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"La Izquierda Comunista" n° 14 - mayo 2001
– LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES: [ 1 - 2 - 3 - 4 ] Colosal Confluencia de las luchas del proletariado y de su constitución en partido revolucionario - (Segunda parte, 1866-1869 - Crecimiento organizativo y puesta a punto doctrinal)
– SIGUE LA LUCHA DE LOS TRABAJADORES INMIGRANTES EN ESPAÑA
–  COREA: DE LOS ORIGENES A LA DIVISIÓN NACIONAL (I – El Estado antiguo; La guerra chino-japonesa; Garras imperialistas sobre China; La guerra ruso-japonesa; Protectorado del Japón; La colonización).
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: Conflicto imperialista en ambos frentes contra el proletariado y la revolución (II) [ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ]
Noticiario.
Octavilla dada en la manifestación de la Coordinadora Sindical de Madrid, marzo de 2001.
– PROVECHOSA REUNIÓN DE TRABAJO - Florencia, 27-28 de enero.
Advertencia a los lectores.

 
 
 
 
 
 
 
 


LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES COLOSAL CONFLUENCIA DE LAS LUCHAS DEL PROLETARIADO Y DE SU CONSTITUCIÓN EN PARTIDO REVOLUCIONARIO
[ 1 - 2 - 3 - 4 ]





Segunda Parte (1866-1869) - Crecimiento organizativo y puesta a punto doctrinal

1. El Congreso de Ginebra; 2. Resurge el proudhonismo; 3. Una fuerza proletaria mundial; 4. El Congreso de Lausana; 5. El Capital para la clase obrera; 6. Crisis económica y respuesta obrera; 7. El Congreso de Bruselas; 8. La candente cuestión de las huelgas; 9. Posiciones correctas respecto a las huelgas; 10. Las resoluciones de Bruselas; 11. Trade Unions y cuestión irlandesa; 12. Una clase que sabe defenderse; 13. El Partido Socialdemócrata Alemán; 14. El anarquismo; 15. El "personaje" Bakunin; 16. El Congreso de Basilea.
 
 

1. El Congreso de Ginebra

El primer congreso de la Asociación tuvo lugar en Ginebra del 3 al 8 de septiembre de 1866 con el objetivo de sacar las debidas conclusiones de sus dos primeros años de actividad, trazar las perspectivas y los planes racionales sobre los movimientos a dar en un futuro inmediato. El Congreso, según nos cuenta Tullio Martello (un adversario) en su Historia de la Internacional de diciembre de 1872 "fue convocado en el aula magna de la cervecería Treiber, siendo presidido por el señor Jung. Estaban representadas las secciones obreras de Ginebra, Chaux-de-Fonds, Lausana, Montreux, Zurich, Wezikon, Colonia, Solingen, Stuttgard, Magdeburgo, París, Lyon, Ruán, y el comité central de Londres, en total sesenta delegados". Representaban secciones internacionalistas y sociedades obreras.

El informe oficial del Consejo central fue redactado por Marx, el cual no se presentó al Congreso. En el informe se reconocieron los Estatutos provisionales como un adecuado plan organizativo de la Asociación. Se propuso nuevamente a Londres como sede del Consejo central y se volvió a remachar que el secretario general, elegido por un año, era el único funcionario pagado por la Asociación. Todas estas propuestas fueron aprobadas por mayoría. El informe declaraba abiertamente el objetivo al que tendía la Asociación, la sociedad comunista. Se afirmaba: "Uno de los grandes fines de la Asociación es desarrollar en los obreros de los diversos países no sólo el sentimiento sino el hecho de su fraternidad y de unirlos para formar el ejército de la emancipación".

El Congreso propuso a Marx para que asumiera el cargo de presidente del Consejo general, pero Marx lo rechazó.

Respecto a las conquistas cotidianas la Asociación asumió con determinación sus nuevas tareas, tales como la consecución de la jornada de 8 horas. El informe de Marx afirmaba entre otras cosas: "Es necesario que recupere la salud y la energía la clase trabajadora, la cual constituye la gran masa de la población en cualquier nación. No es menos necesario suministrarle la posibilidad de desarrollo intelectual, de relaciones sociales, y de actividad social y política. Proponemos ocho horas de trabajo como límite legal de la jornada de trabajo. Dicho límite está siendo reclamado de manera general por los obreros de los Estados Unidos de América y el apoyo del congreso hará de él un estandarte común de todas las reivindicaciones de la clase obrera en todo el mundo".

Hay que señalar que la reivindicación de las ocho horas no surgía del "deseo" de un jefe o de un partido sino de la realidad del movimiento en su vanguardia. Escribe Marx a Kugelmann con fecha 9 de octubre: "Las reivindicaciones que había redactado yo para Ginebra, han sido planteadas allí [en EEUU, ndr] por el seguro instinto de los obreros". Después de un año del final de la Guerra de Secesión, el proletariado americano se había planteado inmediatamente objetivos clasistas definidos en agosto de 1866 en Baltimore con la fundación del National Labor Union, que inmediatamente constituyó su programa precisamente sobre la conquista de la jornada laboral de ocho horas. El Congreso de Baltimore y el de Ginebra se plantearon pues al mismo tiempo los mismos objetivos.

El informe del Consejo General hacía también especial hincapie sobre el trabajo infantil y femenino, proponiendo que la Asociación se marcase el objetivo de obtener leyes claramente restrictivas sobre el horario de trabajo de los niños y al mismo tiempo invitaba a sus adherentes a no permitir que su propia prole fuese empleada en trabajos nocivos y contraproducentes respecto a su crecimiento de manera sana y educada. En el Congreso fueron aceptados los puntos del informe que hablaban del trabajo cooperativo y los ejércitos permanentes de las naciones. Sobre este último punto Marx decía: "Proponemos el armamento universal del pueblo y su completa instrucción en el uso de las armas". En el informe se incluía la gran victoria que había obtenido la Asociación con las Trade Unions, las cuales, en el Congreso de Sheffield dos meses antes, habían decidido unirse a la causa de la Asociación para la emancipación general de los trabajadores.

Dos puntos del informe no fueron aceptados: el de la cuestión polaca, a favor de una reconstrucción de Polonia sobre una base democrática, preparada para actuar como soporte proletario a la vanguardia revolucionaria en la Rusia zarista; y el otro el de la abolición de los impuestos indirectos, propuesto por Marx ya que, según él, "el método de los impuestos indirectos oculta al contribuyente lo que él paga al Estado, mientras que las tasas directas no permiten esa simulación".
 

2. Resurge el proudhonismo

Pero el Congreso de Ginebra hay que recordarlo también por las polémicas que los proudhonianos franceses tuvieron contra el informe de Marx y contra algunos fundamentos de los Estatutos de la Asociación. La inconsistencia de las tesis pequeño burguesas de Proudhon y de los suyos ya había sido demostrada por Marx en el pasado con su escrito Miseria de la Filosofía y otros trabajos, pero la polémica con ellos no había terminado y será casi una constante en la vida de la Asociación. De esta manera, resucitando viejas pero todavía vigentes objeciones, los proudhonianos presentes en el Congreso criticaron el planteamiento de Marx sobre la futura sociedad comunista, rechazando su previsión de la distribución social de los productos y la abolición de toda forma de mercancía. Activos como siempre, afirmaron en el Congreso que el choque dialéctico entre siervo-patrón, o mejor dicho entre proletario-burgués, no se debía a otra cosa que a una injusticia de principio: se trataba ahora de "restablecer la justicia violada". La injusticia estaría en el hecho de que la prestación que hace el trabajador de su propia fuerza-trabajo no se ve enteramente recompensada por el burgués.

Los proudhonianos decían a los burgueses: "Se os ha hecho un servicio por el que vuestros conciudadanos os piden contrapartidas; y en nombre de la solidaridad, de la reciprocidad entre todos, os ordenan que cumplais vuestros deberes lo mismo que habeis disfrutado de vuestros derechos; o practicais el intecambio entre equivalentes, o sereis excluidos de la colectividad" (Memoria de los delegados franceses al Congreso de Ginebra). En la sociedad idealizada de los proudhonianos todos intercambiarían sus productos a placer, todos tendrían el mismo salario, todos serían pequeños burgueses propietarios de dinero. Afirmaban: "Lo que queremos es la libertad de organizar el intercambio entre productores, servicio por servicio, trabajo por trabajo, crédito por crédito. En toda especulación comercial, una de las partes pierde lo que el otro gana: es el estado de guerra. Nuestra tarea es la de organizar la paz en la industria con la supresión gradual de los riesgos del comercio, con la cooperación que, basada sobre la reciprocidad y la justicia, no puede admitir, entre las partes, nada más que un mutuo intercambio de servicios equivalentes". Como puede verse, esto no tiene nada que ver con las tesis comunistas que propugnan una sociedad basada en la abolición del intercambio entre equivalentes, y que sustituirían por miseras utopías, que de llevarse a cabo serían reaccionarias, típicas de la mentalidad pequeño-burguesa.

Los proudhonianos atacaron después en el Congreso la fórmula comunista "de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad". Frente a esto las tesis francesas, mientras por una parte apoyaban vulgarmente el papel casi divino del Estado, por el otro criticaban asperamente el centralismo de la Asociación propugnando por el contrario una cooperación que no preveía jerarquías y jefes, y que era en realidad "el poder, la facultad que tiene cada uno de disfrutar de las fuerzas económicas".

Todavía peores eran las tesis, claramente enigmáticas, respecto a la inutilidad de las huelgas obreras, lo cual hacía presagiar ulteriores involuciones.

Los proudhonianos, mediante Tolain, querían colar una resolución abiertamente instrumental según la cual "sólo los obreros podían representar a los obreros". La propuesta fue rechazada afortunadamente, merced a la intervención de algunos delegados que subrayaron el hecho de que la Asociación debía su propia fundación también y sobre todo a ciudadanos burgueses que habían abrazado la causa proletaria.

Acerca de la oposición proudhoniana incluimos un comentario de Marx en una carta a Kugelman con fecha 9 de octubre de 1866: "hablan sobre la ciencia y no saben nada; desdeñan toda acción revolucionaria, es decir, que surge de la lucha de clases misma, todo movimiento social concentrado, e igualmente realizable por medios políticos (como por ejemplo, la disminución legal de la jornada de trabajo); y esto bajo el pretexto de libertad, de antigubernamentalismo o de individualismo antiautoritario. ¡Estos señores que desde hace dieciseis años soportan y han soportado con tanta tranquilidad el más miserable despotismo, predican en realidad una vulgar economía burguesa, contentándose con idealizarla a lo Proudhon! Proudhon ha hecho un mal enorme. Su apariencia de crítico y su apariencia de opositor a los utopistas (él mismo no es más que un utopista pequeño burgués, mientras que en las utopías de un Fourier, de un Owen, etc, se encuentra el presentimiento y la expresión fantástica de un mundo nuevo), enseguida sedujeron y corrompieron a la "jeneusse brillante", a los estudiantes, después a los obreros, sobre todo a los parisinos que, en su calidad de obreros de lujo, permanecen, sin saberlo, fuertemente ligados a todas las antiguallas. Ignorantes, vanidosos, arrogantes, charlatanes, enfáticos, engreídos, estaban allí para echar todo a perder, pues en el congreso había un número de ellos que no corresponde, de ninguna manera, con el de sus adherentes".
 

3. Una fuerza proletaria mundial

La Asociación atraía la atención de toda Europa. El mismo Congreso de Ginebra había suscitado un amplio eco incluso en la prensa burguesa. ¡Una nueva potencia era reconocida: la organización proletaria mundial! El crecimiento de la Asociación en 1867 estuvo en estrecha relación con el reforzamiento de las luchas internacionales del proletariado.

Pese a que no fueron votadas en el Congreso, las tesis de Marx sobre la cuestión polaca tuvieron un gran éxito el 22 de enero de 1867, en un acto que celebraba el 4º aniversario de la insurrección polaca. En su informe Marx hacía comprensible a todo el mundo su propia posición respecto a Rusia, diciendo que representaba el principal elemento reaccionario de Europa. Por una parte Marx advertía que la abolición de la servidumbre de la gleba, acaecida en 1861, no era, como podría pensarse, un factor que de por sí pudiese llevar a Rusia dentro del grupo de las naciones capitalistas más evolucionadas, ya que por el contrario lo que hacía era dar una mayor centralización del poder zarista contra la nobleza.

Marx indicaba al auditorio que Rusia había llevado a cabo una política ofensiva en Asia (guerras en el Caúcaso y en el Mar Negro) y ahora se planteaba como nuevas metas las regiones de Europa oriental. Rusia era pues un país, según el análisis de Marx, que aspiraba a la conquista de amplios territorios y que además había desempeñado siempre, tanto en las revoluciones de 1830 como en las de 1848, el papel de gendarme europeo. En febrero de 1848, por ejemplo, Rusia, al sofocar la revolución en Hungría amenazando con su represión sobre las revoluciones de Austria y Prusia, había recibido aplausos y consensos por parte de las burguesías occidentales. Constataba Marx: "Todas las bolsas de Europa subieron con las victorias sobre los magiares, y perdieron con cada derrota rusa".

Marx veía en Polonia el único Estado en grado de oponerse a la autocracia zarista y por lo tanto invitaba al proletariado occidental a apoyar con todas sus fuerzas la lucha de independencia polaca. Así concluía su discurso en la Asociación polaca de Londres: "Polonia es el gran instrumento para la ejecución de los proyectos mundiales de Rusia, pero también su mayor obstáculo, hasta que los polacos, cansados de las continuas traiciones de Europa, se conviertan en un látigo en manos de los moscovitas". Añadiendo: "Sólo hay una alternativa en Europa. La barbarie asiática contra la dirección moscovita caerá sobre su cabeza como una avalancha, levantando a Polonia, y sitiando entre ella y Asia a 20 millones de heroes y tomando aliento para completar su regeneración social".

El importante papel que comenzaba a asumir el proletariado alemán se pudo constatar de la siguiente afirmación de Marx hecha a su hija Laura en una carta del 13 de mayo de 1867: "La clase obrera de las mayores ciudades alemanas empieza a asumir una actitud más amenazadora y resuelta. ¡Un buen día se organizará algo gordo!". El temor de Marx y Engels es que el movimiento revolucionario o la futura guerra de Prusia contra Francia estallasen demasiado pronto, sin dar tiempo a la Asociación a madurar políticamente: "Por lo que respecta a la guerra, estoy completamente de acuerdo contigo. Ahora sólo tendría afectos dañinos. Retrasarla, aunque sólo fuese un año, sería para nosotros un tesoro" (Marx a Engels, 7 de mayo de 1867).

En Inglaterra la Asociación ya se había convertido en una potencia, merced al prestigio que había obtenido con sus intervenciones en las luchas obreras. Una tentativa patronal de reducir un 5% los salarios, encontró la respuesta de los obreros de algunas fábricas reclamando y consiguiendo la reducción de sus horarios. La Asociación intervino en apoyo de la huelga de los cesteros de Londres, en octubre de 1866, consiguiendo el bloqueo de la contratación de esquiroles del extranjero, cosa practicada en otras ocasiones por la burguesía. La Asociación se opuso resueltamente también ante el ataque perpetrado por la Real Comisión a las Trade Unions, a las que se quería ilegalizar alegando algunos actos de violencia. La respuesta del Consejo fue magnífica, mediante reuniones en las principales ciudades y convocando una conferencia nacional. Por lo demás la atención del proletariado británico se dirigía hacia la Reform League. Pero el Consejo deberá informar al Congreso de Lausana, en 1867, que "resulta imposible para el Consejo General reclamar la atención de los obreros sobre las cuestiones sociales, ya que ellos sólo ven la solución de las mismas en un futuro muy lejano".

También en Francia el prestigio de la Asociación crecía cada día. Cuando en febrero de 1867 explotó en París la huelga de los trabajadores del bronce el Consejo General intervino directamente mediante colectas y además convenció a las Trade Unions para que apoyasen financieramente al proletariado parisino. Debido a esta acción y a su consiguiente éxito, la Asociación vio cómo crecía el número de adherentes en muchas ciudades de Francia. En Neville-sur-Saône se fundó una cooperativa obrera, en Caen los obreros consiguieron la disminución de la jornada de trabajo sin reducción de salarios, en Fuveau muchos mineros se adhirieron a la Asociación por la confianza que ésta se había ganado apoyando sus luchas.

También surgiría más tarde una sección en los Estados Unidos, recién salidos de la Guerra de Secesión, y a pesar de las obvias dificultades de comunicación. El National Labor Union, nacido en agosto de 1866, con el objetivo inmediato de las 8 horas, se adhirió a la Asociación. Se adhirió también uno de los sindicatos americanos más importantes, la Unión nacional de fundidores de hierro, sindicato que contaba con militantes en Canadá en la Columbia británica, a lo que había que añadir el Club Comunista de New York.

En Suiza se habían constituido veintiuna secciones. También en Bélgica la situación se había vuelto más favorable gracias a la decidida intervención del Consejo en la revuelta de Manchiennes, donde fue reprimida por el ejército una huelga minera. La intervención de la Asociación fue providencial en el auxilio a las viudas de los muertos y a los heridos. En un comunicado el Consejo afirmaba: "En el momento presente, en todos los países civilizados la clase obrera está resurgiendo con fuerza, y particularmente allí donde, como en América e Inglaterra, la industria está más avanzada, la organización de la clase obrera es más compacta y la lucha contra la burguesía más vehemente".

Por el contrario resultaba más difícil la consolidación de la Asociación en naciones como España e Italia, si bien en esta última comenzaron a formarse secciones en las principales ciudades como Nápoles, Génova, Milán y Bolonia. En estas dos naciones la falta de un proletariado maduro, encuadraba a los militantes revolucionarios dentro de vagas fórmulas entre el democratismo y el extremismo que tendrían su fusión en la ideología anarquista.
 

4. El Congreso de Lausana

El segundo Congreso de la Asociación tuvo lugar en Lausana del 2 al 8 de septiembre de 1867. Al mismo tiempo se celebraba en Ginebra el Congreso de la Liga por la Paz y la Libertad, de cariz democrático, en la que militaban hombres como Giuseppe Garibaldi, Victor Hugo y John Stuart Mill. Ante la tentativa de algunos militantes de la Asociación de formar un "frente" común con la Liga, Marx consiguió que se aprobase una moción por la que no podía existir ninguna participación a nivel oficial.

El informe del Consejo General a Lausana ponía en claro dos puntos primordiales: 1. la Asociación vivía con grandes apuros económicos; 2. la represión del gobierno francés contra el proletariado hacía muy difíciles los contactos del Consejo con la sección francesa. El Consejo no obstante podía alegrarse de los progresos numéricos y políticos obtenidos en el último año y de las intervenciones en las luchas de clase victoriosas del proletariado europeo. Además el Congreso tuvo que resolver algunos problemas prácticos de organización.

Lo que hubo que destacar en este segundo congreso de la Asociación, era la creciente influencia de las tesis proudhonianas, sobre todo entre los delegados franceses. Mientras que el Congreso precedente vio aceptadas espontáneamente las propuestas de Marx, en Lausana el Congreso aprobó muchas tesis basadas en concepto de Proudhon. En el Congreso de Bruselas, en 1868, estas doctrinas serían declaradas erróneas siendo rechazadas por ello.

En el Congreso de Lausana el proudhoniano Cesar de Paepe, por ejemplo, defendía a ultranza el objetivo, para él fundamental, de la transformación de los bancos nacionales en bancos de crédito gratuito, lo cual traería consigo la sociedad comunista. Los proudhonianos exponían en sus informes miserias pequeño burguesas planteadas de tal forma que parecían riquezas revolucionarias. Palabras tales como "libertad" y "justicia" eran repetidas continuamente sin comprender que estos "valores" pertenecían a la clase burguesa y no a la proletaria.

Respecto al Congreso de Ginebra, en Lausana los proudhonianos encontraron un terreno más proprenso a acoger su ideal pequeño burgués de sociedad futura, y volvieron a proponer al auditorio las famosas fórmulas según las cuales el problema de la sociedad capitalista habría sido fundamentalmente el basarse en un "reparto injusto de la riqueza", injusticia que debería resolverse dentro de esa misma sociedad. De esta forma los proudhonianos reafirmaban su utopía de un socialismo en el que subsistiese el intercambio de mercancías, o de un capitalismo que convirtiese a cada miembro de la sociedad en un pequeño burgués como los demás.

El francés Chemale exclamaba en el Congreso: "el producto se intercambia con un producto de valor análogo, todo lo demás es chanchullo, fraude, robo". Para los proudhonianos el verdadero problema era el intercambio desigual respecto a los valores de las mercancías. Para Marx por el contrario (cosa que demostrará fehacientemente en El Capital) la desigualdad social en el mundo capitalista se basa precisamente en el intercambio "honesto", de equivalentes; tras la "justicia" y la "libertad" del intercambio se ocultaba la opresión real de clase. Para los proudhonianos el problema social se encontraría en el hecho de que al obrero no se le paga por su justo valor, pero Marx en la Miseria de la Filosofía había enunciado que el valor justo del producto corresponde al tiempo de trabajo necesario para producirlo y que por consiguiente el "valor justo del obrero", que es una mercancía como cualquier otra en esta asquerosa sociedad, corresponde al tiempo de trabajo necesario para producir lo que necesita para su propia supervivencia y la de su familia.

El delegado Vasseur enunció más tarde sus tesis respecto al Estado, las cuales se alejaban totalmente de las del comunismo revolucionario. Vasseur afirmaba en su intervención que el Estado es un ente autónomo, independiente de las relaciones sociales existentes, fruto de un pacto social entre los ciudadanos que expresaban en él su propia voluntad. Esto para los marxistas es una herejía ya que significa retroceder a las tesis del siglo XVIII negando la verdad revolucionaria según la cual el Estado representa el comité de negocios de la burguesía y está determinado en consecuencia por esta última. El proudhoniano Vasseur terminaba afirmando que la cuestión del Estado "injusto" era resoluble mediante la reformulación ex novo del "sentido de justicia" y un gran empeño colectivo "auténtico y recíproco".

Otras tesis proudhonianas que se escucharon en el Congreso se referían a la necesidad de las cooperativas, la petición del monopolio económico del Estado, la búsqueda de "un reparto equitativo del trabajo y del beneficio". Todas estas formulaciones siempre han sido recogidas y ampliamente difundidas en todas las oleadas degenerativas del movimiento obrero: el lenguaje del oportunismo, que pretende ser siempre "nuevo" es siempre el mismo.

El Congreso pese a todo declaró lo siguiente: "En la situación presente de la industria, que es de guerra, hay que prestarse ayuda mutua en la defensa del salario; pero es nuestro deber proclamar que hay un fin todavía más elevado que perseguir: la supresión del salario". Además el Congreso indicaba que la difusión de la pequeña burguesía es un fenómeno inédito que merecía ser estudiado profundamente. También se reconocía que la introducción de las máquinas en la industria suponía un indispensable y necesario progreso de la sociedad, pese a que esto significase al mismo tiempo el fin de toda libertad del hombre en el mundo laboral y empujase al obrero a la más completa alienación.
 

5. El Capital para la clase obrera

Inmediatamente después del Congreso de Lausana Marx consiguió finalmente llevar a la imprenta la obra por la que había sacrificado gran parte de su vida privada y familiar. Se trataba de un personal atto d’amore por la clase obrera, resultado de la pasión y de las noches insomnes de Karl Marx, un incandescente material, energía que surgía del subsuelo social, la inolvidable Biblia de una nueva Revolución, palabras que debían ser escritas, ciclópeo monolito que a mediados del siglo XIX anunciaba a amigos y enemigos la necesidad de una liberación de formas nuevas. Es por tanto un texto de clase, y de partido, con un subtítulo muy claro: Crítica de la economía política. El 17 de abril de 1867 Marx escribía a Johann Philipp Becker, compañero de la sección de Ginebra, respecto a El Capital: "Se trata ciertamente del proyecto más tremendo que nunca se haya arrojado a la cabeza de los burgueses (incluidos los terratenientes)". Engels, en uno de sus comentarios sobre El Capital escribía: "Puede darse por cierto que todas las fracciones del partido saludarán este libro como su Biblia teórica, como el arsenal del que extraer sus argumentos más esenciales".

El Capital tuvo un enorme prestigio porque, por un lado, transportaba definitivamente la ideología comunista dentro de los límites del conocimiento científico, y por otro, aparecía en el preciso momento en que la economía burguesa entraba en su irreversible crisis. El capitalismo de la época cedía a sus ilusiones positivistas: los problemas y los contrastes sociales desmentían una y otra vez la palabrería burguesa acerca de una sociedad futura en la que todos los problemas se resolverían pacíficamente. Marx señalaba a David Ricardo como al último gran economista de la burguesía, el último que puso su economía política sobre bases científicas. Ir más allá de los resultados obtenidos por Ricardo equivalía a reconocer no sólo la incapacidad teórica de la burguesía, sino sobre todo a reconocer en la sociedad presente las bases para su destrucción y las premisas para una nueva sociedad. La cruda realidad del proceso evolutivo conducía a la sociedad burguesa hacia su última fase, la fase senil del imperialismo.

Ricardo había muerto en 1823, casi cincuenta años antes de la publicación de El Capital. A partir de ese año la economía política burguesa navegaba a la deriva, fingiendo o ilusionandose con el descubrimiento de nuevos antídotos para los males de su sociedad, extasiandose por descubrimientos que o bien eran falsos o bien ya habían sido publicados ocn anterioridad, incluso siglos antes. En una nota de El Capital Marx explica: "Como economía clásica entiendo toda la economía que, a partir de W.Petty, indaga el nexo interno de las relaciones de producción burguesas, en contraste con la economía vulgar que divaga dentro de los límites del nexo aparente, remastica siempre de nuevo el material suministrado desde hace ya tiempo por la economía científica para hacer más comprensibles los fenómenos más evidentes y satisfacer lo que cotidianamente necesitan los burgueses; pero, por lo demás, se limita a dar forma pedante y sistemática a las banales y complacidas concepciones de los agentes de la producción burguesa sobre su propio mundo, el mejor de los mundos posibles, proclamandolas verdades eternas".

Esta economía política que, temerosa de sus posibles y dialécticas conclusiones, se había apartado del mundo científico prefiriendo acurrucarse tras el idealismo prehegeliano, sólo podía esperar que algo o alguien la liquidase completamente a nivel teórico. Ese algo fue El Capital de Marx. Y esta obra debía su importancia al hecho de que, más allá de demostrar la estructura caduca y transeunte de esta sociedad y su futuro hundimiento, fundaba su crítica entre los grandes pensadores de la economía burguesa: de esta forma Marx releyó a Smith y Ricardo, mientras que despreció arrojando la verdad social sobre la cara de economistas vulgares como John Stuart Mill, Malthus o Bastiat.

Marx era consciente de la necesidad fundamental de El Capital para la causa de la emancipación del proletariado. La importancia, la necesidad de una sólida teoría es la condición para que el partido crezca, se refuerce y pueda guiar sin titubeos a la clase proletaria. Marx el 23 de agosto de 1866 explicaba a Kugelmann las razones de su no asitencia al Congreso de Ginebra: "Si bien he dedicado mucho tiempo a los trabajos preparatorios del Congreso de Ginebra, no puedo ir a él, ni quiero, ya que no es posible que interrumpa mi trabajo lo más mínimo. Creo que es mucho más importante para la clase obrera lo que hago con este trabajo que todo lo que pudiera hacer personalmente en cualquier congreso".

Una estrecha relación ligaba la publicación de El Capital y los hechos de la Asociación. Al publicarse en alemán, su primera difusión tuvo lugar en Prusia y en los distintos estadillos en los que por entonces estaba dividida Alemania. El éxito fue el que Marx esperaba: la parte más avanzada de la burguesía alemana al tenerlo en sus manos comprendió la magnitud de esa obra y su finalidad. Pero lo que asombra a la actual "civilización del spot" es la difusión que tuvo el libro entre la clase proletaria: esa clase, hoy descerebrada por dosis masivas de cultura burguesa y considerada inculta y presa fácil de las modas, se dedicó al estudio y comprendió el arduo contenido – mortal para sus enemigos – de El Capital. Seis años después, en 1873, al publicarse la segunda edición, Marx constataba en el post scriptum: "La comprensión que El Capital ha encontrado rápidamente en un amplio círculo de la clase obrera alemana es la mejos recompensa a mi trabajo. Un hombre que a nivel económico expresa el punto de vista de la burguesía, el señor Mayer, fabricante vienés, ha señalado correctamente, en un opúsculo publicado durante la guerra franco-prusiana, que la gran sensibilidad teórica, que se considera ya patrimonio alemán, ha sido completamente abandonada por las así llamadas clases cultas de Alemania, y por el contrario se reaviva en su clase obrera".

Hay que reconocer a la clase obrera de hace un siglo, pese a su inmadurez y también a sus graves errores de perspectiva y de método, un arrojo juvenil hacia la lucha más decidida y una disponibilidad sincera para estudiar y conocer el mundo y sus propios destinos. Fuerzas frescas, limpieza de lenguaje y rectitud de procederes que está en la otra punta de la actual carroña política "obrera" y del sindicalismo burgués, retorcidos, indescifrables, viles.

Habrá que esperar a 1875 para ver una edición francesa de El Capital (será una edición traducida magistralmente desde el punto de vista científico), mientras que la edición inglesa, que Marx esperaba de manera particular, verá la luz en 1886. Por eso la clase obrera inglesa tuvo que esperar veinte años para poder estudiarlo, diez años después del fin de la Asociación. Por el contrario la primera traducción se hizo en ruso, preparada por Nikolai Franchevic Danielson en 1872. La primera edición alemana se difundirá en el Reino Unido, al igual que sucedería en los Estados Unidos y en Rusia, exclusivamente entre los socialistas más avanzados que habían hecho del alemán su propio esperanto.
 

6. Crisis económica y respuesta obrera

La Inglaterra de 1868 no había salido aún de una grave crisis económica: ese año su incremento productivo fue del 3,2%, cifra que no puede considerarse como recuperación dado que el añó precedente fue del 3,1 por ciento. Francia, que se verá todavía más sacudida por la crisis, presentaba en 1868 un 3,8%, que siguió un incremento nulo de la producción el año precedente. Alemania caerá un 6,7%, y la recesión durará hasta 1871. Sólo los Estados Unidos obtendrán beneficios, dado su joven capitalismo, con un crecimiento del 20% anual (veasé Il Corso...).

En un fragmento de una historia de la Asociación redactado por Wilhelm Eichoff en el verano de 1868, con el apoyo teórico de Marx, este periodo es analizado magistralmente: "Los años 1866-1868, tanto en Inglaterra como en el continente, fueron especialmente ricos en huelgas y cierres de fábricas por parte de los capitalistas. La causa general de esto fue la crisis de 1866 y sus consecuencias. La crisis había paralizado la especulación, grandes empresas cerraron y muchos de los mismos empresarios, no pudiendo hace frente a las exigencias financieras de la época, cuyas oleadas especulativas eran altísimas, se declararon en bancarrota. Se alcanzó un vértice de paralización extrema de todas las operaciones comerciales, superada solamente gracias a la extraordinaria abundancia de oro en los bancos de Inglaterra y Francia, oro acumulado en los bancos ya que no había podido usarse en objetivos comerciales. Consecuencia de esto fue una paralización general del comercio, acompañado por una caida general de los precios. Solamente los productos alimenticios aumentaron sus precios, y en particular el producto de primera necesidad del obrero, el pan, como consecuencia de las malas cosechas de 1866 y 1867. Y precisamente mientras se manifestaban estos encarecimentos, sobreviene la presión de la crisis general, que incide sobre el obrero haciendo disminuir el arco temporal de su ocupación y haciendo bajar su salario por parte del empresario. Esto traería consigo múltiples interrupciones del trabajo y el cierre de fábricas. Hay que añadir que en los últimos tiempos se habían decretado en Francia y en los otros Estados continentales las leyes contra las coaliciones obreras. Está fuera de toda duda que las resoluciones aprobadas por los congresos obreros de Ginebra y de Lausana ejercieron un influjo moral, incrementado por la confianza que ejercía la Asociación entre los obreros, que veían en ella una retaguardia eficaz" (La Asociación Internacional de los Obreros. Su fundación, organización, actividad político-social y difusión).

El periodo sucesivo al Congreso de Lausana vio planteada en Inglaterra la cuestión irlandesa a la orden del día. El 18 de septiembre de 1867 un grupo de independentistas asaltó un coche celular liberando a dos jefes fenianos. En el incidente murió un policía. La reacción de la burguesía inglesa fue de manual: montó un proceso a medida a cinco fenianos, construido con pruebas falsas. La Asociación intervino en apoyo de los fenianos y contra la represión policial mediante declaraciones oficiales y manifestaciones. Del apoyo dado por los proletarios ingleses a las reivindicaciones irlandesas Marx y Engels podían darse por satisfechos, no tanto por la simpatía hacia la causa feniana, no proletaria sino democrática y republicana, sino por lo que esta orientación anti-nacional significaba realmente para el movimiento obrero inglés. Engels escribía a Kugelmann con fecha 8 de noviembre de 1867: "Los proletarios de Londres se declaraban cada día más abiertamente a favor de los fenianos, algo inaudito y verdaderamente grandioso, a favor de un movimiento que en primer lugar es violento y después anti-inglés".

En este periodo llegaron a los odios del Consejo General los ataques dirigidos en Alemania al gobierno y a los capitalistas por Wilhelm Liebknecht, elegido en el Parlamento. Sus duras intervenciones provocaron tentativas por parte de los políticos burgueses para silenciar esa voz fastidiosa, Liebknecht encontró un fuerte eco en la opinión pública, sobre todo proletaria. Por ejemplo el 8 de octubre presentó, con el lejano apoyo de Marx, una moción para la creación de una comisión de investigación sobre las condiciones de vida de los obreros. El 17 de octubre pidió al Parlamento la introducción de un ejército nacional en lugar del ejército permanente acusando además a la Confederación prusiana de no ser otra cosa que "la hoja de parra del absolutismo". El 9 de octubre propuso, con el apoyo de Bebel, el mantenimiento y la defensa de las leyes existentes sobre la limitación y el control del trabajo infantil. Liebknecht conseguiría hacerse sitio más tarde entre la opinión pública editando un nuevo periódico que aspiraba a difundir el programa de la Asociación, el "Demokratisches Wochenblatt" (Semanario Democrático). Pero Marx y Engels comprenderán por lo publicado en este periódico que su principal valedor alemán, Liebknecht, estaba asumiendo actitudes de un activismo frenético mediante acuerdos con la pequeña burguesía alemanas con la voluntad de adherir a su movimiento político el mayor número posible de gente, fuese cual fuese su extracción social. Esta línea trazada por Liebknecht se alejará de la línea rigurosa de Marx. Las sanas actitudes comunistas en Alemania aumentaron su influencia en ciudades como Berlín o zonas como Hannover, donde, entre otros, militaba Ludwig Kugelmann, un médico con el que Marx mantuvo una estrecha relación epistolar durante muchos años.

En Alemania flotaba en el aire la proximidad de una nueva guerra, esta vez los pretextos venían de Italia, donde las campañas garibaldinas tendían a la absorción por parte de Italia del Estado Pontificio. Un nuevo y tímido intento de intervención por parte de Napoleón III, obviamente en defensa del Papa, se añadía en el cuadro de una posible alianza en función antiprusiana. El hecho era que, si bien la guerra se podía retrasar algunos años, Europa no superaba la crisis productiva y la saturación de los mercados; por lo tanto una situación que se planteaba como claramente nerviosa para la clase burguesa y sus intereses. A este respecto Liebknecht caerá en los errores de los primeros meses de 1868, considerando preferible, en caso de guerra, una victoria de Austria, juzgada por él como un nuevo baluarte revolucionario.

Escribía Engels a Marx con fecha 5 de noviembre de 1867: "El baile puede estallar cualquier día (...) Si las cosas se hacen en serio, la revolución se encontrará frente a una situación muy distinta a la de 1848. En la Alemania del año pasado ya no es posible la confusión de entonces, e incluso si una súbita revolución armada no tiene muchas posibilidades en Berlín, el choque produciría tales sacudidas que terminarían con la caida del actual régimen. Muy pronto el señor Bismarck ya no sería el dueño de la situación. Y en esta ocasión también Inglaterra se vería arrastrada en la contienda y mientras tanto veremos como se plantea la cuestión social a la orden del día en toda Europa".

En Francia Napoleón III se dedicaba diligentemente a la represión de la sección francesa de la Asociación. En diciembre de 1867 la policía se apoderó de muchas casas de compañeros parisinos. La policía se hizo con numerosos documentos de carácter revolucionario y de modo particular de apoyo a la causa feniana; además secuestró el material que debía servir a los franceses para preparar el orden del día del próximo congreso de la Asociación. La magistratura francesa, apoyándose en todo esto, decretó ilegal la Asociación y sancionó su disolución oficial.

La óptima sección suiza obtuvo grandes adhesiones en 1868 gracias sobre todo al apoyo directo que la Asociación había dado a las luchas del proletariado ginebrino en marzo-abril. En este periodo se pusieron en huelga los obreros de Ginebra pidiendo la reducción de la jornada de trabajo de 12 a 10 horas, junto a un aumento salarial y un salario calculado por horas y no por jornadas. La Asociación intervino principalmente a través de la sección alemana y la sección romance de Ginebra, en medio de imponentes acciones de solidaridad de clase en toda Europa, sobre todo en Alemania. La intervención de la Asociación permitió a los obreros de Ginebra vencer en su lucha obteniendo no solo la jornada de 11 horas sino sobre todo un notable aumento salarial de casi un 10 por ciento.

La Asociación tuvo éxito también en Bélgica gracias a intervenciones similares. En la primavera de 1868 los obreros del distrito minero de Charleroi fueron a la huelga contra la limitación de la producción y la rebaja salarial. Los hechos degeneraron el día 26 de marzo con encuentros sangrientos con la policía con el resultado de muchos heridos y 22 personas arrestadas y procesadas. La sección belga de la Asociación, con el apoyo directo del Consejo General, intervino masivamente en favor de los huelguistas y sobre todo a favor de una excarcelación inmediata de los obreros procesados. El caso Charleroi fue declarado por el Consejo General causa común de toda la Asociación.
 

7. El Congreso de Bruselas

El tercer Congreso de la Asociación tuvo lugar en Bruselas entre el 6 y el 13 de septiembre de 1868. Participaron en él cerca de 100 delegados provenientes de Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica, Suiza, Italia y España. El Congreso fue importante sobre todo porque prevalecieron las tesis marxistas sobre las demás corrientes, de modo particular las proudhonianas. El Consejo general había conquistado el último año un enorme prestigio entre los obreros europeos por su coherente y determinado comportamiento en diversas situaciones y en particular Marx era considerado en el Congreso el jefe teórico de los obreros de todo el mundo, gracias a la gran resonancia obtenida tras la publicación de El Capital.

El mes precedente al Congreso de Bruselas, la Asamblea General de los Obreros Alemanes (lassalleana), había propuesto un programa que se alejaba cada vez más del de Schweitzer, partidario de Lassalle, y que se acercaba al marxismo. La Asamblea había reconocido que la libertad política era el presupuesto para las victorias en el campo social (tesis enunciada tres años antes por Engels en La Cuestión Militar Prusiana), reconocía también que El Capital de Marx había ofrecido un servicio inestimable a la clase proletaria, y comenzaba a plantearse acciones comunes a nivel internacional (si bien el lassalleano in pectore Schweitzer consiguió evitar la adhesión a la Internacional), y a plantearse la tarea de la construcción de los sindicatos (si bien también este resultado fue impedido por Schweitzer). La Liga de las Asociaciones Obreras Alemanas, fundada entre otros por Liebknecht y Bebel, se adhirió en su Congreso de Nuremberg a la Asociación y además se separó definitivamente de las influencias de la burguesía liberal en su seno.

El 28 de junio precedente marx había presentado al Consejo central un informe titulado Consecuencias del uso de las máquinas por parte de los capitalistas con el objetivo de que el Congreso de Bruselas afrontase el argumento, tratado en El Capital, estrictamente teórico, con miras a la difusión de la economía política en el partido del proletariado. Las tesis del informe se convirtieron en las tesis del Congreso, que acordó los puntos siguientes: 1. la introducción de las máquinas no había determinado, como afirmaban muchos burgueses, la limitación de la jornada de trabajo, sino un aumento sustancial que iba de las 10 horas a finales del siglo XVIII a las 16-18 horas de entonces; 2. había obligado a mujeres y niños a trabajos inhumanos dentro de las fábricas; 3. había provocado una proletarización cada vez mayor entre la población, transformando por ejemplo a los trabajadores del campo, propietarios de sus instrumentos de trabajo, en obreros fabriles sin propiedad alguna; 4. había causado una centralización de poder del capitalista sobre los proletarios y una mayor capacidad de control policial sobre ellos; 5. había causado la muerte en accidente laboral de muchos obreros; 6. y finalmente la introducción de las máquinas no había significado para nada una disminución progresiva de la miseria, sino un aumento de ella y de desempleo.

El 4 de agosto, Marx añadía a estas tesis la siguiente conclusión, que se convertirá en resolución en el Congreso de Bruselas: "El uso de las máquinas se ha demostrado por un lado un instrumento de los más potentes del despotismo y de la explotación en manos de los capitalistas; por otro lado, el desarrollo de la mecanización crea las condiciones materiales necesarias para la supresión del trabajo asalariado mediante un efectivo sistema social de producción".

Con otra propuesta de Marx, el Congreso de Bruselas afrontó muy bien la cuestión de la reducción de la jornada de trabajo, afirmando que este punto del programa, ya votado en Ginebra dos años antes, debía obtener un efecto práctico. El informe de Marx resolvía hábilmente los defectos pequeño burgueses de los proudhonianos a este respecto, afirmando que esta reivindicación no crearía ningún problema al obrero y a su salario, ni determinaría forzosamente el aumento de precios de los bienes de primera necesidad, ya que más bien provocaría una mayor investigación por parte de los capitalistas para perfeccionar las máquinas; además crearía las condiciones indispensables para el armamento moral de la clase obrera.

Marx comprendió que el mejor método para combatir las vacias tesis de los partidarios de Proudhon era desenmascarar sus utópicas idealidades sobre la sociedad futura, planteando al Congreso una serie de resoluciones respecto al programa práctico de la sociedad comunista. Así fueron aprobadas resoluciones importantes según las cuales todo lo que en el momento presente era de los capitalistas y de los propietarios agrarios, en la futura sociedad se convertiría en propiedad común de los trabajadores.

Dando un gran apoyo a las tesis marxistas, el compañero Moses Hess codenaba más tarde en un informe la utópica teoría proudhoniana del crédito gratuito y del banco de intercambio, invitando a los compañeros de las secciones locales a estudiar la Miseria de la Filosofía de Marx, texto que confutaba precisamente estas tesis. Los delegados alemanes propusieron y obtuvieron dar a El Capital de Marx un justo reconocimiento por parte de toda la Asociación. Su resolución era la siguiente: "Nosotros delegados alemanes al Congreso internacional de los obreros recomendamos a los hombres de todas las naciones la obra de Marx El Capital y les pedimos que hagan todo lo posible para que esta obra importante sea traducida a las lenguas en las que todavía no se ha hecho, y declaramos que Karl Marx tiene el mérito inestimable de ser el primer economista que ha analizado científicamente el capital reduciendolo a sus elementos primordiales". Los delegados alemanes añadían: "Es la mejor contribución científica a favor del proletariado que haya producido la escuela alemana hasta hoy".

En el informe del Consejo central a Bruselas, recorriendo después el desarrollo de las diversas secciones, se trataba también de la actividad allende el océano del proletariado estadounidense, descubriendo como deficiencia suya la falta de vínculos con el proletariado europeo. El informe final, redactado por Marx, afirmaba: "Solamente una unidad internacional puede asegurar a la clase obrera su victoria definitiva. Esta fue la necesidad que provocó el nacimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores. No fue el producto de una secta o de una teoría: fue el producto natural del movimiento proletario, resultado él mismo de las tendencias normales y no reprimibles de la sociedad moderna. Penetrada profundamente por la magnitud de su propia misión, la Asociación Internacional de los Obreros no se dejará intimidar ni desviar. Su destino está ya trazado inseparablemente con el progreso histórico de la clase que alberga en su regazo la regeneración de la humanidad".

De todo esto se puede comprender bien el papel central que no sólo Marx sino, ya se puede decir, el marxismo se había ganado, pese a las oposiciones dentro de la Asociación. El Congreso de Bruselas de 1868 puede leerse como la clara demostración de que en el marxismo se entrelazan tanto el plano teórico como el político militante.
 

8. La candente cuestión de las huelgas

La resolución fundamental del Congreso se refería a la legitimidad y la importancia de las huelgas. La resolución silenció definitivamente a los proudhonianos imponiendo como cuestión de principio la de las sociedades de resistencia en las luchas proletarias. En el orden del día del Congreso estaba la cuestión de la huelga, su importancia y la posición que la Asociación debía asumir respecto a ella. Sobre este tema hubo un choque entre diversas secciones: por un lado los que, como los marxistas, declaraban la huelga como algo esencial para alcanzar la emancipación final del proletariado; por otra los proudhonianos que afirmaban la inutilidad de las huelgas, considerando dañinas sus consecuencias para los proletarios.

Digamos, en defensa de los adversarios de entonces, que los proudhonianos mantenían sus propias leyes antihuelga no como fruto de ese torcido oportunismo senil que ostentan hoy, en el año 2000, los sindicatos del régimen y los falsos comunistas bien pagados. En la época las tesis proudhonianas estaban originadas por una visión distinta, más ingenua que oportunista, de la sociedad futura y de los medios para alcanzarla. Esas tesis eran fruto de una utopía: creer que se podía alcanzar el socialismo no a través de elevar las luchas de clase sobre el terreno de la política y del poder, sino a través de la extensión progresiva de las cooperativas y de diversas formas de asociacionismo; la difusión capilar de estas creaciones económicas superaría después, probablemente de modo pacífico, y de manera gradual los límites de la sociedad burguesa.

Nosotros marxistas por el contrario consideramos desde siempre como una peligrosa ilusión, a menudo alimentada por la misma burguesía, creer que las asociaciones obreras nunca puedan arañar las relaciones capitalistas, así como consideramos utópica la sociedad futura diseñada por Proudhon. Económicamente la manera de "superar" el capitalismo es a través del propio capitalismo, o mejor dicho mediante las cooperativas obreras; las premisas materiales del comunismo están contenidas en el más puro y absoluto capitalismo. El comunismo no se construye, se libera. No se trata de alimentarlo o de que crezca a fuerza de pequñas buenas acciones, sino de destrozar las cadenas que lo sujetan.

El choque sobre la cuestión de las huelgas en el Congreso fue importantísimo para el futuro de la Asociación. La sección de Lieja presentó un Informe sobre este respecto que defendía firmemente la tesis proudhoniana de la inutilidad de las huelgas. El informe afirmaba que la huelga era ante todo contraproducente para el obrero, un poco parecido a lo que había dicho el señor John Weston un tiempo atrás, y que además era ruinoso para la creación de una sociedad futura más justa y equitativa. La fórmula usada por el informe era: "El único medio para suprimir la huelga es llegar a un estado social basado en la justicia, en el cual la mutualidad tomará el lugar del antagonismo". El Informe explicaba más tarde, de manera pseudocientífica, que a lo que el obrero debía en realidad aspirar era el fin de la "justicia" y al "cese de todo antagonismo" mediante el desarrollo del "sentido de mutualidad" en el obrero. Alcanzado esto, según los proudhonianos, la huelga no tendría utilidad ninguna y sería un arma dañosa para los mismos proletarios más que para la clase adversaria.

El informe proseguía: "Los obreros deben unirse, asociarse y sustituir las fábricas en las que cien individuos son explotados por uno, por otras fábricas en las que cien asociados se apoyan mutuamente y reparten entre ellos los beneficios así realizados. Las fábricas así constituidas deben, según los principios de solidaridad, garantizar la reciprocidad del intercambio y la gratuidad del crédito". En lugar del hecho revolucionario político los proudhonianos de Lieja colocaban delante la construcción pedazo a pedazo de diversas cooperativas de obreros que solamente habrían podido alcanzar una nueva forma de capitalismo, y nada inédita para nosotros del siglo XXI.

Junto al informe de la sección de Lieja, la línea de los proudhonianos contra el uso de la huelga estaba representada por el Informe presentado al Congreso por la sección de Rouen. En la cabeza de este informe se afirmaba que la emancipación del proletariado llegará sólo cuando se llegue a la "determinación relativa del valor de los productos", fórmula vaga pero que no esconde nada otra cosa que una sociedad descaradamente capitalista, junto a la ignorancia de los proudhonianos respecto a la ley del valor que Marx había tocado apenas en El Capital. El grupo de Rouen decía además: "Sabemos que la ilegitimidad del interés es la única causa de nuestras miserias".

Lo peor del informe estaba en su pretendida cientificidad, sobre todo cuando se planteaba, vulgarizando y destruyéndola en sustancia, una especie de teoría del plusvalor. Se léia en el informe: "Estamos convencidos, ciudadanos, que ningún código, ninguna doctrina de jurisprudencia, ninguna moral puedan justificar en un mundo civil un modo similar de practicar el intercambio de los productos, y puede darse una explicación científica de ello; es imposible que un ser razonable pueda defender que un producto, que alcanza una suma de horas equivalente a 4, sea intercambiado a 5 o 6 etc. Además sería necesario reconocer que quien rinde 3 cuando le han prestado 4, es completamente honesto¡". El informe se dirigía después contra la reivindicación de la reducción del horario de trabajo. En defensa de estas tesis el grupo de Rouen aducía que la obtención del horario reducido traería consigo el colapso de la producción y la consiguiente difusión del paro. Concluía el informe: "Desde hace mucho tiempo la economía social ha demostrado que el aumento de los salarios era una trampa para los obreros, porque tiene como equivalente el aumento del valor del producto, sin aumentar para nada ni la cantidad ni la calidad".

9. Posiciones correctas respecto a las huelgas

Si estas tesis se hubiesen aprobado en el Congreso habrían sido recibidas por toda la Asociación como una traición y habrían provocado una gran desbandada en las filas del proletariado que precisamente en aquella época era muy activo en las luchas de clase. Pero no fueron aprobadas gracias a las firmes intervenciones de algunas secciones.

La sección de Ginebra, que no tenía ninguna duda acerca de la utilidad de la huelga, ponía al orden del día la necesidad de crear por doquier cajas centrales de resistencia para ayudar al proletariado en dificultades en sus luchas cotidianas. En el informe de los ginebrinos se explicaba que dicho tipo de caja ya existía desde hacía 15 años en Ginebra y que esto había permitido que las luchas obreras tuvieran éxito.

Contra las tesis proudhonianas se opuso de modo particular el articulado informe de la sección de Bruselas. El informe se abría del siguiente modo: "Creemos que hay que actuar contra los cooperadores exclusivistas que, fuera de la sociedad de consumo, de crédito y de producción, no ven entre los trabajadores ningún movimiento serio y en particular consideran inútil la huelga, o simplemente algo funesto para los intereses de los trabajadores". Esta amplia intervención atacaría más tarde la tesis de Adam Smith sobre las huelgas, tesis enarbolada desde siempre por los burgueses. Esta tesis afirmaba que al proletariado no le sirven para nada las huelgas ya que no está en grado de resistir mucho tiempo sin trabajar; mientras, por el contrario, el burgués tiene todos los medios a su disposición para poder resistir largo tiempo la huelga de sus propios trabajadores. La sección belga afirmaba que mientras una tesis similar podía ser actual y válida en la época de su formulación, o sea en el siglo XVIII, ahora no podía ser válida respecto a los obreros, ya que éstos, respecto a entonces, estaban en grado de resistir largo tiempo gracias a las cajas de sus asociaciones y gracias al apoyo del proletariado de otros sectores. Por otra parte había que considerar que el burgués habría resistido hoy un tiempo muy inferior, ya que tenía la necesidad continua de nuevas entradas para afrontar a sus acreedores y sus enormes gastos fijos.

La sección de Bruselas acusaba después a todos aquellos que maldecían la interrupción del trabajo en cuanto que interrumpía también la producción. Se dice con desdén en el informe: "Deploran el tiempo que los obreros pierden con ello; se para la producción, dicen, como si los productos escaseasen¡ Añaden también que, cuando el obrero permanece 8 o 15 días sin hacer nada, no por esto consume menos. Este tipo de lenguaje es simplemente ridículo, ya que basta con pensar que en la sociedad hay hombres que en su vida no han producido absolutamente nada, no han trabajado ni un cuarto de hora".

Con buen rigor científico el discurso de los compañeros de Bruselas afrontaba la cuestión particular de las luchas por aumentos salariales. Se afrontaban y se criticaban las tesis sobre el argumento planteado por economistas tipo Mac Culloch y Ricardo: estas tesis afirmaban que el salario se correspondiese a los precios de los artículos de primera necesidad y que ningún esfuerzo habría podido destruir la naturalidad de esta ley económica. La sección de Bruselas confutaba esta tesis mediante cristalinos ejemplos en los que esta ley era negada. Se constataba: "Una simple ojeada sobre los hechos basta para demostrar que la dependencia del nivel de los salarios en relación al precio de los géneros de primera necesidad no es muy rigurosa". El informe señalaba que "en apenas veinte años los precios de los géneros de primera necesidad habían aumentado constantemente, mientras los salarios en muchos oficios se habían reducido".

La sección de Bruselas, tal y como había hecho Marx en el Consejo General, demostraba la a-cientificidad de la opinión burguesa que afirma que a un aumento salarial le corresponde siempre un aumento de los artículos de primera necesidad, ilustrando a los presentes que el precio de una mercancía depende, a diferencia de su valor, también de la concurrencia entre los capitalistas individuales, a pesar de la difusión del monopolio obligado a defender la amplia difusión de las ventas. Por tanto el precio es independiente del aumento o de la disminución del salario.

El informe de los belgas condenaba las tesis proudhonianas concluyendo que la huelga siempre era legítima y útil a la causa proletaria. Se auguraba, que toda huelga futura podía verse favorecida por una buena organización funcional, que favoreciera la resistencia de los obreros permitiéndoles ser más fuertes en la batalla y en la pugna contra la patronal, y que favoreciera la posibilidad de apoyo solidario de otras categorías obreras. "Estamos convencidos que la huelga no debe ser una guerra conducida al azar, un combate a lo loco, sino que debe estar bien organizado, debidamente meditado con antelación y estudiado a fondo".

La mejor organización, como les sucedía a los ginebrinos, era la formación de sociedades de resistencia: "Creemos que la huelga debe estar dirigida por sociedades de resistencia. Sin éstas, incluso siendo necesarias, las huelgas siempre correrán el riesgo de ir contra los intereses de los trabajadores y casi siempre finalizarán con desórdenes, designados más vulgarmente, y con intención malévola, con el nombre de algaradas". Y continúa: "Persecuciones y represiones se prodrían evitar fácilmente con una buena organización por parte de las sociedades de resistencia. Y los trabajadores del carbón de la cuenca de Charleroi lo han entendido muy bien: después de lanzarse tantas veces a huelgas no organizadas, y por esto, a la revuelta, han emprendido ahora una nueva vía, dando vida a las sociedades de resistencia, y la cuenca de Charleroi se está llenando de este tipo de sociedades (...) Hacer huelga fuera de las sociedades de resistencia significa querer emprender una lucha desigual, ya que los patronos, poco numerosos, favorecidos por la fortuna y protegidos por el poder, se pondrán siempre de acuerdo fácilmente. Es como hacer la guerra sin táctica ni municiones. Pero no hay que engañarse acerca del alcance de nuestras palabras: pese a todo lo que hemos dicho contra las huelgas no organizadas por una sociedad de resistencia, defendemos que son legítimas, justas y necesarias, cuando las reglas sean violadas por los empresarios, y en esta situación merece la pena intentarlo pese a las probabilidades de fracaso. ¿No es siempre digno de verse la protesta del esclavo contra medidas bárbaras e inhumanas? ¿Y qué medida puede ser más bárbara e inhumana que esa que consiste en reducir continuamente la cuota de bienes de quienes viven sólo de privaciones?".
 

10. Las resoluciones de Bruselas

Como hemos visto en el Congreso de Bruselas se dio una confirmación a las tesis marxistas. Los planteamientos de los proudhonianos fueron rechazados tanto respecto al programa contingente, como al programa histórico. Reproducimos los diez puntos programáticos aprobados en el Congreso, y que son otras tantas tesis definitivas para el futuro movimiento comunista.

1. Propiedad de la tierra, minas, ferrocarriles, etc, deberán pertenecer, en la futura sociedad comunista, al Estado, el cual deberá distribuirlas a la comunidad; 2. El suelo cultivable y los bosques deberán ser propiedad común de la sociedad; 3. Canales, carreteras y telégrafos serán propiedad común de la sociedad (estas primeras tres resoluciones contra las teorías proudhonianas sobre la esencia de la sociedad socialista); 4. La introducción de las máquinas en la industria ha acentuado notablemente el despotismo de la burguesía sobre el proletariado pero al mismo tiempo ha puesto la condición necesaria para el nacimiento de la futura sociedad comunista; 5. La huelga es siempre un arma legítima en manos del proletariado (resolución contra las tesis cooperativistas de los proudhonianos); 6. Necesidad de la creación de sociedades de resistencia para que tengan éxito las luchas cotidianas del proletariado; 7. Dar el debido efecto práctico a la reivindicación de la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas; 8. Invitación para que en las diversas secciones se organicen cursos de lecturas públicas sobre argumentos científicos o económicos; 9. Oposición resuelta a cualquier guerra entre naciones ya que ninguna guerra burguesa puede juzgarse como progresista; 10. Preparar una encuesta estadística sobre la situación de las clases trabajadoras; 11. Ninguna colaboración por parte de la Asociación con la democrática Liga por la Paz.
 

11. Trade Unions y cuestión irlandesa

Como venía sucediendo un poco por toda Europa y en los Estados Unidos, también el proletariado inglés se iba volviendo más amenazador con el agudizamiento de la crisis y del despotismo cada vez más explícito del gobierno sobre los obreros. En estos años, como había sucedido durante toda su historia, el proletariado inglés no fue más allá de las reivindacaciones inmediatas; aunque en el caso de Polonia y la Guerra de Secesión norteamericana, el empuje de esos periodos revolucionarios lo habían situado en el plano político y sobre posiciones internacionalistas.

Entre el 68 y el 69, la relación entre las Unions y la Internacional se hizo más estrecho. Con muchas dificultades, la Internacional intentaba constantemente dar a las luchas sindicales una perspectiva que superase el estrecho límite económico.

La lucha por el reconocimiento legal es la que más interesaba al movimiento de las Unions, en vista de una próxima unificación nacional. Al congreso de Birmingham de agosto de 1868, el movimiento sindical, tras haber afirmado que la clase proletaria no estaría en paz mientras existiese el orden burgués, consideró que la "realización de los principios de la Internacional traerá la paz duradera entre las naciones de la tierra".

Las Unions y la Internacional intervinieron conjuntamente en una huelga en marzo en Lancashire, lo cual permitió a los obreros resistir hasta agosto. En el verano de 1869 en Gales los soldados masacraron a los obreros. Escribía Engels a Marx con fecha 6 de julio: "La idea que se tenía hasta ahora acerca de la legislación inglesa estaba equivocada en este aspecto: aquí reina completamente el punto de vista prusiano". También en la democrática Inglaterra, nación reina de las constituciones burguesas, el Estado democrático mostraba su verdadera faz: los obreros detenidos fueron condenados a diez años de trabajos forzosos.

Un intento de elevación política del movimiento de las Unions fue la fundación, a inspiración del Consejo General, de la Land and Labour League, Liga de la Tierra y el Trabajo, en octubre de 1869. En su programa figuraban la nacionalización de la tierra y la reducción de la jornada de trabajo. Pero pronto esta organización, que al principio quería romper con el partido burgués, pasó a programas cada vez menos proletarios y cada vez más reformistas.

El movimiento independentista irlandés tenía más espesor político, y para Marx y Engels era de una importancia fundamental; especialmente el combativo movimiento feniano en el verano-otoño de 1869, con su campaña a favor de la excarcelación de sus prisioneros políticos. El Consejo General, y Marx de modo particular, tomaron posiciones denunciando al gobierno Glandstone por su rechazo a la amnistía política y por sus alianzas con los Estados del Sur en la guerra civil norteamericana, a la vez que se animaba a los fenianos a proseguir su lucha.

Un golpe de efecto fue llevado a cabo por los fenianos durante las elecciones a la Cámara de los Comunes, ya que presentaron como candidato a un preso político, Jeremiah O’Donovan Rossa, que además resultó elegido. Comentaba Engels a Marx con fecha 29 de noviembre: "Las elecciones de Tipperary son todo un acontecimiento. Apartan a los fenianos de la conspiración vacía y de la fabricación de pequeños golpes y los situan en la vía de la acción, que aunque en apariencia sea legal, siempre es mucho más revolucionaria que cuanto hacen tras fracasar su insurrección. En realidad, adoptan el método de los obreros franceses, y esto es un progreso enorme. Ya veremos qué resulta de todo esto".

Sobre la cuestión irlandesa, entonces de impostancia capital, esto es lo que escribía Marx en una carta a Kugelmann con fecha 29 de noviembre: "Me he convencido cada vez más – y se trata ahora solamente de inculcar esta convicción en la clase obrera inglesa – de que ésta no podrá hacer nunca algo decisivo mientras no separe su política respecto a Irlanda del modo más categórico de la política de las clases dominantes, y hasta que llegue no sólo a hacer causa común con los irlandeses, sino que deberá tomar la iniciativa sobre la Unión creada en 1801 y su sustitución por un vínculo federal libre. Y esto debe hacerse (...) como una reivindicación fundada en el interés del proletariado inglés. De otra forma el pueblo inglés permanecerá atado a las riendas de las clases dirigentes, pues debe unirse con ellas en un frente común contra Irlanda (...) La primera condición de la emancipación aquí  – la caida de la oligarquía terrateniente inglesa – sigue siendo imposible, debido a que la posición de ésta no puede ser desplazada mientras mantenga fuertemente atrincherados sus puestos de avanzada en Irlanda". El mismo Marx escribirá a Laura y Paul Lafargue el 5 de marzo de 1870: "Si se pierde Irlanda, el ’Empire’ británico se acabó, y la lucha de clase en Inglaterra hasta ahora soñolienta y lenta, asumirá formas violentas".
 

12. Una clase que sabe defenderse

La presión del proletariado en 1868 fue continua en toda Europa, tanto en Francia y Suiza como en Bélgica, España, Alemania o América. Uno de los signos de esa época y de una Internacional cada vez más sólida son los contactos que el Consejo General establecía con regiones hasta ese momento poco interesadas en la lucha social, como Italia, España, el Imperio Austro-Húngaro e incluso la tenebrosa Rusia.

En Suiza serán frecuentes en este periodo los choque abiertos entre proletariado y policía, en una nación que hasta ayer había tenido un proletariado totalmente sometido al talón de hierro de una burguesía reaccionaria y de mentalidad medieval y que sólo desde 1866 se estaba haciendo autónomo, liberándose de sus propios representantes burgueses radicales.

Uno de estos choques, ejemplar entre tantos otros, fue la revuelta de los obreros de Basilea en respuesta a la "deslealtad" de los burgueses que violaban los pactos. La represión se llevó a cabo mediante las armas, los desahucios forzosos en las casas propiedad de los empresarios y la prohibición a los comerciantes de vender a los huelguistas, confirmando que la liberalidad burguesa nunca ha existido hacia el proletariado. Cinco meses de lucha terminaron con el estado de asedio decretado por el Gran Consejo de Basilea. La Internacional fue acusada de haber causado los desórdenes y sufrió, como sucedería después en Francia, una dura campaña de calumnias.

Una enorme resonancia tuvo otra masacre de obreros en Bélgica. Según Marx, que recordaba la matanza de Charleroi: "para este Estado constitucional modelo una masacre de trabajadores no es un incidente, sino una institución" (Informe del Consejo General al Congreso General de Basilea). En un comunicado de Marx se afirmaba: "Hay solamente un país en el mundo civilizado en el que cualquier huelga sirve de pretexto para llevar a cabo oficialmente una carnicería entre la clase obrera. Este país tan singularmente feliz es Bélgica (...), el placentero y bien protegido pequeño paraiso del terrateniente, del capitalista y del cura". La Internacional mediante una recogida de fondos ayudó a las viudas y a los hijos de las víctimas de la masacre y sostuvo su defensa legal.

Pero era Francia quien veía a su propio proletariado cada vez más radical en la lucha política y bien preparado para responder a las persecuciones de Napoleón III.

Entre los episodios de heroicas luchas recordamos los choques en diciembre de 1868 en diversas ciudades de Normadía en los que los recolectores de algodón se dirigieron a la Internacional y al proletariado inglés. "Era una gran ocasión (decía Marx) para demostrar a los capitalistas que su guerra internacional, sostenida gracias a la disminución de los salarios tanto en un país como en otro, se paralizaría gracias a la unión internacional de los obreros". También en las revueltas obreras de junio de 1869 en Lyon los obreros quisieron pedir ayuda a la Internacional y, como dijo Marx: "no fue la Internacional la que empujó a los obreros a la huelga, sino al contrario, fue la huelga quien les empujó en los brazos de la Internacional". Ese mismo verano hubo violentos choques entre los mineros de la región de Saint-Etienne y los gendarmes, con otra masacre, e igualmente hubo incidentes con los trabajadores de la seda. La intervención providencial de la Internacional llevó esta última lucha a la victoria: la Internacional "en pocas semanas reclutó más de 10.000 nuevos adherentes en esta heroica población".

La represión masiva llevada a cabo por el bonapartismo había enseñado al proletariado algo importante: "Los obreros del continente, como los de otros países, empiezan a comprender que el medio más seguro para asegurarse sólidamente sus propios derechos es el de ejercerlos sin permiso y asumiendo sus riesgos y peligros".

El 15 de julio de 1869 Marx constataba escribiendo a Kugelmann: "En París se puede tocar con la mano el creciente movimiento". La parodia del II Imperio se revelaba cada vez más como lo que era. "En Francia las cosas van bien. Por un lado los anticuados demagogos y demócratas de todas las tendencias se están comprometiendo. Por otro lado Bonaparte se desliza sobre un camino de concesiones, y en él se romperá el cuello". También la hija de Marx, Jenny, escribía a Kugelmann, el 30 de febrero de 1870: "El tumulto y la agitación que reinan en la capital son increibles. Todos los partidos, mejor dicho, todos los individuos están en discordia entre sí (...) Por lo que respecta a Bancel, Gambetta, Pelletan, Favre, etc, esta banda de charlatanes altisonantes, han desaparecido completamente: no representan ya nada. La experiencia ha enseñado al pueblo lo que puede esperar de la "izquierda" de los retóricos.

En los Estados Unidos un proletariado combativo continuaba su lucha por la jornada de 8 horas y se reforzaban los contactos con la Internacional.

En mayo de 1869 cuando apareció el riesgo de una guerra entre Inglaterra y los Estados Unidos, el Consejo General envió un Llamamiento a la Unión Nacional del Trabajo de los Estados Unidos, para invitar al proletariado estadounidense a la oposición abierta al conflicto: "La clase obrera no aparece ya en la escena histórica como un mero acompañante, sino como potencia independiente, consciente de su propia responsabilidad y en grado de imponer la paz, y de declarar la guerra a quienen quieran imponersela". Los tiempos de la Guerra de Secesión pertenecen ya al pasado y aquí se formula magistralmente, palabra por palabra, la consigna del derrotismo a una potencia consciente e independiente. Imponer la paz declarando la guerra, contra una guerra que vendría a "hacer retroceder el movimiento por un periodo indeterminado de tiempo". Una vez puestos en claro los intereses del conflicto Marx explica: "En los Estado Unidos ha aparecido un movimiento obrero independiente, visto con malos ojos por los viejos partidos y sus políticos profesionales. Para dar frutos, necesita años de paz. Para hacer posible su represión es necesaria una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra". Este es el valor político y social de las guerras.

Aparecerán también en escena los proletariados periféricos de Austria-Hungría, Italia y España. En Austria y en Hungría, como consecuencia de la derrota militar de 1866, el movimiento tomará fuerza, pero será reprimido duramente con el apoyo de las clases medias.

En Italia el joven proletariado intentará darse una organización sindical, sobre todo para defenderse de las continuas represiones, intensificadas como consecuencia de las acciones garibaldinas contra el Estado de la Iglesia. El obrero Stefano Caporusso dirá en el Congreso de Basilea: "Si fuese proclamada la república mañana, no cambiaría nada en su miserable condición: se limitaría a cambiar de opresor".

En España explortó a finales de 1868 la Revolución burguesa. Llegó a tener una constitución, pero fracasará a los pocos años.

"Esta lucha contra Monsieur le Capital, aunque sea en la forma subordinada de la huelga, escribía Marx a Engels el 18 de agosto de 1869, liquidará los prejuicios nacionales mucho más que las declaraciones sobre la paz de los señores burgueses".
 

13. El Partido Socialdemócrata Alemán

En la primera mitad de 1868 la Alianza, de sello lassalleano, dirigida por Schweitzer, se situaba, empujada por los acontecimientos, cada vez más a la izquierda. La Liga de las Asociaciones Obreras Alemanas de Liebknecht y Bebel entraba oficialmente en la Internacional. Ya hemos visto las repetidas críticas de Marx, en la mayoría de los casos expresadas en privado, a las actitudes de Liebknecht y su periódico, el ’Demokratisches Wochenblatt. Liebknecht manifestaba varias tendencias, por un lado hacía concesiones a las capas medias y a sus instancias democráticas, por otro apoyando las reivindicaciones autonomistas de los Estados alemanes del Sur que se situaban bajo la égida militar de Prusia. La peor herencia del lassallismo era la aceptación por parte de la Liga para contener su propia acción dentro de los límites de la legalidad. Escribe Marx a Engels con fecha 26 de septiembre de 1868: "Para la clase obrera alemana lo más necesario es que deje de agitarse con el permiso de las autoridades superiores. Una raza adiestrada de manera tan burocrática debe hacer un curso completo de "auto-ayuda". Por otra parte tienen indiscutiblemente la ventaja de comenzar el movimiento en condiciones históricas mucho más evolucionadas que las inglesas y de tener sobre las espaldas, en cuanto alemanes, cabezas para la generalización".

Engels escribía a Marx el 8 de noviembre de 1868: "En el momento en que la acción revolucionaria se avecina, es algo absolutamente contrario a los intereses de nuestro partido que los nuestros se encuentren atados de pies y manos en favor de una de las partes del antagonismo, ya de por sí muy dudoso, entre una gran Prusia y una gran Alemania autriaco-federalista". Todo se complicó cuando Liebknecht hizo presentar la lista obrera a las elecciones de Hannover junto a los burgueses federalistas: los candidatos burgueses dieron la espalda a los candidatos obreros. Engels se muestra lapidario el 2 de abril de 1869: "Contra los obreros están unidas todas las canallas, pero esto a Liebknecht no le importa". Continuaba mientras tanto la polémica Liebknecht-Schweitzer sobre todo mediante artículos en los periódicos. La situación se desbloqueó cuando en marzo de 1869, en la Asamblea general de la Asociación, Liebknecht y Bebel denunciaron a Schweitzer de urdir un complot con Bismarck y trabajar para dividir el movimiento obrero alemán. Como consecuencia de esto se organizó una dura oposición a Schweitzer dentro de su misma Asociación.

El nombre de la Liga por el contrario tenía resonancia entre los proletarios, sobre todo respecto a las enmiendas presentadas por Bebel en el Reichstag por la jornada de 10 horas, por la prohibición del trabajo infantil a los menores de 14 años, por la libertad de asociación para los sindicatos y las declaraciones en favor de la internacional.

Por su parte Schweitzer declaró en junio de 1869 la fusión con la Asociación General lassalleana sin haber consultado a la oposición; esta última decidió entonces tomar contacto con Bebel y Liebknecht para organizar un congreso en el que los obreros que entonces se decían socialdemócratas confluyesen en un único partido pan-tedesco. Marx, satisfecho, aunque con prudencia, del nacimiento de un partido fuerte en Alemania, decidió no obstante no adherirse personalmente al Congreso por los siguientes motivos, como escribiría a Engels con fecha 3 de julio de 1869: "Si acudiesemos ahora, deberíamos hablar contra el partido popular, lo cual no agradaría ni a Wilhelm ni a Bebel. E incluso si lo permitieran – mirabile dictu – deberemos echar nuestro peso en la balanza contra Schweitzer y consortes, mientras que el cambio debería aparecer como una acción libre de los mismos obreros". La prudencia de Marx se debía a las malas premisas del Congreso, entre declaraciones pro-federalistas y afirmaciones según las cuales se podrían obtener concesiones políticas de Bismarck. Como escribía Marx a Engels el 16 de agosto: "lo que Wilhelm no comprende es que los actuales gobiernos coquetean con los obreros, pero saben muy bien que su único apoyo es la burguesía, que por eso intiman con ella con frases filo-obreras, pero no pueden proceder realmente contra ella".

El Congreso de Eisenach tuvo lugar en agosto y dió origen al Partido Socialdemócrata Alemán. En el Congreso fueron excluidos los militantes de la Asociación de Schweitzer. El programa aprobado por el partido se remitía a los Estatutos de la Internacional, con algunas concesiones a las teorías lassalleanas. En el primer punto, por ejemplo, se reivindicaba la importancia de la lucha para obtener un "Estado Popular Libre", más adelante se describía la futura sociedad como la obtención del "derecho al producto integral del trabajo". También se reivindicaba "el sufragio universal, igual, directo y secreto para todos los hombres". El "Demokratisches" se convertiría en el órgano oficial del partido con el nombre de "Volkstaat".
 

14. El anarquismo

Hasta ahora hemos visto las luchas teóricas entre el Consejo General, con Marx a la cabeza, y los utopistas más extendidos: el lassallismo y el democratismo en Alemania, el proudhonismo en Francia y el tradeunionismo en Inglaterra. Desde finales de 1868 comenzó un duro choque entre la línea de la Internacional y de Marx por un lado, y la de los anarquistas por otra; lucha a menudo envenenada debido a las continuas maniobras conspirativas en el partido urdidas por Bakunin, conflicto que culminaría con la neta e irrevocable escisión de 1872, en la que nos situamos en defensa del centralismo en el partido y de la necesidad histórica de la dictadura del proletariado.

Un opúsculo anarquista, La guerra y la paz de A. Schwitzguébel, publicado en el otoño de 1870, resumía bien las tesis anarquistas. Comenzaba señalando como causa primaria de la guerra la existencia de una organización militar. El Estado era definido como un órgano surgido de los "intereses comunes" de un pueblo, al estilo del "contrato social", haciendo completa abstracción de las condiciones productivas. El Estado es ciertamente el garante de los privilegios de la clase dominante, reconocía el opúsculo, pero el proletariado cuando llegase a ser clase dominante no debería construir su propio Estado. "¿Cómo se organizará la propiedad colectiva? A través del Estado transformado, nos dirán los comunistas autoritarios; a través de los grupos de productores-intercambiadores, diremos nosotros colectivistas anarquistas. El principio autoritario está condenado por la razón filosófica: la libertad se concilia con el orden, excluye la autoridad. El Estado, en sus diversas manifestaciones históricas, es igualmente condenado; todo Estado no puede ser más que la organización de cualquier autoridad" La sociedad futura descrita en este opúsculo no es otra cosa que un montón de pequeños productores de mercancías, tipo Proudhon.

No obstante hay que reconocer los méritos adquiridos en la primera difusión del anarquismo entre la clase obrera. Las ideologías de una clase están determinadas por las condiciones objetivas en las que ésta actua: de esta forma se explica el lassallanismo en Alemania y el proudhonismo en Francia. El anarquismo en la Internacional se manifestó primeramente en las secciones suizas, pero se desarrollaría preponderantemente en las menos desarrolladas España e Italia. En estas naciones el anarquismo entre los obreros y jornaleros sería la primera manifestación de una fiera conciencia anticapitalista que rompía con la sumisión hacia ideologías archireaccionarias como la de Mazzini. La situación objetiva de estos dos países, en los que todavía faltaba un fuerte proletariado, permitió el paso, por usar nombres, de Mazzini a Bakunin, y no de Mazzini a Marx. La ideología anarquista no se dirigía exclusivamente a la clase proletaria sino a todos los individuos de la sociedad, independientemente de la pertenencia a una clase determinada, apoyando sus luchas y reivindicaciones.
 

15. El "personaje" Bakunin

Bakunin no expresa una ideología que, incluso idealista, se pueda considerar coherente consigo misma. Textos y artículos, según el periodo en el que fueron escritos, incluso en el breve espacio de pocos años tienen posiciones decididamente opuestas.

Marx conoció a Bakunin en 1843, cuando debió contestar con dureza su paneslavismo, visión que en Bakunin nunca se extinguió del todo. Como escribía Marx, Bakunin "formula su denuncia contra la burguesía occidental en el tono con el que los optimistas moscovitas suelen atacar a la civilización occidental para justificar su barbarie". Mientras Marx esperaba con impaciencia la caida del zarismo ruso para que desapareciese el peor peligro reaccionario en Europa, Bakunin deseaba que el Imperio Ruso aplastase bajo su talón todos los territorios eslavos. ¡Pero resulta un misterio incontestable cómo se podía conjugar esto con su teoría libertaria de la supresión del Estado!

En septiembre de 1867, mientras los proletarios internacionalistas de Europa se reunían en el Congreso de Lausana, Bakunin pertenecía al Comité ejecutivo de la democrática Liga de la Paz y la Libertad, que estaba celebrando al mismo tiempo su propio congreso en Berna. Tras fracasar su tentativa de colocar a la Liga bajo sus propias posiciones, en el siguiente congreso Bakunin se presentó como agiatador para poder pasar clamorosamente a la Internacional. En el Congreso de Bruselas presentó al Consejo General el proyecto de una organización paralela a la Internacional, que se fundará en octubre con el nombre de Alianza de la Democracia Socialista, en Ginebra, donde tuvo su propio Consejo General en el que operaba el propio Bakunin, el "antiautoritario", como jefe indiscutido.

El programa, claramente "infantilista", fue enviado en noviembre al Consejo General de Londres. En este programa la Alianza declaraba combatir por la "igualdad económica y social de las clases y de los individuos", frase rimbombante y carente de cualquier significado. La igualdad de los individuos había sido una reivindicación de la burguesía revolucionaria de 1789 que, en su lenguaje hipócrita, significaba exclusivamente la destrucción política, económica y social de la clase feudal. El proletariado comunista pide por el contrario que las clases sean abolidas, principio central indiscutible que unía las diversas concepciones revolucionarias que había en la Internacional. Como se respondía por parte del Consejo General de la Asociación Internacional de los Obreros al Comité central de la Alianza de la Democracia Socialista, "la igualdad de las clases, interpretada literalmente, conduce a la armonía del capital y del trabajo, tal y como es predicada importunamente por los socialistas burgueses".

Además de por sus posiciones heterodoxas, la Alianza entraba en conflicto abierto con la Asociación al autoproclamarse también organización internacional, proponiendo una lucha política y movilizando sus "propias" secciones frente a la Asociación, ¡con la cual sin embargo quería fundirse!

"Autoritaria" fue la inevitable respuesta del Consejo General: "La Alianza Internacional de la Democracia Socialista no es reconocida como parte integrante de la Asociación Internacional de los Trabajadores". Marx añade: "Quieren comprometernos, y bajo nuestro propio patrocinio".

Un mes antes del congreso de Eisenach, con el que había nacido el Partido Socialdemócrata Alemán, Johann Philip Becker publicó en "Vorbote", a instancias de Bakunin, una declaración en la que se negaba la necesidad de un partido político socialista en Alemania señalando a los sindicatos como forma de organización. Sobre esta herejía tradeunionista Engels escribía a Marx con fecha 30 de julio de 1869: "Si este maldito ruso piensa de verdad llegar a base de intrigas a la dirección del movimiento obrero es hora ya de que se le pregunte si un paneslavista puede ser miembro de una asociación internacional de los obreros. Es muy fácil descubrirle. Cree que se puede presentar ante los obreros como un comunista cosmopolita y ante los rusos como un notable paneslavista".

Después del rechazo a la admisión a la Alianza en la Internacional, Bakunin, fracasada la "conspiración", pasó a la polémica abierta. A finales de 1869, en las páginas del semanario "Egalité", acusó al Consejo General de no haber atendido a ciertos obligaciones previstas en los Estatutos, de haber dado demasiada importancia a la cuestión irlandesa y de estar preocupado únicamente de la suerte del proletariado inglés. Esto fue desmentido por el Consejo General a través de una circular interna acompañada por algunos compañeros de la célebre Comunicación confidencial. A Bakunin se le reprochaba haber utilizado un periódico que no era de la Internacional, mientras que habría debido pedir explicaciones directas al Consejo; después se remachaba la importancia de la cuestión irlandesa para el proletariado internacional.

En abril de 1870, en el Congreso ordinario de la federación de la Suiza Romance, los bakuninistas pretendieron ser reconocidos como Comité central de la federación, en contraposición al Comité de Ginebra. De este choque salieron dos comités distintos: junto al de Ginebra, que era el oficial, actuaba el de La Chaux-de-Fonds. La pugna dentro del Congreso se debió, entre otras cosas, a la declaración de los bakuninistas según la cual el proletariado no habría debido dedicarse a la lucha política. El 28 de junio el Consejo Central no reconocería al nuevo comité.

Escribía Marx a De Paepe, un compañero francés, con fecha 24 de enero de 1870: "Estos demócratas son autoritarios, no toleran contradicciones (...) Han intentado ejercer presiones sobre el comité federal, cosa que no han conseguido; nosotros no queremos dejarnos implicar en aventuras de este tipo provocando la escisión en nuestras secciones. Creamé, la Alianza es peligrosa para nosotros, precisamente ahora. Su plan en Ginebra (...) era poner en la dirección de todas las sociedades a gente de la Alianza, para de esta forma someter la federación a su control. Ya se sabe los métodos que han utilizado: calumniar en las secciones a quienes no les secundan; han hecho todo lo posible para echar abajo mi candidatura en Basilea; con Grosselin lo mismo... Su maniobra era la de mandar a Basilea solamente a miembros de la Alianza: Herg, Brosset, Bakunin".

Hay que señalar que los criterios de los bakuninistas, condenados aquí por Marx, son propios de los partidos burgueses y proletarios degenerados, en los que la maniobra entre personajes, corrientes y grupos locales es la esencia de la asi llamada dialéctica democrática, y el método, que nos repugna, de "presionar" a los órganos centrales o "colocar en la dirección a gente propia" es una habilidad política natural y apreciada. El Homo capitalisticus, con el cerebro convertido en la típica hucha del cerdito, no podrá comprender nunca nuestra exigencia y pretensión de situar ante los hombres el impersonal Programa Revolucionario de Clase y el sano y orgánico, a veces hemos dicho honesto, convencimiento del Partido sobre sus complejas Tesis. La palabra honesto significa fatigoso, y se trata del resultado de un duro trabajo colectivo, y no de contingentes humores congresuales.
 

16. El Congreso de Basilea

En el periodo histórico de la Internacional que va del Congreso de Bruselas a la Guerra franco-prusiana de 1870, además de las controversias teóricas que oponían a los "autoritarios" y "antiautoritarios", hubo otras que se debatieron en el Congreso de Basilea en septiembre de 1869. Como sucedió en congresos precedentes también en éste prevaleció la línea marxista sobre diversas cuestiones. Recoge Martello: "En el congreso se contaban once delegados de Inglaterra, cinco de Alemania, dieciocho de Francia, cinco de Suiza, uno de Italia y cincuenta y cuatro de Bélgica. No citaremos los países de los que toman el nombre ya que son demasiados (...) hoy, cuatro años después del Congreso de Bruselas, si se quisiese registrar las secciones obreras de la Internacional se obtendría un pequeño diccionario geográfico". Hay que resaltar la presencia de delegados españoles y estadounidenses. Tampoco Marx se presentó aquí personalmente, pero los principales discursos y las principales propuestas que se votaron provenían de su pluma.

Vistos los progresos de la Internacional el año pasado y los principales acontecimientos el Congreso decidió en primer lugar la desaparición del cargo de presidente en referencia al "principio monárquico y autoritario". Además se votó la posibilidad de que el Consejo General pudiera expulsar a todas aquellas secciones que actuasen contrariamente a los Estatutos de la Internacional; la última palabra sobre la expulsión la debería tomar no obstante el siguiente Congreso. El Consejo recibió plenos poderes para aceptar o no a una determinada sección dentro de la Internacional (resolución votada incluso por los anarquistas).

Uno de los puntos teóricos discutidos en el Congreso, en el que dominó el punto de vista marxista, fue el de la cuestión agraria. En el informe sobre este tema, preparado por Marx, se rechazaron las peticiones de los proudhonianos para que participaran en el Congreso representantes de la clase campesina. En el informe se señalaba que los intereses de los campesinos, burgueses y reaccionarios, estaban de hecho representados, no por sí mismos, sino por la ideología proudhoniana. Afirmaba el informe: "El pequeño campesino es sólo un propietario titular, pero no obstante es muy peligroso, porque siempre se imagina ser un propietario efectivo". Concluía con una mirada al futuro: "En Inglaterra la tierra podría ser transformada en propiedad común por el parlamento en un par de semanas".

Las Resoluciones sobre la propiedad de la tierra, que son las del marxismo, y que se aprobaron sobre esta cuestión, dicen lo siguiente: 1. "la sociedad tiene el derecho de abolir la propiedad individual de la tierra y de gestionar el suelo por la comunidad"; 2. "hoy es necesario que la tierra sea cultivada como propiedad colectiva".

Bakunin, en su intervención sobre la propiedad de la tierra, afirmó en el Congreso que la futura sociedad sí sería colectiva, pero que para destruir la propiedad individual habría que abolir ante todo el Estado. Ilustró la necesaria existencia del sentimiento de colectividad en el hombre y su esencia naturalmente anti-individualista, si bien lo encuadraba en un ámbito nada materialista. "La colectividad forma la base del individuo. Es la sociedad la que forma los individuos, y los hombre aislados nunca habrían aprendido a hablar, a pensar. Los hombres geniales, los Galileo, Newton, etc, no habrían inventado nada, no habrían descubierto nada, sin las adquisiciones de las generaciones precedentes".

La resolución sobre la propiedad de la tierra había originado muchas discusiones en el partido en Alemania y hubo agudas polémicas durante cierto tiempo, mientras Liebknecht titubeaba entre una posición u otra. Engels escribía a Marx con fecha 1 de noviembre acerca de los buenos frutos del Congreso: "La resolución sobre la propiedad de la tierra ha hecho verdaderos milagros: por vez primera, desde que Lassalle comenzó su agitación, ha obligado a pensar a esos tipos de Alemania, algo que hasta la fecha parecía superfluo".

Otra divergencia importante en el Congreso fue la del derecho de herencia, planteada a instancias de Bakunin. Según la Alianza la abolición de este derecho era un punto programático de primera importancia, confirmado por el hecho de que estaba escrito al principio de su programa: "la Alianza quiere en primer lugar la igualdad política, económica y social de los individuos de los dos sexos, comenzando por la abolición del derecho de herencia".

Marx demostró en su informe que la abolición del derecho de herencia era una reivindicación propia del simplismo pequeño-burgués y de su cortedad de vista respecto a las perspectivas del proletariado. Los proletarios tienen que luchar por la abolición en general de la propiedad burguesa, de la cual la abolición del derecho personal de herencia será sólo una consecuencia. "Si la clase obrera tuviese la fuerza para abolir el derecho de sucesión, tendría también la fuerza para pasar a la expropiación, paso muy simple y eficaz (...) Nuestros esfuerzos deben encaminarse a no dejar ningún intrumento de producción en manos privadas. La propiedad privada de los medios de producción es una ficción, ya que los propietarios no los pueden usar directamente y solamente les asegura el poder sobre los medios de producción, un poder mediante el cual obligan a otros hombres a trabajar para ellos (...) Todos los medios de producción deben ser socializados (...) En tanto no suceda así, el derecho hereditario familiar no puede abolirse" (Sobre el derecho de sucesión). "Supongamos que los medios de producción se transformen de propiedad privada en propiedad comunitaria; en tal caso el derecho de herencia (en la medida en que se socialmente relevante) desaparecería por sí mismo, porque un hombre puede dejar sólo lo que ha poseido en vida" (Informe del Consejo General sobre el Derecho de Sucesión).

Las limitaciones de la visión anarquista aparecen en la réplica de Bakunin: "Entre los colectivistas que creen inútil votar la abolición del derecho de herencia y los que consideran necesario votarla hay la siguiente diferencia: los primeros consideran como punto de partida el futuro, o sea una vez conseguida la propiedad colectiva de la tierra y de los instrumentos de trabajo, mientras que nosotros asumimos comopunto de partida el presente, es decir, la propiedad individual hereditaria en pleno vigor". Marx comentaría, escribiendo a Paul Lafargue el 19 de abril: "Todo esto deriva de un idealismo anticuado que toma la actual jurisprudencia como base de nuestra situación económica, en vez de comprender que nuestra situación económica es la base y la fuente de nuestra jurisprudencia".

Otro debate teórico importante en el Congreso fue el de la cuestión de la educación infantil. Y fue Marx el que nuevamente cerró filas rechazando cualquier concesión al reformismo señalando que "es necesario un cambio en las condiciones sociales para crear un correspondiente sistema de educación". La cuestión se resolvió en el Congreso limitándose a la previsión de la abolición del trabajo infantil. Contra la falsa alternativa escuela pública-escuela privada Marx propugnaba una escuela organizada a nivel nacional, pero "sin control gubernativo": como en las fábricas, el control debía dejarse a inspectores apropiados. Era necesario oponerse a la introducción de materias de enseñanza que admitiesen "interpretaciones de parte o de clase (...) Unicamente materias como las ciencias naturales, la gramática no cambian ya las enseñe un tory religioso o un libre pensador". Pinceladas sobre un tema amplísimo.

Este es el juicio final de Marx sobre el Congreso, tal y como lo expresaba en una carta a su hija Laura con fecha 25 de septiembre: "Estoy contento de que el Congreso de Basilea haya acabado y que haya ido relativamente bien. Siempre me preocupa que el partido se presente públicamente "con todas sus plagas". Ninguno de los actores estaba a la altura de los principios, pero la idiotez de las clases superiores remedia los errores de la clase trabajadora".
 

(Continúa en el próximo número)    [ 1 - 2 - 3 - 4 ]

 
 
 
 
 
 
 
 
 


SIGUE LA LUCHA DE LOS TRABAJADORES INMIGRANTES EN ESPAÑA

Coincidiendo con la tramitación de la Ley de Extranjería del gobierno burgués del PP, en las principales ciudades españolas se han desarrollado una serie de protestas por parte de los trabajadores inmigrantes. Una de las que más repercusión han tenido, en parte unido al accidente ocurrido en Lorca en enero de este año, ha sido el de la importante comunidad ecuatoriana en Murcia. La base económica de la región murciana es fundamentalmente agrícola, y los trabajadores inmigrantes constituyen un gran filón para los capitalistas. En situación irregular, sin papeles que autoricen su estancia en España, son presa fácil de la codicia de los patronos que pretextando la falta de mano de obra autóctona (¡con la tasa de desempleo más elevada de toda la UE!) los malpagan tras agotadoras jornadas de trabajo, muchas de ellas en condiciones infrahumanas dentro de los invernaderos. La situación de estos proletarios es prácticamente la misma que describían los maestros del socialismo hace ya un siglo y medio. Y como ya sucediera en El Ejido, lo que realmente le preocupa al mundo burgués es que estos trabajadores se organicen, superen el miedo y reivindiquen sus derechos. Unos derechos que en la actual Ley de Extranjería prácticamente desaparecen convirtiendoles en verdaderos esclavos a los que en muchos casos ni se les procura el sustento (derecho éste que al esclavo sí se le reconocía en la Antigüedad). De esta forma a los trabajadores extrajeros no regularizados no sólo se les niega el derecho a manifestarse, a reunirse, a asociarse, a la huelga, a la sindicación y a la asistencia letrada, sino que además se ven completamente impotentes para reclamar a los capitalistas sus salarios en el caso que no les paguen lo establecido.

La solución del gobierno burgués del PP respecto a la importante colonia ecuatoriana, ha sido la deportación con los gastos del viaje pagados, con la promesa de regularizar en Ecuador su situación para regresar "legalmente" a España. La avalancha de ecuatorianos para acogerse a esta fórmula (casi 25.000 personas) ha hecho que el gobierno dé marcha atrás y reconsidere su postura. Y es que la demagógica fórmula suponía un montón de millones de pesetas para las arcas del Estado. De ahí que el ministro del Interior haya declarado que "haremos una interpretación flexible de lo que dice la ley".

Por el momento la lucha que llevan a cabo los trabajadores inmigrantes está obteniendo un respaldo casi nulo por parte de la clase obrera española, pero es cuestión de tiempo que coincidan en la lucha común contra la explotación capitalista, que ya no distinguirá entre trabajadores inmigrantes o nativos, formando ambos una única clase obrera dispuesta a batirse por sus objetivos inmediatos e históricos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



Por una historia de Asia oriental en la época del Imperialismo:

COREA: DE LOS ORIGENES
A LA DIVISIÓN NACIONAL
(Primera parte)

 I – El Estado antiguo; La guerra chino-japonesa; Garras imperialistas sobre China; La guerra ruso-japonesa; Protectorado del Japón; La colonización.

II – La Primera Guerra Mundial; 1922 - 1er Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente; El imperio japonés; La guerra mundial; El gendarme estadounidense; La posguerra en el Norte; La posguerra en el Sur; La nueva guerra; El cañón de la Democracia Universal.
 

El Estado antiguo

A pesar de que la península coreana es geográficamente un apéndice de las tierras que forman Manchuria, ha albergado un Estado unitario e independiente desde hace muchos siglos, el más antiguo de Asia después de China. Protegida por la cadena montañosa del Changpai-shan, que ha contribuido a crear y mantener su independencia, Corea ha tenido, hasta 1945, una población extremadamente homogénea en cuanto a estirpe, lengua y cultura. La cercanía al inmenso Imperio del Medio ha conducido muchas veces a la invasión del país por parte de ejércitos provenientes del norte: ya en el 108 a.C. el Estado de Choson, como se llamaba entonces Corea, fue invadido por tres ejércitos chinos; el año siguiente fue anexionado a China y dividido en cuatro partes. En los siglos siguientes estos territorios, con el debilitamiento de la potencia de los Han, llegaron a gozar de una cierta independencia. Hacia la mitad del siglo VII se consiguió nuevamente la unificación del país. Con la llegada de los mongoles a China en el 1271, Corea deviene otra vez un Estado vasallo hasta que en 1392, destronados los Mongoles por los Ming, el general Yi Song-gye organiza una revuelta y se proclama rey en el 1392, fundando la nueva dinastía Yi che que reinará hasta el 1910.

Sin embargo, también en este periodo el País, que había retomado el antiguo nombre de Choson, debió sufrir una breve invasión por parte de los japoneses entre el 1592 y el 1597, y después por los Manchú que, destronados los Ming en China en el 1627, decidieron castigar a Corea por el apoyo prestado a sus enemigos, interrumpiendo así el espléndido florecimiento de la dinastía Yi. Esta invasión rompió el equilibrio económico del reino induciéndolo a adoptar una rígida política de aislamiento. Durante cerca de dos siglos Corea fue presa de continuas luchas internas, gobernada conjuntamente por una "monarquía débil" y por una "aristocracia hereditaria fuerte", los llamados yangban, que poseían el monopolio de los cargos políticos, administrativos y militares: dos fuerzas que "aunque recíprocamente antagonistas, generalmente se sostenían mutuamente en una relación simbiótica" (Beasley). La población mientras tanto languidecía a causa de la profunda crisis agrícola y económica que golpeaba el País.
 

La guerra chino-japonesa

La política de aislamiento de Corea estaba destinada a caer en la época de la segunda penetración de los occidentales en Asia Oriental, que introdujo cambios en la zona por medio de la imposición de tratados desiguales con China (1842-1858), mercado ambicionado por su inmensidad, y con Japón (1854-1858), archipiélago de paso y escala para las naves estadounidenses en ruta hacia China. Corea, que no revestía para los occidentales la importancia de los dos vecinos, fue abierta algunos años más tarde por el Japón de Meiji, con el tratado desigual de Kanghwa en 1876, que abrió al comercio dos puertos coreanos.

Puesto que Corea era aún un Estado vasallo de China, está protestó vanamente contra Japón afirmando que Corea no poseía la potestad jurídica para firmar acuerdos con otros Países. El contencioso chino-japonés sobre la región se prolongó durante algunos años hasta que, en 1894 Japón decidió pasar a la ofensiva, ya sea para adelantarse a China, que parecía tener la intención de hacer efectiva su propia soberanía, ya sea para oponerse a las ambiciones rusas en el área, puestas en evidencia por la intención de construir un vía férrea para unirla con Siberia.

La intervención en Corea se basaba "tanto en consideraciones económicas, relativas a los intercambios comerciales recientemente instituidos entre los dos países, como estratégicas, puesto que Corea constituía para Japón la vía natural de acceso a la parte nordeste de Asia, y por tanto ambas habrían estado amenazadas si Corea caía bajo el dominio de otra potencia".

La guerra, iniciada a principios de agosto de 1894, fue empresa fácil para Japón, dada la superioridad de su ejército, que disponía de armamento más moderno que el chino. A finales de septiembre el ejército japonés controlaba la mayor parte de Corea y su flota dominaba el Mar Amarillo. En octubre fue ocupada Manchuria meridional y en los primeros meses de 1895 cayó Port Arthur. Así quedaba abierta la vía para avanzar hacia Pekín: con siete divisiones japonesas dispuestas para ocupar la capital, China se vio obligada a pactar.

El tratado de paz, firmado en abril en Shimonoseki, fue duro: impuso a China el reconocimiento de la independencia de Corea poniendo fin a sus pretensiones de soberanía sobre ésta; cedía a Japón la isla de Formosa-Taiwan y la península de Liaotung, incluyendo Port Arthur; otras cuatro ciudades chinas eran abiertas al comercio, además China era obligada al pago de una fuerte indemnización.

Pero la satisfacción de los nacionalistas japoneses por la victoria y por los resultados que había conseguido duró poco: algunos días después de la firma del tratado de paz, el 23 de abril, Rusia, Francia y Alemania informaron a Tokio que consideraban con preocupación la cesión al Japón de la península de Liaotung y aconsejaban su restitución a China. El motivo aducido era que el control japonés sobre la península representaba una amenaza para China. La verdad era que Rusia veía en aquella conquista una amenaza a sus propias veleidades de expansión, que apuntaban a poner un pie firme sobre las costas del Pacífico libre de hielos; por su parte, Francia favorecía a Rusia para obtener su apoyo en sus intenciones de expansión en las regiones meridionales de China, mientras Alemania consentía los empujes expansionistas de Moscú hacia Oriente porque estaba interesada en distraer la atención de Moscú hacia los confines occidentales.

El Japón, ya desgastado por la guerra con China, no podía correr el riesgo de un choque directo con Rusia y tuvo que aceptar la renuncia de la península; también Corea volvió a caer bajo la soberanía china. El orgullo nacional japonés recibió un grave golpe y el episodio reforzó sus corrientes nacionalistas.

Por otra parte, las tres potencias que acudieron en ayuda de Pekín cobraron caro sus servicios: Rusia, que a través de la Banca Ruso-China, con capitales franceses, había prestado al Estado Chino el dinero para pagar las indemnizaciones de guerra al Japón, a cambio del préstamo obtuvo el reconocimiento de un control aduanero más estrecho de aquel Estado.

En 1896 Rusia obtiene la concesión para la construcción del ferrocarril transiberiano, entre Chita y Vladivostok, a través de Manchuria septentrional, que acortaba mucho el viejo recorrido, y el derecho de vigilarla por tropas rusas. A la Sociedad constructora le fue reconocido el derecho a la explotación minera e industrial de amplias zonas; de este modo Rusia efectuaba una anexión apenas encubierta de Manchuria septentrional.

Alemania, por su parte, en 1897 se apodero de la fortaleza de Kyao-Cin.

En el mismo año la flota rusa atracó en Port Arthur con el pretexto de invernar, pero tres meses después el gobierno de Pekín fue obligado a ceder el puerto en alquiler por 25 años y a enlazar Port Arthur con Vladivostok por medio de una línea ferroviaria.

Inglaterra en 1889 ocupó la ciudad portuaria de Wei-hai-vei, frente a Port Arthur, con el propósito evidente de poner freno a las apetencias rusas. Francia se contento con redondear, a costa de China, sus posesiones en Tonkin, con adquirir concesiones mineras y ferroviarias en las provincias chinas meridionales y con la obtención de favorables condiciones comerciales.
 

Garras imperialistas sobre China

Los japoneses no podían pasar por alto todo esto; sus tropas habían derrotado al ejército chino pero veían como los frutos de la victoria pasaban a las manos de otros Estados, principalmente al Imperio del Zar.

El gobierno nipón reaccionó inmediatamente de forma militar. En 1896 fue reforzado el potencial del ejercito que pasó de 7 a 13 divisiones. En 1898 caballería y artillería se hicieron cuerpos independientes. Fue mejorado el armamento portátil y la artillería fue dotada de modernos cañones de repetición. También la flota tuvo un incremento notable: en 1896-97 fue lanzado un programa de construcciones navales que preveía la construcción de 4 grandes naves de batalla, 16 acorazados, 23 destructores, y otras 600 naves menores; el número de las naves de guerra de mayor tonelaje, de destructor para arriba, a finales de 1903, ascendía a 76, con un total de 258.000 toneladas.

Un breve paréntesis en las relaciones entre Japón y Rusia tuvo lugar en 1898 cuando Rusia reconoció a Japón sus "derechos mayores" sobre Corea, pero el mismo año en varias regiones de China estallaron revueltas contra la venta del país a los imperialistas extranjeros que culminaron con la insurrección de los Boxer; los insurrectos en junio de 1900 penetraron en Pekín y mataron a unos setenta europeos, entre ellos, al embajador alemán y a algunos misioneros.

Las grandes potencias aprovecharon la sublevación para acelerar la repartición del Imperio del Medio. Dejando momentáneamente a un lado la rivalidad, fue organizado un fuerte contingente internacional de 16.000 hombres entre Japoneses, Americanos, Ingleses, Alemanes, Franceses, Austríacos e Italianos, que se concentro en Tientsín.

Ha pasado a la historia el discurso del Emperador Guillermo II de Alemania a las tropas que partían hacia China: "¡Ninguna gracia!, ¡Ningún prisionero! Hace mil años los Hunos del Rey Atila se hicieron un nombre que ha entrado en la historia y en la leyenda. Del mismo modo vosotros debéis imponer en China, por mil años, el nombre de ’alemán’, de forma que nunca más en el futuro un chino ose mirar de reojo a un alemán". Estas ordenes fueron seguidas por todos los cuerpos de la expedición que rivalizaron en crueldad contra la población china.

El 14 de agosto el cuerpo de la expedición entró en Pekín y liberó el barrio de las legaciones que estaba en estado de sitio desde hacia dos meses. La ciudad fue saqueada, millares de chinos fueron masacrados, el Palacio imperial fue ocupado por la soldadesca y saqueada la mayor parte de sus tesoros. Expediciones de castigo fueron organizadas también hacia las zonas rurales donde los Boxer habían intervenido. En Manchuria, donde los Rusos fueron los encargados de las tareas de pacificación, pueblos enteros fueron destruidos y millares de personas degolladas y arrojadas al Amur; las tropas rusas ocuparon toda Manchuria.

Lenin censuró con palabras de fuego, en el primer número del Iskra, la despiadada política de asesinato y de rapiña del Imperialismo: "He aquí que ahora los capitalistas han extendido sus ávidas garras sobre China. Y entre los primerísimos a extenderlas ha estado el gobierno ruso, que ahora va alardeando de su propio "desinterés". "Desinteresadamente" ha hurtado a China Port Arthur y ha comenzado a construir, bajo la protección de las tropas rusas, un ferrocarril hacia Manchuria. Uno tras otro los gobiernos europeos se han dedicado con tanto celo a arrebatar, perdón, a "alquilar" tierras chinas, que no sin razón se está comenzando a hablar de repartición de China (...) Se han puesto a depredar a China como a un muerto, y cuando este muerto aparente ha intentado oponer resistencia, se han lanzado contra él como bestias feroces, incendiando pueblos enteros, ahogando en el Amur, fusilando y pasando por la bayoneta a los habitantes indefensos, a sus mujeres y a sus niños. Y todas estas cristianas empresas han estado acompañadas por gritos contra los salvajes chinos que osan levantar la mano contra los civilizados europeos (...) ¡Pobre gobierno imperial! Hace algunos años ha ocupado desinteresadamente Port Arthur y ahora está ocupando desinteresadamente Manchuria; ha desinteresadamente enviado por las regiones de China que limitan con Rusia una manada de arrendatarios, ingenieros y oficiales que, con su comportamiento, han empujado a la revuelta hasta a los chinos, famosos por su docilidad" (Lenin, La guerra china, 1900).
 

La guerra ruso-japonesa

Esta presencia rusa en Manchuria era desagradable sobre todo para Japón e Inglaterra; esta última temía la decadencia de su propia influencia en China si la ocupación rusa de Manchuria se hacia permanente; Japón tenía cada vez más necesidad de Manchuria (rica en carbón y hierro, además de su potencialidad agrícola) y de la vecina Corea para el abastecimiento de materias primas destinadas a su industria en gran desarrollo y también de arroz para la población que había crecido de 35 millones en 1873 a 46 millones en 1903 con una urbanización del 21%.

Los dos países firmaron un acuerdo de colaboración militar el 30 de enero de 1902 con el cual Inglaterra reconocía que Japón "además de los intereses en China, mantiene particulares intereses, políticos, comerciales, e industriales en Corea". En un primer momento, Rusia pareció temer la nueva alianza y declaró estar dispuesta a retirar gradualmente sus tropas de Manchuria, pero a continuación no mantuvo las promesas dadas y a las nuevas propuestas de acuerdo avanzadas por Japón respondió con contrapropuestas intransigentes, segura de su superioridad militar.

A pesar de los titubeos dentro de su gobierno, en este punto Japón decide entrar en guerra con Rusia. El 6 de febrero de 1904 Tokio interrumpe las relaciones diplomáticas con Moscú. Dos días después, inaugurando una táctica que sería repetida en la II Guerra Mundial, torpederos japoneses se acercan sigilosamente a Port Arthur comenzando las hostilidades, sin la preventiva declaración de guerra, con un poderoso ataque a la flota rusa. Gracias a la sorpresa fueron destruidas 7 naves, entre ellas, 3 grandes acorazados, asegurándose Japón la superioridad en el mar. La guerra por tierra fue particularmente dura: en la batalla decisiva por la conquista de Mukden los japoneses empeñaron 16 divisiones con un total de 400.000 hombres. Pero el golpe decisivo a la resistencia rusa fue dado con la espectacular victoria del estrecho de Tsushima, que divide la península coreana de las islas japonesas, donde la flota rusa del Báltico, que había dejado Europa en noviembre y dado media vuelta al mundo con el propósito de romper el bloqueo naval de Vladivostok, fue atacada y destruida por la más moderna y eficiente flota japonesa comandada por el almirante Togo.

Mientras tanto el ejército ruso había conseguido recibir substanciales refuerzos y reorganizarse, mientras el japonés se resentía por el esfuerzo realizado, por la lejanía de las líneas de reabastecimiento, por el agotamiento financiero, dado que Inglaterra, preocupada por la prueba de eficacia ofrecida por la potencia militar japonesa, había estrechado el grifo. El ejército ruso habría podido pasar de nuevo a la ofensiva, pero el estallido de la revolución en occidente obligo al gobierno del Zar a pactar.

En la conferencia de paz de Portsmouth (agosto de 1905) Rusia reconoció la supremacía Japonesa en Corea, el paso al Japón de los intereses rusos en Manchuria meridional incluidos el ferrocarril y la península de Liaotung, y la cesión de la parte meridional de la isla de Sajalin.
 

Protectorado del Japón

En julio del mismo año también los Estados Unidos habían dado el visto bueno al estado de subordinación de Corea que en noviembre se convertía en un protectorado japonés, por el cual Japón asumía el control de sus relaciones internacionales.

En febrero de 1906 fue nombrado Residente General en Seúl Ito Horobumi, uno de los más conocidos estadistas del Japón moderno, que ejercitaba una acción de supervisión y veto sobre cualquier acto del gobierno coreano, llamado por algunos historiadores coreanos "gobierno de los consejeros" por cuanto los diferentes ministerios eran de hecho dirigidos por consejeros japoneses allí donde (Exteriores, Defensa, Comunicaciones) no fuesen de estrecha competencia y gestión japonesa.

En 1907 el último monarca de la milenaria dinastía Yi fue obligado a abdicar en favor de su hijo, para castigarlo por los estériles pero embarazosos intentos realizados en Washington y La Haya, entre 1905 y 1907, para hacer anular el tratado de protectorado en cuanto impuesto por la fuerza. Vista cual era la política de las grandes potencias era como si el cordero pidiese protección al lobo. En el mismo año la presencia japonesa se reforzó notablemente hasta cubrir los sectores claves del gobierno, de la administración pública, de las comunicaciones y de los transportes, del sistema judicial, de la policía y del ejército. El ejército coreano, con nueve mil hombres, fue disuelto.

Parece que a continuación de estas medidas estalló una gran revuelta, reprimida con la sangre de más de mil muertos. En octubre de 1909 el Residente Japonés fue asesinado en un atentado por un nacionalista coreano, el gobierno japonés envío a Corea al general Terauchi Masakata que sometió a los coreanos masacrando millares de personas (probablemente 20.000) sobre todo en las aldeas. El asesinato fue el pretexto para proceder a la definitiva anexión de Corea, que recibió el nombre nipon de Chosen.
 

La colonización

El Japón establece en Chosen uno de los aparatos político-administrativos más eficientes de la historia colonial, protegido por una numerosa policía y por el ejército.

El Gobernador General tenía plena autoridad y autonomía ejecutiva, legislativa y judicial sobre el país; era elegido entre los generales y almirantes en activo para poder ser al mismo tiempo investido en el cargo de comandante en jefe de la administración militar colonial.

"Hasta el 1905 son principalmente el crecimiento de la población (11 millones al comienzo del siglo XX) y los desordenes internos los que van a perturbar la organización tradicional de la economía coreana, favoreciendo la concentración de la tierra y el desarrollo del comercio y del artesanado independiente. Bajo la administración japonesa las reformas fiscales y monetarias y la modernización de los transportes y de las comunicaciones tienden a confirmar ésta tendencia, pero desviando los beneficios hacia las empresas japonesas. Con la institución del catrasto, realizado en 1912, el gobierno general se adueña de las tierras que los propietarios han descuidado de declarar, es decir, el 40% de la superficie cultivada. La Compañía de explotación de la tierra del Extremo Oriente recibe las mejores, junto a las quitadas a los cultivadores endeudados con los acreedores japoneses. En 1916 el 77,5% de las familias campesinas es reducido a la condición de aparceros; el total de los agricultores propietarios ha disminuido en un 80%, solamente el 2,5% de los grandes ha logrado conservar sus propias posesiones" (P. Leon, "Storia economica e sociale del mondo").

Estas afirmaciones son confirmadas por Collotti Pischel que escribe en su "Storia dell’Asia Orientale 1850-1949". "Los coreanos (13 millones en 1910, 17 en 1920, 19 en 1930, 24 en 1940) sufrieron durante 35 años una dura opresión. A través de mecanismos legales y fiscales fue impuesta la transferencia de gran parte de la tierra de Corea meridional a los japoneses que tomaban posesión de la península como propietarios, mientras los campesinos coreanos se veían reducidos a arrendatarios o conservaban pequeñisimos lotes". Según otras fuentes no parece que los grandes propietarios fuesen golpeados duramente. Por ejemplo, Idéo afirma que "a excepción de los propietarios terratenientes, los coreanos fueron excluidos de la gestión económica de los recursos del país, tanto que al final de la II Guerra mundial, la burguesía coreana era prácticamente inexistente en el contexto de los países coloniales de Asia Oriental". Esta afirmación haría suponer que los propietarios terratenientes fueron excluidos, al menos en buena parte, de las expropiaciones japonesas.

Mientras la red de las comunicaciones y los transportes pertenecía al gobierno colonial (que desempeñó un papel aún más preponderante y agresivo que el primer gobierno Meiji, en el que se inspiraba para promover la modernización de la colonia), la casi totalidad de las industrias modernas eran poseídas y gestionadas por japoneses, a los que el gobierno ofrecía numerosos incentivos: subsidios, reducción de impuestos, dividendos garantizados en industrias de particular interés para el desarrollo de la colonia, y finalmente la colaboración de una eficiente burocracia.

Escribe de nuevo Collotti Pischel "los japoneses efectuaron una política de desarrollo en Corea: por exigencias estratégicas construyeron una importante red ferroviaria, instalaron en el Sur industrias manufactureras que explotaban la mano de obra de un país de grandes tradiciones artesanas, a comienzo de los años 30 procedieron a la industrialización pesada del Norte, favorecida por el potencial hidroeléctrico del río Yalu. Sin embargo, fue una modernización que trajo el beneficio de las empresas japonesas propietarias de las fabricas: los coreanos suministraban solamente una fuerza de trabajo cualificada – a menudo forzosa – y no tenían acceso a las ganacias, repartidas entre los grandes zaibatsu y las empresas controladas por los militares". Los coreanos registrados como pertenecientes a la industria eran en un 90-95% simples operarios.

También en la agricultura la propiedad de la tierra más extensa y productiva (sobre todo los campos irrigados en algunas regiones del Sur) estaban en manos de propietarios absentistas japoneses que las concedían en arriendo a los campesinos locales; al final de la II Guerra mundial el 75% de la población coreana estaba sin embargo todavía dedicado a la agricultura.

En general parece que la gestión económica japonesa, consideradas las condiciones iniciales y la breve duración del dominio colonial, tuvo un notable efecto modernizador: aumentó la superficie cultivada y con ello se racionalizó el arriendo; fue creada una buena red de comunicaciones y establecida una base industrial, especialmente en los años 30.

La historiografía está de acuerdo en subrayar que este desarrollo económico se realizó según las exigencias del Imperio del Sol Naciente: por ejemplo, los coreanos no se beneficiaron del aumento de la producción de arroz (que debieron sustituir con la cebada y el mijo en su dieta) porque este estaba destinado casi totalmente al mercado japonés. A finales de los años 30 Corea y Taiwan producían el 98% del arroz importado por Japón. También el desarrollo de la industria fue aprovechado por Japón, principalmente en el periodo de la guerra. De 1938 a 1940 las industrias pesadas con alta intensidad de energía (químicas, extractivas, maquinaria) representaban el 44% del valor total de la producción del sector manufacturero, respecto al 26% del trieno 1926-1929.

Los coreanos estaban excluidos de los cargos directivos y de las funciones especializadas; los obreros coreanos ganaban cerca de la mitad que sus compañeros japoneses; los empleados, un 40% menos. Millares de campesinos pobres y analfabetos, autentica reserva de mano de obra a bajo costo, fueron obligados a emigrar a Japón, donde desempeñaban los trabajos más humildes y peor pagados. Entre 1910 y 1945 emigró alrededor del 15% de la población coreana. El episodio más dramático, significativo de la difícil existencia llevada por los emigrantes ocurrió después del terrible terremoto que sacudió la zona del Kento, en Japón, en septiembre de 1923: cuando los extremistas de derecha hicieron correr la voz de que los coreanos habían envenenado los pozos, saqueado, y asesinado, la muchedumbre enfurecida masacró a algunos millares de coreanos.

Desde 1942 a 1945 la emigración aumentó notablemente en proporción a la creciente necesidad japonesa de procurarse obreros a bajo costo para la minería y las fabricas del territorio metropolitano y de los Países de la ya grande Asia Oriental. Al final de la guerra habían sido movilizados cerca de 2 millones de coreanos para trabajos pesados en Japón, en Sajalin y en el Pacífico del Sur.

El recuerdo de estos sufrimientos está todavía vivo en la memoria del pueblo coreano también porque la minoría coreana en Japón aún sigue siendo discriminada en esta posguerra y no goza del derecho de ciudadanía.

En el ultimo decenio de la ocupación, Japón persiguió el objetivo de la integración de Corea en el Imperio, buscando la supresión de la identidad nacional; fue impuesto el estudio de lengua japonesa y el uso de ésta en todos los documentos públicos y privados y en los periódicos; todos los súbditos fueron obligados a frecuentar los templos shintoistas erigidos en Corea en el periodo colonial, abandonado la tradicional religión budista.

Una dominación de este tipo tenía necesidad de un eficiente aparato represivo y de una presencia por doquier de la policía japonesa. Corea se convierte así en el lugar ideal para la absorción de esa clase media baja que en Japón se iba formando en las escuelas que no daban acceso a la Universidad: de 1910 a 1945 los residentes japoneses crecieron de 170.000 a 700.000. Para efectuar mejor el control de la población, la Gobernación antes de la anexión había cooptado en el interior de las fuerzas de policía colonial a todos los funcionarios de policía coreanos. En 1930 estos últimos constituían el 40% del total (18.800 hombres). Después de 1943 los jóvenes coreanos fueron también obligados a enrolarse en las fuerzas armadas imperiales japonesas: al final de la II Guerra mundial 186.000 coreanos estaban en el ejército y 30.000 en la aviación.

(Continuará)

 I – El Estado antiguo; La guerra chino-japonesa; Garras imperialistas sobre China; La guerra ruso-japonesa; Protectorado del Japón; La colonización.

II – La Primera Guerra Mundial; 1922 - 1er Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente; El imperio japonés; La guerra mundial; El gendarme estadounidense; La posguerra en el Norte; La posguerra en el Sur; La nueva guerra; El cañón de la Democracia Universal.
 
 












SEGUNDA GUERRA MUNDIAL:
CONFLICTO IMPERIALISTA EN AMBOS FRENTES
CONTRA EL PROLETARIADO Y LA REVOLUCIÓN
(II)

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Entendimiento burgués por encima de las diferencias
en ambos lados del frente para evitar la revuelta obrera

Badoglio, apenas nombrado jefe del gobierno militar, se apresuró a enviar un telegrama a Hitler en el que decía: "Como ya se declara en mi proclama dirigida a los italianos (...) la guerra para nosotros continúa en el espíritu de la alianza (...) aprovecho la ocasión, Fuehrer, para expresarle mis más cordiales saludos".

Es evidente que las palabras melifluas de Badoglio no debieron fascinar a los dirigentes de Berlín. Alemania era bien consciente de que el nuevo gobierno representaba una fase de transición y que tenía el único objetivo de consumar la traición a la alianza para pasar a la otra parte de la barricada. El embajador Von Mackensen, a las 17 h. del día 27, telegrafiaba a su gobierno advirtiéndole de que el próximo movimiento sería "librarse de las condiciones que actualmente todavía mantienen a Italia ligada a su compañera del Eje". Dicho lo cual, sugería "desplegar tantas fuerzas alemanas en la Bota como para que nosotros (los alemanes- n.d.r.), en un momento dado, podamos llamar al orden a este jefe de gobierno y sus eventuales intrigas". Hitler, por su parte, hubiera deseado resolver la situación de una manera más radical y expeditiva e, inmediatamente después del arresto de Mussolini, propuso adoptar medidas definitivas que pueden ser resumidas así: 1)Hacer que la 3ª Panzergranatierdivision ocupara Roma; 2)Arrestar al rey, al príncipe heredero, a Badoglio y todo su gobierno. "Prepararemos todo para hacernos fulminantemente con esta chusma, y capturar toda la gentuza. Mañana mandaré un hombre que dé la orden al comandante de la 3ª división de granaderos acorazados de entrar en Roma con una brigada especial y detener inmediatamente a todo el gobierno, el rey, toda esa mesnada y sobre todo arrestar de inmediato al príncipe heredero y adueñarse de estos bribones, de Badoglio y de toda la chusma"; 3)Penetrar en el Vaticano y adueñarse de todo el cuerpo diplomático."La canalla está allí, saquemos fuera a toda esa banda de cerdos (...) Después nos disculpamos por ello (...) de todas formas para nosostros no cambia nada"; 4)Conseguir los documentos que prueben la traición italiana.

En la tarde del 31 de julio, en Frascati, se tuvo una reunión en la cual, además de Kesselring, participaron el general de aviación Student, el capitán de marina Neubauer, el capitán de marina Juege y el primer oficial de Estado Mayor von Plehwe. En estas reuniones fueron ultimados los detalles de la "operación Schwarz", que hubiera debido poner en práctica las directivas de Hitler.

¿Qué fue lo que hizo desistir a Hitler de sus propósitos? El día siguiente a la cumbre alemana de Frascati, Badoglio, advertido a través del Vaticano de la operación Schwarz, se encuentra con Von Reintelen y le advierte en estos términos: "Si este gobierno cae será sustituido por uno de inspiración bolchevique. Esto no nos interesa ni a nosotros ni a vosotros". En la mañana del 2 de agosto Von Rientelen partió en avión para Berlín, y le hizo saber a Hitler que "solo el gobierno Badoglio podía impedir un desliz de Italia hacia el comunismo. Por eso se le mantenía a ese gobierno". Y la operación Schwarz fue congelada.

"Pero hay más – escribe Spriano – en un memorandum confidencial puesto en circulación el 13 de agosto por la oficina de Ribbentrop, se alaban las medidas draconianas introducidas ya por el gobierno" italiano.

El coronel Montezemolo acabaría sus días mártir en las Fosse Ardeatine; el doctor Rodosindo Cardente, que fue médico en la cárcel nazi de Via Tasso, ha escrito de él: "los proletarios y el oficial superior del Estado Mayor se volvían a encontrar como en los campos de batalla, es decir en la celda de la cárcel y en el hoyo del martirio, unidos para siempre, hermanos". Pero el mártir de las Ardeatine, en las charlas privadas con los oficiales alemanes no se cansaba de exaltar las medidas represivas adoptadas por Badoglio respecto a los "hermanos proletarios". "Él (Montezemolo - n.d.r.) nombró lo primero, como señal más exterior, la dura aplicación del estado de sitio. El gobierno fascista nunca supo encontrar la fuerza. Se había ejercitado solo con medias medidas, para rabia del ejército. Pero Badoglio ya había puesto bajo la administración militar correos y ferrocarriles, había puesto severas limitaciones al movimiento turístico civil, había declarado zona de guerra tres cuartos del país y había encuadrado en el ejército a la milicia" (F.K. von Plehwe, "El Pacto de Acero").

Alemania aún sabiendo que Italia estaba consumando su traición, decidió apoyar al nuevo gobierno de Roma porque sólo así tendría la garantía de que el contagio de la revuelta no llegaría al interior de su ejército. O, si queremos ser más precisos tenemos que decir que sólo apoyando al gobierno Badoglio los alemanes podrían frenar el bacilo de la insurrección que ya se había manifestado dentro del ejército.

El general Von Rintelen escribe que a la caída de Mussolini "también militares alemanes tomaron parte en las demostraciones de júbilo (...) Para fortuna de los participantes no hubo ningún epílogo ante el tribunal marcial". También esto es muy interesante, los mandos alemanes prefieren tragarse la protesta antes que tomar medidas según las leyes marciales.

Así como Hitler aceptaba jugar al juego del traidor Badoglio con tal de que éste continuase desarrollando su papel de verdugo de la clase trabajadora, a su vez Churchill y Roosevelt no fallaron en apreciar las cualidades del general saboyista y ponían toda su potencia militar al servicio de la causa común: el desangramiento del proletariado italiano que, por la trágica condición en la que acabó habría podido representar la primera chispa de una enorme explosión internacional.

En una de sus cartas a Roosevelt, Churchill escribió: "mi criterio es que liquidados Mussolini y el fascismo, yo estoy dispuesto a tratar con cualquier autoridad italiana en disposición de consignar la mercancía". Esto a finales de julio. En los primeros días de agosto, con una nueva carta al presidente americano, el primer ministro de Su Majestad declarará a qué mercancía se refería: "el fascismo en Italia ha muerto, cualquier huella de él ha sido destruida. Italia se ha vuelto roja de un momento a otro. En Turín y Milán manifestaciones comunistas han tenido que ser sofocadas por las fuerzas de policía. Veinte años de fascismo han acabado con la clase media. Entre el Rey con los patriotas que le apoyan, que tienen el completo control de la situación, de un lado, y el bolchevismo rampante del otro, no ha quedado nada". Y fue para coadyuvar las fuerzas de policía del enemigo sobre el frente no de guerra sino de clase, que los anglo-americanos aumentaron de manera inaudita sus bombardeos sobre los barrios proletarios de las ciudades. La "liberación" de Italia entraba en los planes militares de los aliados, pero sobretodo se trataba de liberarla del peligro de un proletariado revolucionario. Y Churchill también escribe el 4 de agosto: "en interés de la máxima presión política y militar sobre la población y gobierno italianos, además de por razones militares, somos extremadamente reacios a interrumpir los bombardeos de las terminales de carga ferroviarias, etc.". El aspecto militar se pone en segundo plano, mientras en primer lugar esta la "presión política y militar sobre la población".

La Historia Oficial inglesa de la Segunda Guerra, respecto a la directriz del 14 de febrero de 1942 al mando de los bombardeos, afirma: "La campaña de bombardeo debía centrarse en la moral de la población civil y en particular de los obreros de la industria, éste debía ser el objetivo primario". Por lo demás este camuflaje de acciones de guerra de clase como acciones de guerra entre ejércitos se hace contra los barrios obreros de todos los paises vencidos: en Dresde en una sola noche, del 13 al 14 de febrero de 1945, 135.000 víctimas, sin que en absoluto tenga justificación estratégica ninguna. Cartier hace referencia a que "a finales de julio de 1945 las cinco grandes ciudades japonesas son destruidas en proporciones que van del 40 al 65%; las ciudades secundarias son objeto de un programa incendiario especial, del 17 de junio al 14 de agosto sesenta de ellas son atacadas, muchas incenciadas en un 60, 70, 80%, hasta el 99,5%; el número de las víctimas alcanza el millón".

En esta Santa Alianza antiproletaria que contemplaba juntas la Italia postmussoliana, la Alemania nazi y las Potencias democráticas, ¿podía quedar excluido el estalinismo? Ciertamente no.

Al inicio del mes de agosto el estalinista Giovanni Roveda dirigía una carta al general Ruggero en la que se hacía la propuesta de "envestir con poderes de comisarios extraordinarios dos viejos organizadores de la tradicional CGL, que propongo en el nombre del que escribe y del honorable Ludovico D´Aragona". Cuando Roveda hizo esta propuesta de colaboración gubernamental sus compañeros de partido se encontraban todavía dentro de las prisiones y penitenciarias en las que habían sido recluidos por el fascismo.

No por casualidad Carmine Senise (que hasta finales de abril había sido jefe de la policia fascista, que en julio había formado parte de la conjura de la Corona y que ahora era nuevamente jefe de la policia Badogliana) cursó la siguiente circular: "Ruego preparar rápido excarcelación acusados disposiciones autoridades P.S. responsables actividades políticas, excluidas las referentes comunismo y anarquía. Al mismo tiempo SS.LL. compilarán en el día de hoy listas todos condenados o preventivos por actividades arriba indicadas, excluyendo siempre comunistas y anarquistas y les remitirán a las Reales Fiscalías competentes con propuesta gracia soberana".

Badoglio, inscrito en regla en el P.N.F. (con toda la familia, incluida la mujer) había dado vida a un gobierno que fue definido "fascismo sin Mussolini". Ragionieri escribe: "los sentimientos antifascistas sólo eran conocidos por el consejero de Estado Leopoldo Piccardi y no por casualidad se le atribuyó el ministerio de las corporaciones". Y este gobierno fascista sin Mussolini puso en práctica la propuesta de colaboración fascista-católico-liberal-estalinista hecha por el PCI desde 1936. El 8 de agosto el pecista Roveda, los socialistas Buozzi y Lizzardi, los católicos, Grandi, Quarello y Vanoni, los accionistas, De Rugero y Calamandrei, y el liberal Storoni, fueron nombrados comisarios de los exsindicatos fascistas. Que el objetivo del gobierno estaba claro y, como consecuencia, que el PCI no pueda buscar atenuantes lo confirma, una vez más, Ernesto Ragionieri (podemos permitirnos el lujo de citar a nuestros peores enemigos). "Los contactos (de Badoglio-n.d.r.) con los exponentes antifascistas tuvieron lugar por una necesidad fundamental, la de aliviar la presión de las masas obreras con medidas no alternativas sino complementarias a la represión militar, y no exacerbar más aun un terreno de lucha y enfrentamiento, la fábrica, que amenazaba con hacerse explosivo después de las huelgas de finales de julio y las manifestaciones en las que apreciaban claros objetivos reivindicativos (sobre todo las comisiones internas) que parecían confirmar peligrosamente un despertar del peligro de la clase obrera".

Confesión más total y espontánea que ésta no puede haber. El estalinismo, aunque sus adeptos permanezcan encerrados en las cárceles, está siempre dispuesto a la colaboración, hasta con el nazismo, cuando se hace necesaria su obra... contrarevolucionaria.

Fue en esta situación en la que a Roveda, bajo petición escrita, se le puso a la cabeza de los sindicatos exfascistas, con la disculpa de que no comportaba alguna corresponsabilidad política con el gobierno, "como si el hecho de asumir cargos oficiales no comportase de por si por encima de cualquier reserva mental, una corresponsabilidad con su ordenante" (Documento del P.C. Internacionalista del 3 de octubre de 1943). El "caso Roveda" parece de tal gravedad que hasta los dirigentes del PCI de la emigración francesa, informados a través de la radio, quedaron convulsionados por ello. Esto se desprende de "Cartas de Espartaco" del 8 de agosto donde se lee: "en caso de que la noticia fuese exacta y Roveda y Buozzi colaborasen realmente con los agentes hitlerianos del gobierno Badoglio, esto demostraría que tenemos en frente a dos militantes que cometen de buena fe un error gravísimo y que querrán corregirlo inmediatamente enviando al gobierno de la reacción y de la guerra sus dimisiones, o a dos traidores que se han pasado al enemigo con los que la clase obrera y los partidos antifascistas rompen toda relación". El error de los pecistas de la emigración fue el de tomar la palabra empujados por la emotividad, aunque habrían debido saber que el estalinismo no admite errores: ¡antes de hablar se deben atender las disposiciones de partido! y así sucedió que no fue Roveda quien se debió justificar, sino que la autocrítica la debieron hacer esos compañeros a los que todavía les pudiera quedar una pizca de conciencia de clase. Esos mismos que habían avanzado la hipótesis de que Roveda fuese un traidor pasado al enemigo debieron agachar la cabeza y declarar que "una vez que se ha constatado que había acuerdo entre Roveda y el partido ha habido acuerdo también entre los compañeros" (Spriano, "Storia del PCI").

También el P.C. francés tomó la palabra sobre la cuestión desaprobando la colaboración con Badoglio "aliado de Hitler y jefe de un gobierno en guerra con la Unión Soviética". Moscú, por el contrario, permaneción en silencio. Para la central de la internacional de la contrarevolución ¿qué habría cambiado, en lo que respecta a la campaña militar, la colaboración o no del PCI en el gobierno Badoglio? Absolutamente nada. Por el contrario, en lo que respecta a la colaboración interimperialista de represión tenía un significado de la máxima importancia. Por tanto, luz verde al experimento colaboracionista aunque fuese al lado de los que estaban al lado de Hitler.

Hemos leído los pasajes de las cartas de Churchill en los que se decía que los bombardeos sobre las ciudades proletarias italianas, en particular Turín y Milán debían continuar e intensificarse para debilitar la resistencia y la voluntad de lucha del proletariado.

Esos bombardeos no tardaron en dar sus frutos, como sus frutos habían dado las metralladoras de Badoglio. A pesar de esto, en el mes de agosto, las luchas de clase en las dos grandes ciudades industriales se reanudaron. El día 9, en Milán, en la Pirelli se había hecho huelga contra la guerra y el día 10 en la Breda di Sesto S. Giovani. Los días sucesivos las huelgas se sucedieron. El día 17 la agitación abarcó toda la provincia de Milán. La oportuna intervención de bombero de Roveda permitió, el día siguiente, la vuelta al trabajo.

En Turín las agitaciones fueron mucho más fuertes, la chispa de la nueva oleada de huelgas partío del complejo Fiat Grandi Motori. En un primer momento el general Adami Rosi exhortó a los trajadores a no "obstaculizar con huelgas la obra del gobierno (...) después de un rato una notable cantidad de obreros había abandonado los talleres, antes de que llegaran los soldados. Apenas llegaron los soldados apuntaron las metralletas contra los obreros que quedaron en los talleres, mientras que el oficial que les mandaba ordenó disparar contra el resto de obreros que pretendían salir de los talleres. Los soldados rechazaron disparar. Entonces el oficial empuñó la metralleta y disparó contra los obreros" (Informe de Remo Scappini al Centro del PCI). En los días sucesivos las huelgas de protesta se extendieron a toda la ciudad y a la provincia, una vez más fueron Roveda y Buozzi los que intervinieron tempestivamente para hacer cesar la agitación proletaria. En los mismo días otras huelgas, aunque más modestas, se confirmaron en Biella, Vercelli, Modena, Spilamberto, Reggio, Toscana y Umbria. Después tambíen en Varese y La Spezia.

En Turín los soldados se han negado a disparar sobre los obreros con los que se sienten en todo y para todo solidarios. Spriano escribe; "Muchos soldados animan finalmente a los obreros a hacer huelga". Los proletarios con el

mono y los de uniforme no esperan otra cosa más que el partido les dé la orden para organizar, coordinar, y extender esa lucha que, nacida de la necesidad material del pan, reivindica ahora el fin inmediato de la guerra y por tanto pone a la orden del día el problema del poder. El PCI hace todo lo posible por echar agua al fuego de la lucha de clase y desplegar todos sus agentes, salidos frescos de la cárcel, para amansar al proletariado, para convencerlo de que debe volver al trabajo, y no reivindicar ni siquiera la más elemental de las garantías: el trozo de pan. Pero a pesar de esta tarea de militancia contrarrevolucionaria, la situación se hace más crítica por momentos.

En el espíritu de la mejor tradición italiana el PCI proponía la constitución de un gobierno de reconstrucción nacional con función antialemana bajo la égida monarquía. En las fábricas y en las plazas los oradores estalinistas exhortaban a la calma, invitaban a los obreros a no hacer huelga y a volver al trabajo. La política frentepopulista ampliaba continuamente sus redes: ya no se apoyaba a los Blum o Daladier, se apoyaba a Badoglio mientras los cuerpos de los proletarios masacrados yacían todavía sin sepultura en las plazas y patios de las fábricas. La burguesía supo bien criar a sus siervos.

De todas formas la burguesía no dormía tranquilamente; es cierto que las metralladoras y los morteros estaban preparados para abrir fuego de nuevo sobre los proletarios, es verdad que el instinto de clase de los obreros se sofocaba con el gas envenenado de las consignas democráticas y colaboracionistas difundidas por los estalinistas, es verdad que los prisioneros políticos apenas liberados de las prisiones se precipitaban a profesar el lealismo y realismo patriótico; pero ¿hasta qué punto sería posible contener la presión proletaria sin correr el riesgo de una explosión dañina?
 

8 de septiembre
La clase dominante italiana confía a alemanes y aliados
la represión con armas de la revuelta de clase

Fue por esta razón que la cobarde burguesía italiana decidió retirarse del juego y dejar que fuesen otros quienes defendieran sus privilegios de clase. La invasión alemana y anglosajona representó la solución providencial para conseguir el objetivo de truncar la revuelta de las masas proletarias. "¿Sorprenderá todavía que Badoglio desde el 25 de julio al 8 de septiembre y sobretodo desde la firma del armisticio, haya permitido la ocupación alemana de la Italia septentrional y central? Hacía falta, después de haber quitado de la mano a las masas el arma de la paz haciéndose sus promotores y habiéndolas adormecido de esta manera, abandonar el país recalcitrante en manos de los dos contendientes, entregárselo atado de pies y manos, para que cesase de ser arena de luchas políticas y se convirtiera en campo de batallas militares. El talón alemán sofocaría la hidra insurgente de la revolución proletaria en los grandes centros industriales, y a los ingleses les esperaría la tarea de volver a poner en orden sobre bases sólidas el vacilante capitalismo italiano". (documento del PC internacionalista-octubre 1943).

El armisticio concedido por los aliados a Italia encajaba perfectamente en este cuadro de represión, contención y distorsión de las temidas revueltas proletarias. Sólo ésta puede ser la explicación, ya que desde un punto de vista militar la salida de Italia del Eje no perjudicaba a los alemanes, a los cuales se les dejaba libertad de acción no teniendo ya vínculos con la ex-aliada y, por otra parte, no daba ninguna ventaja a los anglo-americanos. Ya en enero del 43 Eden afirmó que "podría bien ser en nuestro interés que Italia, como componente del Eje resulte una carga para Alemania y se convierta en un peso creciente para el potencial germánico".

De hecho, con el armisticio Alemania fue aliviada del peso muerto italiano y, por su parte, el contingente aliado desembarcado en Italia se limitó a una guerra de posición, dando tiempo a los alemanes de ocupar militarmente el país, de organizar la administración y de asentarse sobre la "línea Gustav" que cortaba en dos Italia: del Garigliano al Sangro.

Los anglo-americanos habrían podido efectuar desembarcos al norte de Roma que habrían creado las condiciones para una rápida ocupación de gran parte de la península; además habrían podido desatar una potente ofensiva explotando también el factor psicológico, con gran desventaja para los alemanes, que se veían una vez más traicionados por los camaradas italianos y, sobretodo, explotando su enorme potencial bélico, superior con mucho al alemán. Basta tener en cuenta para este propósito las fuerzas que habían sido desplegadas a principios de agosto, para efectuar el desembarco en Sicilia: 1380 barcos; 1850 medios de desembarco; 4000 aviones y 12 divisiones. Un despliege de medios y de hombres superior al mismo desembarco de Normandía. Churchill en persona dio a entender que así se deberían llevar a cabo las cosas. El 26 de agosto escribía Stalin: "la guerra del mediterráneo debe ser puesta en marcha antes que nada con vigor. En esa zona nuestros objetivos serán la eliminación de Italia de la alianza del eje y la ocupación de Italia, como así mismo de Córcega y Cerdeña, para ser usadas como bases de operaciones contra Alemania". El 3 de septiembre, en otra carta a Stalin se lee: "enviaremos una división aerotransportada a Roma para (...) mantener alejados a los alemanes que tienen una fuerza acorazada en las proximidades". EL 5 de septiembre: "la operación ´Avalanche´ y el lanzamiento de paracaidistas tendrán lugar lo antes posible (...) Durante la operación ´Avalanche´ desembarcaremos ingentes fuerzas sobre la costa".

"Avalanche" era el nombre dado, en clave, al gran desembarco que habría debido seguir al anuncio de armisticio. Evidentemente los Aliados no comunicaron a los mandos italianos donde sería llevado a cabo el desembarco, y no sucedió entre Civitavecchia y La Spezia como había sido pedido por los emisarios de Badoglio. No tuvo lugar ni siquiera el prometido lanzamiento sobre Roma de la división aerotransportada. El desembarco aliado tuvo lugar lo más al sur posible, en el lugar donde menos daño podía hacer a las fuerzas enemigas, en Salerno el 9 de septiembre. Desde aquí llegaron el 1 de octubre a Nápoles, cuando la ciudad ya estaba evacuada por los alemanes y en manos de la población. Ni siquiera el segundo desembarco efectuado en Anzio el 22 de enero del 44 (cuatro meses y medio más tarde) representó una excepción a esta estrategia. A las fuerzas anglo-americanas les pusieron limite inmediatamente las tropas alemanas y así la cabeza de puente constituida permaneció firme hasta la primavera.

Los historiadores están de acuerdo en atribuir a la monarquía y a Badoglio las responsabilidades, tanto de la caída de la Italia centro-septentrional a manos de los alemanes, como de asumir la captura y la aniquilación de las fuerzas italianas fuera del territorio nacional. Lo que los historiadores burgueses y oportunistas no dicen es que encajaba en un escenario más general, es decir en el escenario de la aniquilación de las potenciales revueltas proletarias.

A este propósito está bien recordar una anécdota que no se lee en todos los libros de historia. El 3 de septiembre, en Cassibile, el general Castellano firmó el armisticio con los aliados; inmediátamente después el gobierno italiano se desdijo de la firma. Este nuevo cambio de chaqueta no debió agradar mucho a los Aliados, y al general Einsenhower amenazó con "la destrucción del gobierno y del país" si las cláusulas del armisticio no eran observadas en todo. En cambio Churchill, el viejo zorro inglés no se descompuso y, cuando era más útil para los anglo-americanos, anunció al mundo, o sea a los alemanes, que Italia se había retirado de la guerra. Esto se podía leer en la carta enviada, precisamente el 8 de septiembre, a Stalin: "en el último momento el gobierno italiano ha rechazado el armisticio afirmando que los alemanes entrarían inmediatamente en Roma e instaurarían un gobierno fantoche. Esto puede ser del todo posible. A pesar de todo, a la hora concordada, exactamente a las 16.30 hora de Greenwich, nosotros anunciaremos el armisticio".

Este hecho, en sí mismo, arroja todavía más ignominia sobre la burguesía italiana que, a través de sus cobardes representantes, intenta traicionar tanto a los alemanes como a los anglo-americanos. Este hecho demuestra no obstante también otra cosa: los Aliados pusieron al gobierno italiano, sin saberlo él y contra su voluntad frente a un hecho consumado de modo que la disgregación y el caos resultasen totales y, al mismo tiempo, enfriando las operaciones bélicas, dejaron vía libre al ejército alemán de ocupación para que pudiese cumplir el trabajo sucio en lo referente a la clase obrera que había retomado la lucha.

La mañana del 8 de septiembre Vittorio Emanuele recibió al nuevo embajador alemán, Rahn, y, en el coloquio, reconfirmó "la decisión de continuar hasta el final la lucha al lado de Alemania, con la que Italia estaba unida para la vida y para la muerte". Esto no significa en efecto que el rey fuese sincero, no obstante, después de que Radio Londres hubo anunciado la capitulación italiana, el Consejo de la Corona preparó un comunicado de desmentido al "pretendido armisticio". Este comunicado no fue transmitido porque, mientras tanto, Badoglio, por los micrófonos de la EIAR (Ente Italiano Audizioni Radiofoniche), confirmó el anuncio dado por los ingleses. Pero, también en este punto, algunos ministros pidieron que Badoglio fuera desdicho públicamente "señalándolo ante el país como responsable de los contactos mantenidos con los aliados y como consecuencia de la firma de la rendición" y pidieron que se reconfirmase "la intención de Italia de continuar la guerra al lado de los alemanes" (Puntoni, "Parla Vittorio Emanuele III"). Todo esto demuestra suficientemente que los ingleses, con el anuncio inesperado de la rendición, le apretaron las clavijas al gobierno italiano que intentaba prolongar el juego con dos barajas.

Se trataba ahora de tomar una decisión urgente y definitiva. La decisión fue la de lanzarse a los brazos de los futuros vencedores.

Pero el rey y el gobierno postmussoliano no pensaron solo en poner a salvo sus personas con la ignominiosa fuga a través de Brindissi; además de la fuga prepararon algunas cosas más, esto es, se aseguraron de que el orden burgués no fuera turbado y que al proletariado no le fuera dada ni la ocasión, ni la posibilidad de moverse.

Cuando los mandos alemanes tenían ya conocimiento de la rendición italiana, mientras Vittorio Emanuele hacía a prisa sus maletas, y Badoglio la propia (1) el general Roatta estaba conferenciando con los mandos alemanes von Rintelen y Touissanint. Durante este encuentro fueron ciertamente establecidas las modalidades de un traspaso indoloro de la administración estatal que, abandonada por el gobierno italiano, pasaba bajo la protección del Reich. Esto, que a primera vista puede parecer una afirmación fantasiosa, lo parecerá un poco menos cuando recordemos algunos hechos significativos.

Todos los mandos italianos, distribuidos en los distintos escenarios de la guerra estaban en posesión de la Memoria O.P. 44 que preveía la apertura de hostilidades con los alemanes. Después de la proclama de Badoglio que confirmaba la firma de armisticio con el enemigo, habría debido activarse la orden ejecutiva de la Memoria O.P. 44. En cambio Badoglio, después de haber dicho que "debe cesar todo acto de hostilidad contra las fuerzas angloamericanas por parte de las fuerzas italianas", se limitaba a añadir: "ellas sin embargo reaccionarán a eventuales ataques de cualquier otra procedencia". La Memoria O.P. 44 quedaba congelada. Pero ya que la proclama de Badoglio podía ser interpretada como una orden de resistencia, el general Ambrosio, a las 0:20 horas del 9 de septiembre, daba orden de "dejar moverse y transitar a los alemanes a través de las líneas italianas, desde el Sur hacia el Norte (...) con tal que lo hagan sin actos de violencia"

¿Y por qué iban a tener que hacer actos de violencia cuando nadie les impedía realizar sus maniobras y desplazamientos.? Un comunicado posterior de Ambrosio era todavía más claro: "el previsto plan de interrupción de los enlaces alemanes que no sea efectuado hasta que no resulte que secciones alemanas hayan interrumpido nuestros enlaces, ocupado centrales telefónicas y repetidores y de alguna manera consumado actos de hostilidad". Prácticamente se autorizaba a los "invasores" a ocupar todos los centros vitales y estratégicos; después de que toda resistencia además de inútil habría sido suicida.

Otro indicio de acuerdo lo podemos localizar en la fuga del rey. Desde el anuncio de la rendición hasta la fuga pasaron alrededor de 12 horas. En todo este tiempo ningún acto, movimiento o señal hostil por parte alemana se percibió, y hay que decir que el plan "Student" que preveía el arresto del rey y del gobierno estaba preparado desde el día siguiente al 25 de julio. En cambio, el 9 de septiembre por la mañana la caravana compuesta de siete automóviles (dentro de los cuales se encontraba la familia real con 17 maletas, Badoglio que había perdido la suya, generales y ministros cada uno de ellos con más o menos equipaje) partió tranquilamente y tranquilamente se dirigió hacia el sur cruzándose a las tropas alemanas que subían hacia el norte, traspasando otra vez tranquilamente los puestos de control encontrados: 5 en total de los cuales 2 alemanes.

Arrestar y deportar a la familia real y a sus secuaces solo habría provocado problemas a Hitler, por ejemplo, habría podido desencadenar un conflicto generalizado con las tropas italianas que, aunque estuvieran al límite de fuerzas, al menos en territorio italiano habrían estado en disposición de impedir esa libertad de movimiento, indispensable para el ejército alemán para enfrentarse y ralentizar el avance de los Aliados. Si los alemanes no arrestaron al rey en fuga, tres días después, en Gran Sasso, los carabineros dejaron llevarse a musolini sin ni siquiera aparentar haber puesto resistencia. A los guardias del Duce, a los cuales se les había dado orden de matar a Mussolini en caso de tentativa de fuga, el 8 de septiembre (que casualidad, precisamente el 8 de septiembre) esta orden había sido cambiada por otra que decía "usar la máxima prudencia", y los carabineros, por prudencia, lo dejaron ir.

Otro hecho que pude tener una relevancia menor pero no como para pasarlo por alto, es que un miembro de los Saboya, el conde Calvi di Bergolo, fue señalado por Kesselring como el primer comandante de "Roma ciudad abierta".

Mucho se ha escrito sobre la defensa de Roma para impedir que cayese en manos alemanas; pero esta defensa, además de que no se debió a las órdenes impartidas ni por Badoglio ni Ambrosio (mejor dicho, contraviniéndolas), debe valorarse de nuevo debido a las exageraciones de la historiografía resistencial. Para este fin basta citar a Giorgio Bocca, conocido partisano y archiconocido anticomunista: "La historia sagrada de la resistencia – escribe Bocca – en parte ha avalado la leyenda de la defensa de Roma llevada a cabo a pesar de la fuga del rey, por las divisiones del cuerpo motorizado y por un grupo de antifascistas en Porta S. Paolo. Debido a que convenía a la imagen del general Cadorna, comandante del cuerpo motorizado y también del cuerpo voluntarios de la libertad, y porque situaba simbólicamente en la capital el primer acto de la resistencia popular contra el ocupante. Ciertamente se conbatió con coraje tanto en Porta S. Paolo como en las inmediaciones de la capital, pero quien quiera ver estos rápidos enfrentamientos con una patrulla avanzada alemana y el mantenimiento de algunas posiciones como una batalla defensiva se carga la historia" ("La Repubblica", 8 de julio del 77).

Una vez más entre enemigos, traidores y traicionados, se pusieron de acuerdo para que todo se desenvolviese del modo más inocuo posible, sin que se perturbara el orden, sin que se crease un vacío de poder durante el cual la clase obrera italiana pudiese alzarse y contagiar a los proletarios uniformados alemanes el virus de la rebelión y su deserción en masa en todos los frentes europeos.

Los dos gobiernos fascista en el norte y monárquico en el sur garantizaron la continuidad de dominio del estado capitalista sobre la clase trabajadora. Los soldados italianos dispersados, que podría haber representado un grave peligro para la estabilidad del orden, fueron buscados por el ejército alemán y mandados a Alemania. Los que, en Italia, escaparon a las redadas, después fueron enjaulados en las organizaciones partisanas. El peligro de insurrección en el preriodo más inestable de la guerra fue conjurado.

El espía americano Peter Tompkins, refiriéndose a la Casa Saboya, escribió: "no ha terminado jamás una guerra al lado de aquellos con los que la ha empezado, a menos que la guerra no durase lo bastante como para cambiar de bando dos veces".

La ironía de este señor no viene al caso: los Saboya habrán traicionado siempre a sus aliados, pero no han traicionado nunca a la clase que representaban y además las traiciones las han consumado no por interés particular, sino por el interés del capitalismo nacional y su burguesía.

No solamente a título de crónica podemos recordar que ya antes del 25 de julio habían sido adelantadas propuestas de paz separada y se habían producido intentos, con conformidad de Mussolini. El subsecretario de estado Bastianini, recordaba que el general Castellano a principios de 1943 le había dicho: "claro y rotundo que se necesitaba desvincularse del aliado y acabar la partida de la guerra, porque las fuerzas armadas no estaban en disposición de combatir estando privadas de las armas necesarias". Después de un tremendo bombardeo sobre Cagliari, Bottai anotó en su diario: "Según confidencias frescas Mussolini está ahora ya rumiando posibles maniobras de distanciamiento del socio del Eje".

El 15 de mayo Vittorio Emanuele III compilaba tres "anotaciones". En la "anotación número tres" se lee: "Haría falta pensar muy seriamente en la posibilidad de desvincular la suerte de Italia de la de Alemania". En el mismo mes el teniente coronel piloto de complemento Ettore Muti, encontrándose en Portugal, se había acercado a elementos anglo-americanos. No se supo por encargo de quien.

El 19 de junio se celebró el 452º Consejo de Ministros de la Era Fascista, el último de la serie. En esta ocasión el senador Cini expresó públicamente la opinión de que se debería hacer la paz, y, dirigiéndose a Mussolini, dijo: "Y si se debe hacer la paz (...) para no ser cogido por sorpresa como ha pasado con la guerra (...) hace falta prepararse para hacerla como conviene, creando las condiciones favorables, estableciendo relaciones indirectas para eventuales soluciones no cerrando las puertas a nuestras espaldas, por el contrario predisponiendo las posibles vías de salida". Con este fin el subsecretario de Estado Bastianini, el 17 de julio, tuvo un encuentro con el cardenal Maglione. El Vaticano, después de haber sondeado a los Aliados, proveyó al banquero romano Fummi con un pasaporte suyo. El banquero presentado como administrador de los bienes de la Santa Sede, llegó a Lisboa, primera etapa hacia Inglaterra donde debía llevar un sondeo dirigido a la posibilidad de tratar el desistimiento de Italia, de Rumanía y de Hungría. De esta misión no oficial Mussolini estaba, naturalmente, al corriente.

Los alemanes se comportaban exactamente de la misma manera, incluso habían comenzado ellos primero. Ya en mayo de 1941 se produjo el intento (si bien oficial y embarazosamente desmentido) dirigido personalmente por el número 2 del Reich alemán, Hess. Pero, dejando el asunto Hess aparte, Hitler, a escondidas de Italia había dirigido más veces sondeos rondando al enemigo a través de agentes cualificados: en Suecia con Rusia, en España y Suiza con los ingleses. El 16 de enero del 43, Ciano escribe en su diario: "en las interceptaciones hay un telegrama en el que están resumidos los términos del coloquio entre el general alemán von Thoms y Montgomeri (...) Von Thoms ha dicho que los alemanes están convencidos de haber perdido la guerra y que el ejército es antinazi ya que atribuye a Hitler todas las responsabilidades".
 

(Continuará en el próximo número)  [ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ]


 NOTA:

(1) "En la tarde del 8 de septiembre, refugiándome en Ministerio de la Guerra, había traído conmigo una maleta que contenía además de mis cosas personales las siguientes cantidades del Estado: 10 millones de liras italianas, 800 mil francos suizos y un giro por 200 mil francos suizos. Esos dineros a cargo del fondo de la presidencia del Consejo, deberían servir para las primeras necesidades del Gobierno y de la Casa Real, en el posible caso de tener que dejar Roma. En la mañana del 9, en el momento de confusión de la partida me olvidé la maleta, que por fortuna fue retirada por mi hijo, funcionario de exteriores que desgraciadamente se quedó en Roma. He sido informado (...) de que estas cantidades en gran parte han sido gastadas en subsidios a los prófugos y a los partisanos como yo mismo había hecho llegar la orden a mi hijo. (...Con el fin de...) poder presentar una documentación (...) del empleo de dicho dinero, yo pido que sea esperado el regreso de prisión de mi hijo Mario para tener datos más precisos" (P. Badoglio, Salerno, 12 de junio de 1944).
Mario regresó a casa, abrazó al padre como a todas las otras amistades pero ninguno quiso poner en duda la palabra del Mariscal de Italia y duque de Addis Abeba pidiendo rendir cuentas.
Que pena nos da el hecho de que a la Casa Real y al Gobierno les faltaran los medios para poder hacer frente a las necesidades básicas, pero bueno, al fin y al cabo esas cantidades aliviaron de algún modo los sufrimientos de prófugos y partisanos. Y si es cierto que 4.000 liras de las actuales equivalen a una lira de 1943, se puede también apreciar cuanto bien ha sido posible hacer con esos dineros. Debe ser la PROVIDENCIA que proveyó retener, en Roma, a mario, el hijo de Pedro.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


NOTICIARIO

Venezuela: la demagogia de Chaves se desinfla
    El contenido de la revolución bolivariana salta ya a la vista para la inmensa mayoría de los trabajadores del país. Por eso están a la orden del día las huelgas y las manifestaciones en las principales ciudades venezolanas. El hecho de que los trabajadores de un sector clave como es la industria petrolera, hayan ido a la huelga ha motivado que el gobierno de Chaves movilice incluso al ejército contra los huelguistas. Como botón de muestra de cómo cumple el gobierno "bolivariano" sus compromisos está el impago de una subida del 15% pactada con los trabajadores del sector público a mediados del año pasado.

Macedonia: pugna interimperialista
    La reciente invasión albanesa del territorio de Macedonia no es sino un nuevo episodio del pulso que mantienen las grandes potencias para desestabilizar a los competidores en los mercados internacionales. Es evidente el interés de los EEUU por mantener un foco de inestabilidad permanente en el corazón de Europa, y el no menos de la UE y Rusia de no dejarse arrebatar sus áreas de influencia. La paz en precario firmada hace unos meses no será sino el anticipo de conflictos cada vez más amplios y generalizados en los atormentados (por el capitalismo) Balcanes.

Crisis ganadera internacional
    Que el capitalismo y la vida sana son incompatibles es algo que se encarga de demostrar cotidianamente la propia dinámica de la sociedad mercantil. Los cientos de miles de cabezas de ganado sacrificadas y destruidas por razones sanitarias es la enésima demostración del fracaso del sistema burgués para regir los destinos de la sociedad humana. Solamente un modelo de sociedad, la socialista, que abola el valor de cambio de los productos, dejando solamente en pie su valor de uso podrá garantizar que los alimentos que consumamos sean realmente alimentos y no veneno.

Sindicalismo de altura
    La nueva campaña de la UGT en favor de la jornada semanal de 35 horas incorpora métodos tan propios y clásicos dentro de la lucha de clases como el alpinismo. De esta manera tienen pensado colocar una bandera con el lema de las 35 horas en el Everest, y ya las han colocado en el Aconcagua y el Kilimanjaro. Es de esperar que el efecto de estas acciones tan contundentes produzca el efecto deseado a muy corto plazo, y todos los trabajadores del planeta puedan gozar de la jornada de 35 horas semanales próximamente.

El invierno ruso
    El derrumbe de la economía rusa está alcanzando tal magnitud que un invierno especialmente crudo como el pasado ha provocado una situación catastrófica. A unas infraestructuras obsoletas e ineficaces se han unido los cortes por falta de pago a las compañías suministradoras. El resultado ha sido que decenas de miles de trabajadores rusos han tenido que soportar temperaturas de hasta 60 grados bajo cero sin calefacción, lo que unido a las privaciones de todo tipo que padece la gran mayoría de la población, hace del todo imprescindible el surgimiento de un amplio movimiento reivindicativo que luche por mejorar las condiciones de vida de la clase obrera rusa.

Arafat cae en picado
    Grande tiene que ser la preocupación en los grandes centros de poder internacionales al conocerse que un 97% de la población palestina considera a la Autoridad Nacional Palestina como corrupta. Por desgracia para la clase obrera palestina e internacional, dicho malestar no se traducirá a corto plazo en una respuesta en sentido clasista, ya que la influencia islámica sobre las capas más pobres de la población es innegable. Pero esta fase también se quemará (como en Irán) y el ejército proletario internacional contará entre sus filas al joven pero combativo proletariado de Oriente Próximo, sin distinción de credos religiosos o fronteras artificiales.

Despido más barato todavía en España
    En síntesis éste es el verdadero contenido de la última reforma laboral aprobada por el gobierno burgués del PP. Tras la reforma del año 97 se abarató el despido de 45 a 33 días por año de indemnización. La novedad ahora es que todas las modalidades de contratos laborales se acogerán a esta modalidad de indemnización por despido. Y otra perla nada despreciable para los empresarios es la rebaja de las cotizaciones de los empresarios, rebaja que será asumida por el Estado, o sea por el conjunto de los asalariados vía impuestos.

Aberraciones agrícolas
    En una zona clasificada como de grave riesgo de desertización, como es el sudeste español, resulta que el sistema mayoritario de riego es el de inundación. Para hacernos una idea con este sistema una hectárea de cítricos necesita de 9.000 a 10.000 metros cúbicos de agua anuales, mientras que de hacerse por goteo esa cifra se rebajaría a la mitad. Un ejemplo más de cómo la anarquía de la producción capitalista supone un despilfarro de recursos orientado única y exclusivamente hacia la obtención de beneficios.

La marcha zapatista a Ciudad de Méjico
    El hecho de querer alzar la voz de los sin voz en una institución al servicio del capital como es el Parlamento nacional, es ya de por sí una prueba del carácter reformista y colaboracionista del zapatismo.   Así los encapuchados, tras depositar las armas, se han traslado en peregrinación al templo de la democracia, para finalmente ser recibidos, después de días de espera, en esa cueva de bribones para exhibir una vacía retórica populista.
    De hecho, el zapatismo, declarando su fidelidad al Estado mejicano, reivindica su puesto en el aparato institucional como representante de las demandas de la etnia india.   Se habla de "autonomía" y de "autodeterminación", de "derechos" y de "tutela" de la cultura indígena. Pero no se habla de la tierra, que es la primera aspiración del campesinado desheredado y la reivindicación que une a los campesinos, indios o no.
    En cambio se ensalza la democracia y se desea la conciliación y la concordia nacional, cuando al única posibilidad para las masas rurales y el campesinado es que está concordia se haga añicos y se ponga de manifiesto su antagonismo, antes de todo entre la clase proletaria y las clases poseedoras, y su Estado mejicano, encarnación de los intereses del Capital.
    Es innegable el grado máximo de miseria y opresión que sufre el campesinado mejicano, pero no es menos innegable que la fase de los movimientos genuinamente campesinos en Méjico ya pasó hace casi un siglo. Actualmente en Méjico la única revolución pendiente es la proletaria, que indudablemente asumirá la resolución del problema agrario en aquellos países, como Méjico, en los que la opresión del campesinado por los terratenientes se presenta bajo formas especialmente agudas.

Montajes policiales
    Desde la aparición en la escena histórica del movimiento obrero organizado, los capitalistas y sus órganos de represión no han dudado, ni dudarán mientras exista el capitalismo, en recurrir a todo tipo de pruebas falsas para inculpar a quienes les resulten molestos. Eso ha sucedido con un militante anarquista en España, Eduardo García Macías, acusado falsamente de enviar paquetes bomba a personajes significativos del mundo burgués, y que permanece en prisión desde el pasado mes de noviembre.

Los trabajadores del mar
    A los enormes riesgos que entraña una profesión que se desarrolla en un ambiente natural hostil, se deben añadir los no menos enormes riesgos que supone trabajar en la sociedad capitalista. El aumento de la matriculación de buques en banderas de conveniencia trae consigo una doble ventaja para las navieras. En primer lugar evitan controles, revisiones y multas en países con legislaciones más restrictivas, y en segundo lugar les permite la contratación de tripulaciones a las que convierten en galeotes, privándoles de los derechos más elementales. Según la Federación Internacional de Trabajadores del Transporte son prácticas habituales de estos modernos negreros el no pagar a los tripulantes, amenazarlos y encerrarlos en la bodega si protestan, o incluso si fallecen no notificarlo para evitar cambios en la navegación que puedan suponer pérdidas económicas. A esto se une la elaboración de listas negras de marinos que protestan, y que circulan por todo el mundo.

Chiquita y el "juego limpio"
    La multinacional norteamericana del banano ha entrado en números rojos. Las implacables leyes de su propio sistema han sido más fuertes que su modus operandi a base de asesinatos de campesinos y sindicalistas, deforestaciones masivas, golpes de estado y demás acciones terroristas. Ahora, golpeada en pleno rostro por la crisis demanda "juego limpio". Así se quejaba uno de sus ejecutivos, Steven Warshaw: "La culpa de todo lo que ocurre la tiene el arma burocrática de Bruselas que se ha comportado de forma ilegal". Esto traducido al lenguaje práctico es una advertencia de juego sucio, pero la UE no es Colombia ni Guatemala.
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Octavilla dada en la manifestación de la Coordinadora Sindical de Madrid, marzo de 2001
POR LA DEFENSA DE LOS INTERESES OBREROS,
RENAZCA EL SINDICALISMO DE CLASE

El asociacionismo obrero para la defensa del salario y la reducción de jornada de trabajo fue una de las consecuencias directas de la instauración del sistema capitalista. Los trabajadores comprendieron rápidamente la falsedad de las "verdades eternas" pregonadas por la burguesía, y el sindicalismo originario asumió formas que chocaron directamente con la patronal y el Estado emanado de ella. Los capitalistas comprendieron igualmente que tarde o temprano la represión del movimiento obrero conduciría fatalmente para ellos a la revolución social antimercantil y anticapitalista, por lo que procedieron a su reconocimiento formal. A esta fase intermedia la sustituiría una última tras la IIª Guerra Mundial: la fase de absorción de estos organismos sindicales por el estado burgués. A partir de ese momento las conquistas obreras no solo se ven paralizadas, sino que comienzan a retroceder. Una prueba de ellos la tenemos en el límite "legal" de la jornada de trabajo que permanece estancado desde hace decenios mientras que la jornada "real" se prolonga, a través del pluriempleo y las horas extraordinarias, mucho más allá de las 8 horas. Esta es una característica más de la degradación progresiva de la condición obrera, del ataque cada vez más brutal y directo de la patronal y su Estado contra el conjunto de los asalariados. Y para ello cuentan con el apoyo de los sindicatos del régimen, que en todos los países, incluidos esos que maquillan la explotación asalariada con la etiqueta de "socialismo", se demuestran como uno de los más firmes puntales del sistema capitalista. Contra todo esto la clase obrera sólo tiene una alternativa: luchar en primer lugar contra los efectos que el capitalismo descarga sobre los trabajadores, sin olvidar que esta necesaria lucha contra los efectos debe conducir a la lucha contras las CAUSAS. Es decir, lucha sin cuartel contra la sociedad burguesa y su sistema de explotación, contra la esclavitud asalariada y el mercantilismo. Sustituyendo, tras la derrota del enemigo de clase, la anarquía de la producción capitalista por la organización racional de las necesidad humanas, con criterios de utilidad SOCIAL y no de rentabilidad mercantil y monetaria.

¡POR LA DEFENSA INTRANSIGENTE DE LOS INTERESES OBREROS!
¡POR LA REVOLUCIÓN SOCIAL Y EL COMUNISMO!
 
 









PROVECHOSA REUNIÓN DE TRABAJO
(Florencia, 27-28 de enero)




Según el calendario previsto hemos celebrado en Florencia los días 27 y 28 de enero la reunión periódica de trabajo del partido. En la nueva y más espaciosa sede de la sección, acondicionada para la ocasión, hubo una representación casi completa de nuestros grupos. Los trabajos se desarrollaron dentro del consabido orden y ritmo intenso, pasando revista a todos los aspectos de nuestra actividad, hoy reducida cuantitativamente pero que busca mantener una justa proporción entre la investigación histórica y la intervención exterior.

Como bien sabe quien nos conoce, no convocamos estos encuentros frecuentes porque tengamos algo nuevo que decidir. Por el contrario, se hacen para trazar el trabajo colectivamente y mantenernos bien sujetos al hilo de una continuidad, que es propia de una doctrina y de textos y tesis, pero también de una experiencia vivida y de una participación activa en el escenario de la lucha entre las clases.

Haremos ahora una breve exposición de los trabajos expuestos en estas dos jornadas, remitiendo al lector interesado en los textos completos a nuestra revista "Comunismo".
 

La incipiente crisis americana

El informe sobre el curso del capitalismo estuvo centrado en la actualización, siempre realizada por el Partido, de los datos estadísticos económicos. De este examen, que llega hasta los datos de diciembre de 2000, resulta que la producción industrial aminora su crecimiento de manera muy rápida en los Estados Unidos. Este aminoramiento de la expansión con la que el capitalismo mundial había reaccionado ante la debilidad del bienio 97-98 es general, pero más lento respecto al americano. Europa y Rusia no son una excepción; por el contrario en China el capital tiene una tasa de acumulación elevada y sigue creciendo. En Japón la producción industrial no consigue, habiendo caido ya dos veces, llegar al valor precedente a la crisis de hace nueve años: desde entonces la acumulación permanece en una larga crisis, que hace temer a la burguesía mundial una combinación con la crisis americana que provoque una depresión general. Algunas contracciones de la producció de capital en América Latina y Extremo Oriente confirman el cuadro general de disminución del crecimiento.

Los demás datos económicos, cuya marcha se mostró con el estancamiento en el precio de las materias primas, coinciden con la extensión de la debilidad en la expansión del capital.

Se examinaron algunos aspectos de la situación americana con un prometedor (en sentido nuestro) movimiento. Se comentaron diversas noticias relativas a la aparición de los primeros fenómenos típicos que preceden a la crisis, indicando la rápida caida de la expansión, drogada de elementos que hacen frágil las finanzas y el crédito frente a una caida de las tasas de crecimiento y de ganancia.

Se indicaron los datos del fortísimo crecimiento de las inversiones de las empresas en capital constante fijo, iniciada con el retorno a la expansión del capital tras las crisis de 1991, notable en particular para los sectores de la informática y las comunicaciones. A este respecto se leyó un pasaje de El Capital, donde Marx considera la circulación continua del capital constante de los medios de producción dentro del sistema capitalista por empresas, en el cual la parte fija tiene el mayor crecimiento y atrae y chupa de modo impresionante el trabajo vivo, incluyendo el derroche de maquinaria sustituida y que todavía era eficaz. Esta circulación continua tiene el efecto de alimentar las fases de aparente prosperidad antes de la caida repentina, creando la ilusión capitalista de desvincularse de la contradicción entre la producción por la producción y los consumos limitados de la gran masa de la población. Un efecto análogo al cada vez mayor desarrollado por el crédito y por el comercio al por mayor y con el extranjero.

Se leyó otra página de El Capital referente a la renovación del capital fijo necesariamente a gran escala, por motivos técnicos además de económicos. Esto lleva al aumento de la producción, creando las premisas materiales de la sobreproducción. Se constata la relación entre la duración plurianual, decenal como media, de la maquinaria y la del ciclo capitalista.

Se señaló, siempre refiriendonos al capitalismo americano, el elevado y creciente déficit comercial, expuesto claramente en el correspondiente gráfico, el flujo entrante de capital monetario y la deuda externa creciente de estos años: el capital industrial para la acumulación no sólo ha utilizado el plusvalor producido por los trabajadores americanos y no consumido por la burguesía local.

Se indicó la diferencia de la situación de la superpotencia, refugio mundial de los capitales financieros en este ciclo, con la de Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX, que también tenía una balanza comercial con un déficit crónico, pero que exportaba al extranjero los capitales excedentes para la acumulación en su territorio, trayendo y no pagadno como en el caso americano, una renta netra de intereses y dividendos.

Finalmente se leyó la clásica y fundamental condición expresada sintéticamente por Marx en el I Libro de El Capital para la transformación de la plusvalía en capital adicional: la masa de moneda añadida desde el extranjero en estos años en los Estados Unidos no podía por sí misma convertirse milagrosamente en capital productivo. Los medios de producción y de subsistencia adicionales necesarios para la acelerada acumulación americana le han llegado vía importación, siendo ésta superior a la exportación, por tanto del plusproducto excedente del que se han apropiado las burguesías de otros países. Solamente existe una locomotora, la de los trabajadores asalariado de todo el mundo, que producen el surplus para ampliar el proceso productivo. Una vez que se termine la fiesta en América, las burguesías esperan grandes inversiones en Europa, o sea una gran explotación de una parte y de otra.
 

Actividad sindical

Sobre este tema han intervenido tres compañeros de tres sectores laborales: funcionarios, ferroviarios y telefónicos.

El primer informe ha hecho un breve recorrido acerca de la coherente intervención sindical del Partido en los últimos 25 años.

Es tesis nuestra que el choque entre las clases, mientras éstas existan, no puede dejar de marcar la escena social. Incluso cuando la relación de fuerzas entre las clases es desfavorable al proletariado, como sucede en el ciclo actual, los comunistas no renuncian a situarse junto "al más humilde grupo de explotados" que defiende sus condiciones de vida y de trabajo contra la agresividad permanente de la patronal.

Desde hace algunos meses el partido ha podido reemprender su intervención entre los trabajadores funcionarios, que en los últimos años han estado amenazados por procesos de reestructuración del aparato del Estado y actualmente están sometidos a un veloz proceso de privatización que se acompaña de un empeoramiento constante de las condiciones de trabajo, horario y salario.

Es dentro de esta categoría de donde proviene la militancia de las Representaciones Sindicales de Base, organización sindical opuesta a la CGIL, CISL y UIL. Todavía no tiene una difusión an nivel nacional en el sector de los Ministerios y en particular en el de Bienes Culturales  – donde estamos presentes – está concentrada y tiene capacidad de movilización en Roma y el Lazio, además de algunos militantes en algunas ciudades del resto de Italia. La RdB está "reconocida" actualmente por la Administración, y por eso goza de una serie de derechos y aparentes "facilidades": permisos sindicales retribuidos, posibilidad de convocar asambleas en horario de trabajo, acceso a las negociaciones tanto a nivel central como periférico. La RdB de la Administración se divide en diversas secciones (sanidad, entes locales, ministerios) que, al menos en la provincia de Firenze donde nos movemos, están descoordinados y cada una de ellas se centra en su propio ámbito.

Para enjuiciar a esta organización hay que verificar, en los hechos más que en las declaraciones, su actitud de oposición ante el monopolio del sindicalismo confederal y autónomo y la disponibilidad a no dejarse atrapar por el legalitarismo a toda costa, que llevaría a la colaboración "concertada" con la Administración y el aparato estatal. Participando en reuniones de su Coordinadora Regional del Empleo Público y en una Coordinadora Nacional de Bienes Culturales hemos constatado que no se nos ha impedido la posibilidad de exponer nuestras consideraciones con el fin de remachar las características propias de la organización sindical de clase, argumentos que han encontrado incluso solidaridad.

Respecto a la intervención entre los ferroviarios un segundo compañero hizo una breve exposición de nuestro trabajo en este sector, remitiendo para los detalles a la serie de correpondencia pluridecenal que ha aparecido regularmente en nuestra prensa, la última de las cuales se lee en estas páginas.

Nuestros ferroviarios luchan en la SFI-CGIL al menos desde 1953, en particular entre las tripulaciones de los barcos-ferrocarriles del Estrecho de Messina, siendo uno de nuestros compañeros el capitán de uno de ellos. Este trabajo continúa hasta los años 70, cuando los comunistas estaban inscritos y luchaban dentro de la CGIL. En aquella época fuimos elegidos como independientes en los Consejos de Delegados.

Tras 1982, que fue un año de cambios ya que el sindicato tricolor no renovó el carnet a quienes se negaban a pagar la cuota a través de la empresa, trabajamos en los primeros organismos de base, que se caracterizaban por una fuerte politización y una escasa influencia entre los trabajadores.

En 1985 comenzaron las primeras huelgas contra la reestructuración y en antagonismo a la acción de los Confederales. En 1986 la oposición se concentró, entre los maquinistas, en el CoMU, combativo sindicato de categoría al que nos adherimos inmediatamente y que unía a más del 50% de los trabajadores. Su presencia tras las elecciones sindicales de 1996 se hizo preponderante.

Mientras crece la capacidad de movilización de los trabajadores, nuestra acción recientemente viene a distinguirse por la crítica a ciertas actitudes referentes tanto a la participación en las elecciones, como a la formación de un nuevo organismo, ORSA, que alaba la unidad "táctica" entre el CoMU, la FISAFS y otros sindicatos autónomos. Esta federación tiene el grave defecto de cerrarse a otras organizaciones y grupos de base presentes en los ferrocarriles italianos, como FLTU, que, a nuestro entender, habrían debido ser referentes naturales para el crecimiento de un sindicato al menos de todos los ferroviarios.

De hecho el CoMU mantiene equívocos no resueltos, condición inevitable habiendo reproducido en su interior algunas debilidades del movimiento sindical de los años de su fundación. Pese a que las posiciones filo confederales y filo autónomas hayan sido derrotadas con el tiempo, el CoMU sigue siendo una organización de oficio en la que solamente una parte tiende a ampliar la acción hacia todos los ferroviarios y hacia su organización de base.

Peor aún, el hecho de que los dirigentes hayan desconvocado dos huelgas recientemente por el solo hecho de unas declaraciones del Ministro, no ha pacificado el clima interno, en el que como ha demostrado el recientísimo congreso de Rimini, aparece una mayoría conciliadora y una minoría enérgica.

Los comunistas trabajan en este organismo, y en él pueden manifestar libremente su perspectiva sindical de clase influenciando a la militancia. Participan en la organización y en la acción de la Coordinadora. No esconden sus críticas, pero tampoco rehuyen las tareas que les encomiendan los trabajadores si son fruto de la protesta y de la lucha. Se esfuerzan por mantener, por encima de los altibajos y debilidades del movimiento, comportamientos coherentes y consecuentes.

El informe de un tercer compañero entre los trabajadores telefónicos ha hecho un viaje retrospectivo de nuestro trabajo en el FLMU (Telecom) de Firenze, desde que en 1995 inició una constante propaganda entre los trabajadores. El recien nacido organismo, compuesto en su mayor parte por jóvenes inexpertos en la actividad sindical y sin corromper por la militancia en los grandes sindicatos, se benefició por algunos meses de "derechos sindicales" (locales, asambleas, carteles, cuotas), pero también, cuando estas cosas fueron suprimidas por la empresa debido al referendum de mayo, supo desde el principio hacerse con una pequeña pero importante participación en la vida cotidiana y en las simpatías de los trabajadores.

Una constante difusión de hojas y boletines de propaganda, la dirección de huelgas extremadamente minoritarias debido a problemas de reparto o de categoría, una fastidiosa (para Telecom) obra de defensa legal de los derechos contractuales de los trabajadores, han caracterizado la actividad del grupillo que con los años se ha fortalecido con afiliados, militancia y posiciones de principio y actitudes prácticas.

En el último año el grupo FLMU ha estado muy presente en los acontecimientos sindicales que han afectado a Telecom, el acuerdo sobre la reestructuración de marzo y la renovación contractual de junio ("contrato de sector") y julio ("contrato de armonización") que le han favorecido debido a la clara actitud de los Sindicatos Confederales que defendían las principales posturas de la empresa.

Las huelgas dirigidas por el FLMU-Telecom (presente en más regiones con estructuras más o menos operantes), Cobas de las Telecomunicaciones (presente sólo en Roma) y el sindicato autónomo Snater (pequeño) han tenido una aprobación significativa entre los trabajadores. Pese a que estas manifestaciones han sido estremadamente minoritarias, y aumentando la influencia confederal, que conservan sólidamente el monopolio de negociar, estos años de constante actividad sindical han hecho que los trabajadores conozcan la idea de que puede existir una organización sindical distinta en posiciones y actitudes a la CGIL-CSIL y UIL, que a la vista de la coyuntura económica, se han convertido en el claro y declarado puntal de las exigencias económicas de la economía nacional y de la empresa.

El informe mostró como, en diversas ocasiones, hemos debido mantener nuestro apoyo a organismos débiles incluso cuando han debido asumir algunas actitudes típicas de los sindicatos del régimen (respeto de las normas democráticas y legales, la cuota sindical a través de la empresa, acesso a las así llamadas "facilidades empresariales"...). Nuestro apoyo a este tipo de movimiento lo damos, pero acompañado de una crítica incesante de las actitudes y posiciones que sabemos no responden, en el futuro más que hoy, a las necesidades del reforzamiento y la generalización de la lucha de clase.
 

La cuestión nacional en los Balcanes

Se ha expuesto en esta reunión un primer informe sobre la cuestión balcánico-danubiana. Esta primera parte se ha dedicado a la cuestión de la táctica en general y de la táctica sobre la cuestión nacional en particular. Sobre el primer punto se recordó la batalla dirigida por la Izquierda dentro de la Internacional Comunista contra el eclecticismo táctico y por la codificación de normas tácticas definidas sobre la base del programa comunista y de las áreas geohistóricas. Se han retomado algunos de los innumerables trabajos que el partido ha dedicado al delicado problema de la táctica.

Respecto al segundo punto se ha desarrollado la cuestión nacional. Usando ampliamente citas de Marx, Engels, Lenin y la Izquierda, se ha demostrado cómo la cuestión de los eslavos del sur siempre ha sido considerada como de primera importancia por el marxismo revolucionario. Marx y Engels han escrito mucho sobre la función histórica de los eslavos.

En el siglo XIX la Rusia zarista era un baluarte de la contrarrevolución y utilizaba las aspiraciones nacionales de los eslavos del sur para presionar a Viena y Berlín, buscando la manera de llegar a la "segunda Moscú", Bizancio. Era por lo tanto importantísimo valorar qué fuerzas dentro del campo eslavo podían debilitar a Rusia y qué política debía adoptar el partido proletario respecto a los movimientos revolucionarios de los eslavos del sur.

Marx y Engels desvelaron el contenido contrarrevolucionario del moscovita-decembrista principio de nacionalidad, contraponiendoles el derecho de las grandes naciones históricas europeas a la independencia nacional. Remachan que este derecho es de naturaleza burguesa y por tanto debe subordinarse a los intereses de la revolución comunista, que por principio es antinacional e internacionalista.

La segunda parte trató la difícil relación entre el determinismo dialéctico y el papel de la casualidad en el desarrollo histórico, cuestión central en una época como la nuestra en la que la ciencia histórica recula hacia posiciones casualísticas y contigentistas pre-revolución francesa.

La tercera parte ha descrito con breves pinceladas la historia de los eslovenos, croatas, serbios y búlgaros, desde su llegada al área balcánica-danubiana hasta la conquista por parte de los turcos. Ya en este primer escarceo histórico se hacía evidente que entre los eslavos del sur sólo los serbios y los búlgaros podían llevar a cabo una actividad histórica digna de este nombre.
 

La "tekne": falso enemigo, falso objetivo

El último informe ponía en evidencia uno de los equívocos más peligrosos del actual debate político-ideológico acerca de la "modernización", constituido por la cuestión de la Tekne, que ya se ha convertido en una cuestión en sí, un universo de una única dimensión movido por su "racionalidad intrínseca", no usable para fines externos, porque su modo de ser consistiría en la "voluntad de dominio del mundo".

De esta manera tan seductora se esconde una habilidad sutil, la de sustituir el objetivo del Capital como modo de producción y sistema social y político, por la impersonal y aséptica técnica, que desde el mundo griego habría tejido su tela hasta desembocar en el incontenible nihilismo de nuestros tiempos. La polémica sobre la técnica tendría la capacidad de unir a los viejos reaccionarios, desde siempre hostiles a la ciencia y a la técnica, y a los defensores del actual orden social: el Capital en agonía embarca en su nave de los locos un poco a todos.

Nosotros, que hemos sido partidarios de la llegada de la sociedad burguesa en sus inicios, actualmente no tenemos que defender ningún aspecto "progresivo" del capitalismo, porque su función, especialmente a través de la técnica, es la de exprimir el capital variable para extraer plusvalía y arrojarlo dentro de la vida social.

No denunciamos la Tekne en abstracto, sino su capacidad de aumentar la esclavitud asalariada.

¡Y pensar que la técnica, en cuanto remedio, tendría como función natural la de aliviar las fatigas humanas! Pero en las manos del Capital se convierte en el no va más de la tortura: mientras la jornada laboral media podría reducirse a tres horas diarias, se asiste al aumento de la carga de trabajo y a la expulsión de los brazos para sustituirlos por robots.

No proponemos reacciones ludistas: la técnica es un remedio relativo y diverso según las distintas épocas históricas, y como tal, en nuestro "dominio conceptual", un remedio "remediable" solamente a través de la abolición de las relaciones de producción capitalistas.

Bienvenidos sean los robots, pero bajo el control de la sociedad de especie. Solamente el comunismo estará en grado de hacer uso de ellos para reducir drásticamente la fatiga humana: y no lo hará la competición capitalista, ni el emulatismo de tipo estalinista, la más potente de las armas que el oportunismo histórico ha puesto en manos de la burguesía.

Estas fuerzas democratoides, recientemente

incorporadas al campo burgués ya formalmente, no se acaban de decidirse entre las sugestiones de la técnica y los sueños neo-arcádicos, fundados sobre la valorización de las experiencias de tipo artesano, bagaje propio de unas clases medias que oscilan entre lo viejo y la nuevo.

La gran Tekne necesita ser liberada de unas relaciones de producción inadecuadas para su potencialidad: en cuanto tal no es ni buena ni mala, precisamente como un utensilio que se valora por el uso que se hace de él. Su presunta racionalidad interna no es ni diabólica ni sagrada: lo decisivo una vez más son las fuerzas sociales revolucionarias, de tal modo que puedan hacer que la energía del trabajo asociado pueda afirmar su capacidad de liberación a los proletarios, y con ellos a toda la especie.
 
 
 
 
 
 
 
 
 


ADVERTENCIA A LOS LECTORES

Desde su nacimiento, en 1952, nuestro partido, el Partido Comunista Internacional, en cada una de sus publicaciones (periódicos, revistas y libros) ha impreso, en un lugar bien visible, normalmente en la portada, un pequeño texto titulado "Lo que distingue a nuestro partido". Este breve texto ha servido y sirve para definir "lo que somos y lo que queremos" y cualquier persona que haya tenido, aunque solo sea una vez, la ocasión de tener en sus manos alguna publicación nuestra, ha podido tener conocimiento, por medio de estos sintéticos puntos, de nuestro invariable programa incluso antes de leer el primer articulo.

El lector atento o malicioso, habrá podido notar el cambio sufrido en este texto, y quizá se preguntará que es lo que ha sucedido y la razón de este cambio después de tantos decenios de obstinada "petrificación".

La explicación es la siguiente: en 1952 el Partido Comunista Internacional era una organización prácticamente restringida a Italia y el texto, distinguido por su sintética formulación, estaba adaptado a los lectores italianos. Cuando se formaron secciones de nuestro partido en otros países, la traducción de este texto a otras lenguas (francés, alemán, español), aunque manteniendo sustancialmente los mismos conceptos, cambió ligeramente, en un intento de plasmar aspectos del camino revolucionario, y contrarrevolucionario, más evidentes y característicos para los lectores locales, o también para tratar expresar mejor la formulación.

Nuestra actual organización política, a pesar de ser todavía numéricamente débil, ha conseguido extender sus ramificaciones en varios países, hace llegar su voz incluso a países donde no posee militantes. Esto nos ha llevado al actual cambio: único es nuestro programa revolucionario, por encima de los diferentes idiomas, única es nuestra bandera, sea también único el lema que nos distingue.