El Partido Comunista Internacional
El Partido Comunista Internacional N. 50 - Mayo de 2026
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Indice
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Actualizado el 20 mayo de 2026
organo de partido
Lo que distingue a nuestro partido: – la línea de Marx a Lenin a la fundación de la III Internacional y del Partido Comunista de Italia a Livorno 1921, a la lucha de la Izquierda Comunista Italiana contra la degeneración de Moscú, al rechazo de los Frentes Populares y de los bloques partisanos
– La dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionario, en contacto con la clase obrera, fuera del politiqueo personal y electorero
Contenido:


 – Primero de Mayo 2026 ¡proletario de todos los países, uníons! ¡contra el rearme, contra la guerra, por el comunismo!
 – Desde Venezuela hasta Irán, la ofensiva estadounidense por el "domino" energético global anticipa la futura guerra mundial
 – El alto precio del la guerra: ¿un proletariado rearmado?
 – El camino hacia la guerra en Irán: el régimen de sanciones globales
 – Monarquías del golfo, carne de cañón desgastada para el imperialismo de EEUU
 – Rojava: el colapso definitivo de otro mito nacional
 – El infierno del Congo: la macabra danza de los bandas burguesas y de los imperialismos, entre escenarios de guerra y sangre obrera
 – De los ataques con drones y los futuros del petróleo
 – "Gran victoria patriótica". El 9 de mayo se celebra el capitalismo ruso -estalinista y posestalinista - heredero de la contrarrevoluciónen
 – En el Partido Comunista: "no amar a nadie - amar a todos"
 – Democracia y fascismo: el Giano de dos caras del capitalismo
 – La guerra y el fascismo solo serán detenidos por la lucha de clase con el derrocamiento revolucionario del capitalismo

POR EL SINDICATO DE CLASE:
 – Huelga de trabajadores chinos en Rusia
 – Solidaridad internacional con los trabajadores textiles de Turquía
 – Venezuela: El oportunismo frena la lucha de clase y aparta a los trabajadores de la huelga general por aumento salarial
 – Vietnam: de campeón anticolonialista a aspirante a imperialismo
 – Estados Unidos: Complots de oportunistas sobre el Primero de Mayo

VIDA DE PARTIDO:
 – Conferencia pública en Portland
 – Un primer encuentro on-line con los nuevos camaradas de lengua inglesa

 REUNIÓN INTERNACIONAL, del 24 y 25 de enero de 2026:
 – Un capitalismo maduro en Filipinas









Primero de mayo 2026
¡Proletarios de todos los países, uníos!
¡Contra el rearme, contra la guerra
Por el comunismo!


¡Trabajadores! ¡Compañeros!

El Primero de Mayo es la jornada en la que el proletariado mundial reafirma su propia identidad de clase internacional, enemigo histórico del capital, solidario por encima de cualquier frontera nacional. Mientras el capitalismo –después de haber prometido paz y progreso– está arrastrando a la humanidad hacia una nueva guerra catastrófica, nosotros reafirmamos que la única guerra en la que el proletariado tiene que combatir es la de los explotados contra los explotadores.

Porque el proletariado de todos los países no obtiene ninguna ventaja al alinearse en defensa de la Patria y de los intereses nacionales de la propia burguesía y de su propio Estado, ya sea Ucraniano o Ruso, Iraní o Estadounidense, Israelí o un ilusorio Estado palestino.

Las guerras ya no son para el advenimiento de ordenamientos estatales nacionales y a regímenes modernos, sino monstruosas convulsiones de un capitalismo en su descompuesta histórica agonía, que ya no encuentra salidas para sus mercancías en la crisis de las producciones y de las ganancias.

Esta necesidad de las destrucciones bélicas es asumida por los diversos Estados imperialistas, que se lanzan al abismo no por los motivos ideales, nacionales o religiosos con los que justifican el exterminio de pueblos enteros, sino por sus egoístas intereses materiales: la conquista de posiciones estratégicas y el acaparamiento de materias primas. Además del enorme negocio en la producción y comercialización de bombas, misiles, aviones, tanques...

Estas verdaderas razones de las guerras se ocultan a la clase obrera para arrastrarla al frente con el terrorismo ideológico y la demente y brutal propaganda militarista. El “enemigo” es deshumanizado para justificar matanzas y masacres, porque las guerras modernas, cada vez más destructivas, tienen el objetivo de segar vidas de proletarios a ritmo industrial. Ya se prevé, de hecho –en los países en los que había sido suspendido– la reintroducción del servicio militar obligatorio. La clase obrera es inmolada en la guerra burguesa. Hoy, el rearme de los Estados lo sufren los trabajadores con el empeoramiento de los salarios, la imposición de disciplina social, la reducción de los servicios sanitarios, la escuela, etc.

El pacifismo burgués, al ilusionar con la posibilidad de un capitalismo plácido, regulado por el derecho y por instituciones internacionales, desviando a la clase obrera de su función subversiva, llega a constituir una quinta columna del militarismo.

Igual peligro para la sana dirección del proletariado son los partidos falsamente comunistas que querrían alinearlo de un lado o del otro del cambiante frente de choque entre los imperialismos, en actitudes partisanas y de resistencia, con el pretexto de tener que defender a presuntos agredidos o emancipaciones nacionales. Todos los imperialismos son al mismo tiempo agresores y agredidos, y en el mundo ya no hay cuestiones nacionales no resueltas que puedan tener una función social progresista y no ser, en cambio, más que instrumentos de la guerra imperialista, es decir, del supremo instrumento reaccionario.

El capitalismo ha agotado en todas partes cualquier función progresista: ya no es más que un mecanismo de destrucción que genera cíclicamente crisis, guerras y hambrunas, ya sea gestionado por gobiernos que apelan a la democracia y al liberalismo, o por regímenes abiertamente dictatoriales, totalitarios, teocráticos o falsamente “comunistas”. La necesidad imperiosa de los capitalistas del mundo entero es posponer la catástrofe de su modo de producción basado en la producción de mercancías y en el trabajo asalariado, cada vez más absurdo, irracional y arcaico.

El capitalismo está objetivamente acosado por el Comunismo, necesidad que no nace de un ideal moral sino de una realidad históricamente madura.

Por lo tanto, su único enemigo común, por encima de los pasados y futuros frentes de guerra contrapuestos, es, en última instancia, la clase obrera, portadora en sí misma –aunque sea inconscientemente– del Comunismo y de la Revolución política que le abre el camino. Solo el proletariado es la fuerza que puede dar a la crisis de guerra una solución progresista y no reaccionaria.

La internacional y potente clase obrera podrá detener la guerra, transformarla en guerra entre las clases para instaurar el Comunismo, a lo largo de un camino que comienza luchando en defensa del salario y de las propias condiciones de vida y de trabajo y culmina en la revolución, volviendo las armas que la burguesía pondrá en manos de los trabajadores para enviarlos al matadero en la guerra imperialista, ya no contra los hermanos proletarios de otro país, sino contra el propio régimen burgués, según las consignas comunistas de siempre:

¡El enemigo de los trabajadores está en su propio país!

¡Los proletarios no tienen patria!

¡Proletarios de todos los países, uníos!

La guerra de clase de los proletarios es contra la propia burguesía que les pide sacrificios y la vida misma en nombre de la Patria, que no es otra cosa que la patria del capital.

En cada país hoy esto implica, por un lado, luchar por liberar a la clase obrera del control de los sindicatos del régimen que la dividen, la desorganizan e impiden su lucha, reconstruyendo potentes sindicatos de clase; por otro lado, militar en el partido de la revolución comunista internacional.

Para expresar su gran fuerza, la clase trabajadora debe dotarse de sus armas fundamentales de batalla: el Sindicato de clase, que la una y organice, y el Partido revolucionario, que la ilumine y dirija.

En el comunismo, una sociedad mundial donde la producción está planificada para atender las necesidades humanas y no para la ganancia, el trabajo –superado el asalariado– dejará de ser mercancía y explotación, y la armonía social suplantará la anarquía productiva, las miserias y los horrores del capitalismo.

¡POR LA REANUDACIÓN DE LA LUCHA DE CLASES!

¡VIVA EL PRIMERO DE MAYO ROJO!







Desde Venezuela hasta Irán
La ofensiva estadounidense por el “dominio” energético global anticipa la futura guerra mundial

Hoy el mundo presencia el desarrollo de otra masacre proletaria en Oriente Medio por el petróleo. Mientras las imágenes de soldados estadounidenses muertos, son descargados de aviones en ataúdes cubiertos con la bandera estadounidense, los medios de comunicación inundaban con estas imágenes las informaciones durante la primera semana del conflicto, para así avivar el sentimiento patriótico. Recordábamos las escenas de las "guerras interminables" de principios de la década del 2000, donde más de un millón de proletarios iraquíes y afganos murieron en la lucha de Estados Unidos por conquistar Wall Street, el petróleo iraquí, la gestión de los campos de opio afganos por parte de la CIA y el aumento de las existencias de Halliburton, Lockheed Martin y Blackwater. Sin embargo, la guerra no hace sino confirmar una realidad fundamental que solo nuestro Partido ha subrayado durante más de medio siglo: que la creciente crisis de sobreproducción, inherente al modo de producción capitalista, es el rasgo determinante que impulsa los conflictos actuales dentro del imperialismo mundial.

La guerra interimperialista que se libra hoy en Irán, similar a las recientes intervenciones en Venezuela, es producto de esta crisis. Una guerra que interrumpe la producción de petróleo en la región permitirá a los monopolios petroleros estadounidenses seguir aumentando su ventaja en los mercados mundiales de exportación de energía, frente a la competencia de los cárteles petroleros del Golfo y la OPEP+, al tiempo que incrementa – y, por ende, financia – la demanda de su industria armamentística.

Lograr el dominio energético es una estrategia importante del imperialismo estadounidense para contener económicamente al imperialismo chino; sin embargo, esto conllevará un aumento desmesurado de la deuda nacional de Estados Unidos, acelerando la próxima y catastrófica crisis económica. Dicha deuda solo es sostenible mediante el dominio financiero, y este, a su vez, mediante el dominio militar.

Mientras tanto, la burguesía iraní utilizará la guerra para consolidar su control sobre el proletariado industrial, cada vez más rebelde, sacrificándolo para que los beneficios del petróleo vendido a China sigan fluyendo a sus bolsillos.

La guerra en Irán es una etapa más en un proceso destinado a desembocar en una tercera guerra mundial, si el proletariado no lo impide. Las estrategias de los distintos imperialismos no siempre son claras, ni siquiera para los propios capitalistas. Los imperialismos chino y ruso están en apuros: carecen de la fuerza para oponerse al imperialismo estadounidense, militarmente superior, por lo que, por ahora, parecen limitarse a hacer declaraciones superficiales. Naturalmente, seguirán armando a Irán y ayudándolo con la inteligencia proporcionada por sus satélites: Irán es demasiado importante para China y Rusia, económica, militar y estratégicamente. Dejar ese país en manos de un imperialismo rival sería un duro golpe para ambos. La dificultad reside en hacerlo sin extralimitarse. Ciertamente no han olvidado lo ocurrido durante la guerra de Estados Unidos y la OTAN contra Serbia en 1999: China proporcionaba a Serbia información sobre los movimientos de tropas de la OTAN y, entonces, "por error", la embajada china en Belgrado fue alcanzada por tres misiles estadounidenses.

Incluso el imperialismo militarmente más poderoso, Estados Unidos, tiene sus problemas: si librara dos o tres guerras simultáneamente, se enfrentaría a considerables dificultades. El Pentágono parece poco entusiasmado con la guerra contra Irán, ya que, si se prolongara, su reducido arsenal de misiles y diversos equipos militares resultaría insuficiente para sostener una posible nueva guerra.

Los distintos estados europeos se ven tentados a seguir sus propias políticas imperialistas, pero, al carecer de la fuerza necesaria, vacilan entre servir a su eterno amo, Estados Unidos, y distanciarse tímidamente de él. Saben que corren el riesgo, como Arlequín, de servir a dos amos y ser derrotados tanto por el antiguo como por el nuevo, ya sea China o quien sea. Por lo tanto, enmascaran su impotencia invocando la «democracia» y el «derecho internacional».

A los capitalistas estadounidenses les gustaría replicar lo sucedido en Venezuela, apoyando a una potencia, nueva o antigua, que obedezca sus órdenes y que, entre otras cosas, venda o no venda petróleo según sus intereses. Evidentemente, esto no es tan fácil de lograr en Irán como lo fue en Venezuela.

Mientras tanto, podrían armar a algunas minorías étnicas y religiosas, como los kurdos, los baluchis, los árabes e incluso, tal vez, los azeríes. Al parecer, se está intentando con los kurdos, cuyos partidos nacionalistas en Siria fueron abandonados por Estados Unidos, que los había apoyado, pocas semanas antes de la guerra. Sin embargo, esto no significa necesariamente que no se vaya a intentar este enfoque. Los líderes burgueses kurdos siempre se han vendido a las burguesías de otros países para luchar contra el Estado anfitrión o contra grupos kurdos rivales, actuando, cada vez más, como milicias mercenarias.

De este modo, Irán quedaría dividido en zonas de influencia, como ya ha ocurrido en Irak y Siria, viéndose obligado a renunciar a sus pretensiones de imperialismo regional.

El Estado de Israel, en nombre de los estadounidenses, reforzaría así su dominio sobre todo el Cercano y Medio Oriente, encontrándose compitiendo únicamente con el imperialismo turco que, incluso antes de la guerra actual, parecía ser el nuevo principal adversario del imperialismo israelí, sustituyendo al imperialismo iraní.

La propaganda sobre el "Gran Israel" y otras formas de supremacismo religioso y judío sirven a los intereses del imperialismo estadounidense, del cual Israel es simplemente el vasallo más importante y fiel ejecutor. Es heredero de Eichmann, no de los millones de judíos exterminados por el nazismo. Al controlar Oriente Medio, los capitalistas estadounidenses podrían posicionarse como líderes frente a su principal enemigo, China, contra quien se dirige principalmente la guerra contra Irán.

Pero todas estas estrategias más o menos plausibles del imperialismo, que es la fase suprema del capitalismo y no una categoría moral, tienen un punto débil: el surgimiento de ese "huésped de piedra": el proletariado.

Incluso en la hipótesis puramente teórica – e imposible – de un único país imperialista que dominara absolutamente el mundo, no sería inmune al empeoramiento de la crisis económica derivada de la sobreproducción capitalista y, por consiguiente, a la necesidad de aumentar el nivel de explotación de la clase obrera internacional, alimentando así la lucha de clases. Lejos de ser más fuerte por estar libre de imperialismos opositores, sería más débil porque no podría frenar ni desviar la lucha de clases con la guerra, con el enemigo externo, con el nacionalismo, con las masacres y la destrucción propia de la guerra.

Esto explica el significado y el propósito más profundo de la guerra imperialista: una guerra contra el proletariado y la revolución, incluso antes de ser una guerra por el reparto de las ganancias obtenidas de la explotación del proletariado.

Y de esto se desprende la única manera de prevenir o detener la guerra imperialista. Mientras el proletariado permanezca prácticamente inmóvil y petrificado, el capitalismo podrá librar todas las guerras y masacres que desee, como todos podemos observar. Cuando el «huésped de piedra» se mueva y se desprenda del poder de la burguesía, como ha sucedido a lo largo de la historia y volverá a suceder, esta última está condenada.

Evidentemente, para que la burguesía esté condenada, el proletariado no debe presentarse como una masa desorganizada de individuos, sino organizado dentro de su unión de clase y liderado por su Partido Comunista. Esta es la única respuesta lógica que el proletariado puede dar a una guerra mundial.

Por lo tanto, reiteramos nuestros lemas habituales: Pan y paz - Guerra o revolución - Los proletarios no tienen patria - El enemigo está dentro de nuestras fronteras.







El alto precio de la guerra: ¿un proletariado rearmado?

Las primeras etapas de la guerra en Irán ya ilustran el patrón económico familiar del conflicto imperial moderno: inmensos gastos estatales y una creciente deuda nacional, junto con ganancias privadas para las corporaciones. El gobierno de EEUU gastó aproximadamente 5.600 millones de dólares en municiones solo en los dos primeros días de los ataques, y los funcionarios de la administración estiman que la guerra costó más de 11 mil millones de dólares en sus primeros seis días, preparando el Congreso para posibles solicitudes de financiación suplementaria que se acercan a los 50 mil millones de dólares para sostener las operaciones y reconstruir los inventarios militares solo una semana después. A un mes de iniciada, el Pentágono también está preparando planes para una solicitud de 200 mil millones de dólares para sostener las operaciones en la región. Estas guerras generan ganancias inesperadas para las corporaciones energéticas y de defensa, al tiempo que aumentan los déficits y el endeudamiento del Estado. Sin embargo, el Estado no puede endeudarse infinitamente sin aumentar el riesgo de una crisis económica catastrófica. La dinámica no es nueva. La crisis financiera de 2008 expuso la contradicción entre los masivos gastos destructivos de la guerra imperial y la capacidad decreciente de la economía para sostenerlos. Durante años, la burguesía estadounidense había financiado la ocupación de Irak mediante deuda, mientras presentaba el conflicto como una defensa de la seguridad nacional. Pero cuando el propio sistema financiero entró en crisis con bancos colapsando, créditos congelándose y millones de personas perdiendo sus empleos y hogares, el costo de la guerra apareció bajo una luz diferente, y el apoyo a la continuación de las campañas militares entre la burguesía se fue erosionando.

Las guerras contemporáneas dependen de sistemas extremadamente costosos y complejos (municiones de precisión, aeronaves avanzadas, drones y sistemas de puntería asistidos por satélite) que se consumen mucho más rápido en combate sostenido de lo que pueden ser reemplazados. En la guerra de Ucrania, por ejemplo, se informó que Estados Unidos producía solo unas 14.000 municiones de artillería de 155 mm por mes antes de 2022, mientras que las fuerzas ucranianas llegaron a disparar entre 6.000 y 8.000 proyectiles por día, lo que obligó a realizar esfuerzos de emergencia para expandir la producción hacia 70.000 – 100.000 por mes, un proceso que se espera lleve años. De manera similar, las existencias de armas avanzadas como los misiles antitanques Javelin y los sistemas de defensa aérea Stinger se agotaron significativamente, teniendo que reiniciarse o expandirse las líneas de producción después de años de producción limitada. Los funcionarios de defensa estadounidenses han reconocido que las actuales “tasas de consumo... están mucho más allá de lo que la mayoría de las industrias de defensa estaban preparadas para suministrar”, lo que destaca el desajuste entre la capacidad de producción en tiempos de paz y la demanda en tiempos de guerra.

Al mismo tiempo, el costo y la complejidad de los sistemas modernos ralentizan significativamente su reemplazo: los misiles avanzados pueden costar desde cientos de miles hasta varios millones de dólares cada uno, mientras que plataformas como el F-35 Lightning II requieren largos plazos de producción y cadenas de suministro altamente especializadas, lo que lleva a analistas de instituciones como el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y la Corporación RAND a advertir que la reconstrucción de las reservas de municiones de precisión podría llevar varios años incluso expandiendo el financiamiento.

Históricamente, cuando los arsenales tecnológicamente avanzados se agotan o se ven limitados, la guerra tiende a revertir hacia formas más intensivas en mano de obra, dependiendo de un mayor número de tropas para sostener las operaciones. En este sentido, el propio carácter intensivo en capital de los ejércitos modernos contiene un límite: a medida que el costo y la escasez de los sistemas avanzados chocan con las demandas de una guerra prolongada, los Estados pueden verse obligados a volver a movilizar soldados proletarios a mayor escala. La implicación es que debajo de la superficie de la guerra de alta tecnología, la realidad social subyacente se reafirma, la posible reaparición de ejércitos de masas, enfrentando una vez más a la clase dominante directamente con una fuerza proletaria armada. Si bien la guerra en Irán aún no ha visto despliegues masivos de tropas estadounidenses como ocurrió en Irak, Karoline Levitt afirma que Trump se niega a “sacar de la mesa” un proyecto de ley que reclutaría estadounidenses para la guerra. Si bien una invasión terrestre masiva de Irán es improbable, no es imposible y, de hecho, probablemente será necesaria si Estados Unidos se ve envuelto en una guerra convencional a largo plazo.

La guerra hoy es mucho más intensiva en capital que en el pasado, como se observa en el contraste con la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos produjo más de 300.000 aviones y decenas de miles de tanques a costos unitarios relativamente bajos, como el bombardero B-24 a unos 300.000 dólares (≈5–6 millones de dólares hoy), mientras que los sistemas modernos implican costos dramáticamente más altos, con un F-35 valorado entre 80 y 100 millones de dólares, portaaviones que superan los 13 mil millones de dólares, misiles de precisión que cuestan entre 1 y 4 millones de dólares por uso, y las guerras recientes en Irak y Afganistán alcanzando los 2-3 millones de dólares por soldado por año. Como observó Friedrich Engels, “nada depende más de las condiciones económicas que precisamente el ejército y la armada”, y en este caso, el carácter altamente financiarizado, cargado de deudas y especulativo de la economía estadounidense se refleja en un ejército que es extraordinariamente caro, tecnológicamente avanzado y dependiente de flujos continuos de capital. Una fuerza así, aunque inmensamente destructiva, también está estructuralmente cargada por las mismas contradicciones que la economía que la produce, sugiriendo que cuando se enfrenta a crisis sociales más profundas y a una posible oposición de masas, lleva dentro de sí los límites y las inestabilidades del sistema que defiende.

La conexión entre el gasto bélico, la crisis económica y la agitación social en medio del reclutamiento masivo tiene un precedente histórico. La guerra de Vietnam contribuyó significativamente a la inestabilidad fiscal y monetaria de finales de la década de 1960, ya que los gastos militares aumentaron mientras que la tributación se quedó atrás, alimentando la inflación y ayudando a desestabilizar el sistema monetario internacional antes del colapso del orden de Bretton Woods en 1971. En siglos anteriores, presiones similares contribuyeron a crisis revolucionarias. Las enormes deudas acumuladas por la monarquía francesa durante la Guerra de los Siete Años y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos paralizaron las finanzas estatales y ayudaron a provocar las convulsiones de 1789. De manera más dramática, la Revolución Rusa de 1917 surgió de la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, cuando el gasto militar, el colapso económico y las numerosas bajas destrozaron el régimen zarista y radicalizaron a trabajadores y soldados por igual.

Hoy, la burguesía estadounidense es tan arrogante y tan decadente en sus costumbres que no hace ningún esfuerzo por justificar sus conflictos ante el conjunto de la sociedad, pero es precisamente esta arrogancia y falsa certeza de la derrota final del proletariado lo que algún día contribuirá a su caída, cuando las masas trabajadoras despierten de su largo sueño.

El Capitalismo Morirá y el Proletario Será Su Sepulturero

En el contexto actual, la guerra en Irán debe entenderse como una expresión de las contradicciones cada vez más profundas del capitalismo global, arraigadas en la sobreproducción, la competencia intensificada y la tasa decreciente de ganancia. Como ha demostrado el análisis anterior, la lucha por el petróleo, el control de la producción, los puntos de estrangulamiento del transporte marítimo como el estrecho de Ormuz y el acceso a los mercados asiáticos se ha convertido en un elemento central de la rivalidad inter-imperialista. El conflicto refleja no simplemente maniobras geopolíticas, sino el intento de las potencias capitalistas competidoras de resolver el estancamiento económico mediante la redistribución violenta de mercados y recursos. Al mismo tiempo, la guerra se desarrolla en un contexto de creciente deuda soberana entre todos los Estados del mundo, con gastos militares que generan ganancias para los monopolios mientras obligan a los Estados capitalistas a reducir la financiación de programas sociales contrarrevolucionarios y aumentar sus ataques contra la clase trabajadora, intensificando así las contradicciones sociales que inevitablemente conducirán al resurgimiento masivo de la lucha de clases global.

Históricamente, el capitalismo ha buscado superar las crisis a través de la guerra, pero esto siempre ha requerido una enorme expansión financiera. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pudo sostener niveles de gasto sin precedentes mediante una enorme acumulación de deuda, campañas de bonos de guerra y una movilización económica dirigida por el Estado, mientras que el orden de la posguerra se estabilizó con la creación del sistema de Bretton Woods, que reorganizó las finanzas globales en torno al dólar y al crédito estadounidense. Este marco sustentó décadas de expansión, permitiendo que el sistema bancario internacional absorbiera y circulara niveles crecientes de deuda. Sin embargo, este mismo sistema muestra ahora signos de agotamiento: los mecanismos que antes permitían la recuperación se han convertido en fuentes de tensión, a medida que la deuda se acumula sin un crecimiento productivo correspondiente y la arquitectura financiera del capitalismo global se ve cada vez más llevada a sus límites.

Hoy, las condiciones que en su momento hicieron que la expansión bélica a gran escala fuera financiera y materialmente viable se han erosionado fundamentalmente. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pudo sostener un enorme esfuerzo bélico mediante un sistema coordinado de venta de bonos de guerra, impuestos masivos, gasto deficitario y apoyo monetario directo de la Reserva Federal, todo ello bajo condiciones de movilización económica total. Solo los bonos de guerra financiaron aproximadamente el 40–50% de los costos totales, mientras que medidas como la Ley de Ingresos de 1942 transformaron el impuesto sobre la renta en un impuesto masivo y elevaron las tasas marginales máximas por encima del 90%. El gasto federal aumentó de aproximadamente el 10% del PIB en 1940 a más del 40% en 1945, y la deuda total creció de aproximadamente el 40% al 120% del PIB. Crucialmente, esto fue posible gracias a condiciones históricas específicas: capacidad industrial no utilizada desde la Gran Depresión, una alta tasa de ahorro doméstico que podía redirigirse hacia la deuda estatal, racionamiento estricto y controles de precios para suprimir la inflación, y una base manufacturera capaz de convertir rápidamente la producción civil en producción militar. El sistema de Bretton Woods que siguió institucionalizó este modelo a nivel internacional, consolidando el dominio financiero estadounidense y permitiendo la expansión global del crédito en el período de posguerra.

Por el contrario, los Estados contemporáneos entran en nuevos conflictos desde una posición mucho más débil. Estados Unidos hoy ya arrastra una deuda en o por encima del 100% del PIB en tiempos de paz, lo que significa que un aumento bélico comparable llevaría la deuda a niveles sin precedentes. La economía está altamente apalancada en deuda en todos los sectores: hogares, corporaciones y gobierno, dejando mucho menos espacio para la expansión mediante préstamos de bonos de guerra. A diferencia del período de la Segunda Guerra Mundial, cuando la deuda total estadounidense entre hogares, corporaciones y gobierno era aproximadamente del 100–120% del PIB, hoy supera aproximadamente el 250–300% del PIB, lo que significa que toda la economía ya está altamente apalancada y tiene mucha menos capacidad para sostener un endeudamiento adicional a gran escala sin arriesgar la inestabilidad financiera.

A medida que grandes porciones de la deuda soberana vencen en los próximos años, los gobiernos se ven obligados a refinanciar obligaciones que fueron emitidas originalmente bajo tasas de interés ultrabajas a tasas actuales mucho más altas, aumentando drásticamente su costo de endeudamiento. Según datos recientes sobre deuda global, aproximadamente el 40–50% de la deuda soberana en economías avanzadas y en desarrollo vencerá en 2027, lo que significa que billones de dólares deben renovarse en un entorno financiero mucho más caro. Al mismo tiempo, muchas economías importantes ya tienen déficits persistentes, por lo que los crecientes pagos de intereses, que ahora consumen decenas o incluso cientos de miles de millones anualmente, se financian mediante endeudamiento adicional en lugar de ingresos. Esto crea un efecto compuesto: los gobiernos emiten cada vez más nueva deuda no para invertir o estimular el crecimiento, sino simplemente para pagar intereses sobre obligaciones existentes. A medida que aumentan los niveles de deuda y se incrementan los costos de refinanciación, los prestamistas comienzan a exigir mayores rendimientos para compensar el riesgo percibido, aumentando aún más los costos de endeudamiento. A su vez, las tasas de interés más altas empeoran los saldos fiscales, forzando aún más endeudamiento. Este ciclo de retroalimentación, a menudo descrito como una “espiral de muerte de la deuda”, puede alcanzar un punto de inflexión donde los mercados crediticios comienzan a dudar de la capacidad de un Estado para pagar, haciendo que la refinanciación sea prohibitivamente cara o imposible por completo. En esa etapa, incluso las economías capitalistas avanzadas pueden enfrentar condiciones históricamente asociadas con colapsos sistémicos mayores en lugar de la estabilidad moderna, condiciones vistas en crisis anteriores, como las crisis de deuda posteriores a la Primera Guerra Mundial, la hiperinflación de la Alemania de Weimar, o los incumplimientos generalizados y colapsos monetarios de la Gran Depresión. En esos períodos, los gobiernos que enfrentaban cargas de deuda insostenibles y crecientes costos de endeudamiento se vieron forzados a una severa austeridad, experimentaron una rápida devaluación de su moneda o simplemente incumplieron sus obligaciones. Lo que una vez se consideró característico de fases capitalistas “menos desarrolladas” o anteriores (la quiebra del Estado, el colapso del crédito y la grave dislocación social) resurge como una posibilidad real incluso para economías avanzadas cuando la dinámica de la deuda se descontrola.

En un nivel más profundo, el giro hacia la guerra refleja la incapacidad del capital para resolver su crisis mediante la inversión productiva. El exceso de capacidad en sectores clave, incluida la energía, y la débil demanda efectiva restringen la expansión rentable, llevando al capital a buscar salidas alternativas en la especulación, la financiarización y, finalmente, el militarismo. La guerra en Irán, al interrumpir la producción y elevar los precios, alivia temporalmente las presiones competitivas dentro del mercado petrolero, pero lo hace a costa de desestabilizar aún más la economía global. En lugar de superar las contradicciones de la sobreproducción, la guerra puede intensificarlas en ciertos contextos, desviando recursos hacia la destrucción mientras expande la carga de la deuda que pesa sobre la acumulación futura.

Finalmente, la dimensión social de esta crisis ya es visible. El creciente malestar entre el proletariado iraní antes del estallido de la guerra sirve como un canario en la mina del futuro derrotismo proletario. A medida que aumentan las presiones económicas y los Estados trasladan los costos de la crisis a la clase trabajadora mediante la austeridad, la inflación y la represión abierta, se crean las condiciones para nuevas oleadas de lucha de clases en el futuro. Como Friedrich Engels advirtió proféticamente antes de la Primera Guerra Mundial: “Una guerra mundial... llevará a la bancarrota de los Estados y a tal agotamiento general que se crearán las condiciones para la victoria final de la clase trabajadora”. La trayectoria actual del imperialismo conflicto -impulsado por la sobreproducción, pero financiado mediante deuda insostenible- apunta así no hacia la estabilización, sino hacia una convergencia creciente de crisis económica y confrontación de clases a escala global. La actual ola de guerra y rivalidad inter-imperialista en intensificación solo encontrará como respuesta la intensificación de las contradicciones económicas y sociales. A pesar de todos los poderes destructivos, cada vez mayores, de la burguesía, a pesar de su aparato estatal totalitario cada vez más grande, no pueden escapar a la realidad de que, en última instancia, el capital siembra las semillas de su propia destrucción al forzarlos a rearmar a las masas proletarias en una guerra inter-imperialista abierta y, simultáneamente, dar a luz a una mayor lucha de clases a medida que las economías mundiales descienden al caos.







El camino hacia la guerra en Irán: el régimen de sanciones globales

Mientras que en los primeros días de la guerra en Estados Unidos los liberales desempeñaron su papel confusionista, para convencer al público de que la guerra contra Irán surge de la nada y se lanza meramente para distraer a los filisteos que depositan sus votos de los problemas políticos personales de Trump relacionados con los archivos de Epstein, la facción burguesa gobernante no hace ningún esfuerzo serio por justificar su guerra sobre bases reales, aparte de la de avanzar su propio y desnudo interés lucrativo. La realidad es que la guerra contra Irán es solo el último acontecimiento en un conflicto de años de sanciones crecientes por parte de Estados Unidos contra los países productores de petróleo extranjeros y el mayor uso de las fuerzas armadas estadounidenses para regular y controlar el transporte de petróleo de competidores a través del mundo. La conexión entre la guerra interimperialista en Ucrania y la disputa de Estados Unidos con el imperialismo ruso, junto con el reciente ataque a Venezuela e Irán, están todos enlazados bajo la búsqueda de Estados Unidos de recortar a estos países productores de petróleo que durante años han alimentado el crecimiento del poder industrial chino y ahora ofrecen hacer lo mismo para India. Mientras el poder industrial del imperialismo estadounidense disminuye, este pretende aprovecharse como el productor de petróleo dominante y potencia militar, para mantener su estatus como potencia financiera dominante.

Estados Unidos fue el único país, junto con Alemania, en recuperar y superar el pico de producción industrial anterior a la crisis de 2008. Esto fue gracias al aumento de la producción petrolera. El índice de producción manufacturera de EE. UU. nunca se recuperó a su nivel anterior a la crisis. Alemania, sin embargo, que se había recuperado, vio afectado su poder industrial y manufacturero por la guerra en Ucrania.

Al inicio del segundo mandato de Trump, este presionó por un petróleo global más barato para apoyar el poder adquisitivo de los consumidores y compensar la inflación. A pesar de que la producción estadounidense alcanzó un récord de 13,6 millones de barriles por día en 2025, según la Administración de Información Energética de EE. UU., y de que las exportaciones cayeron aproximadamente un 3% hasta cerca de 4,0 millones de barriles por día, en parte porque más crudo permaneció en Estados Unidos para reabastecer la Reserva Estratégica de Petróleo. Al mismo tiempo, los ejecutivos petroleros argumentaron que los precios por encima de aproximadamente 70–80 dólares por barril eran necesarios para justificar la expansión de la perforación de esquisto, reflejando la estructura cíclica de la industria petrolera en la que los precios altos estimulan nueva perforación que eventualmente aumenta la oferta y presiona los precios a la baja, mientras que los precios bajos desencadenan quiebras y consolidaciones antes de que el ciclo comience de nuevo. Durante 2025, el aumento de las exportaciones de Irán y Venezuela incrementó la oferta global y compitió con el crudo estadounidense en mercados clave, ayudado por la expansión de una “flota fantasma” de tanqueros que elude sanciones y por patrones comerciales cambiantes vinculados a la invasión rusa de Ucrania, lo que reconfiguró los flujos petroleros globales y fomentó ventas de crudo con descuento a compradores asiáticos, particularmente China. Al mismo tiempo, la aplicación de sanciones en el mar se volvió más difícil debido a que los recursos navales de EE. UU. estaban distribuidos en múltiples teatros, mientras que el débil crecimiento de la demanda global debido a aranceles, ciclos de mantenimiento de refinerías y cuellos de botella logísticos en las terminales de exportación de la Costa del Golfo limitaron aún más la expansión de las exportaciones de petróleo estadounidense a pesar de la producción doméstica récord. Podemos ver aquí el incentivo económico del repentino ataque relámpago del imperialismo estadounidense contra sus competidores petroleros en Venezuela e Irán.

Las sanciones reimpuestas por la administraciónón Trump sobre Irán en 2018, tras retirarse del tratado nuclear negociado por Obama, estaban explícitamente dirigidas al sector petrolero y se introdujeron en un momento en que los funcionarios estadounidenses argumentaban que la creciente producción estadounidense daba a Washington nueva libertad para ejercer presión económica. El petróleo había sido objetivo en sanciones anteriores, particularmente las medidas de EE. UU. y la UE impuestas en 2012 que redujeron las exportaciones iraníes aproximadamente a la mitad. Sin embargo, la campaña de 2018 marcó un renovado esfuerzo por estrangular la principal fuente de ingresos del Estado iraní. Al anunciar las sanciones, Donald Trump prometió el “más alto nivel de sanciones económicas”, con el objetivo de reducir las exportaciones de petróleo de Irán a “cero”. Los funcionarios estadounidenses argumentaron que el aumento de la producciónón de petróleo y gas estadounidense había cambiado el panorama estratégico, permitiendo a Washington sancionar a productores rivales sin desencadenar crisis de oferta. Dentro de este marco, la campaña de “máxima presión” buscaba no solo forzar concesiones sobre el programa nuclear iraní, sino también reducir a su justa medida a un importante exportador de los mercados globales y reforzar el papel de los productores estadounidenses y aliados en el mercado energético internacional.

Las exportaciones de petróleo de Irán colapsaron tras la reimposición de las sanciones estadounidenses en 2018, alcanzando sus niveles más bajos alrededor de 2020-2021, con aproximadamente 200,000-300,000 barriles por día, cayendo de 2 millones por día o el 5% de la cuota del mercado petrolero global a menos del 1%. En los años siguientes, las exportaciones se recuperaron lentamente, primero a alrededor de 600,000–800,000 barriles por día para 2021, y luego aumentaron bruscamente después de la invasión rusa de Ucrania en 2022, llegando finalmente a aproximadamente 1,5–2,0 millones de barriles por día en 2024–2025, con algunos meses superando los 2 millones de barriles por día. Un factor clave que permitió esta recuperación fue la rápida expansión de la “flota fantasma”. Estas mismas redes logísticas que Rusia comenzó a utilizar para eludir las sanciones petroleras occidentales después de 2022 también crearon un conjunto mucho mayor de buques, intermediarios y estructuras comerciales que Irán podía usar para mover crudo fuera del sistema marítimo y financiero tradicional. Debido a que estos envíos ocurren frecuentemente a través de cadenas complejas que involucran comerciantes extraterritoriales, buques con matrícula cambiada y mezcla de grados de crudo, rastrear y probar violaciones de sanciones se volvió significativamente más difícil.

Los gobiernos occidentales escalaron gradualmente la aplicación de sanciones desde penalizaciones financieras hasta la intervención marítima directa. Estados Unidos y los Estados europeos sancionaron a cientos de buques vinculados al comercio energético ruso, detuvieron buques sospechosos en puertos europeos y llevaron a cabo interdicciones dirigidas a tanqueros que transportaban crudo sancionado. Por ejemplo, las autoridades europeas incautaron varios tanqueros de la flota fantasma que transportaban petróleo ruso en puertos del Báltico y el Mar del Norte, mientras que Estados Unidos persiguió e incautó buques vinculados a las exportaciones petroleras venezolanas e iraníes en el Caribe y el Atlántico.

La aplicación de sanciones provocó cada vez más respuestas militares o acciones marítimas coercitivas por parte de los Estados objetivo. La presión financiera, las prohibiciones de seguros, las restricciones bancarias y el tope de precios del G7 evolucionaron gradualmente hacia una campaña que involucraba patrullajes navales y enfrentamientos con fuerzas militares de Estados rivales.

En los meses previos a la apertura de la ofensiva estadounidense e israelí en Irán en marzo de 2026, el Golfo Pérsico fue testigo de meses de crecientes enfrentamientos marítimos. El 5 de febrero de 2026, Irán incautó dos tanqueros petroleros extranjeros cerca de la Isla Farsi en el Golfo Pérsico, acusándolos de contrabandear aproximadamente 1 millón de litros de combustible, y detuvo a quince miembros de la tripulación, un incidente que ocurrió en medio de crecientes tensiones y justo antes de las renovadas conversaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán. Temprano, el 3 de febrero de 2026, varios pares de lanchas armadas de la Guardia Revolucionaria Iraní se acercaron a un tanquero con bandera estadounidense en el Estrecho de Ormuz, lo que llevó a que el buque fuera escoltado fuera de allí por un buque de guerra estadounidense. Estos incidentes ocurrieron junto a una serie de demostraciones militares iraníes dirigidas al corredor energético clave de la región. La Guardia Revolucionaria Islámica lanzó ejercicios navales con fuego real en el Estrecho de Ormuz el 1 y 2 de febrero, seguidos de un ejercicio más grande que comenzó el 16 de febrero, durante el cual se probaron misiles y drones y partes de la vía navegable fueron cerradas temporalmente por razones de seguridad. El Estrecho, por el que pasa aproximadamente el 20% del comercio petrolero global, fue parcialmente cerrado durante varias horas el 17 de febrero mientras las fuerzas iraníes realizaban ejercicios y lanzamientos de misiles destinados a demostrar su capacidad para controlar ese punto de estrangulamiento.

Junto con las incautaciones de buques iraníes, los ejercicios navales y los cierres temporales del Estrecho de Ormuz, este ciclo de enfrentamientos marítimos, aplicación de sanciones y maniobras militares en uno de los corredores petroleros más importantes del mundo aumentó constantemente el riesgo de conflicto directo, escalando previsiblemente hasta la guerra actual.







Monarquías del Golfo
Carne de cañón desgastada para el imperialismo de EEUU

Los perdedores inmediatos del impacto en el transporte marítimo a través del Estrecho de Ormuz son Arabia Saudita y los productores de petróleo del Golfo en general. Su sistema de exportación es el que ha quedado físicamente interrumpido, militarmente expuesto y comercialmente atascado por la guerra. Por el Estrecho se transporta normalmente unos 20 millones de barriles de petróleo al día, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo y cerca de una cuarta parte del comercio de petróleo por vía marítima. Cuando el conflicto se intensificó, los flujos a través del punto de estrangulamiento colapsaron drásticamente, con una caída del tráfico de petroleros de más del 80 por ciento durante el pico de la interrupción. Arabia Saudita es el mayor exportador que depende de este corredor, representando aproximadamente el 37% de los envíos de crudo que pasan por Ormuz, seguido de Irak, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Irán y Kuwait. Con los ataques a la navegación y a la infraestructura energética extendiéndose por todo el Golfo, el sistema de exportación de la región se ha convertido efectivamente en un campo de batalla. Saudi Aramco ha advertido que un cierre prolongado tendría “consecuencias catastróficas” para los mercados mundiales de petróleo (con lo cual deben referirse al suyo propio) y los gobiernos del Golfo han comenzado a cuestionar abiertamente el acuerdo de larga data bajo el cual se suponía que Washington garantizaba la seguridad de sus exportaciones energéticas. Incluso las propuestas de sistemas de convoyes navales restaurarían solo una fracción (10%) del tráfico normal de petroleros, dejando un techo físico estricto sobre cuánto crudo puede movilizar la región. Arabia Saudita ha intentado redirigir algunas exportaciones a través de su oleoducto Este-Oeste hacia el puerto de Yanbu en el Mar Rojo, evitando Ormuz por completo, pero el sistema solo puede transportar unos 5 millones de barriles por día, muy por debajo de la capacidad de exportación normal del reino de aproximadamente 7 a 8 millones de barriles por día. Como resultado, incluso con el uso máximo de esta red de oleoductos, una gran parte de la producción de petróleo del Golfo permanece efectivamente atrapada tras el cuello de botella creado por la guerra.

Mientras la producción del Golfo está restringida, los productores rivales continúan vendiendo o se posicionan para capturar la brecha. Rusia ha visto un aumento en sus ingresos energéticos a medida que los precios más altos y el cambio en los flujos comerciales impulsan sus exportaciones hacia los compradores asiáticos. Irán, a pesar de estar en el centro de la guerra, ha continuado exportando crudo. Su centro de exportación clave en la Isla de Kharg, responsable de alrededor del 90% de las exportaciones de petróleo iraní y capaz de cargar hasta 2 millones de barriles por día, sigue siendo crítico para los envíos que aún llegan a los mercados internacionales, principalmente a China. Estados Unidos, como hemos demostrado, también está posicionado para beneficiarse de la interrupción. Los pronósticos gubernamentales, que antes de la guerra predecían una disminución de la producción, ahora esperan que la producción suba aún más hasta aproximadamente 13.8 millones de barriles por día para 2027, ya que los precios más altos fomentan perforaciones adicionales.

Los mercados de capitales de EEUU ya están respondiendo a este cambio. Las instituciones financieras están invirtiendo en nueva capacidad de petroleros programada para entrega a finales de la década, y Washington ha organizado un programa de seguros multimillonario para mantener los envíos de petróleo en movimiento a través de aguas riesgosas. Un ejemplo es el pedido reportado por intereses vinculados a JP Morgan de tres nuevos petroleros de crudo Suezmax en la surcoreana Samsung Heavy Industries, barcos que se espera sean entregados para febrero de 2029. Los informes de la industria señalaron que el acuerdo refleja las expectativas de que “las tensiones geopolíticas a largo plazo y la oferta de transporte más ajustada” mantendrán la demanda de grandes transportadores de crudo capaces de mover petróleo fuera de las rutas más vulnerables del Golfo. Al mismo tiempo, el gobierno de EEUU ha respaldado un programa de seguros y reaseguros marítimos de 20 mil millones de dólares para estabilizar el tráfico de petroleros a través de aguas peligrosas como el Estrecho de Ormuz. Tomados en conjunto, estos movimientos muestran que los principales actores financieros no están tratando la interrupción como una crisis de corta duración, sino que están asignando capital bajo el supuesto de que los flujos globales de petróleo seguirán siendo inestables el tiempo suficiente para que los proveedores ajenos al Golfo amplíen su cuota de mercado.

Los analistas estiman que el conflicto ya ha eliminado alrededor de 10 millones de barriles por día de producción en los países del Golfo, una de las mayores interrupciones en los mercados petroleros modernos. Debido a que reiniciar grandes campos petroleros puede ser complejo y riesgoso, es posible que algunos pozos nunca recuperen su productividad previa incluso después de que termine el conflicto. En efecto, las interrupciones geopolíticas pueden transformar un bloqueo de exportación a corto plazo en reducciones a largo plazo de la capacidad petrolera mundial, ajustando el suministro y elevando el precio base de la energía en todo el mundo.

Lo que está en juego es enorme porque Asia domina la demanda de petróleo del Golfo. Casi el 90% del crudo enviado a través del Estrecho de Ormuz está destinado a los mercados asiáticos, recibiendo solo China alrededor del 38% del total e India aproximadamente el 15%. La dependencia de India del petróleo del Medio Oriente la hace particularmente vulnerable a las interrupciones por la guerra con Irán. El país consume unos 5 millones de barriles de petróleo al día e importa aproximadamente el 80–85% de su crudo, proviniendo alrededor del 55–60% de esas importaciones de los productores del Golfo Pérsico.

A medida que el suministro del Golfo se vuelve más incierto en medio del conflicto con Irán, los funcionarios y las empresas energéticas de EEUU buscan capturar una mayor participación del mercado de importación de la India, redirigiendo potencialmente una parte de los aproximadamente 3 millones de barriles por día de las importaciones indias de crudo del Medio Oriente hacia las exportaciones estadounidenses, de las cuales ya ha capturado unos 4,5 mil millones de dólares en compras en la primera mitad de 2025, en medio de la escalada en la aplicación de sanciones contra los “petroleros de la flota sombra” rusos, contribuyendo a un aumento interanual del 24% en las importaciones de la India desde los Estados Unidos.

Durante décadas, la base política del sistema energético descansó en el acuerdo del petrodólar, en el cual el petróleo del Golfo, especialmente las exportaciones saudíes, se vendía principalmente en dólares estadounidenses y se reciclaba a través de los mercados financieros estadounidenses. Pero el auge de la producción de esquisto (shale) ha cambiado ese equilibrio. Estados Unidos se ha convertido tanto en un importante exportador de petróleo como en el mayor exportador mundial de gas natural licuado, entrando en competencia directa con los productores del Golfo que antes formaban la columna vertebral del orden energético liderado por Estados Unidos. Por supuesto, en la competencia capitalista, las alianzas construidas alrededor de las condiciones de mercado de ayer pueden dar paso rápidamente a la rivalidad una vez que cambia la estructura de producción.

Arabia Saudita ha respondido a este panorama cambiante diversificando sus relaciones políticas y económicas. China se ha convertido en el mayor comprador de crudo del Golfo y en un actor diplomático creciente en la región, mediando en el acercamiento entre Arabia Saudita e Irán de 2023.

Así como la masacre del 7 de octubre de 2023, llevada a cabo por Hamás y el grupo yihadista islámico bajo mandato iraní, tenía como objetivo romper los Acuerdos de Abraham entre Israel y los EAU, y su posible extensión, la guerra actual de EEUU e Israel contra Irán busca, entre otras cosas, romper las relaciones entre Irán y Arabia Saudita patrocinadas por el imperialismo chino. Quizás la adhesión de los EAU a los Acuerdos de Abraham es la razón por la cual, al menos en la primera semana de la guerra, Irán lanzó más misiles y drones contra este país que contra Israel.

Si bien el conflicto está beneficiando a la industria petrolera de EEUU, también está perjudicando a los países del Golfo, aunque en distinta medida para cada país. Se informa que solo Arabia Saudita ha reducido la producción en unos 2 a 2,5 millones de barriles por día, bajando de los 10 a 10,9 millones de barriles por día previos a la guerra. Mientras tanto, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak también han recortado la producción, elevando las reducciones regionales totales a más de cinco millones de barriles por día. A medida que las exportaciones del Golfo se reducen, los productores de fuera de la región, particularmente Estados Unidos, Rusia e incluso el propio Irán, están posicionados para llenar el vacío.

Desde una perspectiva económica más amplia, la guerra en Irán refleja las presiones de un mercado energético global marcado por una competencia intensa y un exceso de oferta periódico. Con una producción mundial que supera los 100 millones de barriles por día y los principales productores luchando por acceder a los mercados asiáticos de más rápido crecimiento, el conflicto geopolítico se cruza cada vez más con la rivalidad comercial. La lucha por las rutas de navegación, las sanciones y la diplomacia energética no es, por lo tanto, simplemente una disputa regional, sino parte de una contienda mayor sobre quién controla los flujos futuros de petróleo en la economía mundial, fundamentalmente moldeada por dinámicas monopolísticas que configuran los conflictos imperialistas que se libran en todo el mundo mientras el capitalismo trabaja desesperadamente para mantener sus tasas de ganancia.







Rojava: El colapso definitivo de otro mito nacional

Una operación relámpago: en 12 días, las fuerzas de HTS bajo el mando de Al-Sharaa, el nuevo presidente de Siria, obligaron a las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias) a renunciar a su autonomía y firmar un acuerdo draconiano. Fundadas en 2011 y dominadas numérica y políticamente por las YPG (Unidades de Protección Popular), las FDS eran la principal milicia kurda y el ala armada de la administración autónoma de la fértil región de Rojava. Tras el inicio de los combates a principios de enero, el día 18 se alcanzó un alto el fuego que redefinió radicalmente el equilibrio de poder en el noreste de Siria.

Para los kurdos, se trata más de una rendición que de un compromiso, ya que prevé la disolución de facto de las FDS, su integración como individuos en el ejército sirio y la devolución al Estado de la mayor parte de los territorios que controlaban desde 2011, ocupados ahora por el ejército sirio: Alepo, Raqa y Deir Ezzor, en la frontera con la región de Rojava.

La caída de Rojava marca el fin de la autonomía kurda en una región rica en petróleo sobre la cual diversas facciones étnicas intentan imponer su control. Como cualquier disputa territorial dentro del régimen anti-histórico del capital, la guerra sigue siendo un choque entre facciones por el control de las fuentes de energía y su venta. Además, la región, al ser la más fértil de toda Siria, es fundamental para la producción de cereales y algodón.

Su economía -contrariamente a las creencias de los simplones de izquierda y de aquellos fieles a la religión de la resistencia, que idolatran democracias populares y socialismos dispersos aquí y allá por el mundo- se caracteriza por relaciones capitalistas. Las industrias, gestionadas por el Estado según criterios comerciales y salariales, se han desarrollado principalmente gracias a los ingresos del petróleo y el gas, que las propias FDS comercializaban con el antiguo régimen de Assad que cayó hace apenas un año. Se estima que se trata de varios cientos de millones de dólares al año, un negocio que, a principios de 2025, los capitalistas kurdos empezaron a considerar con el nuevo gobierno de Damasco.

¡Vaya revolución socialista en Rojava! ¡Los necios nacional-comunistas occidentales solo necesitan ver unas pocas industrias estatales y cooperativas dentro del capitalismo para ver el rojo de inmediato!

La lucha por el control de estas tierras no es por la “defensa del socialismo y la revolución”, sino solo una disputa entre capitalistas por el control de mercados y recursos en una fase histórica en la que las luchas de liberación nacional ya no tienen razón de existir. Incluso para los kurdos, como se demostró en artículos anteriores (véase el número 46, “Autoliquidación del PKK, sanción de las antihistóricas liberaciones nacionales”), los conflictos por el reconocimiento o la defensa de Estados-nación autónomos han pasado a la historia, tanto que son absorbidos por disputas más amplias entre los grandes imperialismos por la división de continentes enteros y el control de los mercados.

No es casualidad que tanto la burguesía palestina como la kurda se hayan sometido a las mismas potencias capitalistas que las oprimen como nacionalidades, hasta el punto de que asistimos a varios cortocircuitos: Qatar y Turquía, que financian a Hamás en Gaza, son aliados de EEUU, que manipula a Israel. Los kurdos, enemigos históricos de Turquía, confiaron en la protección de EEUU en lugar de en la movilización de sus propias clases bajas, así como en la de Israel.

Además, los propios nacionalistas kurdos han expresado a menudo su intención de actuar como opresores y lo han puesto en práctica: el líder del Partido de la Unión Democrática (PYD) ha hablado abiertamente de expulsar a los árabes de las regiones de mayoría kurda, y su gobierno ha abierto fuego contra manifestantes en la ciudad kurda de Amuda y ha torturado a disidentes. Armenios y asirios han denunciado abiertamente el adoctrinamiento en el culto a Öcalan en el sistema educativo de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES).

En este enredo de intereses y alianzas, donde el amigo de uno es el enemigo del otro y el aliado de hoy es el sacrificio de mañana, ya no hay ninguna perspectiva de progreso para los trabajadores en las diversas áreas que no sea la transición de un opresor a otro. Los proletarios kurdos y palestinos deben recuperar su autonomía de clase y organizarse para luchar independientemente de su burguesía, no por una liberación nacional imposible, sino por la revolución comunista.

La liberación de las naciones con sus afirmaciones estatales ya ha tenido lugar. El capitalismo ahora solo promete guerras reaccionarias. La única lucha real y auténtica por la liberación de los trabajadores palestinos, kurdos, judíos, árabes y de todo el mundo reside en el derrocamiento del capitalismo, que es la causa de todas las convulsiones que presenciamos hoy. Esta tarea histórica solo podrá alcanzarse si los trabajadores logran unirse y organizarse bajo la dirección de sindicatos de clase genuinos para huelgas económicas cada vez más extendidas en defensa de sus condiciones de vida, y solo a través de la dirección de su verdadero partido revolucionario, para el establecimiento lento, tortuoso pero indispensable del verdadero comunismo del mañana.







El infierno del Congo
La macabra danza de las bandas burguesas y de los imperialismos entre escenarios de guerra y sangre obrera

En un contexto de guerras cada vez más extendidas y permanentes, mientras todos los Estados de todas las latitudes se preparan para la tercera carnicería mundial, el modo de producción capitalista, cuya dictadura de clase no conoce fronteras geográficas, muestra en todas partes su verdadera naturaleza.

Si por un lado los escenarios bélicos actuales evidencian la puesta en escena de los “grandes hombres” -los Trump, los Putin, los sacerdotes iraníes-, ofreciéndolos al desprecio público tras el biombo de las responsabilidades individuales para ocultar su propia naturaleza de clase, por otro lado, en las periferias del mundo, allí donde los nombres permanecen ignorados, continúa actuando inmutable e impersonal la fuerza destructora del Capital: una máquina infernal que transforma sistemáticamente en plusvalía la masacre de generaciones enteras y la devastación de los territorios.

Muestra de ello es el escenario que emerge en el gran Estado de África central: el Congo, donde se estima que en los últimos 30 años han muerto -a causa de una interminable guerra intestina entre bandas burguesas- cerca de 6 millones de personas.

A pesar del valor milmillonario del sector minero, en el Congo más del 70% de la población vive aún con menos de 2,15 dólares al día. La metrópoli de Kinshasa crece sin reglas ni medida, un concentrado de fuerza de trabajo de reserva, una masa humana expulsada de los campos devastados por las guerras, a la espera de un empleo.


Las minas

Es necesario concentrarse en el precioso – para el capital – sector extractivo del país, donde en la tragedia permanente de las minas, la sangre proletaria es vertida diariamente para alimentar el hambre de materias primas del capital. Incluso bajo la epidermis de la técnica moderna, a menudo pintada de verde, ecológica, digital y responsable, late el feroz corazón de la perpetua explotación del hombre por el hombre. El sector extractivo de la República Democrática del Congo es uno de los más relevantes del mundo por su valor actual y potencial y por su importancia estratégica, representando la columna vertebral de la economía nacional. Genera, de hecho, más del 95% de los ingresos por exportaciones. El valor de los recursos mineros aún no explotados supera los 24.000 billones de dólares, un bocado ciertamente imperdible para los depredadores burgueses.

China es su destino principal, recibiendo más del 70% de la exportación total. Casi todo el cobre y el cobalto crudo, o parcialmente refinado, se envía a China para su procesamiento final. Los Emiratos Árabes Unidos son el centro principal para el oro, a menudo proveniente del comercio “artesanal” del este del Congo, a través de canales informales vía Uganda y Ruanda.

En 2025, el sector aportó más del 40% de los ingresos fiscales del gobierno central. En los últimos años, el número de licencias activas para la gran extracción -denominada industrial- ha crecido significativamente: actualmente se cuentan entre 100 y 120 grandes sitios operativos industriales. El control de estas minas está dominado por capitales extranjeros, con una presencia abrumadora de China: aquí trabajan más de 200.000 mineros asalariados.

Existen también las llamadas Minas Artesanales (ASM), que son la gran mayoría; se estima que hay cerca de 3.000 centros mineros de este tipo, en particular en el este del país, en las regiones de Kivu del Norte, Kivu del Sur, Ituri y Maniema.

El panorama de las minas artesanales es un mosaico de intereses contrapuestos, donde diversas bandas burguesas armadas se disputan el botín sobre la piel de millones de mineros, conocidos como creuseurs, del francés “excavadores”.

Con una cuota que supera el 70% de la producción global de cobalto, la República Democrática del Congo ostenta el control de este recurso hoy esencial: el mercado mundial de baterías depende totalmente de la estabilidad de las provincias de Lualaba y del Alto Katanga, donde se extrae principalmente.

En estos años, el Congo se ha convertido en el segundo productor mundial de cobre, superando al Perú y pisándole los talones a Chile. La extracción de este mineral se concentra casi por completo en la parte meridional del país, dentro de la llamada Copperbelt centroafricana -Cintura del Cobre-, una región geológica que se extiende desde el Congo hasta Zambia.

El oro, en cambio, se extrae tanto en grandes minas como Kibali, una de las minas de oro más grandes del mundo, como en miles de sitios “artesanales” en diversas provincias orientales, entre ellas Ituri, Kivu del Norte y Kivu del Sur.

Fundamentales para la electrónica, el Tungsteno y el Tantalio/Coltán se extraen principalmente al este, en Kivu del Norte, Kivu del Sur y Maniema.

Las minas de diamantes están presentes en la región centro-meridional de Kasai (Mbuji-Mayi).

Cabe destacar el fuerte desarrollo de la extracción de litio con grandes yacimientos identificados en Manono, en la provincia de Tanganyika, en el extremo sureste.


El Movimiento 23 de Marzo

Entre finales de enero y principios de marzo, una serie de deslizamientos de tierra, causados por las fuertes lluvias y la falta total de refuerzos en las galerías, provocaron derrumbes en diversos sitios mineros en Rubaya, en el territorio de Masisi, en la atormentada provincia de Kivu del Norte, región oriental a lo largo de la frontera con Uganda y Ruanda. Un número indeterminado de mineros, se estima que más de 600, quedaron enterrados vivos bajo el derrumbe de colinas enteras. Las minas están situadas en una zona montañosa donde las lluvias torrenciales vuelven el terreno extremadamente friable, transformando los túneles en trampas mortales. No es un caso aislado; el pasado 19 de junio, otro deslizamiento de tierra causó la muerte de más de 300 trabajadores.

El coltán (columbita-tantalita) se extrae principalmente en estas tierras; luego se refina para obtener tantalio y niobio, metales de transición raros, conocidos por su alto punto de fusión, su excelente resistencia a la corrosión y su ductilidad, características esenciales para producir condensadores electrónicos miniaturizados de alta capacidad, utilizados en teléfonos inteligentes, computadoras, cámaras fotográficas y satélites de comunicación. El tantalio es, además, fundamental para algunas prótesis médicas, mientras que el niobio es crucial para aceros especiales y superconductores.

Toda el área se encuentra actualmente bajo el control de un movimiento armado de rebeldes denominado M23, Movimiento 23 de Marzo, la fecha de un acuerdo de 2009 que, según estas milicias, el gobierno congoleño no habría respetado.

El grupo nació algunos años después, en 2012, tras la revuelta de una parte de los soldados congoleños, principalmente de etnia tutsi. Declaran luchar para proteger a su comunidad de las milicias hutu (FDLR - Forces démocratiques de libération du Rwanda), todavía hoy presentes y activas en el Congo, acusando al gobierno de Kinshasa de haber traicionado los acuerdos relativos a salarios, grados militares y seguridad de su comunidad.

El M23 es una milicia bien organizada, dispone de un arsenal de ejército regular: morteros, lanzacohetes y ametralladoras pesadas montadas en grandes camionetas pick-up. La novedad de 2026 es el uso de drones kamikaze y sistemas de puntería sofisticados. Disponen también de sistemas de defensa aérea portátiles MANPADS que hacen arriesgado el vuelo para los helicópteros de la ONU y del ejército congoleño.

A diferencia de otros grupos paramilitares que visten ropas civiles, los soldados del M23 visten uniformes, chalecos antibalas y cascos modernos, a menudo muy similares a los que utiliza el ejército ruandés. El grupo ocupó las estratégicas minas de coltán en mayo de 2024 y consolidó su poder a lo largo de 2025, estableciendo de hecho una administración paralela e imponiendo impuestos a la producción minera.

A principios de 2025, conquistó más territorio tomando el control de Goma -capital de la región de Kivu del Norte- y posteriormente de Bukavu -capital de Kivu del Sur-, ambas en la parte oriental del país, no lejos de la frontera con Ruanda. Actualmente controlan la casi totalidad de las áreas extractivas en estos territorios donde trabajan decenas de miles de mineros artesanales. Más que gestionar directamente cada mina, el M23 aplica un sistema de impuestos sobre los mineros y sobre los intermediarios. Se estima que este sistema puede garantizarles hasta 1 millón de dólares al mes, haciéndolos financieramente autónomos.

Dado que los minerales extraídos en estos territorios no pueden venderse legalmente, al estar clasificados como “conflict minerals”, deben ser contrabandeados. La mayor parte llega a Ruanda; aquí se mezclan con la producción local y se reexportan con certificaciones ruandesas, lo que hace casi imposible para las empresas (como Apple, Samsung o Tesla) garantizar su procedencia (pero poco importa a estas multinacionales de dónde llega la mercancía y si esta está manchada de sangre obrera).

Desde África oriental, el mineral se envía hacia las grandes fundiciones, concentradas sobre todo en China, aunque también las hay en Malasia y Tailandia. Aquí el coltán crudo se funde y se separa el tantalio metálico. La trazabilidad química se pierde: una vez fundidos juntos los minerales provenientes de una mina controlada por los rebeldes y los de una mina legal, se vuelven indistinguibles.

Según la eficiente burocracia burguesa, existiría un sistema de certificación llamado ITSCI (International Tin Supply Chain Initiative), que utilizaría tags (etiquetas) para rastrear los sacos de mineral provenientes de las minas autorizadas. Sin embargo, a menudo los funcionarios locales venden las etiquetas a los traficantes y el mineral extraído por los rebeldes en los almacenes se mezcla con el mineral “ético”.

En enero, tras el primer derrumbe de las minas, el flujo de tantalio, definido como el alma de los teléfonos inteligentes, se interrumpió temporalmente, causando un pico de precios del 10% en una sola semana, alcanzando en febrero los 130 dólares por libra.

El pasado 24 de febrero, cerca de Rubaya, un ataque de las fuerzas gubernamentales congoleñas mató a Willy Ngoma, un alto oficial y figura destacada del M23. Este respondió con un ataque de drones, cargados con municiones de racimo, contra las bases gubernamentales en Kisangani, capital de la provincia de Tshopo, y bombardeando algunas zonas residenciales de Goma, causando numerosas víctimas civiles.


La Alianza del Río Congo

El M23 forma parte de lo que se llama Alliance Fleuve Congo (AFC), una coalición político-militar nacida oficialmente el 15 de diciembre de 2023 con el objetivo declarado de derrocar al actual gobierno.

El financiamiento de la AFC sigue los mismos canales que el del M23, y principalmente se basa en la explotación minera imponiendo un impuesto del 15% sobre el valor de la extracción de coltán.

La AFC ha nombrado a sus propios administradores y jueces en Goma y en las zonas ocupadas, instituyendo un sistema fiscal que grava a comerciantes, puestos del mercado e incluso transportes; un Estado paralelo.

A diferencia de las primeras reivindicaciones del M23, que eran más sectoriales y vinculadas a la etnia tutsi y a los pactos de 2009, la AFC tiene una agenda nacional, acusando al gobierno de Kinshasa de corrupción y exigiendo la creación de un Estado federal.

Mientras escribimos, Corneille Nangaa, exfuncionario público congoleño etiquetado por el gobierno central como traidor y convertido en uno de los líderes de la coalición, ha declarado que la AFC no reconocerá los “Washington Accords” firmados entre la RDC y Ruanda hasta que el movimiento sea incluido como socio directo en las negociaciones.

En este contexto de todos contra todos, no sorprende que el actual gobierno congoleño acuse repetidamente al vecino Ruanda de proporcionar apoyo logístico, armamento avanzado y tropas regulares a la AFC/M23.

El avance del M23 ha transformado a Kivu del Norte y del Sur en un inmenso campo de refugiados. En los primeros meses de 2026, en el este del país se registraron más de 250 mil núcleos familiares desplazados. Muchos de estos son “desplazados recurrentes”, obligados a huir varias veces debido al desplazamiento de los frentes de guerra.

La crisis trasciende las fronteras nacionales: en los sitios de acogida, como el de Busuma en Burundi, la situación se ha precipitado; los campos, que albergan a miles de personas que huyen de los combates, están flagelados por una violenta epidemia de cólera y son blanco de ataques con drones.


La dramática condición obrera

Lo ocurrido en Rubaya era previsible. Las lluvias torrenciales actuaron sobre un terreno martirizado por excavaciones salvajes.

Los mineros trabajan y viven en condiciones terroríficas; la gran mayoría no tiene contratos regulares. Todavía hoy se excava con herramientas manuales en galerías estrechas y carentes de ventilación, con la esperanza de encontrar suficiente mineral para alimentar a las familias. Miles de niños son empleados para penetrar en los túneles más estrechos. En una colina acribillada de agujeros, miles excavan frenéticamente, a menudo bajo la amenaza de los fusiles. Cuando la tierra cede, no existen equipos de rescate y son los mismos compañeros de trabajo quienes excavan en el fango con sus propias manos.

Quien no muere enterrado en el fango sufre enfermedades respiratorias crónicas; otros tienen deformaciones físicas debidas al transporte de pesados sacos por senderos fangosos.

Cada minero artesanal debe pagar un impuesto por excavar y otro por sacar el mineral del sitio. ¡Le quedan pocos dólares al día, como máximo 10! Por el contrario, una vez introducido en la cadena de distribución global a través del contrabando, el valor del mineral extraído crece exponencialmente, y muchos se enriquecen.

Para evitar los bloqueos del ejército a lo largo de las carreteras principales, el mineral es transportado a pie a través de la densa selva hasta los centros de recolección clandestinos. El paso de la frontera completa su viaje. Gracias a documentos de origen falsificado que declaran su procedencia ruandesa, el mineral es “limpiado”, respondiendo a los “rigurosos requisitos éticos” burgueses de la mercancía “green”.

A menudo, las disputas sobre la propiedad de las minas desatan enfrentamientos entre los guardias e incluso el ejército, transformando los sitios en campos de batalla donde los trabajadores son atrapados y asesinados.


En las minas gubernamentales

En la provincia de Lualaba, en el sur del Congo, se encuentran minas bajo el control de las fuerzas gubernamentales; sin embargo, el escenario para la clase obrera permanece invariable.

Kolwezi, capital de la provincia, es el centro neurálgico de la extracción de diversos minerales considerados estratégicos. Aquí la tierra es rojiza, rica en cobalto y cobre, componentes esenciales para la industria de los autos eléctricos. No es casualidad que la mayoría de las concesiones de las minas y zonas industriales de la región estén en manos de empresas chinas. En China ya se venden más autos “con enchufe” que de gasolina/diésel.

El pasado noviembre, en Kalando, en las inmediaciones de la capital, se consumó otro drama obrero. Entre las víctimas hubo muchos proletarios desplazados, no censados, lo que dificultó un balance definitivo. Aunque el sitio minero había sido cerrado por el gobierno debido a las lluvias torrenciales que habían comprometido su estabilidad, miles de mineros artesanales continuaban trabajando allí. Las fuerzas gubernamentales (FARDC) intervinieron, incluso abriendo fuego a quemarropa para dispersar a la multitud. La masa de trabajadores se precipitó sobre un puente improvisado sobre una trinchera profunda e inundada, que cedió, y los mineros cayeron al fango y a las aguas profundas; muchos se ahogaron y otros fueron aplastados en la aglomeración. El gobierno habló de 40 víctimas, pero diversas asociaciones locales denunciaron la desaparición de muchos más mineros. Las operaciones de rescate se vieron obstaculizadas por la presencia militar, que inicialmente impidió a los familiares el acceso al área.

Además, se reveló que los militares cobraban una tarifa de entrada a los pozos, ignorando las prohibiciones de excavación estacionales. El resultado es una situación totalmente similar a la de los mineros del este, controlado por los rebeldes.


El Estado Islámico

Lo que hace infernal la vida de los proletarios en el Congo son también las incursiones del Estado Islámico.

En el noreste, el miércoles primero de abril, un violento ataque afectó al territorio de Mambasa, en la provincia de Ituri. Los responsables serían los rebeldes de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF).

Nacidas en los años 90 en Uganda como movimiento de oposición interna, para luego refugiarse en el este del Congo, hoy son parte integrante de la ISCAP (Islamic State Central Africa Province), afiliada al ISIS, del cual recibe apoyo financiero a través de redes complejas que pasan por Somalia, Sudáfrica, Kenia y Uganda.

Al menos 50 personas fueron asesinadas en el pueblo de Bafwakoa, cerca de Niania. Los atacantes prendieron fuego a decenas de viviendas, además de vehículos y motocicletas. Algunos fueron asesinados a machetazos, otros carbonizados dentro de sus propias casas.

La ADF no es nueva en acciones de este tipo, incluso contra los trabajadores. Pocos días antes, entre el 9 y el 15 de marzo, un violento ataque contra los sitios mineros de Muchacha y Babesua causó la muerte de más de 50 trabajadores. El grupo se apoderó de ingentes cantidades de efectivo y oro listo para ser introducido en el mercado negro.

A cargo de este grupo, solo en 2025 se señalan en septiembre la masacre de Ntoyo, con la muerte de 72 civiles, y en julio la de Komanda, en Ituri, que provocó 43 víctimas.

No existe un vínculo entre la ADF y el M23, ya que las dos formaciones tienen orígenes e “ideologías” diferentes. Sin embargo, la ADF ha aprovechado el vacío creado por el avance del M23 hacia el sur para expandir sus propias operaciones, también a través de la masacre de civiles en Kivu del Norte e Ituri.

La ADF también se autofinancia a través de la explotación del trabajo proletario en las minas ilegales de oro, el comercio de madera y cacao y las tarifas impuestas a las poblaciones locales. Actualmente controla las minas a lo largo del río Losselosse, en el territorio de Mambasa (Ituri), donde impone impuestos a los mineros. A menudo atacan minas que no están bajo su control para saquear el oro ya extraído.

En los primeros meses de este año se han producido violentos ataques en los sitios mineros cerca de Luna y Komanda, ambos inmersos en una vasta selva que facilita el movimiento de los grupos armados y el contrabando de minerales hacia Uganda. En estas incursiones, los mineros que no lograron huir fueron asesinados en el acto o secuestrados para ser utilizados como esclavos cargadores o en las minas más internas de la selva.


Los imperialismos y el botín minero

Es en este escenario, dominado por las lógicas de la ganancia y marcado por sistemáticas barbaries, donde se mueven las grandes potencias imperialistas, transformando al Congo en uno de los principales terrenos de enfrentamiento estratégico entre los capitalistas chinos y los estadounidenses.

China se ha consolidado desde hace tiempo como el principal socio económico de Kinshasa, controlando entre el 70% y el 80% de la producción minera y poseyendo nueve de las diez minas de cobalto más grandes del país. Los drones de ataque CH-4, empleados en febrero pasado para golpear a la cúpula del M23, son mercancía de intercambio con Pekín. Sin embargo, si por un lado China arma al gobierno, por otro sus refinerías, que procesan más del 70% de los “minerales críticos”, absorben gran parte del coltán y del oro que los rebeldes extraen y contrabandean a través de Ruanda.

El pacto Sicomines, conocido también como el acuerdo “Recursos por Infraestructuras”, es un monumental y controvertido acuerdo de cooperación económica, firmado en 2007 y renegociado varias veces, la última en 2024. Las empresas chinas se habrían comprometido a invertir 7.000 millones de dólares en carreteras y obras públicas para 2040 a cambio de mantener las concesiones sobre las minas de cobre y cobalto. Pero precisamente el pasado 11 de marzo, el gobierno del Congo habría ordenado una nueva auditoría técnica y financiera sobre su realización efectiva.

En estas grietas se introduce el imperialismo estadounidense para contrarrestar la enorme fuerza china en el área, adoptando una posición igualmente ambivalente. Aunque el 2 de marzo el Tesoro estadounidense impuso duras sanciones contra el ejército ruandés por el apoyo directo al M23, acusándolo de entrenar a los rebeldes congoleños, Ruanda seguiría siendo un centro logístico fundamental también para los minerales destinados a la industria tecnológica americana, creando una dependencia mutua que impediría una ruptura total.

Washington presiona desde hace tiempo para reducir la influencia china en el país, especialmente en el sector extractivo. Una apertura hacia el Occidente culminó en el Acuerdo de Asociación Estratégica, firmado entre diciembre de 2025 y marzo de 2026, que concedería a las empresas estadounidenses un “derecho de tanteo” sobre una serie de activos críticos, entre ellos cobre, litio y tantalio, a cambio de apoyo militar y garantías de seguridad.

Otra señal de este posible reposicionamiento estratégico es la reciente venta de la sociedad minera Chemaf a la estadounidense Virtus Minerals. La operación, con un valor de 30 millones de dólares y un plan de inversiones de 750 millones, prefirió a un comprador estadounidense frente a uno chino para la gestión de uno de los sitios de cobalto más grandes del mundo. Paralelamente, prosigue el proyecto del Corredor de Lobito, financiado por Estados Unidos y la Unión Europea con inversiones millonarias, para conectar las minas congoleñas al puerto angoleño en el Atlántico, en sustitución de la ruta oriental hacia China.

Poco más al este, la situación parece especular: mientras el Congo intenta equilibrar el poder desmedido de Pekín abriéndose a Washington, Ruanda intentaría integrarse económicamente cada vez más con China, buscando así hacerse menos vulnerable a las sanciones y a la presión política estadounidense.

Como comunistas, sentimos la necesidad de reiterar que la inestabilidad crónica de Kinshasa no representa un obstáculo para los grandes imperialismos; por el contrario, el “fracaso del Estado congoleño” y el estado de guerra permanente constituyen una condición ideal para el actual enfrentamiento económico. Un territorio fragmentado en “feudos militares” es infinitamente más fácil de saquear que un Estado centralizado, el cual podría alimentar ambiciones de soberanía económica y reivindicar un mayor control sobre los recursos del país.

El actual enfrentamiento entre Pekín y Washington debe leerse, por tanto, como una competencia por el control de los ganglios vitales de la industria del futuro. Cuando las aplanadoras de estos imperialismos colisionen frontalmente, el Congo será una de sus primeras trincheras.


Todos contra todos, pero siempre contra los proletarios

Si en el siglo XIX era el caucho lo que inflamaba la industria bélica y civil de la Bélgica leopoldina, hoy son el cobalto, el coltán y el litio los que marcan el ritmo de la danza macabra del capitalismo.

Las tragedias de los mineros de estos meses han puesto de manifiesto que, independientemente de quién controle el territorio, ya sea el Estado central o los rebeldes de cualquier facción, la vida de millones de proletarios congoleños no tiene ningún valor para ninguna de las fuerzas armadas en liza. Solo interesan los minerales, disputados entre frentes burgueses rivales y entre las presiones de los grandes imperialismos.

La llamada “transición ecológica”, pregonada por la propaganda de los capitalistas desde el Occidente hasta el extremo Oriente, es una narrativa falsa e ilusoria, una pintura verde aplicada sobre el cadáver en descomposición de la producción de mercancías. No existe nada “limpio” en el fango ensangrentado del Congo. Cada “batería ecológica” contiene un poco de sangre y de trabajo no pagado de un proletario africano. He aquí también el fetichismo de la mercancía: el gadget en el escaparate oculta la brutalidad del proceso que lo generó. La mortalidad infantil, las mutilaciones causadas por los derrumbes en las minas, las enfermedades respiratorias provocadas por los polvos son solo una pequeña parte de los costos de producción que el balance del capital no registra.

En el Congo, la paz es un lujo que el mercado no puede permitirse. Las decenas de grupos armados son hijos de las diversas bandas burguesas, a veces apéndices de las burguesías de los países limítrofes, quienes a su vez son subcontratistas de los grandes bloques imperialistas.

La guerra no es una interrupción de la economía, es la economía misma. Para mantener bajo el precio de las materias primas es necesario eliminar los costos de la tributación legal y de la protección social. Cada bala disparada en las selvas de Kivu reduce el precio del cobalto en Londres o en Shanghái.

Ningún “gobierno honesto”, ninguna “ayuda humanitaria”, ninguna “reforma de la ONU” podrá salvar al Congo. Mientras rija la ley del valor, el Congo estará condenado a ser la mina del mundo y la tumba de sus hijos.

Dentro del capitalismo, por lo tanto, la cuestión congoleña no se resolverá jamás ni en Kinshasa ni en los centros neurálgicos del imperialismo. Solo la destrucción del modo de producción capitalista en las metrópolis del Occidente y del Oriente pondrá fin al martirio también de las periferias.

Hoy la clase obrera en el Congo languidece y muere porque está aislada del resto de su clase internacional. El minero congoleño que excava en el fango y el obrero europeo, oriental o estadounidense, prisionero en la fábrica, son parte de la misma clase y se rebelarán juntos. Se organizarán para su defensa primero y para el asalto al poder político de los capitalistas después, unidos por un único destino: o la dictadura mundial del capital o la revolución comunista internacional.









De los ataques con drones y los futuros del petróleo

Los futuros del petróleo se dispararon después de que comenzara la guerra con Irán a finales de febrero de 2026. El crudo Brent saltó un 10 - 13% en su precio, hasta unos 80 - 82 dólares por barril en los primeros días del conflicto y luego subió hacia los 90 - 100 dólares, acercándose brevemente a los 120 dólares en medio del máximo temor de que los combates pudieran interrumpir los envíos a través del estrecho de Ormuz. Finalmente, esto generó una ganancia inesperada potencial de 63 mil millones de dólares para los productores de petróleo estadounidenses en los primeros días. El conflicto también aumentó el gasto militar, canalizando miles de millones hacia contratistas de defensa estadounidenses, incluidos Lockheed Martin, RTX Corporation y Northrop Grumman, a medida que se acumulan nuevos pedidos de sistemas de defensa antimisiles, aeronaves y municiones.

Si bien, como máximo, Estados Unidos puede haber esperado establecer rápidamente un Estado títere en Irán con la decapitación del Ayatolá, ha demostrado su vacilación para comprometerse plenamente con el conflicto y su renuencia a participar en la destrucción masiva de la industria petrolera del Estado iraní, lo que desestabilizaría completamente al país económicamente, llevando al caos, o incluso tal vez al despertar del invitado de piedra antes mencionado... Sin embargo, Estados Unidos, ya sea que logre o no su objetivo máximo, continuará cosechando enormes recompensas de una extensión del conflicto. Comentando sobre la guerra, Trump declaró recientemente: “Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo... cuando los precios del petróleo suben, ganamos mucho dinero”.

Si bien los precios más altos del petróleo benefician a Estados Unidos, debe trabajar cautelosamente para controlar hasta qué punto suben. Por lo tanto, los ataques estadounidenses a sitios energéticos iraníes han sido cuidadosamente calibrados en lugar de apuntar a destruir por completo toda la industria petrolera de Irán. Si bien se ha informado que algunas instalaciones vinculadas a la logística militar o al transporte marítimo han sido atacadas, la infraestructura de exportación central, como las terminales e instalaciones de carga que manejan la mayor parte del crudo iraní, hasta ahora ha permanecido en gran parte operativa, y los petroleros han seguido saliendo de los puertos iraníes. La razón principal parece ser la preocupación por los mercados energéticos mundiales. Destruir la infraestructura de Irán podría desencadenar una gran conmoción en la oferta y hacer que los precios suban bruscamente. Como muestra la naturaleza medida de las sanciones al petróleo ruso, el imperialismo estadounidense es muy consciente del riesgo que los precios descontrolados de la energía tendrían para la economía en su conjunto. Mientras miles de proletarios masacran a los arquitectos de la guerra, la clase capitalista de ambos bandos se queda sentada, colaborando abiertamente mientras calculan fríamente cuánta sangre más de sus respectivos proletarios debe derramarse para mantener las tasas de ganancia.

Como declaramos en nuestro EPCI 46 después del surgimiento de la breve guerra entre Israel e Irán el año pasado: “El conflicto entre Israel e Irán del pasado mes de junio provocó una subida inicial de los precios del petróleo. Sin embargo, estos volvieron rápidamente a los niveles anteriores una vez que se anunció el alto el fuego y se confirmó la ausencia de graves interrupciones en el suministro. La guerra de propaganda, la manipulación de la información y todas las puestas en escena, aunque asfixiantes, no lograron alterar de forma sustancial las percepciones del mercado sobre la oferta y la demanda... El aumento de la capacidad de producción en Occidente y el crecimiento de la oferta de la OPEP+ podrían compensar el cierre del estrecho de Ormuz; pero esto solo se pondrá a prueba cuando las fuerzas infernales del imperialismo lleven a un enfrentamiento militar prolongado... Las contradicciones inter-imperialistas en el marco del negocio petrolero son un reflejo de la tendencia a la sobreproducción, que exacerba la competencia, y representan un componente importante en el choque general de los imperialismos por la nueva distribución del mundo, añadiendo condiciones materiales que conducen a la guerra mundial. Solo el proletariado, retomando la lucha de clases, puede detenerla, transformándola en una guerra revolucionaria que pondrá fin al capitalismo y al dominio de la burguesía en todo el planeta”.

Hoy, un año después, observamos cómo se desarrolla exactamente esta situación, y las cínicas fuerzas del imperialismo global constantemente prueban y sondean la situación con cada ataque con drones y bombeo para evaluar la respuesta de los mercados bursátiles y los futuros del petróleo, para entregar al capital dominante el punto de precio más preferido.

Lenin argumentó en el Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo, que los monopolios que controlan las materias primas obtienen un poder decisivo sobre la economía en general porque las industrias que dominan los recursos clave pueden imponer condiciones a los productores “aguas abajo” (transformadores). El petróleo sigue siendo la mercancía más importante de la economía mundial, ya que suministra aproximadamente un tercio del consumo mundial de energía primaria y sustenta el transporte, la manufactura, la agricultura y el comercio mundial. Dado que los costos de producción en los grandes yacimientos pueden ser tan bajos como 3-10 dólares por barril, mientras que los precios de mercado suelen oscilar entre 60 y 100 dólares, el control de la producción y distribución de petróleo puede generar enormes rentas monopólicas, lo que permite a las empresas energéticas dominantes y a los Estados ejercer una gran influencia sobre los precios mundiales, las cadenas de suministro y la actividad económica.

Como señalamos en nuestro estudio de 2013, Petróleo, Monopolios e Imperialismo: «Henry Kissinger advirtió en 2005 que la competencia por el acceso a la energía puede convertirse en “una cuestión de vida o muerte” para las naciones». Esta batalla de vida o muerte librada por las potencias imperialistas dominantes por el control del “oro negro” se ha desarrollado en fases sucesivas desde el nacimiento de la industria. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la industria petrolera mundial fue moldeada por el surgimiento de poderosos monopolios que competían por el control de los mercados, los territorios coloniales y los nuevos yacimientos petrolíferos en regiones como Venezuela, México, Persia e Indonesia. Después de la guerra, el foco de la política petrolera mundial se desplazó hacia el Medio Oriente, donde las vastas reservas y la producción barata atrajeron la intervención de las potencias occidentales y las compañías petroleras internacionales, que utilizaron su influencia económica y militar para dominar la producción y capturar la riqueza de los países productores de petróleo. Los precios del petróleo fueron relativamente estables desde 1900 hasta principios de la década de 1970, pero después de la crisis petrolera de la OPEP de 1973 se volvieron mucho más volátiles. Desde entonces, Estados Unidos ha establecido una amplia presencia militar en todo Oriente Medio, interviniendo repetidamente para asegurar la subordinación financiera de los Estados productores de petróleo de la región y su venta de petróleo “al precio justo”.

Sin embargo, durante la última década, el mercado petrolero mundial se ha transformado, fundamentalmente con el auge de la producción de esquisto estadounidense. Con un aumento de la producción de aproximadamente 5 millones de barriles por día en 2008 a más de 13 millones a principios de la década de 2020, Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor y exportador de petróleo del mundo. Este cambio demostró la alineación entre la estrategia militar a largo plazo del estado capitalista y los intereses financieros de sus monopolios industriales, ya que tanto las administraciones demócratas como republicanas promovieron el desarrollo energético nacional bajo el lema de “independencia energética”, apoyando la investigación, los incentivos fiscales y los marcos regulatorios parcialmente financiados a través del Departamento de Energía de EEUU que impulsaron tecnologías como la perforación horizontal y la fracturación hidráulica. El rápido crecimiento de la producción estadounidense agregó millones de barriles de nuevo suministro a los mercados mundiales y desempeñó un papel importante en la creación del excedente de petróleo de 2014-2016, haciendo caer los precios de más de 100 dólares por barril a alrededor de 30 dólares, lo que afectó gravemente a economías dependientes del petróleo como Venezuela, Nigeria, Rusia y Arabia Saudita, donde los presupuestos gubernamentales dependían en gran medida de los ingresos petroleros y la fuerte caída de los precios del petróleo desencadenó crisis fiscales, inestabilidad monetaria y contracción económica.

El colapso de los precios del petróleo durante el excedente mundial tuvo consecuencias particularmente devastadoras para Venezuela, cuya economía dependía abrumadoramente de las exportaciones de petróleo, que representaban aproximadamente el 96% de los ingresos por exportaciones. Cuando los precios cayeron y la oferta mundial se disparó, el país perdió divisas críticas e ingresos gubernamentales, lo que desencadenó hiperinflación, escasez de bienes básicos y emigración masiva. La crisis se convirtió en uno de los colapsos económicos más profundos de la historia moderna, con el PIB de Venezuela reduciéndose en más del 75% entre aproximadamente 2014 y 2020-2021, ya que la caída de los ingresos petroleros y la disminución de la producción devastaron la economía tan profundamente que aún no se ha recuperado.

Después del levantamiento de la prohibición de exportación de crudo estadounidense en 2015, las exportaciones estadounidenses comenzaron a inundar rápidamente los mercados mientras los imperialismos rivales exportadores de petróleo sufrían. En su discurso de 2018 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump, que acababa de presenciar la destrucción de la economía venezolana, pronunció su discurso y anunció la siguiente fase del negocio de protección global del imperialismo estadounidense, declarando:

“Hemos liberado el potencial energético de Estados Unidos. Estados Unidos es ahora el mayor productor de energía en cualquier lugar de la faz de la Tierra. Pronto estaremos exportando energía a todo el mundo... Nos estamos convirtiendo en un dominador energético. Estados Unidos está listo para exportar nuestra energía abundante y asequible. Pedimos a nuestros amigos y aliados que rechacen las políticas energéticas que dañan sus intereses y amenazan su soberanía”.

El informe de 2017 del Departamento de Energía de EE. UU. titulado «Dominio energético: los próximos pasos» sostenía que la expansión de las perforaciones nacionales, los oleoductos y la infraestructura de exportación permitiría a Estados Unidos «utilizar nuestros recursos energéticos como un activo estratégico», una estrategia reforzada por políticas que abrían nuevas zonas marítimas a la perforación, aceleraban las aprobaciones de oleoductos y expandían rápidamente las exportaciones de GNL.

Junto con esta expansión, Washington aumentó el uso de sanciones contra los principales Estados productores de petróleo. Posteriormente, Estados Unidos emitió sanciones renovadas que redujeron las exportaciones de Irán de aproximadamente 2,5 millones de barriles por día en 2018 a menos de 500.000 barriles por día en 2020, mientras que las sanciones a Venezuela contribuyeron a que las exportaciones cayeran de aproximadamente 2 millones de barriles por día en 2017 a unos 600.000 - 700.000 barriles por día en 2020. Al restringir la capacidad de estos productores para acceder a los mercados mundiales mientras expandía su propia capacidad de exportación, Estados Unidos pudo aumentar su participación en el comercio mundial de petróleo, y las empresas estadounidenses aumentaron su cuota de mercado a aproximadamente el 13% de las exportaciones mundiales de crudo.

Sin embargo, a pesar de su reciente expansión, existen límites estructurales para el dominio estadounidense en los mercados energéticos mundiales. Los pronósticos de la Administración de Información Energética de EEUU han predicho que la producción de petróleo de EEUU alcanzará su punto máximo a finales de la década de 2020, llegando a aproximadamente 14 millones de barriles por día alrededor de 2027 antes de disminuir gradualmente a unos 11,3 millones de barriles por día para 2050 a medida que el auge del esquisto se desvanece. Sin embargo, los yacimientos de esquisto difieren significativamente de los campos convencionales. Su roca de baja permeabilidad significa que los pozos declinan rápidamente, perdiendo a menudo más de la mitad de su producción durante el primer año, lo que requiere una perforación constante para mantener la producción. A medida que se agotan las “zonas óptimas” más productivas y queda roca de menor calidad, mantener la producción se vuelve cada vez más costoso y dependiente de altos precios del petróleo e inversión continua. Si los precios caen o la perforación se ralentiza, la producción puede disminuir rápidamente, lo que lleva a muchos analistas a creer que el rápido crecimiento del esquisto estadounidense puede eventualmente estabilizarse y disminuir, permitiendo a los productores convencionales, particularmente en Oriente Medio, recuperar su participación perdida en los mercados mundiales de petróleo en las próximas décadas.

Hoy en día, muchas operaciones de esquisto estadounidenses requieren precios del petróleo aproximadamente entre 50 y 70 dólares por barril para seguir siendo rentables, según la Encuesta Energética de la Reserva Federal de Dallas. Asimismo, se necesita un precio superior a 70 dólares por barril para que las empresas comiencen a expandir los programas de perforación, mientras que entre 80 y 90 dólares o más hay fuertes incentivos para un rápido crecimiento de la producción, y entre 90 y 120 dólares se estima que hay un potencial máximo de crecimiento.

Antes de la guerra en Irán, los precios rondaban los 65 dólares por barril y, al 7 de marzo, aumentaron a casi 120 dólares. Antes del conflicto, muchos analistas de la industria esperaban que el crecimiento del esquisto estadounidense se desacelerara o incluso disminuyera debido al exceso de oferta mundial y la disminución de la inversión en perforación, con pronósticos de que los precios del petróleo caerían a 55 dólares por barril para 2027.

Por lo tanto, la guerra en Irán presenta convenientemente a la industria petrolera estadounidense el precio al alza que necesitaba para evitar el estancamiento y la disminución. Demostrando que la guerra misma está impulsada por la necesidad del capital de mantener sus tasas de ganancia en medio de la creciente crisis de sobreproducción, particularmente dentro del mercado petrolero.







“Gran victoria patriótica”
El 9 de mayo se celebra el capitalismo ruso – estalinista y posestalinista – heredero de la contrarrevolución

En Rusia, como cada año, se celebró el 9 de mayo, el equivalente al 25 de abril italiano, Día de la “Liberación”. Es el día de la “Gran Victoria Patria”. La burguesía necesita mitos, héroes y tumbas para ocultar sus mezquinos intereses y la vacuidad de su propia teoría.

Pero la foto del soldado del Ejército Rojo izando la bandera roja en el tejado del Reichstag en Berlín sigue representando, para cierta “izquierda”, la victoria de las fuerzas democráticas “y/o” comunistas “buenas” contra las fuerzas nazifascistas “malvadas”. En realidad, quienes izaron esa bandera no estaban liberando a la clase obrera alemana del capitalismo, sino imponiendo el yugo del capitalismo ruso sobre las ruinas del capitalismo alemán, poniendo fin a una guerra en la que el proletariado mundial fue el único verdadero perdedor.

La segunda masacre mundial no fue un choque entre pueblos -el bien contra el mal- sino entre un frente imperialista y otro, una contienda en la que la lucha de clases, que apenas unas décadas antes había llevado al proletariado al poder en Rusia, fue totalmente eliminada y en la que decenas de millones de proletarios fueron masacrados por intereses ajenos a ellos.

En Rusia, donde una burguesía incipiente se afianzaba a la sombra de un aparato burocrático estatal centralizador, todas las categorías económicas del capitalismo se habían consolidado en la economía: bienes producidos por el trabajo asalariado, por una clase social explotada mediante la extorsión de la plusvalía, e intercambiados en el mercado a través del dinero.

Lenin ya había negado, poco después de la NEP, la naturaleza fraudulenta del “comunismo” estalinista: «No lo ocultamos, la libertad de comercio significa libertad para el capitalismo (...) en cierta medida estamos recreando el capitalismo , es capitalismo de Estado ». ¡Era 1921, no 1989! 68 años antes de la “caida del comunismo” con el desplome del Muro de Berlín.

En la política exterior actual, la idealización de Stalin persiste al pretender que la Segunda Guerra Mundial fue “defensiva”. En realidad, la actitud del Estado ruso distó mucho de ser neutral. Antes de la invasión alemana, y con el Acuerdo Molotov-Ribbentrop, se había aliado con Alemania, repartiéndose territorios y esferas de influencia, invadiendo Polonia, Rumania y Finlandia, comportándose como cualquier otro saqueador imperialista. Y confirmó su condición de saqueador imperialista al final de la guerra en Yalta, donde Stalin acordó con Truman y Churchill el reparto del botín de guerra.

Mientras Lenin, con los alemanes en territorio ruso, también enviados a la muerte por su burguesía en aras del mero lucro, optó por mantenerse al margen de la Primera Guerra Imperialista al aceptar la Paz de Brest-Litovsk para centrarse en la revolución, Stalin arrojó al proletariado a la Segunda. Ahí radica la enorme diferencia: el primero por la revolución internacional, el segundo por la guerra imperialista entre naciones y la dominación de los mercados.

En el estalinismo, la patria sustituyó al internacionalismo, que pertenecía no solo a Lenin, sino a todos los comunistas, posteriormente asesinados o marginados, que habían luchado en la Tercera Internacional (no por casualidad clausurada por Stalin en 1943), para extender la revolución soviética por todas partes, y no el falso e imposible “socialismo en un solo país”. La clase obrera solo tiene que defender su propia dictadura, que puede seguir siendo nacional, pero para ella es solo la primera batalla hacia el victorioso levantamiento proletario mundial.

La doctrina estalinista, y la doctrina postestalinista actual, nos dice que “el Ejército Rojo nos liberó del nazismo”. Pero el Ejército Rojo de 1945 era un ejército imperialista como los demás, que no tenía nada en común con el Ejército Rojo de Trotsky de 1918, dedicado a la defensa y expansión del comunismo.

Se dice que Europa Occidental fue “liberada” por los estadounidenses y Europa del Este por los rusos. En realidad, en ninguno de los dos casos hubo liberación alguna, y la Segunda Guerra Mundial, que marcó el triunfo indiscutible del capitalismo a nivel mundial, fue un choque entre depredadores donde el “agresor” se convirtió en el “agredido” y viceversa. La victoria anglo-rusa, en efecto, condenó a Europa Occidental al capitalismo “democrático” y a Europa del Este al capitalismo de Estado. Toda Europa permaneció militarmente ocupada por los imperialismos victoriosos.

Lenin reitera esto: «El socialista, el revolucionario proletario, el internacionalista razonan de manera diferente: el carácter de una guerra -¿es reaccionaria o revolucionaria?- no está determinado por quién ataca ni en qué país se encuentra el “enemigo”, sino que depende de esto: qué clase libra la guerra, de qué política es continuación la guerra» (“La revolución proletaria y el renegado Kautsky”).

Los proletarios de Praga y Budapest tuvieron posteriormente la oportunidad de comprobar hasta qué punto el Estado capitalista ruso era muy diferente del nazi, con las invasiones y ejecuciones sumarias llevadas a cabo por los “libertadores” contra decenas de miles de trabajadores.

El estalinismo -que comenzó a afianzarse en el Partido Comunista Ruso en la segunda mitad de los años 20 del siglo pasado, tras la derrota de la revolución en Europa, mientras el capitalismo ganaba terreno inevitablemente en la todavía atrasada Unión Soviética- al denominar a esto “construcción del socialismo”, determinó la tumba de la revolución en el plano práctico y su total reversión en el plano programático.

Su legado, lamentablemente, sigue vivo hoy en día: una visión y una política que sustituye la lucha de clases por la de lucha “entre pueblos”, lo que siempre lleva a tomar partido por uno u otro imperialismo y que confunde el comunismo con un capitalismo más o menos controlado por el Estado (el Estado está presente en todas las economías capitalistas actuales, incluidos los Estados Unidos).

En todo el mundo, la clase trabajadora ha sido desorientada y domesticada por la devastadora influencia de los partidos falsamente comunistas de inspiración moscovita, primero estalinistas y luego antiestalinistas. Sus mistificaciones la han alejado de la defensa de sus condiciones de vida, que se presentaron como alcanzadas mediante reformas y referendos en lugar de la lucha, y sobre todo de sus objetivos futuros: el derrocamiento del moribundo régimen capitalista, que no puede ser reparado ni reformado.

Nuestro lema, fiel a los principios comunistas de la Tercera Internacional, es el mismo de siempre: Contra todo nacionalismo y desfiles patrióticos en Europa, Estados Unidos, Rusia, Ucrania y China. Contra todo pretexto, de derecha o de izquierda, para reclutar a los explotados en la guerra general que se está preparando. ¡Viva la revolución de los trabajadores de todos los países contra su propia clase burguesa, para acabar con el capitalismo!







En el Partido Comunista
“No amar a nadie - amar a todos”

En la concepción del centralismo orgánico, el partido es entendido como un órgano colectivo del movimiento histórico del proletariado. Por este motivo, las relaciones entre los militantes deben permanecer libres de las distorsiones de la rivalidad en la ejecución del trabajo del partido. Los compañeros cooperan sobre la base de un programa y una doctrina compartida. La fraternidad dentro del partido es un sentimiento, una solidaridad práctica fundada en el trabajo común y en la responsabilidad hacia el movimiento en su conjunto.

La tarea histórica del partido reside enteramente en promover la causa del comunismo. Sin embargo, solo en el partido puede afirmarse, también emocionalmente, el individuo, dando significado, identidad y confirmación personal a aquellos que se adhieren a él.

A través de la decisión voluntaria de dedicar la propia vida a este trabajo, el militante sufre una profunda transformación. Sometiendo las ambiciones y los deseos personales a un programa histórico colectivo, el individuo comienza a romper con la existencia restringida y condicionada impuesta por la sociedad capitalista. En lugar de vivir como una persona aislada cuyos horizontes están limitados a la supervivencia privada, a la carrera y al consumo, el militante participa conscientemente en un movimiento histórico más amplio. Dedicándose al trabajo disciplinado del partido, el individuo escapa al rol pasivo asignado por el capital y, por primera vez, realiza un acto libre, eligiendo participar en la fuerza colectiva orientada a superar las condiciones sociales que reducen la vida humana a una existencia meramente contingente y completamente determinada por el capital.

También para los comunistas al principio es siempre una necesidad, un sentimiento, un instinto. Individual y colectivo. Existe un sentir burgués y un sentir comunista. Como existe un sentir de partido y un sentir de círculo. El uno excluye al otro. El restringido horizonte del círculo, de la secta, impide el despliegue del sentir comunista, y termina por negarlo en el personalismo.

Los comunistas deben, por tanto, cultivar un modo de relacionarse en el que cada compañero es para admirar, proteger, participante en una tarea colectiva cuya unidad deriva de los fundamentos programáticos del partido.

La fórmula “no amar a nadie, amar a todos” capta esta disciplina en el relacionarse entre comunistas. “No amar a nadie” significa rechazar la devoción personal o el apego a individuos particulares, personalidades por encima del programa. “Amar a todos”, al contrario, expresa una solidaridad universal con el cuerpo colectivo del partido y con la clase obrera de la cual este representa los intereses históricos. La lealtad del militante se dirige, por tanto, no hacia los individuos, sino hacia el movimiento y su programa.

Renunciando al apego personal, el compañero afirma un compromiso más amplio hacia la causa colectiva y la continuidad impersonal del partido.

En este marco, la noción de consideración fraternal gobierna la conducta de las relaciones entre compañeros. Este principio rechaza las polémicas internas basadas en ataques personales, insinuaciones maliciosas o intentos de desacreditar a los individuos cuando surgen desacuerdos. Estos son inevitables en cualquier organización viviente, pero deben ser afrontados a través de la elaboración teórica, el esclarecimiento doctrinal y la evaluación de la situación contingente, más que a través del enfrentamiento personal. La consideración fraternal exige que las críticas se concentren en las posiciones políticas, en las interpretaciones o en las formulaciones, nunca en las personalidades de quienes las sostienen.

Cuando surgen incomprensiones doctrinales o de evaluación, como inevitablemente sucederá, deben ser resueltas colectiva y abiertamente. El objetivo no es demostrar que algunos individuos tienen razón o “ganar” en un debate, sino esclarecer la doctrina y preservar la coherencia del programa del partido. Por lo tanto, todo desacuerdo debería ser visto como un momento de fortalecimiento del partido formal y de ulterior desarrollo de su unidad programática.

La disciplina ejecutiva deriva del reconocimiento de que el partido no formula continuamente nuevas “líneas”, sino que actúa sobre la base de la doctrina invariable del marxismo y del programa históricamente consolidado del movimiento comunista. Dado que el partido es un órgano de acción colectiva, su funcionamiento requiere que las directrices y las tareas prácticas asignadas en su interior sean ejecutadas sin ser sometidas en cada paso al juicio personal o a la aprobación de los militantes singulares. Cuando los compañeros se niegan a ejecutar decisiones o funciones asignadas porque están en desacuerdo con ellas, el resultado es una interrupción de la actividad normal de la organización. La disciplina ejecutiva significa, por tanto, que los militantes, actuando como operadores del partido, desempeñan sus responsabilidades de conformidad con la estructura centralizada y jerárquica de la organización, que está en plena continuidad con la doctrina, incluso cuando su comprensión personal es incompleta o cuando el esclarecimiento teórico está aún en curso.

Esta disciplina no es obediencia a individuos o a políticas cambiantes, sino fidelidad al programa histórico que está por encima de todos los miembros. De este modo se preserva la unidad de acción necesaria para el trabajo del partido, mientras que las cuestiones teóricas pueden continuar siendo examinadas dentro de los procesos colectivos apropiados sin paralizar la ejecución de las tareas del partido.

El marxismo presupone, además, que la clase obrera se enfrenta a una única realidad objetiva, que existe independientemente de las opiniones o preferencias de los individuos singulares. La doctrina del partido expresa la comprensión históricamente acumulada de esta realidad, continuamente verificada y observada a través del estudio de las condiciones contemporáneas. Por este motivo, el partido no puede tratar las opiniones individuales como islas autónomas que deben ser indefinidamente “respetadas” en nombre del pluralismo. En el partido, los individuos no consideran sus opiniones como una propiedad personal.

Si surgen desacuerdos respecto a las tácticas, a la interpretación programática o a los métodos organizativos, estos deben ser afrontados y esclarecidos, porque los marxistas sostienen que existe en definitiva una única realidad social concreta, que puede ser comprendida de manera correcta o errónea. Renunciar a afrontar todas las cuestiones sobre esta base significaría alejarse de la base epistemológica de la visión dialéctica-materialista del mundo, que constituye también el fundamento del método centralista orgánico del partido. El proceso del trabajo colectivo del partido, su estudio, su discusión y su actividad coordinada, son el medio a través del cual esa realidad objetiva se vuelve más clara, más allá de los límites de la percepción individual.

Este carácter impersonal de las relaciones es reforzado por la conciencia de que los individuos que entran en el partido lo hacen como elementos dentro de un organismo histórico más amplio. Cada militante desempeña un rol y cumple una función durante un período de tiempo, contribuyendo con sus capacidades al trabajo colectivo de la organización. Ningún individuo posee la propiedad del partido o de su doctrina. Las bases teóricas y la continuidad programática del partido no son creaciones de sus actuales miembros, sino la herencia histórica de toda la clase obrera. Los militantes operan como guardianes temporales y ejecutores de este corpus de principios heredados, no como autores o titulares del movimiento.

Por este motivo, las funciones desempeñadas por los comunistas singulares en el partido deben siempre permanecer subordinadas a la defensa y a la aplicación de la doctrina histórica. Consideraciones prácticas inmediatas, conveniencias tácticas u oportunidades de ganancias a corto plazo no pueden justificar el compromiso de los principios fundamentales. El trabajo del partido está guiado en primer lugar por la conservación y el esclarecimiento de su programa, incluso cuando la adhesión a la doctrina limita la flexibilidad pragmática o la persecución de objetivos inmediatos. En este sentido, los militantes no son “empresarios políticos” que adaptan el partido a las circunstancias, sino ejecutores disciplinados cuya tarea es aplicar y defender un programa histórico que está por encima de la ambición personal, del éxito temporal o de la conveniencia táctica.

Cuando los individuos se adhieren al partido, no se espera que dispongan de un dominio completo de todos los puntos de la doctrina. Lo que se requiere es la aceptación de los fundamentos programáticos y la voluntad de subordinarse a ellos. El ingreso en el partido da, por tanto, inicio a un proceso de disciplina hacia la doctrina, un proceso que se desarrolla a través de la participación en la vida colectiva y en el trabajo de la organización. Este desarrollo no ocurre solo a través de la lectura y el estudio, aunque estos sigan siendo importantes. A menudo emerge a través de la experiencia práctica, a través de desacuerdos, preguntas sobre los métodos o incertidumbres que surgen durante el desempeño de las tareas organizativas. Afrontando estas situaciones con los compañeros y remitiéndolas a los principios establecidos por el partido, el militante profundiza gradualmente su comprensión y su alineamiento con la doctrina.

En su conjunto, estos principios definen una forma específica de camaradería. Las relaciones entre los militantes son fraternales, guiadas por el respeto, la claridad teórica y la responsabilidad compartida. La consideración fraternal asegura que los desacuerdos sean afrontados a través de un esclarecimiento colectivo, no con una lucha personal. Como operadores dentro de un movimiento histórico cuya doctrina pertenece a toda la clase obrera, los compañeros desempeñan sus funciones con disciplina y humildad, subordinando el siempre miserable ego individual y el pragmatismo inmediato a los principios duraderos del programa revolucionario.







Democracia y fascismo: El Giano de dos caras del capitalismo
Cuando incluso la burguesía se ve obligada a dar la razón


Informe presentado en la Reunión General de septiembre de 2023

(Continuación del número 48)


El sindicato del régimen

Sabino Cassese escribe en el capítulo 7:

«Por un lado, el sindicato fascista fue reconocido como poseedor del poder de representar a todos los trabajadores, y por otro, fue incorporado a la maquinaria del Estado (...) El proceso de "estatización" de los sindicatos resulta incomprensible si no tenemos en cuenta que, en la "batalla de ideas", no solo afirmaron el interés de los trabajadores en la productividad de la empresa o el poder del sindicato para gestionar las actividades económicas, sino que también impulsaron la tesis según la fórmula de Rossoni del "sindicalismo integral" (1923). Posteriormente, en 1926, para aprovechar la Confindustria, privándola de su autonomía, reinterpretaron la esencia de la tesis del sindicalismo integral como “corporativismo integral” (lo cual, sin embargo, también se prestaba a la interpretación opuesta de Ugo Spirito, según la cual la corporación había “devorado” a los sindicatos obreros). (...)

«Este proceso de “estatización” se llevó a cabo mediante dos poderosos instrumentos impuestos desde arriba: el desmembramiento sucesivo de la única Confederación Sindical Fascista y el abandono del llamado “electoralismo”, con los consiguientes nombramientos desde arriba. Pero también se logró de otra manera, activando un canal para la promoción de dirigentes sindicales en el gobierno. (...) Mientras el sindicato como tal es menospreciado, sus dirigentes son promovidos. La organización queda controlada, el personal hace carrera pública.

«Comencemos con las desintegraciones. En enero de 1922 se fundó la Confederación Nacional de Corporaciones Sindicales, que más tarde se convirtió en la Confederación Nacional de Corporaciones Sindicales Fascistas y, posteriormente, en la Confederación Nacional de Sindicatos Fascistas en 1926 (...). La Confederación, a pesar de cambiar de nombre dos veces, seguía incluyendo a las seis federaciones sindicales.

«La Ley Rocco otorgó al sindicato fascista un estatus privilegiado (reconocimiento legal, exclusividad, representación legal de todo el sindicato), lo que también implicaba una serie de condiciones, entre ellas la revocabilidad del reconocimiento y la aprobación del estatuto por decisión gubernamental. El gobierno utilizó estos instrumentos en tres ocasiones (en 1928, 1932 y 1934) para desmantelar la única confederación sindical fascista. Así, la organización de alto nivel pasó de una sola asociación a seis confederaciones en 1928 (a las que hay que añadir la de los trabajadores intelectuales).

«Entonces, las Confederaciones fueron despojadas de su poder de negociación en favor de las Federaciones. El conjunto de medidas de 1928 respondía a la necesidad como se indicaba en las propias medidas de “lograr que la organización cumpliera mejor con la ley y los reglamentos sindicales”. En realidad, existía el temor de que el sindicato actuara como “un estado dentro del estado”. Por lo tanto, se decidió lo que, en términos fríos, se denominó un “desbloqueo”».

También se habla de un segundo “desbloqueo” en 1934:

«Se revocó el reconocimiento de los Sindicatos Provinciales (que, en esencia, se convirtieron en una especie de oficinas periféricas de las Confederaciones), y la organización sindical se alineó con las Corporaciones establecidas. Estas agrupaban a empleadores y trabajadores pertenecientes a diferentes Confederaciones. Por consiguiente, fue necesario privar a las Confederaciones del poder de estipular convenios colectivos, para transferir este poder a las Federaciones. Las Confederaciones conservaron funciones de coordinación, perdiendo otros poderes tanto a favor de las Federaciones miembros como de las Corporaciones (...)

«La organización sindical fascista era una pirámide que se sostenía sobre su propio vértice, con una total ausencia de participación real de los trabajadores en la vida sindical».

El ministro Tullio Cianetti, en un informe confidencial a Mussolini en 1943, escribió: «Los sindicatos se vieron obligados a nombrar a un número significativo de camaradas que no tenían ninguna conexión con los sectores productivos gobernados por las corporaciones individuales y cuya única cualificación era su anterior nombramiento como diputados». Continuó diciendo que los trabajadores estaban representados «por abogados, magistrados jubilados o desempleados, e incluso por concejales prefecturales». Cassese agregó que «la representación sindical y empresarial era una representación (aunque no electiva) para los empresarios, es decir, para la clase empresarial. Para los trabajadores, era una falsa representación impuesta». Además, «los sindicatos fascistas eran grandes en términos de afiliación y número de empleados. Esto también puede explicarse por el desarrollo de sus funciones de bienestar (esto ya estaba previsto por la ley Rocco y, posteriormente, establecido por los estatutos), que aumentaron en paralelo. Similar a las del partido. Campamentos de verano para niños, atención médica, vacaciones y viajes en grupo, pensiones y seguros incentivaban la afiliación, aunque los sindicatos desempeñaran así una función más de asistencia social que de reivindicaciones».

Desde esta perspectiva, también podemos afirmar que los sindicatos del régimen actual son herederos directos de los sindicatos fascistas.

Alberto Aquarone, en su texto “La organización del Estado totalitario”, en relación con el pacto del Palazzo Vidoni de 1925, escribe: «Las corporaciones fascistas habían obtenido, en efecto, el monopolio de la representación de los trabajadores industriales, pero a un precio muy alto: la abolición de las comisiones internas, lo que sancionó la exclusión del sindicato de cualquier poder de intervención e iniciativa directa en la empresa».

Ahora pasemos a nuestra publicación “Comunismo” n.59. «En 1929, apareció en la prensa fascista una polémica a favor de los administradores de fábrica, argumentando que los trabajadores que ejercían como administradores, incluso los pertenecientes a sindicatos fascistas, estaban siendo despedidos, al igual que los trabajadores que, sin ser administradores, ocupaban cargos en sindicatos fascistas. “Il Lavoro fascista”, órgano de la Confederación de Trabajadores Industriales, apoyó la necesidad de establecer administradores, pero la respuesta negativa provino de “Il Popolo d’Italia” del 18 de agosto de 1929: “El defecto fundamental e irremediable de esta institución consistía en que respondía a una mentalidad esencialmente clasista, a una concepción de la relación entre capital y trabajo según los antiguos presupuestos de la lucha de clases. Los administradores de fábrica habrían creado una atmósfera de prejuicio, desconfianza y sospecha, totalmente contraria a esa colaboración de clases, a esa armonía entre capital y trabajo, que es uno de los mayores logros del fascismo”».

De “La lógica del sindicalismo fascista y del sindicalismo tricolor: La defensa del Capital”, 1980: «Los sindicatos no emanaban de las corporaciones, sino que mantenían una vida propia y distinta, no solo de ellas, sino también de las organizaciones empresariales, que eran organizativamente autónomas de las corporaciones... En materia de relaciones laborales entre trabajadores y empleadores, las corporaciones solo contaban con "jurisdicción accesoria", es decir, funcionaban como reguladoras de los contratos laborales sectoriales estipulados entre los sindicatos de trabajadores y las asociaciones empresariales (...). Para emitir reglamentos sobre relaciones laborales, la corporación necesitaba la acreditación de los sindicatos fascistas y de las organizaciones patronales».

Mientras que la corporación es un instrumento directo del Estado, una de sus instituciones, el sindicato es un instrumento indirecto, mediante el cual la burguesía logra la subyugación del proletariado a las necesidades de la economía nacional, es decir, a sus propias necesidades. La burguesía, en su fase monopolista e imperialista, aprendió lecciones del comunismo: si para nosotros el sindicato es la correa de transmisión del Partido, y por lo tanto de la dictadura proletaria, para la burguesía es la correa de transmisión de su propia dictadura.


Los sindicatos en la democracia posfascista

De nuestro mismo texto:

«La cuestión es esencialmente la misma en el régimen democrático posfascista de nuestra época. Ha copiado y desarrollado el criterio de la organización corporativista de la sociedad, adaptándolo a las exigencias del engaño democrático, típico de la organización "pluralista" del Estado democrático. Incluso en la democracia, se forma y opera el clásico triángulo corporativista de sindicatos, empresarios y gobierno. En la democracia, como en el fascismo, el Estado se presenta como la encarnación de las demandas sociales inherentes al antagonismo natural entre el proletariado y la burguesía, cuyos intereses están representados en ambos regímenes por sus respectivos sindicatos: los sindicatos italianos para los trabajadores y Confindustria, Confagricoltura y otras asociaciones empresariales para los capitalistas.»

«La única diferencia entre ambos regímenes radica en el estatus jurídico de los sindicatos, a los que el régimen democrático no reconoce como personalidad jurídica, sino que considera asociaciones de facto sujetas a jurisdicción privada y a las leyes de “seguridad pública”. Sin embargo, los sindicatos italianos son emanaciones de los partidos que conforman la columna vertebral política del régimen, y sus estatutos se rigen por las leyes del Estado y la Constitución republicana. Esto garantiza formalmente su papel como “instrumentos indirectos” del Estado en su labor de represión y subyugación de la clase obrera a los intereses de la economía nacional.

«De hecho, su carácter formal como organizaciones independientes, no vinculadas a las instituciones estatales, junto con su referencia formal a la tradición del asociacionismo de clase sobre la que construyeron su organización en la inmediata posguerra, y por ende, su influencia oportunista sobre las masas trabajadoras, de la que ciertamente no gozaban los sindicatos fascistas, constituye la mejor garantía contra el Estado, mucho más eficaz que cualquier forma jurídica que sin duda tendría el efecto de alejar a los estratos más combativos del proletariado».


Más sobre las corporaciones

En el capítulo 7, Cassese escribe:

«Los representantes de los empresarios, y especialmente los industriales, temían la intrusión de las corporaciones en las empresas, pero aceptaban la maquinaria corporativa como el mal menor (...) Mussolini declaró en 1933: “Hoy estamos enterrando el liberalismo económico (...) El corporativismo es la economía disciplinada y, por lo tanto, también controlada”. Habló de una “crisis del sistema capitalista”; de una era de cárteles, sindicatos, consorcios y monopolios. Se quejó de que el gran capital privado exigía protección aduanera al Estado y, en momentos de dificultad, “se arrojaba como plomo a los brazos del Estado”. Al año siguiente, añadió: “La intervención estatal ya no se evita, se insta”. En 1936, habló del “plan maestro para la economía italiana” y afirmó: “El régimen fascista no pretende nacionalizar ni, peor aún, funcionalizar toda la economía del país; le basta con controlarla y disciplinarla mediante las corporaciones”».

Esta última afirmación de Mussolini es cierta. Cassese continúa:

«Otro país que realizaba un importante esfuerzo de planificación, Estados Unidos, observaba con interés el experimento corporativo, hasta el punto de que se hablaba de un Roosevelt fascista y de un “corporativismo estadounidense”». Es bien sabido que muchos de los expertos involucrados en los programas del New Deal admiraban el corporativismo italiano, al igual que el propio Roosevelt.

El famoso economista Keynes, ahora venerado como el dios de la democracia con tintes socialistas, habló con benevolencia del corporativismo en un discurso radiofónico del 14 de marzo de 1932 sobre "Planificación del Estado", considerándolo un experimento destinado a resolver los problemas económicos del presente.

Pero para el fascista Giuseppe Bottai, más realista que muchos de sus camaradas, "Existían corporaciones sin corporativismo". El historiador económico Gualberto Gualerni, entre las décadas de 1970 y 1980, escribió:

«Hasta 1934, se hablaba de corporaciones sin que existieran; luego se crearon sin los poderes adecuados, y mientras se las proclamaba la columna vertebral del Estado fascista, se las ignoraba (...) Las corporaciones no tenían ningún impacto en la política industrial". No lograron ninguno de los objetivos para los que fueron concebidas, ni siquiera el de los órganos consultivos. Las instituciones y decisiones económicas que no diferían sustancialmente de las implementadas en otros países capitalistas fueron clasificadas como corporativas». Riccardo Faucci, otro historiador económico burgués, escribió en esos mismos años que «el sistema corporativo no funcionó en absoluto, ya sea porque fue deliberadamente eludido por las partes involucradas o porque no se tomaron medidas para coordinarlo con las nuevas instituciones».

Esto, si bien es en gran medida cierto, no significa que el corporativismo fuera inútil para el Estado y el régimen burgués. Otro historiador, Alessio Gagliardi, escribe acertadamente: «Parece reduccionista descartar la experiencia de las corporaciones bajo la única interpretación de fracaso. Las corporaciones aseguraron un canal institucional a través del cual los grupos privados más representativos podían negociar las modalidades de intervención estatal y las relaciones con las empresas públicas».

Cassese coincide con el historiador Maier, a quien cita: «En el ámbito económico, el fascismo no logró resultados concretos ni creó un sistema económico que se diferenciara del capitalismo intervencionista que otros países occidentales improvisaron durante la depresión o la guerra. El fascismo legitimó las intervenciones puntuales que también fueron necesarias en otros lugares debido al desempleo masivo o por las exigencias de los tiempos de guerra».

Cassese continúa:

«La normativa de 1933 sobre la autorización de nuevas plantas industriales se gestionó de forma anticompetitiva, favoreciendo a los grupos oligopolísticos. La decisión sobre las autorizaciones, que antes se encomendaba a una comisión integrada por un representante de las dos confederaciones la de los industriales y la de los trabajadores industriales se transfirió a las empresas en 1937. Las autorizaciones se utilizaron para defender la posición de mercado de las grandes industrias y protegerlas de la entrada de nuevos operadores, en grave detrimento de la innovación tecnológica. En resumen, las actividades de las empresas encierran todo el arsenal de una economía monopolística concertada y protegida: un auténtico manual de prácticas que violan la competencia».

«El corporativismo ha fracasado en su función de control público de la economía (...) Pero (...) permitió un diálogo estrecho con los organismos públicos, útil para garantizar su protección, esa inserción de intereses privados en la maquinaria pública que constituye uno de los principales legados del período fascista de veinte años. Desde este punto de vista, la maquinaria corporativa fue una herramienta eficaz en manos de los agentes económicos (...). No se trataba, por tanto, de una maquinaria corporativa impopular y boicoteada por los empresarios, ni tampoco de una maquinaria corporativa ineficaz, sino que cumplió bien su función de posibilitar la implementación de una política corporativa, cerrada, no competitiva y autárquica».

Bottai también era parcialmente consciente de los "problemas" del corporativismo, escribiendo en su obra de 1936 titulada "El orden corporativo": «La corporación, tal como la define la ley del 5 de febrero de 1934, al desarrollarse dentro de la órbita de un solo producto, puede presentar el peligro de fortalecer el particularismo de categoría y agotarse en intereses particulares o resoluciones fragmentadas. Solo a través de una síntesis intercorporativa, como la que podría proporcionar el Consejo Nacional de Corporaciones, podemos alcanzar un nuevo equilibrio económico, logrado con el sacrificio necesario de intereses divergentes entre individuos o categorías». Una vez más, la ilusión burguesa de disciplinar la anarquía capitalista".

En el noveno y último capítulo, Cassese escribe: «Con respecto a la disciplina de la economía, la construcción del edificio corporativo (...) representó el resultado de una especie de división del trabajo, en la que la intervención no corporativa (la que tuvo lugar fuera de las corporaciones, por ejemplo, bajo Beneduce) cubrió la parte superior, las acciones dirigidas a las grandes empresas y los grandes bancos, mientras que la intervención corporativa y las corporaciones... Las instituciones satélite servían para poner orden en el tejido de las pequeñas y medianas empresas, protegerlas de la competencia extranjera y construir la red adecuada para garantizar su acción concertada. Mussolini desempeñó un papel clave, regulando el tráfico entre las dos áreas».


El corporativismo en Giovanni Gentile

Las dos principales concepciones del corporativismo se encuentran en Giovanni Gentile y Ugo Spirito. Ya hemos mencionado las más realistas de Rocco y Bottai, y dejaremos de lado las aún más confusas de otros autores.

Para Gentile, el Estado fascista es y debe ser el Estado ético, heredero del resurgimiento y de Mazzini. El Estado ético no absorbe ni aniquila al individuo; no limita su libertad, sino que actualiza su voluntad; la verdadera individualidad se realiza no mediante la abstracción de los lazos sociales, sino dentro del Estado, que es una comunidad espiritual. El Estado es, por lo tanto, la voluntad de un pueblo que se siente nación y desea serlo. En esta concepción, el Estado no es superior ni externo al individuo, sino que reside en el interior del hombre: como Dios para Agustín de Tagaste. Gentile tiene una concepción orgánica del Estado, del cual las corporaciones son órganos.

Por consiguiente, se distingue de la concepción católica. El corporativismo del siglo XIX, representado sobre todo por la encíclica Rerum Novarum de León XIII de 1891 y las obras de Wilhelm Emmanuel von Ketteler y Giuseppe Toniolo, abordan la separación entre Estado y empresas y la importancia de la descentralización. Obviamente, la descentralización implicaba dejar el poder real en manos de la burguesía y los terratenientes locales: para ellos, incluso Cavour era demasiado “revolucionario”.

Para Gentile, y formalmente para todo el fascismo, el corporativismo es un orden social económico y jurídico que crea una tercera vía entre el capitalismo y el comunismo, lograda a través del partido único y el Estado totalitario liderado por el Duce.

El “Estado ético corporativo” de Gentile no pretende suprimir los intereses particulares, sino “resolverlos” dentro de un cuerpo político del que forman parte, es decir, la nación, con el consiguiente rechazo al internacionalismo y la afirmación de la “identidad espiritual” nacional. Este “universal” en el que se resuelve lo “particular”, esta la voluntad actualizada que constituye el Estado-nación, que no es la suma de voluntades individuales, evoca la “voluntad general” de Rousseau. Gentile incluso habla de un “humanismo del trabajo”, ya que, a través del trabajo, el trabajador, en el Estado “orgánico” fascista, adquiere autoconciencia y asciende al “reino del espíritu”.

El socialismo y el propio sindicato son rechazados porque conllevan la lucha de clases, ignorando y destruyendo la unidad de la nación y del Estado. En esta visión, el fascismo no rechaza las reivindicaciones que dieron origen al socialismo y al movimiento sindical, sino que las reconcilia dentro del sistema corporativo.

De la obra de Cavallera, “Política y Cultura”, que recoge los escritos de Gentile entre 1918 y 1944, leemos: «El fascismo está a punto de sustituir al Estado liberal por el Estado corporativo. De hecho, ha adoptado del sindicalismo la idea de la función educativa y moralizante de los sindicatos; pero, al tener que superar la antítesis entre Estado y sindicato, ha tenido que esforzarse por atribuir esta función a un sistema sindical que, armoniosamente compuesto por corporaciones, está sujeto a la disciplina estatal, e incluso se expresa desde dentro del propio organismo del Estado. El Estado, que, al tener que llegar al individuo, al realizar su voluntad, no lo busca como ese individuo político abstracto que el viejo liberalismo suponía un átomo indiferente, sino que lo busca como solo él puede encontrarlo, como lo es en realidad: una fuerza productiva especializada que, por su propia especialidad, se ve atraída a unirse con todos los demás individuos de la misma categoría, pertenecientes al mismo grupo económico unitario, dado por la Nación».

La idea de que el individuo no se caracteriza principalmente por su posición social general, sino por ser una “fuerza productiva especializada”, un “productor”, y como tal asociado a su “categoría”, es típica del corporativismo fascista, pero deriva del sindicalismo revolucionario y su encuentro con el nacionalismo. Esta idea también influyó en Gobetti, Gramsci y los ordinovistas. La idea de que los trabajadores deben organizarse en corporaciones establecidas para cada profesión, y no como asalariados, tiene gran concordancia con el Consejismo, que busca empoderar a los trabajadores divididos por fábrica o rama de producción, ignorando o subestimando la organización territorial. Desde 1920, hemos observado que esto refleja mejor la condición real de los trabajadores, asimilados más allá del estigma que el capital les impone.

Esto, obviamente, no significa que los Consejos de Fábrica sean equivalentes al corporativismo: son una herramienta que puede ser útil para los proletarios cuando no pretenden reemplazar al sindicato ni al partido. Los Consejos de Fábrica, como cualquier órgano intermedio entre el partido y la clase, pueden tener una función positiva si tienen posiciones de clase genuinas y están influenciados por el partido. Las posiciones "productivistas" se remontan, de una u otra forma, a Proudhon. El proletario es el creador de un producto del que no posee los medios de producción, que no se apropia y sobre cuya producción no tiene ningún poder, clavado a la condición de esclavo asalariado: mirar con orgullo la propia condición de "productor" equivale a enorgullecerse de las propias cadenas, creyendo que son un instrumento de liberación.








La guerra y el fascismo solo serán detenidos por la lucha de clase con el derrocamiento revolucionario del capitalismo

La guerra y el fascismo no son un incidente histórico fruto de líderes, partidos e ideologías locas y crueles, sino el producto inevitable del curso histórico del capitalismo, la expresión más auténtica de la naturaleza de este modo de producción.

El poder político no es de los Trump, Putin, Khamenei, Netanyahu, Xi Jinping, sino de aparatos al servicio de las gigantescas concentraciones industriales y financieras del capital. Estos aparatos dirigen las máquinas estatales nacionales burguesas.

La guerra en Irán solo aparentemente – y en las mentiras de la izquierda liberal-burguesa y de la oportunista – daña la economía capitalista, aunque, como en todo negocio, hay quien gana y hay quien pierde.

El aumento de los precios del petróleo dentro de ciertos límites beneficia a la burguesía de los EEUU, que desde 2015 es el primer productor mundial de crudo y desde 2019 uno de los principales exportadores; beneficia a la burguesía rusa; beneficia también a la burguesía iraní, que – a pesar del conflicto – no solo continúa exportando su petróleo a China a través de Ormuz, sino que, por decisión del propio imperialismo estadounidense, puede ahora vender 140 millones de barriles (aproximadamente 70 días de exportaciones) a precio completo a todos los países – incluidos los EEUU – en virtud de la suspensión de las sanciones.

El aumento de la inflación dentro de ciertos límites, consecuente al alza del precio del petróleo, no daña a las empresas, que reaccionan aumentando los precios de sus productos. Daña, en cambio, a los proletarios, a los asalariados, los únicos que no pueden decidir autónomamente elevar el precio de venta de su mercancía – la fuerza de trabajo – sino que para hacerlo deben luchar con la burguesía, es decir, ir a la huelga. Si el aumento de la inflación no es excesivo – tal que no comprima demasiado el consumo, que de todos modos está en contracción desde hace décadas – beneficia a las ganancias, porque coincide con una reducción de hecho de los salarios.

La guerra contra Irán responde a los intereses de la burguesía de los USA, además de por los mayores ingresos petroleros, porque alimenta el gigantesco aparato industrial militar del primer imperialismo mundial, porque refuerza el dominio financiero del dólar y con ello apuntala la deuda pública de Washington. Lo es hasta tal punto que el régimen burgués estadounidense la ha emprendido a pesar de la opinión fuertemente contraria de los mandos militares.

La guerra contra Irán es claramente también una guerra por la hegemonía y el reparto del mercado mundial, de los EEUU contra, ante todo, el imperialismo chino – su principal rival – y luego también contra los imperialismos europeos que, grandes importadores de petróleo y gas, deberán elevar los precios de sus mercancías, haciéndolas con ello menos competitivas en los mercados internacionales. La burguesía alemana y la italiana, que ya han pagado el precio de la guerra en Ucrania, ahora pagarán el de la guerra en Medio Oriente.

Pero también las burguesías europeas están locamente enamoradas de la guerra: todas se han lanzado a un faraónico plan de rearme con el cual dar oxígeno a sus asfixiadas manufacturas; las industrias alemanas de automóviles se convierten para fabricar armas; dos drones caídos en Chipre han bastado para justificar por parte de los países europeos (también por el gobierno de Sánchez) el envío de naves militares; ya conspiran y negocian acuerdos para la reconstrucción en Irán, Ucrania, Líbano... Lo mismo vale para el régimen capitalista de Pekín – la vía china hacia la falsificación (ya evidente) del socialismo – que ostenta ya el segundo gasto militar del mundo, en continuo crecimiento.

Todas las burguesías nacionales anhelan desesperadamente la guerra como su única salvación de la crisis de sobreproducción que avanza llevando inexorablemente al colapso catastrófico de la economía capitalista mundial.

El entrelazamiento de los negocios entre los imperialismos es la confirmación de cómo las contraposiciones entre los Estados burgueses no son en absoluto absolutas, aunque – como en las guerras entre clanes mafiosos – mueran jefes y secuaces: la burguesía rusa saca provecho de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, país con el cual hace solo un año estrechó un “tratado de asociación estratégica”; China tiene en el régimen iraní un aliado fundamental, al cual compra el 90% de sus exportaciones petroleras, pero es también el primer socio comercial de Israel y a ambos – Israel e Irán – vende los sistemas de control para masacrar, unos a los palestinos y otros a los rebeldes iraníes.

Lo que cuenta para la burguesía internacional y sus regímenes políticos nacionales, más que vencer en el reparto, es que la guerra se combata, se cumpla: que devore vidas, ciudades, fábricas y mercancías en exceso, para dar un respiro a la asfixiante acumulación del capital. La guerra imperialista, más y más allá de ser una guerra entre bandas de Estados capitalistas, es una guerra de la burguesía contra el proletariado mundial, es una guerra de clases.

Son una prueba más las irrisorias declamaciones en “defensa de los pueblos oprimidos” por parte del imperialismo estadounidense, tanto como el mentiroso “anti-imperialismo” de los regímenes capitalistas adversarios de Washington, en los que solo los supervivientes nostálgicos de la impostura del falso socialismo de la URSS pueden creer. Las proclamas de EEUU e Israel en apoyo a los rebeldes iraníes durante las manifestaciones de enero solo han sido útiles para el régimen iraní, que mejor ha podido señalarlos por colusión con fuerzas extranjeras y masacrarlos. Los bombardeos desde el 28 de febrero -llegados, por lo demás, cuando la masacre ya se había consumado hace dos meses- cohesionan a las fuerzas de oposición en torno al nacionalismo y, por tanto, al régimen, que puede endurecer aún más la represión interna. Y, de hecho, con la guerra toda manifestación ha cesado. Las burguesías estadounidense e iraní ganan con el petróleo más que antes. El cambio de régimen invocado por los EEUU es un cambio de dirección del flujo de los ingresos del petróleo manteniendo intacto el aparato burgués -fundado en Irán en los pasdarán y el clero chiíta- que oprime al proletariado, exactamente como ocurrió en Venezuela.

Todos los Estados burgueses del mundo, en primer lugar aquellos que se erigen como paladines de la democracia, tienen interés en que el proletariado iraní siga oprimido y explotado porque su revuelta incendiaría la lucha de clases desde Turquía hasta el Magreb, pasando por el Medio Oriente, incluido Israel, a cuyo régimen burgués le faltaría el espantapájaros con el que encadena a la clase trabajadora al carro de los intereses capitalistas nacionales.

Los imperialismos europeos con ropaje democrático han hecho negocios durante medio siglo con el régimen burgués iraní vestido de Ayatolá y continuarán haciéndolos, a pesar de cada sermón democrático recitado para la ocasión por peces gordos de la política y altos cargos institucionales burgueses. El cinismo asesino de las democracias europeas y estadounidense muestra cómo la democracia es el ropaje con el que estos regímenes cubren su naturaleza burguesa, para la cual la Ganancia es lo primero: bajo la máscara democrática, la realidad social y política es la de la Dictadura del Capital.

Las libertades políticas, sindicales, sociales se conceden en la medida en que no lesionan los intereses fundamentales del gran Capital: con el avance de la crisis de sobreproducción y de la guerra imperialista deben ser comprimidas o totalmente revocadas, para impedir que obstaculicen el aumento de la explotación y el militarismo.

Los partidos de la izquierda liberal-burguesa, que tanto en Europa como en los EEUU se presentan como alternativa y baluarte frente a la derecha y al fascismo, no hacen sino allanarles el camino: cuando llegan al gobierno, sus políticas no pueden sino ejecutar los dictados del gran Capital. Ilusionan a los trabajadores con que la solución está en el plano electoral, dentro del presente marco político capitalista; los desorganizan y los desarman, entregándolos a los estratos más atrasados que caen en los engaños populistas del fascismo y se suman a la pequeña burguesía.

Los partidos de la izquierda oportunista, que no creen en la revolución ni en el comunismo, incluso cuando se declaran radicales o revolucionarios, ante el despliegue del fascismo de los regímenes burgueses, hacen frente común con la izquierda burguesa en “defensa de la democracia”, yendo con ellos hacia el fracaso.

Al régimen burgués le basta con promover una derecha cada vez más reaccionaria, despiadada y fascista para que la izquierda burguesa abrace políticas de derecha. La lógica es análoga a aquella con la que los sindicatos del régimen hacen tragar a los trabajadores las renovaciones contractuales perjudiciales: “¡podría haber sido peor!”. Al fascismo, la izquierda liberal-burguesa no tiene ningún programa político que contraponer, salvo el de – común a la derecha – gestionar y defender el capitalismo, en marcha hacia el colapso económico y la guerra imperialista.

En una conocida imagen, muchos peces pequeños, acosados por un gran depredador, se unen para formar un pez aún más grande, invirtiendo la relación de fuerzas. Esta es la lucha proletaria con una parte consistente de los trabajadores organizados en el sindicato de clase dirigido por la orientación sindical y política del partido comunista revolucionario. En democracia el diseño es diferente: dos peces grandes (derecha e izquierda burguesas) giran en torno a los peces pequeños (los proletarios) emitiendo grandes burbujas (propaganda) y encerrándolos en ellas; el tercer pez grande – la burguesía – asciende desde el fondo y se come a los peces pequeños.

Lo que salvará a la clase trabajadora de la guerra y el fascismo no será la “defensa de la democracia”, el frente único político de los partidos “antifascistas”, sino la lucha de clases en defensa de los salarios y de las condiciones de vida y de trabajo, con un frente único sindical de clase que dirija huelgas cada vez más extensas y duraderas, hasta la revolución y la dictadura proletaria.

La alternativa no es entre democracia y fascismo, entre derecha e izquierda, sino entre capitalismo y comunismo, entre guerra y revolución.








POR EL SINDICATO DE CLASE


Huelga de trabajadores chinos en Rusia

Los días 12 y 13 de abril (2026), varios cientos de trabajadores chinos empleados en la refinería de Komsomolsk del Amur, un importante centro industrial del Extremo Oriente ruso, marcharon desde la fábrica hasta el centro de la ciudad.

La planta petroquímica pertenece a Rosneft, la mayor petrolera estatal de Rusia y una de las más grandes del mundo. Los trabajadores están empleados por Petro-Haihua, la filial rusa del grupo industrial chino Haihua, que trabajaba bajo contrato para Rosneft.

Según funcionarios rusos, Rosneft rescindió su contrato con Petro-Haihua alegando "incumplimiento de plazos" y "mala calidad del trabajo". Rosneft informó de una caída del 73% en sus beneficios netos en 2025, lo que confirma las dificultades del gigante estatal.

Tras la rescisión del contrato de obras, Petro-Hehua dejó de pagar los salarios a los trabajadores, abandonándolos en Rusia, varados en sus barracones. Después de algunos días, los obreros decidieron actuar y salieron del campamento en procesión. La manifestación fue pacífica y los trabajadores portaban algunos carteles con consignas en ruso y chino que decían “Sin dinero”, “Putin, ayúdanos".

Evidentemente, los trabajadores -que carecían de un sindicato que promoviera la solidaridad entre los demás trabajadores de la fábrica y la ciudad, en un país en guerra- intentaban evitar enfrentar a las autoridades con estos lemas. Aunque en noviembre de 2021, un pequeño grupo de trabajadores chinos organizó una manifestación más violenta por los mismos motivos, asaltando las oficinas locales de Rosneft.

Sin embargo, la «ayuda» del Estado burgués ruso llegó en forma de un gran despliegue de las fuerzas OMON, la Unidad Móvil Especial de la Guardia Nacional, que rodeó el campamento, impidiendo su salida. Cinco trabajadores que lideraban la protesta fueron arrestados, acusados ​​de violar un artículo del Código Administrativo, concretamente «organizar una concentración masiva en un lugar público». Dos de ellos recibieron multas de 10.000 y 50.000 rublos, respectivamente, mientras que se desconoce el paradero de los tres restantes. Las autoridades restaron importancia al incidente, alegando que los trabajadores chinos estaban «celebrando la Pascua». El alcalde de Komsomolsk del Amur, quien había publicado en redes sociales que estaba negociando con los trabajadores y la dirección de la refinería, posteriormente borró la publicación. Las autoridades regionales expresaron su disposición a repatriar a los trabajadores a China, siempre y cuando Petro-Hehua iniciara el procedimiento.

Esta pequeña lucha obrera es un claro ejemplo de como las burguesías rusa y china, presentadas por los remanentes políticos del oportunismo estalinista como superiores a las burguesías occidentales, son en realidad idénticas. No se trata de cultura, de una retórica ideológica para encubrir regímenes capitalistas nacionales, ni de religiones. En todas partes, se trata de intereses económicos, es decir, de clase, por los que la burguesía oprime y explota a la clase trabajadora.

Los trabajadores chinos fueron primero explotados por su grupo industrial de origen y por la empresa estatal rusa, luego abandonados por ambos y reprimidos por el Estado burgués ruso. Los trabajadores no tienen patria porque todos los regímenes nacionales están en su contra. La liberación del capitalismo comienza con la conquista del poder político mediante la revolución y, por lo tanto, necesariamente dentro de un país. Pero solo se logra con la revolución internacional y el nacimiento de una república socialista verdadera que trascienda y derroque los límites de las prisiones burguesas nacionales.




Solidaridad internacional con los trabajadores textiles de Turquía

En diciembre de 2025, los trabajadores de la fábrica textil Şık Makas, tras meses de salarios impagados, despidos sin indemnización y presiones para que aceptaran una representación sindical patronal, invitaron a las organizaciones obreras del extranjero a una campaña de solidaridad. Su lucha contra los salarios robados era también contra la represión del Estado burgués y los intentos de los sindicatos tradicionales de obstaculizar la organización independiente. Rechazando la mediación del Estado y el sindicalismo corporativista, los trabajadores se organizaron desde abajo a través de asambleas colectivas y huelgas, manteniendo el control directo sobre su lucha y trabajando en coordinación con el sindicato combativo BİRTEK-SEN (Sindicato Unido de Trabajadores del Textil).

Los trabajadores de las cadenas de suministro globales de ropa en el extranjero respondieron con acciones coordinadas frente a los distribuidores de los productos de Şık Makas, en señal de solidaridad e internacionalismo proletario. Aunque tales acciones por sí solas no ejercen una presión directa sobre el patrón turco, pueden elevar la moral y la fuerza de los trabajadores.

Los camaradas de nuestro partido que operan en los Estados Unidos dentro de la CSAN (Class Struggle Action Network / Red de Acción para la Lucha de Clase) contribuyeron a este pequeño momento de solidaridad entre las fuerzas organizadas que defienden el sindicalismo de clase.

Se llevaron a cabo acciones en cuatro ciudades de Turquía, cuatro en los Estados Unidos y una en Canadá: Se recaudaron 21.517 liras turcas en apoyo a la lucha de los trabajadores de Şık Makas; Se establecieron contactos con obreros textiles italianos miembros de SUDD Cobas.

Estas son las palabras pronunciadas por un camarada nuestro, en nombre de la CSAN, a los trabajadores reunidos en Portland, Oregón:

Estamos aquí para expresar solidaridad con la lucha de los trabajadores de la Şık Makas, organizados dentro del sindicato textil combativo e independiente BİRTEK-SEN

La CSAN lucha por un movimiento obrero renovado y combativo, organizado en torno a los principios del sindicalismo de clase. Para enfrentar y superar las dificultades que encontramos como clase obrera, debemos llevar adelante esta lucha. Somos una red de trabajadores convencidos de que la sociedad está dividida entre los patrones, que obtienen beneficios de nuestro trabajo, y la clase obrera, cuya vida se ve sometida a duras pruebas a causa de estos beneficios. No existe un “interés común" y nuestra fuerza no deriva de la colaboración con los patrones o con el Estado, sino de unirnos y organizarnos para defender nuestro nivel de vida. CSAN lucha por un sindicalismo de lucha de clases contra el sindicalismo del régimen, es decir, por sindicatos independientes de los partidos políticos de la clase dominante. En los Estados Unidos rechazamos a ambos partidos de la clase dominante, demócratas y republicanos.

Necesitamos una acción decidida que una a los trabajadores más allá de los diferentes oficios, sectores y por encima de las fronteras.

Creemos que los sindicatos deben ser órganos de lucha de la clase obrera, no extensiones de los lobbies políticos burgueses o de las oficinas corporativas de recursos humanos. Esto significa poner en primer plano las reivindicaciones económicas, salarios más altos (especialmente para los peor pagados), combatir las jerarquías que nos dividen, rechazar las cláusulas de no huelga y el debilitamiento de los piquetes. Significa, en otras palabras, reconstruir una verdadera fuerza de huelga y de solidaridad. Es necesario organizar a los no sindicalizados, fortalecer las corrientes combativas dentro de los sindicatos existentes y crear un frente sindical de clase unido que garantice la coordinación de la lucha hacia una acción obrera de masas y unitaria contra los patrones y este sistema capitalista podrido, basado en una codicia insaciable de lucro que sacrifica a la humanidad.

Desde los salarios estancados hasta el trabajo excesivo, estamos bajo el ataque de la clase capitalista dominante que se beneficia de nuestro trabajo, desde el aumento de los precios hasta la represión. En la búsqueda del beneficio que necesita para mantener en pie su sistema moribundo, el capitalismo ataca a los trabajadores inmigrantes: además de intimidar al resto de la clase obrera, somete a esos trabajadores a una explotación extrema. El internacionalismo en la lucha de clases sirve también para combatir estas maniobras.

Si queremos obtener una vida mejor y ser fuertes en esta lucha, debemos rechazar toda forma de nacionalismo y conectarnos y organizarnos con nuestros compañeros trabajadores en todo el mundo por encima de las fronteras. Sobre todo porque los capitalistas ya lo están haciendo: nos explotan y obtienen beneficios de nosotros dentro de una cadena de suministro internacional en la que están extremadamente organizados.

Por eso, hoy estamos aquí frente a la tienda Zara: los compañeros textiles en Turquía producen ropa tanto para Zara como para H&M, Mango, Levi’s, GAP, New Look y Bestseller. Estos trabajadores están comprometidos en una dura lucha contra los patrones y el Estado turco. Miles de estos trabajadores están empleados con el salario mínimo: a partir de agosto, cientos de trabajadores no reciben su paga. Más de 2.200 se han visto obligados a dimitir o han sido despedidos, la mayoría de los cuales han sido privados de la indemnización por despido o de sus derechos.

Esta situación ha empujado a estos trabajadores a la pobreza: desahucios, endeudamiento, retiro de los hijos de la escuela, graves dificultades psicológicas... Mientras tanto, marcas globales como H&M, Zara, Mango, Levi’s y Bestseller continuaban obteniendo beneficios de la producción de la fábrica.

El 6 de octubre, cuando los trabajadores se cruzaron de brazos por los salarios impagados, el sindicato oficial se puso del lado del patrón y del Estado y ejerció presión para que volvieran al trabajo. Luego legitimó los despidos difundiendo acusaciones de “violencia” por parte de los huelguistas. Por ello, cientos de ellos abandonaron el sindicato de régimen para afiliarse a BİRTEK-SEN.

Somos solidarios con nuestros compañeros trabajadores de un extremo a otro del mundo. Estamos aquí para mantenernos unidos como clase obrera.

Esta situación no es específica de Turquía, sino que refleja la realidad de millones de trabajadores del sector textil y de la confección que trabajan con salarios muy bajos en países como China, India, Bangladés y Pakistán. Estas fábricas operan en el marco de contratos dictados por marcas internacionales con sede en los Estados Unidos, el Reino Unido y países europeos como España.

Estas empresas explotan a los trabajadores en todas partes, incluidos los del comercio minorista en los Estados Unidos y Europa. Todos tenemos el mismo enemigo y debemos luchar juntos.

Podemos obligar a los patrones a nivel internacional a satisfacer nuestras demandas. Sin nosotros, los trabajadores, no es posible obtener beneficios. Por esta razón, la fuerza de los trabajadores organizados y la solidaridad internacional pueden obligar a estas marcas a pagar sus deudas.

¡Viva la solidaridad con los trabajadores de Şık Makas! ¡Solidaridad con BİRTEK-SEN! ¡Trabajadores de todo el mundo, uníos!




Vnezuela:
El oportunismo frena la lucha de clase y aparta a los trabajadores de la huelga general por aumento salarial

Luego de un amplio acuerdo de sindicatos en diciembre de 2025, del secuestro del presidente Maduro y el surgimiento de un gobierno tutelado por EEUU, los diferentes partidos políticos con presencia en el movimiento sindical venezolano, iniciaron una agitación llamando a la lucha por aumento salarial y concretando acciones de protesta durante el primer cuatrimestre del 2026. Hemos visto una gran actividad mediática de dirigentes de la llamada derecha, de la izquierda burguesa y de ese oportunismo que se autodenomina de izquierda (y en algunos casos hasta “marxista”, “socialista” y “comunista”), que convocan a concentraciones y movilizaciones.


El desvío del electoralismo

La gran mayoría de este sindicalismo es patronal y traidor y solo se diferencian en que un sector es oficialista o pro-gobierno (principalmente la CBST) y otro sector es opositor al gobierno y se autoproclama “sindicalismo autónomo” (CTV, CUTV, UNETE, CGT, CODESA, ASI y un conjunto de Federaciones, Frentes, Coordinadoras y Comités). Ninguno de estos sectores ha impulsado la huelga y, principalmente, la huelga general por la exigencia de aumento salarial. Ni antes ni después de la llegada del chavismo al poder estos sindicatos llamaron a la huelga ni enfrentaron a los patronos; cuando fueron a la huelga fue por la presión de los trabajadores y rápidamente se encargaron de frenarla y traicionarla. Pero cuando amenazaron con ir a la huelga, no pasaron de eso, de hipócritas amenazas. Hoy, después de una historia de traición, se presentan ante los trabajadores, llamándolos a movilizarse por aumento salarial. De nuevo se ha activado la agenda electorera, para la cual siempre están dispuestos a tomar partido estos dirigentes que buscan ganar el voto para cuando se convoquen elecciones presidenciales. Ahora compiten por presentarse con la exigencia salarial más alta, para captar la atención, la simpatía y el voto de los trabajadores, pero ellos saben que ningún nuevo gobierno va a cumplir con un aumento significativo de los salarios y mucho menos sin la presión de una huelga general, que ellos ni convocarán ni organizarán.

Una mención especial podemos hacer de la llamada “Coalición Sindical”, que para efectos prácticos podemos definir como el comité de campaña de una candidata presidencial en el movimiento obrero. Por eso, su llamado a la lucha por aumento salarial es el que se nota más abiertamente hipócrita, demagógico y falso, pregonado por dirigentes pagados por los sectores políticos y económicos que respaldan esta candidatura. Son la más clara expresión del electoralismo que hoy quiere usar a los trabajadores como trampolín y que no dudan en presentarse con altas exigencias de salarios y llamados a marchar hacia Miraflores para promoverse en las redes sociales y captar la atención de los trabajadores. Pero si bien estos son unos descarados traidores y electoreros, el movimiento sindical está infectado de electoreros, defensores de la opresora democracia, de la Constitución, de la patria y del capitalismo en general. Esto quedó confirmado en todas sus iniciativas de calle, como la marcha del 9 de abril, en la que no promovieron consignas obreras o sindicales sino electorales, nuevas convocatorias del mismo tipo, como concentrarse frente a la Embajada de EEUU, tomando el curso más abiertamente apartado de la lucha reivindicativa real de los trabajadores.

Pero también se suma a esta oleada de oportunismo y demagogia sobre el movimiento obrero, una manada de tecnócratas, especialistas e influencers que inundan las redes sociales con análisis en los que plantean los montos de salarios que son “viables” para el gobierno desde el punto de vista presupuestario y contable, o las limitaciones legales existentes o sobre cómo incrementar los ingresos de los trabajadores manteniendo la política de bonos. Se trata de mensajes que tienden a limitar las aspiraciones de los trabajadores, a que caigan en la resignación de esperar reformas legales, acuerdos tripartitos y anuncios gubernamentales y estimulando la pasividad y la calma ante una mejora salarial “que llegará” esperando de brazos cruzados, sin luchar, solo eligiendo un nuevo gobierno.

El ambiente político está inundado de oportunismo y demagogia electorera. Algunos de los postulados, anuncios o consignas con las que acosan y confunden a los trabajadores son: “La Lucha de los Trabajadores por Salario es la misma Lucha por Recuperar la Constitución y la Democracia”, “¡Abajo la dictadura, fuera el imperialismo, no a la Amnistía a la cúpula del régimen ni pactos con el imperialismo!”, “Solo se mejorará el salario cuando se levanten las sanciones contra Venezuela”, “¡Fuera Trump y la dictadura! ¡No al pacto Delcy – EEUU! ¡Por un gobierno obrero, socialista y popular!”, “Por salario, democracia y libertad”. Todos pretenden, aun con sus diferencias, que no son esencialmente ideológicas y en medio de miserables disputas por las sobras y la carroña que les arrojan los capitalistas, todos pretenden que los trabajadores se movilicen por cambiar el gobierno, sacar a los chavistas del control de las instituciones públicas, derogar o reformar leyes, rescatar la democracia y que los “beneficios” salariales llegarán después. Y los más “radicales” hablan de “socialismo” (socialismo democrático, con elecciones parlamentarias y con mercado, por supuesto) y “gobierno obrero” (el mismo musiú pero con diferente cachimbo: la misma democracia burguesa). Pero con estas consignas, los oportunistas buscan confundir a los trabajadores y a ponerlos a la expectativa de luchar contra un supuesto enemigo externo, en vez de enfrentar, en su país y sin demora, a su enemigo de clase (al que los oportunistas tratan de no nombrar): la burguesía, los patronos capitalistas estatales o privados. Muy pocos dicen que no habrá aumento salarial sin la lucha de los trabajadores. Pero prácticamente nadie le habla claro a los trabajadores y les indica que debe prepararse una gran jornada de movilización que desemboque en una Huelga General y que ningún gobierno, ni el actual, ni los que vienen, gobiernos burgueses todos, aumentará el salario de los trabajadores, sin que estos emprendan una lucha de tal magnitud que se propicie una crisis económica y política, que ponga en peligro las ganancias de los capitalistas y la estabilidad política de sus gobiernos. Así de fuerte tiene que ser la respuesta del movimiento obrero. Y este sería un objetivo posible si las centrales y federaciones sindicales no fueran nidos de ratas traidoras y asumieran un plan serio y firme de lucha por el salario.

La verdad es que la lucha del movimiento obrero no es contra la “dictadura del chavismo”, sino contra la dictadura de clase de la burguesía, ya sea que se presente como democracia o como fascismo, ya sea que gobierne el chavismo o sus opositores. Cada gobierno nuevo que llega, no importa el grupo político que lo controle, representará los intereses de la dictadura de clase de los capitalistas (los burgueses). La lucha por aumento salarial tiene por lo tanto una conexión estratégica no con la “recuperación de la democracia y la Constitución”, sino todo lo contrario, con el abatimiento del capitalismo, que es el modo de producción que hoy oprime y explota a la clase obrera en todo el mundo y es el responsable de los salarios miserables que atormentan a los trabajadores y de las guerras que estallan en todo el mundo. Y con el abatimiento del capitalismo, se abatirán sus formas políticas de democracia y fascismo, y será la Dictadura del Proletariado (de su partido) la que pondrá en marcha las transformaciones que traerán la redención social para las grandes masas oprimidas. Todos los que hoy claman por democracia, constitución y paz, solo pretenden que las causas de la explotación y los bajos salarios se mantengan. Son los “caballos de Troya” en el movimiento obrero, son los cómplices de los capitalistas; no importa si hoy se ponen del lado del gobierno o se presentan como opositores. El movimiento obrero tendrá que levantarse y combatir y, sobre la marcha, quitarse de encima estas sanguijuelas.


Un caballo de Troya para la Reforma Laboral

Por otro lado el planteamiento del aumento salarial está siendo utilizado como excusa para impulsar una reforma laboral, como se ha adelantado en muchos países y recientemente en Argentina. Y esta reforma no se limitará a eliminar la retroactividad de las prestaciones sociales por ser una supuesta “traba” para hacer “viable” un aumento salarial tanto en el sector público como en el privado, sino que es de esperar que esta reforma abarque diferentes áreas en las que se facilitará la explotación de los trabajadores o se dará soporte legal a lo que ya se viene haciendo. Es de esperar que esta reforma flexibilice la jornada y turnos de trabajo, el abordaje de las horas extras, los contratos temporales y tercerizados, la pérdida de reivindicaciones conquistadas en luchas anteriores dejando todo supeditado a lo que se conquiste en cada contrato individual, la reducción de permisos remunerados, etc. Por lo tanto, no está solo en juego la conquista de un aumento salarial significativo, sino la lucha contra la reforma laboral que se viene con toda seguridad para favorecer a los capitalistas. Los anuncios de la presidenta encargada de la república confirman todo esto, al plantear el recorte de las pensiones (limitándolas solo a quienes aportan cotizaciones, sin tocar ni con el pétalo de una rosa al empresariado), al ofrecer un aumento salarial “responsable” y “no inflacionario”, (es decir, mantener un “salario cero” y aumentar solo bonos, para no afectar las ganancias del empresariado) y la apertura de un proceso de privatizaciones (generalmente asociado con despidos), hablando de una reactivación económica, que en el capitalismo solo puede ser entendida como concentración de la riqueza y las propiedades (infraestructuras y tierras) en manos de un puñado de empresas y aumento de la explotación de los trabajadores asalariados. Y así se presentó el gobierno el 1ro de mayo, con el anuncio de un aumento de lo que ellos llaman “Ingreso Mínimo Integral”, aumentando un bono para trabajadores activos y otro para pensionados, pero manteniendo el llamado “salario mínimo” en 130 bolívares mensuales (equivalentes a 0,26 dólares). El gobierno manifestó que este anuncio fue producto del acuerdo concertado entre el sector empresarial (Fedecámaras y Fedeindustria), el sector sindical (CBST, CTV y ASI) y el ministerio del trabajo, todos enemigos de los trabajadores, todos unidos para proteger las ganancias, los capitales, las riquezas de la burguesía. Todos unidos bajo el falso discurso de que el aumento salarial genera inflación. Pero el precio de alimentos, bienes y servicios básicos ha crecido todos estos años, sin aumento salarial y con el pago de bonos miserables. Los enemigos de los trabajadores pregonan a coro que no han podido aumentar los salarios debido a las sanciones de EEUU, pero todos han acumulado riquezas pese a las sanciones, que incluso han quedado en evidencia cada vez que se hace visible la corrupción y las multimillonarias fortunas acumuladas, mientras los trabajadores activos, pensionados o desempleados solo acumulan miseria y enfermedades.

En marzo del 2022 el gobierno fijó el salario mínimo en 130 bolívares mensuales, que en ese momento equivalían a 30 dólares, mientras la Canasta Alimentaria para una familia de cinco integrantes equivalía a 471 dólares y la Cesta Básica se estimaba en 940 dólares. Para esa fecha el dólar estaba valorado en 4,29 bolívares. El primero de mayo de este año anunció que el salario mínimo se mantiene igual (130 bolívares o 0,26 dólares) mientas la Canasta Alimentaria y la Cesta Básica pasaron a contar 692 dólares y 1.385 dólares respectivamente. De esta manera ya sea que el patrón pague el salario mínimo o el salario base, un poco más alto, que contemplan algunas instituciones y empresas es insignificante para que los trabajadores afronten el costo de la vida. Entre marzo del 2022 y mayo del 2026 el dólar aumentó 11.311,42%, la Canasta alimentaria 50% y la Cesta Básica 50%, todo un cuadro inflacionario sin que se moviera el salario. El anuncio del gobierno nacional de un ingreso mínimo equivalente a 240 dólares mensuales (basado en bonos) en caso que “beneficiara” a todos los trabajadores (lo cual no es así), apenas permitiría cubrir 34,7% de la Canasta alimentaria y el 17,33% de la Cesta Básica.

Pero el anuncio de un ingreso mensual equivalente a 240 dólares para los trabajadores activos y a 70 dólares para los pensionados, todo esto basado en bonos, fue, como ya ha ocurrido en años anteriores, un anuncio informal y, pasados los primeros 20 días del mes de mayo, dicho anuncio no fue publicado en la Gaceta Oficial de Venezuela. Esto implica que, desde el punto de vista legal, el Cestaticket y el Bono de Guerra (que son los componentes de los 240 dólares anunciados) se mantienen técnicamente sin modificación, sin aumento. Esto lo resolverá el gobierno con alguna maniobra para pagar el aumento anunciado al bono para los trabajadores de la administración pública. Pero, por ejemplo, trabajadores de escuelas privadas, al solicitar a sus patronos que cumplieran con los anuncios gubernamentales, dichos patronos manifestaron que no pueden actuar sin contar con el decreto oficial publicado en Gaceta Oficial y además eso implicaría el aumento de la tarifa de la matricula que cobran a los alumnos, para lo cual también “necesitarían autorización del gobierno”. Así vemos hasta donde pueden llegar estos miserables, los “emprendedores”, “los capitanes de los negocios”, “los líderes de las empresas privadas”, con tal de mantener y ampliar la plusvalía que se apropian, pagando con migajas a los trabajadores y, si es necesario, incumpliendo cualquier anuncio demagógico del gobierno burgués.

Por otro lado, aun sabiendo que cae en una contradicción en su anuncio de aumentar solo bonos más no el salario, el gobierno anunció que revisaría los tabuladores salariales de la administración pública. Este anuncio pareciera un engaño demagógico, de los patronos y también de los bonzos sindicales, para frenar el descontento de los trabajadores, generando la expectativa de que se producirá un incremento en el salario. Pero ya sea que se ajusten o no estos tabuladores salariales, los trabajadores no pueden esperar más que migajas del gobierno, que defiende los intereses de la burguesía, ni tampoco puede esperar llamados a la huelga por parte de las direcciones sindicales, que son cómplices del gobierno y de los empresarios en este saqueo a los salarios.

En este contexto llegó el día primero de mayo, con el gobierno ofreciendo demagogia, pan y circo y con las centrales sindicales presentándose en la calle en reducidas concentraciones, sin hacer el mayor esfuerzo de movilizar a los trabajadores activos y sin disimular en sus pretensiones electoreras y su hipócrita llamado a la lucha por aumento salarial.

Otro aspecto importante del que no se habla es que al asumir la lucha por aumento salarial hay que considerar que más de la mitad de los trabajadores venezolanos no cuentan con un empleo formal, que trabajan sin contrato o por su cuenta, en trabajos ocasionales o simplemente se encuentran desempleados. Y esta situación debe ser contemplada en los pliegos reivindicativos, exigiendo pago de un salario completo a los desempleados. Así mismo los trabajadores pensionados y jubilados deben recibir pagos equivalentes a los que reciben los trabajadores activos. De allí que los trabajadores deberán transformar los sindicatos en el futuro, de manera que no agrupen solo a trabajadores de una misma empresa, sino de una misma localidad, en la que confluyan trabajadores activos, desempleados y pensionados, de todos los oficios y nacionalidades y se muevan como clase obrera en sus exigencias reivindicativas (lo cual no es permitido por las leyes burguesas y solo surgirá con la reanudación de la lucha de clase del proletariado). Los sindicatos deben ser una garantía de unidad de la clase, y los sindicatos actuales, los que son reconocidos por las leyes burguesas, no están diseñados para eso. El sindicato debe romper con la camisa de fuerza localista de la organización solo dentro de los muros de la empresa, institución o centro de trabajo. En la medida en que crezca el movimiento huelgario, que los trabajadores participen ampliamente y tomen conciencia de su fuerza, se verán en la necesidad de romper con los dirigentes oportunistas y dar vida a verdaderos sindicatos de clase.

El movimiento de lucha que debe resurgir, debe contar con altos niveles de participación de base de los trabajadores. Y solo los dirigentes consecuentes promoverán esta participación activa. Debe insistirse en la realización de asambleas a todos los niveles. No tienen sentido asambleas sin debate, sin acordar acciones de lucha, sin designar comisiones que se encarguen de diferentes tareas, que le den indicaciones a la directiva del sindicato e incluso revoquen a dirigentes que no asumen el compromiso de lucha. Las asambleas (y la huelga) son el principal espacio de participación y la victoria se alcanzará con la más amplia participación de los asalariados.

Las organizaciones sindicales venezolanas no cuentan con una buena capacidad de movilización de los trabajadores. Las movilizaciones vistosas convocadas por el chavismo – que han mermado con el tiempo – siempre han contado con el respaldo financiero y coercitivo del gobierno. Las organizaciones sindicales pro-gobierno no lograrían movilizar muchos trabajadores sin ese respaldo logístico y financiero. Pero el llamado “sindicalismo autónomo” tampoco es capaz de producir movilizaciones significativas de trabajadores, ni siquiera si se unen en este esfuerzo. Sin embargo realmente ni el sindicalismo pro-gobierno ni el “sindicalismo autónomo” están dispuestos o interesados en movilizar a los trabajadores y llevarlos a la huelga. Para el chavismo movilizar a los trabajadores solo tiene como finalidad respaldar al gobierno (es decir, a la burguesía), pero no para exigir reivindicaciones, y la huelga está negada y vista como conspiración, terrorismo y “hacer el juego a la derecha”. Para el “sindicalismo autónomo” movilizar a los trabajadores es hacer oposición al chavismo y pugnar a favor de otros grupos burgueses (con los cuales la mayor parte de la dirigencia de este sindicalismo está comprometida) que buscan controlar el gobierno, exigen reivindicaciones obreras pero como un complemento de la reivindicación de “más democracia”, “defensa de la Constitución” y “contra la dictadura” (refiriéndose al gobierno de los chavistas) y tampoco reivindican la huelga y la movilización como formas de lucha principales de los trabajadores. Ambas corrientes del sindicalismo están siempre dispuestas a sacrificar los intereses de los trabajadores por el buen funcionamiento de las empresas y de la economía nacional, llaman a la defensa de la soberanía y de la patria, que es lo mismo que defender la explotación capitalista.

En comparación con los últimos 15 años, cuando solo dominaba la consigna opositora “fuera la dictadura”, los recientes llamados a la movilización de los trabajadores se han centrado un poco más en la exigencia de aumento de los salarios, pero los trabajadores no se deben dejar engañar por estos demagogos y traidores, que realmente andan en campaña electoral presidencial.

La masa trabajadora se encuentra sumergida en la apatía, la frustración, el miedo y el rechazo a dirigentes sindicales traidores. Se trata de una actitud acumulada a lo largo de décadas de traición. Pero el descontento está presente pese a que ha sido reprimido no solo por la policía, los tribunales y las cárceles, sino, principalmente, por este sindicalismo patronal y traidor, que mantiene a los trabajadores desmovilizados, divididos y desorganizados. Y ese descontento siempre será la base para un resurgimiento de las luchas de los trabajadores. Independientemente del curso que tomen en lo inmediato las movilizaciones de los trabajadores venezolanos, en el mediano plazo (mucho más allá del 1ro de mayo del 2026) deberán enfrentarse a la necesidad de poner en marcha verdaderos sindicatos de clase y al reto de hacer confluir todas sus luchas en una Huelga General, indefinida y sin servicios mínimos.




Vietnam:
De campeón anticolonialista a aspirante a imperialismo

Entre los primeros fundadores del Board of Peace, junto con los EEUU y manteniendo ya estrechísimos vínculos comerciales con estos, se encuentra el Estado anteriormente “anti-imperialista” de Vietnam. Hace 60 años, su guerra de liberación nacional tuvo una función históricamente progresiva, también para la clase campesina y obrera, pero no tenía ningún carácter proletario ni socialista: abrió paso al desarrollo impetuoso de un capitalismo y de una burguesía nacional. Los datos económicos hablan por sí solos: en 2024 el comercio bilateral con los EEUU alcanzó los 150.000 millones de dólares y con Pekín los 260.000 millones.

El secretario del partido “comunista”, Tô Lâm, que hoy se alinea con Trump, nos ofrece la enésima demostración, no solo de cuán mentirosas son las “vías nacionales al socialismo”, sino de cuán engañoso es también hablar de Estados “anti-imperialistas”, en un mundo en el que ahora todos son “imperialistas”, o ambicionan serlo, todos burgueses y de capitalismo maduro.

Un capitalismo relativamente joven el vietnamita, como el de otras naciones del área asiática, todavía en crecimiento gracias a la explotación de mano de obra a bajo costo, pero que empieza a sentir los golpes de la crisis global, amenazado también por los aranceles de los EEUU al 20%, con una incertidumbre para el futuro ante el ya incipiente descenso y envejecimiento demográfico.




Estados Unidos:
Complots de oportunistas sobre el Primero de Mayo

Mientras los proletarios de todo el mundo sufren a causa del orden capitalista, que los explota sin piedad y actualmente se prepara para ofrecerlos en sacrificio en la guerra interimperialista, en todas partes los oportunistas trabajan para encauzar la decidida revuelta de la clase obrera hacia los canales cerrados de las protestas pacíficas y la participación electoral.

En los Estados Unidos, una de estas nidadas de “amantes de la democracia” es la coalición May Day Strong. Predicando un programa de “asequibilidad económica” y de “justicia fiscal”, para el inminente Primero de Mayo se han dedicado a organizar una jornada de “nada de trabajo, nada de escuela, nada de compras”.

Entendida inicialmente como una huelga general, la formulación ha sido en gran parte eliminada de su propaganda. Por lo demás, los sindicatos constituyen una exigua minoría entre la coalición de promotores. De las 205 organizaciones enumeradas, menos de 20 son sindicatos. Pero ni siquiera estos, como la American Federation of Teachers y los Communication Workers of America, promoverán probablemente una verdadera huelga, violando los contratos colectivos que han suscrito, e instarán a los afiliados a participar a título individual, como hicieron en Mineápolis el 30 de enero. El objetivo es dispersar la huelga en actos de protesta individuales e ineficaces para apuntar, en última instancia, a la “solución” electoral.

Su programa de “asequibilidad económica”, casi una copia “izquierdista” del “Proyecto 2025” de los republicanos, promete “devolver a todos a la buena vida”, a través de un aumento del salario mínimo federal y vivienda pública. En realidad, muy pocos trabajadores en América recuerdan haber tenido jamás una “buena vida”. Es cierto, las generaciones anteriores de proletarios estadounidenses se beneficiaron de algunas concesiones para amansarlos, tras el triunfo de la contrarrevolución mundial, hechas posibles por el masivo enriquecimiento del capital durante la expansión de la posguerra, pero otorgadas solo a algunos trabajadores, y blancos. Mientras tanto, la burguesía estadounidense se convertía en una de las mayores saqueadoras del mundo. Al igual que el llamado a “Hacer a América grande de nuevo”, “Volver a la buena vida” solo puede entenderse como vil demagogia.

Las reformas propuestas no funcionarán. Son una falsa esperanza de una vida mejor, un obstáculo para la lucha de clases y una confirmación de la explotación. Los verdaderos beneficiarios de la “asequibilidad económica”, si alguna vez se implementa, podrían ser los pequeños empresarios y los profesionales, la pequeña burguesía, cuyas organizaciones son la mayoría en la coalición, la cual actualmente teme que la próxima crisis de sobreproducción la haga deslizarse hacia las filas cada vez más amplias del proletariado.

Consuela el hecho de que, en su mayoría, los proletarios no se han dejado engañar por estos falsos amigos. Con semejantes “organizadores”, ciertamente este Primero de Mayo para millones de trabajadores asalariados será el mismo día de trabajo de siempre. Los coaligados de May Day Strong se darán entonces una palmada en la espalda, publicarán en sus cuentas de redes sociales algún video de gente agitando carteles y... comenzarán a planificar su próxima exhibición. Pero se anuncian grandes convulsiones y una fuerte caída del nivel de vida. El gigante dormido del proletariado despertará de su largo letargo. El Partido Comunista Internacional estará allí para guiarlo en su lucha final contra el capital: la revolución comunista mundial.








VIDA DE PARTIDO



Conferencia pública en Portland, 11 de abril
Imperialismo, petróleo y la guerra en Irán

Introducción


Bienvenidos, compañeros.

Nuestro Partido Comunista Internacional, aunque hoy sea muy pequeño, es antiguo y con profundas raíces. Y para él, la cuestión de la guerra imperialista ha sido siempre un tema central.

Nuestros orígenes se remontan a la corriente revolucionaria surgida durante la crisis de la Primera Guerra Mundial, cuando el colapso de la Segunda Internacional reveló el fracaso de la socialdemocracia oportunista.

En 1914, mientras los partidos de la Segunda Internacional traicionaban a la clase obrera votando a favor de los créditos de guerra y alineándose con sus respectivas burguesías nacionales, la Izquierda comunista – guiada por las enseñanzas de Lenin – sostuvo la única posición proletaria coherente: la oposición a la guerra imperialista y el llamamiento al derrotismo revolucionario.

Lenin insistía en que la guerra no era un accidente, sino el resultado inevitable del capitalismo en su fase imperialista, y que la tarea del proletariado no era defender la nación, sino transformar la guerra en una guerra civil contra su propia clase dominante. Esta defensa inquebrantable del marxismo revolucionario ortodoxo, mantenida frente a una capitulación casi universal, se vio confirmada a medida que la guerra se transformaba en una catástrofe social. Mientras las condiciones empeoraban, millones de trabajadores y soldados en Rusia rompieron con los partidos chovinistas y se alinearon con los bolcheviques, cuyo crecimiento de minoría perseguida a fuerza revolucionaria de masas culminó en el derrocamiento del Estado burgués y en la instauración de la primera, y todavía última, dictadura del proletariado desde los tiempos de la Comuna de París.

Esta posición fue aclarada ulteriormente por la experiencia de la contrarrevolución que le siguió. La corriente de Izquierda – inicialmente organizada dentro primero del Partido Socialista Italiano, luego en el Partido Comunista de Italia, sección de la Tercera Internacional, y que formaría en la posguerra el Partido Comunista Internacional – sostenía que el imperialismo no es una política que pueda ser reformada, sino la fase más alta del capitalismo mismo. A medida que el capitalismo se desarrolla, produce monopolios cuyo capital industrial se fusiona con el capital bancario para formar el capital financiero, y entre capitales financieros rivales el mundo se subdivide entre las potencias estatales militarizadas, compitiendo entre ellas por recursos y mercados, haciendo inevitable la guerra.

El ascenso del fascismo en Italia no fue una aberración, sino una respuesta del capital a la crisis y a la amenaza revolucionaria proletaria, al igual que la democracia sirve al mismo sistema económico en condiciones diferentes. En ambos casos, la función sigue siendo la misma: movilizar y disciplinar a la clase obrera en interés del capital, atándola a objetivos nacionales que enmascaran la unidad subyacente del dominio burgués. El fascismo no es más que la forma política que asume el imperialismo en crisis, mientras el capital se prepara para la guerra y moviliza al Estado para disciplinar al proletariado en el interior y enfrentar a sus rivales en el exterior.

DDurante la Segunda Guerra Mundial, este análisis guió la oposición inquebrantable del partido a todas las partes en conflicto. El Partido Comunista Internacional rechazó tanto el Eje como los Aliados, denunciando la guerra como una lucha interimperialista en la que la clase obrera no tenía ningún interés. Mientras otras organizaciones subordinaron a los trabajadores a la resistencia nacional o a los frentes democráticos, la Izquierda comunista mantuvo la línea del derrotismo proletario, invocando la transformación de la guerra imperialista en guerra civil contra la burguesía. Esta posición se expresó en actividades concretas: agitación entre los trabajadores, apoyo a las huelgas y oposición a todas las formas de colaboración de clases, incluso en condiciones de ocupación y de fascismo en acto.

Hoy el Partido Comunista Internacional continúa adhiriendo a esta posición inmutable. El imperialismo sigue siendo el sistema global de dominio capitalista, y la guerra una de sus expresiones necesarias. La clase capitalista intentará convencer al proletariato para que luche en la próxima gran guerra. Presentándola, como siempre, como defensa de la democracia, de la liberación nacional o de una presunta resistencia antifascista, es tarea de los comunistas desenmascarar todas estas nobles causas ficticias. El derrotismo proletario no es una táctica contingente, sino la única posición revolucionaria coherente frente a los llamamientos a las armas: oponerse a la propia burguesía en todo conflicto, rechazar todas las divisiones nacionales y reconocer que el verdadero enemigo no se encuentra en el exterior sino en la patria.

Solo a través de la reconstitución de un sindicalismo de clase combativo, organizado en defensa de los salarios de los trabajadores y contra las exigencias de sacrificio en nombre de la nación, guiado por un único Partido Comunista Internacional centralizado y firmemente arraigado en las directivas programáticas ya bien definidas e inmutables del marxismo revolucionario, el ciclo de la guerra imperialista podrá ser roto y transformado en una lucha por la abolición del capitalismo mismo.

Estas son las duras lecciones programáticas aprendidas por el movimiento comunista en los últimos más de cien años que nuestro Partido ha continuado defendiendo en previsión del futuro renacimiento del movimiento revolucionario.



Un primer encuentro on-line con los nuevos camaradas de lengua inglesa

Al objeto de ayudar a los nuevos camaradas a integrarse activamente en el organismo internacional vivo del partido, el sábado 4 de abril expusimos un informe para una primera orientación esquemática sobre qué es nuestro Partido y qué lo distingue en el trabajo concreto que desarrolla actualmente.

El Partido no es una simple asociación de individuos, mantenida unida por una suma de opiniones personales. Es la concretización de la continuidad histórica y programática del movimiento comunista. El Partido existe no en cuanto organización, sino porque heredamos y transmitimos un programa plasmado por las luchas pasadas y por la evolución objetiva de la lucha de clases. Lo que distingue a nuestro Partido es el método con el que funciona y el programa histórico que defiende.

El Partido está gobernado por el centralismo orgánico. Es la forma de la unidad centralizada de acción que brota naturalmente de un programa compartido -visible para todos, comprensible para todos- y no de ningún tipo de mecanismo democrático formal o mando burocrático. Mientras que el centralismo democrático depende de parlamentos internos, votaciones y competencia de opiniones, el centralismo orgánico se funda en la aceptación indiscutida del programa. Nuestra doctrina ha sido escrita por la historia de la lucha de clases moderna con la sangre de los proletarios y las lecciones aprendidas de múltiples contrarrevoluciones. Este programa, que en el laboratorio de la historia se ha demostrado inmutable, es el que guía al Partido, no el centro ni la base.

La unidad de acción emerge orgánicamente de la adhesión común a una línea política históricamente enraizada. Las posiciones y responsabilidades no derivan de recuento de votos alguno, sino de las necesidades del Partido y de las capacidades de los camaradas. En este sentido, nadie guía y todos son guiados, guiados por la doctrina marxista inmutable.

El partido no es una escuela, un círculo o un grupo de lectura; es un organismo vivo y pulsante. Es una unidad indivisible cuyas partes se desarrollan según las necesidades objetivas determinadas por la lucha de clases y por la maduración colectiva de sus militantes.

Por esto, rechazamos toda forma de culturalismo y de educacionismo. A los nuevos camaradas no se les solicita superar ningún examen, demostrar un cierto conocimiento del marxismo u ostentar sus propias lecturas. Lo que cuenta es la adhesión al programa y la participación activa en el trabajo colectivo.

El Partido comunista no es un órgano internamente indiferenciado y tiene sus jerarquías. Pero estas no se fundan en un rol preestablecido asignado, sino que surgen del reconocimiento de las capacidades y de la disponibilidad al trabajo de los camaradas individuales, y no tienen nada de fijo. Los camaradas, sobre la evidencia práctica del trabajo común, se apoyan y se alternan en las diversas tareas sin necesidad de ratificación alguna desde arriba o desde abajo.

El partido no es una especie de círculo para “cultores al marxismo” al que los intelectuales aportan su “preparación”. El partido es un compromiso colectivo y disciplinado, que se mide en años y décadas, un esfuerzo cuyos frutos algunos de nosotros, quizá incluso todos, no podremos ver en el transcurso de nuestra vida, confiando la continuación de la lucha a las futuras generaciones de comunistas. El carácter disciplinado e impersonal de nuestro método no nos desanima ante nuestra escasa presencia numérica y nuestra actual influencia limitada sobre la clase. El partido es un núcleo compacto de compañeros que comprenden que la lucha no es fácil ni da resultados visibles inmediatos, sino que es una labor de defensa y difusión necesarias en el mundo de la revolucionaria doctrina marxista.

En el actual estado de desorientación de la lucha de clases, la labor del partido tiende a cumplir todas sus funciones, cuantitativamente en proporción a sus dimensiones.

Como partido internacional, una de nuestras tareas centrales es la traducción y publicación de nuestros textos en todas las lenguas habladas por el proletariado. Solo en la sección de lengua inglesa, en EEUU y el Reino Unido, se han traducido más de 80 textos en el último año. El responsable de este trabajo realiza el seguimiento, registra y edita las traducciones para su publicación impresa y en el sitio web.

Nuestro trabajo avanza mediante la intervención en los sindicatos -y en todas las organizaciones de masas en las que solo pueden participar los proletarios y que no discriminan por motivos de creencias religiosas, convicciones políticas, etc., sino exclusivamente por el hecho de ser trabajadores asalariados-, con el fin de presentar a la clase la línea de lucha inmediata de los comunistas, difundir la línea del Partido y extender nuestra influencia entre las masas de trabajadores organizados. Los militantes del partido dentro de los sindicatos forman fracciones comunistas, reuniendo a su alrededor a los trabajadores más activos y combativos. En los sindicatos, nuestra tarea es derrocar a la burocracia sindical reaccionaria y establecer allí la dirección del partido.

Esto viene determinado por la fuerza y el alcance de la lucha de clases, y no se puede lograr simplemente con nuestra voluntad. Sin embargo, es importante que la voz del partido esté presente en todas las vicisitudes de la lucha de clases, y que la facción sindical -esa parte del partido que conoce la mayoría de los trabajadores- siga siendo, como el movimiento incorruptible de los cielos de Copérnico, una estrella polar para la clase. Debemos demostrar cómo las tácticas de la burocracia sindical fracasan o son insuficientes, mostrando en la práctica, y no solo predicando en abstracto, cuál sería la línea correcta a seguir. Así, los trabajadores depositarán su confianza en las tácticas del Partido y, en consecuencia, en su programa político.

En cuanto al trabajo que llamamos, a regañadientes, teórico, actualmente contamos con una serie de grupos de trabajo activos. Los compañeros pueden unirse a cualquiera de ellos para emprender los estudios del partido. Pero es posible desarrollar un trabajo sobre cualquier tema que le interese a un compañero.

Obviamente, cada contribución y cada actividad es examinada colectivamente por el Partido para asegurarse de que esté en línea con la doctrina y nuestro esquema táctico, ya bien probado.

En nuestro pequeño pero gran partido reside en estado embrionario la continuidad viva de la lucha proletaria. Está escrito en nuestros textos que el partido es la prefiguración de la sociedad comunista: su tarea es prever, anticiparse a la clase. La clase políticamente no existe, como clase para sí, sin su partido político. En el partido reside la conciencia del proletariado, toda la historia de la lucha de clases entre el capital y el trabajo condensada en textos, tesis, tácticas, programa y doctrina.

Ser militante dentro del partido significa el rechazo de todo aspecto de esta sociedad burguesa putrefacta y moribunda.

¡Adelante, compañeros! ¡Tenemos un mundo que conquistar!








REUNION INTERNACIONAL DEL PARTIDO
Del 24 y 25 de enero de 2026

Ante el catastrófico fracaso del mundo burgués y el desenmascaramiento de todas sus mentiras, el partido comunista, único refugio para la clase obrera, prepara la arrolladora revuelta del mañana


(Continuación del número anterior)



Un capitalismo maduro en Filipinas

El informe -aquí un primer capítulo- pretende proporcionar una descripción esencial del país y de los numerosos desafíos que la clase obrera debe enfrentar allí.


Geografía

Filipinas es un archipiélago compuesto por más de 7.600 islas e islotes, divididos en tres grupos principales: Luzón, Visayas y Mindanao, con una superficie total de 300.000 kilómetros cuadrados. Limita, más allá de los mares, con Japón y Taiwán al norte, China al noroeste, Vietnam al oeste, Malasia al suroeste, Indonesia al sur y Palaos al sureste.

La geología de Filipinas se caracteriza por su ubicación en el extremo occidental del Cinturón de Fuego del Pacífico. El territorio es un conjunto accidentado de montañas, colinas y llanuras, con una serie de volcanes activos e inactivos. Las llanuras costeras e internas proporcionan los productos agrícolas básicos de Filipinas, en particular arroz, maíz y coco.

La rodean vías marítimas de importancia estratégica que influyen en su economía y en la política global. Al norte, entre Filipinas y la isla de Taiwán, se encuentra el estrecho de Luzón, el principal paso para los barcos, civiles y militares, que entran y salen del Océano Pacífico. Al oeste se encuentra el Mar de China Meridional, rico en vastos recursos submarinos de gas natural y petróleo crudo.


Historia

Filipinas está atrapada entre los intereses de dos de las principales potencias imperialistas mundiales: China y los Estados Unidos.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, de conformidad con los términos de la rendición del Imperio Japonés, China ha reivindicado como parte integrante de su propio territorio nacional todo el Mar de China Meridional, con todas sus islas y recursos. Desde 1994, los chinos han hecho valer su reivindicación con la instalación secreta de sitios y bases militares en grupos de islotes y arrecifes del Mar de China Meridional, las Spratly y las Paracel. A principios de la década de 2010, ocuparon las islas en disputa obligando a las guarniciones filipinas allí estacionadas a abandonarlas. En respuesta, el gobierno burgués del difunto expresidente Benigno S. Aquino III presentó un recurso ante la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya contra el gobierno de China. En 2016, la CPA dictaminó a favor de Filipinas, sentencia que China rechazó y se negó a respetar. Bajo su sucesor, el expresidente Rodrigo R. Duterte, Filipinas adoptó una posición prochina, renegando de todos los acuerdos militares y comerciales con los Estados Unidos y permitiendo a China tener las manos libres en el Mar de China Meridional. Con el mandato del presidente Ferdinand “Bongbong” R. Marcos Jr. en 2022, sin embargo, el gobierno de la burguesía filipina volvió a dar un giro en su política exterior hacia los Estados Unidos, provocando otra serie de agresiones chinas contra las fuerzas navales y contra los pescadores filippinos.

España cedió Filipinas a los Estados Unidos por 20 millones de dólares con el Tratado de París de 1898, tras la guerra hispano-estadounidense. Los Estados Unidos, ya potencia colonial de Filipinas de 1901 a 1946, son hoy su “mejor amigo” y “aliado natural”. Pero, desde que se “concedió” la independencia en 1946, los Estados Unidos han continuado ejerciendo una gran influencia, manipulando elecciones y llevando a cabo operaciones de sabotaje y espionaje para alejar y desestabilizar a los gobiernos hostiles.

El Tratado de Defensa Mutua, de la era de la Guerra Fría, tenía como objetivo proteger a Filipinas, y los intereses estadounidenses, de la agresión china en el Estrecho de Taiwán, además de dar a los Estados Unidos la posibilidad de intervenir en la rebelión “comunista” entonces en curso en las regiones montañosas del país.

El Acuerdo sobre las Fuerzas de Visita (Visiting Forces Agreement) es mucho más reciente, en sustitución de las bases militares permanentes de los Estados Unidos establecidas durante el periodo colonial americano. Este prevé la realización anual de ejercicios militares conjuntos. Además de con los Estados Unidos, Filipinas también está trabajando en acuerdos similares con Australia, Canadá, Francia, Gran Bretaña y otros países occidentales bajo la esfera de influencia estadounidense.

El gobierno del expresidente Duterte, por primera vez en la historia contemporánea, logró alejar a Filipinas de los Estados Unidos. Solo el cambio de gobierno en 2022 abrió a los imperialistas estadounidenses la oportunidad de recuperar su anterior posición de poder.

El gobierno burgués del presidente Marcos Jr., deseoso en cambio de combatir la agresividad china, restauró el Enhanced Defense Cooperation Agreement (Acuerdo de Cooperación de Defensa Mejorada, EDCA) entre Filipinas y los Estados Unidos. El EDCA ha permitido a estos establecer instalaciones militares en el archipiélago, comprometiéndose a pagar los gastos y a financiar el desarrollo económico alrededor de las áreas ocupadas. Tras la renovación y reanudación del EDCA, los Estados Unidos no perdieron tiempo y construyeron instalaciones en cuatro localidades clave en la isla septentrional de Luzón, todas dirigidas contra China.

Históricamente, para Washington, Filipinas era y sigue siendo parte de la “primera cadena de islas”, alineadas a lo largo de la costa oriental y meridional del continente, subordinadas al imperialismo estadounidense para contener la proyección marítima de China. Las otras naciones ribereñas, Japón, Corea del Sur y Vietnam, junto con los Estados Unidos, pronto se movilizaron para disputar a China el control del Mar de China Meridional. Australia también desempeña un papel crucial en la disputa, habiendo incluso firmado un pacto con Filipinas, en concierto con Gran Bretaña, Francia y otras potencias occidentales, para patrullajes conjuntos en el área. Obviamente, las fuerzas imperialistas mundiales continuarán ejerciendo presión sobre los gobiernos burgueses filipinos y el escenario podría cambiar nuevamente en el futuro.


Política burguesa

Según la Constitución de 1987, la República de Filipinas es de tipo presidencial. El presidente es el jefe de Estado y de gobierno y tiene el mando de las fuerzas armadas. Es elegido por voto popular directo para un mandato no renovable de seis años. El poder legislativo es ejercido por un Congreso compuesto por dos cámaras: el Senado (cámara alta) y la Cámara de Representantes (cámara baja).

La política burguesa interna está polarizada entre cuatro principales coaliciones de partidos: los marcosistas, los dutertistas, la oposición liberal y la oposición de izquierda.

El campo de los marcosistas, llamado de los “leales”, agrupa a los partidos de la gran mayoría de las dinastías políticas.

Los dutertistas, conocidos también como “Duterte Diehard Supporters” o “DDS”, están liderados por la vicepresidenta Sara Duterte y sus hermanos, el diputado Pulong Duterte y el alcalde de Davao City, Baste Duterte. El principal partido político del campo dutertista es el Partido Demokratiko Pilipino, el partido del expresidente Duterte.

Los dutertistas generalmente tienen una actitud prochina, mostrando desinterés ante la disputa en el Mar de China Meridional, sosteniendo que las reivindicaciones de Filipinas, carentes de fundamento, han sido instigadas por Estados Unidos y que lo mejor para el país sería simplemente ceder los islotes a China y restablecer las relaciones diplomáticas normales.

Los liberales remontan sus raíces ideológicas e institucionales a las figuras y fuerzas que lideraron la revolución de 1986 que derrocó la dictadura de Marcos. No se alinean oficialmente ni con China ni con los Estados Unidos, pero histórica y actualmente se inclinan por estos últimos, sobre todo en lo que respecta al conflicto en el Mar de China Meridional.

La oposición de izquierda, en particular los socialistas y los demócratas nacionales, condena a ambas potencias imperialistas y sostiene una posición ultranacionalista e aislacionista, obviamente burguesa y anti-obrera.

Duterte ha visto disminuir mucho su influencia y colapsar su popularidad entre el electorado. Los liberales se han posicionado como los principales enemigos de los dutertistas, con sus habituales demandas de “responsabilidad”, “justicia” y protección de los “derechos humanos”.

En Filipinas, las disputas por el poder dentro de la clase dominante son asuntos sucios, sangrientos y caóticos. A nivel local, las elecciones son una farsa, ya que los herederos de las dinastías políticas se limitan a intercambiarse los puestos en sus respectivos gobiernos locales. Para manipular a los votantes, utilizan un sistema de corrupción con paquetes de ayuda, conocidos como “ayudas”, en dinero o en especie, que se distribuyen a la población, la mayoría de las veces con los nombres y rostros de los políticos impresos, antes y después de los períodos electorales. Quien se atreve a desafiar a las dinastías en su territorio es intimidado o incluso eliminado, impidiendo así el surgimiento de cualquier oposición a su dominio. Las alianzas electorales y las lealtades a los partidos son fluidas y están en constante evolución.


Economía e industria

La economía de Filipinas se basa principalmente en los servicios y la agricultura, mientras que la industria tiene un papel menor. Gran parte de la producción agrícola se exporta; el arroz es el cultivo principal, además de frutas y hortalizas.

Filipinas está catalogada como un “país de reciente industrialización”. La industria más grande y rentable es la electrónica, que en 2024 representaba al menos la mitad de las exportaciones. Otras industrias importantes son la automotriz, la minera y metalúrgica, la de procesamiento de alimentos y la farmacéutica, entre otras.

En el último año, la industria se ha orientado hacia productos de mayor valor agregado, tratando de competir con Vietnam y Tailandia no solo en materia de costos laborales, sino también en cuanto a especialización.

La industria contribuye con aproximadamente el 25-30% al PIB nacional.

Filipinas es uno de los mayores productores mundiales de níquel (esencial para las baterías de vehículos eléctricos). Desde el punto de vista económico, Filipinas está subordinada en gran medida a los Estados Unidos, su principal socio comercial. Con el anclaje del peso filipino al dólar estadounidense, la fuerza de la moneda nacional depende enteramente del billete verde.

Filipinas también mantiene una estrecha relación económica con los países de la ASEAN y con la Unión Europea.


Las clases

La estructura social y de clase de Filipinas es compleja y refleja una economía en transición, donde la modernización tecnológica coexiste con un sistema agrícola que en algunas zonas sigue siendo casi feudal. Muchos se ven obligados a trabajar lejos de sus familias, sobre todo quienes no han terminado sus estudios.

La Fuerza de trabajo activa en las Filipinas asciende a 50-52 millones. Los asalariados representan el 62-63 % (32 millones). Más del 60 % trabaja en el sector servicios (servicios a empresas, comercio minorista, turismo) y en la industria (manufactura, electrónica). Se trata de una clase muy heterogénea, que abarca desde los obreros de las fábricas en las zonas económicas especiales (PEZA) hasta los empleados de los centros de atención telefónica. Los trabajadores autónomos o informales representan el 26-28 % (vendedores ambulantes, taxistas, pequeños artesanos), un segmento de “precaria urbana”.

La agricultura emplea al 22-24% de la fuerza de trabajo, 11-12 millones de ocupados.

Al interior de ésta existe una distinción neta entre quienes poseen la tierra y quienes la trabajan:

Se estima que entre 3 y 4 millones de agricultores poseen una pequeña parcela de tierra. En su mayoría, se trata de parcelas de menos de 2 o 3 hectáreas. Muchos de ellos son beneficiarios de la reforma agraria (CARP), pero a menudo carecen del capital necesario para modernizarse y viven en una economía de subsistencia.

Los asalariados agrícolas (campesinos sin tierra) suman entre 5 y 6 millones de personas. Son jornaleros que suelen trabajar en grandes plantaciones (haciendas) de azúcar, coco o plátano (sobre todo en Mindanao y Negros). Constituyen el segmento más pobre de la población.

Los aparceros y arrendatarios suman entre 1,5 y 2 millones. Trabajan tierras que no son de su propiedad y pagan al propietario con una parte de la cosecha (a menudo el 50 % o más). Este sistema persiste a pesar de décadas de intentos de reforma.

Entre los asalariados existen, obviamente, diferentes tipos de remuneración según el sector de actividad. Existe una disparidad, en general, entre la clase obrera urbana y la de las zonas rurales.

La tasa de desempleo en Filipinas es actualmente bastante baja en comparación con el pasado, situándose en torno al 4,4 % en noviembre de 2025: 2,25 millones. Sin embargo, hay que sumar a los subempleados: lo crítico en Filipinas no es el número de desempleados, sino el de quienes tienen un salario insuficiente para vivir. Se estima que al menos 5 millones de trabajadores se ven obligados a complementar sus ingresos insuficientes con un segundo empleo. Esto es típico en los sectores agrícola y del comercio informal.

La clase dominante representa un pequeño porcentaje de la población. Sin embargo, ejerce colectivamente un control absoluto sobre el aparato estatal y sus medios de producción. La mayoría puede remontar su linaje a familias prominentes que adquirieron poder durante el período colonial español. El paso del control imperialista español al estadounidense no disminuyó en lo más mínimo su influencia; al contrario, la fortaleció, ya que el nuevo gobierno colonial las elevó al papel de vigilantes locales y principales defensoras de sus propios intereses en las islas. Incluso después de que Estados Unidos “concediera” la independencia en 1946, estas familias, ahora apodadas “dinastías políticas”, mantuvieron el monopolio de facto sobre el gobierno, transmitiendo sus cargos de padres a hijos y por parentesco. No es casualidad que, aún en 2026, la gran mayoría de todas las provincias, ciudades, municipios e incluso barangays (barrios, aldeas) de Filipinas estén gobernados por una dinastía política.


Las fuerzas armadas

Las fuerzas armadas están compuestas por 150.000 soldados en servicio activo y 1.500.000 reservistas. Cuentan con el apoyo y el equipamiento principalmente de Estados Unidos y sus aliados en Asia Oriental. Japón y Corea del Sur proporcionan la mayor parte de los buques de la Armada y la Guardia Costera. Las fuerzas armadas, como es inevitable, siempre han estado al servicio de la clase dominante. Desde su creación, han estado involucradas en una serie de conflictos brutales contra los rebeldes comunistas (autoproclamados), así como contra los movimientos secesionistas en Mindanao y en la región de la Cordillera, tanto en contextos urbanos como rurales. Las formaciones y organizaciones afiliadas a la izquierda parlamentaria y extraparlamentaria se ven constantemente amenazadas y sometidas a persecuciones por parte de agentes de las fuerzas armadas.