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Partido y sindicatos en la clásica visión marxista (De “Il Programma Comunista”, 1966, n.10, 14, 16-19, 22) |
| 1 - | Introducción |
| 2 - | Marx-Engels, 1841-1875. |
| 3 - | Lenin, 1899-1902. |
| 4 - | La Izquierda en el PSI, 1913 |
| 5 - | La Fracción Comunista Abstencionista,1919-1920. |
| 6 - | El Partido Comunista de Italia, 1921-1922. |
| 7 - | En la Tercera Internacional. |
El oportunismo siempre ha dirigido al comunismo revolucionario la acusación de ser indiferente si no desdeñoso de las cuestiones contingentes y, en el caso concreto, de las cuestiones económicas de la clase obrera. Sin embargo, la acusación de indiferentismo se formula precisamente en los periodos históricos en que desgraciadamente la revolución ha sido arrinconada en los márgenes del movimiento social, y el oportunismo en sus mil ediciones y formas domina completamente la escena política de las relaciones de clase; cuando, en cambio, fermentos de oposición a la traición serpentean en el seno de la clase obrera, y los proletarios demuestran no estar ya dispuestos a aceptar ciegamente y con sumisión la dictadura de las burocracias sindicales y políticas del revisionismo oportunista, de modo que en las organizaciones económicas y políticas de masas del proletariado tienden a formarse grupos que se inspiran, incluso inconscientemente, en el programa comunista, entonces a la acusación de indiferentismo se sustituye la equivalente de barricadismo, que suena también a... anarquismo dinamitero. Esto no constituye una novedad, y es tan viejo como la lucha revolucionaria de la clase obrera.
Con la primera fórmula oportunista, la del indiferentismo, se ha querido siempre crear un obstáculo psicológico a la penetración de las ideas revolucionarias comunistas en el seno de la clase. Con la segunda, la del anarquismo, se ha intentado hacer retroceder la lucha por la conquista de las masas obreras por parte del partido comunista. En ambos casos, el propósito de los enemigos de la revolución es impedir que los comunistas se pongan a la cabeza del movimiento obrero para guiarlo a la lucha final por la conquista del poder.
Por el contrario, los comunistas nunca han dejado de hacer todo lo posible para organizarse, y organizar a los proletarios, en los sindicatos y en las organizaciones de clase sobre la base de su programa revolucionario. El día en que el partido comunista del proletariado renunciara voluntariamente a cumplir esta función, renunciaría implícitamente a guiar a las masas de asalariados a la destrucción del actual régimen capitalista, y se autoeliminaría de la lucha histórica por la victoria del comunismo. Es cierto que nuestro partido no hará caso de las quimeras oportunistas y, fuerte por su ya secular programa y de su heroica tradición, al igual que no renuncia a la lucha en defensa de la teoría marxista, que conduce permanentemente incluso cuando arde la batalla callejera, tampoco renuncia a la lucha por conquistar la dirección de las organizaciones sindicales de masas del proletariado, cualesquiera que sean sus fuerzas físicas y las posibilidades objetivas. Los enemigos de la revolución comunista pueden abandonar desde ya toda esperanza, si piensan que nuestro partido cometerá este imperdonable error.
La izquierda comunista, incluso cuando estaba constituida en Fracción del Partido Socialista Italiano, condujo la lucha en los sindicatos en las primeras filas con sus combatientes, verdadera y propia vanguardia revolucionaria en un partido que, a medida que se acercaba la crisis revolucionaria en Italia, se desintegraba para pasarse al frente de la contrarrevolución.
Cuando, finalmente, la Fracción comunista se constituyó en Partido Comunista de Italia sección de la III Internacional, en 1921, en el Manifiesto programático lanzado en Livorno a los trabajadores de Italia aquella actitud se confirmaba explícitamente.
La misma exigencia se encuentra en 1922 en las Tesis sindicales, al Congreso de Roma, en las que, entre otras cosas se afirma, en los puntos 11 y 12: «La actividad de los comunistas por la unidad de organización sindical del proletariado italiano, iniciada con el llamamiento lanzado a todas las organizaciones inmediatamente después de la constitución del Partido Comunista, debe desarrollarse igualmente desde el interior y desde el exterior, con formación de grupos y con la propaganda incesante también en las otras organizaciones parciales o autónomas localmente». Y en el punto 7: «el partido comunista tiene una representación suya permanente constituida en el seno del sindicato y opera a través de ella, o sea con la máxima competencia y la máxima responsabilidad».
Tal actitud de adhesión de los comunistas a la organización económica de clase y de táctica tendiente a conquistar su dirección no decayó ni siquiera cuando la Izquierda Comunista, por vicisitudes de lucha internacional, fue excluida de la dirección del Partido Comunista de Italia, y su lucha tenaz, inflexible y coherente culminó en las Tesis programáticas generales del Congreso de Lyon de 1926, en las cuales se reafirmaba la necesidad del partido de trabajar en los sindicatos obreros para introducir en la clase el programa revolucionario, precisando, justamente contra las acusaciones de indiferentismo y de purismo, que: «el concepto marxista del partido y de su acción rehuye, así del fatalismo pasivo espectador de fenómenos sobre los que no se siente influir de modo directo, como de toda concepción voluntarista en el sentido individual, según la cual las cualidades de preparación teórica, fuerza de voluntad, espíritu de sacrificio, en suma un tipo especial de figura moral, y un requisito de “pureza” se le pidan indistintamente a cada militante del partido, reduciendo este a una élite superior al resto de los elementos sociales que componen la clase obrera, mientras el error fatalista y pasivista conduciría, si no a negar la función y la utilidad de un partido, al menos a atribuirla sin más a la clase proletaria entendida en el sentido económico, estadístico».
Los recientes textos de partido, desde los Puntos de base de adhesión para la organización a las Tesis de Nápoles, confirman punto por punto la correcta formulación de la cuestión de la relación entre partido y sindicatos enunciada ya desde el Manifiesto del Partido Comunista de 1848.
Por consiguiente, nada tenemos que añadir, ni mucho menos que corregir o quitar, a lo que ha sido claramente enunciado desde hace más de un siglo.
* * *
Los comunistas no han elegido, por convicción estética y moral, luchar en los sindicatos, o sea en la clase organizada en el terreno de las relaciones productivas: están obligados a ello por las finalidades de su programa revolucionario que, para ser realizado, presupone que el partido revolucionario del proletariado guíe a las masas obreras a la conquista del poder. Tal tarea no puede realizarse con simples enunciados teóricos ni mucho menos con puros actos de voluntad, «sino sobre la base del desarrollo real de la lucha de clase, en las formas económicas típicas y peculiares de la sociedad capitalista, con la acción práctica tendente a unificar los medios y los fines históricos de las clases asalariadas, a través de una lucha incesante y sin cuartel contra los falsos representantes del proletariado, contra los dirigentes sindicales traidores, contra la política oportunista que domina en las organizaciones económicas obreras y las pone al servicio de la contrarrevolución».
Es en esta lucha que el partido comunista revolucionario demuestra su absoluta fidelidad al comunismo, a la revolución comunista, y defiende los intereses también inmediatos de los obreros, en cuanto no oculta a las masas desheredadas la precariedad de las conquistas parciales, de las mejoras salariales y normativas obtenidas, aunque a un alto precio, en el régimen capitalista. Es precisamente a través de esta lucha que los comunistas tienen la posibilidad material de demostrar al proletariado que sólo la lucha por la conquista del poder político es garantía de la real transformación de las relaciones económicas y sociales y, por tanto, que sólo en el nuevo régimen de la dictadura proletaria mejorarán verdaderamente, sensiblemente e irreversiblemente, las condiciones de vida y de trabajo de las masas trabajadoras.
En virtud de tales consideraciones el partido de clase, nuestro partido,
continuará incesantemente su acción de lucha, de propaganda y de proselitismo en
el seno de la clase organizada en los sindicatos, ya que, a rigor de lógica, es
el único partido que puede presumir de haber guiado y de guiar históricamente al
proletariado hacia la revolución.
Marx-Engels, 1841-1875
Es característica en los textos marxistas la continua referencia al íntimo nexo existente entre partido y clase, entre partido y organizaciones de clase del proletariado. Tal conexión destruye la pretensión de la unilateralidad de la actividad de las masas y por tanto también del partido, como si las luchas económicas, sociales y políticas estuvieran entre sí separadas por un muro de división y no se influyeran, en cambio, mutuamente y dialécticamente, o sea originando una serie de contradicciones que caracterizan el movimiento real de las clases entre sí y de los partidos que representan sus intereses.
En el Manifiesto del Partido Comunista de 1848 esta relación está magistralmente así descrita:
«Con el desarrollo de la industria el proletariado no crece solamente en número; sino que se concentra en grandes masas, su fuerza va creciendo, y con la fuerza la conciencia de ella. Los intereses, las condiciones de existencia en el interior del proletariado se nivelan cada vez más, porque la máquina borra cada vez más las diferencias del trabajo y casi en todas partes reduce el salario a un nivel igualmente bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales que de ello derivan hacen cada vez más fluctuante el salario de los obreros; el incesante y cada vez más rápido perfeccionamiento de las máquinas hace cada vez más precarias sus condiciones de existencia; los conflictos entre obreros individuales y burgueses individuales van asumiendo cada vez más el carácter de conflictos entre dos clases. Es así que los obreros comienzan a formar coaliciones contra los burgueses, reuniéndose para defender su salario. Fundan incluso asociaciones para abastecerse para las ocasionales sublevaciones. Aquí y allá la lucha se convierte en motín. De cuando en cuando los obreros vencen, pero sólo de modo efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. Ella es facilitada por los crecientes medios de comunicación que son creados por la gran industria y que conectan entre sí a obreros de localidades diversas. Basta este simple enlace para concentrar las muchas luchas locales, que en todas partes tienen igual carácter, en una lucha nacional, en una lucha de clase. Pero toda lucha de clase es lucha política (...).
«Esta organización de los proletarios en clase, y por tanto en partido político, viene a cada instante nuevamente rota por la competencia que los obreros se hacen entre ellos mismos. Pero resurge siempre, de nuevo más fuerte, más sólida, más potente. Aprovechándose de las divisiones en el seno de la burguesía, la obliga al reconocimiento legal de singulares intereses de los obreros. Así fue para la ley de las diez horas en Inglaterra».
En Miseria de la Filosofía, escrita entre diciembre de 1846 y junio de 1847, Marx, polemizando sarcásticamente con las posiciones filisteas del pequeño burgués intelectual que dominaba el ambiente obrero de la época bajo la etiqueta de “socialista”, analiza más detalladamente la cuestión. En la página 138, después de haber recordado que en Inglaterra las coaliciones de obreros fueron autorizadas por el Parlamento, a ello forzado por el “sistema económico”, y que en 1825 el mismo Parlamento debió «abolir todas las leyes que prohibían las coaliciones de los obreros», Marx cita con ironía la actitud de los “socialistas” de la época:
«Y nosotros os diremos en calidad de “socialistas”, que, a parte esta cuestión de dinero, vosotros seguiréis siendo igualmente los obreros y los patronos seguirán siendo siempre patronos, antes como después. Así, nada de coaliciones, nada de política; ¿porque hacer coaliciones no es quizás hacer política?».
A este bello modo, “lógico”, de razonar se opone la cruda realidad de los hechos: «A pesar de unos y otros, a pesar de los manuales y las utopías, las coaliciones no han cesado un instante de progresar y de agrandarse con el desarrollo y la expansión de la industria moderna (...). Así la coalición tiene siempre un doble propósito, de hacer cesar la competencia de los obreros entre ellos, para poder hacer una competencia general al capitalista. Si el primer propósito de la resistencia ha sido el mantenimiento de los salarios, a medida que los capitalistas se unen a su vez en un propósito de represión, las coaliciones, primero aisladas, se constituyen en grupos y, frente al capital siempre unido, el mantenimiento de la asociación se vuelve para los obreros más necesario aún que el del salario (...). En esta lucha – verdadera guerra civil – se reúnen y se desarrollan todos los elementos necesarios para una batalla que se vislumbra en el inmediato futuro. Una vez llegada a este punto, la asociación adquiere un carácter político (...). Las condiciones económicas habían transformado primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así esta masa es ya una clase frente al capital, pero no todavía para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado sólo algunas fases, esta masa se reúne, se constituye en clase para sí misma. Los intereses que ella defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política».
Y en la página 140 el texto anticipa la categórica afirmación del Manifiesto, «toda lucha de clase es lucha política», con una expresión equivalente, igualmente categórica: «no se diga que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay nunca movimiento político que no sea social al mismo tiempo».
En 1873, Marx se ve obligado aún a tratar la cuestión, y esta vez no tanto contra una escuela política que enuncia sus teorías, cuanto contra un movimiento político que se está organizando en el interior de la Internacional y a sus espaldas: son los anarquistas, seguidores del ruso Bakunin, a quienes Marx fustiga y ridiculiza refiriendo sus convicciones en un artículo La indiferencia en materia política. Marx ejemplifica así la estridente contradicción entre ciertas posiciones y el movimiento real de los obreros:
«La clase obrera – sostienen los anarquistas – no debe constituirse en partido político; no debe bajo ningún pretexto tener acción política, pues combatir al Estado es reconocer al Estado: lo que es contrario a los principios eternos. Los obreros no deben hacer huelgas, pues hacer esfuerzos para hacerse aumentar el salario o para impedir su disminución es como reconocer el salario: lo que es contrario a los principios eternos de la emancipación de la clase obrera! (...). Los obreros no deben hacer esfuerzos para establecer un límite legal de la jornada de trabajo, porque es como hacer compromisos con los patronos (...). Los obreros no deben formar singulares sociedades por cada oficio, porque con ello perpetúan la división del trabajo social, tal como la encuentran en la sociedad burguesa (...). En una palabra, los obreros deben cruzar los brazos y no perder su tiempo en movimientos políticos y económicos. En la vida práctica de todos los días, los obreros deben ser obedientísimos servidores del Estado; pero en su interior deben protestar enérgicamente contra su existencia y testimoniarle su profundo desdén teórico con la adquisición y lectura de tratados literarios sobre la abolición del Estado; deben además guardarse bien de oponer otra resistencia al régimen capitalista fuera de las declamaciones sobre la futura sociedad, en la cual el régimen abusivo habrá cesado de existir».
Y comenta: «Nadie querrá negar que, si los apóstoles de la indiferencia en materia política se expresaran de manera tan clara, la clase obrera los mandaría a freír espárragos y se sentiría insultada por estos burgueses doctrinarios (...) que son tontos e ingenuos al punto de prohibirle todo medio real de lucha, porque todas las armas para combatir hay que tomarlas en la actual sociedad».
En la sesión del 20 y del 27 de junio de 1865 del Consejo General de la Asociación Internacional de los Obreros (Primera Internacional), Marx tiene un informe para demostrar que el owenista John Weston había sostenido muchas tonterías al afirmar que los aumentos de los salarios son dañinos para los obreros y que más dañinas son las influencias de las Trade Unions sobre toda la economía y de rebote sobre la clase obrera. Marx demuestra primero, de manera llana y simple, el contenido de las categorías económicas del capital, Salario, Precio y Ganancia (el informe fue publicado más tarde bajo este título), sus relaciones recíprocas y en qué relación está la clase obrera; y, para terminar, comenta:
«Toda la historia de la industria moderna muestra que el capital, si no se le ponen frenos, trabaja sin escrúpulos y sin misericordia para precipitar a toda la clase obrera a este nivel de la más profunda degradación». Y aún: «Oponiéndose a estos esfuerzos del capital con la lucha por aumentos de salario correspondientes a la mayor tensión del trabajo, el obrero no hace otra cosa que oponerse a la desvalorización de su trabajo y a la degeneración de su raza.
«El esclavo recibe una cantidad fija y constante de medios para su sustento; el obrero asalariado no. Debe intentar obtener, en un caso, un aumento de salario, aunque solo sea para compensar la disminución de los salarios en el otro caso. Si él se resignara a aceptar la voluntad, las imposiciones de los capitalistas como una ley económica permanente, compartiría toda la miseria de un esclavo, sin gozar la posición segura del esclavo».
Marx continúa explicando las razones de fondo por las que la clase obrera debe contrarrestar el paso de la clase capitalista en el terreno económico, aunque sea el terreno que él define como más favorable al capitalismo:
«La determinación de su nivel real (o sea del nivel de la tasa de beneficio), viene decidida sólo por la lucha incesante entre capital y trabajo; el capitalista buscando constantemente reducir los salarios a su límite físico mínimo y extender la jornada de trabajo a su límite físico máximo, mientras el obrero ejerce constantemente una presión en sentido opuesto. La cosa se reduce a la cuestión de las relaciones de fuerza de las partes en lucha (...). Es precisamente esta necesidad de una acción política general la que nos suministra la prueba de que en la lucha puramente económica el capital es el más fuerte».
Y precisamente por esto, «si la clase obrera cediera por cobardía en su conflicto con el capital, se privaría a sí misma de la capacidad de emprender cualquier movimiento más grande.
«Al mismo tiempo la clase obrera, independientemente de la servidumbre general que está ligada al sistema del salario, no debe exagerarse a sí misma el resultado final de esta lucha cotidiana. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que puede sólo frenar el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica sólo paliativos, pero no cura la enfermedad. Por eso no debe dejarse absorber exclusivamente por esta inevitable guerrilla, que brota incesantemente de los continuos ataques del capital o de los cambios del mercado.
«Debe comprender que el sistema actual, con todas las miserias que acumula sobre la clase obrera, genera al mismo tiempo las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para una reconstrucción económica de la sociedad. En vez de la consigna conservadora: “Un salario equitativo por una jornada de trabajo equitativa”, los obreros deben escribir en su bandera el lema revolucionario: “Supresión del sistema del salario”».
Marx concluye su informe sometiendo a aprobación una resolución que termina así: «La tendencia general de la producción capitalista no es elevar el salario normal medio, sino reducirlo. Las Trade Unions cumplen un buen trabajo como centros de resistencia contra los ataques del capital; en parte se demuestran ineficaces a causa de un empleo irracional de su fuerza. Faltan, en general, a su propósito porque se limitan a una guerrilla contra los efectos del sistema existente, en lugar de tender al mismo tiempo a su transformación y servirse de su fuerza organizada como de una palanca para la liberación definitiva de la clase obrera, o sea para la abolición definitiva del sistema del salario».
Este concepto del sindicato como “palanca” del partido será reportado tal cual en las Resoluciones de la Conferencia de Londres en septiembre de 1871 de la Primera Internacional, y exactamente en la IX Resolución sobre La acción política de la clase obrera. La parte final define así la cuestión:
«Considerando
- que contra este poder colectivo de las clases poseedoras el proletariado puede actuar como clase sólo organizándose por sí mismo en partido político distinto de todos los viejos partidos formados por las clases poseedoras y opuesto a ellos; que este organizarse del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su meta final, la abolición de las clases;
- que la coalición de las fuerzas obreras ya obtenida con las luchas económicas debe servir al proletariado como palanca en su lucha contra el poder político de sus explotadores;
- la conferencia recuerda a los miembros de la Internacional que el movimiento económico y la acción política de la clase obrera en lucha están indisolublemente ligados entre sí».
En los Estatutos generales de la Internacional, aprobados en septiembre del año siguiente, 1872, en La Haya, estas nociones básicas serán transferidas al pié de la letra.
Engels en una carta a Bebel desde Londres, de marzo de 1875, en la que critica ásperamente el “Programa del partido obrero alemán”, siguiendo las líneas de las “Glosas” de Marx contra las tonterías en él contenidas, escribe entre otras cosas: «No se hace mención (en el proyecto de programa) de la organización de la clase obrera como clase por medio de los sindicatos de oficio. Es este un punto muy esencial, porque esta es la verdadera organización de clase del proletariado, en la que combate sus luchas cotidianas contra el capital, en la que se entrena, y que hoy ni siquiera la peor reacción (como ahora en París) no es capaz de destruir del todo. Dada la importancia que esta organización adquiere también en Alemania, según nuestra opinión sería absolutamente necesario hacer mención de ella en el programa y posiblemente dejarle un lugar en la organización del partido».
Engels, entre 1841 y 1845, había escrito una importante obra, La situación de la clase obrera en Inglaterra, en la que explica la necesidad de la asociación de los obreros en defensa de su salario, y – págs. 237 y siguientes de la edición Rinascita – entre otras cosas escribe: «Se preguntará entonces por qué los obreros hacen huelga en casos en que es evidente la ineficacia de su acción. Simplemente porque ellos deben protestar contra la disminución del salario e incluso contra la necesidad de tal disminución; porque deben declarar que, como hombres, no pueden someterse a las condiciones existentes, sino que son las condiciones mismas las que deben adaptarse a esos hombres; porque su silencio sería un reconocimiento de tales condiciones, un reconocimiento del derecho de la burguesía de explotar a los obreros en los períodos de prosperidad comercial y de hacerlos morir de hambre cuando los tiempos son difíciles. Ellas (las asociaciones obreras, o sindicatos) presuponen la consciencia de que el poder de la burguesía descansa únicamente sobre la competencia de los obreros entre sí, o sea sobre el fraccionamiento del proletariado, sobre la recíproca contraposición de los obreros. Y precisamente porque ellas, aunque sea de modo unilateral y limitado, están dirigidas contra la competencia, contra este nervio vital del actual ordenamiento social, el obrero no puede golpear a la burguesía, y con ella a toda la estructura actual de la sociedad, en un punto más neurálgico que este».
Y sobre la importancia de las luchas: «En general estas huelgas son sólo escaramuzas de avanzadilla, a veces son ya enfrentamientos de cierta importancia; no deciden nada, pero son la mejor prueba de que la batalla decisiva entre el proletariado y la burguesía se está acercando. Ellas son la escuela de guerra de los obreros, en la que estos se preparan para la gran lucha ya inevitable; son los pronunciamientos de singulares categorías de obreros sobre su adhesión al gran movimiento obrero (...). Y, como escuelas de guerra, estas luchas son de una eficacia insuperable».
* * *
Esta secuencia de extractos de nuestros textos clásicos, que condensan lecciones históricas de varios y diversos períodos comprendidos desde 1825 hasta 1875, en un arco histórico particularmente fecundo de vicisitudes fundamentales de la humanidad dividida en clases, que comprende giros gigantescos desde la definitiva victoria de la burguesía en 1948 en Francia, pasando por la afirmación en la escena histórica de la clase obrera como clase combatiente y luchadora por sí misma, hasta la constitución del partido de clase del proletariado; desde el surgimiento de la teoría revolucionaria de esta clase de los asalariados hasta el nacimiento de la primera organización mundial de este partido, la Primera Internacional Comunista; esta excursión hacia atrás de más de un siglo conectada a las posiciones de la Izquierda, recordadas en la primera parte de este trabajo, dan la exacta confirmación de la justeza de las posiciones del partido comunista revolucionario sobre su viva participación a las luchas obreras, a las organizaciones de clase del proletariado, para hacer de ellas “palancas” aptas para desquiciar el poder político del capitalismo. Aclaran con abundancia, estos textos, la mentirosa propaganda oportunista tendente a hacer creer a las masas de asalariados que los sindicatos obreros deban ser “independientes y autónomos” de los partidos, para insinuar la creencia reaccionaria de que tales asociaciones económicas deban privarse de la guía del partido comunista revolucionario. Aclaran, por fin, el exacto alcance de las luchas económicas del proletariado que, aunque justas e inevitables, no desembocan en nada definitivo y sustancial para la clase si no tienden a transformarse en luchas por la conquista del poder político, si, o sea, no sirven de ejercitación para conectarse al partido político de la clase obrera, al verdadero partido comunista.
Los textos citados recuerdan períodos históricos densos de luchas a menudo heroicas de los proletarios de varios países de Europa, y de la entonces joven América, dispuestos a luchar en condiciones de absoluta inferioridad – en el sentido de que ha sido en el curso de tales luchas que la clase ha comenzado a descubrir las formas de su combate de clase, experimentándolas al fuego de muchas y no raramente sangrientas derrotas, frente a las cuales la clase obrera de hoy, si ha heredado la potente lección y las ricas enseñanzas, tiene también la grave responsabilidad histórica de no traicionar el significado de tanto heroísmo. Y esta grave responsabilidad pesa no sólo sobre los obreros que aún no logran sacudirse de encima la cobardía de los jefes, la traición de los viejos dirigentes pasados al enemigo, sino también sobre el núcleo revolucionario de las viejas generaciones de comunistas que se han salvado de la inmensa tragedia de la contrarrevolución, victoriosa sobre el Octubre Rojo y sobre la revolución mundial.
Cada huelga es una “batalla”, y cada batalla es un episodio de la “guerra civil”
entre el proletariado y las restantes clases poseedoras de la sociedad. En esta
batalla, en esta guerra, las clases movilizan todos los recursos, todas las
energías; los estados mayores de las clases, los partidos, verifican sus planes
de combate, ponen a punto continuamente las armas de ofensa y de defensa,
estudian al enemigo para golpearlo en el corazón. Un ejército sin jefes no es un
ejército sino una muchedumbre de hombres; como un cuerpo sin cabeza no es un
cuerpo, sino un tronco deforme. Así la clase de los asalariados sin el partido o
separada físicamente del partido es sólo un montón de explotados y el partido un
núcleo de doctrinarios sin seguimiento, fin en sí mismo, o sea un aborto de
partido. En consecuencia, la clase, con o sin guía, con o sin partido, está
obligada a batirse obligada por el mismo capitalismo. Cuando las vicisitudes
adversas de la historia impiden la constitución del partido la clase se desangra
en estas batallas. Pero cuando el partido resucita precisamente desde lo
profundo de la tragedia, como una sublimación de los sufrimientos, de las
traiciones, de las esclavitudes de los proletarios, entonces este partido, si no
quiere con el suicidio el asesinato de la revolución, no puede sino plantearse
como objetivo fundamental conquistar la cabeza de las masas asalariadas
penetrando las “asociaciones”, las “Trade Unions”, las “coaliciones” de los
obreros, para hacer de ellas “palancas” contra el capital y contra el
oportunismo anidado en las filas obreras, para hacer de ellas las “correas de
transmisión”, según Lenin, del programa revolucionario.
Lenin, 1899-1902
Con Lenin comienza un largo período de sistematización doctrinaria, en parte necesario por la aparición en el seno de la Segunda Internacional, y señaladamente en la Socialdemocracia Alemana, del revisionismo bernsteiniano, en parte por la lucha por la constitución en Rusia del partido de clase.
En el artículo Sobre las huelgas (Obras, vol. 4, pág. 315-325), escrito a finales de 1899, Lenin examina la cuestión de las luchas obreras, casi parafraseando al pie de la letra los textos clásicos de Marx y Engels sobre el argumento. Debe notarse – y contamos con lograr demostrar al menos que en el arco de más de un siglo, desde 1848, o sea desde el Manifiesto de los comunistas, hasta hoy, los grandes jefes revolucionarios y el partido comunista siempre han confirmado y reafirmado los mismos principios doctrinarios, perseguido las mismas finalidades, previsto la utilización de los mismos medios – que Lenin afronta el problema remitiéndose explícita y completamente al marxismo, como más tarde hará la Izquierda comunista en Italia.
El texto, después de haber examinado las condiciones en que se desarrolla el trabajo bajo el modo de producción capitalista, así prosigue: En la economía capitalista, las masas del pueblo trabajan a sueldo para otras personas, trabajan no para sí sino para los patronos, a cambio de un salario. Es comprensible que los patronos busquen siempre bajar el salario: cuanto menos den a los obreros más ganancias les quedará. Los obreros, en cambio, buscan obtener el salario más alto posible (...). Entre los obreros y los patronos, por tanto, se desarrolla una continua lucha por el salario (...). Pero ¿puede un obrero conducir esta lucha aislado? (...). Para el obrero se vuelve imposible luchar solo contra el patrón. Y he aquí que los obreros (...) inician una lucha desesperada. Viendo que cada uno de ellos, si está aislado, es absolutamente impotente y amenazado por el peligro de perecer bajo el yugo del capital, los obreros comienzan a sublevarse juntos contra sus patronos. Tienen inicio las huelgas de obreros.
«En todos los países la ira de los obreros comenzó primero con revueltas aisladas. En todos los países estas revueltas aisladas generaron, por una parte, huelgas más o menos pacíficas y, por otra, una lucha general de la clase obrera por su propia emancipación. Las huelgas siempre infunden terror a los capitalistas, porque comienzan a sacudir su dominación. “Todas las ruedas se pararán si tu fuerte mano lo quiere”, dice de la clase obrera una canción de los obreros alemanes.
«Cada huelga sugiere con gran fuerza a los obreros la idea del socialismo, de la lucha de toda la clase obrera por su liberación del yugo del capital. La huelga enseña a los obreros a comprender dónde está la fuerza de los patronos y dónde la de los obreros, les enseña a pensar no sólo en su patrón y no sólo en sus compañeros más cercanos, sino en todos los patronos, en toda la clase de los capitalistas y en toda la clase de los obreros. Pero la huelga hace comprender a los obreros quiénes son no sólo los capitalistas, sino también el gobierno y las leyes. El obrero comienza a comprender que las leyes son emanadas en interés sólo de los ricos (...). Por eso los socialistas llaman a las huelgas una “escuela de guerra”, escuela en la que los obreros aprenden a hacer la guerra contra sus enemigos por la liberación de todo el pueblo y de todos los trabajadores del yugo de los funcionarios y del yugo del capital.
«Pero una “escuela de guerra” no es aún la guerra misma. Las huelgas son uno de los medios de lucha de la clase obrera por su emancipación pero no son el único medio (...). Los obreros, por tanto, no pueden absolutamente limitarse a las huelgas y a las sociedades de resistencia. En segundo lugar, las huelgas son victoriosas sólo donde los obreros son ya bastante conscientes, donde saben elegir el momento para desencadenarlas, saben presentar las reivindicaciones, tienen vínculos con los socialistas para procurarse manifiestos y opúsculos (...).
«Los socialistas, junto con los obreros conscientes, deben tomar sobre sí esta tarea, constituyendo a este propósito un partido obrero socialista (...). Cuando todos los obreros conscientes devienen socialistas, o sea hombres que aspiran a tal emancipación, cuando se unen en todo el país para difundir entre los obreros el socialismo, para enseñarles todos los medios de lucha contra sus enemigos, cuando constituyen un partido obrero socialista que lucha por la liberación de todo el pueblo del yugo del gobierno y por la emancipación de todos los trabajadores del yugo del capital, sólo entonces la clase obrera se adhiere plenamente al gran movimiento de los obreros de todos los países que une a todos los obreros e iza la bandera roja sobre la cual está escrito: Proletarios de todo el mundo, uníos».
El texto, de elemental educación política, llano, simple sin pretensiones, como en el estilo de Lenin, aclara muy bien el punto central de la cuestión, o sea que no bastan las huelgas y las “sociedades de resistencia” – los sindicatos – sino que hace falta que la ola de las luchas obreras se solidifique en el partido de los obreros “conscientes”, y conciencia de todos los obreros. Este concepto será repetido siempre, en mil formas, en mil circunstancias, sobre todo con la aproximación de la formación del partido en Rusia en la lucha contra el economicismo y el espontaneísmo.
En 1902 Lenin escribe un artículo Sobre la libertad de huelga, (Obras, vol. 6, pág. 203-211), interesante por su “actualidad”, en el cual, analizando una providencia “liberal” del gobierno zarista, da en la cabeza a los “marxistas legales” no sólo de Rusia y de la época, sino de todos los países y de todos los tiempos, desenmascarando la táctica de “legalización” de los sindicatos por parte del Estado y la postración de los oportunistas ante el “sentido común estatal” el cual, bajo la presión de las leyes económicas y de los mismos industriales, se ve obligado a admitir, por boca de su ministro de finanzas, que, «en realidad cada huelga (naturalmente si no es acompañada por violencias) es un fenómeno puramente natural y no representa en absoluto una amenaza para el orden y la tranquilidad pública. En estos casos la salvaguardia del orden debe asumir formas similares a las practicadas durante las fiestas populares al aire libre, solemnidades, espectáculos y casos del género». Lenin profetiza la actualidad de hoy, vergonzosa e imbécil, con la de entonces, y comenta:
«Este es un lenguaje de verdaderos liberales manchesterianos, los cuales proclaman que la lucha entre capital y trabajo es un fenómeno absolutamente natural, identifican con gran desenvoltura “el comercio en mercancías” y el “comercio en trabajo” (...) y exigen la no intervención del Estado, reservándole la función de guardián nocturno (y diurno)». Lenin, luego, toma de frente al “marxista legal” (en Rusia, Struve) que se complace de ello e invita a los obreros a la “moderación” para “aumentar la importancia” de la agitación “legal”:
«El señor Struve (...) dice entre otras cosas que el nuevo proyecto es una expresión del “sentido común estatal” (...). No es así, señor Struve. No ha sido el “sentido común estatal” el que ha promovido el proyecto de la nueva ley sobre las huelgas; lo han promovido los industriales. El proyecto ha aparecido no porque el Estado haya “reconocido” las bases fundamentales del derecho civil (la burguesa “libertad e igualdad de los patronos y de los obreros”), sino porque la abolición de la perseguibilidad penal de las huelgas se ha vuelto ventajosa para los industriales». (Póngase atención a las leyes actuales sobre la “justa causa” en los despidos individuales). Y Lenin concluye, invitando a los obreros a no “moderar” sus reivindicaciones, “sino a plantearlas con más fuerza”:
«De la deuda que el gobierno tiene hacia el pueblo, os quieren dar un copeco sobre cien rublos. Aprovechaos del cobro de este copeco para exigir, a voz cada vez más alta, el monto completo de la deuda, para desacreditar definitivamente al gobierno, para preparar vuestras fuerzas para asestarle el golpe decisivo».
En 1902 está ya en pleno desarrollo la lucha contra el economicismo, y Lenin, en el célebre ¿Qué hacer?, escrito entre el otoño de 1901 y febrero de 1902, en el párrafo La sumisión a la espontaneidad (Obras, vol.5, pág. 348 y siguientes) vuelve con vigor polémico incomparable a la cuestión del partido y del sindicato, refiriendo algunas actitudes típicas del economicismo, tomadas de la Rabociaia Mysl:
«“El movimiento obrero debe su vitalidad al hecho de que el obrero ha tomado finalmente en sus manos su propia suerte, arrancándola de las manos de sus dirigentes”. Se proclama que la “base económica del movimiento está asegurada por la aspiración a no olvidar nunca jamás el ideal político”, que la consigna del movimiento obrero es: “lucha por las condiciones económicas” (!), o mejor aún: “los obreros para los obreros”; se declara que las cajas de huelga “tienen para el movimiento más valor que un centenar de otras organizaciones”. Las fórmulas como aquella de que la clave de bóveda de la situación debe ser no la “flor” de los obreros, sino el obrero “medio”, el obrero de masa, o como: “la política sigue siempre dócilmente a la economía”, etc., etc., adquirieron una gran popularidad y tuvieron una influencia irresistible sobre la masa de los jóvenes que se habían unido al movimiento en los últimos días y que, en su mayoría, solo conocían fragmentos del marxismo a través de la exposición que hacían de él las publicaciones legales.
«Así, la conciencia quedó completamente sofocada por la espontaneidad (...) por la espontaneidad de los obreros, que se habían dejado seducir por el argumento de que un kopek sobre un rublo valía mucho más que cualquier socialismo y cualquier política, que debían «luchar sabiendo que no luchaban por generaciones futuras desconocidas, sino por ellos mismos y por sus hijos». Frases como esta siempre han sido el arma preferida de aquellos burgueses de Europa occidental que, odiando al socialismo, trabajaban ellos mismos para trasplantar a su país el sindicalismo inglés y afirmaban a los obreros que la lucha exclusivamente sindical es precisamente una lucha por ellos mismos y por sus hijos, y no por cualquier generación futura, por cualquier socialismo futuro. Y ahora los V.V. de la socialdemocracia rusa se dedican a repetir estas frases burguesas (...) Lo que demuestra que toda sumisión del movimiento obrero a la espontaneidad, toda merma de la función del «elemento consciente», de la función de la socialdemocracia, significa en sí misma – no importa si lo quiere o no – un fortalecimiento de la influencia de la ideología burguesa sobre los obreros» (el énfasis es de Lenin).
Lenin, tras citar un largo fragmento de la crítica que K. Kautsky hace al proyecto de programa del partido socialdemócrata austriaco, en el que cabe destacar el famoso pasaje, citado en varias ocasiones por Lenin en otros de sus escritos, y perfectamente acorde con la ortodoxia marxista más intransigente, a saber:
«La conciencia socialista es, por tanto, un elemento importado en la lucha de clase del proletariado desde el exterior (von aussen hineingetragenes), y no algo que surje espontáneamente (urwuchsig)», así retoma: «Se habla de la espontaneidad; pero el desarrollo espontáneo del movimiento obrero hace que éste se subordine a la ideología burguesa (...), porque el movimiento obrero espontáneo es el tradunionismo (...) y el tradunionismo es el sometimiento ideológico de los obreros a la burguesía. Por eso nuestra tarea, la tarea de la socialdemocracia, consiste en combatir la espontaneidad, en alejar al movimiento obrero de la tendencia espontánea del tradunionismo a refugiarse bajo el ala de la burguesía; nuestra tarea consiste en atraer al movimiento obrero bajo el ala de la socialdemocracia revolucionaria».
La primaria importancia del partido, y al mismo tiempo su función de guía de las masas proletarias en lucha, es aquí reafirmada una vez más. Esta necesidad se encuentra, más adelante, siempre en ¿Qué hacer? junto con otro aspecto de la cuestión, aquel delicado de si los sindicatos deben ser organizaciones del partido o no. Lenin subraya, en primer lugar, que «la lucha política de la socialdemocracia es mucho más vasta y mucho más compleja que la lucha económica de los obreros contra los patronos y contra el gobierno. Igualmente la organización de un partido socialdemócrata revolucionario debe necesariamente ser distinta de la organización de los obreros para la lucha económica. La organización de los obreros debe ser ante todo profesional, luego ser la más vasta posible y por fin ser la menos clandestina posible (aquí en lo sucesivo – esta claro – me refiero sólo a la Rusia autocrática). Al contrario, la organización de los revolucionarios debe comprender ante todo y principalmente hombres cuya profesión sea la acción revolucionaria. Por esta característica común a los miembros de la organización ninguna distinción debe existir absolutamente entre obreros e intelectuales, y con mayor razón ninguna distinción sobre la base del oficio».
Estos conceptos se encuentran tal cual en los textos antiguos y recientes de la Izquierda italiana, como prueba formidable de identidad de pensamiento y de acción revolucionarios.
Lenin ahora explica en qué se diferencia el Occidente “libre” de la Rusia autocrática: «En los países políticamente libres, la diferencia entre la organización tradunionista y la organización política es evidente, como es evidente la diferencia entre los sindicatos y la socialdemocracia. Las relaciones de esta última con las organizaciones sindicales varían necesariamente de país a país, según las condiciones históricas, jurídicas, etc., pueden ser más o menos estrechas, complejas, etc. (deben ser, según nuestro punto de vista, cuanto más estrechas y cuanto menos complejas posibles); pero en los países libres la organización sindical y la del partido socialdemócrata no pueden coincidir».
La solución de Lenin es perentoria, no deja espacio a interpretaciones: el partido debe ser completamente distinto de la clase y de sus organizaciones sindicales y políticas allí donde las condiciones del choque de las clases son “libres” de desenvolverse sin trabas “asiáticas”, etc., pero puede coincidir allí donde «como en Rusia la opresión autocrática cancela, a una vista exterior, toda distinción entre la organización socialdemócrata y las asociaciones obreras». Pero esto no debe dejarnos seducir – comenta Lenin, ya experto conocedor del oportunismo – «de la idea de dar al mundo un nuevo ejemplo de “vínculo estrecho y orgánico con la lucha proletaria”, de vínculo del movimiento profesional con el movimiento socialdemócrata».
«El mal está», reafirma, cuando se «sueña con una fusión completa entre la socialdemocracia y el tradunionismo». Y en cambio, «las organizaciones obreras para la lucha económica deben ser tradunionistas. Todo obrero socialdemócrata debe, en cuanto le es posible, sostenerlas y trabajar en ellas activamente. Es verdad. Pero no es en nuestro interés exigir que sólo los socialdemócratas puedan pertenecer a las asociaciones “corporativas”, porque ello restringiría nuestra influencia sobre las masas. Dejemos participar en la asociación corporativa a cualquier obrero que comprenda la necesidad de unirse para luchar contra los patronos y contra el gobierno. Las asociaciones corporativas no alcanzarían su propósito si no agruparan a todos aquellos que comprenden al menos tal necesidad elemental, si no fueran muy amplias. Y cuanto más amplias sean, tanto más se extenderá nuestra influencia sobre ellas, no sólo gracias al desarrollo “espontáneo” de la lucha económica, sino también gracias a la acción consciente y directa de los adherentes socialistas sobre sus compañeros (...). Las organizaciones profesionales pueden ser utilísimas no sólo para desarrollar y consolidar la lucha económica, sino que ofrecen además una ayuda preciosa para la agitación política y para la organización revolucionaria».
Lenin escribe en ruso; pero en aquel pasaje histórico el ruso es la lengua internacional del proletariado mundial. Las desviaciones sindicalistas en Europa y en Occidente no son diferentes y menos perniciosas que las “espontaneistas”. Después de las sangrientas represiones seguidas a la caída de la Comuna de París, el movimiento obrero durante casi una decena de años está prácticamente desorganizado y la lenta reanudación tiene inicio con las primeras tímidas asociaciones obreras, de las cuales más tarde resurgirá, en la selección de ásperos choques políticos, el partido socialista. Sin embargo es precisamente entre el fin del siglo pasado y los primeros años del 1900 que, en el reflorecer de la organización sindical y en el sucederse de las huelgas de las varias categorías, los agrupamientos salidos de las múltiples escisiones entre 1880 y 1882 radicalizan sus posiciones de partida.
El sindicalismo revolucionario se dilata y predomina en el movimiento obrero
francés. Sus características pueden reducirse a una sola: liberar al movimiento
obrero de la nefasta influencia de la política, desvincularlo de su partido de
clase; lo que cuenta es una potente organización sindical de los obreros que a
través de la huelga general expropiadora sustituirá a la burguesía y regulará la
organización económica. Con veinticinco años de anticipo respecto al ordinovismo
se predica por uno de sus animadores, Fernand Pelloutier, el control obrero. Y
ya Lenin escribe: «A principios de los años sesenta la comisión de Stakelberg,
que procedió a la revisión de los estatutos de fábrica y del artesanado, propuso
crear tribunales de industria compuestos de representantes elegidos por los
obreros y por los patronos y dar a los obreros cierta libertad de organización»
(Lenin, texto citado pág. 204).
La Izquierda en el PSI, 1913
En las tres entregas precedentes – nrs. 10, 14, 16, de “Programma” – se ha mostrado cómo el problema de las relaciones entre partido de clase y sindicatos obreros ha sido visto de modo invariante por Marx, Engels y Lenin, y cómo la Izquierda italiana se alineó desde antes de la guerra de 1914-18, con una misma línea, inmutable, porque está basada en principios.
También en Italia «aparece la falsa izquierda sindicalista» (ver Historia de la Izquierda Comunista, editada por nuestro partido, volumen I, pág. 34 y siguientes) que se manifestó en el Congreso de abril de 1904 en Bolonia y salió del partido en julio de 1907 fundando la Unión Sindical Italiana. Sin embargo se desplegó en el partido el sindicalismo reformista, igualmente obrerista y espontaneísta, que por boca de Rigola en el X Congreso del partido en Florencia declaró que «las organizaciones económicas no pueden estar más bajo la dependencia del Partido Socialista».
La Fracción Intransigente del partido, aunque no completamente en línea con el marxismo ortodoxo, expresó bien, por boca de Lazzari, la justa relación existente entre el partido y el sindicato: «Debemos tener todo el respeto por los intereses inmediatos tratados por la Confederación del Trabajo, pero nosotros somos Partido Socialista y la perspectiva que debemos tener por guía en nuestra acción debe ser tal que no deje posibilidad de subordinar nuestros grandes intereses ideales a las diversas necesidades transitorias que cotidianamente, para la defensa y tutela de los intereses inmediatos de los trabajadores, pueden también ser necesarias»; por tanto: «un solo programa, un solo principio, un solo método, una sola disciplina, que nos debe ligar a todos».
La extrema izquierda del partido socialista precisa así la función del partido y de los sindicatos, en el artículo Partido Socialista y organización obrera (op. cit., pág. 193), aparecido en Avanti! del 30-1-1913: «Las organizaciones profesionales representan el primer escalón en el desarrollo de la conciencia de clase que prepara al proletariado al socialismo. Ellas reclutan a todos los trabajadores que sin ser aún socialistas miran a mejorar sus propias condiciones. Deber del partido socialista es secundar con todas las fuerzas la organización económica de las masas. Deber igualmente elemental y urgente es hacer que, paralelamente a la organización de los trabajadores en los sindicatos de oficio, se haga una intensa propaganda socialista porque la solidaridad de todos los explotados, la aspiración a la total emancipación de todas las cadenas venga sentida cada vez más imperiosamente por las masas y que lo que hoy es sueño ardiente de pocos precursores devenga mañana en deseo consciente de las multitudes».
En la “Avanguardia” del 15-6-1913, órgano de los jóvenes socialistas, en el artículo La huelga de Milán (op. cit. pág. 211), se llama al partito a la “vía justa”, que no es la de los sindicalistas sorelianos, ni la de los reformistas: «Parece desgraciadamente que el Partido también después de la victoria de los revolucionarios no quiera interesarse en compenetrarse con la necesidad de presionar sobre las organizaciones proletarias para darles una directiva más conforme a la verdadera lucha de clase; parece que los socialistas, todos preocupados por la preparación electoral (¡ay!), no se preocupan del hecho que la vida sindical del proletariado entre nosotros es hoy débil, amorfa e incolora, y que su más alta manifestación es el semanal intercambio de improperios entre las dos “facciones” de organizadores... La acción proletaria reducida a la manifestación sindical puramente económica, es insurreccional, si queremos, hasta cierto punto, pero se adormece cuando se ha alcanzado aquel determinado nivel de ventajas conquistadas, que, en un último análisis, no logran atacar las bases institucionales del régimen económico capitalista, antes bien constituyen un fenómeno sustancial y casi necesario. El principio de una revolución en las formas sociales de la producción, aunque encontrando innegablemente su lógica base en los primeros movimientos obreros dirigidos al mejoramiento inmediato, debe desarrollarse y completarse en un plano superior al ambiente sindical. Es aquí donde surge la necesidad de un partido político revolucionario de clase. ¿Hace falta decir que político no significa sólo electoral?.
«La acción sindical es indispensable a la ascensión proletaria, con tal que afirme, en el desarrollo de sus etapas parciales, la tendencia al fin político, sostenido en el terreno político por el Partido de clase. El Partido debe ser pues el acelerador de los movimientos obreros en sentido revolucionario y debería dar vida y color a la acción obrera, que por sí misma no es revolucionaria en el modo automático sostenido por los sindicalistas, y que no debe ser mezquinamente neutral como los reformistas pretenden... Ni con los reformistas ni con los sindicalistas en el terreno de la organización. Queremos que las organizaciones devengan en socialistas, y no terminen en el remanso muerto del apoliticismo...
«Treves considera que hace falta replegarse y suavizar la oposición económica intensificando la oposición política. La fórmula es por lo menos equívoca, como todas las distorsiones. Equivale a dejar ir a todas las organizaciones proletarias al linchamiento del capitalismo especulador y consorciado... Suavizar nada, pues, sino colorear y revigorizar políticamente la resistencia económica, intensificar la una y la otra forma de oposición que, en su armonía, dan la delineación precisa de la lucha de clase preparadora del socialismo».
En el pasaje que sigue, tomado del artículo La unidad proletaria, aparecido en “Avanti!” del 1-8-1913, se aborda la cuestión de la “unidad”, pantalla de todos los oportunistas de siempre para consumar en ella las peores iniquidades en daño de la revolución comunista. Cuestión que, bajo otras formas y en otras condiciones históricas, será de nuevo objeto de choque entre la Izquierda y otras corrientes más o menos organizadas en el seno de los partidos de la Tercera Internacional. El texto toma ocasión de un artículo aparecido en “Avanti!” del 28 de julio de 1913 sobre las relaciones entre el Partido Socialista Francés y la CGT francesa, que concluía notando cómo «el fetichismo de la unidad proletaria sofoca la libertad de crítica socialista»; y así continúa:
«Así como el Partido Socialista Francés deja escapar la oportunidad de sorprender a la organización sindicalista en pleno fracaso sobre sus pregonadas finalidades revolucionarias, así, mutatis mutandis, nos parece que los socialistas italianos, por miedo a atacar la frágil unidad, son demasiado blandos hacia el corporativismo del cual está imbuida nuestra C. G. del Trabajo. Que los socialistas deban favorecer el desarrollo y la ascensión del movimiento de resistencia, el cual no puede ser floreciente y robusto si no reúne en sus cuadros un número cada vez mayor de organizados, nadie lo pone en duda. Pero al favorecer el desarrollo de las organizaciones económicas, nosotros, socialistas, no debemos considerarlas como fin en sí mismas, sino como medios para la propaganda y la futura realización del socialismo. Por eso nuestro punto de vista no puede coincidir con el de los dirigentes y los organizadores del movimiento obrero, los cuales (también los sindicalistas, por lo demás) ven el sindicato como fin último, se preocupan sólo de su desarrollo y por tanto también de su conservación, y no están dispuestos a comprometerlo en luchas que trasciendan los objetivos inmediatos o de categoría. Por cuanto se nos pueda objetar que casi todos los organizadores y los jefes de la C. G. del Trabajo son socialistas, nosotros creemos que esto es más que nada un peligro para el partido, que aquellos compañeros dejan en segunda línea cuando sostienen la independencia que “¡Avanti!” lamentaba algún tiempo atrás».
El artículo continúa recordando que la política de aquiescencia a las organizaciones obreras ha consentido a los diputados expulsados del partido permanecer en la cresta de la ola con su voto y considerar que están «en régimen casi socialista cuando verifican el caso – raro – de que los balances de las cooperativas resultan activos», hasta estigmatizar que «Bissolati y compañía han sido empujados por las escaleras del Quirinal por las exigencias de las organizaciones obreras mal preparadas para la verdadera lucha de clase. Sentían al proletariado detrás de ellos, y se quedaron atónitos cuando el Partido los desautorizó.».
El texto reafirma el sentido revolucionario de la actividad del partido, que no debe consistir en una adoración estúpida y fanática de las “masas”, ni de “respeto a la voluntad de las masas” sino: «El partido hoy tendría el deber de volver a la propaganda entre las masas para devolverles una conciencia socialista. Debería reaccionar a la independencia acompañada de la máxima organización proletaria, y defender resueltamente no sólo el método intransigente de la acción política del proletariado, sino también una táctica más socialista y menos corporativa en la organización económica. De otro modo nuestra actitud revolucionaria quedará en el aire, le faltarán sus sólidas bases (...). No decimos que el partido deba ponerse contra la famosa unidad, pero queremos que la fracción revolucionaria no deje arrastrar bajo esta fórmula su pensamiento respecto a la organización, que debería ser precisamente ajeno tanto a la concepción sindicalista como a la reformista hoy dominante en la Confederación (...).Una unidad que signifique la obligación de soportar en silencio todas las oscilaciones de la táctica confederal y el eclecticismo político de la Confederación, que signifique renuncia a la libertad de crítica frente al movimiento sindical, una unidad que signifique obligación a no dar pasos en la acción y en la propaganda si no cuando se está bien seguro de no lacerar la tenue tela de araña de las cooperativas y de las corporaciones obreras, una unidad así hecha no nos parece un programa sistemático sino sólo una expresión ambigua y equívoca, que los socialistas revolucionarios deberían desentrañar y aclarar antes de aceptarla a ojos cerrados».
El acento está en el partido, no en las organizaciones proletarias, ni en las masas, ni en la clase: primero el partido, luego la clase. Sobre este pilar programático se atrincherará la extrema defensa de la revolución contra todas las tentaciones quiméricas de “bloques”, “fusiones”, y obsequios “al obrero medio”. Este concepto de preeminencia del partido sobre todo, que sustancia a la Izquierda a medida que se acerca la crisis del partido socialista, el partidazo de entonces, está en el centro de los choques violentos contra la “derecha”, defendida a ultranza por la C. G. del Trabajo, como documenta el artículo La Confederación del Trabajo contra el Soviet, aparecido en “Il Soviet” nr. 17 del 13-4-1919 (op. cit. pág. 378). Después de haber enérgicamente reafirmado que: «Nosotros no somos de aquellos que juzgan el reformismo y el revolucionarismo de una organización según que se obtengan algunos céntimos más o menos sobre el aumento de los salarios», se rastrea brevemente cuanto más eficazmente el supuesto de base:
«Nosotros no vemos la revolución en la obra sindical sino en aquella de la política y del partido del proletariado. Por eso no compartimos ni el rumbo de la Confederación, ni el de la Unión Sindical. Pediríamos a la organización una actitud que sonara: Los sindicatos de oficio delegan en el partido socialista la gran dirección de la obra social y política de la clase trabajadora, declarando que ésta mira al abatimiento del capitalismo a través de la conquista revolucionaria del poder político realizada por su organización de partido de clase. Esta delegación absoluta nos bastaría, porque atribuimos al sindicato económico otra potencialidad revolucionaria que ésta».
Y a la objeción de que el partido no es precisamente “revolucionario”, el texto aclara que: «Para remediarlo no se puede trabajar sino sobre la base de la acción política del partido»; y que: «Creando una antítesis entre movimiento político y movimiento sindical, incluso si se tiende a hacer obra revolucionaria, se logra sólo a fomentar el espíritu de categoría y de descentralización de la acción que tiene valor antirrevolucionario, como prueban Rusia y los otros países en revolución». Y concluye – después de haber precisado contra el parecer de reformistas y sindicalistas anarquistas que «el sovietismo no es un revoltijo de sindicatos» – que «el desenvolvimiento revolucionario – en el programa marxista como en la historia que se desenvuelve bajo nuestros ojos – descarta las vistas del obrerismo reformista como del sindicalismo. Y confía a la acción política de la clase obrera la praxis de la revolución». Ya se alude a la cuestión de los Soviets que reencontraremos más adelante, donde la crítica de la Izquierda se extiende a todas las formas de espontaneísmo e inmediatismo, empresarialismo y corporativismo, actitud que se resolverá en el magnífico ejemplo de táctica verdaderamente “unitaria” dado por el Partido Comunista de Italia, bajo la guía de la Izquierda, en las batallas por la conquista de la dirección de las luchas obreras.
La cuestión de la “unidad” era puesta en el centro del choque entre el ala revolucionaria y el ala reformista (apoyada indirectamente por el centro maximalista) porque constituía una pantalla tras la cual se escondía la inveterada costumbre de todos los oportunistas a conectarse con la burguesía a través de los múltiples tentáculos del pulpo democrático. La Izquierda luchaba sin tregua contra la dirección trinaria del proletariado representada por la dirección del Partido Socialista, del grupo parlamentario y de la central de la Confederación del Trabajo. La cuestión es de fondo: sólo al partido le corresponde la dirección de la lucha global política contra el Estado burgués, y él no debe compartir con ninguna otra organización este derecho histórico, so pena del naufragio en el laborismo y en el democratismo más descarado. Los reformistas reivindicaban la fórmula trinaria de dirección sosteniendo que ella bien representaba los tres aspectos principales en que se articula la lucha de la clase obrera por el poder: aquel político, representado por el Partido, aquel económico, encarnado por la C.G. del Trabajo, y aquel legal, representado por el grupo parlamentario socialista.
Los maximalistas, los centristas de la época – revolucionarios en palabras y oportunistas en los hechos según la eficaz definición de Lenin – se asociaban a la Izquierda en la áspera crítica a la dirección del partido, que hacía depender cada una de sus posturas e iniciativas políticas de la influencia determinante de los organizadores sindicalistas y de los diputados; pero no osaban ir más allá de las protestas verbales, cuya sustancia sacrificaban tanto más gustosamente a la “unidad” de la comparsa socialista, cuanto más el partido se rompía irremediablemente bajo los golpes tremendos de la resistencia burguesa y de la maduración de la crisis revolucionaria. La mejor prueba de la actitud de indecisión, de falta de carácter, del maximalismo es ofrecida por el congreso de Livorno de enero de 1921, cuando los centristas se niegan a pasarse al ala comunista, llorando sobre la “unidad” ya irremediablemente perdida. Y no fueron los únicos en verter cálidas lágrimas; algunos que saltaron a “izquierda” demostrarán no mucho después haber dejado su tibio corazón en el “centro”.
Con la propagación de la contrarrevolución, que aún hoy sumerge a las masas trabajadoras, la fórmula trinaria triunfó, habiéndose trasegado su contenido de traición precisamente en el ya muerto partido comunista.
Las acusaciones de los reformistas y también de los maximalistas a la Izquierda eran aquellas clásicas de ponerse “contra la clase”, renunciando al “pacto de unidad de acción”, a la “alianza con los sindicatos”, que representan y organizan de manera más vasta al proletariado y a las clases trabajadoras en general. La Izquierda respondió que el único y auténtico representante de la verdadera “unidad proletaria” es el partido de clase, el cual no sólo organiza en sus filas de modo indiferenciado todas las categorías de obreros y trabajadores, sino sobre todo posee una visión general no corporativa, un programa histórico y la conciencia del fin, que en cambio están inhibidos a cualquier otra organización proletaria. Es, precisamente, en el partido donde se realiza la plena “unidad de clase”, en cuanto el partido se contrapone al Estado capitalista postulando y organizando la revolución violenta de la clase obrera, la destrucción del Estado burgués, y la instauración de la dictadura proletaria.
Para la Izquierda, la “unidad” proletaria tiene un solo significado: el de la agrupación de los trabajadores bajo la única y unitaria dirección de la política revolucionaria del partido de clase; lo cual no significa “fusión”, “bloque” entre partido y central sindical, o, peor aún, entre partido de clase y partidos y organizaciones económicas y políticas (aunque nominalmente obreras como las socialdemócratas) según la propuesta de convocatoria de una “Constituyente profesional” por parte de la C.G. del Trabajo de entonces: ni significa – error opuesto, pero de naturaleza y efectos iguales – escisión de los sindicatos reformistas (“reaccionarios”, como se lee en la traducción italiana del Extremismo de Lenin) para sustituirlos por organismos genuinamente “comunistas”.
El primer error, de emanación netamente socialdemócrata, consistente en auspiciar una “fusión” o “bloque” entre el partido político y la central sindical, infestaba a todo el decrépito Partido Socialista, y reaparecerá desastrosamente como mosca cochera de la tercera ola oportunista por la que será arrastrada la Tercera Internacional. El segundo, de derivación sindicalista y consistente en proponer la escisión de los sindicatos reformistas y su sustitución por sindicatos “comunistas”, contaminará a una parte del movimiento alemán y estará en la base de la escisión del P.C. de Alemania del K.A.P.D. (Partido Comunista Obrero Alemán), a la demolición crítica del cual Lenin dedicará todo el capítulo VI del Extremismo, enfermedad infantil del comunismo, compartido plenamente por la Izquierda que también en este punto había mantenido siempre una posición correcta en la doctrina y en la práctica.
Los actuales traidores, de los cuales algunas caricaturas sobreviven desde aquellos lejanos años, suelen acercar hipócritamente el extremismo “sindicalista” de los alemanes y de algunos holandeses al antiparlamentarismo de la Izquierda en Italia. No es aquí el lugar de volver sobre la cuestión del abstencionismo parlamentario, magníficamente tratada por lo demás en el opúsculo de nuestro partido dedicado a un examen serio y revolucionario del texto de Lenin; pero es necesario llamar de nuevo la atención no tanto de aquellos que, corrompidos precisamente por la asignación parlamentaria, no pueden tener ni corazón ni cerebro ni nervios para sentir, cuanto de las jóvenes generaciones no extraviadas por la radiante visión de la... carrera, sobre cuán enorme diferencia media entre el antiparlamentarismo de la Izquierda y la desviación de los obreristas alemanes. El abstencionismo no afectaba en absoluto cuestiones de principio, y planteaba una solución táctica perfectamente coherente con la teoría marxista. Según Lenin, formidable dialéctico, constituía un error, pero no tal que impidiera, precisamente a la Izquierda abstencionista, constituir el tan anhelado Partido Comunista de Italia y permanecer fiel a los principios fundamentales de la Internacional Comunista. Según la Izquierda, en cambio, la táctica del parlamentarismo revolucionario en Occidente y en los países de consumada experiencia capitalista constituía un vehículo a través del cual la más violenta presión secular de la corrupción burguesa habría vencido al generoso pero no equivalente flujo revolucionario. La historia ha confirmado la validez del pensamiento de la Izquierda de Italia con el más trágico de los ejemplos en la historia del movimiento revolucionario: el Partido ha sido arrastrado indecorosamente por los anti extremistas bajo las falsas apariencias de defensores del leninismo.
El extremismo obrerista, al contrario, negaba la vital concepción del partido de
clase y amputaba el cuerpo unitario de la doctrina.
La Fracción Comunista Abstencionista, 1919-1920
Referimos aquí, dando un salto adelante de casi medio siglo, la ejemplar síntesis de «algunas extremas tesis dialécticas que en la formulación teórica pueden no resultar inmediatamente digeribles», contenidas en nuestra Historia de la Izquierda, vol. I, págs. 130-131:
«Partido más revolucionario que el sindicato. Partido político más cercano a la clase que el sindicato. Partido verdadero órgano de la dictadura del proletariado, y no el sindicato, u otro organismo económico, y no el Soviet – que podría caer en manos de los oportunistas pequeño burgueses, y entonces habría que negarle el poder (Lenin). Escisión de los partidos socialistas tradicionales para formar el partido comunista apto para la dictadura». Hoy tal perspectiva de escisión no es realizable, porque tanto los viejos partidos socialistas como, desgraciadamente, también los comunistas han pasado completamente al lado opuesto de la barricada, de modo que no de su escisión por la que hay que preocuparse sino de su disolución, durante la cual se formará el partido comunista revolucionario. «Y – en toda coherencia – trabajo en los sindicatos en toda situación como primer deber del partido. No postular escindir los sindicatos, sino trabajo también en aquellos dominados por reformistas y traidores. Participación activa en las huelgas, hablando cada día a las masas de política, de toma del poder, de dictadura, de derrocamiento del parlamentarismo burgués».
Otra cita más de la Historia, para mostrar a través de un episodio – esta vez de casi medio siglo atrás – la coherencia entre concepción teórica y acción práctica. El episodio se refiere a la potente huelga de los metalúrgicos en Nápoles del 24 de marzo de 1920 y «cierra bien nuestro tema del cómo el partido actúa en el sindicato».
«La masa de miles de trabajadores gritaba: ¡Huelga general! Se objetó que no estaban presentes los miembros del Consejo General de las Ligas y ni siquiera la Comisión Ejecutiva. ¿Y qué con eso?, respondimos nosotros. ¿No están acaso los militantes revolucionarios miembros del Partido Socialista? ¿No estamos aquí obreros de todas las categorías y de todas las fábricas? Decidamos la huelga y distribuyamos nuestros piquetes. A la mañana siguiente, aunque con una no completa constitucionalidad, ¡Nápoles estaba toda parada! ¿Doctrinarismo, o método práctico de combatir poniendo al partido en su lugar: a la cabeza del proletariado?». El texto comenta el episodio confrontándolo con otro reciente de significado opuesto, pero altamente educativo para todos: «Habían pasado treinta años, y en el mismo lugar donde entonces estuvimos de piquete preguntamos a un ferroviario: ¿Hoy harán huelga? Él alzó los brazos: Se esperan disposiciones, dijo. Frase digna del tiempo fascista, y del hecho que el fascismo, con el “nuevo resurgimiento” de los renegados, se ha consolidado en el poder».
En aquel tiempo – 1920 – la Izquierda ya se había organizado nacionalmente en la Fracción Comunista Abstencionista, con su órgano Il Soviet de Nápoles. Ya en la reunión constitutiva de julio de 1919, se lee en el Programa de la Fracción:
«El partido de clase se mantiene en constantes relaciones con los Sindicatos obreros coordinando y dirigiendo su acción en la lucha política por la emancipación del proletariado». Esta precisa concepción, perfectamente inspirada en los principios del marxismo revolucionario, es ampliamente desarrollada en las “Tesis de la fracción comunista abstencionista del PSI” de junio de 1920, donde en el último párrafo de la tesis 10 de la II parte se dice:
«Los comunistas consideran el Sindicato como el campo de una primera indispensable experiencia proletaria, que permite a los trabajadores proceder más allá, hacia el concepto y la práctica de la lucha política cuyo órgano es el partido de clase»; y ello después de haber sostenido explícitamente que «las organizaciones económicas profesionales no pueden ser consideradas por los comunistas ni como órganos suficientes para la lucha por la revolución proletaria ni como órganos fundamentales de la economía comunista».
El texto prosigue: «La organización en sindicatos profesionales sirve para neutralizar la competencia entre los obreros del mismo oficio e impide la caída de los salarios a un nivel bajísimo, pero como no puede llegar a la eliminación del beneficio capitalista, así tampoco puede realizar la unión de los trabajadores de todas las profesiones contra el privilegio del poder burgués. Por otra parte, el simple paso de la propiedad de las empresas del patrón privado al sindicato obrero no realizaría los postulados económicos del comunismo, según el cual la propiedad debe ser transferida a toda la colectividad proletaria siendo ésta la única vía para eliminar los caracteres de la economía privada en la apropiación y repartición de los productos». Esta última parte repite los conocidos conceptos contenidos en Marx y Engels, y demuele de antemano el “socialismo de los gremios” del austromarxismo, que postulaba el paso del capitalismo al socialismo a través del encargo a los sindicatos obreros de la gestión de las empresas. Y en la tesis 11 se afronta la cuestión – debatida también con los “comunistas electoralistas” y en particular con el grupo de L’Ordine Nuovo – del “control obrero” y de la creación de los “Soviets”:
«Los Sindicatos de empresa o consejos de fábrica surgen como órganos para la defensa de los intereses de los proletarios de las diversas empresas, cuando comienza surgir la posibilidad de limitar al arbitrio capitalista en la gestión de ellas. La adquisición por parte de tales organismos de un más o menos derecho de control sobre la producción no es sin embargo incompatible con el sistema capitalista y podría ser por ello un recurso conserdor». Y se anticipa y se repite la fórmula general: Primero el poder, luego la transformación económica. En efecto: «Según la sana concepción comunista el control obrero sobre la producción se realizará sólo después del derrocamiento del poder burgués como control de todo el proletariado unificado en el Estado de los consejos sobre el desarrollo de cada empresa».
La Tesis 1 de la III parte, donde se tratan las tareas que caracterizan a los comunistas delimitándolos de todos los demás movimientos y señaladamente de los “derechistas” y de los “centristas” o “maximalistas” del PSI, después de haber subrayado – tesis 3 – que «Actividad fundamental de los partidos son la propaganda y el proselitismo», y – tesis 4 – que «el partido comunista desarrolla un intenso trabajo interno de estudio y de crítica, estrechamente ligado a la exigencia de la acción y a la experiencia histórica, esforzándose en organizar sobre bases internacionales tal trabajo», continúa: «Al exterior él desarrolla en toda circunstancia y con todos los medios posibles la obra de propaganda de las conclusiones de la propia experiencia crítica y de contradicción a las escuelas y a los partidos adversarios. Sobre todo el partido ejerce su actividad de propaganda y de atracción entre las masas proletarias, especialmente en las circunstancias en que ellas se ponen en movimiento para reaccionar a las condiciones que les crea el capitalismo, y en el seno de los organismos que los proletarios forman para proteger sus intereses inmediatos. Los comunistas – tesis 5 – penetran por lo tanto en las cooperativas proletarias, en los sindicatos, en los consejos de empresa constituyendo en ellos grupos de obreros comunistas, buscando conquistar en ellos la mayoría y los cargos directivos, para obtener que la masa de proletarios encuadrada en tales asociaciones subordine su propia acción a las más altas finalidades políticas y revolucionarias de la lucha por el comunismo».
En esta última tesis ya está sólidamente planteada la “política sindical” del partido como se deberá necesariamente desarrollar un año más tarde con la asunción por parte de la Izquierda de la dirección del Partido Comunista y que, en forma más extensa, se desarrolla en octubre de 1920 en el Manifiesto a los camaradas y a las secciones del Partido Socialista Italiano, entre cuyas “directivas de la actividad del Partido” se señala:
«Organización en todos los sindicatos, las ligas, las cooperativas, las fábricas, las empresas, etc. de grupos comunistas vinculados a la organización del partido, para la propaganda y la conquista de tales organismos y la preparación revolucionaria. Acción en las organizaciones económicas para conquistar la dirección de ellas al Partido Comunista. Llamamiento a las organizaciones proletarias revolucionarias que están fuera de la Confederación General del Trabajo, para que reingresen a fin de sostener la lucha de los comunistas contra el actual rumbo y los actuales dirigentes de ella. Denuncia del pacto de alianza entre el Partido y la Confederación, inspirado en los criterios socialdemócratas de la paridad de derecho entre partido y sindicato, para sustituirlo con el efectivo control de la acción de las organizaciones económicas proletarias por parte del Partido Comunista a través de la disciplina de los comunistas que trabajan en los sindicatos a los órganos directivos del partido. Desvinculación de la Confederación, una vez conquistada a las directivas del partido comunista, de la Secretaría amarilla de Amsterdam y su adhesión a la Sección sindical de la Internacional Comunista, con las modalidades previstas en el estatuto de ésta».
Es muy explícito el concepto leninista del sindicato “correa de transmisión” del partido, como también el de “frente único sindical” previsto por la Izquierda aún antes de que la Internacional Comunista lo pusiera en la base de su táctica, con el llamamientoae las “organizaciones proletarias revolucionarias”, es decir de los sindicatos controlados por los anarquistas y del Sindicato ferroviario, a la C.G.d.L., para hacer frente con los proletarios comunistas a la dirección reformista y contrarrevolucionaria de la máxima central sindical italiana. La denuncia, tantas otras veces hecha por la Izquierda, del “pacto de alianza” entre la Confederación del Trabajo y el Partido Socialista italiano, aclara bien qué debe entenderse por “autonomía” del sindicato: autonomía pues de partidos y dirigencias políticas oportunistas, y no, como es la moda actual de todas las centrales sindicales, “autonomía” de los partidos cualesquiera que sean, planteando para los sindicatos una “su” política “diferente” de la de los partidos. Para los comunistas existe una sola autonomía sindical: la de la política contrarrevolucionaria y oportunista para separar, al contrario, los sindicatos de la dirección comunista de su acción.
Esto se ha dicho sin disimulos o medias palabras desde entonces, y nunca será ocultado por la Izquierda, ni siquiera cuando en la misma Internacional prevalezcan tendencias tacticistas y diplomáticas. Como también están bien claros para la Izquierda el concepto de “alianza” con otras fuerzas proletarias y el de la insustituibilidad de los sindicatos. En efecto, en el auspiciado ingreso de los anarquistas a la C.G.d.L., la Izquierda anticipó una década de críticas a sus “generosas” utopías y a su “abstencionismo” político, impotente y a menudo contraproducente. Y sin embargo, proletarios anarquistas y proletarios comunistas comparten los sacrificios de la lucha y se baten unos al lado de otros en heroica emulación. En Il Soviet n° 15 del 23-5-1920 aparece una necesaria Precisión sobre la posición de los comunistas acerca del error que se está difundiendo de hacer depender el resultado de las luchas de aquel período, decisivo en casi toda Europa, del sabotaje de los sindicatos dirigidos por reformistas (como en el caso de los comunistas obreristas alemanes, ya visto anteriormente) para sustituirlos por otros órganos:
«Elevar a método revolucionario la constitución ex-novo de otros órganos económicos, como los sindicatos de industria, los consejos de fábrica (Turín), los Shop Stewards (Inglaterra), afirmando haber resuelto con ello el problema de conducir al proletariado al comunismo, este error que recuerda el de los sindicalistas (sobreviviente en órganos que quieren adherirse a Moscú, como los I.W.W. de América, la Confederación del Trabajo Española, la Unión Sindical Italiana) que es el que en Moscú ha sido condenado, para reivindicar la función revolucionaria de la acción política del partido marxista “fuerte, centralizado”, como dice Lenin; para recordar que la revolución proletaria es, en su fase aguda, antes que un proceso de transformación económica, una lucha por el poder entre burguesía y proletariado que culmina en la constitución de una nueva forma de Estado, cuyas condiciones son la existencia de los Consejos proletarios como órganos políticos de la clase y la prevalencia en ellos del partido comunista».
En la Carta de la Fracción Comunista del P.S.I. al C.C. de la Tercera Internacional de enero de 1920, después de haber aclarado que, «programáticamente, nuestro punto de vista no tiene nada que ver con el anarquismo y el sindicalismo: somos partidarios del Partido político fuerte y centralizado del que habla Lenin, más aún somos los más tenaces defensores de esta concepción en el campo maximalista», se precisa que, a diferencia de otros grupos que se proclaman comunistas, «no sostenemos el boicot de los sindicatos económicos, sino su conquista por parte de los comunistas» y, finalmente, que «somos además contrarios a la colaboración con los anarquistas y sindicalistas en el movimiento revolucionario porque ellos no aceptan esos criterios de propaganda y de acción», es decir los criterios antidemocráticos para la dictadura revolucionaria del proletariado después del derrocamiento violento del poder capitalista.
Por cuanto vamos refiriendo es fácilmente observable que, cuando se operó la
escisión entre la fracción comunista y el P.S.I., en Livorno, la Izquierda
poseía ya sólidamente no sólo las bases teóricas del programa marxista, sino
también todas las nociones tácticas indispensables para orientarse
revolucionariamente.
El Partido Comunista de Italia, 1921-1922
Una demostración eficaz de la correcta acción comunista se desprende del número de adhesiones obtenidas en febrero de 1921 en Livorno, pocas semanas después de la escisión del Partido Socialista italiano, en el Congreso de la C.G.d.L.: sobre unos 2,5 millones de afiliados, quinientos mil se fueron con la fracción comunista de la Confederación, aunque tal proporción no reflejara la real influencia que el joven Partido Comunista de Italia ejercía sobre las masas trabajadoras.
En el Manifiesto a los trabajadores de Italia lanzado el 30 de enero de 1921, el partido proclama en alto al proletariado sus tareas:
«El Partido comunista de Italia inspira su orientación táctica en las deliberaciones de los congresos internacionales y por lo tanto pretende valerse de la acción sindical, cooperativa, etc. como otros tantos medios para la preparación del proletariado a la lucha final (...) La propaganda, el proselitismo, la organización y la preparación revolucionaria de las masas se basarán en la constitución de grupos comunistas, que reunirán a los adherentes al partido que trabajan en la misma empresa, que están organizados en el mismo sindicato, que, en cualquier caso, participan en una misma agrupación de trabajadores. Estos grupos o células comunistas actuarán en estrecho contacto con el partido, que asegurará su acción de conjunto, en todas las circunstancias de la lucha. Con este método los comunistas avanzarán a la conquista de todos los organismos proletarios constituidos para finalidades económicas y contingentes, como las ligas, las cooperativas, las Cámaras del Trabajo, para transformarlas en instrumentos de la acción revolucionaria dirigida por el partido.
«El partido comunista emprenderá así, fiel a las tesis tácticas de la Internacional sobre la cuestión sindical, la conquista de la Confederación General del Trabajo, llamando a las masas organizadas a una implacable lucha contra el reformismo y los reformistas que en ella imperan.
«El partido comunista no invita por lo tanto a sus adherentes y a los proletarios que lo siguen a abandonar las organizaciones confederales, sino que los compromete a participar intensamente en la áspera lucha que se inicia contra los dirigentes. No es ciertamente, ésta, tarea breve y fácil, sobre todo hoy que muchos presuntos adversarios del reformismo se quitan la máscara y pasan abiertamente al lado de los D’Aragona, con los cuales militan juntos en el viejo partido socialista. Pero precisamente por esto el partido comunista cuenta con la ayuda de todos los órganos proletarios sindicales que conducen al exterior la lucha contra el reformismo confederal, y los invita, con un cálido llamamiento, a situarse en el terreno de la táctica internacional de los comunistas, penetrando en la Confederación, para desalojar de ella a los contrarrevolucionarios con una resuelta y victoriosa acción común».
Y aún, en uno de los tantos llamamientos de 1921, A los trabajadores organizados en los sindicatos por la unidad proletaria, el partido comunista reafirma solemnemente su función y los fines en la lucha sindical: «Según los comunistas italianos y de todos los países, el medio más eficaz para hacer ganar terreno a las tendencias revolucionarias entre las masas organizadas, no es el de escindir aquellos sindicatos que se encuentren en manos de dirigentes maniobreros, reformistas, oportunistas, contrarrevolucionarios. Cortados los puentes, nacionalmente como internacionalmente, con estos traidores de la clase trabajadora; constituido en el partido político comunista el organismo que abraza sólo a los trabajadores conscientes de las directivas revolucionarias de la Internacional Comunista; los miembros y los militantes del partido revolucionario no salen de los Sindicatos, no empujan a las masas a abandonarlos y boicotearlos, sino dentro de ellos, desde el interior de la organización económica, planteando la más encarnizada lucha contra el oportunismo de los jefes».
En la Moción comunista al Congreso de Livorno de la C.G.d.L. tales tareas se precisan aún más detalladamente en el terreno específico sindical: «Considerado que la única vía que puede conducir a la emancipación de los trabajadores del yugo del asalariado es la trazada en el programa y en los métodos de la Internacional comunista, a través del derrocamiento violento del poder burgués y la instauración de la dictadura proletaria en el régimen de los Consejos de los trabajadores, que realizará la construcción de la nueva economía comunista;
- que el instrumento principal de la lucha proletaria para realizar estos objetivos es el partido político de clase, el Partido comunista, que en cada país constituye la sección de la Tercera Internacional;
- que los sindicatos obreros, vueltos por la política socialdemócrata de los dirigentes reformistas y pequeño-burgueses a una práctica antirrevolucionaria de colaboración de clase, pueden y deben ser factores importantísimos de la obra revolucionaria, cuando sea radicalmente renovada su estructura, la función, la directiva, arrancándolos al dominio de la burocracia de los actuales funcionarios;
- que la táctica que la Tercera Internacional adopta para conseguir tales objetivos excluye y condena la salida de las minorías revolucionarias de las filas de los sindicatos dirigidos por los reformistas, pero prescribe a ellas trabajar y luchar desde el interior, con la propaganda de los principios comunistas, con la crítica incesante a la obra de los jefes, con la organización de una red de grupos comunistas en las empresas y en los sindicatos estrechamente ligada al Partido comunista, con el fin de conquistar a éste la dirección del movimiento sindical y del conjunto de la acción de clase del proletariado;
- reconoce indispensable la creación, al lado de la Internacional comunista de Moscú, de una Internacional de sindicatos revolucionarios; finalidad alcanzable sólo con la salida de las confederaciones sindicales conquistadas por los comunistas de la Internacional amarilla de Amsterdam, organismo en el cual se perpetúan los métodos desfavorables de la Segunda Internacional, y a través del cual los agentes disimulados de la burguesía y de aquella su organización de bandolerismo que se llama la Liga de las Naciones, tienden a conservar una influencia sobre las grandes masas proletarias; considera que estas confederaciones sindicales nacionales, y también las minorías comunistas organizadas en el seno de los sindicatos reformistas, deban adherirse a la Internacional sindical roja de Moscú, que al lado de la Internacional política reúne a todos los organismos sindicales que están por la lucha revolucionaria contra la burguesía. En consecuencia el Congreso delibera que la Confederación General del Trabajo italiana: a) se desvincule de la Internacional de Amsterdam; b) rompa el pacto de alianza con el Partido socialista italiano, sea porque tal pacto está inspirado en superados criterios tácticos socialdemócratas, sea porque el partido mismo está fuera de la Tercera Internacional; c) se adhiera incondicionalmente a la Internacional sindical de Moscú, y participe en su inminente congreso mundial para sostener en él las directivas sindicales antes recordadas, es decir las contenidas en las tesis sobre la cuestión sindical aprobadas por el Segundo congreso mundial de la Internacional comunista; d) inspire a estas directivas sus relaciones con el Partido comunista de Italia, única sección italiana de la Tercera Internacional, reconociendo en él el organismo al que le corresponde la dirección de la acción de clase del proletariado italiano».
En los textos se desarrollan con estricto rigor programático las dos cuestiones
de la relación entre partido de clase y sindicatos – volviendo sobre la función
del uno y sobre las tareas de los otros, preeminente siempre la del partido,
subalterna la de las organizaciones económicas y contingentes de los obreros – y
de la relación entre partido y clase, que se resuelve en la táctica del frente
único entre proletarios dispuestos a luchar contra la política socialtraidora de
la central sindical en el interior de los sindicatos reformistas. De particular
relieve, a los fines de la lucha internacional del proletariado, la línea
táctica trazada para ligar el frente proletario inspirado por el partido
comunista con la Internacional sindical roja, estrechamente ligada a la Tercera
Internacional, y realizada en la obra constante de desvinculación de las
organizaciones sindicales de la Internacional amarilla de Amsterdam, sometida a
la Internacional oportunista y a la Oficina del trabajo de la burguesa Liga de
las Naciones.
En la Tercera Internacional
Serrati y Bianchi, en junio de 1920 en Moscú, habían ya, el primero como representante del Partido Socialista italiano, el segundo como representante de la C.G.d.L, adherido a la idea de una Internacional Sindical Roja. En efecto en aquel período, el 15 de julio del ’20, la C.G.d.L. y la Central sindical de Rusia habían acordado la institución del Consejo Provisional Sindical como Comité que habría debido preparar el primer congreso constitutivo de la Internacional Sindical Roja. Pero cuando se trató de concretar la realización práctica de la organización internacional, que implicaba la elección “O Moscú o Amsterdam”, la C.G.d.L., a través de su delegado en calidad de “observador” al I Congreso de la I.R.S. en julio del ’21, declaró que no habría abandonado Amsterdam y que habría simultáneamente apoyado a Moscú. A esta bella conclusión el delegado confederal, socialista de “centro”, como se definió Bianchi, llegaba sosteniendo que se debía permanecer con Amsterdam para organizar en ella un ala izquierda que cristalizara alrededor de sí una fuerte y creciente oposición, tal que conquistara la misma Central internacional amarilla y por lo tanto llevara en bandeja de plata a la Central Roja a las masas socialdemócratas radicalizadas por esta táctica “revolucionaria”.
La misma táctica y la misma justificación serán adoptadas más tarde, pero esta vez por la Tercera Internacional, en relación con el Kuomintang, es decir del partido democrático nacional chino, después de un experimento similar de capturar el rancio P.S.I. a través de la casi quinta columna “internacionalista”. Ambas fracasaron y la primera marcó la fase terminal del desastre de la Internacional Comunista y con ella del partido chino. El P.S.I. conducía también su táctica de “frente único” al revés, en los fines pero también en los medios. En efecto, mientras la I.S.R, y Repossi, delegado al Primer Congreso como representante de la fracción comunista de la C.G.d.L., planteaban a la Confederación, y de refilón a los socialistas que la dirigían, la alternativa “O Moscú o Amsterdam”, fórmula de ruptura en el campo internacional, sin plantear mínimamente la salida de los comunistas de la Confederación si ésta se hubiera declarado por Amsterdam, los socialistas de la C.G.d.L. aprobaron en febrero en Livorno en el congreso nacional sindical la fórmula: adherirse a Moscú “sin reservas” y sin salir de Amsterdam “siempre que el P.S.I sea admitido en la Internacional Comunista”! La táctica chantajista no hizo mella, pero bien diseñaba la intención socialdemócrata de anidarse en el seno del Comintern para operar en él como elemento desfavorable.
La Izquierda comprendió muy bien las intenciones de la socialdemocracia y se batió en el segundo congreso de la Internacional para que fuera construido con las “Condiciones de admisión a la Internacional Comunista” el más sólido vallado posible a cualquier infiltración de elementos espurios, y se opuso siempre al método – que por desgracia reproducía aquel siempre combatido y odiado – de las “concesiones” y de las “negociaciones” diplomáticas entre la Internacional y agrupamientos o partidos políticos externos a ella; método, se decía, que habría consentido la ampliación de la influencia revolucionaria. Tal método y tal táctica, que podemos perfectamente definir como socialdemócratas, cuando fueron adoptados por Moscú, condujeron a la suprema aberración de afiliar a la Internacional Comunista también los llamados partidos “simpatizantes”.
Los izquierdistas combatieron la seducción de que la realización del “frente único” sería hecha más fácil, y más cómodamente y de prisa se realizaría la condición táctica de la “conquista de la mayoría” de las masas trabajadoras y explotadas para la victoria revolucionaria. Los argumentos probatorios se apoyaban precisamente en la verdadera intención de los socialistas: estos habrían adherido de buena gana a Moscú tanto a la Internacional Comunista, como a la I.S.R., para constituir en ellas un ala derecha reformista con el preciso fin de desmenuzar el movimiento revolucionario comunista saboteando su acción, y haciendo creer que su entrada habría determinado el alcance de la mayoría de los consensos proletarios.
* * *
Sería grave error considerar que la participación de los comunistas en las organizaciones económicas del proletariado entendida como formación en el seno de tales organizaciones de grupos comunistas, sea una posición “táctica”, una “jugada” para conquistar puras y simples adhesiones a la política del partido comunista. La participación de los comunistas en el sindicato y en las luchas económicas del proletariado es una necesidad implícita en el carácter obrero del partido comunista, y cumple la función fundamental del partido de clase de guiar a las masas proletarias al derrocamiento del poder capitalista. Aquella falsa concepción es típica de agrupamientos políticos que en el presente marasmo, en el que reina absoluta la ignorancia y la confusión de las ideas, sostienen que el “nuevo” curso del capitalismo habría superado la función de los sindicatos, de modo que ellos postulan la sustitución de los sindicatos tradicionales con otras formas de organización obrera más “avanzadas” y correspondientes a las “nuevas necesidades” de la lucha. Tal concepción hace pareja con la del sindicalismo oficial, el cual, partiendo del mismo pretendido cambio de las estructuras fundamentales de la sociedad, querría confiar a los sindicatos no ya los “habituales” “tradicionales” cometidos de “contestación”, de “reivindicacionismo”, de lucha “frontal”, sino aquellos bastante más “civiles” y “modernos” de “intervención” en las estructuras económicas, sociales y también políticas, para “transformarlas”, en democrática competencia, al servicio de los trabajadores. Esto justificaría la “nueva táctica” de los partidos presuntamente obreros (y sobre todo del partido que usurpa hoy la tradición comunista, el PCI) que no aspiran a conquistar el monopolio de la dirección de las organizaciones económicas del proletariado, sino que consideran “tácticamente” más útil a su causa un desarrollo paralelo de las organizaciones políticas del proletariado (los partidos) y de las organizaciones económicas (los sindicatos), consistente en la autonomía y en la independencia de acción y de juicio de cada una en su propia “esfera”.
Es claro, por cuanto hemos ya escrito y sobre todo largamente citado, que tal “nueva” concepción reproduce perfectamente aquella del reformismo socialdemócrata de cincuenta años atrás, y sirve sólo para privar a la clase obrera de su guía natural, el partido comunista revolucionario. Mientras exista el capitalismo, y también después de su derrocamiento en el período de transformación económica, en el que las clases burguesas, políticamente vencidas, continuarán sin embargo sobreviviendo por cierto tiempo en el proceso de laceración sistemática de las formas de clase, los sindicatos obreros son la organización elemental indispensable del proletariado, y el partido comunista tiene el deber de dirigir su acción (Lenin).
Atribuir, además, a los sindicatos autonomía e independencia significaría ver en su política una conciencia que corresponde sólo al partido; como el considerar superada la necesidad para la clase de organizarse sobre la base de los impulsos económicos hace suponer que la clase haya recorrido completamente todo el arco histórico que la separa del comunismo pleno, en el que no habrá ya necesidad de organizaciones de defensa de clase, en cuanto la misma clase proletaria no existirá más, junto a todas las otras clases, como expresiones de la “prehistoria” de la humanidad.
Hemos ya visto que la primera posición acerca del vaciamiento histórico de los sindicatos y por lo tanto, de refilón, la necesidad de su sustitución con órganos más idóneos, fue hecha precisamente por los comunistas alemanes llamados de “izquierda” que dieron vida al Partido Comunista Obrero de Alemania. Hoy, aquellos que postulan tal decadencia de funciones no consiguen, sin embargo, plantear ni siquiera una solución de recambio, y caen en el completo ausentismo. Sin embargo, tanto las posiciones de los comunistas obreristas, como aquellas de todos los que vislumbran el desarrollo más rápido y seguro del movimiento revolucionario a través de la invención de órganos diversos de los clásicos, e implícitamente confían el resultado histórico a las formas de organización, cometen el grave e irreparable error de disminuir la importancia primaria del partido de clase en la historia. Tal error fue común también a los ordinovistas italianos, aunque en diversa medida y con actitudes menos perentorias que los obreristas alemanes y los tribunistas holandeses.
* * *
La cuestión es siempre “actual”, en el sentido de que las “enfermedades” surgentes en el movimiento obrero fueron sí perfectamente diagnosticadas y teóricamente vencidas, y también en el fuego de la viva lucha de las clases batidas sin piedad, pero no por esto su resurgir veleidoso puede considerarse conjurado. El peligro, como de costumbre, no está en las cabezas de algunos o en los programas políticos de agrupamientos con tendencia centrífuga respecto al movimiento oficial; sino que tiene origen en las condiciones mismas en las que la clase proletaria se encuentra y conduce su inevitable lucha defensiva. La larga referencia histórica, en la que consiste en definitiva nuestro análisis, pretende precisamente recordar a la clase que el marxismo revolucionario se complace en repetir teoremas conocidos, no por el gusto de definirse como no innovador, sino porque los mismos teoremas de hace un siglo siguen siendo válidos hoy en día, ya que las cuestiones abordadas siguen vivas. Mientras la clase obrera no haya conquistado el poder político, es decir mientras el capitalismo viva y con él vivan las huestes flanqueadoras de los desertores y de los siervos con el preciso fin de retener a una parte de la clase del impulso de ocupar la línea del combate de clase, las desviaciones son posibles y los peligros de las derrotas presentes: como la demencia productiva del capitalismo permanece operante mientras la dictadura proletaria no haya matado para siempre su poder político.
No es sólo la conquista de una clara, sólida e incontrovertible posición teórica lo que inmuniza al partido de clase de un posible deterioro: ésta fue la histórica lección que la Izquierda supo extraer de las luchas furibundas del período 1919-1926, sobre todo en relación con la generosa pretensión de fáciles tesis que querían demostrar cómo a los comunistas todo les estaba permitido, porque... eran comunistas. A una firme adhesión a los principios debe corresponder igualmente una solida acción conforme a los principios, que respete en todo momento la tesis de partida.
Los consejos de fábrica y el propio “frente único” siguieron siendo instrumentos de la lucha revolucionaria del proletariado siempre que no se considerara que sustituían a los sindicatos y a las organizaciones económicas en general. Cuando a estos instrumentos fue confiada una función preeminente respecto a aquella tradicional de los sindicatos, y los obreros fueron llamados a sobrevalorarlos y a ver en ellos reflejada de antemano su futura condición de clase victoriosa, y la realización de condiciones de infalible éxito, se perdió de vista la función fundamental del partido y se confió a la clase una capacidad de acción consciente que prescindía del partido, y asignaba al número de proletarios desplegados en trinchera una posición determinante sobre el resultado de la batalla. Cuando, enredados en el teoricismo táctico, los jefes de la Internacional se dejaron atrapar por las disputas bizantinas sobre qué se debiera entender por “mayoría” de la clase, y en qué expresión matemática debiera reconocerse, se estaba rompiendo precisamente aquel sólido vínculo entre principios y acción, entre táctica y fines. No sólo no se realizó ningún “Nuevo Orden”, sino que se perjudicó también irremediablemente la elemental estructura organizativa de la clase.
El partido comunista había conquistado envidiables posiciones en el seno del proletariado en virtud de su propia intransigencia revolucionaria, y no de una vana campaña de veleidad revolucionaria, como por desgracia fue acusada de hacer la Izquierda por sus crecientes denigradores.
No sólo la Izquierda en Italia fue la primera en lanzar la consigna del “frente único”, sino que fue también la única en aplicarlo con evidentes éxitos. Y tales éxitos y tal táctica fueron posibles porque el partido no se mezcló con los otros, no persiguió a las izquierdas de presuntos partidos obreros ni tanto menos estrechó con éstos o con aquellas alianzas ideológicas y organizativas, que habrían comprometido la existencia misma del partido de clase. Basta recordar que en noviembre de 1921, a diez meses de la constitución del Partido Comunista de Italia, la moción comunista al Consejo Nacional de la C.G.d.L. en Verona recogió, a pesar de las trampas y las enmiendas, un cuarto de los votos: es decir sesenta mil comunistas obtuvieron la adhesión a su política de cuatrocientos mil proletarios.
La aplicación de la táctica del frente único hecha por la Izquierda fue ejemplar en demostrar dos pilares de la acción comunista: la necesaria participación de los comunistas en las organizaciones económicas de clase, con consecuente formación de grupos comunistas en su interior, según la enseñanza del marxismo y del mismo Lenin (ver El extremismo); la absoluta fidelidad a los principios, que no debían ser comprometidos por una hipotética ventaja inmediata. Con esto la Izquierda no puso nunca en discusión la cuestión de la “conquista de las masas”, en el sentido de que el partido debiera habilitarse para dirigir la lucha general del proletariado en primer lugar arrancándolo a la influencia nefasta de los reformistas y de los centristas, más pestilentes los segundos que los primeros. La Izquierda, sin embargo, fue la única en no creer en los milagros de la historia, y con tal convicción fue sensible más que cualquiera otro partido al real desarrollo de la economía capitalista en una situación histórica en la que todos los conatos revolucionarios, después de la victoria de Octubre, habían sido vencidos. En esta situación, la principal preocupación de la izquierda consistía en mantener una estructura de partido sólida y fiel al marxismo revolucionario, que actuara en la medida en que las condiciones materiales lo permitieran en la clase obrera, tanto si la perspectiva inmediata era la de luchas de vanguardia como si se trataba de luchas de retaguardia.
Toda la obra formidable de la Central del Partido de izquierda del Partido Comunista de Italia, hasta 1924, hasta que directa o indirectamente ella mantuvo la dirección del partido testimonia el infalible rumbo marxista dado al partido. Infatigable fue la búsqueda de motivos de unificación de la clase para la constitución de un despliegue de batalla revolucionaria que fuera el más extenso y el más profundo posible.
La constitución de la “Alianza del Trabajo” entre las corrientes sindicales comunista, anarquista, sindicalista, de los ferroviarios, social-maximalista, fue un primer resultado considerable. A través de la “Alianza”, de la que el partido era el alma, fue preparada la huelga general del año 1922, después de que habían sido tomados por la “Alianza” contactos con los partidos obreros, los cuales, sin embargo, intentaban aprovechar estos vínculos con el único fin de servirse de la “Alianza” para sabotear su acción y bloquear el trabajo de los comunistas. La huelga fue proclamada y al tercer día resultó de una imponencia inesperada, tanto que fue truncada por iniciativa de los colaboracionistas que temían un desarrollo de la lucha tal que comprometiera irremediablemente sus maniobras para la constitución de un gobierno de coalición, con el pretexto de impedir un gobierno fascista. El resultado inevitable fue que el cese de la huelga general puso en movimiento a las escuadras fascistas, que pasaron por todas partes al ataque, contra las organizaciones obreras; pero al mismo tiempo desacreditó ante las masas tanto a los socialistas reformistas como a los mismos imbéciles maximalistas, e impulsó a la parte más avanzada del proletariado hacia el partido comunista.
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La Izquierda desarrolló los principios tácticos del partido en las célebres Tesis de Roma y condensó las lecciones de los primeros dos años de existencia del partido comunista en el Proyecto de programa de acción. En el “Proyecto”, después de haber precisado que «objetivo del P.C. debe ser la demostración a las masas de la incapacidad revolucionaria de tal partido (del Partido Socialista Italiano), como de su incapacidad para defender también sus concretos intereses», y que «esto exige que no se cese en la oposición a todas las corrientes del P.S.I., que se declare imposible hacer obra comunista y revolucionaria en sus filas, que se rechace todo proyecto de “noyautage” oficial en sus filas por parte del P.C.», y que, «frente a la escisión del P.S.I. y a la formación de un partido independiente, la actitud del P.C. debe ser tal que impida que este partido pueda ser acogido por el proletariado italiano como un organismo de capacidad revolucionarias», fue así puesta a punto la cuestión de la acción del partido:
«El incremento de las fuerzas organizadas y de la influencia sobre las masas del P.C. no puede ser conseguido con el simple proselitismo que podría derivar de una propaganda teórica e ideológica de los principios del partido, y el cometido de éste no puede limitarse a la preparación de elementos que tiene encuadrados para el momento de la suprema lucha revolucionaria (...) La conquista de las masas con el fin de prepararlas para la lucha por el poder proletario se debe realizar como una acción compleja e intensa en todos los campos de la lucha y de la vida proletaria, y con la participación del partido en primera línea en todas las luchas también parciales y contingentes suscitadas por las condiciones en las que el proletariado vive. Sin embargo, en el curso de la participación del partido a tales luchas, debe ser en cada instante puesta de relieve la conexión estrecha entre las palabras que el partido lanza y las actitudes que asume, y la consecución de sus máximos fines programáticos. Para asegurar la conquista de las masas a la causa comunista es necesario acompañar toda esta obra en el campo riquísimo de los problemas concretos con una crítica incesante y una polémica directa hacia los otros partidos que guían parte de las masas, aún cuando parezca que estos puedan compartir los mismos objetivos por los que lucha el P.C. Los elementos ganados a la actitud y obra del partido deben luego en todos los campos solidamente encuadrarse en las varias redes organizativas de las que el partido dispone, de las cuales tiende a obtener la incesante extensión y de las cuales debe en cada circunstancia ser asegurada la independiente existencia y continuidad».
En el párrafo 6): “Los Comunistas en los sindicatos”, además de reafirmar el concepto central de la participación de los comunistas, se dan normas prácticas de acción: «La participación del P.C. en las luchas concretas del proletariado con sus fuerzas, con sus soluciones, con su experiencia, se efectúa en primer lugar con la participación de los miembros del partido en la actividad de aquellos organismos asociativos de las clases trabajadoras que nacen por necesidad y finalidades económicas como los sindicatos, las cooperativas, las mutuales, etc. En general y sistemáticamente los comunistas trabajan en aquellos organismos que están abiertos a todos los trabajadores y no exigen de sus adherentes especiales profesiones de fe religiosa o política (...) En todos estos organismos, por regla, los comunistas tienen sus grupos, bien ligados entre sí y con el partido, que en ellos sostienen el programa conforme a las directivas comunistas (...) El P.C. tiende a la unificación entre ellos de los grandes organismos sindicales clasistas italianos y trabaja por ella desde su constitución».
En el punto 7): «El trabajo en los sindicatos, tendente a la conquista de ellos al partido y a la conquista para el partido de nuevos prosélitos a expensas de los otros partidos que en el sindicato actúan, así como entre los sin partido, es el más útil para un rápido incremento de la influencia del P.C.» En el mismo párrafo se encuentra una norma útil en concreto aún hoy: «Hoy el P.C. debe conducir una intensa campaña en tal sentido con el lema: sindicatos rojos y no sindicatos tricolor. A este fin el P.C. debe buscar concluir un acuerdo con aquellas corrientes de izquierda del movimiento sindical que quieren mantenerlo sobre las líneas de una lucha de clase revolucionaria, e insertar en esta acción la lucha por la unificación organizativa de los sindicatos, que aseguraría un máximo de atracción de las masas en los sindicatos mismos. Esta unificación debe ser perseguida lo más ampliamente posible, sin excluir ni siquiera los elementos de derecha que están encuadrados por reformistas y sindicalistas ya intervencionistas, hoy tendientes a la rectificación del rumbo de los sindicatos, pero debe tener los límites de mantener los órganos sindicales inmunes a toda influencia directa del Estado, y de partidos y sindicatos patronales, excluyendo la participación explícita en la vida de los sindicatos obreros de partidos y corrientes que en el mismo plano propugnan la organización de corporaciones profesionales de las capas acomodadas, como hoy sostienen, además de otros partidos burgueses, los fascistas y en cierto sentido los populares. En caso contrario se dejarían pasar todos los efectivos proletarios en organismos en los que toda propaganda y toda penetración comunista y revolucionaria serían imposibles».
En el Informe sobre la táctica al segundo Congreso del partido (el Congreso de Roma de 1922), era analizada y profundizada la cuestión de la “relación entre el P.C. y la clase obrera”: «¿Cómo puede el P.C. cada vez más ampliar su zona de efectiva y real influencia? ¿A través del ejemplo de su infalible rectitud? ¿Por medio de la propaganda? ¿Explotando la seducción estética del gesto rebelde y valiente de pocos de sus inscritos? No son estos los únicos y sobre todo no son estos los mayores medios que el P.C. debe usar en su obra asidua de penetración entre las grandes masas trabajadoras. El P.C. tiene el cometido sobre todo de participar provechosamente e incansablemente en todas cuantas manifestaciones de la compleja actividad del proletariado. Dondequiera que un grupo, aunque sea exiguo, de trabajadores se ha constituido para luchar en el terreno de la lucha de clase, el P.C. debe llevar su palabra y su incitación a una acción concreta; aún si esta acción presenta sólo rudimentariamente y en forma embrionaria los caracteres propios a una acción propiamente revolucionaria no es nunca el caso de marginarse o ridiculizar: es necesario siempre intervenir, porque a través de la lucha cualquier movimiento, por cuanto poco relevante y poco decidido sea en su inicio, terminará con encuadrarse en el conjunto de las actividades revolucionarias del proletariado. Nuestro partido también bajo este aspecto ha dado hasta ahora prueba de estar enteramente a la altura de su cometido. Ningún camarada, aún quien más específicamente está dedicado a los estudios históricos concernientes a nuestro movimiento, se ha nunca negado a prestar su obra en las formas más modestas pero más provechosas a los fines que nuestro partido se propone alcanzar».
Al definir los cometidos específicos del partido, las Tesis de Roma afrontaban también la cuestión controvertida del frente único que, según los dirigentes de la Internacional, debía interesar no sólo a las organizaciones económicas y de masa del proletariado, sino también a los partidos políticos obreros. La Izquierda fue tildada de practicar una “táctica sindicalista”, porque, consideraba dañosa e improductiva aquella llamada “política”, es decir el frente único con otros partidos de base proletaria. el “Informe” aclara excelentemente la controversia y pone en evidencia, al contrario, el significado exquisitamente político de la táctica del partido: «Ha parecido a algunos camaradas de la Internacional que nuestra táctica merezca más bien el nombre de sindicalista, porque prescinde del factor político. Esto no es exacto. Todos nuestros camaradas, al llevar de cualquier modo y dondequiera en los sindicatos la palabra comunista, saben hacer y hacen en realidad obra exquisitamente política. La verdad es que nosotros estamos construyendo en el sindicato nuestro sólido mecanismo para la lucha contra los reformistas. Este mecanismo es instrumento predominantemente político en la lucha entablada por el proletariado contra la explotación capitalista. Nuestro frente único significa el frente único de las organizaciones de todos los trabajadores.Este [frente] trasciende todo límite de categoría y localidad. Se esfuerza por borrar todo residuo de tendencias corporativistas que a menudo se enmascaran bajo un sindicato revolucionario que poco tiene que envidiar a la socialdemocracia federal. Este frente único por el que luchamos es un pacto eminentemente político porque, mediante la lucha por lograr su realización, se constituye y se desarrolla el encuadramiento de las masas proletarias bajo la guía del partido político de clase. Nuestra táctica ya comienza a dar sus buenos frutos (...) Conservaremos y defenderemos tenazmente la solidez de este nuestro encuadramiento unitario; y no despreciaremos en ningún caso el acercarnos a cualquier organismo proletario para atraerlo a la órbita de nuestro movimiento». La aclaratoria servía no solo para rechazar ciertas acusaciones de activismo sindical, en contraste con las de una actitud desdeñosa de doctrinarismo que habría encerrado a los comunistas en una “torre de marfil”, sino que también afectaba a las actitudes de los grupos “ultraizquierdistas” que, al rechazar el principio de la lucha en las organizaciones económicas proletarias, no tenían a la larga otro recurso, para no ahogarse en el aislamiento de las masas obreras, que navegar al margen del movimiento oportunista.
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Debe considerarse que las citas aportadas y las posiciones recordadas han sido suficientes para encuadrar la cuestión, si bien reconociendo que la literatura marxista revolucionaria abunda en textos que tratan este tema; y que, en los años candentes, formidables luchas en el terreno del enfrentamiento entre las clases y en el de la apreciación política de la acción del partido, además de las aquí referidas, replantearon continuamente el problema específico de la actitud del partido comunista hacia los sindicatos, y el más general de la táctica.
Pero la presente serie de escritos no quería ser solo y sobre todo una conmemoración más o menos lograda, o un panegírico más o menos brillante, de las luchas del partido comunista revolucionario y de su integridad marxista. Como es habitual, los comunistas rehúyen tales actitudes y se preocupan, en cambio, de buscar en las condiciones del presente, de un hoy particularmente adverso, los motivos de confirmación del programa revolucionario y las razones de aliento para la reanudación de la lucha. Es la tensión hacia estos objetivos preliminares e históricamente actuales lo que impulsa a nuestro pequeño grupo a sondear en el proceso real qué posibilidades subsisten para la penetración del programa revolucionario junto con la acción revolucionaria. No nos contentamos con complacernos por haber resuelto grandes problemas teóricos: queremos sobre todo comprometer a nuestra organización en el terrible y duro trabajo entre las masas proletarias, en las fábricas, en los campos, en las organizaciones de defensa económica y de clase, conscientes de que solo en virtud de este trabajo oscuro será posible reconquistar para la revolución comunista el consenso y la adhesión de los proletarios. Hay que alcanzar las condiciones de lucha y de capacidad revolucionaria que fueron propias del partido de entonces, y desde ellas, con renovado ímpetu, reintentar el asalto al poder.
Todo esfuerzo, por tanto, se hará para que los comunistas puedan guiar desde la primera trinchera al ejército proletario, sin temer “ensuciarse las manos”, porque en la lucha revolucionaria todo se purifica y se exalta.