la muerte de los proletarios en la oxigenación del Capital.

Evidentemente que todas las manifestaciones de solidaridad, masivas y espontáneas, que pasaron por encima del control del gobierno y de sus opositores, demuestran el poderoso potencial que existe en la sociedad para la reanudación de la lucha de clase.







Bolivia
Huelga nacional indefinida desviada hacia una insurrección reformista y policlasista

Del informe presentado en la reunión general de los días 23 y 24 de mayo

La huelga nacional indefinida que hoy sacude a Bolivia no es un acontecimiento aislado ni un simple diferendo gremial por mejoras sectoriales; es una manifestación abierta de la agudización de las contradicciones de clase y de cómo la lucha de clases puede llegar a reanudarse, en un periodo de profunda crisis histórica del modo de producción capitalista. Desde la perspectiva del marxismo los acontecimientos en el altiplano andino ilustran de forma diáfana cómo las crisis de acumulación del capital se descargan de manera violenta sobre las espaldas del proletariado, a la vez que ponen de relieve el papel amortiguador y traidor de las direcciones sindicales reformistas y los partidos oportunistas.

Bolivia se encuentra en la encrucijada de una doble contradicción. Por un lado, la contradicción interna e insalvable entre el capital y el trabajo, agudizada por un severo plan de ajuste fiscal burgués. Por el otro, su condición de país subordinado proveedor de materias primas, lo que lo convierte en un campo de batalla en la actual disputa interimperialista global por el control de recursos energéticos y minerales estratégicos. Este informe analiza la huelga general en curso, desenmascarando el carácter de clase del Estado boliviano (como el de todos los Estados), los límites del sindicalismo colaboracionista y la urgente necesidad histórica del resurgimiento de la independencia política del proletariado a través de su partido de clase.

Por otro lado, la crisis económica -con sus expresiones sociales y políticas- que atraviesa la sociedad boliviana, no se deriva de la “mala gerencia”, de la corrupción de las camarillas políticas que han controlado el gobierno o del fracaso del demagógico “proceso de cambios” y su supuesta orientación “socialista”, pregonado por los oportunistas del MAS. Se trata de una crisis sistémica del capitalismo mundial en el cual está inserta Bolivia y que no podrá resolverse con reformas, con cambios de gobierno o con maniobras contingentes en materia fiscal y de reestructuración del Estado burgués. Y, por supuesto, ni los oportunistas del MAS (hoy fracturado por pugnas internas) ni los partidos de la derecha que hoy controlan al gobierno, podrán (ni querrán) conducir ningún cambio revolucionario, y solo asumirán los ajustes gatopardianos para que nada cambie y el capitalismo se mantenga de la única manera posible: profundizando la explotación del trabajo asalariado y proletarizando a sectores de la pequeña burguesía.

Al gobierno de turno le toca asumir los ajustes pendientes al capitalismo de Estado boliviano que, basándose en el control de la extracción y comercialización de materias primas presentes en su subsuelo, genera una renta que llega a la burguesía, a la pequeña burguesía y a las trasnacionales a través de concesiones, contratos, alianzas comerciales, pero también a través de redes de corrupción o de tratos preferenciales a las nóminas de directivos y gerentes y a la franja social de la llamada “aristocracia obrera” y también a través de diferentes programas populistas que aunque se presentan como medios para realizar “inclusión social”, realmente promueven el clientelismo, la desmovilización de los oprimidos y, en el camino, también generan beneficios a diferentes empresas vinculadas al poder burgués. Pero este modelo tiende recurrentemente a entrar en crisis cuando caen los precios internacionales de los comodities controlados por el Estado, cuando el peso de la deuda le quita oxígeno financiero y cuando el tamaño del Estado, su abultada nómina, sus numerosos ministerios, empresas e institutos adscritos y programas sociales (populismo / clientelismo) se hacen insostenibles y requieren ser reestructurados o simplemente eliminados a base de despidos, reestructuraciones, recortes presupuestarios y privatizaciones.

Se trata de un ciclo económico que conduce a la alternancia política de gobiernos de la izquierda oportunista, nacionalista y electorera, proclives a aumentar el tamaño del Estado, y los gobiernos de la llamada derecha que tienden a ser identificados en la propaganda de la “izquierda” como neoliberales y partidarios de la reducción del tamaño del Estado. Pero ambas corrientes solo asumen las variantes tácticas “anticrisis” de la burguesía y la historia, incluso reciente, demuestra que el crecimiento o el empequeñecimiento del tamaño del Estado ha sido asumido indistintamente por la izquierda y por la derecha burguesas. Eso es lo que hace coincidir, aunque traten de negarlo con sus discursos y su propaganda, las políticas de los gobiernos de derecha en Argentina y El Salvador con los de “izquierda” en Venezuela, Chile y Brasil, por ejemplo. Y esa es la situación que observamos en Bolivia, donde se adelanta un ajuste económico y una reestructuración del Estado que le tocó afrontar al gobierno de derecha de Paz, pero que muy bien tendría que asumir el MAS si le tocara controlar el gobierno. Y en ambos casos escogerán el camino de colocar todo el peso de la crisis sobre los hombros de los trabajadores.


Antecedentes económicos, políticos y sociales

El estallido social de mayo de 2026 es el resultado directo del agotamiento del modelo de capitalismo de Estado que imperó bajo el reformismo burgués y de la posterior transición hacia un esquema de austeridad clásica. Tras la salida del gobierno de Luis Arce a finales de 2025, la asunción de Rodrigo Paz Pereira marcó un viraje explícito hacia la llamada “ortodoxia económica”, buscando corregir desajustes fiscales y facilitar a los capitalistas el manejo de la crisis, como siempre, aumentando la explotación de los trabajadores. La administración de Paz Pereira implementó de inmediato el Decreto Supremo 5516, un plan de ajuste fiscal draconiano orientado a “sincerar” la economía capitalista nacional mediante el reordenamiento de las finanzas y el recorte brutal del gasto estatal, reduciendo las nóminas del Estado entre un 25% y un 30%.

Aunque el nuevo gobierno burgués logró estabilizar temporalmente las variables macroeconómicas que interesan a los tecnócratas y a los prestamistas internacionales -elevando las Reservas Internacionales Netas (RIN) a 3.813 millones de dólares en el primer trimestre de 2026 y conteniendo parcialmente el dólar paralelo-, la base material de la sociedad arrastra una herencia catastrófica. El año 2025 cerró con una inflación superior al 20%, un desabastecimiento histórico de combustibles líquidos y una pérdida masiva del poder adquisitivo de los salarios. La paciencia del proletariado y de las masas semiproletarizadas llegó a su límite, detonando las movilizaciones masivas que hoy configuran la geografía de la protesta en el país.

La huelga general indefinida comenzó a ejecutarse el 4 de mayo de 2026. Al momento de redactarse este informe, la huelga ya acumulaba 3 semanas de desarrollo continuo y con la posibilidad de proyectarse en el tiempo ante la intransigencia gubernamental y patronal.

El conflicto tiene un alcance nacional, pero su fuerza e intensidad son geográficamente dispares. El epicentro absoluto es el departamento de La Paz y la ciudad de El Alto (donde se concentran 50 de los 67 bloqueos rurales del país). Cochabamba actúa como el nudo crítico de parálisis en las rutas hacia el occidente (con puntos clave en Quillacollo y el puente Huayculi). En contraste, la región oriental de Santa Cruz exhibe una menor adhesión de clase al paro, aunque se encuentra económicamente asfixiada debido al aislamiento vial provocado por los cortes de ruta. La ciudad de La Paz se fue paralizando progresivamente por el cerco de los bloqueos, notándose la paralización del transporte, la suspensión de la recolección de basura (llenándose las calles de promontorios de desperdicios), la escases de alimento y destacando el alerta de los hospitales por la insuficiencia de insumos médicos; todo esto mientras llegan a la ciudad cada vez mayores contingentes de manifestantes luego de largas marchas desde otras regiones.

En cuanto al componente social de la participación, encontramos lo siguiente:

-  El Proletariado y Sectores Explotados: Convocados por la Central Obrera Boliviana (COB) tras un multitudinario cabildo en El Alto. Participan con alta combatividad el magisterio urbano (organizado en la Federación Departamental de Trabajadores del Magisterio Urbano), los obreros del volante (Federación de Chóferes de La Paz) y el proletariado minero de base. La Federación de Chóferes de La Paz no es una organización homogénea de clase; por el contrario, agrupa y amalgama en su seno tanto a dueños de unidades de transporte (pequeña burguesía) como a trabajadores asalariados o sobre-explotados (proletariado del volante)

-  Campesinado y Pequeña Burguesía Rural: Movilizados masivamente a través de los campesinos aimaras de 29 provincias, los Interculturistas (capa de pequeños y medianos productores agrícolas privados) y la Federación Departamental de Cooperativistas Mineras (Fedecomin). Se trata de sectores que no se identifican con la abolición de la explotación asalariada.

-  El Oportunismo Político: Fracciones políticas y sociales ligadas al “evismo” (afines a Evo Morales) que no representan una alternativa revolucionaria, sino que instrumentalizan y parasitan la rabia de las bases para presionar al Ejecutivo y reposicionarse en la disputa por el control de la administración del Estado burgués. Aunque no necesariamente la dirección de este movimiento está protagonizada por Evo Morales, para efectos prácticos se trata de corrientes políticas oportunistas afines, las que están conduciendo las movilizaciones y bloqueos y la exigencia de renuncia del presidente Paz.

-  El Estado Burgués y sus Administradores: Encabezados por el presidente Rodrigo Paz Pereira, respaldados por la maquinaria judicial y policial, y prestos a utilizar a las Fuerzas Militares en tareas de represión interna.

-  La Burguesía Nacional y Transnacional: Representada por el empresariado agropecuario, agroindustrial (particularmente el cruceño), exportador, turístico y avícola. Detrás de la escena, operan los grandes consorcios capitalistas e intereses imperialistas que codician el gas, los minerales y las reservas de litio del país.

La clase obrera y los sectores oprimidos que participan en las protestas recurren a sus métodos históricos de lucha, combinando la huelga en las minas y las escuelas con los bloqueos de carreteras masivos, registrando más de 67 puntos de interrupción del tránsito a nivel nacional. Esta estrategia ha provocado un cerco casi total a los principales centros urbanos del occidente, paralizando el transporte interdepartamental y deteniendo el flujo logístico de mercancías. La respuesta del Estado burgués se da mediante la criminalización judicial, catalogando la protesta de “ilegal” o “sediciosa”, combinada con el uso de la fuerza militar.

La respuesta del Estado capitalista boliviano ante el estallido obrero ha combinado el terror policial con el cerco legal. Al momento de la presente actualización, las fuerzas combinadas de la Policía Boliviana y las Fuerzas Militares -movilizadas de manera excepcional en tareas de represión interna para desbloquear carreteras principales- han actuado con extrema violencia. Hasta el momento van al menos 4 decesos registrados indirectamente a causa del bloqueo logístico y retrasos en ambulancias, sumado a las víctimas directas por los recientes choques violentos de carretera. Decenas de trabajadores, manifestantes y comuneros lesionados por gases lacrimógenos, balines e impactos físicos en los enfrentamientos en las rutas del occidente. Decenas de huelguistas bajo procesos de criminalización judicial, imputados bajo las figuras de “sedición” o “huelga ilegal” por el aparato de justicia del régimen capitalista.


Situación de la economía del país y su impacto en los trabajadores

La economía boliviana se encuentra sumida en una crisis que se expresa en estancamiento con alta inflación, que es el reflejo local de la crisis general de sobreproducción del capital a nivel internacional. Tras ingresar en una llamada “recesión técnica” en el segundo semestre de 2025 (cerrando dicho año con un PIB de -0,5%), las proyecciones para 2026 apuntan a una contracción severa del -3,2% del PIB. Las actividades extractivas tradicionales (gas y minería), pilares de la captación de renta por parte del Estado, acumulan caídas drásticas debido al agotamiento de pozos y la falta de inversiones.

Este panorama macroeconómico se traduce en una agresión brutal contra las condiciones de vida y reproducción de la fuerza de trabajo. Tras cerrar el 2025 con un 20,2% de inflación, el costo de la canasta básica familiar continuó escalando en 2026. Alimentos esenciales (pan, carnes, verduras) sufren alzas agresivas por la escasez de divisas y problemas de importación. El gobierno de Rodrigo Paz Pereira fijó el Salario Mínimo Nacional en 3.300 bolivianos (un incremento nominal del 20%) mediante el Programa PEPE (Programa Extraordinario de Protección y Equidad). El salario real se presenta pulverizado y se calcula una pérdida cercana al 60% del poder adquisitivo real acumulado en el último año. El incremento nominal es ficticio frente a la devaluación fáctica en los mercados.

Sin embargo, el mercado de trabajo está compuesto principalmente por trabajadores informales. El sector informal representa la gran mayoría de la fuerza de trabajo ocupada o subempleada del país. Este inmenso contingente abarca trabajadores por cuenta propia y jornaleros. Vive al día para subsistir. Constituyen el subproletariado urbano y aquellos trabajadores desposeídos de medios de producción que venden su fuerza de trabajo por el día a día. No explotan mano de obra ajena, carecen de capital y su única fuente de subsistencia es el trabajo vivo. Históricamente pertenecen a las filas de la clase explotada y sufren con crudeza los efectos directos de la inflación y el desabastecimiento provocado por las crisis de acumulación. Para este segmento de los trabajadores no se garantiza un salario mínimo ni otro tipo de reivindicaciones laborales.

Los Pequeños y Medianos Empresarios o Comerciantes (Pequeña Burguesía): Aunque operen en condiciones de informalidad legal, estos sujetos poseen pequeños medios de producción, mercancías o capital comercial. Su meta económica no es la mera supervivencia asalariada, sino la realización del beneficio mercantil y la acumulación privada. Con frecuencia explotan formal o informalmente a trabajadores familiares o asalariados precarizados. Su posición de clase los inclina políticamente hacia la reacción: rechazan las huelgas y los bloqueos obreros porque detienen la rotación de sus mercancías y amenazan su pequeña propiedad, exigiendo al Estado burgués orden, créditos, subsidios y paz social para continuar sus actividades comerciales.

Aunque el sector informal rechaza formalmente el paro por necesidad de subsistencia, se ve asfixiado por el desabastecimiento y la falta de transporte provocados por la huelga. Dentro de su enfoque policlasista la COB incorpora en sus exigencias las reivindicaciones con las que puede identificarse este sector de la pequeña burguesía.

Las condiciones y el medio ambiente de trabajo se han deteriorado al extremo. El incremento nominal del salario mínimo a 3.300 bolivianos es una burla frente al costo real de la vida, forzando a la clase trabajadora a prolongar sus jornadas laborales reales (pluriempleo, subempleo e informalidad) para compensar la pérdida del 60% de su poder de compra.


Reivindicaciones planteadas por los dirigentes de la huelga

El pliego de peticiones presentado por la burocracia de la COB aglutina más de 112 demandas de carácter laboral y político. El núcleo de los reclamos de las centrales sindicales se sintetiza en los siguientes puntos:

1.  Incremento Salarial Indexado: Exigencia de un aumento salarial real que se indexe directamente al costo actual de la canasta básica familiar, rechazando los topes oficiales y los aumentos cosméticos del Gobierno. Esta exigencia ha venido quedando opacada por reclamos de pequeños y medianos empresarios del transporte y el comercio, así como de campesinos e indígenas.

2.  Abrogación de Normas Antiobreras o que afectan al campesinado: Rechazo contundente a las medidas de descentralización educativa aplicadas contra el magisterio. Desprecio a las maniobras tibias del Ejecutivo (como la abrogación de la Ley 1720, que permitía convertir la pequeña propiedad agraria en un activo financiero reconocido por la banca), considerándolas insuficientes y exigiendo la destitución inmediata de los ministros responsables del ajuste fiscal.

3.  Abastecimiento y Calidad de Combustibles: Exigencia del sector transporte pesado y urbano de solucionar inmediatamente el desabastecimiento logístico y la pésima calidad de los carburantes distribuidos, que arruinan sus herramientas de trabajo. Reivindicación del pequeño y mediano empresariado del transporte.

Si bien se presentaron algunas demandas económicas de los trabajadores, que expresaban las necesidades inmediatas de la clase, la dirección de la COB le dio un carácter netamente policlasista, corporativo y reformista a su pliego de exigencias. No cuestionan la raíz de la explotación capitalista ni la propiedad privada de los medios de producción; limitan la lucha a un forcejeo distributivo dentro de los marcos de la legalidad burguesa.

Pero rápidamente el “evismo” impulsó en este movimiento la exigencia de la renuncia del Presidente Paz y la convocatoria a elecciones presidenciales anticipadas, pasando las demás reivindicaciones a un segundo plano. Esto colocó al movimiento en un plano insurreccional, pero no una insurrección contra el capitalismo, sino por su continuidad, bajo la figura de un cambio de gobierno, manteniendo la democracia burguesa. De esta manera, de fortalecerse la tendencia insurreccional en el movimiento, los desenlaces que se configuran a partir de esta situación son: a) el mantenimiento del gobierno actual, luego de una negociación con el movimiento huelgario, b) renuncia del presidente, designación de un gobierno de salvación nacional y convocatoria a elecciones anticipadas, c) golpe de Estado para detener al movimiento insurgente y blindar militarmente el ajuste fiscal en curso (Decreto 5516). Pero en todos estos posibles desenlaces la burguesía continuará en el poder, ya sea que gobierne apoyándose en los partidos de la derecha, o en los partidos de la izquierda oportunista como el MAS, la corriente “evista” y similares (“movimientos sociales” y la COB) o colocando el control del gobierno en manos de una Junta Militar.

El presidente Paz anunció el miércoles 20 de mayo una reestructuración de su gabinete de gobierno, asegurando que mejorará la comunicación con los diferentes sectores sociales. Así mismo el presidente rechazó a los manifestantes, que llamó vándalos, y cuestionó a factores políticos que no mencionó, pero con clara referencia a Evo Morales y sus seguidores, que tienen una “bandera ideológica” y que están vinculados al “narcotráfico y lo ilegal”. Ratificó su plan de ajuste macroeconómico, la reestructuración del Estado y el desmontaje de mecanismos de corrupción, según él, desarrollados durante los últimos 20 años de gobiernos del MAS, convocando a un “Consejo Económico y Social” en el que llamó a participar a las organizaciones sociales integradas al conflicto. Aun así, dada la continuidad de los bloqueos, el presidente solicitó la creación de un “corredor humanitario”, refiriéndose en la necesidad de dar acceso en El Alto y La Paz, a insumos médicos, alimentos y combustibles, con lo cual el gobierno reconoció indirectamente que no tiene el control de la situación. Y en todos sus anuncios ni siquiera mencionó el tema del salario.

Mientras el presidente del gobierno burgués ofrece un "Consejo Económico y Social" (una mesa de conciliación policlasista) se niega rotundamente a discutir el salario de la fuerza de trabajo asalariada porque su misión histórica actual es sostener la tasa de ganancia patronal mediante y la caída del salario real.

El 21 de mayo se concretó el acceso de una caravana de cisternas con combustible e insumos médicos, que accedieron a la Paz bajo control de las fuerzas policiales. Pero el gobierno sigue sin tener el control de la situación. El hecho de que el Gobierno tenga que recurrir a la aviación militarizada para transportar raciones insuficientes de pollo y cerdo, y dependa del auxilio logístico de gobiernos burgueses vecinos como Argentina y Chile, demuestra que el flujo ordinario de la circulación del capital está roto. El ingreso de cisternas con escolta armada no es una victoria del orden, sino una operación excepcional que ratifica que el territorio sigue cercado por las bases en lucha.

El movimiento huelgario, dominado por el interclasismo y el oportunismo se mantiene firme en su exigencia de renuncia del presidente Paz y por lo tanto rechaza dialogar con un “gobierno agonizante” y rechaza el llamado al Consejo Económico y Social, calificado como una maniobra del gobierno, al cual noi quieren reconocer ni dar oxígeno con su asistencia.

La reacción también se ha movilizado “en respaldo al gobierno y en defensa de la democracia”, en la capital. Mientras tanto los organismos internacionales se han pronunciado en respaldo al gobierno de Paz y lo mismo ha hecho el gobierno de EEUU que emitió un pronunciamiento de respaldo al gobierno actual de Bolivia.


Posiciones de los diferentes factores políticos, sindicales y empresariales

La huelga ha polarizado los campos de clase en el escenario nacional:

El Gobierno Burgués (Paz Pereira): Mantiene una posición inflexible en defensa de los decretos económicos de austeridad (Decreto Supremo 5516), argumentando que son necesarios para frenar la llamada “estanflación”. Acusa a la COB de promover una huelga “ilegal” y tacha a los bloqueadores de cometer actos de “sedición” al servicio de intereses oscuros.

El Empresariado (Monopolios y Terratenientes): Expresa un rechazo absoluto. Los sectores agropecuario, avícola, exportador y turístico denuncian pérdidas millonarias y exigen mano dura al Estado, alegando que el aislamiento de los centros productivos “destruye el empleo formal” (es decir, detiene la extracción de plusvalía).

La Oposición Burguesa Tradicional y Comités Cívicos: Figuras como Carlos Mesa denuncian que el país está “secuestrado por minorías violentas”. Por su parte, el Comité pro Santa Cruz utiliza una narrativa anticomunista y oportunista, acusando a Evo Morales de utilizar las protestas para gestar un “golpe de Estado”. Ambas facciones burguesas (gobierno y oposición) coinciden en la necesidad de aplastar la resistencia obrera.

Los Partidos Oportunistas (“Evismo”): Se montan sobre el conflicto legítimo de las bases para canalizar el descontento hacia salidas electorales o pugnas palaciegas de poder, traicionando el potencial revolucionario de la huelga para convertirlo en moneda de cambio de la política burguesa.

Los Organismos del Estado (Defensor del Pueblo): Operan como pacificadores y mediadores institucionales, buscando diluir el conflicto de clases en mesas de diálogo estériles. Alertan hipócritamente sobre el uso de las Fuerzas Militares mientras intentan salvar el orden constitucional burgués.


La traición histórica y el oportunismo de la COB

Para desentrañar la verdadera naturaleza de la Central Obrera Boliviana (COB) es indispensable analizar su comportamiento político en el tiempo, lo que evidencia su total sumisión al Estado burgués según la fracción que lo administre. Bajo los gobiernos reformistas de Evo Morales y Luis Arce, la burocracia sindical de la COB actuó como un apéndice descarado del poder ejecutivo, pacificando los conflictos, asimilando las estructuras corporativas y desactivando de raíz cualquier atisbo de independencia e iniciativa revolucionaria del proletariado. En esos periodos, las demandas obreras fueron sistemáticamente encajonadas y sacrificadas en aras de la estabilidad del “capitalismo de Estado” andino y el falso discurso del “proceso de cambio”.

Por el contrario, la actual agresividad y la convocatoria veloz a la huelga general indefinida frente al gobierno derechista de Rodrigo Paz no responden a un súbito despertar clasista de su dirección traidora, sino a su oportunismo político más abyecto. La cúpula de la COB se ha alineado orgánicamente con el bando burgués “evista” (afín a Evo Morales), el cual instrumentaliza y parasita la rabia legítima de las bases obreras.

No se busca destruir al Estado capitalista, sino desgastar al administrador actual (Paz Pereira) para forzar un reordenamiento y reposicionar a su fracción política aliada en la disputa por el control del aparato fiscal y gubernamental. Con esto, la dirección de la COB confirma su papel histórico contrarrevolucionario, transformando las reivindicaciones obreras contenidas en el pliego de peticiones interclasista en una mera moneda de cambio en las pugnas interburguesas. En el punto álgido del conflicto el presidente de la COB pasó a la clandestinidad.


Perspectivas del proletariado boliviano ante la ausencia de una dirección revolucionaria

El drama histórico de la clase obrera boliviana queda nuevamente en evidencia en esta huelga nacional indefinida. El proletariado minero, educativo y del transporte demuestra una gran disposición combativa, capaz de paralizar los ejes vitales del país, integrado con sectores indígenas, campesinos y de la pequeña burguesía descontenta. Sin embargo, la efectividad logística de los bloqueos contrasta con la debilidad política e ideológica de las organizaciones que agrupan a los asalariados. Esto se evidencia en como las reivindicaciones salariales y laborales han quedado opacadas por la exigencia de la renuncia del presidente y por la exigencia de reivindicaciones de los pequeños empresarios como el rechazo a los precios actuales de los combustibles.

Al carecer de una dirección revolucionaria con un programa claro de derrocamiento del capitalismo, las masas se encuentran atrapadas entre el martillo del ajuste fiscal gubernamental y el yunque del oportunismo reformista (“evismo” y la burocracia de la COB). A corto plazo, las perspectivas son sombrías: la huelga corre el riesgo de desgastarse, ser traicionada a cambio de migajas salariales nominales o ser utilizada para el retorno de fracciones burguesas populistas que continuarán con la agenda de sumisión al capital financiero.


La necesidad imperiosa de la reanudación de la lucha de clases

Como enseñaba Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, los monopolios y las potencias imperialistas (ya sean de bloque occidental o euroasiático) que se disputan el litio, el gas y los recursos de Bolivia jamás permitirán una emancipación real de las masas trabajadoras y su rompimiento con las vías reformistas, el policlasismo o del nacionalismo. El capitalismo en crisis no tiene concesiones duraderas que ofrecer. Por otro lado, el movimiento obrero debe entender que su principal enemigo -la burguesía- está dentro de las fronteras bolivianas y el llamado a enfrentar el enemigo externo (cualquiera de los imperialismos) termina siendo una distracción y desperdicio de energías impulsado por el discurso de ese “anti-imperialismo” burgués de la izquierda oportunista.

Para romper este círculo vicioso de explotación y traición sindical, se imponen las siguientes tareas históricas:

1. La Adhesión Militante al Partido Comunista Internacional: La huelga actual demuestra que la combatividad espontánea y la fuerza organizativa de la COB son insuficientes si falta el factor político subjetivo central: el partido de vanguardia de la clase obrera. Solo el partido comunista internacional, estrictamente anclado en la doctrina marxista de la revolución y la dictadura del proletariado, puede unificar las luchas dispersas de los mineros, maestros, choferes, subproletarios urbanos y los trabajadores asalariados en general y conducir estas fuerzas hacia el derrocamiento de la burguesía.

2. Continuidad, ampliación y profundización de la Huelga, eliminando los servicios mínimos e incorporando a trabajadores de sectores que todavía no se han incorporado. Rechazo a la participación en el Consejo Económico y Social convocado por el Presidente Paz. Pasar de una insurrección como expresión de la confrontación inter-burguesa a una insurrección proletaria. Ni “Gobierno de Salvación Nacional”, ni “elecciones anticipadas”, ni “Dictadura Militar”. Insurrección obrera por el derrocamiento de la burguesía y por la implantación de la Dictadura del Proletariado.

3. Ya sea que el curso político apunte hacia el mantenimiento del gobierno actual o que se produzca un cambio de gobierno burgués, el movimiento debe asumir de manera intransigente la exigencia del aumento general de los salarios, asegurándose de que éste aumento se aplique y beneficie incluso a los pensionados y a los trabajadores informales. La Huelga General no debe levantarse sin la conquista de aumento salarial como reivindicación principal a exigir al gobierno y los patronos.

4. La Ruptura con el Oportunismo: El proletariado boliviano debe romper los lazos que lo atan a las facciones burguesas de cualquier signo (pazistas o evistas) y barrer a la burocracia sindical colaboracionista que transforma el pliego de peticiones en un pliego de traición, interclasismo y confrontación interburguesa.

5. El Resurgimiento de Verdaderos Sindicatos de Clase: Es vital la reconstitución de los sindicatos que unan efectivamente a la clase obrera, sin las divisiones por nacionalidad u oficios y que asuman los métodos de lucha como la huelga, indefinida y sin servicios mínimos. Sindicatos que no centren su organización en los centros de trabajo sino en la organización local, regional y nacional a la que se integren trabajadores activos, pensionados y desempleados, practicando el debate en asamblea y la participación de base en diferentes comisiones requeridas para la lucha. Verdaderos órganos de defensa del salario y de resistencia contra el capital.

Solo la constitución del proletariado en partido político independiente permitirá transformar la actual resistencia defensiva contra la explotación capitalista y el ajuste fiscal en una ofensiva revolucionaria para la destrucción del Estado burgués, la expropiación de los monopolios transnacionales y nacionales, y la puesta en marcha de la transformación socialista.






Cuba y Estados Unidos
Capitalismos débiles y capitalismos fuertes contra la clase trabajadora cubana

En enero, la administración estadounidense, considerando a Cuba una amenaza para la seguridad nacional, endureció las restricciones y sanciones que han durado más de 60 años, intensificando la profunda crisis de una población que vive en un 95% por debajo del umbral de la pobreza, con un ingreso inferior a 1,90 dólares al día.

El embargo incluye una serie de restricciones económicas, comerciales y financieras, sanciones contra los proveedores de petróleo y bienes esenciales, la prohibición de importaciones y exportaciones a ciertos países y el bloqueo de las actividades bancarias y el acceso a los sistemas de pago internacionales, lo que dificulta enormemente el comercio.

El embargo, al reducir drásticamente el suministro de energía, ha provocado la parálisis del transporte, apagones generalizados, un fuerte descenso del turismo y escasez de medicamentos y equipos en hospitales, material escolar, así como alimentos, harina, arroz, leche, azúcar y carne, en un país que depende en gran medida de las importaciones.

Los principales socios comerciales siguen siendo Rusia, China, España, México y Venezuela.

Venezuela era particularmente importante para el suministro de petróleo, ya que durante décadas representó entre el 30% y el 35% de las necesidades de Cuba, porcentaje que se redujo drásticamente tras los nuevos acuerdos posteriores al breve ataque/farsa estadounidense a Caracas y la nueva política impuesta al régimen burgués venezolano.

Pero las sanciones y la retirada de sus principales socios no han hecho sino agravar una economía y un modo de vida en Cuba ya comprometidos por el capitalismo, aunque todavía hoy muchos oportunistas y nacionalistas de izquierda lo consideran un modelo “bueno y socialista”, opuesto al modelo de “libre mercado malo” de Estados Unidos.

La revolución cubana de 1959 allanó el camino para el desarrollo del capitalismo y una clase burguesa nacional, liberada de un sistema semicolonial atrasado. Se emancipó del imperialismo estadounidense, pero solo para caer bajo la influencia de su rival, el imperialismo ruso, del que emuló la ilusión de que un aparato estatal centralizado, expresión de la nueva clase burguesa local, podría controlar la economía de mercado. Los efectos de esa revolución burguesa son claramente visibles hoy, a pesar de la intervención estatal en la economía capitalista.

Cabe recordar que el régimen “socialista” cubano mantuvo estrechos lazos diplomáticos y comerciales con el régimen de Franco en España, lo que demuestra aún más que las ideologías no son más que una fachada al servicio de los intereses del capital. 

Así, se repite la misma vieja historia, presente en tantos conflictos entre Estados burgueses, tanto del pasado como del presente, que apoyan al Estado “atacado” contra el otro que se pretende condenar. Los análisis económicos y de clase se dejan completamente de lado para dar cabida a estados mentales irracionales que convergen hacia los dos enemigos mortales de la lucha de clases: el patriotismo y el interclasismo.

La propaganda de los diversos grupos de fans se esfuerza por demostrar qué clase dominante es menos parasitaria y antiproletaria que la otra. Nos interesa reafirmar quienes ignoran que en Cuba, como en todos los países hoy en día, impera el capitalismo, con sus categorías económicas: mercancías, dinero, esclavitud asalariada y, por consiguiente, desigualdades y clases sociales. Por lo tanto, existe una clase burguesa que explota a su propia clase trabajadora, apropiándose de la riqueza nacional.

En Cuba, en particular, el Grupo de Administración Empresarial SA (GAESA) es un holding que controla el 40% del PIB de la isla, administrado directamente por las Fuerzas Armadas Cubanas (FAR) y vinculado a la familia Castro. Mientras la mayoría de la población vive en la pobreza extrema, el grupo controla el sector turístico mediante la gestión de hoteles de lujo, aeropuertos, puertos, agencias de viajes y miles de tiendas. Gestiona las operaciones de importación y exportación controlando diversas rutas comerciales. Controla el flujo de divisas, incluyendo servicios a través de Western Union y Banco Financiero Internacional (BFI). Sus activos financieros, que suman decenas de miles de millones de dólares, se encuentran depositados en cuentas secretas y en el extranjero, utilizados para inversiones masivas en infraestructura y el sector privado, en detrimento de servicios sociales como la sanidad.

Varias empresas holding, vinculadas en mayor o menor medida al mayor conglomerado económico del país, son ejemplos de ellas: CIMEX SA, propietaria de una red de tiendas, gasolineras, empresas de importación y exportación, restaurantes y servicios financieros; ETECSA, monopolio de los servicios de telefonía e internet; Corp. Habanos SA, empresa conjunta entre el grupo estatal Cubatabaco y la tabacalera británica Imperial Tobacco; BioCubaFarma, que agrupa a empresas farmacéuticas; y Cubana de Aviación, la aerolínea nacional que controla los vuelos nacionales e internacionales. Estas son solo algunas de las más importantes.

Muchas de estas empresas operan a través de sociedades offshore registradas en el extranjero, a menudo en Panamá, para eludir las sanciones estadounidenses, lo que demuestra cómo el capital estatal se fusiona con el capital privado.

El proletariado cubano, cada vez más empobrecido y numeroso, aplastado por las luchas internas de la burguesía, dividido entre dos gobiernos bajo dos banderas nacionales que se disputan el control del comercio capitalista, no ganará nada aliándose con su propia clase dirigente explotadora. El proletariado no tiene nada que ganar defendiendo a los generales actuales en nombre del mito burgués anti-histórico de la “soberanía nacional”, ni derrocando la burocracia militar de la GAESA si esta es simplemente reemplazada por gestores privados con banderas estadounidenses. El hambre, los apagones y la pobreza no terminarán con un cambio de bandera o de administración de la empresa estatal.

Tomar partido por la potencia nacional o apoyar al explotador más débil, considerado erróneamente el “mal menor”, es una narrativa engañosa y errónea.

Para la clase trabajadora, el enemigo está dentro de sus propias fronteras: sus propios explotadores burgueses, ya sea en Cuba, Estados Unidos, China, Rusia o Europa. Su salvación y emancipación solo pueden lograrse mediante la lucha de clases y la organización para conseguir mejores condiciones de vida, mejores salarios, mejores horarios de trabajo, atención médica gratuita y eficiente, educación, derecho a la vivienda y, posteriormente, la unidad revolucionaria con los trabajadores de todo el mundo, incluidos los de los Estados “agresores”.

La brújula histórica es única, tanto en La Habana como en Nueva York: el rechazo a cualquier frente interclasista para la destrucción del sistema salarial y de la ley del valor.







Ataque militar imperialista en el arco minero venezolano:
La farsa del “niño guerrero” y el verdadero negocio del oro

Las agencias de propaganda del imperialismo norteamericano y los voceros del reformismo venezolano han desplegado un ruidoso festín mediático tras el ataque y bombardeo, ejecutado entre el 9 y el 12 de junio, contra un supuesto campamento de la banda transnacional “Tren de Aragua” en el estado Bolívar, acción en la cual presuntamente se abatió a su “líder principal”, Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias “El Niño Guerrero”. Presentada ante la opinión pública mundial como una supuesta “victoria de la seguridad internacional y la cooperación humanitaria”, esta puesta en escena conjunta entre Washington y el gobierno de Caracas no es más que una burda operación de distracción ideológica.

Detrás del humo de las detonaciones y la supuesta persecución al narcotráfico, se esconde una operación puramente económica de despeje de área en la ribera del Kilómetro 88, Las Claritas y su entorno, el territorio con las mayores concentraciones de oro en toda Venezuela. El objetivo material no es proteger a la población ni resguardar el ecosistema amazónico; el objetivo es expulsar por la fuerza a los competidores irregulares para garantizar que las grandes corporaciones transnacionales tomen el control monopólico absoluto de la extracción y la explotación minera de la zona.


Una invasión militar consensuada por la burguesía

La acción militar, ejecutada mediante bombardeos dirigidos tácticamente por las fuerzas armadas de los Estados Unidos con el apoyo logístico del gobierno burgués venezolano, constituye una abierta invasión militar en territorio nacional. No obstante, lejos de provocar las tradicionales alarmas de soberanía, este desembarco cuenta con el pleno consenso de todas las facciones de la burguesía local.

En el marco del nuevo gobierno burgués, instalado luego del secuestro del anterior presidente, el 3 de enero, la burguesía criolla (tanto la tradicional como los capitales asociados a la camarilla “cívico-militar” del chavismo) ha aceptado sumisamente subordinarse al Pentágono a cambio de asegurar una porción de la torta. La reestructuración del extractivismo exige orden para las inversiones privadas estadounidenses; por ende, la fuerza militar del imperialismo actúa como el brazo armado encargado de limpiar el terreno para que las firmas multinacionales avaladas por Washington operen sin contratiempos logísticos en las codiciadas minas de Las Cristinas y Brisas.


Antecedentes de rapiña transnacional en el Arco Minero

La entrega del subsuelo venezolano a los consorcios internacionales no es una novedad de 2026. La región del Arco Minero del Orinoco ha sido históricamente el escenario donde el capital global ha ensayado sus dinámicas de despojo:

- Presencia anglosajona e histórica: Corporaciones canadienses, estadounidenses y europeas han desfilado durante décadas obteniendo concesiones leoninas para la explotación a gran escala de oro, diamantes y bauxita. El ejemplo histórico más nítido en el Kilómetro 88 y Las Claritas fue el de la canadiense Crystallex International Corporation, la cual operó los yacimientos de Las Cristinas hasta su posterior rescisión y un prolongado litigio arbitral internacional. Asimismo, la también canadiense Gold Reserve Inc. controló durante años el proyecto Brisas y reingresó posteriormente bajo el esquema mixto estatal mediante la empresa Siembra Minera en la misma zona de Las Claritas.

- El viraje hacia otras potencias: Durante la hegemonía del chavismo, el Estado burgués reorientó la entrega de los recursos otorgando masivas concesiones mineras a empresas transnacionales de China, Rusia y Turquía bajo la figura de empresas mixtas que jamás alteraron las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo.

La geopolítica de la minería en 2026 expone un violento reacomodo. Tras el despeje militar provocado por la intervención estadounidense, el gran capital norteamericano busca el control directo. Corporaciones y consorcios transnacionales privados amparados por licencias de la OFAC y el capital financiero occidental se posicionan para reactivar los proyectos a gran escala en Las Cristinas, desplazando no solo al pranato, sino barriendo la influencia remanente de los monopolios e intereses estatales chinos o euroasiáticos. La sustitución actual de unas potencias por otras en el control de estos yacimientos -estimados en un potencial de miles de millones de dólares- confirma que para el capital el territorio de Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro es simplemente un botín en disputa permanente.


El “Pranato” y el Estado: Socios en el despojo

Para justificar la intervención actual, los discursos oficiales simulan sorpresa ante la existencia de bandas criminales y estructuras de delincuencia organizada. Sin embargo, el análisis histórico demuestra que la gobernanza minera en el sur de Venezuela ha operado bajo una perfecta simbiosis “militar-paramilitar-delincuencial”.

El pranato es un sistema de poder criminal en las cárceles de Venezuela. Al jefe principal se le llama pran. Él pran manda dentro del penal y cobra dinero a otros. El uso de este término se ha extendido en la política venezolana para referirse a bandas que operan dentro y desde el gobierno o en barriadas controladas por determinadas bandas criminales dirigidas por un pran. El gobierno burgués venezolano se ha apoyado en estas bandas para el control de determinados negocios o territorios y para enfrentar a los movimientos de protesta que recurrentemente se presentan por exigencias económicas o para enfrentar a los grupos y partidos de la llamada “oposición democrática”.

Desde finales del siglo XX y con especial fuerza durante las últimas dos décadas, el llamado “sindicato” (el pranato de la delincuencia común) ha ejercido el control territorial real de las minas en absoluta coordinación con las autoridades regionales y militares designadas por el chavismo. El pranato ha tenido históricamente luz verde para explotar, extorsionar y traficar, siempre y cuando pagase las cuotas correspondientes a los jefes de las ZODI, REDI y los altos mandos militares locales, compartiendo el territorio incluso con facciones desmovilizadas de la guerrilla colombiana como el ELN. Cuando estas bandas y estructuras irregulares dejan de ser útiles o intentan elevar sus pretensiones frente a los dueños formales del capital, la burguesía estatal no duda en recurrir a los operativos militares masivos para desplazarlas y sustituirlas por gerentes corporativos en trajes de etiqueta.


El gobierno administra los intereses de la burguesía en el negocio minero

El Ministerio del Poder Popular de Desarrollo Minero Ecológico e Industrias Básicas y la Corporación estatal MINERVEN no operan como agencias de resguardo social o ambiental, sino como las estructuras institucionales esenciales para la administración, legalización y reparto de la plusvalía extractiva en el Arco Minero del Orinoco.


El papel real que juegan dentro del engranaje minero en la región se define bajo los siguientes lineamientos:

1. El Ministerio como la ventanilla legal del despojo transnacional: Lejos de su retórica de “desarrollo ecológico”, el Ministerio es el ente encargado de adecuar el marco jurídico burgués para dar seguridad a las corporaciones extranjeras. Su función clave ha sido el diseño y la fragmentación de las áreas de explotación (como el Área 4 que comprende el Kilómetro 88 y Las Claritas) para facilitar la creación de empresas mixtas. Es el órgano que tramita las concesiones y licencias operativas que hoy pretenden amparar el desembarco del capital estadounidense y que en el pasado ampararon a monopolios chinos, rusos y turcos. Su labor es normalizar el extractivismo, operando como el brazo operativo que legitima la entrega del subsuelo a la rapiña del mercado global.

2. MINERVEN y el monopolio de la comercialización: El nexo con el capital variable. La Compañía General de Minería de Venezuela (MINERVEN), como corporación estatal de extracción y procesamiento aurífero, cumple el rol económico de centralizar el metal precioso. En la práctica, actúa como el engranaje que conecta la brutal explotación de la fuerza de trabajo obrera y artesanal con el sistema financiero internacional. MINERVEN es la encargada de recibir, fundir y canalizar el oro extraído bajo condiciones infrahumanas. Su estructura económica sirve para absorber el valor generado en los yacimientos mediante plantas de procesamiento que imponen salarios de miseria y nulas condiciones de seguridad a los trabajadores, garantizando el flujo de lingotes hacia las reservas del Estado burgués o hacia los mercados transnacionales.

3. Ejecutores en el “consenso burgués” y la gobernanza minera. Dentro de lo que propagandizan como la “unión cívico-militar”, estas instituciones han sido plenamente conscientes del esquema de extorsión y violencia del “sindicato” (el pranato) y la guerrilla colombiana. Tanto el Ministerio como MINERVEN han validado y coexistido con la gobernanza irregular en el sur de Bolívar, sirviendo de pantalla legal mientras las autoridades regionales asignadas por el chavismo y los mandos militares de las ZODI y REDI cobraban sus cuotas sobre el oro extraído.

Cuando el capital transnacional exige “seguridad jurídica” y “orden” para ingresar -como ocurre con el actual despliegue militar coordinado por EEUU-, estas instituciones proceden a rescindir acuerdos viejos y a firmar nuevas alianzas, demostrando que su único fin permanente es mantener el flujo de acumulación de capital a costa de la devastación ambiental irreversible y la explotación de la clase obrera del sur de Venezuela.


Ni minería legal, ni minería ilegal: El dilema falso del reformismo

Las corrientes pequeño-burguesas y las ONG ambientalistas pretenden entrampar a la clase trabajadora en un dilema falso: elegir entre la minería ilegal (controlada por los pranes) y una supuesta minería legal, tecnificada y bajo control corporativo, en un supuesto esquema de “manejo soberano de los recursos naturales. Desde la perspectiva de la crítica de la economía política, esta distinción es una trampa oportunista.

Ya sea que la minería del oro sea controlada por grupos criminales, por empresas legalmente autorizadas por el FMI, por mineros artesanales organizados o por una combinación de todos estos actores, e incluso “sin injerencia extranjera”, la ley del valor dicta el mismo resultado. No se puede esperar absolutamente ninguna mejora en los salarios de miseria ni en las brutales condiciones de vida de las más de 200.000 personas que dependen directamente de esta actividad en la Amazonía venezolana. Bajo la lógica del beneficio monetario, la fuerza de trabajo obrera siempre será tratada como capital variable descartable, expuesta a enfermedades, accidentes y violencia patronal.

Asimismo, la minería industrial “legal” es una destructora implacable de los ecosistemas, icliso en el caso de ser asumida por empresas estatales sin participación de trasnacionales. El uso masivo de cianuro, mercurio, la deforestación de reservas forestales y la contaminación irreversible de las cuencas hídricas del Orinoco no se detienen porque una empresa cotice en la bolsa de Nueva York o de Pekín. El extractivismo, por su propia naturaleza metabólica, devora la geografía y desplaza socioculturalmente a las comunidades indígenas en su afán de acumular plusvalía.


La alternativa revolucionaria

El programa del Partido Comunista Internacional es categórico al respecto: las agresiones al medio ambiente y la carnicería humana en las zonas mineras no se solucionarán con normativas “verdes”, fiscalizaciones democráticas o códigos de responsabilidad social empresarial.

El oro, bajo el capitalismo, funciona como el equivalente universal de las mercancías, una sustancia muerta por la cual se destruyen vidas humanas y biorregiones enteras con el único fin de sostener el sistema financiero capitalista. Solo la destrucción del Estado burgués y el advenimiento de la sociedad comunista universal acabarán de raíz con este tipo de actividades extractivas que depredan la naturaleza y que no agregan ningún valor real a la emancipación y desarrollo de la humanidad. Al abolir la producción de mercancías, el mercado y el dinero, la sociedad socialista planificará su relación con el entorno natural en función de las necesidades vitales de la especie, sepultando para siempre la barbarie del Arco Minero y el sometimiento asalariado de sus trabajadores.








La guerra contra Irán por la supervivencia del capitalismo mundial en descomposición

Conferencia pública celebrada en Florencia, Italia, el 13 de junio

La tregua firmada el 17 de junio entre Irán y Estados Unidos -con una firma “remota” al final de negociaciones que excluyeron a Israel-, al igual que la firmada en octubre pasado para Gaza -también impuesta por Estados Unidos a su vasallo Israel, y por Qatar y Turquía a sus mercenarios de Hamás- no inaugurará una nueva era de paz, ni un retorno más moderado al nivel anterior de tensiones interimperialistas, que aún se mantienen contenidas y no han desembocado en un conflicto regional abierto. Lo mismo ocurrirá, si se produce, con una futura tregua en Ucrania.

No veremos el “nuevo Medio Oriente” que temen los imperialismos estadounidense e israelí, ni un paso hacia el mundo multipolar “más justo” que pregonan los imperialismos rivales de Estados Unidos, que compiten con él por el reparto de los mercados mundiales, es decir, la plusvalía extraída del proletariado de todos los países. Se trata de treguas que, al igual que los conflictos que suspenden, son pasos hacia una nueva guerra entre imperialismos globales, la tercera con la que el capitalismo se empeña en afligir a la humanidad.

La propaganda de los frentes opuestos confunde a la clase trabajadora y le dificulta comprender la verdadera naturaleza del conflicto, al que todas las burguesías nacionales quieren conducirla, por encima de la lucha por el reparto del botín, de modo que derrame su sangre en la guerra imperialista y no en la revolución por su emancipación social y política.

La primera y más flagrante mentira es que la intervención militar estadounidense tenía como objetivo derrocar al régimen iraní. Al igual que sucedió en Venezuela a principios de enero, lo que les importa es el flujo del petróleo y sus ingresos. Además, esos regímenes capitalistas -el régimen del “socialismo bolivariano” durante 27 años y el de los ayatolás durante 47- han demostrado ofrecer las mejores garantías para la represión y subyugación de sus propias clases trabajadoras, así como para desorientar a las clases trabajadoras de los países vecinos.

En Sudamérica -desde Chile hasta Colombia, desde Ecuador hasta Bolivia- la revuelta proletaria se gesta y estalla periódicamente, desafiando a la burguesía y amenazando sus inversiones, tanto nacionales como internacionales. La “Primavera Árabe” de 2010 y 2011 demostró que el mismo proceso se está desarrollando desde el Magreb hasta el Mashreq.

Si la clase obrera iraní se organizara y movilizara contra el régimen de los ayatolás, como ocurrió en Egipto bajo Mubarak, podría desatarse una conflagración social en toda la región, derribando la barrera entre el mundo chií y el suní, que las burguesías nacionales habían erigido para dividir al proletariado. Las burguesías buscarían reemplazar a sus personajes políticos, como inevitablemente sucedió, ante la falta de conexión entre el proletariado y el Partido Comunista internacional, en Túnez y Egipto hace quince años, lo que permitió la continuidad de los regímenes burgueses.

Pero estas luchas del proletariado, en una fase histórica de crisis irreversible de sobreproducción de la economía capitalista mundial, requerirán de las raíces del proletariado en esos países y del liderazgo del Partido Comunista.

Ahora resulta evidente para todos que la intervención militar israelí-estadounidense ha fortalecido al régimen iraní, pero esto, lejos de ser un fracaso, era uno de sus objetivos desde el principio.

El conflicto comenzó el 28 de febrero, un mes y veinte días después del 8 y 9 de enero, días en que el levantamiento iraní fue sofocado con sangre. El propio régimen admitió -e incluso se jactó- de más de 3.000 víctimas, seis mil según las fuentes más fiables. ¡Un rescate bastante tardío! O, mejor dicho, tardío por interés propio: esperaron a que el régimen terminara el trabajo.

La emergencia bélica contribuyó a la represión de un movimiento ya disperso, aglutinando a la oposición burguesa y a la izquierda oportunista en torno al régimen en nombre de la “defensa de la patria” -el único principio intocable de todo partido oportunista bajo cuyos pies se pisotean los intereses de la clase trabajadora- y dejando aún más desamparados a los jóvenes proletarios que fueron ejecutados por cientos en los últimos meses.

Reza Pahalavi y Maria Machado corrieron la misma suerte: fueron útiles antes de las dos intervenciones militares para hacer creer a la gente que el objetivo era derrocar a los regímenes; quedaron relegados a un segundo plano una hora después de que comenzaran las operaciones. ¿Acaso sorprende que la clase dirigente afirme una cosa mientras hace lo contrario?

Los monárquicos, bien financiados y agresivos contra otras fuerzas políticas de oposición, que habían tomado el control de la mayoría de las manifestaciones de emigración iraní y exigían la intervención militar de Estados Unidos e Israel, desaparecieron al segundo día de la guerra. Tras anunciar la eliminación de Ali Khamenei, Trump, con su habitual muestra de bravuconería, exigió tener voz en el nombramiento de su sucesor, dando a entender que no le interesaba derrocar al régimen, sino únicamente un cambio pacífico de liderazgo, como en Venezuela.

Así como las bandas paramilitares de los colectivos operan en las ciudades venezolanas, en Irán el aparato represivo de los Pasdaran debe permanecer operativo para mantener el orden del capital. Todo Estado burgués (“destacamentos especiales de hombres armados”, Lenin, “El Estado y la Revolución”) es la máquina de opresión y control del capital, tanto internacional como nacional, en un país determinado.

Las reiteradas declaraciones de apoyo a los rebeldes iraníes por parte de Estados Unidos e Israel ya tenían el objetivo contrario: contribuían a la represión acusándolos de estar al servicio de potencias enemigas.

La segunda mentira es que la guerra fue el resultado de la ineptitud y la insensatez del presidente Donald Trump, quien se lanzó a ella sin una estrategia y fue incapaz de salir del lío en el que se había metido, dañando así la economía mundial y la de los propios Estados Unidos.

Esta mistificación se ve alimentada por los intereses de los Estados capitalistas opuestos a los EEUU, desde Irán hasta China, pero también por los imperialismos europeos, por los clanes político-empresariales opuestos al lobby de Trump dentro de los propios EEUU, y por los partidos de izquierda oportunistas de todo el mundo, incapaces incluso de distinguir los hechos de las palabras.

La burguesía estadounidense -que llevó a Trump al poder- tiene una estrategia que va más allá de los conflictos internos de opiniones e intereses entre los clanes empresariales. El objetivo de sus guerras es su principal rival en la contienda imperialista, China, y no Irán.

Al involucrarse deliberadamente en el conflicto iraní, Estados Unidos desencadenó una serie de consecuencias que sabía que perjudicarían a sus adversarios globales, al tiempo que se beneficiaba a sí mismo. Esto no es nada nuevo: es exactamente el mismo patrón que se repitió en Ucrania.

Durante 15 años, el capitalismo estadounidense ha convertido la extracción de hidrocarburos en uno de sus pilares, gracias al método de extracción del esquisto bituminoso. Esta tecnología ha transformado a Estados Unidos, tradicionalmente un importante importador neto de petróleo, en el principal productor mundial de petróleo y gas, el cuarto mayor exportador de petróleo y el mayor exportador de gas.

La extracción de petróleo de esquisto aumentó de 0,2 millones de barriles diarios en 2009 a 8 millones en 2023. Sin hidrocarburos, la industria estadounidense seguiría produciendo menos que en 2007: en 2024, estaría un 7,6 % por debajo del máximo de 2007, un empeoramiento en comparación con el -5,5 % registrado en 2022.

La supremacía en el mercado mundial de hidrocarburos es la piedra angular de la estrategia del decadente imperialismo estadounidense, y la guerra contra Irán fue un paso importante y exitoso en su consecución, a pesar de lo que diga toda la prensa internacional burguesa por interés propio.

El bloqueo del gas, el petróleo y sus derivados en el Golfo Pérsico ha disparado los precios. Estados Unidos los ha sustituido en el mercado por su propio petróleo, gas y productos refinados. Los nuevos precios han impulsado la extracción de gas de esquisto, que requiere precios superiores a 80 dólares por barril para ser rentable, dados los elevados costes de extracción. Las refinerías y terminales petroleras en la costa estadounidense operan a plena capacidad desde marzo, incluso recurriendo a reservas estratégicas para satisfacer la demanda mundial. Las importaciones de petróleo venezolano a Estados Unidos también han aumentado drásticamente, pasando de 100.000 barriles diarios en diciembre de 2025 a 1,2 millones en mayo y junio.

Así pues, no fue el capitalismo estadounidense el que pagó los precios más altos del petróleo y el gas, sino los imperialismos europeos, en primer lugar Alemania, y obviamente China, el mayor importador del mundo, que reaccionó reduciendo las importaciones en más de un 20% durante tres meses y recurriendo a sus reservas estratégicas internas.

Para el imperialismo alemán, este es el segundo golpe que recibe de Estados Unidos. Con la guerra en Ucrania, su progreso hacia la recuperación de los niveles de producción previos a la crisis de 2008 se detuvo, manteniéndose por debajo de ese máximo. Con las sanciones al gas ruso y la destrucción del gasoducto North Stream 2, la demanda mundial de gas se ha modificado, lo que ha permitido a la industria estadounidense invertir en instalaciones de extracción y licuefacción. Así, el supuesto atolladero en el que se ha metido Trump se ha convertido en un paraíso de beneficios para la industria de hidrocarburos estadounidense.

La inflación, en la medida en que se mantiene contenida -por ahora, el Banco Central Europeo ha subido los tipos de interés un 0,25%, mientras que la Reserva Federal no lo ha hecho-, solo comprime parcialmente el consumo, el segundo sector de la producción capitalista según la definición de El Capital de Marx, y, en menor medida, el sector I, el relativo a la producción de los medios de producción, que es de mayor importancia para el capitalismo. Un aumento contenido de la inflación, mediante el incremento de los precios de todos los bienes excepto los salarios -que requieren la lucha de los trabajadores para su aumento-, incrementa los beneficios y es beneficioso para la economía capitalista.

Durante el conflicto, Estados Unidos intentó mantener los precios del petróleo en un nivel adecuado: no más de 100-110 dólares por barril. Para ello, suspendió las sanciones al petróleo ruso y, durante un breve periodo, también al iraní. Ahora, con el frágil acuerdo firmado el 17 de junio, el tráfico marítimo se ha reanudado parcialmente y el precio ha caído hasta situarse en torno a los 70 dólares por barril.

Pero la zona de crisis permanece latente, a punto de estallar. El tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz se divide ahora en dos rutas: una en aguas iraníes y otra en aguas omaníes. La primera está controlada por Teherán, que exige el pago de un peaje, mientras que la segunda cuenta con la protección militar de Estados Unidos. El régimen iraní condiciona el cumplimiento de la tregua al cese de las operaciones militares israelíes en el Líbano. Se abre una nueva válvula de escape; cuando el conflicto se recrudezca, la industria petrolera y el capitalismo estadounidense lo celebrarán, mientras que los capitalismos europeo y chino volverán a sufrir las consecuencias.

La relación entre el imperialismo estadounidense e iraní también debe desmitificarse, liberándola de la propaganda burguesa contrapuesta: no existen contradicciones absolutas entre los Estados capitalistas. Se trata de una cuestión de negociación armada. Venezuela ha ofrecido un ejemplo de la naturaleza de las relaciones entre regímenes de la misma clase burguesa: años de declaraciones grandilocuentes por ambas partes han culminado con la destitución de un solo hombre y la caída del resto del régimen. La ideología del “socialismo bolivariano” no es menos falsa que la ideología democrática de los imperialismos estadounidenses y europeos.

En las negociaciones armadas, por supuesto, suelen producirse asesinatos, como entre clanes mafiosos. Saddam Hussein contó con el apoyo de Estados Unidos en la guerra Irán-Irak, mientras vendía armas a Irán (el escándalo del “Irangate”), para luego ser abandonado en 1991 con la Primera Guerra del Golfo y eliminado en la segunda en 2003, lo que benefició al imperialismo iraní, que extendió su influencia en el convulso Irak, estableciendo así el llamado “corredor chiíta” que, desde Irán, pasando por Irak, la Siria de Assad y Hezbolá en el Líbano, proporcionó continuidad territorial a los intereses de la burguesía iraní hasta el Mediterráneo.

Tras el bombardeo de 2003, Estados Unidos ha concedido un nuevo favor al régimen del ayatolá y los Pasdaran. A pesar de bombardear varias fábricas y plantas industriales, no atacaron la isla de Kharg, que representa entre el 80 % y el 90 % de las exportaciones petroleras del país. Con la cooperación de Israel, eliminaron a numerosos miembros del régimen, pero al mismo tiempo suspendieron las sanciones al petróleo iraní durante casi un mes, del 20 de marzo al 13 de abril, y se ha anunciado una nueva suspensión de 60 días como consecuencia de la tregua vigente.

Surge la pregunta de qué moneda se utilizará para comerciar con petróleo iraní no sancionado: ¿yuanes, como ocurría con el petróleo sancionado, o dólares estadounidenses? Lo mismo sucede con los 24.000 millones de dólares en fondos financieros iraníes bloqueados en el extranjero, que ahora se están liberando. Según la administración estadounidense, se gastarán en productos estadounidenses, pero los iraníes han negado este importante detalle. Los dos regímenes llevan meses contradiciéndose en casi todos los aspectos cruciales del posible acuerdo.

Dentro del Estado iraní, al igual que en Estados Unidos y en todo régimen burgués, ya sea autoritario o democrático, existe un conflicto constante, con una de las partes opuesta a los acuerdos con Estados Unidos. No se trata de una cuestión ideológica, sino de puro beneficio. Todo esto no hace sino confirmar que entre Estados Unidos e Irán no existe una lucha ni una oposición absoluta, sino más bien una negociación basada en relaciones de poder y negocios. El patrón es idéntico al ocurrido en Venezuela, solo que con relaciones de poder diferentes. Una negociación más difícil, con un resultado incierto, pero que reafirma la naturaleza de las relaciones entre los Estados burgueses. Su prolongación, su interrupción, o mejor dicho, su desembocadura en fricción militar, no representa un problema para el capitalismo estadounidense, sino más bien un recurso.

El aumento de los precios del petróleo también beneficia al capitalismo estadounidense, ya que más del 80% de las transacciones se realizan en dólares estadounidenses. Unos precios más altos del petróleo se traducen en una mayor demanda de dólares, lo que fortalece al dólar, su papel como moneda internacional y, por ende, los bonos del Tesoro estadounidense, la gigantesca deuda pública de Estados Unidos.

La guerra, al vaciar los arsenales, reactiva la industria bélica nacional, otro pilar del capitalismo estadounidense. «El presupuesto de defensa actual es el mayor de la historia de Estados Unidos en términos nominales (en términos reales, cercano al máximo anual alcanzado cuando el país estaba en guerra con Adolf Hitler): 1,5 billones de dólares» (“Le Monde Diplomatique”, junio).

Es cierto que la guerra tiene un costo, pero para el imperialismo estadounidense, y ciertamente no solo para él, representa una enorme inversión pública: fortalece la industria petrolera, refuerza el dominio financiero del dólar, que a su vez sustenta la deuda estatal, la cual alimenta la industria bélica. Es necesario empobrecer a la humanidad trabajadora para invertir en armas, nuevos sistemas ofensivos, “inteligencia artificial” y drones.

El bloqueo del estrecho de Ormuz perjudicó inicialmente a las llamadas petromonarquías del Golfo. La acción de Irán logró debilitar el sistema de alianzas de Estados Unidos en la región. No todos pagaron el mismo precio, que fue muy alto para Irak y Qatar, cuyas exportaciones de petróleo y gas son casi exclusivamente marítimas, pero menor para Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, que cuentan con oleoductos que evitan el estrecho de Ormuz y transportan al menos la mitad de sus exportaciones.

El imperialismo estadounidense se aprovecha de las rivalidades entre potencias regionales. Turquía es rival de Irán en Siria: en diciembre de 2024, ayudó a derrocar al régimen de Assad, que acogió a las milicias iraníes que lo habían salvado durante la guerra civil de 2011 a 2018 y fue un componente clave del “Corredor Chiíta”.

Israel es el rival de Irán, pero ahora lo está reemplazando como su principal adversario con el imperialismo turco, temiendo su fortalecimiento en Siria y el Mediterráneo oriental, y también desafiando su influencia en el Cuerno de África, con Ankara apoyando al gobierno central en Mogadiscio y Jerusalén reconociendo a la Somalilandia separatista.

Los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que firmaron los Acuerdos de Abraham con Israel, también apoyan a las milicias de las Fuerzas de Apoyo Rápido (Rapid Support Forces – RSF) en Somalilandia y Sudán, oponiéndose a Arabia Saudita en ambos escenarios. Israel ha forjado una alianza con Grecia, los Emiratos Árabes Unidos e India: apoya a Grecia en sus esfuerzos antiturcos, por ejemplo en Chipre, mientras que el gigante indio se opone a Pakistán, que ha firmado un pacto de cooperación militar con Arabia Saudita.

Israel cubre la mitad de sus necesidades petroleras importándolas de Azerbaiyán a través del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC), que va desde la capital azerbaiyana en el mar Caspio, atraviesa Georgia y termina en la costa mediterránea de Turquía. Casi el 70% de las importaciones de armas de Azerbaiyán provienen de Israel.

En este último conflicto contra Irán, Israel y Egipto han desplegado tropas, aeronaves y sistemas antimisiles en los Emiratos Árabes Unidos; Pakistán ha hecho lo propio en Arabia Saudita. Arabia Saudita, un gigante geográfico y petrolero (el principal exportador mundial), es el principal rival regional de Irán.

Catar, que durante años fue uno de los tres principales financiadores de Hamás, también alberga la mayor base militar estadounidense en Oriente Medio. Ahora parece que la mayor parte de la cúpula dirigente de Hamás en el extranjero ya no reside en Catar, sino en Turquía, miembro de la OTAN.

En este embrollo, la ideología es simplemente una fachada, un engaño para atrapar al proletariado: para el capital, no existen otros principios que el del beneficio.

Desmitificar la idea errónea de que la guerra de Estados Unidos en Irán es producto de la voluntad de Trump y carece de estrategia no demuestra la fuerza ni la vitalidad de este imperialismo, sino más bien cómo sus políticas son consecuencia de los intereses económicos de ese capitalismo. Tampoco concluye que la guerra imperialista sea provocada únicamente por una parte de los Estados capitalistas, peor que la otra, sino que es consecuencia de todo el sistema capitalista y es inherente a él.

Si la estrategia de Estados Unidos se basa en guerras preventivas, como preparación para una confrontación general, el imperialismo chino se prepara para dicha confrontación, persiguiendo intereses de naturaleza capitalista idéntica y con sus propias políticas específicas. En este caso también, es importante no dejarse llevar por la retórica propagandística del régimen y centrarse en los hechos económicos.

Lo novedoso es que el capitalismo estadounidense, más allá de sus éxitos parciales en la guerra preventiva, adolece de la debilidad intrínseca de su senilidad, una debilidad común a todos los llamados capitalismos occidentales. En 1945, con el 6% de la población mundial, Estados Unidos producía casi la mitad de la producción industrial mundial. La victoria en la guerra marcó la sustitución de la libra esterlina por el dólar como moneda internacional. Durante décadas, erosionada por la sobreproducción, esta supremacía industrial ha estado en declive, mientras que su supremacía financiera, defendida por la fuerza militar, perdura: hoy, la participación de Estados Unidos en la producción manufacturera mundial es de aproximadamente el 17%.

China ha reemplazado a Estados Unidos como la principal potencia industrial mundial durante años, con una participación en la producción manufacturera que ronda el 28%. Sin embargo, el capitalismo chino ya no es joven, sino que ha alcanzado su plena madurez: desde hace varios años, muestra claros síntomas de sobreproducción. Esto se hizo evidente con el estallido de la burbuja especulativa en el sector de la construcción, que llevó a la quiebra de Evergrande, el mayor grupo constructor del mundo, que colapsó en diciembre de 2021 bajo el peso de más de 300.000 millones de dólares en deuda. La crisis en el sector afectó a otros gigantes de la construcción capitalista china, dejando a 20 millones de chinos sin hogar, ya que habían pagado sus viviendas pero no las habían terminado. La sobreproducción se manifestó entonces en otros sectores: desde el acero (en 2023, China produjo el 54% de la producción mundial), cuya producción ha disminuido durante dos años, hasta la petroquímica, las baterías y los semiconductores. Esto ha provocado una deflación sustancial en los últimos dos años.

La sobreproducción está llevando al capitalismo chino a inundar el mercado mundial con sus productos, chocando con otros capitalismos nacionales seniles que, en los últimos 50 años, se han mantenido a flote trasladando una parte cada vez mayor de su producción a capitalismos jóvenes, ¡principalmente a China!

Mientras que Estados Unidos y los europeos imponen aranceles, hoy el régimen chino defiende el “libre comercio”, el mismo eslogan propagandístico que caracterizó a la América wilsoniana tras la Primera Guerra Mundial, impulsado por Lenin, cuando Estados Unidos se encontraba entonces en pleno y vigoroso desarrollo capitalista.

Así pues, si Atenas llora, Esparta no ríe. Mientras que Estados Unidos puede encontrar una ilusión de alivio en los éxitos temporales de su estrategia bélica para frenar su declive, China ya ha consumido rápidamente su juventud capitalista y se enfrenta al cáncer de la sobreproducción, que acerca la hora de la revuelta de su inmenso proletariado.

En efecto, por lo tanto, todo el capitalismo global está aquejado y atacado por la misma enfermedad: ya no es capaz de acumular la enorme cantidad de capital que ha alcanzado y debe hacer todo lo posible por posponer, contener y reprimir la lucha de clases. Los Estados capitalistas se lanzan cada vez más a la guerra y, con sus ideologías reaccionarias, todos unidos por el nacionalismo, intentan arrastrar a la clase trabajadora al conflicto.

Los trabajadores de todos los países deben rechazar las seductoras ideologías que pretenden dividirlos y alinearlos en uno u otro bando de la inminente guerra imperialista. Solo pueden hacerlo de una manera: rechazando toda solidaridad con su propio régimen burgués, negándose hoy a cualquier sacrificio económico en nombre de la afirmación nacional de su burguesía y, mañana, al sacrificio de sus propias vidas en la guerra de la patria de sus amos. La única sangre que queda por derramar es por la unidad internacional del proletariado de todos los países y por la emancipación revolucionaria del capitalismo.






La guerra de Irán
Fundamentos económicos del choque interimperialista


Un chivo expiatorio para el régimen capitalista

La teoría predominante que explica las causas de la guerra en Irán y el Medio Oriente es que fue producto de la política temeraria de Trump, cuyo objetivo no era solo lograr la hegemonía global de Estados Unidos, sino hacerlo de una manera burda, cínica y sin escrúpulos, simplemente para demostrar fuerza, arrogancia y opresión como un fin en sí mismo. Un loco, se repite constantemente.

Se dice que Trump se precipitó al conflicto con Irán debido a sus pésimas cualidades personales, sumadas a su incapacidad para cumplir con su papel. Se afirma que actuó sin estrategia, incapaz de salir del atolladero en el que se metió, perjudicando así la economía global y la propia economía estadounidense.

EEsto es lo que sostienen los comentaristas y periódicos más destacados de la prensa burguesa internacional -desde el New York Times hasta The Guardian y El País, por nombrar solo algunos-, así como, en todos los países, los partidos de la izquierda burguesa y gran parte de la izquierda oportunista.

Esto no es sorprendente, ya que esta narrativa resulta extremadamente útil para el capitalismo global, puesto que lo absuelve de toda responsabilidad, mistificando la naturaleza tanto del conflicto específico del Medio Oriente como del conflicto global que se está gestando, y atribuyendo la culpa a un solo hombre, a una política burguesa en particular y a un solo país imperialista.

Nosotros, ante todo, afirmamos que no hay hombre menos libre para tomar decisiones que el líder de la mayor potencia mundial, quien se encuentra en esa posición porque así lo han querido los colosales intereses de los conglomerados industriales y financieros del país, y por su propio bien.

Las declaraciones de Trump no son fruto de sus caprichos, sino que son cuidadosamente preparadas por un aparato especializado, sofisticado y con amplios recursos. A través de ellos, el régimen burgués estadounidense -no Trump- se dirige a sus diversos interlocutores: la clase trabajadora y la pequeña burguesía dentro del país, los mercados financieros globales y tanto las potencias aliadas como las enemigas.

El poder no pertenece a Trump, sino a un aparato que sirve a los intereses dominantes del capitalismo nacional estadounidense; pertenece a la burguesía -los principales grupos industriales y financieros- que lo ejerce a través de su aparato estatal. Esto ocurre en todos los países capitalistas, es decir, en todo el mundo, no solo en Estados Unidos.

Dado que el capitalismo se basa en la acumulación de capital dentro de unidades corporativas, es, por esta razón, anárquico, y existen constantes conflictos y enfrentamientos entre los diversos sectores productivos y financieros.

Esto da lugar a enfrentamientos, incluso violentos, dentro de la política burguesa, con facciones de la burguesía insatisfechas con los actuales administradores del interés general del capitalismo nacional, que oportunistamente esgrimen los argumentos habituales que siempre convergen en la acusación de que el gobierno no defiende el interés nacional; una fórmula ideológica, es decir, engañosa, con la que la clase dominante oculta los intereses del capital, transponiendo al nivel nacional la hipocresía que todo jefe emplea en su empresa al llamarla “una gran familia” delante de los trabajadores.

El fascismo -el verdadero contenido político de los regímenes burgueses en la fase final y suprema del modo de producción capitalista: el imperialismo- sirve no solo para controlar a la clase trabajadora mediante la subyugación y la cooptación de los sindicatos dirigidos por reformistas, sino también para disciplinar a las diversas facciones burguesas en aras del interés general del capitalismo nacional.

Trump no solo no tiene libertad alguna para hacer y decir lo que quiera, sino que tampoco le preocupa en absoluto el problema de las elecciones de mitad de mandato y las futuras elecciones presidenciales, otra tontería más difundida por comentaristas pagados de todo el mundo.

Así como los partidos de la izquierda burguesa sirven para engañar a la clase trabajadora, los de la derecha engañan a la pequeña burguesía y a la aristocracia obrera.

En cada ciclo electoral, se repite la traición a las promesas de campaña, que suele desembocar en el resultado predecible de una victoria electoral para el partido previamente derrotado. Se trata de la llamada alternancia de poder, un mecanismo útil para mantener el control sobre la clase trabajadora, a la que hay que convencer de que puede defender sus intereses a través de las urnas en lugar de mediante la lucha. Un mecanismo que, como demuestran los datos de participación electoral, se está desgastando cada vez más.

En realidad, no existen partidos distintos, sino más bien camarillas político-empresariales de un solo partido -el del régimen burgués nacional-, algo similar a lo que ocurre en regímenes más autoritarios, como China, Rusia e Irán.

Trump actúa bajo las órdenes de quienes mueven los hilos tras su figura decorativa, que sirve para enmascarar la verdadera naturaleza del poder político, haciendo el trabajo sucio para toda la clase dirigente que lo puso en el poder.

Una vez que haya completado su tarea, sus “malas acciones” y fanfarronería -que lo hacen tan “especial” y tras las cuales se ocultan la idiotez de la prensa burguesa y el oportunismo político- permitirán:

por un lado, que los demócratas vuelvan a gobernar los intereses generales del capitalismo estadounidense con una continuidad sustancial con todas las administraciones anteriores, tal como, por ejemplo, Obama ostentaba el récord de deportación de inmigrantes indocumentados, Biden apoyó al régimen israelí durante dos años en la masacre de 80.000 palestinos, y todos han perseguido, como veremos más adelante, la supremacía estadounidense en el mercado mundial de hidrocarburos;
por otro lado, que los republicanos se reinventen, simplemente presentando un nuevo líder en las próximas elecciones.

Los excesos de Trump sirven, por lo tanto, para insuflar algo más de vida y credibilidad al mecanismo electoral, ralentizando su proceso de erosión. Las monstruosidades políticas cada vez más reaccionarias son útiles para los regímenes burgueses por varias razones: contribuyen a la formación de un entorno político y social cada vez más barbarizado, para acostumbrar y subyugar a la clase trabajadora;

tranquilizan a la pequeña burguesía -aterrorizada, histérica, impotente- ante su inminente destino de ser relegada al proletariado y al subproletariado;
restauran el sistema electoral y la democracia a un estado de inocencia, permitiendo a la izquierda burguesa recuperar la ilusión de una victoria fugaz al llamar a los trabajadores a votar contra el fascismo.

Esto continuará hasta que el Partido Comunista se fortalezca, estableciendo un vínculo sólido con la clase trabajadora que lucha por sus necesidades inmediatas, básicas, económicas y sindicales.


Una guerra útil para el capitalismo estadounidense


a) Dominio en el mercado mundial de hidrocarburos

Junto con la idea de que el poder político pertenece a la figura lamentablemente excepcional de un títere en manos de la clase dominante y que la guerra en el Medio Oriente es producto de su voluntad, debemos demoler otra noción aún más perniciosa que trae consigo esta mistificación política.

Las diversas interpretaciones burguesas de las guerras imperialistas comparten una característica esencial: la política y la economía se presentan como compartimentos estancos.

Se dice que la política -que supuestamente está afligida por los males eternos inherentes a la naturaleza humana: la sed de poder, el egoísmo, etc.- perjudica a la economía capitalista, la cual, aunque no está exenta de contradicciones, supuestamente rehuía la guerra porque le resulta perjudicial.

Para el sentido común, esto parece plausible, ya que las personas no burguesas experimentan la destrucción de la guerra como una pérdida para la sociedad. La realidad del capitalismo se invierte: la destrucción despeja el mercado de los bienes que lo habían saturado al final de un período histórico previo de acumulación capitalista, permitiendo así su recuperación. De esta manera, el capitalismo demuestra su carácter inhumano y reaccionario.

La ideología burguesa, por lo tanto, busca mantener al proletariado en un estado de ignorancia respecto a una concepción rudimentaria de la historia que divide la sociedad en compartimentos estancos, de modo que por un lado exista un progreso gradual del trabajo, la economía y las fuerzas productivas, y por otro, un mundo político marcado por la eterna lucha entre el bien y el mal.

Dos dimensiones fijas, siempre idénticas entre sí, en las que no se puede discernir ninguna ley de desarrollo, a las que uno debe resignarse y que, por lo tanto, sancionan la inevitabilidad del orden político y social existente.

En última instancia, incapaz de reconocer su naturaleza capitalista, la ideología burguesa explica la guerra como producto de la locura de un líder: Hitler, Trump, Putin, Netanyahu. ¿A quién se opondrían los hombres sensatos de la clase dominante? ¡La locura, que no explica nada, lo explica todo! Igual que las teorías conspirativas.

Esta interpretación de la historia, reducida al nivel de una telenovela, es desmantelada por el comunismo al demostrar que la guerra no es un acontecimiento que perjudique a la economía capitalista; no es una ruptura, sino más bien el producto de su funcionamiento normal, ya que, en cierta etapa de su desarrollo, le conviene; de ​​hecho, se vuelve indispensable.

En lo que respecta específicamente a la guerra en Irán, comenzamos mostrando cómo no perjudica, sino que defiende los intereses del capitalismo nacional estadounidense en su lucha por el reparto de los mercados y las ganancias globales.

Un elemento clave para comprender esta afirmación reside en el cambio radical provocado por la tecnología de extracción de petróleo y gas de esquisto (petróleo de esquisto), mediante la perforación horizontal y la fracturación hidráulica (fracking) de la roca.

Históricamente, Estados Unidos ha sido tanto productor de petróleo como importante importador neto (las importaciones superaban a las exportaciones). Esta tecnología le ha permitido convertirse en el principal productor mundial desde 2014, en un exportador neto de petróleo desde 2019 y en el cuarto país exportador de petróleo más grande desde 2021, por detrás de Arabia Saudita, Rusia y Canadá, y por delante de Irak.

Desde 2023, Estados Unidos se ha convertido en el principal productor mundial de gas gracias, además del desarrollo de la extracción de gas de esquisto, a las inversiones en nuevas plantas de licuefacción. La creciente demanda de gas ha hecho rentables estas inversiones, y la guerra en Ucrania, que comenzó en febrero de 2022, y las consiguientes sanciones al petróleo y al gas rusos han sido decisivas en este sentido.

Es fundamental comprender la importancia que la extracción de hidrocarburos ha adquirido en el capitalismo estadounidense. Esto se evidencia en el hecho de que, tras la crisis de 2008, durante años Estados Unidos y Alemania fueron las únicas economías capitalistas nacionales tradicionales -las llamadas occidentales- que alcanzaron y superaron su nivel máximo de producción industrial anterior a la crisis.

Pero, a diferencia de Alemania, Estados Unidos solo pudo lograr este resultado gracias al papel que desempeñó la extracción de petróleo de esquisto, a partir precisamente de 2010: sin esta contribución, la producción manufacturera en 2024 aún habría estado un 7,6% por debajo del máximo de 2007, lo que, además, supone un empeoramiento en comparación con el -5,5% de 2022.

Resulta pertinente señalar que Alemania, justo cuando comenzaba a recuperar terreno tras el declive provocado por la pandemia de Covid -que había hecho caer su producción industrial por debajo del máximo de 2007-, vio interrumpida dicha recuperación por la guerra en Ucrania. En 2022, la producción industrial fue un 1,6 % inferior a la de 2007, y en los tres años transcurridos desde entonces, ha continuado su descenso.

La guerra en Ucrania, que se prolonga desde hace más de cuatro años, ha asestado un duro golpe al principal rival atlántico de Estados Unidos. La nueva guerra en Irán supone un segundo golpe para el imperialismo alemán, y, evidentemente, no solo para este.

La producción de petróleo de esquisto en EEUU aumentó de 0,2 millones de barriles por día (mb/d) en 2009 a 2,8 mb/d en 2013, a 4,2 mb/d en 2014, a un máximo de 8 mb/d en 2023, y luego cayó a 7,2 mb/d el año pasado (2025). En 2025, Estados Unidos exportó 4 millones de barriles por día, 85 veces más que en 2011, pero ligeramente menos que en 2023 y 2024.

La característica distintiva del petróleo de esquisto es su elevado coste de producción. Si el precio internacional del petróleo se acerca a los 60 dólares, los beneficios disminuyen. Un precio de entre 80 y 90 dólares por barril garantiza buenos beneficios, y entre 100 y 110 dólares incentiva la inversión y la expansión de la producción.

Ya en abril del año pasado, los economistas burgueses habían pronosticado una caída en los precios del petróleo para el año en curso, lo que reflejaría una disminución de la demanda y, por lo tanto, presumiblemente un empeoramiento de la crisis de sobreproducción, lo que habría exacerbado la caída de la producción petrolera estadounidense que ya estaba en marcha desde 2024. La producción de acero en China, que en 2023 representó el 54% de la producción mundial de acero y es el mayor importador de petróleo del mundo, lleva dos años en declive.

La guerra en Irán, que comenzó el 28 de febrero -con el bloqueo del tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz impuesto inicialmente por Irán a partir del 1 de marzo, y luego con el contrabloqueo impuesto por Estados Unidos a partir del 20 de abril- ha dado lugar a un precio medio desde abril hasta la fecha de 100 dólares por barril, en comparación con un precio medio de 77 dólares por barril durante los últimos seis meses.

Esto beneficia no solo la extracción de petróleo y gas, sino también la producción de productos refinados (gasolina, diésel, queroseno...), que ya ha alcanzado su máxima capacidad en EEUU. Un número récord de petroleros, gaseros y buques quimiqueros cruzan los océanos hacia y desde los puertos estadounidenses. El gas que Italia, por ejemplo, solía comprar principalmente a Qatar, ha sido reemplazado en gran medida por gas comprado a Estados Unidos. Edison, titular del mayor contrato de suministro de gas de Italia con Qatar, anunció a mediados de abril que ya había logrado reemplazar 7 de los 10 envíos que Doha debía enviar entre abril y junio. Seis de estos siete envíos ahora provienen de Estados Unidos.

Lo mismo ocurre con varios países del Lejano Oriente, que fueron importantes compradores de petróleo y gas del Golfo Pérsico.

Está claro que, desde la perspectiva de la industria petrolera -que, como hemos visto, desempeña un papel muy importante en el capitalismo estadounidense-, el llamado “atolladero” en el que supuestamente la insensatez de Trump arrastró al país es, de hecho, ¡un paraíso de ganancias!

También existe una ventaja relativa sobre los competidores en la división de los mercados mundiales. Mientras que Estados Unidos, como principal productor mundial de petróleo, se beneficia de un precio del petróleo de alrededor de 100 dólares por barril, los países que son grandes importadores, como Alemania y China, solo pueden sufrir las consecuencias.

Aunque China ha invertido fuertemente en la producción de tecnologías de energía renovable y vehículos eléctricos, y ha diversificado sus fuentes de suministro de hidrocarburos, más del 60% de su consumo de electricidad todavía depende de los combustibles fósiles, y aproximadamente el 16% de sus importaciones de petróleo provienen del Golfo Pérsico. 


b) Por el dominio financiero del dólar

El segundo factor estrechamente vinculado a la extracción, refinación y exportación de hidrocarburos es la enorme deuda pública de Estados Unidos.

El aumento de la deuda pública es, en sí mismo, un mero reflejo del crecimiento del capital, de la acumulación capitalista. Sin embargo, lo que revela la dificultad del capital para acumularse es el creciente ratio de deuda pública respecto al PIB. En Estados Unidos, este ratio fue del 33,1 % en 2001, del 103,3 % en 2014 y del 123,3 % en 2024.

Un aumento repentino, muy peligroso a largo plazo, pero que por ahora se mantiene en un nivel sostenible, considerando que una forma mucho más débil de capitalismo como la italiana tiene una relación deuda pública/PIB de alrededor del 135%, que se ha mantenido en este nivel durante aproximadamente una década, mientras que la de Japón llega al 230%.

Para financiar la deuda pública estadounidense, es necesario mantener el dólar como moneda de intercambio internacional, ya que esto ofrece una garantía de fortaleza y estabilidad y, por lo tanto, hace atractiva la venta de bonos del Tesoro estadounidense (bonos del Tesoro).

Dado que entre el 80% y el 90% de los hidrocarburos se compran en dólares -excluyendo aquellos sujetos a sanciones impuestas por Estados Unidos, como el gas y el petróleo rusos e iraníes-, el aumento de los precios implica no solo mayores ingresos petroleros para las principales compañías estadounidenses, sino también un mayor uso y demanda del dólar en el mercado internacional, fortaleciéndolo así como moneda internacional y, en última instancia, reforzando la deuda pública estadounidense.

El papel del dólar como moneda de intercambio internacional fue asegurado por Estados Unidos mediante su victoria militar en la Segunda Guerra Mundial, que consolidó la superioridad industrial y financiera de esa forma de capitalismo -entonces en la cima de su poder-, reemplazando a la libra esterlina.

En 1944, Estados Unidos producía el 40% del armamento mundial. Al final de la guerra, con el 6% de la población mundial, representaba casi la mitad de la producción global, poseía más del 50% de las reservas mundiales de oro, controlaba el 52% de la flota mercante y gozaba de liderazgo tecnológico en casi todos los sectores.

Este poder ha estado en declive durante décadas, amenazado, como es bien sabido, por el poderío industrial de China, la principal nación manufacturera del mundo, que representa más del 30% de la producción manufacturera mundial. Pero la superioridad económica de la que gozaba Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial no es comparable a la que disfruta hoy el imperialismo chino, que, si bien es el principal fabricante del mundo, opera dentro de un mundo que ha adoptado plenamente el modo de producción capitalista, con una pluralidad de potencias capitalistas medianas y grandes que compiten entre sí, comenzando por la India.

Además, el capitalismo nacional estadounidense, que lucha contra su inexorable declive, choca con el capitalismo chino, al que, sin embargo, es erróneo considerar todavía «joven». En cambio, es correcto definirlo como ya plenamente maduro, tras haber sufrido durante varios años una grave crisis de sobreproducción. China ha pasado de una relación deuda pública/PIB del 39,3 % en 2014 a casi el 90 % en 2025.

Sin embargo, la superioridad industrial del imperialismo chino tiende inevitablemente a erosionar el dominio financiero de Estados Unidos y, con ello, el papel del dólar, socavando la sostenibilidad de la deuda nacional de Washington.

El fuerte aumento de las exportaciones estadounidenses de petróleo, gas y productos refinados contribuye a ralentizar este proceso.

Así pues, si bien es cierto que la intervención militar en el Medio Oriente supone un alto coste para Estados Unidos -que opera la mayor flota militar del mundo-, se trata de una inversión de suma importancia para este capitalismo nacional.

Esto nos lleva al tercer factor por el cual la guerra sirve al capitalismo estadounidense. 


c) Para la industria bélica

El ejército estadounidense es el más grande del mundo, y la industria de defensa desempeña un papel fundamental dentro del complejo industrial de la principal potencia imperialista mundial. Estados Unidos es también el principal exportador mundial de armas, con un 40% de las exportaciones globales.

Para ellos, la guerra representa una enorme inversión pública en el gigantesco aparato industrial bélico nacional. Además, sirve como un banco de pruebas crucial para las armas, los sistemas de armamento y las fuerzas armadas -armada, fuerza aérea y ejército- en su conjunto, así como para el sistema de investigación y desarrollo, cuyos beneficios se extienden posteriormente al sector civil.

Por lo tanto, lejos de ser antieconómica, la guerra librada por Estados Unidos en Irán, con la ayuda de su Estado vasallo israelí, representa, por un lado, una inversión pública masiva que, para usar la terminología económica burguesa tan apreciada por la izquierda, cumple una función anti-cíclica -es decir, contrarresta una recesión ya en marcha- y, por otro lado, traslada parcialmente los efectos de la crisis de sobreproducción a los competidores europeos y asiáticos.

Es cierto que el aumento de los precios del gas y el petróleo provocará una mayor inflación. Lo mismo ocurre con diversos componentes de fertilizantes, como la urea, cuyo comercio internacional en un 30% transita por el estrecho de Ormuz. Pero este repunte inflacionario afectará a todos los países. Y en este contexto, la principal potencia imperialista del mundo gozará de una ventaja relativa.

Además, en la medida en que el crecimiento inflacionario se mantenga contenido, solo suprimiría parcialmente el consumo, la Sección II de la producción capitalista, y en menor medida la Sección I, que se refiere a la producción de los medios de producción. Una inflación moderada, al elevar los precios de todos los bienes -excepto los salarios, cuyo aumento requiere la lucha de los trabajadores- y, por lo tanto, es un proceso más lento, incrementa las ganancias y, en consecuencia, beneficia a la economía capitalista.

Estados Unidos se ha esforzado por mantener el precio del petróleo en un nivel adecuado: no por encima de los 100-110 dólares por barril. Con este fin, suspendió las sanciones al petróleo ruso y, durante un breve período, también al petróleo iraní.

Posteriormente, la salida de los Emiratos Árabes Unidos de la OPEP y sus declaraciones de intención de aumentar la producción en un millón de barriles diarios sirvieron como otro elemento útil para este fin; una medida que, no por casualidad, fue recibida muy positivamente por la administración estadounidense, que obviamente estaba al tanto de ella.


El choque entre potencias capitalistas regionales en el Golfo Pérsico

La decisión de los Emiratos Árabes Unidos de abandonar la OPEP introduce otro aspecto importante de la guerra en Irán.

Los países que más sufren las consecuencias de este conflicto son los del Golfo Pérsico: Irak, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Existen diferencias significativas.

El bloqueo del tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz afecta principalmente a Qatar, el mayor exportador de gas del mundo. En 2025, exportó aproximadamente 12.500 millones de pies cúbicos de gas al día, de los cuales 8.600 millones se transportaron por mar y el resto a través de gasoductos; sin embargo, aparte del Gasoducto Árabe que llega al Mediterráneo, estos gasoductos tienen conexiones con Bahréin, Omán y los Emiratos Árabes Unidos -es decir, otros países del Golfo Pérsico- y, por lo tanto, no pueden sustituir a los buques gaseros bloqueados en el Golfo.

El bombardeo de la planta qatarí de Ras Laffan, centro de producción de las exportaciones de gas del país, redujo su producción en aproximadamente un 17%, y podría tardar hasta cinco años en restablecerse a los niveles de producción anteriores.

Los Emiratos Árabes Unidos también han sufrido ataques masivos con misiles y drones, a una escala mucho mayor que los lanzados contra Israel y contra cualquier otro país de la región. Sin embargo, estos ataques fueron protegidos, según se supo, por sistemas antimisiles israelíes desplegados en el país, con la asistencia de personal militar israelí en su operación. Esto representa un importante avance en la relación de apoyo mutuo entre ambos países, que se consolidó con los Acuerdos de Abraham de 2020.

Egipto también envió aviones militares para defender a los Emiratos Árabes Unidos, y Al Sisi declaró: “Lo que perjudica a los Emiratos Árabes Unidos perjudica a Egipto”.

Tanto los Emiratos Árabes Unidos como Arabia Saudita cuentan con oleoductos, a diferencia de Qatar, que evitan el estrecho de Ormuz. Arabia Saudita, que exportó aproximadamente 7 millones de barriles diarios en 2025 -el principal exportador mundial de petróleo-, posee un oleoducto que va desde la costa oriental del Golfo Pérsico hasta la costa occidental del Mar Rojo, con una capacidad de más de 4 millones de barriles diarios. Los Emiratos Árabes Unidos, que exportaron aproximadamente 3 millones de barriles diarios en 2025, tienen una parte de su costa en el Golfo de Omán, más allá del estrecho de Ormuz, donde se ubica el puerto petrolero de Fujairah, conectada con la zona de Abu Dabi mediante un oleoducto con una capacidad de 1,5 millones de barriles diarios. En las últimas semanas, se ha sabido que cuatro buques gaseros de los Emiratos Árabes Unidos lograron llegar a puertos indios, lo que confirma que esta potencia regional se ha visto relativamente menos afectada por el conflicto, ya que está más protegida por el marco de alianzas del imperialismo estadounidense.

Hace unos días, Pakistán y Arabia Saudita anunciaron un importante acuerdo económico-militar. Arabia Saudita garantizó -aunque no se especifican los beneficios económicos- el despliegue de 8.000 soldados pakistaníes para su defensa, cifra que teóricamente podría ascender a 80.000, un escuadrón de cazas JF-17 Thunder -desarrollados conjuntamente por China y Pakistán- y un sistema de defensa aérea chino HQ-9. El acuerdo parece ser, al menos en parte, una respuesta a la retirada de los Emiratos Árabes Unidos de la OPEP.

Irak, el tercer mayor exportador de petróleo del mundo con 4 millones de barriles diarios, exporta aproximadamente la mitad de esa cantidad a través de oleoductos a Turquía -y desde allí a Europa-, así como a Egipto, Jordania e Israel.

En teoría, Irán parece ser el país más vulnerable a un bloqueo del estrecho de Ormuz. El ochenta por ciento de las exportaciones de petróleo se cargan en buques cisterna en las terminales de la isla de Kharg, y entre el 80 % y el 90 % de dichas exportaciones -entre 2 y 3 millones de barriles diarios en 2025- son adquiridas por China. Entre el 40 % y el 50 % de los ingresos del gobierno provienen de las exportaciones de hidrocarburos, que representan el 70 % del total de las exportaciones del país. Una vulnerabilidad extrema.

En los últimos años, a medida que se han intensificado las sanciones, Irán ha podido exportar petróleo a través de una denominada “flota clandestina”, pero ha tenido que venderlo a un precio reducido, similar a lo que está ocurriendo en Rusia, unos 10 dólares por barril por debajo del precio de mercado.

En teoría, el bloqueo del estrecho de Ormuz debería asfixiar rápidamente al régimen iraní, mientras que el imperialismo estadounidense se beneficia de un precio del petróleo que ronda los 100 dólares por barril. Sin embargo, no está claro cuán efectivo es realmente el bloqueo estadounidense contra los buques de la flota clandestina iraní, que apagan sus transpondedores (sistemas de radio) y son indetectables para los sistemas civiles de seguimiento de buques.

El bloqueo estadounidense se dirige a los buques que viajan hacia y desde puertos iraníes. Irak, por ejemplo, habría firmado un acuerdo con Irán, pagando una tarifa al régimen burgués de Teherán para permitir el paso de los barcos que parten de sus dos puertos, Basora y Umm Qasr. Se trata de buques que la Armada estadounidense no bloquea y en los que podría transportarse petróleo iraní por mar. Incluso con el consentimiento de Estados Unidos, no se puede descartar que una parte de los petroleros atraviese el estrecho y llegue a China, en un contexto de presión, confrontaciones y negociaciones. En cualquier caso, es improbable que el bloqueo sea total.

Además, hay que tener en cuenta la cantidad de petróleo iraní que ya se encuentra en el mar. En los meses previos al conflicto, el régimen iraní, anticipándose al ataque, había incrementado significativamente los envíos y las exportaciones, alcanzando los 3 millones de barriles diarios. Cuando, el 20 de marzo, Estados Unidos anunció una suspensión de un mes de las sanciones al petróleo iraní -que no se renovó, ya que el 13 de abril fue sustituida por el bloqueo de los buques que entraban y salían de los puertos iraníes en las aguas del mar Arábigo, cerca del golfo de Omán- se estimaba que había 170 millones de barriles en el mar, lo que equivale a unos dos meses y medio de exportaciones al ritmo de 2025 y a unos 80 superpetroleros (VLCC). Han transcurrido dos meses desde entonces.

Estados Unidos e Israel podrían atacar fácilmente la isla de Kharg, paralizando al país durante años. Pero el régimen iraní amenaza con atacar la infraestructura petrolera en los países del Golfo (oleoductos, gasoductos, refinerías, puertos) para obstruir, incluso a través de los hutíes, la navegación por el estrecho de Bab el Mandeb, por donde pasa el 10% del comercio marítimo mundial, como ocurrió en diciembre de 2023 y enero de 2024, y para cortar los cables submarinos de internet que atraviesan el estrecho de Ormuz.

La escalada del conflicto, incluso si tan solo una parte de estas amenazas se materializara, provocaría un aumento aún mayor de los precios de los hidrocarburos y de la inflación, suficiente para anular los efectos económicos positivos para el imperialismo estadounidense.

En conjunto, estos factores revelan la falsedad de la afirmación de que la actual administración estadounidense carece de estrategia. Los ataques contra el régimen venezolano a principios de enero y contra Irán dos meses después forman parte del objetivo de asegurar un papel cada vez más dominante para la industria petrolera estadounidense en el mercado mundial, fortaleciendo así el dominio financiero de la principal potencia imperialista global y haciendo sostenibles sus enormes gastos militares, necesarios para garantizar dichas condiciones.

El ataque estadounidense contra Irán claramente no tiene nada que ver con la naturaleza de ese régimen y, en última instancia, poco que ver con los intereses capitalistas específicos de la burguesía iraní. Al atacar a Irán, Estados Unidos ha reducido la competencia en el mercado petrolero de las petromonarquías del Golfo Pérsico, ha asestado un segundo golpe a las potencias imperialistas europeas -principalmente Alemania, grandes importadoras de hidrocarburos- y ha bloqueado la principal ruta de suministro de petróleo y gas de su principal rival imperialista mundial, China, para la cual entre el 45 % y el 50 % de las importaciones de petróleo y casi el 30 % de las importaciones de gas pasan por el estrecho de Ormuz.

En el contexto específico del Medio Oriente, el conflicto se basa en las rivalidades entre Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, y fortalece aún más a Israel frente a su rival regional, Irán, hasta el punto de que, desde hace meses, varios analistas señalan al imperialismo turco como el nuevo principal rival del imperialismo israelí.

El imperialismo chino, poseedor de grandes reservas estratégicas de petróleo, parece haber respondido, por ahora, al bloqueo del estrecho de Ormuz reduciendo drásticamente las importaciones de petróleo y gas. Como principal importador mundial de hidrocarburos, esto ha contribuido a mantener los precios dentro de ciertos límites, permitiendo al gigante capitalista chino reducir sus gastos.

Al mismo tiempo, es importante señalar que las exportaciones de gas de Estados Unidos a China, que alcanzaron un máximo de 4.000 millones de toneladas anuales en 2020, cayeron a 3.600 millones de toneladas anuales en 2021, a 2.100 millones de toneladas anuales en 2022, a 500 millones de toneladas anuales en 2023 y a cero a partir de 2024.


Una guerra contra la lucha del proletariado iraní

Si bien la estrategia del imperialismo estadounidense es coherente y discernible, lo que parece totalmente incoherente es la propaganda utilizada para justificar el ataque contra el régimen burgués iraní.

Desde los días del levantamiento de enero, la administración estadounidense ha emitido repetidas declaraciones de apoyo a los manifestantes, afirmando que intervendría militarmente para defenderlos del régimen que, mientras tanto, los estaba matando por miles.

La intervención militar de Estados Unidos e Israel finalmente llegó el 28 de febrero, más de un mes después de la sangrienta represión. ¡Quizás temían que, al intervenir antes, el levantamiento pudiera tener éxito!

Además, Estados Unidos y otros regímenes burgueses y partidos de derecha (en Italia, el partido mayoritario en el poder) financiaron generosamente y apoyaron abiertamente al hijo del último Shah depuesto en 1979, Reza Pahlavi, como alternativa al régimen de los ayatolás, creando un movimiento llamado MIGA (Make Iran Great Again), que se mostró muy agresivo con otras fuerzas políticas iraníes, especialmente con las de izquierda, presentes en manifestaciones de comunidades iraníes en el extranjero, y que pedía abiertamente la intervención militar estadounidense. El punto culminante de este movimiento fue la manifestación de 100.000 personas en Múnich el 14 de febrero.

Como hemos afirmado reiteradamente, a través de folletos y artículos internacionales, las declaraciones de apoyo a los rebeldes por parte de Estados Unidos e Israel solo beneficiaron al régimen iraní, que pudo así desacreditar y reprimir más fácilmente el levantamiento, presentándolo como un instrumento de potencias extranjeras hostiles; del mismo modo que la intervención militar ha bloqueado cualquier resurgimiento de la lucha de la clase trabajadora y las protestas de otros estratos sociales, uniendo a la oposición política burguesa en torno al régimen.

La guerra también ha puesto fin a las manifestaciones en apoyo de la monarquía iraní, que la habían promovido con tanta vehemencia.

Pahlavi parece haber corrido una suerte similar a la de la premio Nobel de la Paz María Corina Machado, a quien Trump utilizó para alimentar la propaganda contra el régimen venezolano y luego apartó en favor de figuras destacadas del régimen del “socialismo bolivariano”, empezando por la nueva presidenta, Delcy Rodríguez: exministra de Relaciones Exteriores, Economía e Hidrocarburos, quien le dio la espalda en menos de un día sin que ninguna de las 5 millones de bayonetas invocadas por Maduro disparara un solo tiro en su defensa.

Tras el asesinato del ayatolá Jamenei, Trump declaró que quería tener voz y voto en la elección de su sucesor. Más allá de la arrogancia habitual en este tipo de declaraciones, el cambio sustancial que implicaba era el abandono de la postura propagandística anterior -que abogaba por la destrucción del régimen teocrático chií- y su sustitución por el objetivo más pragmático de un simple cambio interno dentro del régimen. Justo lo contrario de lo que se hizo en Venezuela.

¡Las declaraciones a favor de la democracia del gobierno de Estados Unidos y las del régimen venezolano a favor del socialismo han demostrado tener exactamente la misma coherencia!

La intervención militar, lejos de revitalizar al movimiento de lucha dentro de Irán -y de hecho, al establecer un clima social y político de emergencia bélica- fomentó la represión mediante decenas de ejecuciones y cientos de arrestos, y dentro de las filas del régimen burgués, ha favorecido a las facciones más estrechamente vinculadas al aparato militar -a saber, los Pasdaran- que controlan una porción cada vez mayor de la economía capitalista del país.

Se confirma una vez más que la guerra capitalista e imperialista es el arma más valiosa de los regímenes burgueses contra la lucha de clases, precisamente cuando, debido a las condiciones sociales objetivamente degradantes, la lucha muestra signos de su inevitable estallido.

El levantamiento del proletariado iraní representa una amenaza para las burguesías de todo el Medio Oriente, ya que conlleva el riesgo de que las masas proletarias se extiendan y movilicen en los países árabes vecinos. La propagación de la lucha de clases más allá de las fronteras nacionales no es en absoluto una posibilidad remota, como demostró la llamada Primavera Árabe de 2010-2011.

También supone una amenaza para la burguesía israelí, que, si el régimen de los ayatolás colapsara a manos de la lucha de la clase trabajadora, vería desaparecer el espectro del enemigo externo con el que disciplina a su clase asalariada.

La guerra ha venido al rescate, sí, pero del régimen burgués con túnicas de ayatolá, contra el proletariado iraní y el de todo el Medio Oriente.


Guerra imperialista, falso anti-imperialismo, revolución proletaria.

Hemos visto cómo, mediante la guerra, el imperialismo estadounidense busca obtener ventaja sobre sus competidores trasladándoles la mayor parte de la carga de la creciente crisis de sobreproducción -un punto fundamental que no debe pasarse por alto-, una crisis que los afecta a todos.

El imperialismo chino, principal candidato para arrebatarle a Estados Unidos el dominio de las ganancias globales -tal como este último lo hizo con Gran Bretaña-, no está exento de la crisis, y ya hemos visto claros signos de envejecimiento prematuro, que recapitularemos. La reciente crisis inmobiliaria, manifestación de la especulación que surge cuando se estanca la acumulación capitalista; el repentino aumento de la relación deuda pública/PIB; y el declive de la producción industrial hasta el punto de que el país ha experimentado una situación casi deflacionaria en los últimos tres años: estos son indicadores inequívocos de esta tendencia.

Para dar salida a su capital excedente, el imperialismo chino debe volverse cada vez más invasivo y agresivo, primero en el ámbito económico y luego en el militar, en el escenario internacional. Esto conduce a un inevitable choque con los imperialismos rivales por el reparto del mundo, principalmente con el de Washington.

Por lo tanto, resulta imperdonablemente ingenuo, si no una artimaña suprema, presentar el conflicto imperialista que se desarrolla ante nuestros ojos -el tercero en poco más de un siglo- como responsabilidad de una sola de las potencias capitalistas, escudándose en el hecho de que Estados Unidos está librando guerras preventivas en el marco de este choque general.

Se trata del típico truco mezquino de culpar de la guerra al bando que ataca primero, para ocultar cómo se desarrolla y surge del sistema económico y político en su conjunto, que en última instancia tiene una necesidad absoluta de la guerra.

De hecho, para el imperialismo estadounidense, atacar a Venezuela, Irán, y mañana a Cuba y Groenlandia, sirve para ganar posiciones de fuerza de cara al choque general en el que todas las potencias mundiales saben que deben y quieren sumergirse, y, sobre todo, sumergir al proletariado.

El verdadero enemigo de toda la burguesía, de hecho -mucho más que las clases dirigentes de los países rivales- es la crisis económica y la revolución social que implica: es la amenaza de la revolución proletaria.

Todos los regímenes burgueses, desde los democráticos hasta los más o menos abiertamente autoritarios, desde los que se visten de islámicos hasta los que se pintan de rojo para usurpar el nombre de socialismo, se están rearmando en previsión del choque en el que destruirán la inmensa reserva de bienes que asfixia cada vez más los mercados, impidiendo una mayor acumulación de capital, y en el que enviarán al proletariado a una matanza fratricida con sus hermanos de clase en otros países, en interés de los capitalistas disfrazados de interés nacional.

En este empeño, la burguesía recibe el apoyo de los partidos de la izquierda burguesa y oportunista, que defienden la idea de una lucha eterna de las naciones oprimidas contra el opresor. Este es el marco ideológico que utilizó Mussolini al enfrentar a las naciones proletarias contra las «demo-pluto-judías». El objetivo ya no sería la superación del capitalismo -el socialismo-, sino la coexistencia pacífica de los Estados capitalistas. O, a lo sumo, la derrota militar de los Estados capitalistas opresores, identificados como las únicas potencias imperialistas, sería un paso necesario antes de que pudiera comenzar la lucha por el socialismo. Esta lucha de Estados capitalistas que explotan a cientos de millones de proletarios y campesinos pobres contra otros Estados capitalistas que hacen lo mismo, pero que, debido a circunstancias históricas, son superiores en poder en ese momento histórico, se presenta como una lucha anti-imperialista. El imperialismo, que Lenin explica como la etapa final del desarrollo del capitalismo, se reduce a una característica propia de unos pocos países, y no a un modo de producción que envuelve al planeta entero en una inextricable red de relaciones económicas. El choque entre las potencias imperialistas dominantes y aquellas que buscan desplazarlas en el reparto de los beneficios globales se presenta como una lucha anti-imperialista y anticolonial.

Los Estados burgueses, completamente al servicio de la acumulación capitalista más despiadada, llevada a cabo mediante la explotación de los proletarios que viven en ellos, se visten con la etiqueta de fuerzas anti-imperialistas simplemente porque se enfrentan militarmente a la potencia imperialista dominante. Ya ni siquiera necesitan fingir ser socialistas, como ocurre con China, pero un régimen como el de Irán también es perfectamente aceptable; un régimen que, según su propia admisión, reprimió a más de 3.000 manifestantes en las calles durante unos diez días el pasado mes de enero.

El concepto de lucha anticolonial, que para el marxismo se situaba dentro de la lucha de clases durante el período de transición de ciertos países y áreas geohistóricas desde los modos de producción pre-capitalistas al capitalismo, ha sido despojado por un oportunismo moribundo de toda conexión con la lucha de clases y el socialismo, y llenado de prejuicios ideológicos burgueses, convertidos -como ellos mismos predican- en eternos.

Es evidente que el proletariado de todos los países del mundo no tiene amigos ni en el llamado imperialismo occidental ni en aquellos que se proclaman defensores de un mundo de paz y respeto por el derecho internacional, y que simplemente aspiran a sustituir a los primeros en su posición dominante y privilegiada en los mercados internacionales.

La clase obrera puede detener la guerra imperialista que se gesta y avanza negándose a tomar partido en sus frentes, denunciándolos a todos como burgueses y enemigos. El imperialismo se combate mediante la lucha de clases, no mediante la guerra entre Estados. Se combate mediante la unidad internacional de la clase obrera, que, en la práctica, se logra anteponiendo la lucha contra la propia burguesía nacional a todo lo demás, sin mostrar jamás solidaridad con ella contra una supuesta potencia extranjera. La potencia extranjera que oprime al proletariado mundial es el capitalismo.

Hasta que la clase obrera tome el poder político dentro de un país, arrebatándoselo a la burguesía mediante la revolución y estableciendo la dictadura del proletariado, debe negarse a derramar sangre en guerras entre potencias imperialistas en beneficio de su propia burguesía. Mientras el poder resida en la burguesía, cuanto antes sea derrotado el propio país en la guerra, menos sangre proletaria se derramará. Hasta que el proletariado tome el poder, la única lucha que se puede librar, la única sangre que los trabajadores deben aceptar derramar, es la lucha de clases.

En Irán, los trabajadores también deben organizarse en sindicatos independientes del régimen burgués -sindicatos de base- que centren su organización en estructuras territoriales, para unir a los trabajadores de todas las divisiones empresariales y luchar, mediante huelgas cada vez más amplias, por sus intereses inmediatos: aumentos salariales y de pensiones, reducción de la jornada laboral y el pago íntegro a los trabajadores despedidos. El Partido Comunista Internacional subraya el papel fundamental de esta lucha de clases elemental, económica y sindical. Su intensificación, junto con el fortalecimiento de nuestro partido en las filas de la clase proletaria y en las organizaciones sindicales de base, impulsa al movimiento hacia el plano político, hacia la lucha por el poder, hacia la revolución.








Otro clavo en el ataúd del nacionalismo kurdo ahistórico

En nuestro artículo titulado “La Cuestión Kurda Permanece Sin Resolver Mientras el PKK se Disuelve a Sí Mismo”, publicado en el número 16 de EKP (julio de 2025), escribimos lo siguiente:

“En la coyuntura actual que conduce hacia una nueva Guerra Mundial, el Estado turco está abordando tanto sus propias vulnerabilidades de seguridad como las de Siria a través de este proceso. Los nacionalistas kurdos ahora están declarando abiertamente que los kurdos en Turquía servirán a la República Turca, mientras que no pueden objetar que los kurdos en Siria sirvan al HTŞ. En este entorno, hay un punto que ni Turquía, ni Siria, ni Estados Unidos están discutiendo: la rama iraní del PKK, el PJAK. Nadie está hablando de que el PJAK deponga las armas. Tras bastidores del espectáculo de la quema de armas, la fuerza militar del PKK parece destinada a ser transferida al Kurdistán Oriental. Así, la daga kurda ha sido retirada de la garganta de Turquía en interés del imperialismo estadounidense y presionada contra la garganta de Irán.”

Podemos decir que los acontecimientos que se han desarrollado en el último año más o menos han confirmado en gran medida nuestro análisis. En este artículo, examinaremos estos eventos y analizaremos la situación actual que surge de la guerra en Irán.


Siria y Kurdistán Occidental

El 11 de marzo de 2025, Jolani, el líder del régimen HTŞ en Siria, y Mazlum Abdi, el comandante de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) -lideradas por el YPG, el brazo armado del PKK en el Kurdistán Occidental- firmaron el primer acuerdo que delineaba la integración de las FDS en el Estado sirio. La fecha de integración se fijó para 2025. Sin embargo, dado que la idea de resistir el acuerdo estaba extendida entre la base del YPG y algunos de sus líderes, y en el contexto en el que Israel también estaba atacando al HTŞ, las FDS optaron por resistir la implementación del acuerdo. HTŞ primero comenzó a atacar a los kurdos en Alepo, luego lanzó ataques contra las posiciones de las FDS, comenzando por Der Hafar y Maskana, seguido de Tabqa y el sur de Raqqa. Después de que las FDS se retiraran, HTŞ rápidamente se apoderó de una vasta área que abarcaba Deir ez-Zor y la totalidad de Raqqa. Los elementos árabes dentro de las FDS abandonaron a los nacionalistas kurdos uno tras otro y se unieron al HTŞ.

Las FDS, ahora reducidas a un simple frente para el YPG, firmaron un acuerdo de alto el fuego e integración el 30 de enero de 2026, cediendo todos los territorios que habían perdido, todos los puestos fronterizos y pozos petroleros al HTŞ, mientras estipulaban que sus unidades militares se unirían al ejército sirio individualmente y que el control de todas las instituciones civiles sería transferido al Estado sirio. Las fuerzas gubernamentales entraron en Hasakeh y Qamishli. Así, la existencia de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria ha llegado a su fin efectiva y legalmente. Si bien el derecho a la educación en la lengua materna ni siquiera fue reconocido, las ganancias más significativas para los nacionalistas kurdos fueron el nombramiento del gobernador de Hasakeh y del Viceministro de Defensa, así como el regreso de los refugiados kurdos desplazados a Afrin -que está bajo ocupación turca- y al barrio de Sheikh Maksud en Alepo.

Ahora parte del Estado sirio, los nacionalistas kurdos ocuparon sus lugares en la delegación siria liderada por el Ministro de Asuntos Exteriores Shabani en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026, celebrada del 13 al 15 de febrero. Los Estados principales del imperialismo occidental finalmente habían recompensado a los nacionalistas kurdos otorgándoles un asiento en las salas de conferencias, habiendo vendido la causa de la autonomía moderada -por la que los jóvenes del Kurdistán Occidental habían estado muriendo durante años- sin ninguna resistencia.


Turquía y Kurdistán Septentrional

A finales de julio, se estableció en el parlamento turco una Comisión de Solidaridad Nacional, Hermandad y Democracia sobre el proceso de paz, y su primera reunión tuvo lugar el 5 de agosto. La comisión comenzó a celebrar conversaciones con representantes de organizaciones líderes de varios segmentos de la sociedad -incluyendo representantes del Hezbollah kurdo. El 7 de octubre, Devlet Bahçeli, el líder del fascista tradicional MHP que había iniciado el proceso, propuso que la comisión se reuniera con el líder del PKK, Abdullah Öcalan, quien está encarcelado en la Isla de Imrali. Antes de que pudiera tener lugar la reunión, el PKK anunció el 26 de octubre que se había retirado de Turquía, y el 16 de noviembre, que se había retirado de la región de Zap en el Kurdistán Meridional. El 17 de noviembre, Öcalan reclamó para sí mismo el “derecho a la esperanza”, es decir, que se considerara que había cumplido su condena y fuera puesto en libertad.El 24 de noviembre, un diputado del AKP, otro del MHP y otro del Partido DEM se reunió con Öcalan en la Isla de İmralı. Durante la reunión, Öcalan declaró que sus demandas tanto para los kurdos turcos como para los sirios no tenían prioridad sobre el gobierno local democrático.

Öcalan pidió que las FDS depusieran las armas y se integraran en las Fuerzas Armadas Sirias antes del 30 de diciembre de 2025. Tan pronto como los combates en Siria se extendieron más allá de Alepo, declaró en su primera declaración que el conflicto estaba socavando el proceso. El retraso en la adherencia al acuerdo de integración en Siria fue sin duda una iniciativa de base y de cuadros desarrollada en desafío a las instrucciones de Öcalan. Por otro lado, la postura adoptada por este individuo -que es ampliamente considerado como el líder indiscutible del movimiento nacionalista kurdo en el Kurdistán Occidental, al igual que en el Kurdistán Septentrional- fue sin duda un factor importante en la rendición del YPG sin mucha resistencia al primer ataque del HTŞ, como un castillo de naipes.

Öcalan, que define su propio estatus como el de los kurdos, simultáneamente inculca en los kurdos desde dentro la “ideología de la hermandad milenaria” que el Estado turco ha estado perpetuando durante décadas, declarando: “No puede haber kurdos sin turcos, ni turcos sin kurdos”. La influencia de Öcalan sirve para transformar el movimiento nacionalista kurdo, que lo considera su líder, en un instrumento del imperialismo turco.

En contraste, la demanda de educación en la lengua materna -esencial incluso para la más mínima ilusión de ciudadanía igualitaria- permanece sin abordar.


Irán y Kurdistán Oriental

La guerra en Irán, que comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos contra Irán, ha desplazado ahora la atención hacia el Kurdistán Oriental. Las organizaciones nacionalistas kurdas en el Kurdistán Oriental- PJAK, el KDP iraní, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Komala), PAK y Xebat -habían anunciado la formación de la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní seis días antes de la guerra, el 22 de febrero. El 4 de marzo, el Partido Komala del Kurdistán Iraní también se unió a la coalición. Así, todas las organizaciones nacionalistas kurdas líderes en el Kurdistán Oriental se han unificado. Entre estas fuerzas, el IKDP destaca en términos de número de seguidores, mientras que el PJAK destaca en términos de fuerza militar.

Tras el estallido de la guerra, la Coalición pidió un levantamiento en el Kurdistán Iraní y anunció que sus fuerzas dentro de las fronteras iraníes estaban en conflicto con el régimen. En respuesta, el estado iraní comenzó a bombardear las posiciones de la Coalición en el Kurdistán Oriental. Al otro lado de la frontera, en el Kurdistán Meridional, se filtraron a la prensa informes de que la CIA y el Mossad estaban entrenando a miles de unidades militares kurdas orientales. En contraste, Irán declaró que el cruce de milicias kurdas al país desde la frontera iraquí sería considerado un casus belli contra el Kurdistán Meridional.

De hecho, el presidente estadounidense Trump, que habló directamente por teléfono con el líder del IKDP, Mustafa Hijri, parecía estar calentando la idea de usar a los kurdos -a quienes inicialmente describió como “muy útiles”- como un frente contra Irán. Por otro lado, el Gobierno Regional del Kurdistán Meridional en Irak se negó a servir como la punta de lanza para Estados Unidos e Israel. La razón de esto no es el pacifismo de principios de los líderes del Kurdistán Meridional, sino el peligro de ser aplastados entre Irán por un lado y el estado iraquí pro-iraní por el otro. Además, se sabe que el YNK -uno de los partidos burgueses líderes del Kurdistán Meridional, liderado por el clan Talabani- mantiene buenas relaciones con Irán. Cuando el Kurdistán Meridional adoptó tal postura, los demás partidos políticos kurdos inevitablemente siguieron su ejemplo y declararon que no entrarían en la guerra. En respuesta, Trump declaró que no usaría a los kurdos en la guerra por el momento porque no quería que sufrieran daños.

Dado el estado actual de la guerra entre Estados Unidos e Irán, donde están en juego armas más efectivas que la “daga kurda”, los kurdos no están participando actualmente en la guerra. En contraste, se puede decir que una lucha armada a gran escala acaba de comenzar en el Kurdistán Oriental.


Una Solución Internacionalista a la Cuestión Kurda

Ni los acuerdos secretos entre los líderes de los partidos nacionalistas burgueses kurdos y los Estados burgueses que han oprimido a los kurdos durante décadas, ni la lucha de los jóvenes de la clase trabajadora kurda contra los jóvenes de la clase trabajadora árabe, turca e iraní pueden traer una solución real a la cuestión kurda.

Los acontecimientos han demostrado repetidamente -y continúan demostrando- que una solución burguesa, es decir, nacional y democrática, a la cuestión kurda, guiada por las potencias imperialistas globales y regionales, ha sido imposible desde hace mucho tiempo.

La única solución a la cuestión kurda reside en la lucha de clases. El proletariado kurdo debe abrazar las experiencias históricas de la lucha de clases, incluyendo el establecimiento de consejos obreros, y reconstruir sindicatos de clase junto con los proletariados turco, árabe e iraní.

Hoy, solo hay un partido político que defiende genuinamente una solución internacionalista a la cuestión kurda y se opone a todas las formas de opresión nacional: El Partido Comunista Internacional. Al igual que con el proletariado de todo el Medio Oriente y el mundo, la liberación del proletariado kurdo reside en encontrar su partido y, bajo su liderazgo, unirse a la lucha de clases junto a sus hermanos y hermanas de clase.







Conflicto imperial por el flujo de gas y petróleo en el Mediterráneo

La compleja situación en el Mediterráneo, resultado de las sucias políticas imperialistas de su dominación, se ha vuelto aún más intrincada en los últimos años.

La región es un centro neurálgico de megaproyectos para la extracción y el transporte de petróleo y gas, así como para el comercio: el “Corredor Económico India- Medio Oriente -Europa”, que incluye a Italia y la Unión Europea, junto con India, Estados Unidos, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Francia y Alemania, se puso en marcha en oposición al proyecto chino de la “Franja y la Ruta”, pero la inestabilidad regional está obstaculizando su progreso.

La “Ruta de Desarrollo Irak-Europa” es un proyecto que, pasando por Turquía, abriría Irak al mundo evitando el Canal de Suez.

Se prevé que el gasoducto “EastMed” conecte Israel con Grecia a través de Chipre.

El gasoducto Israel-Egipto abastecerá a Egipto, mientras que el gasoducto “TransMed” abastecerá a Italia.

El gasoducto “Greenstream” transporta gas desde Libia hasta Sicilia, y el gasoducto Marruecos-Europa, actualmente cerrado debido a la disputa entre Marruecos y Argelia, abastecería de gas a España. Por su parte, el gasoducto “MedGaz” transporta gas directamente desde Argelia hasta España.

Actualmente se está planificando un gasoducto alternativo en el Mediterráneo oriental que pasaría por Turquía: la ruta prevista atraviesa Israel, el sur de Chipre y Turquía hasta llegar a Europa, pero no se ha avanzado en el proyecto debido al veto de Grecia.

La electricidad que se produce en África comienza en Egipto, pasa por el sur de Chipre y llega a Grecia, desde donde se distribuye por toda Europa.

El Canal de Suez también reviste una importancia crucial para la exportación de GNL desde los países del Golfo a Europa.

Esto es solo una muestra de las principales rutas comerciales que ahora cruzan el Mediterráneo y que lo han vuelto a colocar en el centro de las disputas internacionales.

Existe una feroz competencia por los recursos de la región. Libia goza de una posición central, sirviendo como puerta de entrada para el comercio del Sahel hacia el Mediterráneo, y es un importante productor de petróleo y gas de alta calidad. No pudo escapar al dominio del imperialismo.

Tras el colapso del Estado central a raíz de la caída del régimen de Gadafi, el poder se encuentra actualmente dividido entre grupos armados apoyados por diversos países imperialistas.

La Unión Europea intervino en las guerras civiles de Libia posteriores a 2011 con la Operación Sofía y, desde 2020, con la Operación Irini. Entrenó y apoyó a un grupo armado que se hacía pasar por un gobierno interino, mientras que el otro grupo, liderado por Khalifa Haftar, recibió apoyo de Rusia y Egipto. Las operaciones de la Unión Europea fueron lideradas principalmente por Italia. Francia, en competencia con Italia, no dudó en suministrar armas al gobierno de Haftar en Tobruk, a pesar del embargo de armas.

El gobierno turco ha aprovechado esta situación de incertidumbre. Como país con el segundo ejército más grande de la OTAN, Turquía se ha alineado con el gobierno de Trípoli. Esta alianza propició la firma de un Acuerdo de Cooperación Militar y de Seguridad y un Acuerdo sobre la Delimitación de Zonas de Jurisdicción Marítima, firmados en 2019. Estos acuerdos han otorgado a Turquía numerosos privilegios en el Mediterráneo, desde la exploración y el reparto de recursos energéticos marinos hasta la cooperación entre las fuerzas armadas de ambos países, pero han generado descontento entre otros estados costeros, como Grecia, Chipre y Egipto.

El plan de Turquía es expandir su influencia en el Mediterráneo oriental para controlar los flujos energéticos de la región. En un contexto que podría conducir a una guerra mundial, la burguesía turca busca combinar su ya considerable potencial militar con su avanzada industria armamentística y sus capacidades energéticas. Pero en este grupo de matones, todos comparten las ambiciones de Turquía.

El proyecto de cooperación eléctrica entre Turquía y Libia, actualmente en fase de planificación, busca transformar el equilibrio energético en el Mediterráneo oriental. El hidrógeno verde (producido con energías renovables) procedente del norte de África se transportaría a Europa a través de gasoductos existentes, reutilizados para este fin, y llegaría a Europa por el extremo sur del Mediterráneo. Libia y la región del Sahel presentan un importante potencial para la producción de hidrógeno. Otros materiales valiosos del Sahel se exportan a través de Libia y Argelia. La influencia del grupo ruso Wagner se hace patente en sus ventas.

En este contexto, el reciente accidente aéreo en Ankara, en el que murieron el jefe del Estado Mayor libio y otros generales de alto rango, y que apenas recibió cobertura mediática, tiene un significado más profundo del que parece. Probablemente no se trató de un accidente, sino de un ataque. El derribo del Falcon 50 francés podría ser, en efecto, una advertencia para que Libia se distancie de su estrecha relación con Turquía.

Para Turquía, sin embargo, sería una advertencia para que no se posicione, una demostración de que es incapaz de garantizar la seguridad ni siquiera en su propio territorio.

Los intentos de Turquía por convertirse en un actor más importante en el Mediterráneo están inquietando a las principales potencias imperialistas, cuyas redes comerciales y militares han estado entrelazadas durante muchos años.

Las relaciones internacionales entre Estados, muy similares a las que existen entre mafias rivales, implican que diversos gobiernos, por un lado, tachan de “terroristas” a las organizaciones armadas que no sirven a sus intereses, mientras que, por otro, las apoyan secretamente para obtener respaldo o incluso legitimarlas otorgándoles estatus legal, como en Siria, Afganistán o la propia Libia. Sus actividades, tanto legales como ilegales, son esencialmente las mismas: una serie de operaciones políticas y militares destinadas a llevar a cabo negocios turbios en nombre del lucro.

Para la clase trabajadora, no hay paz en ninguna parte; ¡solo hay sangre y lágrimas en este régimen! La clase trabajadora, reducida a mendigar incluso las migajas que quedan tras las divisiones entre bandidos armados que compiten por los recursos cada vez más limitados del mundo, solo puede actuar en su propio interés y en el del mundo mediante la lucha de clases. El proletariado en toda la región mediterránea, con su tierra y su mar, sufre una violencia terrible; basta con pensar en el proletariado de Gaza o en los muchos encarcelados en los campos de concentración libios. Los trabajadores de los países mediterráneos explotados tienen el poder de detener este repugnante martirio. ¡Con una huelga general, es posible cerrar puertos, detener el tráfico de armas y paralizar los petroleros! Opongámonos a la guerra entre imperialismos, organicemos la lucha de clases fortaleciendo los sindicatos de base y propaguemos la dirección del Partido Comunista internacional.






Democracia y fascismo
El Jano dedoscaras delcapitalismo

Cuando incluso los burgueses se ven obligados a estar de acuerdo con nosotros

Informe presentado en la Reunión General de septiembre de 2023

(Continuación del número anterior)

El imposible capitalismo corporativo

Decir que los conceptos de Ugo Spirito son confusos es quedarse corto: habla de una economía liberal (con la que se refiere al capitalismo basado en la propiedad privada), una economía bolchevique (que para él significa propiedad ya no privada, sino estatal) y socialismo de Estado (que representa una economía mixta, privada y estatal). Inspirándose en Hegel (y, sobre todo, distorsionándolo), habla de una segunda tríada “dialéctica”: economía pura, corporativismo conciliador y corporativismo integral. Define la primera como la “quintaesencia de la economía liberal” y el corporativismo conciliador como un compromiso, donde los intereses de empresarios y trabajadores siguen enfrentados, un conflicto que el Estado busca conciliar.El corporativismo conciliador sería, por tanto, una forma inmadura de corporativismo integral, el cual, en cambio, disuelve al individuo en el Estado y transforma a empresarios y sindicatos en accionistas de lo que denomina “corporación propietaria”. Si en el corporativismo conciliador la propiedad está en manos de los empresarios, en el corporativismo integral la propiedad pertenece a la corporación, donde obreros y empresarios se disuelven para recomponerse en una síntesis como accionistas de la misma.

El 5 de mayo de 1932, Spirito, en la segunda conferencia sobre estudios sindicales empresariales celebrada en Ferrara, presentó una ponencia titulada “El individuo y el Estado en la economía empresarial”: «La superioridad de la revolución fascista sobre la bolchevique reside en el carácter historicista de la primera, en comparación con la abstracción ideológica de la segunda (...) Podemos observar con mayor madurez el tosco progreso del comunismo bolchevique (...) pero juntos debemos reconocer la mayor vitalidad que reside en estas manifestaciones (...) El fascismo representa una fuerza constructiva históricamente a la vanguardia que, tras reabsorberlas, deja atrás al socialismo y al bolchevismo.»

«Por ahora, el corporativismo no es integral; Junto a el está el sindicalismo (...) La distinción entre clases no se ha superado por completo (...) Ciertamente, nadie puede ser tan ingenuo como para pensar que el corporativismo puede reducirse enteramente a la función de juez conciliador (...) En su primera etapa [del fascismo], la principal preocupación (...) debió ser eliminar los conflictos: el trabajo más constructivo solo puede comenzar en una etapa posterior (...)«La solución lógica parece ser la de la corporación propietaria (Sociedad anónima) (...) Si no como una utopía, el principio de la sociedad anónima puede servir hoy para iluminar el camino (...) En la relación entre trabajador y empresa, el derecho del trabajador a la participación podría establecerse por ley (...) Además, podría exigirse que los trabajadores también estuvieran representados en el consejo de administración, para colaborar en la gestión de la empresa en la que tienen interés».

Este tipo de similitud entre comunismo y fascismo, afirmada por Spirito —para quien el fascismo representa la “superación dialéctica” del socialismo y el bolchevismo—, no agradaba a los agrarios e industriales, ni a los corporativistas ortodoxos, quienes le recordaban el artículo 9 de la “Carta del Trabajo”, que consagraba la economía mixta. Incluso Bottai se distanció de él. A partir de entonces, Spirito permaneció algo en la sombra, aunque siguió siendo un respetado exponente de la “cultura” fascista.

Después de 1960, Spirito expresó simpatía por el “comunismo” de la Unión Soviética de la época y, especialmente, por el “comunismo” chino. Se definió a sí mismo, y fue definido, como comunista. En su obra de 1977, “Mi comunismo”, escribió: «En el congreso de Ferrara de 1932, mi pregunta fue explícita: ¿fascismo o comunismo? La respuesta, evidentemente, fue a favor del primer término, pero este también implicaba el segundo. Y entonces fui perseguido, de hecho, como comunista [esta última afirmación es, cuanto menos, fantasiosa]. Mi fascismo era mi comunismo. Luego, cuando el fascismo terminó, me encontré solo con mi comunismo. No había dado un paso diferente, sino que seguí por el mismo camino (...) Porque, en realidad, no tenía nada que cambiar, sino solo observar y continuar de acuerdo con las nuevas condiciones históricas».

En este cúmulo de disparates, una cosa es cierta: el fascismo, el postfascismo y el estalinismo siguen el mismo camino. Ugo Spirito admiraba la Alemania nazi, considerándola una sociedad orgánica. Lo que ahora llama comunismo no es otra cosa que corporativismo. La similitud con las ideologías adoptadas por las posteriores encarnaciones del "socialismo real" —Rusia, China, Cuba, Venezuela— es evidente: todas, no por casualidad, con sus respectivos líderes idolatrados: Stalin, Mao, Castro, Chávez. El turbocapitalismo chino bajo un régimen "comunista" que se admira es una sociedad supuestamente orgánica, gobernada por el poder y la omnipresencia del Estado central, en la que la lucha de clases permanece subordinada a las necesidades de la nación, es decir, del capital. Es una concepción adoptada por los inmediatistas de diversas tendencias. También existe la idea, compartida por Stalin, de que es posible construir el socialismo en un solo país, o en unos pocos, mientras el resto del mundo permanece capitalista.

Lenin describe el comunismo como una cooperativa única, pero que ha destruido el mercado y la división en empresas y, como premisa, ha derrocado el poder estatal de la burguesía.


En los orígenes del corporativismo fascista

El corporativismo fue un fenómeno generalizado en muchos países, una mezcla de diversas ideologías, incluido el corporativismo católico. En Portugal, por ejemplo, la constitución de 1918 de la "República Nova", esencialmente en continuidad con la constitución de 1911 de la "Primeira República", preveía, además de una Cámara de Diputados, que el artículo 9 estipulaba que «El Senado estará compuesto por sesenta miembros, una parte representando a las circunscripciones administrativas y la otra a las categorías profesionales».

En Italia, el corporativismo fascista tiene raíces sindicalistas revolucionarias, así como católicas. Los sindicalistas revolucionarios, surgidos dentro del PSI en oposición a los reformistas que dominaban el partido y la CGdL, lideraron huelgas de clase en la primera década del siglo. Sin embargo, la supuesta cura para el reformismo no fue mejor que la enfermedad, pues implicó un rechazo al marxismo y a la lucha de clases, lo que los situó a la vanguardia no del proletariado, sino de la reacción burguesa. Este rechazo fue a veces explícito, a veces no. Esta ambigüedad fue heredada posteriormente por Mussolini, quien nunca fue un sindicalista revolucionario, pero compartía muchas de sus posturas, así como sus fundamentos "ideológicos": el lugar de Marx había sido ocupado por una mezcla de Sorel, el "vitalismo" de Bergson, el "pragmatismo" de James y el habitual Proudhon.

En 1919, durante una “huelga productiva” —es decir, una huelga en Dalmine en la que los trabajadores pertenecientes a la UIL, un sindicato patriótico, continuaron su labor izando la bandera italiana— Mussolini dijo: «Se han situado en el plano de clase, pero no se han olvidado de la nación. Han hablado del pueblo italiano, no solo de su categoría de metalúrgicos [Es como escuchar a los sindicalistas apoyados por el régimen actual]. Por los intereses inmediatos de su categoría, podrían haber optado por una huelga a la antigua usanza, una huelga negativa y destructiva, pero, pensando en los intereses del pueblo, han inaugurado la huelga creativa que no interrumpe la producción (...) ustedes son los productores, y es en esta condición que reclaman el derecho a tratar de igual a igual con los industriales».

Mussolini podría haber titulado su discurso “De la lucha de clases absoluta a la lucha de clases activa y operativa”, lo cual se convierte en su opuesto, exactamente como la neutralidad del famoso artículo.

Durante la huelga de 1908, los sindicalistas revolucionarios abogaron por la huelga general como arma decisiva, ignorando y rechazando la necesidad del partido, el aspecto militar y la toma del poder. Consideraban, además, que la madurez política del proletariado y su conocimiento del sistema económico eran requisitos indispensables para la huelga general, en perfecta sintonía con las posturas "culturalistas" de los reformistas, a quienes se oponían. Entre estos últimos, el líder sindical Rigola, en el X Congreso del Partido Socialista de 1908, afirmó que «las organizaciones económicas ya no pueden estar bajo el control del Partido Socialista».

Compartían con los reformistas el gradualismo, el "culturalismo" y la concepción que veía al sindicato como el órgano rector del proletariado, con la consiguiente negación o devaluación de la función del partido. Arturo Labriola, en su informe al Congreso del Partido Socialista en Roma en 1906, afirmó que «el socialismo es la expresión de la madurez técnica de la clase obrera y de la posibilidad de organizar la vida económica de tal manera que deje de existir la distinción entre el obrero que ejecuta y el capitalista que ordena. El fundamento de esta revolución es enteramente económico. Lo demás se deriva naturalmente. Al devolver a la sociedad a un papel puramente económico, se eliminan las diferencias de clase (...). Tal revolución no es el resultado de cambios externos que ocurren fuera de la fábrica, ni de transformaciones políticas de ninguna índole (...), sino del desarrollo autogenético de la clase obrera, de su fuerza interna y su capacidad extrínseca (...). La asociación económica de trabajadores (sindicato) se concibe, por lo tanto, como el instrumento que implementa la revolución social. ¹ Deidad latina representada con el atributo de dos caras.

«El Mussolini todavía socialista había comprendido bien la cuestión, escribiendo en “La lotta di classe” en 1911: «El sindicalismo, a fin de cuentas, es un método, no una doctrina: praxis, no dogma; acción y no fórmula. Si no se limita al ámbito obrero, vivirá la vida efímera de los libros y terminará en una caricatura teísta, patriótica, nacionalista, liberalista y antisocialista».

Los sindicalistas revolucionarios se unieron a los nacionalistas, aunque provenían de direcciones opuestas: algunos del Partido Socialista, otros del conservadurismo burgués. Compartían esa ideología “vitalista” y “pragmática” representada en aquellos años por D'Annunzio, aunque atribuirles una ideología a todos sea una exageración.

La Asociación Nacionalista Italiana fue fundada en 1910 por republicanos, liberales de derecha y exsindicalistas revolucionarios. Al año siguiente se fundó el semanario “L'idea nazionale”, que en 1914 se convirtió en diario. El destacado nacionalista Enrico Corradini acuñó en 1909 la ahora famosa definición de Italia como “nación proletaria”. El poeta Giovanni Pascoli, antiguo socialista y partidario de De Amicis, pronunció en 1911 un discurso titulado “El gran proletariado se ha movido”, en apoyo de la guerra de Libia. Si bien las similitudes entre ambos grupos eran evidentes de inmediato, se hicieron más patentes con la guerra de Libia de 1911. Algunos, como Arturo Labriola y Angelo Oliviero Olivetti, eran intervencionistas. La mayoría, liderada por Alceste De Ambris, se declaró en contra de la guerra, pero por razones muy distintas a las nuestras.

Arturo Labriola también habló de las “implicaciones raciales” positivas de la guerra de Libia para las “razas mediterráneas”.

En esos hechos, el socialista Benito Mussolini adoptó una postura más favorable. Hizo un llamamiento al “sabotaje antimilitarista” y amenazó con una huelga, escribiendo en el periódico “Lotta di classe” (Lucha de Clases), del que era editor: «Si la patria —una mentira que ya ha perdido su vigencia— exige nuevos sacrificios de dinero y sangre, el proletariado, siguiendo las directrices socialistas, responderá con una huelga general, y la guerra entre naciones se convertirá entonces en una guerra de clases». La memoria y la coherencia no son cualidades de la burguesía, especialmente cuando no se alinean con sus intereses.

La oposición a la guerra de Libia y el reconocimiento de la supuesta imposibilidad de ganarse a la CGL desde dentro llevaron a De Ambris y Corridoni a promover la creación de la USI, el Sindicato Italiano, en 1912, que incluía a sindicalistas revolucionarios y anarquistas. Nos oponemos a las divisiones sindicales, y ya entonces lo hacíamos. En aquel momento, habría sido posible, aunque difícil, ganarse el liderazgo de la CGL arrebatándoselo a los reformistas y orientándolo hacia una postura de clase. Pero dentro de la USI, una nueva forma de organización sindical, impulsada por Corridoni, estaba ganando terreno con resultados diversos. Según este concepto, partiendo de las organizaciones a nivel de fábrica, las "células", el proceso conduciría a agrupaciones intermedias y, finalmente, a una "federación de industria".

Tras la Semana Roja de junio de 1914, Alceste De Ambris buscó una nueva estrategia. Gian Biagio Furiozzi, en su obra "El sindicalismo revolucionario italiano", escribe: «Comenzó a convencerse de que (...) la USI debía abandonar la estrategia del sindicalismo puro y promover la unificación de todos los revolucionarios —sindicalistas, socialistas, anarquistas, republicanos— en un programa político basado en la sustitución de las instituciones políticas vigentes por una federación de comunas libres: una idea que también se puede encontrar en varios escritos sorelianos de finales de siglo. Esta revolución "federalista" debía otorgar a los sindicatos obreros esos "atributos" que no habían podido alcanzar mediante su acción directa (...) Se trataba de "revivir el concepto de un municipio libre y fuerte, dispuesto a luchar contra la tiranía del imperio" y adaptarlo a las necesidades de la vida moderna, convirtiéndolo en "el organismo integral y soberano, absolutamente autónomo dentro de los límites de su territorio", capaz de absorber las funciones útiles del Estado, minimizando los poderes del órgano central "hasta el punto de reducirlo a ser simplemente el coordinador e intérprete de voluntades locales”. De esta nueva sociedad, el sindicato obrero constituía el núcleo esencial como “árbitro de la producción y el intercambio”». Nuevamente, una continuidad con Proudhon y con el federalismo burgués anterior y posterior.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, todos los sindicalistas revolucionarios se convirtieron en intervencionistas. El 18 de agosto de 1914, De Ambris fue uno de los primeros en declararse a favor de una “guerra revolucionaria” junto a las potencias occidentales, y en septiembre presentó una moción intervencionista al Consejo General de la USI, que fue rechazada, lo que provocó la dimisión del Comité Central. Todas las Cámaras del Trabajo, excepto las de Milán, Parma y Castrocaro, votaron a favor de la moción de Armando Borghi, un sindicalista anarquista, en este caso basado en sólidas posiciones de clase, en la que la guerra se definía como «la consecuencia lógica de la política imperialista» y se invitaba al proletariado de todos los países a buscar el «espíritu de solidaridad de clase y las energías revolucionarias para aprovechar el inevitable debilitamiento de las fuerzas estatales y la crisis general resultante de la propia guerra para una acción común destinada a derrocar a los estados burgueses y monárquicos que durante cincuenta años fueron los preparadores conscientes y cínicos de la guerra».








POR EL SINDICATO DE CLASE

Conferencia de Labor Notes 2026:
La división entre la izquierda (oportunista) sindical y el sindicato de clase del futuro

Muchos de los trabajadores reunidos en la conferencia de Labor Notes 2026 representan algunos de los sectores más combativos del movimiento obrero en Estados Unidos. Llegan frustrados con un liderazgo sindical de régimen que sofoca huelgas, negocia concesiones a puertas cerradas y entrega a los trabajadores en manos de los patrones. Esa frustración es legítima y está impulsada por un deseo apasionado de luchar por su clase, enfrentando los problemas que esta enfrenta dentro de la monstruosidad del capitalismo. La cuestión es hacia dónde va esa frustración y pasión a partir de aquí.

Labor Notes y la corriente más amplia de la izquierda (oportunista) sindical que impulsa el reformismo sindical tienen una respuesta. Ofrecen democracia sindical, políticos supuestamente favorables a los trabajadores y estrategias legales. Ofrecen la promesa de una huelga general enmarcada como la defensa de la democracia contra el autoritarismo, organizada por coaliciones como May Day Strong, una amalgama de sindicatos locales, organizaciones vinculadas al Partido Demócrata, grupos activistas liberales y organizaciones políticas oportunistas. Estas respuestas transmiten una sensación de militancia y combatividad. Toman prestado el lenguaje de la lucha e invocan la historia de pasadas batallas poderosas de la clase trabajadora. Pero su efecto es acorralar a los sectores más combativos de la clase trabajadora de vuelta a la línea y agenda sindical colaboracionista, disipando las energías de lucha que de otro modo podrían asestar golpes reales a los patrones.

A medida que la guerra imperialista se extiende y profundiza junto con las crisis sociales y económicas del capitalismo, lo que está en juego en este desvío no podría ser mayor. Las mismas fuerzas que hoy venden a los trabajadores la defensa de la democracia los movilizarán mañana para morir por la nación y la patria. Por lo tanto, es fundamental que los trabajadores distingan entre la militancia de clase real y su falsificación.

Este artículo define a la izquierda (oportunista) sindical, su reformismo sindical, expone su falsa postura como militantes de clase y los contrasta con el sindicalismo de clase y la organización sindical de clase: lo que la clase trabajadora realmente necesita para defenderse y romper el control de una clase dominante que de otro modo la arrastrará a otra guerra imperialista.


¿Qué es la Izquierda (oportunista) Sindical?

En general, podemos definir a la izquierda (oportunista) sindical como aquellos que se presentan como militantes en la lucha contra los patrones. Como podemos ver hoy, esta izquierda (oportunista) sindical se vincula a las fuerzas políticas del reformismo pequeñoburgués dentro de esfuerzos de coalición más amplios en defensa de la democracia, como Indivisible, No Kings y el movimiento 50501. Estos reformistas pequeñoburgueses necesitan a los trabajadores de su lado y, para lograrlo, apoyan un programa limitado de reforma sindical que la izquierda (oportunista) sindical a su vez vende a los trabajadores como una versión de militancia. Sin embargo, este programa permanece firmemente dentro de los límites de la ley burguesa, que en última instancia contiene al movimiento obrero, impidiéndole generalizar su lucha y luchar por sus propios intereses.

El reformismo sindical asume una táctica que busca reformar los sindicatos de régimen aumentando los mecanismos democráticos y la participación en ellos. Ejemplos incluyen esquemas de un miembro un voto, negociación colectiva abierta, o el uso de mandatos judiciales estatales para forzar la salida del viejo liderazgo arraigado e instalar un liderazgo supuestamente más progresista y democrático. Los problemas con el reformismo sindical son los siguientes. Primero, que los sindicatos de régimen se hagan más democráticos o no, no cambia su mandato material y su función dentro del capitalismo, que están obligados a cumplir: un mandato de imponer paz laboral a los trabajadores en detrimento de sus condiciones. Hacer cualquier otra cosa arriesgaría que el sindicato sea eliminado por el Estado y que los tenientes laborales del capital pierdan sus cómodas posiciones dentro de los círculos gobernantes. Los sindicatos de régimen pueden y cumplen su función dentro del capitalismo con mecanismos democráticos. Segundo, la democracia sindical es insuficiente en principio como solución al colaboracionismo de clase: incluso donde se instalan mecanismos democráticos, las fuerzas colaboracionistas pueden y reafirman el control mediante la manipulación de esos mismos procesos.

Devolver los sindicatos y los órganos defensivos de los trabajadores a manos de la clase trabajadora requerirá un cambio mucho más profundo que meramente alterar el método mediante el cual se administra el actual aparato sindical dando a más miembros acceso a la toma de decisiones. Requerirá un auge revolucionario dentro de la clase, con un liderazgo que lidere sobre una base de clase, ayude a la clase trabajadora a comprender su diferencia fundamental de intereses con los patrones y demuestre que es en su mejor interés como clase participar en una lucha real. Este movimiento debe surgir desde la base de la propia clase como resultado de desarrollos históricos reales y las crecientes contradicciones de la economía y la sociedad capitalistas. No es algo que pueda ser creado por la voluntad a través de actos heroicos de individuos, pequeños grupos de activistas que usan tácticas inteligentes y bloques de voto para elegir a tal o cual líder, ni tampoco mediante la simple apertura del sindicato a una mayor participación de votación en la base, lo cual no tendrá significado si quienes lideran el sindicato continúan llevando a los trabajadores por callejones sin salida mientras las masas no muestran un impulso espontáneo hacia una acción más militante.

Tal movimiento de base de las masas de trabajadores no puede venir de arriba hacia abajo mediante la elección de nuevos líderes y administradores de los sindicatos de régimen. Debe haber un movimiento generalizado basado en la no conformidad con la organización sindical establecida que impone una política omnipresente de colaboración de clase en todos los niveles. Este movimiento debe surgir no a través de las maniobras tácticas del liderazgo sindical establecido dentro de la ley, sino a través de la auto-organización de la clase trabajadora en su base: avanzando demandas salariales agresivas que aumenten los salarios reales de los trabajadores, desarrollando comités de huelga para organizar huelgas a nivel de base fuera del control de líderes vinculados a los patrones, construyendo vínculos territoriales entre todas las organizaciones de trabajadores, y fijando la mira en la construcción de poder de huelga generalizado.


¿Qué es el Sindicato de Clase?

El sindicalismo de clase y la organización sindical de clase pueden definirse por su falta de conexión y conciliación con el Estado y sus aparatos, partidos burgueses, agencias gubernamentales y leyes que la clase dominante establece para extinguir las llamas de la lucha de clases. El sindicalismo de clase y la organización sindical de clase luchan en líneas de clase claras para que la clase trabajadora eleve sus impulsos espontáneos hacia una acción colectiva organizada efectivamente. No tiene interés compartido con la clase capitalista. Abarca las divisiones impuestas dentro de la clase trabajadora, ya sean raciales, nacionales o de otro tipo, basándose sobre todo en el arma más poderosa del arsenal de la clase trabajadora: la huelga y, más ampliamente, la huelga general.

Un ejemplo de la historia de Estados Unidos es el antiguo IWW (Industrial Workers of the World - Trabajadores Industriales del Mundo). Organizándose a través de líneas de oficio sobre una base industrial, el IWW unió a trabajadores inmigrantes y nativos por igual, librando acciones de huelga militantes sin importar las restricciones legales impuestas por el Estado burgués. Se mantuvo aparte del sindicalismo oportunista de su época en su oposición de principios a la Primera Guerra Mundial, negándose a subordinar a la clase trabajadora a la masacre imperialista hasta que fue brutalmente atacado y mayormente desmantelado durante el Miedo Rojo. Fue precisamente esta independencia de clase lo que lo convirtió en un objetivo de destrucción por parte de los patrones, el Estado burgués, que llevó a cabo redadas, deportaciones, listas negras y el asesinato directo de sus militantes, y la AFL, que colaboró con los empleadores y el Estado para expulsar al sindicalismo de clase y asegurar su propio lugar dentro del orden gobernante.

Tal lucha y organización sindical de clase no surge de la toma de conciencia en torno a algún conjunto de grandes ideas, sino más bien de hacer el trabajo duro y concreto de organizar en estas líneas a través de la clase trabajadora, tejiendo una red durante tiempos de malestar que florece y se expande rápidamente en tiempos de crisis capitalista extrema y privación. Son precisamente tales condiciones las que no dejan otra opción que trazar líneas de clase claras y organizarse en esas líneas sobre una base masiva, forzando una ruptura con el liderazgo sindical de régimen que, en momentos críticos, se revela inequívocamente como traidor de clase.

No puede surgir simplemente a través de los impulsos activistas de pequeños grupos sino que requiere que las grandes masas de trabajadores sean atraídas a la lucha de clases activa, como se vio en la primera parte del siglo pasado debido a la crisis social catastrófica de ese tiempo. La naturaleza inherentemente propensa a crisis de la economía capitalista garantiza que tales condiciones surgirán nuevamente algún día. Por lo tanto, es obligación de los trabajadores militantes de hoy trabajar donde sea posible para establecer núcleos del futuro movimiento sindical de clase, rechazar el compromiso colaboracionista de clase y aclarar los terrenos reales de la lucha de clases dondequiera que la clase trabajadora se muestre dispuesta a luchar. La tarea es reunir cualquier grupo emergente de este tipo en una coordinación más estrecha, estableciendo vínculos y trabajando hacia un frente único de lucha de clases desde abajo que pueda abogar por una acción de huelga unificada y traer a secciones más grandes de trabajadores al conflicto directo con la clase capitalista.


La izquierda (oportunista) sindical y el Partido Demócrata

El oportunismo de la izquierda sindical y su reformismo sindical puede verse claramente a través de tres frentes ilustrativos: su subordinación a los partidos políticos burgueses; su excesiva dependencia de la legalidad burguesa y el aparato estatal; y las tácticas y demandas que promueve bajo el pretexto de militancia. Examinar cada uno expone cuán a fondo el oportunismo ha penetrado el movimiento obrero y por qué una ruptura genuina con él es un requisito previo para cualquier avance real de la clase trabajadora.

Primero, un marcador claro de la izquierda (oportunista) sindical es su conexión con partidos políticos burgueses, especialmente socialdemócratas y, en Estados Unidos, el Partido Demócrata, mientras que los sindicatos de clase históricamente lucharon independientemente de partidos políticos burgueses y políticos. En Labor Notes, el apoyo de la organización a los socialdemócratas y en última instancia al Partido Demócrata no es simplemente una cuestión de tendencia política sino de realidad organizativa y financiera: su liderazgo y respaldo financiero están estrechamente vinculados a la AFL-CIO y al Partido Demócrata. Podemos ver esto reflejado en su prensa, donde la elección de políticos demócratas favorables a los trabajadores se vende a los trabajadores como un pilar de lucha para mejorar las condiciones y avanzar la lucha de la clase trabajadora, y en permitir que el Alcalde de Chicago hable en la conferencia de Labor Notes del año pasado. La misma subordinación de la izquierda (oportunista) sindical se muestra en su totalidad más allá de las páginas de Labor Notes.

En la Convención Nacional Demócrata de 2024, el presidente de la UAW, Shawn Fain, apoyado por Labor Notes y cuyo sindicato ha sido uno de los más fervientes defensores de la huelga general del Primero de Mayo de 2028, se dirigió a la multitud y declaró: ‘’Esta elección se reduce a una pregunta. ¿De qué lado estás? De un lado tenemos a Kamala Harris y Tim Walz que han estado hombro con hombro con la clase trabajadora... Para nosotros en el movimiento obrero, es realmente simple. Kamala Harris es una de nosotros”. ¿Una de nosotros? Así, el supuestamente combativo líder de uno de los sindicatos más prominentes de Estados Unidos intenta atar a la clase trabajadora al orden burgués, exactamente como la izquierda (oportunista) sindical siempre ha hecho.

El problema es que el Estado, como el marxismo deja claro, está dominado y controlado por la clase capitalista y es el instrumento principal para imponer la voluntad de la clase capitalista sobre los trabajadores y para reprimir a la clase trabajadora cuando se levanta, asegurando que la acumulación de capital continúe y las crisis sean gestionadas. Incluso las medidas de bienestar social promovidas por los socialdemócratas y apoyadas tan fervientemente por la izquierda sindical en última instancia sirven al capital en un intento de calmar la privación y la crisis social y económica, y de subsidiar los salarios, mejorando los resultados de los patrones, que se pagan según el costo de mantener a un trabajador. Tal estado y sus políticos son, por lo tanto, incapaces de proporcionar una solidaridad genuina en la lucha de la clase trabajadora. Aquellos que venden a los trabajadores el apoyo a los socialdemócratas, al Partido Demócrata, al Partido Republicano o a cualquier partido burgués desvían la lucha de los trabajadores hacia un callejón sin salida que en última instancia refuerza el capitalismo y el papel del Estado burgués.

 
El apoyo histórico de la izquierda (oportunista) sindical al imperialismo

Lo que está en juego en esta subordinación se extiende mucho más allá de Estados Unidos. El Partido Demócrata, igual que el Partido Republicano, es el partido del imperialismo estadounidense, el mismo imperialismo que hoy libra guerra en Venezuela e Irán en busca de dominio energético y la supresión de sus rivales. La historia hace inequívocamente clara la conexión entre la izquierda (oportunista) sindical, la socialdemocracia y la guerra imperialista. Mientras Sean Fain elogia el papel del imperialismo estadounidense en la construcción del “arsenal de la democracia” para supuestamente luchar contra el fascismo, hoy apoya abiertamente los aranceles de Donald Trump que están diseñados para desarrollar nuevamente la economía de guerra estadounidense. Mientras condena hipócritamente el fascismo de Trump, se presenta a sí mismo como un defensor de la política económica y sindical fascista.

En la Primera Guerra Mundial, los socialdemócratas de la Segunda Internacional, que habían prometido solidaridad obrera a través de las fronteras, votaron por los créditos de guerra y enviaron a los trabajadores a masacrarse mutuamente en las trincheras, en lo que Lenin identificó correctamente como una traición fundamental del proletariado. En Estados Unidos, la AFL bajo Samuel Gompers hizo un trato directo con la administración Wilson: garantizando la producción militar y un suministro constante de carne de cañón proletaria para las trincheras a cambio de reconocimiento legal por parte del Estado burgués, colaborando con el gobierno para suprimir huelgas y disciplinar a la clase trabajadora para la masacre imperialista. En la Segunda Guerra Mundial, el CIO (Congreso de Organizaciones Industriales) aceptó compromisos de no huelga que congelaron las ganancias de la ola de huelgas de la década de 1930 y subordinaron las luchas económicas de los trabajadores al esfuerzo bélico, asegurando que el capital se acumulara sin obstáculos a través de la producción en tiempos de guerra. Muchos de los líderes sindicales del CIO eran miembros del Partido Comunista de los Estados Unidos de América, estalinizado, que para entonces había aceptado las desastrosas políticas de frente popular de Moscú, respaldando el programa del New Deal; así, cuando los burgueses después de la guerra cambiaron nuevamente a una campaña masiva de miedo rojo tras la ola de huelgas de posguerra, se encontraron políticamente aislados de la clase trabajadora y fácilmente depurados.

La subordinación de la izquierda (oportunista) sindical al Partido Demócrata hoy reproduce este patrón histórico. Debido a los ciclos inexorables de crisis del capitalismo causados por la sobreproducción, el burgués requiere la guerra para superar estas crisis mediante la destrucción de trabajadores y capital para reiniciar el ciclo de acumulación. Así, una guerra imperialista generalizada vendrá. Se evoca la protección de la nación y la democracia para movilizar a la clase trabajadora para tal guerra. Y un movimiento obrero encadenado a los partidos del imperialismo estadounidense no es capaz de oponerse a tal guerra imperialista. Cuando el momento lo exija, si la izquierda (oportunista) sindical y los sindicatos de régimen prevalecen, el movimiento obrero será movilizado detrás de ella.


Los sindicatos de régimen y el aparato legal regulador

En segundo lugar, la subordinación de la izquierda (oportunista) sindical a los partidos burgueses está su excesiva dependencia de formas legalistas de lucha. Donde la subordinación partidaria encadena a la clase trabajadora al aparato político de la clase dominante, el legalismo la encadena al aparato regulador del Estado, constriñendo la lucha a formas que la clase dominante puede tolerar y controlar. Labor Notes y otros elementos de la izquierda (oportunista) sindical son ejemplos de esto. Buscan el uso de mandatos judiciales estatales para imponer un nuevo liderazgo en los sindicatos de régimen y democratizarlos. Presentan a la NLRB (Junta Nacional de Relaciones Laborales) y las regulaciones y leyes estatales relacionadas como el mayor logro en la historia del movimiento obrero estadounidense, derramando lágrimas por su actual desmantelamiento, y tratan las negociaciones contractuales delineadas por tales leyes y regulaciones como protecciones sagradas para la clase trabajadora y los sindicatos de régimen. Lo que no logran considerar es lo que este marco legal realmente contiene. La Ley Taft-Hartley, una vez denominada “ley de trabajo esclavo” por el propio movimiento obrero, criminalizó las huelgas de solidaridad y simpatía, restringió el derecho a organizarse y, en un momento, prohibió explícitamente a marxistas y comunistas ocupar puestos de liderazgo sindical. El régimen legal que la izquierda (oportunista) sindical defiende fue construido precisamente para expulsar a los militantes de clase de los sindicatos y asegurar que la clase trabajadora nunca pudiera usar su poder organizado para amenazar al capital. Y donde tales leyes reprimen abiertamente a la clase trabajadora, la izquierda (oportunista) sindical solo busca cambiar esas leyes, por ejemplo en los Estados donde es ilegal que los trabajadores públicos hagan huelga. Y luego están los procesos de quejas: papeleo interminable que generalmente no resulta en nada más que la energía desperdiciada de delegados bien intencionados que luchan por sus compañeros de trabajo. El problema es que todo esto fluye del Estado burgués y por lo tanto solo sirve a la preservación del capital y su acumulación, es decir, al control de la clase trabajadora.

Mirando hacia atrás, la NLRB surgió del intento del Estado de gestionar la crisis capitalista de la Gran Depresión, que dio lugar a huelgas masivas y conflictos laborales. La Ley Wagner buscaba asegurar la paz laboral para los empleadores constriñendo a los trabajadores dentro del sistema de negociación colectiva, preparándolos en última instancia para la próxima gran guerra imperialista, la Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias de esta camisa de fuerza legal continúan hoy. En 2022, los trabajadores ferroviarios votaron para rechazar un contrato y se prepararon para hacer huelga. Antes de que un solo trabajador pudiera abandonar el trabajo, la intervención del Congreso liderada por el Partido Demócrata, con la colaboración de los líderes sindicales, forzó el contrato a los trabajadores en contra de su voluntad y terminó la huelga antes de que comenzara. Esto es legalismo en la práctica: el mismo marco que la izquierda (oportunista) sindical defiende fue utilizado por el partido al que apoya para despojar a los trabajadores de su arma más fundamental en el momento en que estaban preparados para usarla. Lo que en última instancia se requiere es una ruptura con estos marcos legales. La camisa de fuerza de la NLRB debe, y probablemente será, rota. A medida que el fascismo dictado por la crisis económica exige la subordinación total de la clase trabajadora y los sindicatos de régimen, la NLRB y los aparatos relacionados deben ser eliminados, como está sucediendo actualmente en un capitalismo que ni siquiera puede permitirse una falsa lucha de la clase trabajadora.


La izquierda (oportunista) sindical, sus huelgas falsas y su falsa combatividad

En tercer lugar, podemos ver una gran diferencia en las tácticas y demandas promovidas por la izquierda (oportunista) sindical y el reformismo sindical en comparación con las de los sindicatos de clase y la organización sindical de clase. La huelga y la acción de huelga general son tácticas invocadas por ambos lados. Sin embargo, debemos mirar de cerca para ver la diferencia entre ellas. Por un lado, la izquierda (oportunista) sindical típicamente se basa casi exclusivamente en la huelga legal, es decir, una huelga que es aceptable y controlable por la clase dominante. La organización sindical de clase, por el contrario, se enfoca en hacer huelga independientemente de los mandatos del Estado burgués y en extender la huelga lo más lejos posible, generalizándola a través de secciones de la clase trabajadora. Se ha vuelto popular en estos días, como lo fue en el pasado, invocar el término “huelga general” y promover una, cuando en realidad no se pretende ninguna huelga real. Labor Notes hace esto explícito en su propia prensa, describiendo su huelga general ideal como “una huelga general de base amplia, a veces llamada cierre cívico, que incluye no solo a trabajadores, sino también a gobiernos locales de apoyo, iglesias, instituciones de medios, asociaciones profesionales e incluso algunos negócios”. Lo que se describe no es una huelga en absoluto sino un cierre cívico que abarca varios elementos a través de las clases: iglesias, gobiernos locales, pequeños negocios, estudiantes y compradores, pidiendo a las personas como individuos que dejen de trabajar, se queden en casa sin ir a la escuela y retrasen las compras por uno o dos días.

La “huelga general” de Minneapolis de enero de 2026 ilustra esto precisamente. La acción surgió en respuesta a la Operación Metro Surge, una ocupación de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y CBP (Aduanas y Protección Fronteriza) de Minneapolis que se dirigía racial y explícitamente a trabajadores somalíes y latinos. Trump había etiquetado públicamente a los trabajadores somalíes como “basura”, y los agentes de ICE habían sido autorizados a entrar en residencias privadas con órdenes administrativas, eludiendo la aprobación judicial en una ruptura con la práctica legal anterior. El asesinato de Renee Good en el curso de esta campaña de aplicación intensificó la urgencia de la respuesta. Organizada por una coalición de políticos liberales, grupos activistas y líderes sindicales empresariales, la acción fue llamada un “apagón económico” en lugar de una huelga, y por una buena razón. Mientras varios sindicatos se sumaron para darle la apariencia de una huelga general, el mensaje entregado a la base fue explícito: los trabajadores no iban a hacer huelga, ya que hacerlo violaría sus convenios colectivos y rompería la ley. En cambio, se aconsejó a los trabajadores individualmente que llamaran diciendo que estaban enfermos o que tomaran un día de salud mental. Se pidió a los compradores que retrasaran las compras. Se pidió a los dueños de negocios que cerraran voluntariamente, y la coalición incluso proporcionó a los trabajadores consejos sobre cómo abordar a empleadores “amigos” sobre cerrar por el día. El resultado fue que cualquier cierre que ocurrió fue impulsado más por empleadores que eligieron cerrar que por trabajadores que retiraban colectivamente su trabajo. La única demanda era que ICE abandonara Minneapolis, sin demandas de clase por salarios más altos o mejores condiciones a la vista. Los trabajadores marcharon junto a sus empleadores amigos en lugar de contra ellos, y la función real de la acción fue canalizar la frustración genuina de la clase trabajadora hacia el callejón sin salida electoral del Partido Demócrata, lo cual logró. Terminando con ICE y CBP abandonando Minneapolis para hacer su trabajo de terror en otro lugar.

El sindicalismo y la organización de clase reconocen que una huelga es el arma más poderosa que tienen los trabajadores porque corta el sustento de la clase dominante: el beneficio. Esto es lo que da a la clase trabajadora el poder de coaccionar a los patrones para que cumplan sus demandas. Otros elementos de la sociedad como los estudiantes no tienen ese poder, y los pequeños negocios aún menos, que como empleadores tienen relaciones antagónicas con la clase trabajadora.

 
La izquierda (oportunista) sindical y su frente popular

La izquierda (oportunista) sindical abraza la política de coalición y el frente popular, vendiéndolos como formas para que la clase trabajadora aborde sus problemas. El frente popular es una coalición política interclasista construida bajo la bandera de la defensa de la democracia, en la que la clase trabajadora es subordinada al liderazgo de fuerzas políticas burguesas y pequeñoburguesas, disolviendo sus intereses y demandas independientes en una amplia alianza con fuerzas hostiles a esos intereses. Históricamente, el frente popular ha subordinado las demandas económicas de la clase trabajadora, ayudando a movilizarla para la guerra imperialista bajo la bandera de la defensa de la democracia. En la década de 1930, el frente popular ató a la clase trabajadora a los poderes imperialistas democráticos, allanando el camino para la Segunda Guerra Mundial y la masacre de decenas de millones de trabajadores en todos los bandos. Hoy, mientras el imperialismo estadounidense libra guerra en Venezuela e Irán por el dominio energético sobre sus rivales, la defensa de la democracia contra el trumpismo y el autoritarismo sirve a la misma función. Como el Partido deja claro, el propósito más profundo de la guerra imperialista es una guerra contra el proletariado y la revolución, incluso antes de que sea una guerra por el reparto de los beneficios imperialistas. Labor Notes y la izquierda (oportunista) sindical, encadenadas al Partido Demócrata a través de su política de frente popular, son estructuralmente incapaces de oponerse a estas guerras. La clase trabajadora movilizada hoy bajo la bandera de No Kings será llamada a morir mañana bajo la bandera de la democracia y la nación.

Podemos ver esto en la organización en torno a las persistentes protestas de No Kings, organizadas por Indivisible financiado por el Partido Demócrata y el movimiento 50501, convocando a todas las buenas personas y organizaciones de la sociedad a luchar contra el mal, desde iglesias hasta grupos activistas y más allá. Con la ayuda de Labor Notes y el liderazgo sindical de régimen, la clase trabajadora ha sido movilizada para estas protestas de frente popular, pidiendo la defensa de la democracia y el estado de derecho, subordinando y extinguiendo demandas por salarios más altos y otras demandas de clase en interés de la clase trabajadora. Que Labor Notes haya promovido tales esfuerzos de frente popular, como es común para la izquierda (oportunista) sindical, es enturbiar la lucha de la clase trabajadora y movilizar sus energías en defensa de la democracia burguesa en lugar de por demandas y tácticas que realmente pudieran asestar un golpe a la clase dominante: acción de huelga general real, a través de sectores y regiones, por demandas que tomen materialmente y debiliten a la clase dominante, incluyendo salarios más altos y una semana laboral más corta que unan a la clase trabajadora sobre una base material.


La necesidad de un frente único desde abajo y el sindicato de clase

La respuesta del sindicato de clase al frente popular es el frente único desde abajo: la combinación de todas las organizaciones defensivas de los trabajadores hacia la acción de huelga colectiva, independiente de las fuerzas políticas burguesas y pequeñoburguesas, trascendiendo las divisiones impuestas de raza, nacionalidad, industria y sector que la clase dominante usa para debilitar a la clase trabajadora. Donde el frente popular une clases desde arriba bajo la bandera de la democracia, el frente único desde abajo une a los trabajadores desde abajo en el terreno de la lucha de clases: comités de lugar de trabajo, comités sindicales de clase dentro de los sindicatos de régimen, asambleas de trabajadores, comités de huelga, consejos interfábricas y cuerpos territoriales que vinculan lugares de trabajo, sectores y regiones sin considerar las fronteras jurídicas, todos coordinando la acción de huelga colectiva contra la clase dominante, oponiéndose a coaliciones interclasistas que buscan absorber y neutralizar las energías de lucha de la clase trabajadora. Trabajadores no organizados y organizados por igual deben unirse, utilizando lo que puedan dentro de los sindicatos existentes y formando nuevos órganos de lucha donde los sindicatos de régimen fallen, presentando sus propias demandas de clase por salarios más altos y una semana laboral más corta. De este frente único desde abajo debe surgir la forja de comités de lugar de trabajo, sindicatos y organizaciones de trabajadores en un solo sindicato de clase que abarque a todos los trabajadores contra el sistema salarial.

¿Y hacia dónde vamos desde aquí? La historia es instructiva. Los grandes surgimientos de la lucha de clases en Estados Unidos no surgieron de un estancamiento gradual sino de colapsos agudos y repentinos en el nivel de vida que despojaron los amortiguadores que contenían la lucha dentro de límites reformistas y dejaron a los trabajadores sin otra opción que luchar. La Huelga Pullman de 1894 siguió a recortes salariales del 30 al 40 por ciento tras el Pánico de 1893. La Gran Huelga Ferroviaria de 1877 estalló después de reducciones sucesivas que totalizaron hasta el 50 por ciento durante la Larga Depresión. Las huelgas masivas de la década de 1930 surgieron de drásticos recortes salariales y desempleo masivo durante la Gran Depresión. En cada caso, la crisis del capitalismo fue lo suficientemente abrupta como para forzar a los trabajadores al terreno del conflicto de clases abierto. En el presente, el capitalismo contemporáneo ha logrado protegerse contra tal ruptura a través de la estabilización económica, la expansión del crédito y el gasto social residual, manteniendo la acumulación a flote mientras previene un quiebre decisivo hacia la organización sindical de clase masiva. Sin condiciones de esa severidad, el sindicalismo de clase y la organización sindical de clase solo pueden desarrollarse hasta cierto grado. Pero ese grado importa enormemente. Las fuerzas del sindicalismo de clase existen hoy dentro del movimiento obrero, organizándose dentro y fuera de los sindicatos de régimen, construyendo comités de lugar de trabajo y redes de trabajadores militantes sobre una base sindical de clase. La tarea en el presente es que estas fuerzas sean construidas y se unan, formando un frente sindical de clase desde abajo que una a los trabajadores al lado del sindicato de clase, se oponga al oportunismo en el movimiento obrero desde la izquierda (oportunista) sindical hasta el liderazgo vinculado a los patrones de los sindicatos de régimen, y siente las bases para el futuro sindicato de clase que florecerá cuando la crisis objetiva del capitalismo lo exija. Tanto la izquierda (oportunista) sindical como el liderazgo sindical de régimen presentan una apariencia y un contenido diferentes, pero ambos funcionan para canalizar, restringir y subordinar a la clase trabajadora, preservando la capacidad de la clase dominante para acumular capital y, cuando llegue el momento, movilizar a los trabajadores para morir en sus guerras imperialistas. Contra ambos, el frente único desde abajo debe construirse ahora.

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La situación de los sindicatos en los EEUU

Los siguientes comentarios fueron preparados por camaradas del Partido que trabajan dentro de la Red de Acción por la Lucha de Clases (Class Struggle Action Network), para una reunión de coordinación del movimiento “Por un Movimiento Obrero Combativo”, que se reunió para discutir diversas cuestiones relativas al movimiento obrero en los Estados Unidos.


¿Cuál es el estado actual del movimiento obrero?

Esta no es una pregunta simple ni fácil de responder. Para evaluar el estado actual del movimiento obrero debemos considerar: 1) su desarrollo a lo largo de la historia en relación con la economía capitalista, su Estado y sus partidos políticos; 2) la característica única de la lucha económica en el desarrollo de la lucha más amplia por la emancipación de la clase proletaria. En resumen, la relación entre los sindicatos, la lucha defensiva de los trabajadores y el partido político de la clase revolucionaria.


El curso histórico de la lucha de clases

El movimiento sindical siempre se ha desarrollado a trompicones, atravesando períodos de gran crecimiento que coinciden con períodos de estancamiento y regresión, hasta el punto de rozar la extinción total. Sin embargo, como señala Marx en el Manifiesto Comunista, el avance continuo de las tecnologías de la comunicación bajo el capitalismo, junto con la crisis cada vez más intensa de la economía capitalista, garantizan el resurgimiento explosivo y periódico de la lucha defensiva de los trabajadores y de su organización en formas cada vez más avanzadas y centralizadas.

El movimiento sindical alcanzó su forma más avanzada durante la ola revolucionaria del siglo pasado, cuando los sindicatos de clase de todo el mundo se unieron en torno a los primeros congresos de la Internacional Sindical Roja (Profintern). Aunque hoy solo contemos con pequeños brotes de un sindicalismo de clase combativo, la experiencia histórica apunta a un futuro resurgimiento de sindicatos de clase que no solo estallarán más allá de los confines de lo que actualmente parece posible, sino que superarán a sus predecesores en sofisticación organizativa y combatividad de clase.


Las tres fases históricas: ilegalización, tolerancia, subordinación

Podemos caracterizar a grandes rasgos el movimiento sindical en los EEUU y en todo el mundo a través del paso por tres fases históricas sucesivas: la de la ilegalidad, la de la tolerancia y, hoy en día, la de la subordinación. Asimismo, podemos hacer una distinción entre los diferentes tipos de sindicatos que surgieron junto con la maduración histórica de las fuerzas productivas en la economía capitalista.

Los primeros sindicatos de oficio surgieron de las estructuras gremiales en el período de la manufactura; luego siguieron las federaciones sindicales, que vincularon a los fragmentados sindicatos de oficio en el movimiento sindical general. Más tarde, los sindicatos industriales irrumpieron en escena y comenzaron a organizar a grandes sectores de trabajadores industriales no cualificados a finales del siglo XIX, a medida que la producción industrial empezaba a dominar plenamente la economía. Cuando estos sindicatos empezaron a chocar con el capital industrial, este último inició su fusión con el capital financiero. El movimiento sindical desarrollado pronto tuvo que enfrentarse al capital en su fase imperialista, la cual requería simultáneamente la paz laboral para asegurar la producción en tiempos de guerra, y acumulaba suficientes superbeneficios como para desarrollar aristocracias laborales nacionales. Posteriormente, el movimiento obrero experimentaría una división de gran envergadura entre el ala sindicalista de clase y el ala del “sindicalismo amarillo” de colaboración de clases.

Las experiencias históricas de esto confirman una realidad básica: que el nivel de combatividad de las masas de la clase trabajadora está ligado al curso de la economía capitalista. El movimiento sindical experimentó su cúspide de militancia y organización durante la crisis revolucionaria en la que se produjo un enfrentamiento global de la clase trabajadora contra la clase capitalista, en el cual la clase trabajadora fue derrotada. Por tanto, la situación actual del movimiento sindical se basa en un equilibrio de fuerzas de clase en el que el Estado capitalista, con su aparato sindical de régimen, gobierna de manera totalmente hegemónica. Así, solo una crisis generalizada del capital puede dar nacimiento a un movimiento de clase renovado; sin embargo, este movimiento será en sí mismo un desarrollo sobre el pasado, siempre y cuando esté dirigido por su partido de clase revolucionario, el cual pueda transmitir las lecciones de la lucha.

Durante la primera fase del movimiento sindical, los primeros sindicatos surgieron de la descomposición del antiguo sistema de gremios y artesanos, a medida que el capitalismo industrial proletarizaba a masas de trabajadores que ya no podían sobrevivir como productores independientes. Estos primeros sindicatos se mantuvieron en las estrechas líneas del sindicalismo de oficio y tendieron hacia características monopolísticas de una minoría de trabajadores cualificados que se defendían del desempleo mediante el control de la contratación. La National Labor Union (NLU) intentó ir más allá de esta organización estrecha y unir a los trabajadores a escala nacional en torno a reivindicaciones como la jornada de ocho horas. Bajo la dirección de William H. Sylvis, quien se carteaba con Karl Marx y la Asociación Internacional de Trabajadores, la NLU enfatizó la unidad racial y se centró en la organización de la defensa económica. Sin embargo, tras la muerte de Sylvis, el movimiento se derivó cada vez más hacia el reformismo electoral y hacia alianzas con corrientes políticas burguesas como el Greenback Party, lo que contribuyó a su colapso durante la crisis de la década de 1870.

Este período también llegó a definirse en los EEUU por el movimiento del Open Shop (Taller Abierto), que fue una campaña impulsada por los empresarios que buscaba mantener los lugares de trabajo libres del control sindical y evitar que se exigiera a los trabajadores afiliarse a un sindicato como condición para el empleo. A través del movimiento del Open Shop, los empresarios estadounidenses se unieron en torno al principio de que los sindicatos no debían ser reconocidos ni se debía negociar con ellos, buscando en su lugar impedir por completo su establecimiento. Este esfuerzo coordinado para destruir las organizaciones obreras independientes produjo algunos de los conflictos laborales más violentos de la historia de los EEUU, como la Masacre de Ludlow, la Batalla de Blair Mountain, la Huelga de Homestead y la Huelga de Pullman.

La segunda fase, la de la tolerancia, se desarrolló a medida que el capitalismo se expandía y requería cada vez más mecanismos estables para regular las relaciones laborales y contener la lucha de clases. De las derrotas y la represión que siguieron a acontecimientos como la revuelta de Haymarket, surgió la American Federation of Labor (AFL) bajo el mando de Samuel Gompers. A pesar de sus problemas futuros, la AFL representó inicialmente un avance respecto a los antiguos Knights of Labor (Caballeros del Trabajo). La AFL rechazó la afiliación a cualquier partido político, organizándose exclusivamente como un órgano de defensa de la clase trabajadora centrado en las luchas por los salarios y las condiciones en el lugar de trabajo. Sin embargo, al surgir en un período en el que no existía un centro político de partido marxista internacional claro, inevitablemente derivó hacia el oportunismo. Con el tiempo, se consolidó cada vez más en torno a un sindicalismo de oficio conservador, la negociación colectiva y la colaboración con los empresarios y el Estado, al tiempo que excluía a grandes sectores de la clase obrera industrial inmigrante. Sindicatos de trabajadores como la Western Federation of Miners, la American Railway Union, la American Labor Union, los United Metal Workers y la United Brotherhood of Railway Employees, frustrados por el rumbo cada vez más conservador de la AFL, buscaron finalmente crear un nuevo polo de clase en torno al cual pudiera reagruparse el movimiento obrero, formando la Industrial Workers of the World (IWW). Mientras la dirección de la AFL se ligaba directamente al Estado capitalista y al Partido Demócrata a través de la colaboración entre la patronal y los sindicatos y los comités de producción en tiempos de guerra, la IWW se enfrentó a una represión brutal, al encarcelamiento y a la destrucción. La clase capitalista comenzó así a negociar acuerdos tolerando a algunos sindicatos que hincaban la rodilla y demostraban subordinación, mientras suprimía violentamente a aquellos que continuaban planteando un programa real de defensa de clase.

La fase final, la subordinación, se desarrolló plenamente durante el siglo XX en medio de la contrarrevolución global. La Ley Wagner de 1935 y el sistema posterior de juntas laborales, elecciones de certificación, contratos de negociación colectiva y cláusulas de prohibición de huelga transformaron progresivamente a los sindicatos establecidos: pasaron de ser órganos relativamente autónomos de defensa económica de los trabajadores a convertirse en sindicatos de régimen institucionalizados e integrados en el aparato legal del Estado capitalista. Acontecimientos históricos como el marco de la National Labor Relations Board (Junta National de Relaciones Laborales), las promesas de no hacer huelga en tiempos de guerra y el sistema de contratos de la posguerra son ejemplos de cómo los sindicatos establecidos se convirtieron en mediadores institucionales de la venta de la fuerza de trabajo, ayudando a estabilizar la producción capitalista al encauzar la lucha de clases hacia formas reguladas legalmente y compatibles con las necesidades del capital nacional.


La crisis de la posguerra y los orígenes de Labor Notes

A finales de las décadas de 1960 y 1970, a medida que la crisis económica de ese período estallaba y ponía fin a la prosperidad de la posguerra, muchos de los principales sindicatos estadounidenses -como el United Auto Workers (UAW) y la International Brotherhood of Teamsters- se habían consolidado en instituciones masivas controladas por pequeñas camarillas de dirigentes vinculados a la patronal, donde los trabajadores de base a menudo tenían poco control directo sobre la negociación de los contratos y, en la mayoría de los casos, ni siquiera podían votar de manera significativa sobre ellos antes de su aplicación.

Sin embargo, la profundización de la crisis económica de la década de 1970 y una serie de contratos negociados por la dirección que ofrecían salarios irrisorios produjeron una ola de rebelión de las bases. Esta se expresó a través de huelgas salvajes (huelgas no oficiales), como la huelga postal de los EEUU de 1970 y las repetidas huelgas salvajes de los Teamsters, en las que los trabajadores actuaron al margen de los canales oficiales del sindicato y desafiando tanto a los empresarios como a las direcciones sindicales ligadas a la patronal, mientras exigían aumentos reales frente a la caída del nivel de vida.

En última instancia, estas luchas no desembocaron en una verdadera reestructuración de los sindicatos establecidos ni en la fundación de nuevos sindicatos de base, sino en una nueva corriente de reforma de la izquierda sindical que buscaba democratizar los sindicatos y desafiar a las direcciones atrincheradas. Esto se hizo en gran medida a través de campañas de presión, candidaturas de reforma electoral y un alineamiento más estrecho con la política liberal del Partido Demócrata, en lugar de mediante una ruptura con el propio marco legal de la regulación laboral.

De este modo, las energías militantes de la clase se desviaron de consolidarse en torno a un programa sindical que adoptara de forma coherente una orientación de clase independiente. En su lugar, se unieron en torno a un ala reformista de base de la izquierda (oportunista) sindical que, a pesar de presentarse como progresista, reproduce muchos de los mismos errores básicos de colaboración de clases que se remontan a las raíces de la tendencia del sindicalismo amarillo.


El estado actual del movimiento obrero

Hoy en día, el movimiento obrero sigue encadenado al edificio del sindicato de régimen. Aunque pequeños grupos intentan revitalizar la I.W.W. (Industrial Workers of the World), esta sigue estando fuertemente influenciada por corrientes oportunistas, fragmentada y carente de energía de masas. Si bien el descontento con los sindicatos establecidos y con las nuevas direcciones de “izquierda” ha ido en aumento en los últimos años, la organización general, la capacidad de lucha y la fuerza de negociación de la clase no han crecido significativamente, contenidas como están dentro del marco sindical establecido.

El resurgimiento de los sindicatos de clase no adoptará la misma forma que los sindicatos estables, delimitados por industrias y legalmente reconocidos con los que estamos familiarizados hoy. Dependiendo de cómo se desarrolle la lucha en cada contexto nacional, los sindicatos de clase pueden surgir bien a través de la reconquista de los sindicatos existentes por parte de trabajadores unidos detrás de un programa de clase insurgente que destruya por completo el aparato sindical de régimen, o bien a través de la creación de órganos completamente nuevos, al margen y en contra del aparato establecido.

Cuando el capitalismo entra en una fase de crisis aguda y la legalidad deja de regular el conflicto de clases, los nuevos órganos de defensa proletaria tienden a surgir como redes fluidas e interconectadas en lugar de como instituciones fijas. En tales momentos, la organización de clase puede adoptar la forma de asambleas de trabajadores, comités de huelga, consejos interempresariales y organismos territoriales, vinculando centros de trabajo, sectores y regiones sin tener en cuenta las fronteras jurídicas. Estos órganos coordinan las huelgas, la defensa mutua y el apoyo material en toda la clase, funcionando como una red de lucha que converge y se consolida solo más tarde, si las condiciones lo permiten. Esto no es una regresión hacia la “desorganización”, sino una forma más elevada de asociación proletaria que responde a la ruptura de los contratos, de la representación legal y de la segmentación por industrias. Tales impulsos espontáneos deben transformarse en órganos de defensa de la clase bien organizados y centralizados, capaces de aglutinar las energías de combate en acciones de huelga generalizada bien ejecutadas y combativas, lo suficientemente contundentes como para golpear el corazón de las enormes empresas monopolísticas del capitalismo moderno.

Lo que se necesita ahora es desarrollar núcleos y estructuras prefigurativas del futuro movimiento sindical de clase, uniendo las formaciones de base existentes en un frente único desde abajo, bajo un programa unificado de sindicalismo de clase combativo.


¿Cuáles son los problemas principales dentro del sindicato?


Dirigentes vinculados a la patronal, la aristocracia laboral y los sindicatos de régimen

En primer lugar, establezcamos el hecho de que hoy la sociedad está dividida entre dos clases: la proletaria y la burguesa. No existe una “clase de burócratas” separada que tenga una orientación de clase fundamentalmente única respecto a estas dos clases, sino una capa de dirigentes oportunistas vinculados a la patronal que dirigen los sindicatos sirviendo a los intereses de los empleadores.

Los dirigentes vinculados a la patronal pueden ser personal asalariado del sindicato, direcciones elegidas democráticamente que a su vez actúan como empleadores dentro de las estructuras del sindicato de régimen, o incluso camarillas clientelares dentro de la afiliación sindical que se alían con el jefe y se ven a sí mismos como cogestores del lugar de trabajo. La manera en que opera esta dinámica es diferente en cada sindicato. El problema no son solo los burócratas y el “personal asalariado”; que los sindicatos tengan personal a sueldo no es un problema en sí mismo. El problema radica en cómo la dirección establecida se liga al jefe y adiestra a los trabajadores para que vean un interés común en mantener el éxito de la empresa, al tiempo que los obliga a permanecer atados a la legislación laboral establecida, habituando a generaciones a estas prácticas que son fundamentalmente de colaboración de clases, y creando una visión del sindicato que queda restringida a un patético cascarón de sumisión cretina. El problema no es una imaginaria tercera clase de interlocutores “burocráticos” que tienen secuestrados a los sindicatos, ni es meramente la estructura de los sindicatos o su método particular de toma de decisiones.

Tengamos en cuenta que los dirigentes vinculados a la patronal suelen ser elegidos por los propios trabajadores, y esto no se debe simplemente a la falta de desarrollo cultural o teórico de las masas, ni a la falta de individuos valientes dispuestos a romper el molde, sino al hecho de que muchos de estos trabajadores encuentran que su programa es el más aceptable, ya que las condiciones imperantes aún no los obligan en masa a tomar medidas más drásticas. Esto es posible debido a las realidades materiales del sistema imperialista: mediante la superexplotación de los trabajadores en otras naciones, la clase capitalista es capaz de “compartir” una parte de sus beneficios para comprar a una amplia franja de trabajadores, creando una extensa capa aristocrática al proporcionar salarios relativamente mejores a un grupo pequeño mientras explota despiadadamente a las masas.

La diferencia salarial es el elemento esencial en la dinámica de la aristocracia laboral que mantiene a los trabajadores divididos entre los que tienen y los que no tienen. Todos los trabajadores estadounidenses saben que reciben mejores salarios que sus homólogos inmigrantes, y el inmigrante viene aquí porque sabe que recibirá un pago mejor que sus compañeros en su país de origen; la realidad material y la existencia de la aristocracia laboral es vista y sentida por todos los trabajadores, pero es completamente invisible para los supuestos líderes de los sindicatos y de los partidos oportunistas. Por lo tanto, la realidad es que muchos trabajadores, ante la ausencia de un sindicato de clase fuerte y viable, consideran que sus intereses materiales inmediatos están mejor atendidos por estos programas de colaboración de clases, y solo se rebelarán cuando vean que los beneficios potenciales de arriesgarse a una rebelión superan a los de las falsas promesas del oportunismo. Sin embargo, podemos tener la certeza de que el capitalismo plagado de crisis garantizará que las condiciones para tal revuelta surjan inevitablemente en el futuro.

Los intentos de abordar el problema sindical basándose en la “democracia” simplemente aspiran a cambiar un proceso de toma de decisiones. Sin embargo, como hemos demostrado, dicha alternancia no significa nada si las condiciones económicas y sociales objetivas generales no han cambiado. Estos métodos para alterar la “forma” de los sindicatos no pueden por sí solos restaurar su contenido de clase; solo reconfiguran lo que ya está allí. No hay un nivel de militancia obrera mayor de lo que parece a simple vista esperando a ser desbloqueado y desatado, hirviendo justo bajo la superficie. Las condiciones económicas objetivas imperantes configuran las realidades subjetivas de la clase. Por eso el movimiento por la democracia sindical es el movimiento del reformismo liberal, porque presenta el problema de la clase trabajadora como un problema con la forma de tomar decisiones en los sindicatos. Si la forma se puede reformar para abrir los sindicatos a una mayor participación de los trabajadores, entonces seguramente, a través de la democracia, el movimiento obrero se salvará. Para los reformistas, primero hay que arreglar la forma y luego ya nos ocuparemos del contenido. Nos dicen discretamente que nos quedemos tranquilos, que están de acuerdo en el punto del “anticapitalismo”, pero que ellos están tomando la ruta sensata y que nosotros, los ideólogos, somos dogmáticos temerarios. Todo lo que se necesita es la técnica activista adecuada, la cantidad justa de centrarse en “encontrar a los trabajadores donde están” (lo que en realidad significa rebajarse al mínimo común denominador) y, paso a paso y con cuidado, moverlos gradualmente hacia grados cada vez mayores de escaladas de acción cuidadosamente planificadas. Todo lo que el movimiento obrero necesita son más capacitaciones y talleres para mejorar sus habilidades. Mientras tanto, no deberíamos asustar a los trabajadores con palabras como “capitalismo” o “clase”.

Para cambiar la forma, jamás deben tocar abiertamente el contenido de la verdadera naturaleza violenta del Estado capitalista y la pistola que este sostiene apuntando a la cabeza de los trabajadores. Toda esa charla alarmante no ganará nuevos adeptos, porque mirar la realidad del problema rompería la burbuja de tanta valentía y búsqueda de soluciones. Para resolver este asunto, eligen inteligentemente hacer peticiones y buscar terrenos de colaboración razonable con su supuesto enemigo, a quien reconocen implícitamente que no pueden vencer en una lucha real. ¿El abismo insalvable entre los intereses de los trabajadores y los de los patrones? No hay problema, siempre y cuando no se aleje a sus socios de coalición en la pequeña burguesía.

El sindicalismo amarillo establece como objetivo alcanzar la igualdad económica con la clase de sus explotadores. Las fuerzas del sindicalismo de clase, por el contrario, reconocen que los intereses de la clase trabajadora y de los empleadores son fundamentalmente incompatibles y que, en última instancia, se trata de una lucha histórica de fuerzas que debe resultar en la victoria de una clase y la extinción de la otra.

Sin embargo, los elementos del sindicalismo amarillo trabajarían para hacer converger el poder social del oportunismo con el poder coercitivo del Estado capitalista, formando la base de lo que llamamos el “sindicato de régimen” en el orden de la posguerra, el cual, en la era del imperialismo, se ha convertido en la forma hegemónica de sindicato en todo el mundo.

Los sindicatos de régimen, a pesar de su organización formal como sindicatos, ya no funcionan en la práctica como auténticos órganos defensivos de la clase trabajadora. En su lugar, operan como el departamento de recursos humanos de las empresas capitalistas, negociando la venta de la fuerza de trabajo para las firmas a través del marco de la negociación colectiva, los acuerdos de cogestión centro de trabajo-patronal, los procedimientos formales de quejas, la purga de las direcciones comunistas y, lo más importante, la regulación y el apaciguamiento del desarrollo de las huelgas.

Saturados y cargados con la tarea de navegar por las reglas y regulaciones del Estado capitalista, y presionados para ajustarse a sus edictos por fuerzas coercitivas y conformistas por todos lados, la conquista formal desde arriba de tales órganos mediante maniobras electorales y tácticas de pequeños grupos de militantes dentro de los sindicatos debe descartarse por ser una causa perdida. Por lo tanto, solo un movimiento de masas de trabajadores desde abajo hacia arriba, que choque con los líderes establecidos y destruya por completo la vida interna del sindicato de régimen, tiene el potencial de volver a poner estos órganos al servicio de los fines útiles de la clase.

No obstante, el sindicato de régimen ofrece una cosa de valor: la afiliación sigue siendo exclusiva para los trabajadores y solo para los trabajadores. Por lo tanto, no podemos abandonar la agitación dentro de los foros abiertos y las reuniones de tales organizaciones como medio para defender la organización de clase independiente de los trabajadores. Dado que son los trabajadores de la base quienes constituyen la totalidad de la afiliación incluso de los sindicatos de régimen, los trabajadores aún tienen el potencial de reorganizarse, abandonando a sus falsos líderes y despojándose de su conformismo hacia el aparato regulador sindical que los ha habituado al estrecho programa de la desmoralización y el derrotismo de clase cuando surjan las condiciones objetivas adecuadas.


Por qué son fundamentales las demandas salariales agresivas y la reducción de la jornada laboral

Reafirmemos un hecho básico: en la sociedad capitalista, los trabajadores deben vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario para obtener los productos de primera necesidad o, de lo contrario, morir de hambre. Los trabajadores se afilian a los sindicatos principalmente por interés económico propio, para defender sus salarios y sus condiciones de trabajo. Este interés propio se transforma en una conciencia de clase a medida que los trabajadores entran en conflicto con el empleador y surge la solidaridad social.

En el seno de la sociedad capitalista, los trabajadores se encuentran unos con otros como vendedores individuales de su fuerza de trabajo alienada en el “mercado laboral”. Como tales, los trabajadores no solo son explotados por los patrones, sino que también se ven empujados a una competencia económica directa entre sí para obtener los puestos de trabajo mejor remunerados, lograr la “seguridad laboral” frente a los despidos, etc.

A medida que los trabajadores se enfrentan al empeoramiento de sus condiciones, los capitalistas prometen privilegios y estabilidad material a los grupos étnicos, de género y raciales dominantes si se unen a ellos para pisar el cuello de sus compañeros de trabajo. Sin embargo, estas condiciones económicas son las mismas que, a la inversa, pueden llevar a las masas de trabajadores a unirse en torno a su interés económico compartido contra la clase de los explotadores. Por ello, es fundamental que los militantes obreros combatan el chovinismo social dando prioridad a demandas salariales agresivas que eleven a todos los trabajadores.

Al programa del oportunismo de derecha no se le combate utilizando el vocabulario habitual de la indignación moral burguesa liberal, sino exponiendo el verdadero interés económico material que comparten todos los trabajadores. Estos métodos fueron utilizados por primera vez por la Primera Internacional cuando las oleadas anti-inmigrantes se extendieron por los EEUU a finales de la década de 1800, trabajando para crear una demanda salarial común entre los trabajadores continentales que emigraban a los EEUU y los trabajadores estadounidenses nativos. Este tipo de métodos también respaldaron la lucha por la jornada laboral de 8 horas, que unió al grupo estadounidense y a los diversos grupos de inmigrantes en una lucha común a finales del siglo XIX.

* * *

Electrolux
Los despidos exigen la unidad de los trabajadores en la huelga de todo el grupo y junto con otras empresas


Pordenone, 13 de mayo

La multinacional ha anunciado 1.700 despidos en Italia: Susegana (Treviso), Porcia (Pordenone), Forlì, Solaro (Milán), con el cierre total de la planta de Cerreto d'Esi (Ancona).

Los sindicatos colaboracionistas y afines al régimen ya se dirigen hacia el mismo rumbo desastroso: están limitando la posibilidad de lucha de los trabajadores dentro de los confines de la fábrica y recurriendo a las instituciones locales en busca de ayuda.

La solidaridad de las instituciones locales es falsa, pues solo sirve a los partidos empresariales y a los falsos partidos obreros para lucrarse de las desgracias de los trabajadores: en realidad, toman decisiones en connivencia con el régimen burgués de Roma.

La solidaridad que necesitan los trabajadores es únicamente la del resto de la clase trabajadora. No con palabras, sino con la huelga más amplia y unida posible.

Ante todo, es necesario mantener la unidad de huelga de las fábricas del grupo: ya en las primeras ocho horas de la huelga del martes 12 de mayo, convocada por las direcciones nacionales de Fim Fiom y Uilm, dieron a cada RSU de fábrica la libertad de elegir cuándo hacer huelga, socavando así insidiosamente la unidad que, en cambio, debe defenderse, construirse y fortalecerse.

En segundo lugar, debemos organizar una huelga general en las zonas donde se ubican las fábricas de Electrolux, explicando que el despido de un grupo de empleados no es un asunto que concierna únicamente a los empleados de una sola empresa, sino a todos los trabajadores, porque debilita a toda la clase trabajadora, especialmente cuando se trata de una gran empresa que, debido a sus condiciones objetivas, es un punto fuerte para el movimiento sindical.

En tercer lugar, los viajes a Roma suponen un derroche de energía física y financiera. Sería mucho más importante y útil organizar viajes a las distintas fábricas, donde los trabajadores podrían reunirse físicamente frente a las puertas para reforzar los piquetes, eligiendo las fábricas más afectadas por ser las más valiosas para los beneficios de la empresa.

El pasado diciembre, en Génova, ante la inminente clausura de la antigua acería ILVA, se dio un paso en esta dirección con la convocatoria de una huelga general de trabajadores metalúrgicos en toda la ciudad. La USB apoyó la huelga convocada por la sección genovesa de la FIOM el 4 de diciembre, y todos los sindicatos de base - en las zonas donde operan - deberían hacer lo mismo hoy en respuesta a la lucha de los trabajadores de Electrolux.

Solo una huelga prolongada y unificada entre las fábricas del grupo, extendida en solidaridad con los trabajadores de las zonas locales, podrá doblegar a la empresa y al régimen político de los empresarios.

Los despidos en Electrolux no son un efecto secundario de esto: son una consecuencia y marcan una nueva etapa en la crisis de sobreproducción del capitalismo global, que comenzó hace décadas y sigue empeorando. Ampliar y unificar las luchas obreras es esencial para afrontar el agravamiento de esta crisis -cada vez más inminente, a medida que los despidos se generalizan- mediante huelgas generales para exigir jornadas laborales más cortas con igual salario, sueldos completos para los desempleados y contra la única solución que el capitalismo se prepara para salvarse: la guerra.






VIDA DE PARTIDO

REUNION INTERNACIONAL DEL PARTIDO
Del 23 y 24 de mayo de 2026

El arduo trabajo del partido construye los arcos del puente entre la ciencia social anunciada por el Manifiesto Comunista de 1848, la crítica y la vergüenza de la obscena decadencia capitalista de hoy, y la sana dirección de las incesantes luchas de la clase obrera destinadas a la revolución del mañana.


El partido defiende la tradición de las tres grandes Asociaciones Internacionales de la clase trabajadora: la segunda, plenamente marxista, y la tercera, resueltamente comunista revolucionaria. Satisfaciendo una necesidad largamente sentida por nuestro movimiento y anticipada como principio, el nuestro, habiendo alcanzado la madurez histórica, ya no se define como una internacional de partidos, sino como un partido global. Este partido, trascendiendo las divisiones nacionales heredadas de la historia del mundo burgués y la lucha de clases, busca la unidad no solo en sus objetivos y programa ahora indiscutible, sino también en su centralismo disciplinado y en la estrecha comprensión y cohesión entre militantes de todas las lenguas y países. Los nuevos miembros, al integrarse en las actividades locales del partido, ya no se unen a una sección nacional, sino directamente al partido global.

Este es nuestro orgullo y alegría, y, en una escala aún “experimental”, ya es un resultado y una fuerza operativa eficaz. Para las burguesías pendencieras y egoístas, que ya ni siquiera son ecuménicas ni ilustradas, es algo inalcanzable e inesperado, y seguirá siéndolo hasta su ignominiosa desaparición compartida.

En el partido actual, esta comunidad de trabajo se manifiesta en mil hilos: desde las comunicaciones informales diarias entre compañeros hasta las reuniones internacionales periódicas. A medida que nuestras fuerzas siguen creciendo, ha resultado conveniente convocar reuniones generales de nuestros representantes de grupo cada dos meses: alternativamente, una reunión para compartir información sobre nuestras actividades, revisar los resultados y evaluar el progreso, y otra en la que, además de esta retroalimentación sobre el trabajo de los grupos, se presentan informes derivados de estudios, tanto sobre temas fundamentales de la doctrina e historia del movimiento, como para extraer conclusiones más generales sobre los métodos y resultados de nuestras intervenciones externas, en la prensa, en los sindicatos y en el proselitismo.

* * *

Como es habitual, en la primera parte de esta última reunión general intercambiamos informes detallados sobre el trabajo de nuestros grupos en las siguientes áreas:

- Actividades de las secciones locales y situación local. Estudios, colaboración con la prensa internacional y apoyo al sitio web y a las publicaciones en idioma local; traducciones de textos de nuestro extenso Archivo de Izquierda; proselitismo y relaciones con nuevos camaradas y personas que se acercan al partido; investigación, presencia y participación en el movimiento sindical local; participación y propaganda en manifestaciones con asistencia del proletariado; conferencias periódicas abiertas a los lectores sobre temas de actualidad; situación financiera.

- Informe del equipo editorial de las publicaciones periódicas en los distintos idiomas y plan para los próximos números.
     Hemos acordado fusionar nuestras dos revistas semestrales, «Comunismo» y «Communism», ya que no hay razón para presentar los resultados de nuestros estudios sobre la teoría marxista y la historia del comunismo de forma dispar y no simultánea. A partir del próximo número, actualmente en preparación, se publicará en inglés e italiano y, tan pronto como sea posible, en otros idiomas. Este próximo número incluirá, además de la serie ya iniciada, algunos de los artículos presentados en esta asamblea general.
     La edición de nuestras revistas implica los siguientes pasos: a) Seguimiento del desarrollo completo de nuestros estudios teóricos e históricos, comenzando con la catalogación y conservación meticulosas de los informes de las reuniones generales; b) Seguimiento y resaltado de su continuidad a lo largo de las décadas de la labor del partido; c) Programación de su publicación; d) Preparación para su publicación, realizando los ajustes necesarios; e) Supervisión de la titulación, el diseño y la coherencia tipográfica. Para el diseño, la impresión y la distribución de nuestras publicaciones periódicas, se ha establecido una colaboración internacional, lo que ha dado como resultado un fructífero intercambio de conocimientos operativos relevantes.

- Siete camaradas de distintos países trabajan actualmente en la página web, siguiendo un plan común e intercambiando los conocimientos técnicos necesarios. Las contribuciones de la periferia, que incluyen comentarios sobre la actualidad, traducciones de textos e investigaciones recientes, se reúnen en una estructura unificada y reconocible, de gran utilidad para la labor y la propaganda del partido. Una página web comunista dinámica y combativa, el “organizador colectivo”, requiere supervisión y mantenimiento diarios, con la participación de todos los camaradas, quienes informan de cualquier fallo o avería, y un equipo editorial dedicado a centralizar el trabajo.

- Se informó a los compañeros sobre las estadísticas de la evolución a lo largo del tiempo y el origen de los accesos de los lectores.

-Se expuso el programa de publicación de monografías sobre clásicos del marxismo y la izquierda, tanto en volúmenes impresos como en grabaciones de audio.

- Nos informaron sobre la situación de la tesorería central del partido, que resume en detalle los ingresos y gastos de las secciones.

-Un grupo de compañeros comprometidos con este complejo ámbito había elaborado un informe detallado sobre la actividad sindical en Estados Unidos e Italia. En particular, dicho informe recogía nuestra insistencia en fomentar la reorganización defensiva de la clase obrera, unificando a las fuerzas de primera clase movilizadas para luchar contra el oportunismo de la «izquierda (oportunista) sindical».

- Cuatro compañeros se encargan de gestionar la propaganda en redes sociales. Allí se publican extractos de nuestras revistas y página web: en un año se han realizado 170 publicaciones, la mayoría en italiano e inglés, seguidas de español, turco, tagalo, portugués, ruso, hindi y rumano. También se han añadido grabaciones de presentaciones en conferencias públicas.

- Se han proporcionado actualizaciones sobre la coherencia y la naturaleza de la correspondencia recibida en el buzón central y sobre el envío del boletín informativo periódico.

- El orador designado ha facilitado información sobre el contenido de una próxima conferencia pública en inglés sobre el tema del falso comunismo chino: esta información ya puede consultarse en la página web del partido.

- Finalmente, consideramos las líneas generales de los estudios en curso, incluyendo dos sobre diferentes momentos en la historia del partido y los sindicatos en los EEUU y uno sobre proto-partidos revolucionarios en sociedades pre-modernas y en países con diferentes trasfondos culturales.

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Esta es la lista de presentaciones que escuchamos el segundo día de la reunión:

– Consideraciones sobre la huelga general en curso en Bolivia (un extracto del informe aparece en este mismo número del periódico);

– Dos informes abordaron la historia de Irán: el primero continuó desde reuniones anteriores para reconstruir la tormentosa historia de este gran país; el segundo enmarcó la guerra actual contra Irán como un intento frenético de preservar la supervivencia del capitalismo global en decadencia (de este estudio extrajimos el material para la conferencia pública, que se informa en este mismo número del periódico);

– Continuación del estudio sobre la cuestión militar: desde la guerra civil en Rusia hasta la invasión de Polonia;

– Nuevo capítulo en la investigación Raza, clase y la cuestión agraria en los Estados Unidos;

- Para el curso del capitalismo, consideramos el crecimiento de la deuda pública estadounidense y la amenaza de una crisis del dólar;

- La relación marxista entre técnicas de producción y relaciones de producción ha sido presentada nuevamente como fundamento de los estudios económicos, siguiendo la línea de “Propiedad y capital” en 1948, para llegar al programa del comunismo post-propietario y post-corporativo;

– Continuación de la historia de la Internacional Sindical Roja, que llegó a 1928 con el VI Congreso de la CI y el IV de la ISR;

– Historia del Partido Comunista de China que ahora describe los acontecimientos que llevaron a la derrota de 1927 dentro del Partido y la Internacional;

– Finalmente, se emitió un comunicado sobre los enfrentamientos que se están produciendo entre ejércitos y milicias en Mali.

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Los artículos sobre: La cuestión militar; Raza, clase y la cuestión agraria en los Estados Unidos; Historia de la Internacional Sindical Roja; y Orígenes del Partido Comunista de China se publicarán íntegramente en italiano en el próximo número de “Comunismo”.

En cuanto a los restantes, dado el tiempo necesariamente prolongado que se requiere para la redacción final y la publicación, proporcionamos aquí un primer resumen para uso de los compañeros y lectores.




Una bestia herida
La crisis de la deuda y del dólar en Estados Unidos

En el informe, presentamos una serie de datos sobre la deuda pública de varios países entre 2014 y 2025. Como muestra un gráfico, la pandemia de 2020 provocó un aumento vertiginoso de la relación deuda/PIB en todas partes.

Hemos comentado su tendencia en EEUU, que alcanza niveles nunca antes vistos.

El aumento se debió a dos factores simultáneos: por un lado, la enorme expansión del gasto público para apoyar a las empresas, los sistemas sanitarios y los hogares; por otro, el desplome del PIB a causa de la parálisis de la economía mundial. En los años siguientes, muchos países recuperaron parte del aumento de la deuda gracias a la recuperación económica y la inflación, lo que contribuyó a incrementar el PIB nominal y a reducir la carga relativa de la deuda.

Alemania sigue siendo un país “virtuoso”: entre 2014 y 2019, redujo su deuda del 74,5% al 58,7% del PIB. Incluso después de la pandemia, se mantiene cerca del 60%, muy por debajo de otros países. Japón continúa siendo el país más endeudado, consistentemente por encima del 230% del PIB durante todo el período. China pasó de una proporción del 39,3% en 2014 a casi el 90% en 2025. Francia mostró un deterioro constante durante la década: del 96,2% en 2014 al 115,6% en 2025. Italia se mantuvo entre los países más endeudados: durante todo el período, la relación deuda/PIB fluctuó alrededor del 134%, alcanzando un máximo del 154,4% en 2020. Después de la pandemia, la cifra disminuyó gradualmente, pero en 2025 volvió al 137,1%.

Estados Unidos experimentó un aumento de su deuda de aproximadamente un 20 % en 2025 en comparación con 2024. Según Trading Economics, en marzo de 2026, la deuda nominal estadounidense alcanzó un máximo histórico de 39,1 billones de dólares.

En 1944, Estados Unidos, en New Hampshire, en Bretton Woods, en un momento en que producía gran parte de los bienes del mundo, muchos de los cuales habían sido destruidos por la Segunda Guerra Mundial, con su supremacía absoluta logró establecer el dólar como moneda de reserva mundial. Este fue el comienzo de un período que el ministro de Finanzas francés, Valéry Giscard d'Estaing, calificó en la década de 1960 como un “privilegio exorbitante”: endeudarse sin demasiadas restricciones y pagar bienes y deudas con papel moneda impreso por ellos mismos.

Esta ventaja se basaba en la confianza generalizada en la estabilidad financiera de Estados Unidos: casi todos confiaban en que Washington cumpliría con sus deudas, mantendría la estabilidad del dólar y preservaría los bonos del Tesoro como el refugio más seguro, sin usar jamás este poder contra sus acreedores. Durante décadas, esta estabilidad se mantuvo, ciertamente no por méritos morales de los capitalistas estadounidenses, sino más bien por pura conveniencia, ya que el mecanismo beneficiaba a demasiados actores internacionales como para ser cuestionado.

Desde agosto de 1971, cuando se rompieron los acuerdos de Bretton Woods, poniendo fin a la convertibilidad del dólar en oro, la economía mundial entró en una nueva fase. El dólar dejó de estar vinculado a una base material como el oro y comenzó a fundamentar su dominio exclusivamente en la fortaleza económica, política y militar de Estados Unidos. En los años siguientes, el sistema capitalista internacional se encontró, directa o indirectamente, apoyando los déficits comerciales estadounidenses y la creciente deuda pública de Washington, alimentada además por el mantenimiento de un gigantesco aparato militar.

En 1974 se produjo un cambio trascendental cuando Estados Unidos y Arabia Saudita firmaron un acuerdo estratégico que marcaría el orden económico mundial durante décadas. A cambio de la protección militar y el suministro de armas estadounidenses, los principales productores de petróleo del Golfo acordaron vender su crudo exclusivamente en dólares y reinvertir una parte significativa de sus ganancias en bonos del gobierno estadounidense. Así nació el llamado sistema del “petrodólar”, que garantizaba a Estados Unidos una demanda constante tanto de su propia moneda como de los bonos del Tesoro estadounidense, lo que le permitía financiar su deuda a costos relativamente bajos.

Sin embargo, en la actualidad, este mecanismo muestra signos cada vez más evidentes de desgaste debido a diversos factores.

Una de estas transformaciones es la de Estados Unidos, que pasó de ser importador a convertirse en uno de los principales exportadores de petróleo. Gracias al auge de la extracción de esquisto, se ha consolidado como uno de los principales productores mundiales de petróleo y gas, reduciendo significativamente su histórica dependencia energética de Oriente Medio. Esto ha alterado la tradicional relación privilegiada con las monarquías del Golfo.

Aunque Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos siguen figurando entre los mayores tenedores extranjeros de bonos del gobierno estadounidense, esta situación les está llevando gradualmente a reducir sus reservas en dólares, tanto por la disminución de sus necesidades de financiación interna como por el deseo de diversificar sus inversiones.

Además, las operaciones militares en Irán, sin una participación real de sus monarquías aliadas del Golfo, han mermado su confianza en poder contar con la protección estadounidense.

Si bien hasta hace pocos años casi todo el petróleo crudo mundial se pagaba en dólares, hoy en día una proporción cada vez mayor de las transacciones se realizan en yuanes, rublos, rupias y, en menor medida, euros. China, en particular, está trabajando para fortalecer el papel internacional del yuan mediante la promoción de acuerdos comerciales en monedas locales y la creación de infraestructuras financieras alternativas al sistema dominado por Estados Unidos.

Entre estos proyectos se encuentra mBridge, lanzado en 2022 bajo los auspicios del Banco de Pagos Internacionales (BPI), con sede en Suiza. Se trata de una plataforma de pagos transfronterizos para transacciones con las monedas digitales de los bancos centrales de China, Hong Kong, Tailandia, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Esta infraestructura, que permite pagos seguros, instantáneos, económicos y de acceso universal, es independiente del circuito SWIFT y, por lo tanto, del dólar, reduciendo así la necesidad de este último como intermediario en las transacciones.

Este contexto también incluye el fortalecimiento de los BRICS, inicialmente integrados por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y ahora ampliados con nuevos miembros y socios estratégicos. Estos capitalismos nacionales -que, en realidad, tienen poco más en común- buscan reducir su dependencia del dólar en el comercio internacional.

Por consiguiente, las reservas mundiales de dólares, que en la década de 1970 representaban aproximadamente el 85% del total, se están reduciendo lentamente, un proceso gradual que podría acelerarse debido al abuso del poder financiero de Estados Unidos como herramienta política.

Según un informe reciente de Deutsche Bank, las tensiones y los conflictos en Oriente Medio están poniendo a prueba algunos de los fundamentos históricos del petrodólar. Los analistas hablan abiertamente de una posible “tormenta perfecta” para el sistema monetario dominado por Estados Unidos.

Por lo tanto, la cuestión no parece ser si el dólar perderá parte de su importancia a nivel mundial, sino con qué rapidez se producirá esta transformación y cuáles serán las consecuencias económicas, sociales, políticas y militares para Estados Unidos y para todo el sistema global.

Durante décadas, Estados Unidos se ha beneficiado del papel del dólar como instrumento de presión decisiva en la economía global. Sin embargo, este mismo uso del dólar como herramienta de presión -por ejemplo, la congelación de las reservas del banco central ruso tras el conflicto en Ucrania- está impulsando a muchos países a buscar alternativas.

Actualmente, los mayores tenedores extranjeros de deuda pública estadounidense son Japón y China. La transformación en curso de las carteras de valores de estos dos países parece estar motivada por estrategias graduales a largo plazo. La reducción de la exposición a la deuda estadounidense no parece deberse al pánico ni a una crisis temporal, sino a decisiones maduradas con el tiempo.

Por ejemplo, China poseía aproximadamente 1,3 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense en 2013; hoy, esa cifra ha caído por debajo de los 760.000 millones de dólares, una reducción significativa, pero que se ha producido a lo largo de una década. Japón, si bien sigue siendo el mayor tenedor extranjero de deuda estadounidense, también está reduciendo gradualmente su exposición: en el tercer trimestre de 2024, los inversores japoneses vendieron casi 62.000 millones de dólares en bonos del Tesoro; China vendió más de 51.000 millones de dólares en el mismo período.

Pero cuando dos de los mayores acreedores del mundo se mueven simultáneamente en la misma dirección, el fenómeno adquiere inevitablemente un significado más profundo. Sin duda, existen razones técnicas financieras que explican esto. En el caso de Japón, el cambio en la política monetaria del banco central ha hecho más atractivas las inversiones nacionales en yenes, reduciendo el interés en los bonos denominados en dólares y el riesgo asociado a las fluctuaciones cambiarias.

Pero las razones no son solo financieras. Cada vez más inversores observan con preocupación la trayectoria de la deuda pública estadounidense y los pagos de intereses, que han alcanzado niveles altísimos. Se estima que el gobierno federal habrá gastado aproximadamente 1,22 billones de dólares en estas deudas en 2025, o 100 mil millones de dólares al mes. Esto genera dudas sobre la sostenibilidad a largo plazo del sistema financiero estadounidense.

En este contexto, China ha acelerado su diversificación financiera. Ha incrementado progresivamente sus reservas de oro, considerado un bien menos vulnerable a las sanciones internacionales, y al mismo tiempo ha favorecido los acuerdos comerciales bilaterales en monedas locales.

El hecho de que incluso Japón, un aliado histórico de Estados Unidos, esté priorizando cada vez más los intereses económicos nacionales sobre la estabilidad del sistema financiero estadounidense se debe a graves problemas internos: una deuda pública extremadamente alta, un crecimiento estancado y una moneda debilitada.

Durante décadas, el mercado de bonos del Tesoro estadounidense ha representado la mayor parte de las finanzas globales. Esto está cambiando hoy: mientras que en 2008 los inversores extranjeros poseían el 49% de la deuda estadounidense, ahora poseen el 30%. Este descenso se describió así el 10 de mayo en “Il Sole 24 Ore”, el periódico de la confederación empresarial italiana Confindustria: «Los bancos estadounidenses han quintuplicado los bonos del Tesoro en sus balances: en 2022 -según datos de la Reserva Federal de Nueva York- poseían 106.000 millones de dólares, y ahora (a 22 de abril) poseen 518.000 millones de dólares. Pero sus esfuerzos no son suficientes para mantener bajos los rendimientos, dada la velocidad a la que crece la deuda pública estadounidense. Esto se debe también a que, en las últimas semanas, con las importantes turbulencias del mercado provocadas por la guerra en Irán, algunos de los grandes compradores recientes se han convertido en vendedores: según cálculos de Bloomberg basados en datos de la Reserva Federal publicados el viernes, por ejemplo, Japón vendió bonos del Tesoro la semana pasada para apoyar al yen. Por lo tanto, los rendimientos tienen dificultades para bajar».

Para atraer nuevos inversores, Estados Unidos debe ofrecer mayores rendimientos en sus bonos. Pero tipos de interés más altos también implican mayores costes de deuda pública. En consecuencia, el déficit crece aún más y aumenta la necesidad de emitir nueva deuda, alimentando lo que se conoce como una “espiral de deuda”.

Las consecuencias no se limitan al ámbito financiero. El aumento de los rendimientos de los bonos del Tesoro repercute en las hipotecas y el crédito corporativo, lo que traslada los costos a la clase trabajadora, los préstamos estudiantiles y el costo de vida de los trabajadores estadounidenses. Al mismo tiempo, reduce los salarios diferidos que proporcionan los servicios públicos.

La pérdida del dominio de los mercados financieros y monetarios mundiales y el aumento desmesurado de la deuda pública podrían desencadenar el colapso del capitalismo estadounidense, ya en decadencia, impulsado por el declive industrial, comercial y bancario. Se verá obligado a usar su poderío militar para contrarrestar o influir en el crecimiento de los imperialismos rivales. Para el proletariado estadounidense, ya castigado por años de crisis económica, se avecina un futuro de nuevos sacrificios, incluido el supremo: ser desplegado en una guerra contra sus hermanos de clase que visten otros uniformes.

Lo mismo ocurre al otro lado de los océanos: el oro, los acuerdos bilaterales sobre monedas locales, los sistemas de pago autónomos, la internacionalización del yuan: todos estos fenómenos no representan el nacimiento de un orden estable y más justo, como fantasean los propagandistas multipolares, sino simplemente el intento de las nuevas potencias capitalistas de crearse o aumentar un espacio autónomo para sí mismas en la lucha imperialista global.

Aquí reside el engaño fundamental de cualquier interpretación nacionalista del fenómeno. Ni China ni los BRICS representan una liberación de la humanidad del dominio del capital. Simplemente representan otras capitales nacionales que avanzan contra el antiguo centro hegemónico estadounidense.

La realidad histórica es que el capitalismo global ha entrado en una fase de fragmentación cada vez más violenta. La era de la globalización triunfante está dando paso a una nueva competencia interimperialista en la que cada Estado busca proteger su capital nacional frente a los demás.

El colapso general del capitalismo arrastrará consigo la deuda pública, convirtiendo los activos financieros en papel sin valor. Y planteará a la clase trabajadora internacional una disyuntiva: la guerra, mediante la cual los vencedores eliminarán todas las cuentas y darán inicio a un nuevo ciclo de acumulación, o la revolución comunista, que aniquilará no solo todo el crédito, sino también el propio régimen del capital.





EL INFORME DE LA REUNIÓN CONTINÚA EN EL PRÓXIMO NÚMERO