Partido Comunista Internacional Sobre la cuestión sindical


Que resurjan los sindicatos de clase
Puntos firmes de la Izquierda Comunista

(Il Partito Comunista, n.2-6-7, 1974-75)




Reiteramos a los proletarios, a quienes la crisis creciente les hace palpar el avasallamiento de sus organizaciones de defensa económica a los intereses del Estado y de la economía capitalista, la postura clásica, la única en la línea del marxismo revolucionario, dada por el Partido sobre la cuestión sindical. Esta postura se basa en los siguientes pilares, que resultan claros en todos los textos que siguen:

1) Los sindicatos de la segunda posguerra, en todos los países capitalistas avanzados, son sindicatos “tricolores”, es decir, organizaciones que anteponen a la defensa de las condiciones económicas y de la vida cotidiana de los obreros, la defensa de los intereses de la economía nacional, del Estado capitalista, de la democracia y de la paz social entre las clases. Son, por tanto, organismos inadecuados e insuficientes incluso para la simple y llana defensa de las necesidades inmediatas de los proletarios. De estos sindicatos, cualquiera que sea su etiqueta, los proletarios no tienen nada que defender ni nada que salvar.

2) La dinámica de estos organismos “tricolor” se sigue desenvolviendo ininterrumpidamente en el sentido de su inserción cada vez más completa en los engranajes del Estado burgués, incluso en el sentido organizativo y jurídico formal. Esta trayectoria suya, que los conducirá a convertirse también formalmente en simples apéndices de la máquina estatal, se desarrolla en grados diferentes en los distintos países, y es irreversible si no interviene el resurgimiento de la lucha de clase del proletariado.

3) Frente a esta constatación, no de hoy, sino de veinticinco años atrás, no basada en acontecimientos contingentes, sino en un correcto análisis marxista del devenir capitalista, que los acontecimientos actuales no hacen más que confirmar, el Partido no saca la deducción de abandonar el trabajo en estos organismos. En estas organizaciones y fuera de ellas, el Partido tiene la tarea de plantear a los proletarios la necesidad del resurgimiento de asociaciones económicas de clase, es decir, de organismos obreros para la conducción de las luchas económicas que estén libres de influencias estatales y burguesas.

Este resurgimiento será el fruto del retorno de la clase al terreno de la defensa al menos de sus intereses económicos más elementales, con el método de la lucha de clase, contra la presión del Capital.

Podrá expresarse en dos sentidos: o en la reconquista, “aunque sea a golpes”, de los sindicatos actuales, reconquista que no puede significar sólo cambio de hombres en la dirección, sino decisivo vuelco de toda la política actual en todos los campos de la actividad y de la misma forma organizativa de los sindicatos; o ex novo, es decir, a través de la reconstitución por parte de los proletarios en lucha de organizaciones económicas para la lucha inmediata (fuera y contra las organizaciones actuales). Estas dos posibilidades no son determinables a priori: la prevalencia de una sobre la otra, o de ambas al mismo tiempo, depende del real desarrollo de la lucha de clase y no de ejercicios voluntaristas.

Uno de los elementos de distinción del Partido de clase de todos los infinitos círculos y grupúsculos es la perspectiva del resurgimiento de las organizaciones económicas de clase, como producto de la reanudación de la lucha proletaria y como terreno necesario e indispensable, no sólo para la conducción por parte del Partido de la lucha revolucionaria por el poder, sino también para cualquier notable fortalecimiento de la influencia del Partido sobre las masas proletarias. Sin el nacimiento generalizado de organismos económicos de clase, no sólo no habrá revolución y conquista del poder, sino que tampoco habrá el real y necesario fortalecimiento autónomo del Partido y de su influencia sobre la clase.

Esto es lo que dicen todos nuestros textos desde hace 25 años. Esto es lo que siempre hemos dicho a los proletarios. Quienes no están de acuerdo con esta perspectiva, quienes sueñan con traumas que llevarían a la clase obrera directamente al asalto revolucionario y, por quién sabe qué magia, al Partido fuerte al frente de las masas y a la conquista del poder; quienes, peor aún, afirman que no se pueden prever las formas de la futura recuperación de la clase, son naturalmente “libres de seguir cualquier camino que se aparte del nuestro”. Basta con que no se reclame de la tradición de la Izquierda Comunista y del Partido Comunista Internacional, que no mutile, a la manera estalinista, nuestros textos, que no falsifique lo que el Partido ha afirmado siempre: Para que se reanude la lucha revolucionaria, para que el Partido pueda reforzar su influencia sobre la clase proletaria y llegar a dirigirla en la batalla final; para que los propios trabajadores puedan defender eficazmente sus condiciones de vida contra la patronal, el Estado burgués y sus lacayos oportunistas, es necesaria la reanudación de las luchas en el terreno económico y social y el renacimiento de los sindicatos de clase!


De los textos de la Izquierda:
– Plataforma política del Partido (1945)
– El curso histórico del movimiento de clase del proletariado (1947)
– Sobre el Hilo del Tiempo, Las escisiones sindicales en Italia (1949)
– Partido revolucionario y acción económica (abril 1951)
– Teoría y acción en la doctrina marxista (abril 1951)
– Tesis características del Partido (1952) - Parte II
– Prefacio a las “Tesis características” republicadas en folleto (1962)
– Tesis sobre la tarea histórica, la acción y la estructura del PC Mundial (1965)


El curso histórico del movimiento de clase del proletariado

(Il Partito Comunista, n.2, 1974)

En la fase imperialista el capitalismo, así como trata de dominar en una red central de control sus contradicciones económicas y de coordinar en una elefantiasis del aparato estatal el control de todos los hechos sociales y políticos, así también modifica su acción respecto a las organizaciones obreras. En un primer momento la burguesía las había condenado, en un segundo momento las había autorizado y dejado crecer, en un tercer momento comprende que no puede ni suprimirlas ni dejarlas desenvolverse sobre una plataforma autónoma y se propone encuadrarlas por cualquier medio en su aparato de Estado, en aquel aparato que, exclusivamente político en los inicios del ciclo, se convierte en la era del imperialismo en aparato político y económico al mismo tiempo, transformándose el Estado de los capitalistas y de los patronos en Estado-capitalista y Estado-patrono. En esta vasta estructura burocrática se crean puestos de dorada prisión para los jefes del movimiento proletario. A través de las mil formas de arbitrajes sociales, de Institutos asistenciales, de Entes con aparente función de equilibrio entre las clases, los dirigentes del movimiento obrero cesan de estar apoyados sobre sus fuerzas autónomas, y van a ser absorbidos en la burocracia del Estado…

El mismo movimiento de organización económica del proletariado será aprisionado, exactamente con el mismo método inaugurado por el fascismo, es decir, con tender hacia el reconocimiento jurídico de los sindicatos, que significa su transformación en órganos del Estado burgués. Resultará patente que el plan de vaciamiento del movimiento obrero, propio del revisionismo reformista (laborismo en Inglaterra, economismo en Rusia, sindicalismo puro en Francia, sindicalismo reformista a la Cabrini-Bonomi y luego Rigola-D’Aragona en Italia) coincide sustancialmente con el del sindicalismo fascista, del corporativismo de Mussolini, y del nacional-socialismo de Hitler. La única diferencia es que el primer método corresponde a una fase en la que la burguesía piensa sólo a la defensiva contra el peligro revolucionario, el segundo a la fase en la que, por el agrandamiento de la presión proletaria, la burguesía pasa a la ofensiva. En ninguno de los dos casos confiesa hacer obra de clase; pero proclama siempre querer respetar la satisfacción de ciertas exigencias económicas de los trabajadores, y querer realizar una colaboración de clase…


Prefacio a las “Tesis características” republicadas en folleto

(1962)

... En el punto 6, mientras se condena toda teoría sindicalista, se afirma la necesidad de la presencia y de la penetración del Partido en los sindicatos con un estrato organizativo general sindical comunista como condición no sólo de la victoria final, sino de cada avance y éxito. En el punto 7 tanto se reafirma, y se condena la concepción limitada y local de las luchas económicas tan querida por los traidores...

(Il Partito Comunista, n.6, 1975)

El n.2 de octubre de 1974 de este periódico, bajo el título “Resurgirán los Sindicatos de clase - Puntos firmes de la Izquierda Comunista”, contenía cinco puntos que sucintamente reafirmaban las posiciones de siempre del comunismo revolucionario frente al sindicato obrero. En apoyo al breve texto se publicaron fragmentos significativos de textos del Partido entre 1945 y 1965, limitados en número únicamente por razones de espacio tipográfico, lo que también era un medio significativo de la dictadura objetiva de la situación contrarrevolucionaria.

Desde que se inició la era de la revolución comunista, las reformas, verdadero y único medio de existencia de los movimientos políticos socialdemócratas, sirven como instrumento para mantener a las masas obreras alejadas del camino de la revolución, hasta el punto de que el propio Estado burgués ha adoptado una política reformista, primero con el régimen fascista y luego con su prolongación natural, meramente temporal, el antifascismo. Una política reformista exige el abandono de la lucha directa, obstaculiza la movilización de clase, desplaza a las masas de la lucha de clases a la colaboración de clases, plantea el problema del poder no como el enfrentamiento violento del proletariado contra el Estado, sino como la inserción en el Estado hasta convertirse en una forma de gobierno. Esta situación es la misma en todos los países del mundo.

No por casualidad se ha movilizado el movimiento sindical obrero para subordinar las mismas razones de existencia del sindicato -que son de defensa económica inmediata de la clase trabajadora- a la política de reforma bajo mil aspectos: reforma de la casa, de la escuela, y finalmente del Estado. Un sindicato que opera de tal modo se desenvuelve en el sentido de su inserción en el Estado, para no defender ni siquiera las condiciones de trabajo y de vida de los obreros, para cesar de ser un sindicato obrero y transformarse en un órgano del Estado.

Hecha esta constatación, por lo demás puntualmente examinada y descrita en “El curso histórico del movimiento de clase del proletariado” de 1947 y en “Las escisiones sindicales en Italia” de 1949, el Partido no ha llegado a la conclusión de que el sindicato está superado, no sirve más, debe ser sustituido por otro organismo de tipo político, sino que ha solemnemente reafirmado, sobre la base de la tradición comunista de Marx a Lenin, que «En cualquier perspectiva de cualquier movimiento revolucionario general no pueden faltar estos factores fundamentales: 1) un proletariado amplio y numeroso de asalariados puros; 2) un gran movimiento de asociaciones de carácter económico que comprenda una parte importante del proletariado; 3) un partido de clase fuerte y revolucionario, en el que milite una minoría de los trabajadores, pero al que el desarrollo de la lucha haya permitido contraponer de manera válida y extensa su influencia en el movimiento sindical, a la de la clase y el poder burgueses» (“Partido revolucionario y acción económica”, abril 1951).

Esto corresponde a la “pirámide” de clase descrita en las tesis del segundo Congreso de la Internacional Comunista de 1919, y es decir “partido, sindicatos, clase”, en orden de importancia, que se precisa en vísperas de la toma del poder en “partido, soviets, sindicatos, clase”; traduce el concepto de Marx de ser los sindicatos “una escuela de guerra” y una “palanca de la revolución” y el de Lenin, de ser los sindicatos “la correa de transmisión del partido”.

El partido debe trabajar en los sindicatos, también “reaccionarios”, “tricolor” “de derecha”, recordando que son siempre sindicatos obreros, de sólo asalariados, de dirección reaccionaria, tricolor, de derecha. Es la lección de Lenin en el “Extremismo”, y la lección de la Izquierda reafirmada en las “Tesis sobre la tarea histórica etc.” de 1965:

«Es antigua la tesis del marxismo de izquierda de que se debe aceptar trabajar en los sindicatos de derecha donde los obreros están presentes, y el partido aborrece las posiciones individualistas de quien muestre despreciar poner pie en aquellos ambientes, llegando incluso a teorizar la ruptura de las pocas y débiles huelgas a los que los sindicatos actuales se aventuran».

Para “trabajar en los sindicatos” el partido debe participar en las luchas económicas de los obreros, en las agitaciones y en las huelgas, por escasas y “débiles” que sean. Esta participación consiste no sólo en la presencia física de los militantes del partido entre los obreros en lucha, sino también, unida a la exaltación de la lucha misma, en la crítica despiadada hacia la política sindical de las centrales, mostrando su subordinación a la conservación del régimen presente, proponiendo el retorno al uso de los medios de la lucha directa y reivindicaciones económicas comunes a toda la clase trabajadora.


DETERMINISMO ECONÓMICO

Las “Tesis sobre la táctica” formuladas por la Izquierda en el Congreso del PC de Italia de 1922 ponen en evidencia, como se desarrolla en otra página de este número del periódico, la base realista y materialista de la existencia misma del partido y de su acción. Las necesidades económicas que suscita la presión de la economía capitalista sobre el trabajo asalariado, inducen, obligan a los obreros a organizar una adecuada defensa, los empujan en dados giros históricos, en los que aparece insostenible para el proletariado la existencia del régimen capitalista, a abrazar las posiciones y la orientación del Partido. La organización sindical, la asociación económica de los obreros, es pues el producto de estas necesidades, es más «El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros –escribe Marx en el Manifiesto. Esta es facilitada por los crecientes medios de comunicación que son creados por la gran industria y que conectan entre sí a obreros de localidades distintas. Basta este simple vínculo para concentrar las muchas luchas locales, teniendo por todas partes igual carácter, en una lucha nacional, en una lucha de clase. Pero toda lucha de clase es lucha política».

Mientras exista capitalismo, y por tanto asalariados, habrá luchas y la “unión” de los obreros, por lo que los obreros entrarán en lucha contra los patronos y sus organizaciones, de ahí la lucha política.

En “Salario, precio y ganancia”, Marx, además, advierte a la clase que no exagere los éxitos de estas luchas porque ella «lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que ella sólo puede frenar el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que ella aplica paliativos, pero no cura la enfermedad». Por tanto, Marx traza la orientación programática: «Por ello no debe dejarse absorber exclusivamente por esta inevitable guerra de guerrillas, que brota incesantemente de los ataques continuos del capital y de los cambios del mercado». Cuando esto se verifica se tiene en frente el fenómeno desviacionista del sindicalismo, del obrerismo, que quedan bloqueados y vinculados a los efectos. Marx, por tanto, concluye: «Ella debe comprender que el sistema actual, con todas las miserias que acumula sobre la clase obrera, genera al mismo tiempo las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para una reconstrucción económica de la sociedad. En lugar de la consigna conservadora “un salario justo por una jornada de trabajo justa”, los obreros deben escribir en su bandera la consigna revolucionaria: “supresión del sistema del trabajo asalariado”, es decir, supresión del sistema capitalista».

No negación de las luchas contra los “efectos”, sino, luchando contra los “efectos” del sistema burgués, “comprender” que hay que atacar las causas, la misma existencia del régimen presente. Las luchas económicas, la lucha de clase es de los obreros, la organización es de los obreros, la comprensión del valor limitado de estas luchas y su superación es del partido.

En los Estatutos generales de la Internacional, de 1872, este concepto es sancionado: «En su lucha contra el poder unificado de las clases poseedoras, el proletariado puede actuar como clase sólo organizándose en partido político autónomo, que se opone a todos los otros partidos constituidos por las clases dominantes. Esta organización del proletariado en partido político es necesaria con el fin de asegurar la victoria de la revolución socialista y el logro de su fin último: la supresión de las clases. La unión de las fuerzas de la clase obrera, que ella ya ha alcanzado gracias a las luchas económicas, debe también servirle de palanca en la lucha contra el poder político de sus explotadores... La conquista del poder político se ha convertido en el gran deber del proletariado».

Marx, siempre en 1871 en una carta a Bolte, reafirma a su manera el estrecho nexo entre base económico-material y acción política:

«De los singulares movimientos económicos de los obreros surge y se desarrolla por todas partes el movimiento político, es decir, un movimiento de la clase para realizar sus intereses en forma general, en una forma que tenga fuerza coercitiva socialmente general. Si es verdad que estos movimientos presuponen una cierta organización preventiva, ellos son por su parte otros tantos medios para el desarrollo de esta organización».

Lenin, en las páginas igualmente lúcidas y tajantes del “¿Qué hacer?”, luchando contra el espontaneísmo y el sindicalismo, pero sin negar la espontaneidad y el sindicato, concluye: «Nuestra tarea consiste en atraer el movimiento obrero bajo el ala de la socialdemocracia revolucionaria». Y precisa:

«Las organizaciones obreras para la lucha económica deben ser organizaciones sindicales. Cada obrero socialdemócrata debe, en cuanto le es posible, sostenerlas y trabajar activamente en ellas. Es verdad. Pero no nos interesa exigir que sólo los socialdemócratas puedan pertenecer a las asociaciones “corporativas” (sindicales, ndr), porque ello restringiría nuestra influencia sobre la masa. Dejemos participar en la asociación corporativa a cualquier obrero que comprenda la necesidad de unirse para luchar contra los patronos y contra el gobierno. Las asociaciones corporativas no alcanzarían su propósito si no agruparan a todos aquellos que comprenden al menos tal necesidad elemental, si no fueran muy “amplias”. Y cuanto más amplias sean, tanto más nuestra influencia sobre ellas se extenderá no sólo gracias al desarrollo “espontáneo” de la lucha económica, sino también gracias a la acción consciente y directa de los adherentes socialistas sobre sus compañeros».

Los mismos conceptos Lenin los reafirmará en el “Extremismo” contra los obreristas alemanes (K.A.P.D.) y hacia todos aquellos que no querrían trabajar en los sindicatos “reaccionarios”. Lenin empuja su argumentación hasta establecer que la organización sindical es «un aparato formalmente no comunista, flexible y relativamente amplio, muy potente, proletario, mediante el cual el Partido está estrechamente conectado a la “clase” y a las “masas” y a través del cual, bajo la dirección del partido, se realiza la “dictadura de la clase”».

El partido, por tanto, trabaja en los sindicatos, los penetra, tiende a su dirección, antes, durante y después de la revolución. La Internacional Comunista lo plantea como una condición de admisión. El noveno de los famosos “21 puntos de Moscú” suena exactamente así: «Cada partido debe sistemática y tenazmente desarrollar una actividad comunista dentro de los sindicatos, los consejos... y organizar células comunistas que ganen los sindicatos a la causa del comunismo».


LOS SINDICATOS SON INSUSTITUIBLES

as asociaciones económicas de los obreros cesarán de existir cuando el comunismo haya triunfado en el mundo, porque, como hemos visto, constituyen la organización, «la verdadera organización de clase del proletariado, en la que él combate sus luchas cotidianas contra el capital, en la que se entrena», como escribe Engels a Bebel en 1875. Son tan insustituibles que los sindicatos representan el terreno natural de choque entre el partido comunista revolucionario y los otros partidos, porque son el campo de enrolamiento del ejército de clase bajo la dirección del partido.

Los textos hasta aquí compulsados en el arco de más de un siglo, que cristalizan la experiencia histórica de la clase en las varias fases de transición de la organización sindical, no revelan otros organismos capaces de encuadrar al proletariado en su acción elemental y básica de defensa económica. ¿Quizás los Soviets? Ni siquiera los Soviets pueden sustituir la función de los sindicatos, porque los Soviets, u órganos equivalentes, son órganos políticos para la conquista del poder, surgen en la fase crucial de la acción revolucionaria que, como hemos visto, no puede prescindir de la acción elemental en el campo económico, y es decir el surgimiento de los Soviets tiene como premisa la existencia, la eficiencia de los sindicatos, o, en otros términos, de la clase obrera organizada sobre el terreno económico. Esto ha sido verdad en la Rusia absolutista, en la Alemania industrial, en la Italia “civil”, será verdad mañana en cualquier punto de la Tierra en el que el proletariado se disponga en el frente de la revolución, si el marxismo no es agua sucia.

¿Quizás los Consejos de fábrica? Tampoco, por su limitación a una sola empresa como mucho pueden funcionar como base empresarial del sindicato económico. Las viejas Cámaras del Trabajo, por ejemplo, constituían una red formidable porque reunían en una central local unitaria a obreros de diferentes oficios y de diferentes empresas, por lo que era posible, sobre todo con la adecuada penetración del partido de clase, tener una visión de conjunto de la acción de clase local. Con más razón esta característica positiva reside en la Central sindical nacional, y mañana internacional.

Es fácil de intuir cuán decisiva puede ser para la movilización revolucionaria, la reconstitución de una red semejante de dirección clasista. Irrenunciable debe ser, por tanto, el trabajo de partido en este sentido, dentro de los límites de las condiciones materiales.


UN CIERTO CARÁCTER REACCIONARIO

Es Lenin el que, en el “Extremismo”, martilla las posiciones infantiles de los “izquierdistas” alemanes y llega incluso a decir que «un cierto carácter reaccionario de los sindicatos... es inevitable durante la dictadura del proletariado». Imaginémonos si no es posible este “carácter reaccionario” en los sindicatos no controlados por los comunistas. «En los países más avanzados que Rusia –sostiene Lenin– un cierto reaccionarismo de los sindicatos se ha manifestado, y debía sin duda manifestarse, mucho más fuertemente que en nosotros... En Occidente, los mencheviques de allí se han “encajado” mucho más sólidamente en los sindicatos; allí se ha formado una capa, mucho más fuerte que en nosotros, de “aristocracia obrera”, corporativista, mezquina, egoísta, sórdida, interesada, pequeñoburguesa, de mentalidad imperialista, sojuzgada y corrompida por el imperialismo»

«Esto es incontestable», comenta Lenin. Esto es incontestable, señores “revolucionarios” del “tamiz” ... roto. «La lucha... en la Europa occidental es incomparablemente más difícil que la lucha contra nuestros mencheviques... Esta lucha debe ser conducida sin piedad... hasta deshonrar completamente y expulsar de los sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo y del socialchovinismo». Y es incontestable que se debe conducir esta lucha contra la aristocracia obrera «en nombre de la masa obrera y para atraer esta masa a nuestro lado... contra los jefes oportunistas y socialchovinistas para atraer a nuestro lado a la clase obrera».

«Sería estúpido... olvidar esta verdad elementalísima y evidentísima». Sería estúpido sacar “la conclusión” que «debido al carácter reaccionario y contrarrevolucionario de las altas esferas de los sindicatos, hay que salir de los sindicatos... Sería estúpido... no trabajar en el seno de los sindicatos reaccionarios... “abandonar a las masas obreras atrasadas y no bastante desarrolladas a la influencia de los jefes reaccionarios, de los agentes de la burguesía».

Esto basta para reafirmar que los comunistas no retroceden del trabajo y de la batalla en los sindicatos por el hecho de que son dirigidos por reaccionarios, por contrarrevolucionarios, por propugnadores de una política “tricolor”, “chovinista”. Pero los “estúpidos” abundan, y, en nombre de la “política revolucionaria”, querrían que el marxismo revolucionario se convirtiera al reconocimiento de una patente incluso comunista a los “prácticos”, a aquellos que “hacen la revolución”, en los “referéndums”, en las múltiples “gestiones sociales” de los órganos estatales (la escuela, “izquierdistas pendulares”, es un órgano del Estado político de la burguesía, no una organización “neutra”, ni mucho menos proletaria; no se conquista, se abate!), en las tonterías del movimiento “revolucionario genérico”.

(Il Partito Comunista, n.7, 1975)

En el número anterior hemos constatado, en Marx y Lenin, que la asociación económica de los obreros surge sobre la base de la defensa de las condiciones físicas de los proletarios y que por estas razones es indispensable para el proletariado, a pesar del carácter efímero y transitorio de las “conquistas” y un “cierto carácter reaccionario” de los sindicatos. Hemos también revelado cómo, a pesar de estos aspectos limitativos, los comunistas deben trabajar organizados en los sindicatos, transfiriendo en ellos las directivas revolucionarias, para hacer de ellos organismos no a fines a sí mismos, sino “palancas” para la lucha política revolucionaria contra el régimen capitalista.


FASE DEL TOTALITARISMO ESTATAL

Con la aparición del fascismo, el Estado se apresta y se pertrecha para absorber los sindicatos obreros, y tiende a someterlos a su dictadura, haciéndolos jurídicamente capaces de poder contractual, e insertándolos progresivamente en su engranaje administrativo. El Estado-patrono tiende a monopolizar todos los aspectos de la vida social y económica, además de ser el órgano por excelencia de la dictadura política. El capitalismo entra así en su tercera fase, la del imperialismo, en la cual «la clase burguesa dominante, paralelamente a la transformación de su praxis económica de liberalista a intervencionista, tiene la necesidad de abandonar su método de aparente tolerancia de las ideas y de las organizaciones políticas por un método de gobierno autoritario y totalitario: y en ello está el sentido general de la época presente».

Este juicio de la izquierda en el período inmediatamente posterior a la guerra (“El ciclo histórico de la economía capitalista”) se refleja en el “Curso histórico del movimiento de clase del proletariado”, en el sentido de que la burguesía «modifica su acción respecto a las organizaciones obreras», que antes «había autorizado y dejado crecer», porque «comprende que no puede ni suprimirlas, ni dejarlas desenvolverse sobre una plataforma autónoma, y se propone encuadrarlas con cualquier medio en su aparato de Estado»; en el que «se crean puestos de dorada prisión para los jefes del movimiento proletario». Este proceso, iniciado con el advenimiento del fascismo, ha continuado también en el post-fascismo, durante el cual «el mismo movimiento de organización económica del proletariado será aprisionado, exactamente con el mismo método inaugurado por el fascismo, es decir, tendiendo hacia el reconocimiento jurídico de los sindicatos, que significa su transformación en órganos del Estado burgués. Resultará patente que el plan de vaciamiento del movimiento obrero, propio del revisionismo reformista (laborismo en Inglaterra, economismo en Rusia, sindicalismo puro en Francia, sindicalismo reformista a la Cabrini-Bonomi y luego Rigola-D’Aragona en Italia) coincide sustancialmente con el sindicalismo fascista, del corporativismo de Mussolini, y del nacional-socialismo de Hitler».

Este proceso es “irreversible”, y está contenido en el complejo general «de la lucha capitalista para privar a los futuros movimientos revolucionarios de clase de la base sólida de una estructura sindical obrera verdaderamente autónoma» (“Las escisiones sindicales en Italia”). De tal modo que los sindicatos actuales, también aquellos que pretenden orígenes “rojos”, como por ejemplo la CGIL, están cosidos «sobre el modelo Mussolini», es decir orientados en el sentido de su total inserción en el engranaje estatal burgués, cualquiera que sea la etiqueta que exhiben. Estas centrales sindicales “sirven” al Estado, como lo sirven en Inglaterra, EEUU y Rusia, en la fórmula de la “economía nacional ante todo”, de la sumisión de los intereses inmediatos de la clase obrera a aquellos inmanentes de conservación social de la clase burguesa y de su régimen. Es mera ficción sostener que, sin embargo, los sindicatos luchan contra el patronato, cuando se sabe que los sindicatos fascistas surgieron «tocando la melodía de la lucha contra la patronal en el acuerdo nacional» (véase el útil y significativo discurso de Mussolini a Dalmine), precisamente porque la nota dominante de la fase imperialista no es tanto el “dador de trabajo” tanto el individuo como el sistema en su conjunto, sintetizado por su cúpula estatal, que se ve obligada, siempre con fines de conservación, a mantener un equilibrio entre las diferentes fuerzas sociales y entre los propios elementos de clase cuyos intereses totales representa. El régimen capitalista también está dispuesto a sacrificar a los patronos individuales con el fin de conservarse, como enseñó Engels cuando predijo en “Anti-Dühring” el eclipse de la burguesía y su sustitución por un ejército de sirvientes a sueldo del Estado.


DIALÉCTICA HISTÓRICA

El proceso de absorción de los sindicatos en el Estado, que la Izquierda ha definido “irreversible”, ha hecho exclamar a algunos que ha llegado el momento de volver las espaldas al sindicato obrero y de dedicarse al movimiento “político”. Ya hemos visto que esta actitud choca inexorablemente contra el programa del partido, pero aún antes choca contra la doctrina marxista. Esta posición hace pareja con la típicamente anarco-sindicalista de que el partido político está superado, habiendo pasado los viejos partidos “comunistas” al servicio del régimen burgués.

Con Marx hemos revelado que las asociaciones económicas obreras no surgen por fe o voluntad, sino por necesidad insuprimible de los proletarios de defender el pedazo de pan y el puesto de trabajo, contra lo que el capitalismo presiona constantemente, a sabiendas de que llama a la clase obrera a movilizarse y a abrirse así a las iniciativas revolucionarias del partido. Estas condiciones son tan insuprimibles, como es insuprimible para el capitalismo la necesidad de retardar, frenar, contrastar el asociacionismo económico de los proletarios, usando el medio, congenial con su fase totalitaria imperialista, de capturarlo, aprisionarlo, en su engranaje estatal. Esto, sin embargo, no suprime las razones, las causas primeras de las contradicciones de clase que son precisamente insalvables en el régimen burgués.

Las masas volverán a la lucha cuando no toleren más la presión creciente e ineludible de la economía capitalista que, a pesar de todos los recursos y trucos del Estado, en definitiva, procede agravando su carácter anárquico. En economía el Estado intenta planificar, que significa controlar sus insalvables contradicciones. No puede prescindir de este intento, impuesto por la centralización y concentración capitalista. Pero cualquier intento está condenado al fracaso, aunque sea «irreversible», es decir, aunque el capitalismo ya no pueda volver al liberalismo, a las condiciones anteriores a su fase monopolística.

Para llegar a estas consideraciones no hemos tenido necesidad del fascismo. El reformismo socialdemócrata recorría ya este camino, el del vaciamiento del carácter de clase del movimiento económico obrero. El fascismo de hecho heredará el reformismo de las broncerías sindicales. Hoy esta línea de continuidad permanece.

De ello se deduce que la tendencia del Estado es someter a los sindicatos económicos de los trabajadores, y la de la clase es impedirlo. La lucha de clases y las relaciones de poder resolverán esta contradicción, y no la negación del antagonismo ni el abandono definitivo del sindicato obrero en manos enemigas, lo que significaría abandonar el campo proletario en manos del enemigo.

En el movimiento económico proletario se enfrentan tres posiciones. La negadora del sindicato, la del sindicato paraestatal, la del sindicato de clase. A la primera pertenecen aquellos quienes consideran el sindicato superado, como aquellos que propugnan un sindicato de partido u organismos empresariales sustitutivos del sindicato económico. A la segunda pertenecen las actuales centrales sindicales, que mistifican su propia “autonomía” en una mera contraposición o no subordinación formal “a los partidos, al gobierno, a los patronos”, pero sosteniendo querer subordinar los intereses inmediatos obreros a aquellos “superiores” de la “economía nacional”, que significa del Estado, de la clase burguesa. A la tercera adhieren aquellos que se baten por el resurgimiento de un movimiento económico proletario de dirección clasista, rojo.

La política de los dos primeros grupos es objetivamente convergente, tanto en la actual situación de dominio incontestado del bonzume tricolor, como en una situación en la que la necesidad del sindicato rojo será prepotente. El primer grupo se niega a contrastar el paso a los “filo-estatales” soñando “formas nuevas”, confiando a formas en lugar de a fuerzas el vuelco de la dictadura del enemigo. Se sitúa fuera del marxismo y del campo de la revolución que, no nos cansaremos nunca de repetir, extrae su razón de ser de determinaciones económicas y no del mundo de las ideas. El campo de batalla es siempre el mismo, las piedras angulares sobre las que se asienta la revolución son siempre el partido político, el sindicato de clase y la clase de los asalariados puros. No reconocer ni siquiera uno solo significa dejarlo en manos del enemigo que no dudará en usarlo, contra la revolución. Es la historia de estos últimos cincuenta años. Pretender, por ejemplo, que, dado que el proletario se ha aburguesado (infame tesis cara a los extraparlamentarios), hay que ir a buscar otra “clase” que lo sustituya, e individualizarla en las caleidoscópicas sacudidas existencialistas de grupos de holgazanes significa transformarse de “profesionales” de la revolución a mercenarios de la contrarrevolución, siempre prestos a ponerse al servicio de la primera aventura.


POLÍTICA ORIGINAL DE LA IZQUIERDA

El primer objetivo al que tiende el verdadero partido comunista es «ser el centro de la lucha y de la resistencia contra la centralización reaccionaria capitalista tendente a imponerse sobre una clase obrera dispersa y desparramada y definitivamente abandonada a sí misma por la burocracia oportunista» (de “La táctica de la Internacional Comunista - V Congreso”). El mismo texto comienza con la perentoria afirmación de que no basta la propaganda ideológica y el proselitismo, sino que es necesario participar «en todas aquellas acciones a las que los proletarios son empujados por su condición económica». En las “Tesis de Lyon”, frente a la posición cómoda y derrotista de penetración de las corporaciones fascistas, la consigna de la Izquierda suena perentoria: «La consigna de reconstrucción de los sindicatos rojos debe ser contemporánea a la consigna contra los sindicatos fascistas», que aparecían ni siquiera formalmente como asociaciones voluntarias de las masas, sino verdaderos órganos oficiales de la alianza entre patronato y fascismo.

Esta posición es retomada en las “Tesis características” de 1951, que constituyeron la “base de adhesión al Partido” y es decir vinculantes para todos. En ellas, después de haber reafirmado que «el partido reconoce sin reservas que, no sólo la situación que precede a la lucha insurreccional, sino también cada fase de decidido incremento de la influencia del partido entre las masas no puede delinearse sin que entre el partido y la clase se extienda la capa de organizaciones con fin económico inmediato y con alto porcentaje numérico, en cuyo seno haya una red emanante del partido (núcleos, grupos y fracción comunista sindical)». Después de esta reafirmación canónica de la secular posición del Partido respecto al movimiento económico proletario, inalterada también en esta “tercera” fase imperialista de “irreversible” tendencia del capitalismo a la captura de los sindicatos, las “Tesis” sancionan que «Tarea del Partido en los períodos desfavorables y de pasividad de la clase proletaria es prever las formas y alentar la aparición de las organizaciones con fin económico para la lucha inmediata, que en el futuro podrán asumir también aspectos completamente nuevos, después de los tipos bien conocidos de liga de oficio, sindicato de industria, consejo de empresa y así sucesivamente. El Partido alienta siempre las formas de organización que facilitan el contacto y la acción común entre trabajadores de varias localidades y de variada especialidad profesional, rechazando las formas cerradas»

Es esta la “política revolucionaria”, de contracorriente, de la Izquierda, que ningún otro movimiento político autodenominado de “izquierda” comparte y que al contrario combate, y que puede expresarse en la fórmula de “reconquista, aunque sea a golpes, de los sindicatos actuales o del resurgimiento de nuevos”, idóneos para contener en su seno la red de los comunistas organizados.

En esta situación particularmente depresiva, el partido no espera de su incesante e inteligente participación en las luchas obreras un desplazamiento apreciable de fuerzas, hasta que el movimiento de lucha no reanude en intensidad y extensión. Es en esta reanudación de clase el terreno fértil para el desarrollo de la compleja actividad del partido entre las masas de asalariados, tanto para arrancar la dirección de los sindicatos existentes a la dirección tricolor, como para “alentar” nuevas organizaciones económicas obreras, en las cuales el Partido pueda “libremente” desarrollar su acción clasista y revolucionaria.

Hoy, aunque los sindicatos estén prácticamente cerrados a los comunistas revolucionarios, en virtud del desmesurado poder de la política tricolor de las dirigencias sindicales, que se manifiesta también en formas de barreras legales -como aquel famoso de la “delegación”, que constituye una verdadera forma de coacción, de tendencia del sindicato a transformarse en sindicato “forzado”, cualidad típica del sindicato fascista– los comunistas no los abandonan voluntariamente y desarrollan su actividad, no sólo en el sentido de participar en las luchas obreras, sino también en la batalla irreductible contra la política traidora de las centrales. Este es uno de los motivos fundamentales de la acción del Partido, para mostrar a los proletarios las consecuencias nefastas de la política sindical oficial y anticipando la necesidad ineludible de un total vuelco de esta política.

Esta lucha es por tanto un distintivo de la Izquierda Comunista contra el bloque oportunismo-Estado burgués. El partido sabe que sin una decisiva influencia sobre las masas proletarias organizadas no puede siquiera pensar en un plan táctico. Debe por tanto penetrarlas con sus oportunos órganos sindicales y de fábrica. Estos agrupan y organizan a los proletarios comunistas bajo la dirección directa del partido e involucran también a los simpatizantes. Constituyen la red del partido en la clase, y, junto a otros órganos específicos expresados por las reales condiciones de la lucha de clase, forman un sistema similar al de la circulación de la sangre en el cuerpo humano, por cuyo medio el cuerpo de la clase es irrigado incesantemente por la linfa vital del programa, de la directriz, de los fines del comunismo revolucionario. Es de esta manera que se realiza la “preparación revolucionaria” y ciertamente no con ejercicios voluntaristas y organizativos.

A través de los grupos el partido entra en contacto con los obreros organizados por otros partidos y movimientos políticos en el terreno económico y de la lucha. Es en este terreno que se miden con los hechos, con las acciones, los programas, las intenciones, las voluntades y los fines políticos, en los que el Partido demuestra a los trabajadores ser el único en poseer un arsenal completo e insustituible para el logro de la efectiva, real y completa emancipación de la clase de la explotación capitalista.

Es evidente que las fuerzas del oportunismo, aliadas con el Estado burgués en el bloque legalitario dirigente del movimiento sindical y político de los obreros, no omiten ningún medio para impedir que los grupos surjan y se desarrollen, así como interponen todo obstáculo a la difusión de la propaganda y del proselitismo desarrollados por el partido. Es ineludible que la difusión a gran escala de la red de los grupos comunistas será una de las señales del retorno de la clase obrera al terreno de la lucha directa, cuanto más fértil para la penetración y el desarrollo de la acción revolucionaria del Partido.

Los grupos no sustituyen a los sindicatos ni a ningún otro organismo de defensa económica. El Partido no tiene interés en constituir organismos sindicales formados sólo por comunistas, que sabe ser una minoría de la clase, mientras es consciente de que la victoria del comunismo será posible con la condición preliminar de que su influencia se extienda a la masa aún no encuadrada ni controlada por el propio partido, condición que se le presenta en la unitaria organización económica de clase que sea “políticamente neutra”, en principio accesible sólo a los puros asalariados, y en la que pueda desarrollar trabajo político y organizativo libremente.


HACIA EL SINDICATO DE CLASE

La recreación de estas condiciones que caracterizan el “Sindicato Rojo” no depende del partido ni de su acción, sino que encuentran el impulso determinista y primero en el retorno de la clase obrera al terreno de la lucha directa general. En esta fase las actuales dirigencias sindicales y políticas del proletariado tenderán a estrecharse cada vez más en defensa del régimen capitalista, agitando los viejos trapos de la defensa de la economía, de la unificación contra el resurgente fascismo para proteger la democracia reconquistada, para cubrir el único modo con el que las clases burguesas y privilegiadas pueden conservar su supremacía económica, social y política, es decir aplastando a la clase, reduciendo sus salarios, aterrorizándola con el desempleo en masa, la miseria, el hambre, la desorganización, la amenaza de una nueva guerra, con el potenciamiento de las fuerzas represivas estatales e irregulares. Su verdadero rostro de siervos del capitalismo aparecerá en toda su claridad a la masa. Los obreros no tendrán otra opción que defender el salario, el puesto de trabajo, antes que nada chocando contra sus mismos dirigentes, y por tanto forjándose instrumentos y formas de organización y de combate que respondan a estas necesidades inmediatas.

El Partido al prever desde ya este real desarrollo, se capacita para ocupar un puesto preeminente en el combate de clase y en la nueva organización de clase. Por tales razones se debe intensificar la acción crítica y la batalla contra toda la política no comunista, alentar aquellos fermentos de clase que son suscitados por la aproximación de la radicalización de las luchas y por el agravamiento de la presión sobre los trabajadores, prever y alentar todas aquellas formas de asociación que se sitúan en contraste y oposición al sindicalismo oficial y que «facilitan el contacto y la acción común entre trabajadores de varias localidades y de variada especialidad profesional, rechazando las formas cerradas» (“Tesis características del Partido”, 1952). En este sentido, las manifestaciones recientes y también menos recientes de lucha económica autónoma en algunas fábricas industriales y entre los ferroviarios están condenadas a seguir siendo episodios poco fructíferos para el desarrollo de la clase si no tienden a conectarse entre sí, a abrirse, precisamente, a los trabajadores de diferentes localidades y categorías, rompiendo las barreras subjetivas de carácter político, partidista o incluso sectario. La conexión de estas presiones podría ser el presagio del tejido de una red de clase muy fructífera y susceptible de representar un primer paso hacia organismos económicos de clase catalizadores de las próximas luchas.


ENTRE MIL ENGAÑOS UNA META SEGURA

Cuanto hemos desarrollado, inatacable en el desarrollo histórico y en la tradición marxista, desemboca inevitablemente en la previsión segura de la regeneración o resurrección clasista del movimiento económico obrero. Conscientes de constituir una voz en el sombrío desierto en el que la traición de falsos partidos obreros ha transformado el fértil y frondoso terreno del choque social, no proponemos recetas milagrosas, ni agitamos nuestras escasas fuerzas frente al encantamiento de modernas hadas Morgana, quizás inconscientes de borrar el angosto pero nítido sendero trazado por nuestra obra.

Esta obra, que consiste en la conservación y preservación de la secular doctrina, se propone mantener nítidos y tajantes los rasgos de la acción de clase del proletariado, cuando por todas partes mil esfuerzos son realizados para difuminarlos, corromperlos, deformarlos, con el resultado cierto de prolongar el secular estado de sujeción de los obreros al enemigo, con el pretexto de “visiones más modernas”, infaliblemente reconducibles al poder burgués.

Hay que rechazar inexorablemente influencias contestatarias de estratos estériles e informes, que, privados de “una escuela de pensamiento y de un método de acción” pasados por el seguro tamiz de la historia, pretenden denigrar el partido político de clase y el sindicato de clase, en nombre de un revolucionarismo de opereta, que oculta el ansia de estar entre los primeros, los mejores, los elegidos.

Igualmente hay que rechazar el intento de difundir la indecisión y la incertidumbre, cuando en cambio, ante la seguridad y la imprudencia de las bandas enemigas, hay que oponer, en ausencia hoy en día de fuerzas físicas materiales de igual peso, la certeza de que la clase se alineará en un futuro quizá no muy lejano en el frente de la lucha.

Hay que rechazar, al costo de un silencio que aún se prolonga, los mil intentos, aunque generosos, para salir del gueto en el que ha sido arrojada hasta ahora la revolución, de apoyarse en las estrafalarias contorsiones de la insatisfecha pléyade de los “trabajadores de base” y de sus aspirantes, buscando plegar la incorrupta doctrina al reconocimiento de iniciativas no clasistas, cometiendo el viejo error, que marcó la muerte de la Internacional Comunista, es decir que la pequeña burguesía pueda expresar un movimiento político autónomo e independiente, o peor un “radicalismo” suscitador de la reanudación clasista de las luchas proletarias. El proletariado volverá a la lucha bajo el impulso de las determinaciones económicas, y no “presionado” por solicitaciones ideales.

En este terreno los sindicatos de clase deberán resurgir y resurgirán, para que la revolución reanude su marcha.