El Partido Comunista Internacional
El Partido Comunista Internacional N. 50 - Anteprima
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Actualizado el 21
marzo de 2026
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Lo que distingue a nuestro partido: – la línea de Marx a Lenin a la fundación de la III Internacional y del Partido Comunista de Italia a Livorno 1921, a la lucha de la Izquierda Comunista Italiana contra la degeneración de Moscú, al rechazo de los Frentes Populares y de los bloques partisanos
– La dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionario, en contacto con la clase obrera, fuera del politiqueo personal y electorero
Contenido:

 – La guerra y el fascismo solo serán detenidos por la lucha de clase con el derrocamiento revolucionario del capitalismo






La guerra y el fascismo solo serán detenidos por la lucha de clase con el derrocamiento revolucionario del capitalismo

La guerra y el fascismo no son un incidente histórico fruto de líderes, partidos e ideologías locas y crueles, sino el producto inevitable del curso histórico del capitalismo, la expresión más auténtica de la naturaleza de este modo de producción.

El poder político no es de los Trump, Putin, Khamenei, Netanyahu, Xi Jinping, sino de aparatos al servicio de las gigantescas concentraciones industriales y financieras del capital. Estos aparatos dirigen las máquinas estatales nacionales burguesas.

La guerra en Irán solo aparentemente – y en las mentiras de la izquierda liberal-burguesa y de la oportunista – daña la economía capitalista, aunque, como en todo negocio, hay quien gana y hay quien pierde.

El aumento de los precios del petróleo dentro de ciertos límites beneficia a la burguesía de los EEUU, que desde 2015 es el primer productor mundial de crudo y desde 2019 uno de los principales exportadores; beneficia a la burguesía rusa; beneficia también a la burguesía iraní, que – a pesar del conflicto – no solo continúa exportando su petróleo a China a través de Ormuz, sino que, por decisión del propio imperialismo estadounidense, puede ahora vender 140 millones de barriles (aproximadamente 70 días de exportaciones) a precio completo a todos los países – incluidos los EEUU – en virtud de la suspensión de las sanciones.

El aumento de la inflación dentro de ciertos límites, consecuente al alza del precio del petróleo, no daña a las empresas, que reaccionan aumentando los precios de sus productos. Daña, en cambio, a los proletarios, a los asalariados, los únicos que no pueden decidir autónomamente elevar el precio de venta de su mercancía – la fuerza de trabajo – sino que para hacerlo deben luchar con la burguesía, es decir, ir a la huelga. Si el aumento de la inflación no es excesivo – tal que no comprima demasiado el consumo, que de todos modos está en contracción desde hace décadas – beneficia a las ganancias, porque coincide con una reducción de hecho de los salarios.

La guerra contra Irán responde a los intereses de la burguesía de los USA, además de por los mayores ingresos petroleros, porque alimenta el gigantesco aparato industrial militar del primer imperialismo mundial, porque refuerza el dominio financiero del dólar y con ello apuntala la deuda pública de Washington. Lo es hasta tal punto que el régimen burgués estadounidense la ha emprendido a pesar de la opinión fuertemente contraria de los mandos militares.

La guerra contra Irán es claramente también una guerra por la hegemonía y el reparto del mercado mundial, de los EEUU contra, ante todo, el imperialismo chino – su principal rival – y luego también contra los imperialismos europeos que, grandes importadores de petróleo y gas, deberán elevar los precios de sus mercancías, haciéndolas con ello menos competitivas en los mercados internacionales. La burguesía alemana y la italiana, que ya han pagado el precio de la guerra en Ucrania, ahora pagarán el de la guerra en Medio Oriente.

Pero también las burguesías europeas están locamente enamoradas de la guerra: todas se han lanzado a un faraónico plan de rearme con el cual dar oxígeno a sus asfixiadas manufacturas; las industrias alemanas de automóviles se convierten para fabricar armas; dos drones caídos en Chipre han bastado para justificar por parte de los países europeos (también por el gobierno de Sánchez) el envío de naves militares; ya conspiran y negocian acuerdos para la reconstrucción en Irán, Ucrania, Líbano... Lo mismo vale para el régimen capitalista de Pekín – la vía china hacia la falsificación (ya evidente) del socialismo – que ostenta ya el segundo gasto militar del mundo, en continuo crecimiento.

Todas las burguesías nacionales anhelan desesperadamente la guerra como su única salvación de la crisis de sobreproducción que avanza llevando inexorablemente al colapso catastrófico de la economía capitalista mundial.

El entrelazamiento de los negocios entre los imperialismos es la confirmación de cómo las contraposiciones entre los Estados burgueses no son en absoluto absolutas, aunque – como en las guerras entre clanes mafiosos – mueran jefes y secuaces: la burguesía rusa saca provecho de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, país con el cual hace solo un año estrechó un “tratado de asociación estratégica”; China tiene en el régimen iraní un aliado fundamental, al cual compra el 90% de sus exportaciones petroleras, pero es también el primer socio comercial de Israel y a ambos – Israel e Irán – vende los sistemas de control para masacrar, unos a los palestinos y otros a los rebeldes iraníes.

Lo que cuenta para la burguesía internacional y sus regímenes políticos nacionales, más que vencer en el reparto, es que la guerra se combata, se cumpla: que devore vidas, ciudades, fábricas y mercancías en exceso, para dar un respiro a la asfixiante acumulación del capital. La guerra imperialista, más y más allá de ser una guerra entre bandas de Estados capitalistas, es una guerra de la burguesía contra el proletariado mundial, es una guerra de clases.

Son una prueba más las irrisorias declamaciones en “defensa de los pueblos oprimidos” por parte del imperialismo estadounidense, tanto como el mentiroso “anti-imperialismo” de los regímenes capitalistas adversarios de Washington, en los que solo los supervivientes nostálgicos de la impostura del falso socialismo de la URSS pueden creer. Las proclamas de EEUU e Israel en apoyo a los rebeldes iraníes durante las manifestaciones de enero solo han sido útiles para el régimen iraní, que mejor ha podido señalarlos por colusión con fuerzas extranjeras y masacrarlos. Los bombardeos desde el 28 de febrero -llegados, por lo demás, cuando la masacre ya se había consumado hace dos meses- cohesionan a las fuerzas de oposición en torno al nacionalismo y, por tanto, al régimen, que puede endurecer aún más la represión interna. Y, de hecho, con la guerra toda manifestación ha cesado. Las burguesías estadounidense e iraní ganan con el petróleo más que antes. El cambio de régimen invocado por los EEUU es un cambio de dirección del flujo de los ingresos del petróleo manteniendo intacto el aparato burgués -fundado en Irán en los pasdarán y el clero chiíta- que oprime al proletariado, exactamente como ocurrió en Venezuela.

Todos los Estados burgueses del mundo, en primer lugar aquellos que se erigen como paladines de la democracia, tienen interés en que el proletariado iraní siga oprimido y explotado porque su revuelta incendiaría la lucha de clases desde Turquía hasta el Magreb, pasando por el Medio Oriente, incluido Israel, a cuyo régimen burgués le faltaría el espantapájaros con el que encadena a la clase trabajadora al carro de los intereses capitalistas nacionales.

Los imperialismos europeos con ropaje democrático han hecho negocios durante medio siglo con el régimen burgués iraní vestido de Ayatolá y continuarán haciéndolos, a pesar de cada sermón democrático recitado para la ocasión por peces gordos de la política y altos cargos institucionales burgueses. El cinismo asesino de las democracias europeas y estadounidense muestra cómo la democracia es el ropaje con el que estos regímenes cubren su naturaleza burguesa, para la cual la Ganancia es lo primero: bajo la máscara democrática, la realidad social y política es la de la Dictadura del Capital.

Las libertades políticas, sindicales, sociales se conceden en la medida en que no lesionan los intereses fundamentales del gran Capital: con el avance de la crisis de sobreproducción y de la guerra imperialista deben ser comprimidas o totalmente revocadas, para impedir que obstaculicen el aumento de la explotación y el militarismo.

Los partidos de la izquierda liberal-burguesa, que tanto en Europa como en los EEUU se presentan como alternativa y baluarte frente a la derecha y al fascismo, no hacen sino allanarles el camino: cuando llegan al gobierno, sus políticas no pueden sino ejecutar los dictados del gran Capital. Ilusionan a los trabajadores con que la solución está en el plano electoral, dentro del presente marco político capitalista; los desorganizan y los desarman, entregándolos a los estratos más atrasados que caen en los engaños populistas del fascismo y se suman a la pequeña burguesía.

Los partidos de la izquierda oportunista, que no creen en la revolución ni en el comunismo, incluso cuando se declaran radicales o revolucionarios, ante el despliegue del fascismo de los regímenes burgueses, hacen frente común con la izquierda burguesa en “defensa de la democracia”, yendo con ellos hacia el fracaso.

Al régimen burgués le basta con promover una derecha cada vez más reaccionaria, despiadada y fascista para que la izquierda burguesa abrace políticas de derecha. La lógica es análoga a aquella con la que los sindicatos del régimen hacen tragar a los trabajadores las renovaciones contractuales perjudiciales: “¡podría haber sido peor!”. Al fascismo, la izquierda liberal-burguesa no tiene ningún programa político que contraponer, salvo el de – común a la derecha – gestionar y defender el capitalismo, en marcha hacia el colapso económico y la guerra imperialista.

En una conocida imagen, muchos peces pequeños, acosados por un gran depredador, se unen para formar un pez aún más grande, invirtiendo la relación de fuerzas. Esta es la lucha proletaria con una parte consistente de los trabajadores organizados en el sindicato de clase dirigido por la orientación sindical y política del partido comunista revolucionario. En democracia el diseño es diferente: dos peces grandes (derecha e izquierda burguesas) giran en torno a los peces pequeños (los proletarios) emitiendo grandes burbujas (propaganda) y encerrándolos en ellas; el tercer pez grande – la burguesía – asciende desde el fondo y se come a los peces pequeños.

Lo que salvará a la clase trabajadora de la guerra y el fascismo no será la “defensa de la democracia”, el frente único político de los partidos “antifascistas”, sino la lucha de clases en defensa de los salarios y de las condiciones de vida y de trabajo, con un frente único sindical de clase que dirija huelgas cada vez más extensas y duraderas, hasta la revolución y la dictadura proletaria.

La alternativa no es entre democracia y fascismo, entre derecha e izquierda, sino entre capitalismo y comunismo, entre guerra y revolución.