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"La Izquierda Comunista" n° 15 - noviembre 2001
LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES[ 1 - 2 - 3 - 4 ] Colosal Confluencia de las luchas del proletariado y de su constitución en partido revolucionario (III – 1870-1871 - La Comuna de París).
TERRORISMO Y ANTITERRORISMO, RECURSOS PARA EMPUJAR AL PROLETARIADO A LA TERCERA GUERRA IMPERIALISTA MUNDIAL.
COREA: DE LOS ORIGENES A LA DIVISIÓN NACIONAL (II – La Primera Guerra Mundial; 1922 - 1er Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente; El imperio japonés; La guerra mundial; El gendarme estadounidense; La posguerra en el Norte; La posguerra en el Sur; La nueva guerra; El cañón de la Democracia Universal).
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: Conflicto imperialista en ambos frentes contra el proletariado y la revolución (III – El estalinismo vuelve a llevar a los proletarios a la colaboración patriótica en el C.L.N.; Cualquier cosa para impedir la confraternización de clase con los soldados alemanes; El atentado de Via Rasella para dividir a los proletarios con distinto uniforme)   [ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ]
LOS DIOSES TIENEN SED: La guerra ya estaacute; aquí; Las torres de Babel; Casus Belli; La ruta de la seda... y del petróleo; ¿Es la tercera guerra mundial?
Noticiario.
ARGENTINA Y EL MUNDO: Imperialismo y subdesarrollo; Y viene la crisis de 1975; Las dificultades de los años 90; La situación actual.
Funcionamiento de las Reuniones de los Grupos territoriales del Partito.
PETROLEO, MONOPOLIOS E IMPERIALISMO: Petroleo y Renta; Capital y Monopolio.
REUNIÓN GENERAL DE TRABAJO - Turín, 22-23 de septiembre: El dominio del imperialismo: La centralización financiera; La compleja dialéctica entre el Partido y la clase; New Economy y Estados Nacionales; Relación sobre la actividad sindical.

 
 
 
 
 
 


LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES COLOSAL CONFLUENCIA DE LAS LUCHAS DEL PROLETARIADO Y DE SU CONSTITUCIÓN EN PARTIDO REVOLUCIONARIO
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Tercera Parte (1870-1871)La Comuna de París

1. La guerra franco-prusiana;2. Los Prusianos hacia París; 3. La República; 4. El asedio de París;5. "A la Commune ! Aux armes !"; 6. La dictadura del proletariado; 7. La derrota 8. La Commune y la Internacional.
 
 

1. La guerra franco-prusiana

A mediados de julio de 1870 la Francia de Napoleón III declaraba la guerra a la Prusia de Bismarck, guerra entre dos césares que Marx y Engels esperaban desde hacía al menos cuatro años, desde la victoria de 1866 de Prusia sobre Austria.

Esta guerra tuvo una importancia enorme para los marxistas: en el plano político será la última guerra progresista burguesa en Europa occidental; en el plano militar unificará Alemania, nación que se convertirá de esta manera en el centro del movimiento revolucionario mundial; en el plano económico abrirá la fase imperialista del capitalismo. La guerra franco-prusiana daría luz además a la primera tentativa revolucionaria del proletariado, la Comunne de París.

Las causas de la guerra obviamente no se hayan en la voluntad de Boustrapà o del Bismarck de turno, sino en la necesidad de oxigenar los intereses burgueses mediante las armas. Si Italia antes de la unificación se hallaba fragmentada en diversos Estados de dimensiones regionales, Alemania estaba por el contrario formada por multitud de estadillos, a menudo pequeños como una ciudad. El reino de Prusia en 1859 era uno de éstos, si bien era el más grande y una potencia militar no precisamente secundaria en el siglo XVIII. Para poder seguir el paso de las potencias capitalistas europeas debía permitir concesiones económicas y políticas de tipo burgués, que se reflejaban socialmente en el debilitamiento de la cada vez más parasitaria clase aristocrática.

La unificación alemana, que puede decirse que fue fruto de la política militar llevada a cabo por Bismarck entre 1859 y 1871, hay que considerarla como un fenómeno positivamente revolucionario para el desarrollo económico de Alemania. Un carácter peculiar de esta revolución es que no fue producida por un movimiento popular guiado por la burguesía como en Inglaterra, en los Estados Unidos y en Francia, sino que se desarrolló desde arriba, desde el poder monárquico. La monarquía de Bismarck, a diferencia de la de los Romanov en Rusia, llevará a cabo su obra dejando a la clase burguesa alemana a merced de su incapacidad y cobardía históricas.

Desde hacía algunos decenios Prusia tenía el control económico sobre diversos estadillos alemanes y les obligaba a destruir los residuos feudales. Desde 1859 extendió sobre ellos un control político directo. Entre 1859 y 1870 Prusia conquistó la región de Schleswig-Holstein, en la frontera con Dinamarca; derrotó al imperio autro-húngaro, su adversario directo en el sur; ocupó la multitud de estadillos de la Alemania septentrional y después la meridional. Rusia había reaccionado con el control sobre Polonia en 1863 y ahora le tocaba a Prusia responder a Francia para proteger los territorios de Alsacia y Lorena.

Marx y Engels preveían que en el seno de esta guerra ya se albergaban los motivos para una futura guerra entre Prusia y Rusia. Esto escribían Marx y Engels al Comité Obrero Socialdemócrata: «Todo aquel que no se haya dejado ensordecer por el clamor del momento y que no tenga interés en ensordecer al pueblo alemán, debe comprender que la guerra de 1870 lleva necesariamente en sí el germen de una guerra entre Alemania y Rusia, de la misma manera que la guerra de 1866 ha generado la de 1870». Por una parte Francia habría pedido ayuda a Rusia para reconquistar Alsacia y Lorena, por otra Alemania y Rusia disputaban violentamente por los Balcanes. El perfil de la guerra mundial de 1914 ya se hallaba señalado, al menos en sus trazos fundamentales.

La previsión de Marx y Engels no se limitaba a esto: «Esta guerra nº 2 servirá de palanca para la inevitable revolución social en Rusia» (carta a Sorge de 1 de septiembre de 1870).

Marx y Engels remarcaban la creciente importancia del proletariado alemán, al cual otorgaban un importante papel en nuestra futura revolución: «La preponderancia alemana desplazaría el centro de gravedad del movimiento obrero de Europa occidental desde Francia a Alemania, y bastará con parangonar el movimiento en los dos países desde 1866 hasta ahora para ver que la clase obrera alemana es superior a la francesa tanto desde el punto de vista teórico como del organizativo. Su preponderancia frente a la francesa a escala universal sería al mismo tiempo la preponderancia de nuestra teoría frente a la de Proudhon, etc.» (Marx a Engels, 20 de julio de 1870).

La incapacidad de la clase obrera alemana para ponerse a la altura de su propia responsabilidad histórica se mostrará en la derrota de la Commune, al no ser capaz de unirse al proletariado de París abandonado a la reacción versallesa, al igual que en 1919, cincuenta años después, cuando la derrota de la revolución en Alemania será la señal para la derrota de la dictadura proletaria en Rusia. Hemos dicho en muchas ocasiones que mientras el proletariado alemán no sepa estar a la altura de su misión histórica, será muy difícil la victoria para los revolucionarios europeos.
 

2. Los Prusianos hacia París

El desarrollo de la guerra y los caracteres que asumió son importantes para nosotros ya que serán estos factores los que empujen al proletariado parisino, combativo desde hacía decenios, a derrocar al gobierno francés y a instaurar el poder proletario.

El 15 de julio el Corp Legislatif votaba los créditos de guerra y el 19 se declaraba oficialmente la guerra. Mientras los proletarios de las dos naciones se mandaban mensajes de hermandad, el Consejo General de la Internacional encargaba a Marx la redacción de un Llamamiento al proletariado francés y alemán, que fue aprobado el día 26 y traducido inmediatamente del inglés al francés, alemán y ruso. Una gran previsión del Llamamiento fue: «Sea cual sea el curso de la guerra de Luis Bonaparte contra Prusia, en París ya ha sonado la marcha fúnebre del Segundo Imperio». La condena inicial era para Luis Bonaparte, que con el plebiscito del mes de mayo precedente había intentado dar legitimidad a su poder, que le fue negada por la abstención de los proletarios. A partir del plebiscito Luis Bonaparte comenzó la represión sistemática de los militantes de la Internacional, a la que sin embargo no pudo condenar.

Respecto a la guerra se afirmaba: «Por parte alemana, la guerra es una guerra de defensa. ¿Pero quién ha puesto a Alemania en la necesidad de defenderse? ¿Quién ha hecho posible a Luis Bonaparte desencadenar una guerra contra ella? ¡Prusia¡ Es Bismarck quien ha conspirado con el mismo Luis Bonaparte con el objeto de aplastar la oposición popular en el interior y anexionar Alemania a la dinastía de los Hohenzollern».

Si Francia hubiese triunfado, el bonapartismo se habría consolidado durante años. En este caso el tan esperado movimiento obrero autónomo alemán habría comenzado a formarse y reforzarse, dirigiendose hacia posiciones nacionalistas. Si por el contrario hubiese triunfado Alemania, el bonapartismo habría sido derrotado, permitiendo mayor libertad de movimientos a los obreros franceses, y la clase obrera alemana se habría organizado a una escala nacional más amplia; además una victoria alemana habría disipado las viejas rivalidades regionales existentes entre los alemanes.

La Internacional invitaba a los proletarios alemanes a defender esta especie de revolución burguesa dando así el mismo tiempo una mano al proletariado francés para librarse de Napoleón III. El proletariado alemán habría debido oponerse a la guerra en el momento en que hubiese tomado un carácter no ya defensivo sino ofensivo, planteandose el objetivo antiproletario e imperialista de la ocupación de Alsacia y Lorena. Resumiendo: Alemania debía defenderse de Francia para salvar su propia revolución burguesa y no hacer retroceder la historia durante decenios; esto debía ser apoyado por los internacionalistas mientras no hubiese miras expansionistas.

La derrota habría contribuido además a terminar con el enraizado chovinismo francés. Escribía Engels a Marx con fecha 13 de agosto de 1870: «Mientras este chovinismo no sea combatido como es debido, la paz entre Alemania y Francia es imposible. Podría esperarse que este trabajo lo llevase a cabo una revolución proletaria; pero desde el momento en que ha estallado la guerra, a los alemanes no les queda más remedio que hacerlo ellos mismos y rápidamente (...) Ahora Bismarck, como en 1866, hace un poquito de nuestro trabajo, a su manera y sin quererlo, pero lo hace».

Napoléon III tenía la intención de atravesar velozmente el Rhin entrando en territorio alemán antes que el enemigo se preparase para la defensa. Pero el ejército francés no pudo prepararse con la velocidad requerida y los oficiales titubearon ante el ataque. El 22 de julio Engels podía constatar: «Tal y como están las cosas actualmente, creo que es imposible que la campaña le sea favorable a Bonaparte». Fue Prusia quien organizó rápidamente su ejército, atravesando el Rhin y atacando al ejército francés en sus propias fortificaciones, poniendolo en serias dificultades. El 29 de julio, en uno de los análisis que realizaba casi diariamente en la "Pall Mall Gazette", Engels preveía que «la ventaja de los alemanes está destinada a crecer, aumentará si el choque decisivo se retrasa, y alcanzará su punto culminante a finales de septiembre». El ejército europeo más prestigioso, el francés, se hundió improvisadamente.

El 31 de agosto Engels escribía: «La organización militar hace aguas por doquier; una nación noble y valiente ve que todos sus esfuerzos defensivos son inútiles porque ha tolerado que durante veinte años sus destinos sean regidos por una banda de aventureros que han transformado la administración, el ejército, la marina, toda Francia en una fuente de beneficios personales». Con la derrota de Sedan el 2 de septiembre de 1870 estaba marcado el fin del Segundo Imperio. Tras desbaratar al ejército francés en el frente oriental, los prusianos destruyeron el intento de avance francés por el Noreste: las principales fortalezas francesas fueron destruidas y el ejército de Bismarck y Guillermo I pudo marchar sobre París.
 

3. La República

A comienzos de agosto la insurrección proletaria en París estaba a la orden del día. El 10 de agosto Engels escribía a Marx: «Parece que la revolución le resultará fácil a la gente; todo se destruye por sí solo, y otra cosa no podía esperarse». En la situación de inestabilidad que se había creado, por una parte los orleanistas pugnaban por una restauración monárquica (bajo ropaje republicano provisionalmente); por otra estaba la amenaza revolucionaria. Marx escribía preocupado a Engels con fecha 8 de agosto de 1870: «Si estalla una revolución en París, queda el problema de tener los medios y los jefes para oponer una resistencia seria a los prusianos».

El 2 de septiembre Napoleón III fue hecho prisionero de guerra, y el 4 era proclamada la República. Ésta pronto se reveló como lo que realmente era, es decir una verdadera farsa orleanista dirigida por el general Trochu. Comentaba Engels en la Pall Mall Gazette: «Es propio del Segundo Imperio y de todo lo que le concierne que caiga sin inspirar piedad. Incluso la compasión que de un modo u otro no falta ante tanta desgracia, le es negada. No obstante l’honneur au courage malhereux de estos tiempos no puede ser evocado por un francés sin cierta ironía». En guerra las cosas van necesariamente mal «cuando las operaciones militares son subordinadas constantemente a consideraciones políticas».

La derrota de Sedan puso definitivamente en movimiento al proletariado. Escribíamos en La Questione Militare: Fase della costituzione del proletariato in classe dominante, en "Il Programma Comunista, nº 2/4 de 1966: «Se levantó en armas y a su cabeza iban los internacionalistas, los socialistas proudhonianos y los blanquistas. Liquidaron los destacamentos de guardias municipales situados ante el palacio del Cuerpo Legislativo y entraron dentro. Una vez allí el blanquista Granger intimó a los diputados a decretar la caida del Imperio y la proclamación de la República. Se repetía la escena de febrero de 1848 cuando la Segunda República era impuesta por el obrero Raspail a la cabeza del pueblo armado. Pero, al igual que entonces, esta vez también el proletariado, generoso e indulgente, dejó escapar un poder que le pertenecía por derecho, fundado únicamente en la fuerza». El proletariado fue hábilmente engañado a través de la formación de un gobierno de Defensa Nacional con republicanos y orleanistas.

El 5 de septiembre se formó en cada zona un comité de vigilancia el cual nombraba cuatro delegados que formaban parte de un comité central. En París, con el tiempo, al no cumplirse las promesas hechas por los republicanos (amnistía política, abolición de la policía, reclutamiento obligatorio), el 30 de septiembre los proletarios y la Guardia Nacional reanudaron las agitaciones y el 5 y el 8 de octubre volvieron las manifestaciones armadas. La tierra cada vez temblaba más.

La insurrección no sólo había estallado en París sino además en diversos puntos de Francia, entre ellos Lyon. Escribe Marx en una carta a Beesly con fecha 19 de noviembre de 1870: «Al comienzo todo fue bien. Bajo la presión de la Internacional se proclamó la República incluso antes que en París. Se constituyó inmediatamente un gobierno revolucionario -La Commune- compuesto en parte por obreros de la Internacional y en parte republicanos burgueses y radicales. Los octroits (impuestos sobre los consumos, ndr) fueron abolidos inmediatamente, y con razón. Los intrigantes bonapartistas y clericales fueron reducidos. Se tomaron medidas enérgicas para armar a todo el pueblo (...) La acción de Lyon tuvo una repercusión inmediata en Marsella y en Toulouse donde las secciones de la Internacional son fuertes».

Respecto a Lyon Marx escribiría más tarde: «Los ignorantes de Bakunin y Cluseret llegaron a Lyon y lo estropearon todo. Puesto que ambos forman parte de la Internacional tuvieron por desgracia la suficiente influencia para llevar a nuestros amigos por el camino equivocado. Se apoderaron -por breve tiempo- del municipio y dictaron una serie de leyes descabelladas acerca de la abolition de l’Etat y demás majaderías». Sucedió que «el Estado, con dos compañías de guardias nacionales burgueses, entró por un sitio sin vigilancia, ocupó la sala, y puso a Bakunin en fuga hacia Ginebra».
 

4. El asedio de París

Con la caida de Napoleón III y la derrota de Sedan se abría la segunda fase de la guerra: los prusianos asediaron París y machacaban las posiciones francesas, aunque los civiles llevaron a cabo una auténtica guerrilla defensiva.

Las dos previsiones enunciadas por Marx en el Llamamiento se habían realizado, es decir la caida de Napoleón III y la falsedad del presunto carácter defensivo de la guerra. El Consejo General encargó a Marx la redacción de un Segundo Llamamiento a los proletarios sobre esta nueva fase de la guerra. En él aparece una áspera crítica a la clase media alemana llamada por Guillermo I a la empresa patriótica: «Esta clase media, que también en sus luchas por las libertades cívicas, desde 1848 a 1870, había dado un ejemplo inaudito de indecisión, de incapacidad, y de bellaquería, naturalmente se sintió profundamente halagada al poder ingresar en la escena europea recitando la parte del león rugiente del patriotismo alemán».

En el Segundo Llamamiento Marx echa por tierra la pretensión de que existan "fronteras justas" para una nación, explicando que cada frontera obtenida nuevamente contiene en sí el germen de una futura guerra para hacerlo "más seguro". Y además relativiza los conceptos de ataque y defensa: «Esta es la lección de toda la historia: para las naciones como para los individuos, para quitarles la posibilidad de atacar debeis privarlos de todos los medios de defensa. No basta con cogerles por el cuello, hay que matarlos (...) La historia distribuirá sus sanciones no por el número de kilómetros cuadrados arrancados a Francia, sino por la magnitud del crimen de haber resucitado, en la segunda mitad del siglo diecinueve, la política de conquista».

El Partido Socialdemócrata Alemán habría debido oponerse a la prosecución de la guerra, a la anexión de Alsacia y Lorena y combatir para obtener inmediatamente «una paz digna para Francia y el reconocimiento de la República Francesa». No es que Marx ocultase todo lo que la neo-proclamada República tenía de reaccionario, ya que su defensa, según explicaba, era solo transitoria, antes de su abatimiento por parte del proletariado. Los proletarios franceses «con calma y resolución deben aprovechar la libertad republicana para llevar a cabo metodicamente su organización de clase».

El Llamamiento se cerraba con el reconocimiento del valor de proletariado inglés que con huelgas y manifestaciones había impuesto al gobierno el reconocimiento de la República francesa, oponiendose al desmembramiento de Francia.

La Francia burguesa se inclinaba cada vez más ante el ejército prusiano. La desaparición del ejército regular desde septiembre había encargado la defensa a reclutas inexpertos y a grupos de guerrilleros civiles. Esta guerrilla francesa crearía serios problemas a los prusianos durante cuatro meses.

Mientras tanto el París burgués vivirá cuatro meses de total inmovilidad: Trochu no osará atacar mínimamente a los prusianos, del mismo modo que éstos no intentarán entrar en París. El espectro de la Revolución proletaria era mayor que el de los prusianos a los ojos de Trochu y de la banda que junto a él había asumido las riendas del poder.

En noviembre y diciembre los prusianos ejercieron requisas y fusilamientos de civiles que provocaron en diversos sitios auténticas revueltas populares. Pero ya no se veían batallas importantes. Escribía Engels en Notas sobre la Guerra: «Ya no son las grandes batallas las que llenan las listas de muertos, sino las escaramuzas en las que uno, dos, cinco hombres son muertos. La erosión constante de las olas de la guerra popular, disgrega, siendo dispersados por la resaca, los mayores ejércitos que -y esto es lo que más importa- parece que no obtienen ningún resultado».

El 31 de octubre, al tener noticias de la caida de la fortaleza de Metz, París nuevamente se levantó. Los obreros armados hicieron prisionero al gobierno entero, pero el así llamado "gobierno de Judas" una vez más engañó al proletariado obteniendo la mayoría en un plebiscito-farsa. Escribíamos en "Il Programma Comunista": «Una vez más, la explicación del pobre resultado de aquella gran jornada se halla en la falta de cohesión entre los representantes de los obreros: Blanqui, Blanc, Flourens, Delescluze, etc, y en la incapacidad del C.C de las 20 Circunscripciones para ejercer unas funciones dirigentes, junto a la ingenuidad de aquellos que, esperando aún que la lección llevase a los miembros del gobierno a la observancia de sus propios deberes, les respetaron la vida (...) El 28 de noviembre el general Ducret, que debía guiar la "gran salida" desde París y que había jurado volver únicamente como vencedor, tras exponer a los guardias nacionales a inútiles y sangrientos sacrificios ordenaba la retirada y entraba el primero en París. No contento con esto, el gobierno de estos heroes tuvo la desfachatez de "depurar" los batallones de guardias nacionales más "indisciplinados", y de darles como nuevo jefe al general Thomas, el mismo que había mandado disparar sobre los obreros en junio de 1848. El 21 de diciembre hubo otra acción "heroica" como la precedente: el "plan Trochu" se presenta cada vez más claramente como un plan para la defensa de clase. Como consecuencia de esto se organizan nuevas manifestaciones obreras y el "manifiesto rojo" que hecho público el día 6 de enero por el Comité Central de las 20 Circunscripciones. El 20 de enero, Trochu ofrece su último espectáculo: una nueva "salida torrencial", una nueva retirada que se transforma en desbandada; como reacción a esto una nueva jornada contra el gobierno el 22 de enero, y por tanto más sangre derramada por los obreros que no quieren ni oir hablar de capitulación».

Escribe Engels una vez más en Notas sobre la Guerra: «Trochu, a pesar de todo, persiste en su inercia, "magistral" o lo que sea. Las escasas salidas realizadas en los últimos días han sido demasiado "platónicas", por usar el término de un acusador de Trochu en el "Siècle". Se cuenta que los soldados rechazaban seguir a los oficiales. Si esto fuera cierto, sólo probaría una cosa: han perdido la confianza en la dirección suprema».

A finales de enero París estaba cada vez más aislada y aparece el fantasma del hambre. Continúa Engels: «Todas las informaciones que llegan coinciden en atribuir la falta de éxitos a la desconfianza que los soldados tienen en el mando supremo. Y con razón. Trochu, no lo olvidemos, es un orleanista, que vive permanentemente con el miedo a La Villette, Belleville y otros barrios "revolucionarios" de París. Tenía más miedo de ellos que de los prusianos. No se trata solamente de una suposición o de una deducción por nuestra parte. Conocemos, a través de una fuente de toda confianza, la existencia de una carta que un miembro del gobierno ha enviado fuera de París, y en ella se asegura que Trochu está siendo requerido por todas partes para que retome enérgicamente la ofensiva, pero que él se opone, ya que de hacerlo entregaría París a los "demagogos"».

El día 23 de enero París capituló.
 

5. "A la Commune! Aux armes!"

Como hemos visto la Revolución en París estaba ya en marcha desde primeros de septiembre y fue ella, y sólo ella, la que determino los aspectos de los últimos meses de guerra. La burguesía francesa se mostraba incapaz de llevar a cabo una contraofensiva: los motivos había que encontrarlos en su constitucional temor al proletariado en armas. La burguesía parisina sabía bien que no podría volver a sus negocios mientras el proletariado no fuese desarmado y sus jefes neutralizados.

Los prusianos por su parte durante 131 días de asedio no osaron entrar en la París roja. El 23 de enero con la capitulación de la capital, los prusianos «osaron ocupar sólo un pequeño ángulo de París que precisamente estaba ocupado por parques públicos; y esto sólo durante algunos días. Y durante este tiempo ellos, que habían asediado París durante 131 días, eran asediados por los obreros parisinos armados, los cuales vigilaban estrechamente para que ningún "prusiano" superase los estrechos límites del área cedida al conquistador extranjero. Tal era el respeto que los obreros parisinos inspiraban al ejército ante el que las tropas del Imperio habáin entregado sus armas» (Engels, Introducción de 1891 a La Guerra Civil en Francia).

El 8 de febrero de 1871 se celebraron las elecciones a la Asamblea Nacional: se elegía un nuevo gobierno y la manera de firmar la paz. Los prusianos habían concedido la celebración de la Asamblea, de esa manera evitaban enfrentarse a los civiles parisinos bien armados. El partido de Thiers era el instrumento directo de la contrarrevolución y en su seno se refugiaban los terratenientes, los orleanistas y los legitimistas. La velocidad con que se consiguió el voto se debía a la consumada astucia burguesa a la hora de derrotar electoralmente al proletariado.

Una vez elegido, Thiers intentó inmediatamente obtener el desarme de la Guardia Nacional y la vuelta al orden. ¿Pero cómo podía hacerlo disponiendo solamente de 3.000 policías y 15.000 soldados contra los 300.000 de la Guardia Nacional? Hasta mediados de marzo el C.C de la Guardia Nacional, cada vez más prestigioso entre los parisinos, se mantuvo a la defensiva. En un informe suyo con fecha 10 de marzo el Comité Central afirmaba: «Lo que somos es obra de los acontecimientos (...) Somos la barrera inexorable erigida contra cualquier tentativa de derrocar la República». Es cierto que en los últimos siete años se había formado en él una cierta conciencia. Decíamos en "Programma": «Para la Guardia Nacional y su C.C, la República debía poseer un contenido social: debía ser una República del trabajo y no una República del Capital. Lo que le faltaba al C.C de la Guardia Nacional era la clara visión estratégica de una correcta política revolucionaria, por eso sus victorias militares serán en parte mérito de los propios acontecimientos y de los errores del enemigo de clase».

La verdadera y propia guerra civil comenzó cuando Thiers mandó a sus tropas a apoderarse del armamento de la Guardia Nacional. No sólo fracasó plenamente la expedición nocturna enviada para ello, sino que los soldados de infantería de Thiers fraternizaron con la Guardia Nacional. Tras la derrota Thiers, cada vez más temeroso ante los acontecimientos, anunció que era su "deseo" mantener armada a la Guardia Nacional pero pidió su sumisión a las órdenes del gobierno republicano. Al llamamiento de Thiers respondieron apenas 300 soldados de 300.000, por lo que no le quedó otra cosa que escapar a Versalles. Era el 18 de marzo y la Guardia Nacional, sin desearlo y empujada por los acontecimientos pasó a la ofensiva. Se levantaron barricadas, se fusiló a los generales Lecomte y Thomas y se ocuparon los principales edificios de la ciudad. Esa tarde el C.C asumía plenos poderes. Como escribe Marx en La Guerra Civil en Francia, «Europa pareció dudar por un instante si esos sensacionales espectáculos políticos y militares eran ciertamente reales o eran la marca de un pasado desaparecido desde hacía mucho tiempo».

El gobierno de la Commune pecó inmediatamente de indulgencia. No sólo se permitió a cualquier contrarrevolucionario huir libremente de París, sino que se toleró que los burgueses celebrasen asambleas y manifestaciones. De esta manera el 22 de marzo, cuatro días después de la insurrección, la burguesía intentará recuperar el poder con las armas. Escribíamos en "Programma": «En guerra el proletariado debe tener una moral de guerra y no es admisible ningún tipo de concesión».

Los ocho días que siguieron al 18 de marzo, en lugar de pasar a la ofensiva, el C.C se preocupó más que nada en darse una inútil legitimidad formal a través de la preparación de nuevas elecciones. «Daban importancia a la forma y olvidaban la sustancia en base a la cual habían actuado: esto era una herencia funesta de la concepciones burguesas y de sus funciones en esta materia: se había olvidado que "la revolución (del 4 de septiembre) era ya el régimen legal en Francia". Y si no hubiese estallado nada más que la revolución del 18 de marzo -añadimos nosotros- ésta habría sido más que suficiente para dar título de legalidad e ese gobierno que era el C.C, y por eso no debía tener ninguna prisa por abandonar el poder».
 

6. La dictadura del proletariado

La Commune se proclamó el 28 de marzo, diez días después de la insurrección. Contemporáneamente diversas ciudades de Francia en el Sur y en el Este se levantaron, si bien las vacilaciones del gobierno de París determinaron la derrota inmediata de estas insurrecciones que se dieron por todo el país.

El 3 de abril los versalleses de Thiers comenzaron la contraofensiva contra los Comuneros: el primer choque representó una dolorosa derrota y una seria advertencia para la Guardia Nacional. A continuación de esto los burgueses radicales, ya indecisos, salieron de C.C: los camaradas que siguieron dirigiéndolo, en lugar de asumir el poder como hubiesen debido hacerlo, convocaron nuevas elecciones fomando un Consejo dividido entre jacobinos, blanquistas y proudhonianos. Faltaba la solidez programática y táctica propia del partido marxista: tanto los proudhonianos como los blanquistas, aunque estos últimos eran unos grandes combatientes en las barricadas y, como dice Engels, "socialistas solamente por instinto revolucionario, carecían de un conocimiento general de la dinámica revolucionaria, y estaban muy lejos del socialismo científico". La "veleidad" del Estado recien nacido se reveló plenamente cuando el 9 de abril se intentó aplicar un programa político y económico.

A pesar de su "benevolencia", los acontecimientos obligaron a los Comuneros a tomar unas medidas que instintivamente empujaron al gobierno revolucionario hacia una verdadera y genuina dictadura proletaria. No sólo eso, pues además las mismas leyes que se decretaron estaban muy lejos de las teorías proudhonianas y se acercaron mucho a las de la doctrina de Marx: un ejemplo son las disposiciones sobre la asociación de la producción, que debía ser una apertura a la futura sociedad sin intercambio y sin dinero. «A pesar de todo, y contra todas las apariencias de democracia, la realidad de dictadura revolucionaria de la Comunne se iba afirmando bajo el empuje de los acontecimientos (...) Era un organismo que se alejaba cada vez más del parlamentarismo y de su falsa división de poderes, porque se iba convirtiendo cada día en un organismo al mismo tiempo legislativo y ejecutivo (...) Haciendo revocables en todo momento a sus miembros, y atribuyendoles el salario de un obrero, la Comunne había destruido dos pilares del viejo Estado burgués: la burocracia militar y la civil. La Comunne era un Estado completamente nuevo en la historia: era la primera dictadura proletaria que, por ser un instrumento de la mayoría del pueblo explotado para aplastar la resistencia de la minoría explotadora, no era ya un Estado en el sentido propio del término, sino una Gemenweisen, palabra alemana que no indica un municipio aislado, sino una comunidad, un sistema orgánico de municipios» (La Cuestión Militar...).

Entre las disposiciones de la Commune durante su breve existencia encontramos la abolición del ejército permanente y su sustitución por el pueblo armado. Después se dictó la elección mediante sufragio universal de los consejeros municipales y su revocabilidad en cada momento. Además cualquier trabajo, incluso administrativo, se pagaba con el sueldo de un obrero. Los magistrados ya no eran "autónomos y super partes" como proclama la ficción burguesa, sino que eran elegidos y revocables en todo momento. Se decretó tambíen la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de todas las iglesias y de todas las propiedades del clero. «Los sacerdotes – ironizaba Marx que no se perdía en el anticlericalismo pequeño-burgués de poca monta – fueron relegados al tranquilo reposo de la vida privada, viviendo de las limosnas de sus fieles, imitando a sus predecesores los apóstoles. La totalidad de las instituciones de enseñanza fueron ofrecidas gratuitamente al pueblo siendo liberadas al mismo tiempo de cualquier ingerencia de la Iglesia y del Estado. De esta forma no sólo la instrucción se hizo accesible a todos, sino que la misma ciencia se liberó de las cadenas que le imponían los prejuicios de clase y del poder gubernativo» (La Guerra...).

Muchos han acusado a la Comunne de tener un carácter estrictamente ciudadano. Marx en el Llamamiento explica la falsedad de tales acusaciones: «Una vez establecido en París y en los centros secundarios el poder de la Comunne, el viejo gobierno centralizado habría debido, también en las provincias, ceder el paso al autogobierno por parte de los productores (...) La Comunne debía ser la forma política del pueblecito más pequeño y en las regiones rurales el ejército permanente debía ser sustituido por una milicia popular, con un periodo de servicio extremadamente breve. Los municipios rurales de cualquier distrito debían administrar sus asuntos mediante una asamblea de delegados con sede en el mismo lugar, y estas asambleas de distrito a su vez debían ser revocables en cada momento y debían estar ligados por un mandat imperatif de sus propios electores (...) En la medida en que era importante amputar los órganos puramente represivos del viejo poder gubernativo, sus funciones legítimas debían ser ocupadas por una autoridad que usurpaba una posición dominante por encima de la misma sociedad, siendo restituidas a los agentes responsables de la sociedad».

El 16 de abril se ordenaba el censo de las fábricas parisinas con el objetivo de ponerlas otra vez en marcha creando cooperativas sin patronos. El 20 se abolió el trabajo nocturno para los panaderos. El 30 fueron abolidos los montes de piedad.

La pequeña burguesía había apoyado inmediatamente a la Commune y la iniciativa histórica del proletariado, habiendo comprendido que la clase burguesa y el régimen del Segundo Imperio la llevaban a la ruina: la clase obrera era su única alternativa. A favor de la clase media la Commune había decretado la abolición de las deudas y las obligaciones. Además era condonado el alquiler de los últimos tres trimestres.

Así explica Marx: «La Commune debía servir de palanca para extirpar las bases económicas sobre las cuales se basa la existencia de las clases, y por tanto de la opresión de clase». El objetivo era por tanto abrir las puertas a la futura sociedad comunista sin clases: «La clase obrera no tiene que realizar ideales, sino solamente liberar los elementos de la nueva sociedad de los que está llena la vieja sociedad en descomposición». «Para la Commune no se trató de una revolución contra esta o aquella forma de poder del Estado,legitimista, constitucional, republicana e imperial. Fue una revolución contra la esencia misma del Estado, ese aborto sobrenatural de la sociedad; fue la reapropiación por parte del pueblo de su propia vida social» (Marx, Primer esbozo de redacción para la Guerra Civil en Francia).
 

7. La derrota

Las circunstancias revolucionarias habían creado en el proletariado la capacidad de darse una dictadura propia. Pero la falta en ella de su vanguardia revolucionaria marxista llevó a una serie de trágicas ingenuidades. Se daba demasiado honor a un enemigo vil y despiadado y se confiaba en la posibilidad de relaciones leales con él; se tuvo poca resolución para instaurar el indispensable Terror Rojo contra él. La desorientación de la dictadura proletaria en París se refleja en los continuos cambios de personal en la dirección revolucionaria, además del injustificado respeto de los Communards ante el Banco de Francia, que no fue ocupado.

Después de que el 3 de abril los Communards sufrieran una dura derrota al intentar una salida contra los versalleses que asediaban París, la ciudad quedó completamente cercada, por el Noreste por los prusianos y por el Suroeste por los versalleses, formalmente en guerra entre ellos. El error fatal del gobierno de la Commune fue el mantenerse a la defensiva. El ejército contrarrevolucionario de Thiers pasó en mayo de 22.000 soldados a casi 130.000; de los cinco cuerpos de ejército, dos estaban formados por prisioneros de guerra liberados para la ocasión por los "enemigos" prusianos. El ejército de la Commune se habría mostrado muy superior solamente si el C.C hubiese pasado a la ofensiva. El número de combatientes efectivos no superará los 15 o 16 mil soldados y de los 1.200 cañones sólo 200 fueron utilizados. La incapacidad de centralizar radicalmente el ejército creó decisivos casos de indisciplina en mitad de los combates y por tanto una táctica militar decididamente pobre.

En la primera mitad de mayo los combates se hicieron continuos. Gracias al apoyo de los prusianos las tropas de Thiers derrotaron más rápidamente al ejército revolucionario. El 22 de mayo, cuando París ya estaba afectada por los duros combates, una traición abrió las puertas al ejército versallés. L’Hotel de Ville, en vez de organizar una defensa sólida y unitaria, «deja que los consejeros organicen por su cuenta la defensa en cada distrito, olvidándose completamente de la acción de los demás, tal y como hubiese debido hacerse con un plan defensivo común» (La Cuestión Militar...).

El día después los versalleses ocuparon diversas puertas y sin demasiada resistencia llegaron a Montmartre. Llegados a este punto la Revolución volvió a despertarse y la población empuñó las armas. Por toda la ciudad hombres y mujeres, viejos y niños levantaron barricadas. Tuvieron gran eco las proclamas de Delescluze llamando a una defensa heroica de la Commune. Pero el error militar de la poca centralización se repitió: «Las mismas proclamas de Delescluze teorizan la "autonomía" de las defensas de cada barrio como la única solución militar correcta, y critican las "doctas maniobras" de los militares profesionales. Como se ve, no se tenían las ideas claras sobre el militarismo, porque se confundía con él cualquier disciplina de organización de la lucha: disciplina inevitable si no se quería dejar todo en manos de la espontaneidad, que es, (y sobre todo cuando es exclusiva) fuente de derrota segura».

El 23 de mayo las tropas de Thiers habían ocupado ya diversos puntos de la ciudad, si bien la resistencia de los Communards, incluso de pequeños grupos, fue verdaderamente heroica e inolvidable para el proletariado y su partido. Entre el 24 y el 28 se dieron las últimas tentativas de los Communards para defenderse, pero los masacradores versalleses derramaron sangre a placer. El que no murió en las barricadas tuvo que afrontar el pelotón de ejecución. La gloriosa Commune era ahogada en sangre por su propio enemigo histórico.

Comentará Marx: «La civilización y la justicia del orden burgués se muestran en su cara siniestra cada vez que los esclavos y los explotados de este orden se levantan contra sus patronos. Llegado ese momento, esta civilización y esta justicia muestran su verdadero rostro como barbarie pura y venganza cruda por encima de la ley, sin máscaras inútiles. Cada nueva crisis en la lucha de clase entre los acaparadores de la riqueza y los productores de la misma pone en evidencia este hecho cada vez con mayor claridad. Pero incluso las atrocidades de los burgueses de 1848 palidecen frente a la innominable infamia de 1871. El heroico espíritu de sacrificio con el que la población de París -hombres, mujeres y muchachos- combatió durante ocho días tras la entrada de los versalleses, refleja de manera evidente la grandeza de su causa, mientras que las crueldades de la soldadesca reflejaron el espíritu innato de esta civilización de la cual son mercenarios y defensores. Gloriosa civilización, es cierto, cuyo problema principal es saber cómo desembarazarse de los montones de cadáveres tras el fin de la batalla» (La Guerra Civil en Francia).
 

8. La Commune y la Internacional

En una carta a Kugelmann con fecha 12 de abril Marx escribía: «De cualquier forma esta actual insurrección de París -aunque sea devorada por los lobos, por los cerdos y por los perros de presa de la vieja sociedad- es la acción más gloriosa de nuestro partido tras la insurrección de junio».

Los burgueses se aterrorizaron inmediatamente con la Commune. Su primera reacción ante la insurrección fue la caza de los miembros de la Internacional por parte de los principales gobiernos de Europa: para la burguesía la red de la democracia se volvía cada vez más tupida. La Internacional y el "Red Terror Doctor" Karl Marx eran considerados como los "conspiradores" en la sombra que habían soliviantado a los parisinos, los que les habían dado órdenes determinadas y precisas de tomar las armas y derrocar al gobierno francés. En realidad hemos visto que no son precisamente las órdenes las que determinan las revoluciones sino circunstancias objetivas específicas.

En la despiadada campaña contra los internacionalistas participaron no sólo las policías de toda Europa sino también los periódicos burgueses, y el Llamamiento de Marx, republicado como La Guerra Civil en Francia, hizo saltar de rabia a la burguesía asustada que, bajo la amenaza de la Revolución Roja, se había unificado en un único partido y en una única ideología, la Contrarrevolución. Los gobiernos de Francia, Prusia, Austria e Italia se unieron en una Santa Alianza contra los internacionalistas. Escribe Engels a este respecto: «Se ha desencadenado una caza generalizada a los miembros de la Internacional. Todos los poderes del viejo mundo, tribunales militares y civiles, policías y prensa, Junkers y burgueses participan en las persecuciones, y sobre todo el continente casi no existe ni un solo rincón en el que no se haga todo lo posible para declarar ilegal a la gran hermandad que provoca tanto miedo» (El Congreso de Sonvillier y la Internacional).

Ya que el componente marxista de la Internacional no pudo actuar directamente, reivindicamos para nuestra clase y su partido todo el honor de la heroica tentativa parisina. Concluíamos en Programma de 1966: «La Internacional esencialmente había tenido el mérito de preparar ideológicamente al proletariado. Al declarar que "la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma" o que " la gran tarea de la clase obrera es la conquista del poder político" (Llamamiento inaugural), la Internacional iluminaba las conciencias acerca de la tarea general de la cuestión militar, que es la insurrección armada y la defensa armada del Estado proletario surgido de la demolición del Estado burgués. Declarando después que "la clase obrera posee un elemento clave para su éxito, el número; pero los números pesan sobre la balanza solamente cuando están unidos por la organización y guiados por la conciencia», Marx en aquel Llamamiento, ponía en plena evidencia la función insustituible del Partido en la revolución proletaria».

El 13 de junio de 1871 aparecían en Londres 1.000 ejemplares del Llamamiento que el Consejo General había encargado reeditar a Marx; en pocos meses el opúsculo tendría diversas ediciones en inglés distribuidas entre los obreros y en un solo año sería traducido al francés, alemán, ruso, italiano, español y holandés. En él Marx condensaba, además de la historia de los acontecimientos, las enseñanzas que la clase obrera debía extraer en interés de su propia emancipación. El programa de la Internacional se afirmaba decididamente de esta manera.

La principal conclusión de Marx era que el proletariado en Europa occidental no podía conceder ya su apoyo a la burguesía en cualquier guerra nacional: ninguna de estas guerras podía tener ya un carácter progresista y antifeudal. La Commune había demostrado que «todos los gobiernos nacionales están federados contra el proletariado».

La parte principal del Llamamiento tocaba la cuestión del Estado proletario. Marx saludó las medidas que el Estado de la Commune adoptó en tan sólo tres meses, pero al mismo tiempo mostraba sus limitaciones. En una carta a Kugelmann con fecha 12 de abril de 1871 explicaba: «Si relees el último capítulo de mi 18 de Brumario encontrarás que afirmó que la próxima tentativa de la revolución francesa no consistirá en hacer pasar de una mano a otra la maquinaria militar y burocrática, como ha venido sucediendo hasta ahora, sino en hacerla pedazos, y que esta es la condición preliminar de toda revolución popular real en el continente. En esto consiste también la tentativa de nuestros heroes parisinos».

En una carta del 6 de abril a Liebknecht criticaba Marx el carácter demasiado "bondadoso" del gobierno de la Commune: «Parece que los parisinos están sucumbiendo. Es culpa suya, pero es una culpa que, de hecho deriva de una excesiva bonnéteté [bondad, ndr]. El Comité Central y la Commune han dado tiempo al mischievous avorton [aborto maligno,ndr] Thiers para concentrar las tropas enemigas, primero, porque estúpidamente no han querido desencadenar la guerra civil, como si no la hubiese iniciado Thiers con su intento de desarmar París por la fuerza (...); segundo porque para no dar la apariencia de usurpar el poder, han perdido momentos preciosos (...) en elegir la Commune, cuya organización etc, ha llevado, nuevamente, su tiempo».

Marx en el último Llamamiento pone al desnudo la naturaleza del Estado burgués moderno que, con su ejército, policía, magistratura, burocracia, clero, etc, tiene su origen en las monarquías absolutas del siglo XVII, y que ha alcanzado su madurez solamente con la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico que destruyeron los últimos restos feudales. Desde ese momento el Estado se ha convertido en el moderno medio de represión de la clase burguesa sobre la clase proletaria. Los acontecimientos de la Commune confirman que «después de cada revolución, que marca un progreso en la lucha de clase, el carácter puramente represivo del poder del Estado se muestra cada vez más evidente». Añadiendo: «En presencia de la amenaza de sublevación del proletariado, la clase dominante reunida utilizó el poder del Estado, sin disimulos y con ostentación, como instrumento público de guerra del Capital contra el trabajo». Estas son las verdades que la Internacional enseñaba en 1871 al proletariado.

«La Commune fue la antítesis directa del Imperio. El grito de "République sociale", con el que el proletariado de París había iniciado la revolución de Febrero no expresaba más que una vaga aspiración a una República que no habría debido eliminar solamente la forma monárquica del despotismo de clase, sino el mismo poder de clase. La Commune fue la forma positiva de esta República».

La Internacional no se limitó a la difusión del Llamamiento. En Inglaterra se dieron varias conferencias en las que varios camaradas que habían participado en la Commune, como Robert Reid y Auguste Serrailier, contaron al proletariado los heroicos momentos de las barricadas y la dura represión burguesa. Además se organizaron huelgas y manifestaciones en apoyo a los Communards. Durante muchos meses el Consejo General tuvo que ocuparse del mantenimiento de los prófugos parisinos, dado que para ellos era extremadamente difícil encontrar trabajo.

El Consejo General en el periodo de la Commune además había mantenido una estrecha correspondencia con las secciones de los distintos países en los que el proletariado intentaba rebelarse. En España, sobre todo en Barcelona, fueron numerosas las huelgas políticas. En Bélgica el Consejo General tuvo que intervenir en ayuda de una imponente huelga de los cigarreros, y gracias a esta ayuda la huelga pudo durar hasta septiembre y vencer. En Alemania fueron importantes las luchas organizadas por el Partido Socialdemócrata alemán contra la guerra, a pesar de las detenciones y las duras represiones.
 

(Continúa en el próximo número)   [ 1 - 2 - 3 - 4 ]

 
 
 
 
 
 
 
 



Terrorismo y Antiterrorismo, recursos para empujar al proletariado a la Tercera Guerra imperialista mundial

Posiblemente no se sabrá nunca quienes han sido los organizadores y los mártires del atentado suicida de Nueva York, el cual nadie ha reivindicado y todos condenado. En cambio está muy claro cómo son utilizadas estas terroríficas masacres para impedir que los proletarios de todo el mundo vean la cruda realidad.

Unidos los altoparlantes del régimen, de derecha y de izquierda, coinciden en que la guerra que se prepara, y que por otra parte ya se da, es entre el norte y el sur del mundo, entre nosotros los ricos y ellos los pobres. Una guerra por nuestra civilización. Si la Primera Guerra imperialista fue vendida con la demagogia irredentista de la defensa de los nacionalismos, y la Segunda, siempre imperialista, se propagó como antifascista y democrática, la presente, también imperialista, se mistifica como cruzada entre religiones opuestas, contra cuan increíbles quijotadas y sospechosas figuras de Saladinos barbudos.

Las terribles contradicciones que se imponen en el capitalismo están, en cambio, en su interior, se extienden entre los ricos, son crisis de sobreproducción, de demasiada riqueza, no son por la pugna entre quienes tienen demasiado y demasiado poco. El conflicto que estalla no es cultural y ni siquiera nacional, sino intestino de clase, entre las clases modernas de los países más modernos: burguesía y proletariado. El mundo no se divide entre países ricos y países pobres, sino entre internacional clase burguesa poseedora e internacional clase trabajadora desposeida, en guerra a muerte entre ellas, tanto en el norte como en el sur. Los sufrimientos, a menudo atroces, de pueblos sometidos como el palestino y de tantísimos otros, son casi siempre el reflejo de un enfrentamiento entre sus protectores imperiales, son guerras por poder. Se hace que proletarios palestinos y hebreos se machaquen en una partida que se juega bien lejos de esos pocos kilómetros cuadrados pedregosos (de los que son prisioneros, y de donde muchos se irían voluntarios si pudiesen), que les empuja a la miseria, al terror, a la división y al odio, con la complicidad de las burguesías árabe, palestina y hebrea, en conexión con Wall Street, Londres, París, Roma, Riad, etc..

La grave crisis económica -la peor desde 1960, dicen las estadísticas- que atenaza ya también a Estados Unidos, con el corolario de bajadas bursátiles, empuja a los Estados cada vez más al enfrentamiento. De manera inexorable se incrementan las tensiones y los conflictos de intereses irreconciliables, en un contraste de fuerzas entre Europa, Japón y Estados Unidos; entre las viles burguesías europeas, que intentan tener una moneda única; y también entre europeos, japoneses y americanos y los colosales imperialismos emergentes de Asia.

Pero es la guerra lo que se incuba bajo las hipocresías diplomáticas, las alianzas militares y las muestras de solidaridad. A esta crisis y a este conflicto interimperialista, que durante demasiado tiempo se ha mantenido en los límites de las pugnas comerciales, el capitalismo en un momento dado debe dar escape militar. En un momento dado las guerras locales y de poder entre los pequeños ya no bastan. Sirven como preparación, de alimento para la guerra entre los grandes. Porque la guerra general será entre los imperialismos, entre los imperialismos de primer orden, como la Primera y la Segunda, cuando llegue la hora de medir las fuerzas directamente. El proletariado en ella no tiene que ver defendidos sus míseros, inexistentes, privilegios de ciudadano del norte, no tiene más que perder, como ya le debería haber enseñado la experiencia de dos guerras terribles y dos no mejores posguerras.

Las industrias de armamento presionan para la guerra, mientras, las tensiones sociales pueden rebelarse. La guerra resuelve todo, cancelando las cuentas de los impagados. Los jóvenes americanos que se alistan en estos días no son patriotas sino desempleados. Quien quiera que haya desviado los aviones, el momento ha sido el justo, así como los objetivos, un edificio-símbolo militar y uno lleno de trabajadores, adecuados para recompactar las clases opuestas de la sociedad americana, como parece, está sucediendo. A falta de su partido, lo sabemos, la clase no es más que un juguete en manos de los brujos burgueses y de la renaciente imbécil retórica belicista.

El militarismo es el verdadero rostro del capitalismo, y en particular de las democracias capitalistas. También en España todos se han puesto rápido manos a la obra a la voz de mando, todos, partidos, periodistas y sindicatos del régimen. La guerra ya está aquí, dicen, es necesario responder. Contra quién ya lo diremos después, pero cierto es que pronto, ¡vosotros proletarios, deberéis estar!.

El comunismo opone a la guerra burguesa, que es guerra antes que nada contra la clase obrera y contra el comunismo, el principio de la solidaridad internacional de los trabajadores.

Pero para impedir la guerra no bastan las maldiciones o la presión de las opiniones públicas, hace falta la fuerza decidida de la clase trabajadora. Hace falta una organización de clase extensa y combativa. Y hace falta un partido comunista que la dirija, porque sólo la victoriosa sublevación anticapitalista del proletariado puede impedir un nuevo cruento triunfo y ulterior supervivencia de nuestro enemigo histórico.
 
 
 
 
 
 
 
 


Por una historia de Asia oriental en la época del Imperialismo:

COREA: DE LOS ORIGENES
A LA DIVISIÓN NACIONAL
(Segunda parte)

 I – El Estado antiguo; La guerra chino-japonesa; Garras imperialistas sobre China; La guerra ruso-japonesa; Protectorado del Japón; La colonización.

II – La Primera Guerra Mundial; 1922 - 1er Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente; El imperio japones; La guerra mundial; El gendarme estadounidense; La posguerra en el Norte; La posguerra en el Sur; La nueva guerra; El cañón de la Democracia Universal.
 

La Primera Guerra Mundial

Pocos días después del estallido de la Primera Guerra mundial Gran Bretaña, unida en alianza militar con Japón, le pidió ayuda para proteger Hong Kong y Weihai, así como para llevar a cabo una acción contra los barcos piratas alemanes en el Pacífico.

El gobierno japonés aprovechó esta ocasión para reforzar su presencia en China. El 15 de agosto de 1914 pidió a Alemania que retirase sus barcos de guerra de Extremo Oriente y le cediese en alquiler el territorio de Kiaochou. Al ser ignorados estas intimidaciones el 23 de agosto entró en guerra contra Alemania. La acción militar japonesa fue inmediata y victoriosa. El 2 de septiembre las tropas comenzaron el desembarco en la península de Shantung, avanzando hacia Tsingtao y la bahia de Kiaochou. El 7 de noviembre la ciudad fue ocupada, completando así la campaña. Mientras tanto las operaciones navales del mes de octubre habían llevado a la ocupación de las islas del Pacífico al norte del ecuador en poder de Alemania. De esta manera los japoneses en menos de tres meses habían sustituido a los alemanes en todas sus bases, ferrocarriles y otras instalaciones comprendidas dentro de su esfera de intereses.

Cuando en enero de 1915 el gobierno chino pidió a las tropas extranjeras que abandonasen el país al ser China neutral en la guerra europea, Japón presentó una lista con 21 peticiones que extendían la presencia japonesa en China: a pesar de las protestas de los Estados Unidos, Japón obtuvo una gran parte de cuanto pretendía.

Frente a una enésima petición para una mayor participación en el esfuerzo bélico de la Entente, propuesta en enero de 1917 por Gran Bretaña, el 16 de febrero de 1917 se firmó un acuerdo secreto según el cual Japón prometía suministrar efectivos navales para actuar dentro de las aguas europeas y apoyar las reivindicaciones británicas sobre las islas alemanas del Pacífico situadas al sur del ecuador; a cambio Gran Bretaña se comprometía a apoyar las reivindicaciones japonesas sobre Shantung, las Islas Carolinas, Marianas y Marshall. Pocas semanas después también Italia y Francia firmaron acuerdos análogos como precio por la ayuda dada por Japón al "convencer" al gobierno chino para que declarase la guerra a Alemania.

En agosto de 1917 China entró en guerra junto a la Entente: esto no le supuso ningún esfuerzo militar, sino solamente el secuestro de los bienes y de las naves alemanas en China, la ocupación de las zonas y de las concesiones controladas hasta entonces por Alemania y Austria (Kingdao, Tiensin, Hanku) y el envio a Occidente de 200.000 coolies no combatientes. A cambio las Potencias aceptaron suspender por cinco años el pago de las indemnizaciones impuestas a China como consecuencia de la rebelión de los Boxers.

Tras el fin de la guerra, en la conferencia de Versalles, Japón, que ya había obtenido el rango de gran potencia, pretendía mantener el control de la región ex-alemana de Shantung; a pesar de las protestas de la delegación china, que reivindicaba su restitución, fue Japón quien se salió con la suya. Por el contrario no suscitó ninguna oposición la petición de soberanía sobre las islas del Pacífico situadas al norte del ecuador.

Otro problema surgido en Versalles era el siberiano. La revolución rusa había provocado en los territorios de Extremo Oriente un fermento revolucionario que amenazaba con extenderse a la vecina Manchuria y a China. El problema era particularmente agudo para Japón, que ya en diciembre de 1917 pensaba en crear un cinturón de seguridad en las fronteras septentrionales con China.

En junio-julio de 1917 tropas checoslovacas, que combatían para buscar una salida de Rusia, ocuparon Vladivostok y los ramales orientales del ferrocarril transiberiano. Las potencias imperialistas quisieron aprovechar este episodio para intervenir contra la Unión Soviética; los Estados Unidos propusieron una intervención limitada para cubrir la retirada de los checos y Japón aprovechó para extenderse hacia el norte. A finales de 1918 cuatro o cinco divisiones japonesas actuaban en la cuenca del río Amur, controlando por entero el ferrocarril; su número superaba ampliamente los contingentes estadounidenses y de los demás aliados.

En su lucha contra el ataque japonés los bolcheviques encontraron unos combatientes válidos entre las comunidades coreanas que ya a finales del siglo XIX se habían establecido en Siberia y Manchuria. A partir de 1918 numerosos coreanos combatieron en el Ejército Rojo formando los primeros núcleos de comunistas coreanos.

En noviembre de 1918 los bolcheviques reconquistaron Omsk, pasados los Urales, avanzando resueltamente hacia el Este. En enero de 1920 el gobierno estadounidense anunció la retirada de sus tropas y su ejemplo fue seguido por Gran Bretaña, Francia y Canadá. Sólo permanecieron los japoneses que extendieron su ocupación también a la parte septentrional de las Islas Sajalin.

Por lo tanto en Versalles la cuestión de Siberia era un problema candente sobre el que las posiciones de Japón y los Estados Unidos se enfrentaban; lo mismo ocurría con Shantung porque China no había aceptado lo decidido por las grandes potencias y los Estados Unidos la apoyaban; otros motivos de tensión entre Japón y los EEUU eran la cuestión de la inmigración y el armamento naval.

La Fracción de la Izquierda Italiana, cuya voz estaba representada por el periódico "Bilan", con su trabajo continuo en la línea de nuestra tradición comunista revolucionaria, había comprendido que un nuevo epicentro de los choques interimperialistas había surgido en Extremo Oriente y que Japón era ya plenamente uno de los protagonistas de la política mundial; numerosos trabajos abordan la situación en la región a la que se señala como uno de los puntos neurálgicos de las relaciones internacionales.

En un artículo titulado Los antagonismos interimperialistas en China (nº 11 de septiembre de 1934) se hacían estas consideraciones: «La guerra de 1914-18 ni ha planteado ni ha resuelto el problema del reparto de Asia. Es cierto que antes de la primera guerra mundial la potencia dominante en extremo oriente era Inglaterra que defendía las veleidades expansionistas de Japón contra Rusia. La guerra de 1914 no ha afrontado las contradicciones imperialistas en Asia y prueba de ello es la participación de Inglaterra, Rusia y Japón en el mismo frente (...) Para Japón la penetración sobre el continente era una cuestión vital (...) Es por esto que, gracias a la guerra de 1914 que había desarrollado enormemente su industria, gracias a la ruptura de las relaciones comerciales entre Europa y Asia, aprovechando el aislamiento de China, Japón acentuó su penetración continental. El fin de la hegemonía inglesa en China, la aparición de Japón y los Estados Unidos, la lucha que se deriva de ello para el reparto de Asia, ha puesto de manifiesto en la posguerra la imposibilidad, visto el desarrollo de las fuerzas de producción en el mundo, de mantener la lucha interimperialista con nuevos resultados respecto a un nuevo reparto de las colonias y de los territorios del Mediterráneo y de Europa central y la necesidad de desarrollar esta lucha englobando los territorios asiáticos, cuya extensión y densidad de población pueden satisfacer los apetitos capitalistas. Los objetivos de 1914, una nueva división del mundo, influenciada y controlada ya por los imperialismos, permanecen en toda su actualidad, pero ya se ligan a las luchas en Asia, hacia donde se dirige inevitablemente el capitalismo a la búsqueda de nuevos mercados y de nuevos beneficios (...) El problema del control de las rutas marítimas mundiales y el de la ocupación de los archipiélagos estratégicos deberán resolverse entre Japón, Estados Unidos e Inglaterra. Esta será la característica de la nueva guerra imperialista de mañana».

Para discutir estos problemas y buscar la manera de resolverlos de manera "pacífica" los representantes de las grandes potencias se reunieron en Washington en noviembre de 1921. Se alcanzó un pacto entre USA, Gran Bretaña, Japón y Francia en base al cual se comprometían a respetar las relativas áreas de influencia y a consultarse cada vez que hubiese un motivo de crisis. Respecto a los armamentos se estableció que los barcos de guerra no superasen las 35 mil toneladas y los portaviones las 27 mil; que los cañones no superasen los 406 mm de calibre y que no se construyesen nuevos puertos en Guam, Hong Kong, Manila y otras bases próximas a Japón en Hawai y Singapur. La proporción del conjunto de toneladas de los navíos de guerra quedó establecida como quería EEUU, o sea en 5/5/3 respectivamente para Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón.

Estos acuerdos otorgaron a Japón la superioridad naval en el Pacífico y un control duradero de los puntos próximos a las costas chinas. Las divergencias entre China y Japón respecto a Shantung se superaron momentáneamente con el acuerdo bilateral del 4 de febrero de 1922 que restituyó a China la soberanía sobre la provincia, pero garantizando a Japón los intereses econóicos que poseía allí. En octubre finalmente Japón retiró sus tropas de Siberia, si bien debieron pasar otros tres años antes de que evacuase la parte septentrional de las Sajalin y restablecer las relaciones diplomáticas con Rusia.

Pero este orden estructurado bajo la égida de las cuatro grandes potencias imperialistas vencedoras no podía ser duradero. La victoria del proletariado en Rusia, el crecimiento del movimiento nacionalista en China, la presión del imperialismo japonés y estadounidense; el debilitamiento del británico y del francés harían que esta paz armada se hundiese.
 

1922 - 1er Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente

Como respuesta a la conferencia imperialista de Washington, en enero de 1922 se reunió en Moscú, por iniciativa del Ejecutivo de la Internacional Comunista, un Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente. En él participaron 144 delegados, «en su mayor parte no comunistas» escribe Agosti (La Tercera Internacional. Historia Documental), provenientes de China, Corea, Japón, Mongolia, India, Indonesia: el contingente coreano era particularmente nutrido, 53 delegados sobre 144.

En su discurso Zinoviev subrayó la importancia decisiva que habría tenido una revolución en Japón, el único país de Extremo Oriente industrialmente desarrollado: sin él un movimiento revolucionario en esa parte del globo habría sido «una tempestad en un vaso de agua». En general, afirmó el presidente de la Internacional Comunista, Asia Oriental todavía no estaba madura para una revolución socialista, pero sí lo estaba para una revolución nacional antiimperialista. Los mismos conceptos fueron retomados por Soforov que se centró en particular en la situación de China y Corea: los comunistas debían apoyar los movimientos nacionalistas revolucionarios activos en esos países, pero al mismo tiempo reforzar su propia organización y enraizarlas entre las masas proletarias y semiproletarias. Lo que parece haber sido el documento más significativo aprobado en el Congreso, las Tesis sobre las tareas de los comunistas en Extremo Oriente, confirman todo lo que ya estaba claramente trazado en la tradición marxista según el escrito de Lenin Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática (1905), en las Tesis y en la intervención, una vez más de Lenin, sobre la cuestión nacional y colonial en el II Congreso de la Internacional Comunista en 1920.

También en 1922 la Komintern dió luz verde a los comunistas coreanos para crear el Partido Comunista de Corea, ya que parecía que el régimen de ocupación había aflojado las medidas represivas, tras la revuelta llamada de Samil que durante dos meses, en 1919, había estallado en el país y que había sido duramente reprimida ocasionando 2.000 muertos y cerca de 20.000 arrestos.

El partido sin embargo no pudo formarse hasta 1925, tras la vuelta a Corea, según las directivas de la Internacional, de los grupos comunistas coreanos que se habían formado en Siberia y en la Provincia Marítima Rusa; parece que tuvo una vida breve, unos pocos meses, ya que fue puesto fuera de la circulación por el arresto en masa de casi todos sus componentes (77 personas) o, más probablemente, por la espantosa deriva del Partido Comunista Chino y de toda la Internacional que precisamente en esos años alcanzaba su punto máximo. También los comunistas coreanos, a pesar de las duras luchas fraccionales que conocemos, se alinearon finalmente con las directrices estalinistas, visto que en 1927 tanto ellos, como el PCC, se unieron en una Asociación para la Nueva Corea con los "nacionalistas sin compromisos".

Una ayuda para profundizar estos primeros años de la historia del partido en Corea describiendo su involución podemos encontrarla en una colección de documentos publicada por Dae-sook en Documents of Korean communism, Princeton U.P 1970, y, por el mismo autor, The Korean Communist Movement 1918-1948, Princeton 1967, material que no hemos podido consultar todavía y que indicamos ahora en vista de posteriores estudios más detallados.
 

El imperio japonés

En 1931 el ejército japonés se preparó para tomar posesión de Manchuria. «Las veleidades expansionistas del capitalismo nipón, apoyado por los señores feudales, lo empuja inevitablemente hacia la guerra – comentaba Bilan nº 8/1934 – Su marcha hacia el continente, es decir hacia China, que les ha permitido apoderarse de Corea, de Shantung y últimamente de Machiukuo, esta marcha continúa y conducirá al enfrentamiento con Rusia, porque Japón tiene una necesidad imperiosa de ampliar por un lado las fuentes de sus materias primas y por otra descargar el exceso de población sobre nuevos territorios. La lucha por China es, en el fondo, la lucha por la hegemonía en el Pacífico, hegemonía en la que están interesadas también Inglaterra y los Estados Unidos. Se trata en suma de una lucha por la conquista exclusiva de las rutas comerciales, hoy esenciales para los imperialismos, y que desembocan desde el Pacífico hasta China, la India; lucha que sólo puede desembocar en un nuevo conflicto mundial. Japón trabaja y se prepara para esta eventualidad».

El 15 de septiembre de 1931 el ejército japonés de Kuantung, con el pretexto de responder a un atentado, disparó contra soldados chinos dando origen a la guerra; a finales de enero las hostilidades se extendieron a la propia China. Toda Manchuria estuvo rápidamente bajo control japonés; en marzo de 1932 el último de los emperadores manchues en China, Pu Yi, fue puesto a disposición del nuevo Estado de Manchukuo, que en realidad estaba gobernado por el Comandante del ejército de Kuantung que ejercía el poder civil y militar.

China apeló a la Sociedad de Naciones, pero en vano; lo único que obtuvo fue el no reconocimiento del nuevo Estado "independiente"; sólo fue reconocido por Japón, que en febrero de 1933 tuvo que salir de la Sociedad de Naciones, en cuanto en Ginebra se abrió el debate sobre esta cuestión.

A finales de 1936 Chiang Kai Chek llegó a un acuerdo con los "comunistas" para hacer causa común contra Japón; en julio de 1937 el ejército japonés pasó a la ofensiva para ocupar toda China. «A comienzos de agosto estaban ocupadas tanto Tiensing como Pekín, y en septiembre las tropas japonesas en el frente sumaban más de 150.000 hombres; las hostilidades se extendieron al sur, comenzando una vez más desde Shangai, que fue conquistada por las tropas del general Matsui tras dos meses de feroces combates. Tras la toma de Shangai el ejército japonés se dirigió hacia Nanching, la capital de Chiang, que fue sometida a duros bombardeos. Las tropas nacionalistas chinas, presas del pánico, huyeron precipitadamente, incluido el general Chiang Kai Chek. Privados de sus superiores, cercados por el fuego enemigo, miles de soldados chinos dejaron las guarniciones precipitandose dentro de la ciudad. Los soldados chinos se rindieron y fue el comienzo de la masacre. En las ensangrentadas aguas del Yan Tse flotaban innumerables cadáveres: se calcula que desde diciembre de 1937 hasta febrero de 1938 fueron asesinadas 300.000 personas. Miles de mujeres fueron encerradas en los burdeles militares».

La masacre de Nanching fue una de las peores de la segunda guerra mundial, pero durante decenios todos los Estados la ocultarán; tanto la República Popular China como la nacionalista de Taiwan nunca han pedido a Japón compensaciones de guerra, obteniendo a cambio privilegios comerciales y ventajas políticas; también los Estados Unidos han preferido no indagar acerca de la conducta de Japón, precioso aliado contra el "comunismo".

Acerca de la nueva guerra chino-japonesa, "Bilan" (nº 44, octubre-noviembre de 1937) escribía: «Abajo la matanza imperialista en China: contra todos los verdugos, por la transformación inmediata de la guerra en guerra civil. Los explotados de Asia viven hoy un nuevo aspecto de su negra tragedia social. Todos los choques económicos y sociales que obligan al Japón a hacer la guerra en China y que hacen de ella un cuerpo inerme incapaz de rechazar al invasor, son los que, al conducir a la revolución, obligan al imperialismo japonés y a la burguesía china a desencadenar una guerra civil contra los trabajadores y campesinos pobres de los dos países. Los explotados chinos tienen un enemigo: su propia burguesía, los verdugos de 1927, el Kuomintang y todos sus aliados; los explotados japoneses deben luchar contra un imperialismo feroz pero minado por antagonismos estructurales que dependen de las particularidades históricas de la formación del capitalismo nipón. La partida es decisiva: en 1931 Japón se apoderaba -con la aprobación de la burguesía china- de Manchuria y llevaba a cabo el frente único con el Kuomintang para reprimir el movimiento obrero; en 1937 bajo la cobertura de una guerra "nacional" los explotados chinos fueron ofrecidos a las bombas japonesas y bajo dos banderas capitalistas los proletarios se hicieron asesinar por docenas de miles (...) Aislada, la burguesía china temía a las masas proletarias que dieron muestra de su valor antes de 1927; la burguesía china necesita, al igual que un enfermo sus medicinas, la ayuda económica, política y social del imperialismo. Y es en esta fase histórica, en la que las guerras nacionales son relegadas al museo de antigüedades, en la que se moviliza a los obreros con el pretexto de una "guerra de emancipación nacional del pueblo chino».

Antes de terminar ese año los japoneses habían ocupado la China septentrional y algunas áreas próximas a Mongolia, e igualmente la cuenca carbonífera de Shansi y la parte china de Shangai, además de Nanching. Su deseo era llegar a un acuerdo con el gobierno nacionalista chino, pero no fue posible, ya que éste estaba seguro de poder derrotar a los comunistas sin la ayuda japonesa. El gobierno nacionalista, tras retirarse a la aislada provincia occidental de Tsechuan, continuó la guerra mientras los "comunistas", que habían antepuesto la lucha contra Japón a la consecución de sus objetivos de clase, aunque fueran burgueses, como por ejemplo la cuestión agraria, iniciaban la guerra de guerrillas en las zonas ocupadas por los japoneses.
 

La guerra mundial

La guerra era costosísima para Japón en hombres y materiales: los soldados utilizados en 1937 llegaron a casi un millón llegando a más de 2 millones en 1941, reduciendose sucesivamente.

La guerra mundial, que estalló en septiembre de 1939, fue durante un largo periodo una guerra europea; el 27 de septiembre de 1940 Japón firmó un pacto tripartito con Alemania e Italia y ek 13 de abril de 1941 un pacto de recíproca neutralidad con Rusia, todavía ligada a Alemania por el pacto de no agresión.

«Creyendo haber asegurado su protección desde los peligros provenientes del norte, los japoneses trabajaban ya en el proyecto de penetración en Asia suroriental: calculaban el riesgo de un choque militar con los Estados Unidos; en particular la marina, más experta en contactos internacionales, valoraba que las posibilidades de éxito en una larga guerra en el Pacífico eran escasas. Nadie en Japón eran tan tonto como para pensar realmente en conquistar los Estados Unidos; se contaba con una victoria inicial decisiva que obligase a Washington a renunciar a una guerra larga y a firmar, tras una derrota grave pero parcial, una paz rápida que diera a Japón el poder sobre toda Asia oriental. Los estrategas japoneses estaban elaborando estos planes cuando Hitler les sorprendió de nuevo atacando a la URSS el 22 de junio de 1941; los proyectos ya en curso no fueron modificados por no romper los pactos con ese aliado europeo tan poco fiable. La estrategia de la "marcha hacia el sur" y de una intervención que eliminase a los Estados Unidos de Asia estaba en vías de preparación y el primer ministro nombrado a finales de octubre, el almirante Tojo Hideki, no dudaba acerca de la urgencia de elegir la vía de la guerra. Las negociaciones entre Japón y Estados Unidos desarrolladas en una atmósfera de creciente desconfianza estaban destinadas al fracaso: se truncaron definitivamente con el ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941» (Collotti Pischel).

Con ese ataque los japoneses consiguieron reducir la fuerza naval estadounidense en el Pacífico: fueron hundidos 8 barcos de guerra y gran parte de los navíos de apoyo, e igualmente fue destruida la mitad de la aviación; poco después, en la Navidad de 1941 cayó en manos japonesas Hong Kong, el símbolo del poder británico en Extremo Oriente; el golpe dado a la flota estadounidense había hecho indefendibles las islas Filipinas que fueron ocupadas por los japoneses en mayo de 1942; inmediatamente después fue ocupada Malasia y Singapur; las Indias Orientales holandesas cayeron a comienzos de marzo, al mismo tiempo que se iniciaba la penetración en Birmania que fue ocupada antes de terminar la primavera.

Con la conquista de la isla de Guam, de las Islas Salomón, de las Aleutianas y de la parte septentrional de Nueva Guinea, puerta de Australia, todo el Pacífico occidental estaba, a finales de la primavera de 1942 en manos de los japoneses.
 

El gendarme estadounidense

Para derrotar a los japoneses los generales estadounidenses no se apoyaron en grandes acciones terrestres sino en grandes choques aeronavales en los que pudiese entrar en juego el potencial técnico y productivo del que disponía la máquina productiva de los Estados Unidos: los grandes astilleros y los centros aeronaúticos creados al Oeste – desde California a Oregón – fueron la baza victoriosa de los Estados Unidos.

La primera batalla aeronaval tuvo lugar a comienzos de mayo de 1942 en el Mar de los Corales, al noreste de Australia, para controlar los accesos a la parte meridional de Nueva Guinea, y tuvo como resultado una derrota parcial de la flota japonesa. Pero fue un mes después en la batalla de las Islas Midway cuando los japoneses sufrieron una dura derrota, perdiendo cuatro portaviones y otros barcos menores; la batalla arrebató a Japón la superioridad naval que había disfrutado desde Pearl Harbor. Cada vez era más difícil mantener los contactos con las bases desparramadas en un área vastísima que abarcaba desde las Aleutianas a Nueva Guinea. También en el frente terrestre, en Nueva Guinea y en Guadalcanal, en las Islas Salomón, los japoneses, a pesar de su determinación, fueron vencidos.

Desde entonces las victorias americanas se sucedieron, y poco a poco eran minados los pilares del demasiado extenso imperio naval japonés, siendo expulsados tras una serie de batallas navales desfavorables para la marina japonesa. Fueron reconquistadas las Islas Marshall y las Gilbert, y en junio del mismo año lo fue Saipan, en las Marianas. Tras una gran batalla naval y durísimos choques en tierra la isla fue tomada pero la guarnición japonesa – y gran parte de los civiles – murió en la batalla o se suicidó. En octubre los primeros marines desembarcaron en las Filipinas que fueron ocupadas en cinco meses. Mientras tanto la aviación americana había iniciado desde las Islas Marianas los bombardeos sobre suelo japonés: el 10 de marzo de 1945 el ataque sobre Tokio con bombas incendiarias destruyó la ciudad causando 100.000 muertos; las demás ciudades no sufrieron mejor suerte, la población estaba sometida a una situación extrema y sobrevivía con 1.500 calorías al día, suministradas sobre todo por tubérculos.

«Pese a todo esto se exigía todavía a la población un trabajo cada vez más duro y menos remunerado. La duración de la jornada escolar se había reducido para permitir a un número mayor de estudiantes entrar en el ejército o trabajar en las fábricas. Se abolieron las restricciones sobre el trabajo femenino e infantil; de igual manera fueron suprimidas, por blandas, las normas que limitaban la jornada de trabajo» (Beasley). Pese a esto la resistencia seguía siendo encarnizada. A mediados de febrero la batalla de Okinawa, en las Islas Ryukyu fue durísima; aquí los militares y los civiles combatieron hasta el último hombre; los americanos tuvieron 12.000 muertos y 30.000 heridos.

Durante la Conferencia de Yalta, Roosevelt había pedido a Stalin que declarara la guerra a Japón para comprometer a las tropas japonesas destinadas en Manchuria. Stalin había prometido la intervención «dentro de tres meses tras el fin de la guerra en Europa» pidiendo a cambio «todo lo que Japón habia arrebatado a Rusia en su guerra imperialista de 1905», resaltando ignominiosamente el juicio sobre aquella guerra expresado por el partido y dando otra demostración de la naturaleza imperialista de la guerra. Rusia pedía las Islas Shajalin, las Kuriles meridionales, y también las bases rusas en Manchuria dentro del territorio chino.

El 26 de julio los Estado Unidos, Gran Bretaña y China lanzaron una proclama común a Japón exigiendo la rendición incondicional. El 6 de agosto era lanzada la bomba atómica sobre Hirosima. Dos días después Rusia declaraba la guerra a Japón y ocupaba Manchuria obligando a la movilización de las fuerzas japonesas. El 9 de agosto la segunda bomba atómica destruía Nagasaki.

El día 14 el Emperador de Japón anunciaba la derrota; el 2 de septiembre Japón era ocupado por primera vez por un ejército extranjero.
 

La posguerra en el Norte

El destino de Corea, colonia japonesa, ya estaba decidido durante la guerra por los nuevos amos del Pacífico. En la Conferencia de El Cairo, celebrada el 1 de diciembre de 1943, Estados Unidos, Gran Bretaña y China «conscientes del estado de servidumbre del pueblo coreano», habían decidido que, una vez derrotado Japón, Corea se convertiría en un país libre e independiente «a su debido tiempo». Sucesivamente en Yalta, en el curso de conversaciones informales con Stalin, Roosevelt, a cambio de concesiones territoriales, había propuesto un plan de administración financiera para Corea con una duración de 20 o 30 años. La idea era eliminar la influencilas potencias europeas de Asia Oriental mediante la disolución de los imperios coloniales y pensando en asociarse con la URSS como partner menor en una política que habría llevado a la hegemonía estadounidense en ese sector. Stalin se habría adherido en línea de máxima sugiriendo un periodo más breve.

Los planes militares preveían que la liberación de Corea debía tener lugar con la penetración conjunta de las tropas rusas desde el norte y de las tropas de desembarco americanas desde el sur hasta la línea de demarcación del paralelo 38. Las tropas rusas desembarcaron en Corea septentrional, en los puertos de Unggi y Najin, el 10 de agosto de 1945, cinco días antes de la rendición de Japón, tras el lanzamiento de las bombas sobre Hirosima y Nagasaki.

Con el ejército de Moscú había unos 30.000 coreanos que eran ciudadanos soviéticos y un pequeño grupo que había combatido a los japoneses en Manchuria, entre los que estaba Kim Il Sung. Los rusos, con el apoyo de los coreanos afines, no formaron un gobierno militar y no se opusieron a la formación de un gobierno "popular". Por lo demás los estalinistas controlaban la situación.

«A favor de los comunistas y de la moderada política de reformas que llevaron adelante desde 1945 a 1948 jugaron favorablemente las condiciones geográficas y socio-políticas de las regiones situadas al norte del paralelo 38. Regiones montañosas, habitadas por una población inferior en un tercio a la del Sur, que heredaba de la administración colonial japonesa un aparato de industrias pesadas, centrales hidroeléctricas, bancos y una óptima red de comunicaciones de la que la zona situada al sur del paralelo 38, rica sobre todo en grandes latifundios e industrias ligeras, estaba privada esencialmente» (Idéo).

Eliminada la alternativa nacionalista, cuyos dirigentes fueron arrestados y liquidados, el nuevo Comité Central del Pueblo (elegido en febrero de 1946) presidido por Kim Il Sung llevó a cabo en el mes de marzo una reforma agraria de la que se benefició el 70% de la población rural (la mitad de los territorios cultivables fueron asignados a casi 725.000 campesinos) y poco después, en agosto, procedía a la nacionalización de la industria con propiedad japonesa (aproximadamente el 90% del total).

Naturalmente no había nada de socialista en estas disposiciones del gobierno estalinista como reconoce hasta el mismo Idéo: «En su conjunto la reforma agraria, que hizo a los campesinos propietarios de la tierra que trabajaban (no se habló de colectivización), fue la corrección de un sistema de gestión agraria absolutamente inicuo basado en las relaciones de producción de tipo feudal, mientras la nacionalición de la industria representó la reapropiación de los recursos nacionales». En julio de 1948 fue aprobada la nueva constitución y elegida la Asamblea Suprema del Pueblo. El 9 de septiembre de 1948, más o menos un mes después de la proclamación de la República de Corea, se fundaría la República Democrática Popular de Corea.

En el periodo que precedió a la nueva guerra que se avecinaba, Kim y su grupo reforzaron su posición, excluyendo del partido a las facciones disidentes.
 

La posguerra en el Sur

Las tropas estadounidenses desembarcaron en Corea el 8 de septiembre de 1945 y encontraron una situación social mucho más compleja. El 6 de septiembre se reunió en Seul una Asamblea Nacional de los Comites locales que habían participado en la insurrección anti-japonesa; éstos (cerca de un millar) habían formado un gobierno nacional con jurisdicción sobre toda Corea; el gobierno abarcaba a todas las fuerzas de izquierda y los nacionalistas favorables a colaborar con ellas, pero los estalinistas, pese a tener sólo la mitad de los ministros, tenían la dirección. Antes de la llegada de los americanos se constituyó también un partido de oposición, el Partido Democrático de Corea (PDC) que reconocía como único gobierno legítimo al Gobierno Provisional Coreano que se formó en China en 1919 tras la revuelta nacionalista del Samil. Ambos organismos habían elegido como a su presidente al hombre de los americanos, Syngman Rhee, el nacionalista que vivía desde hacía cuarenta años en los Estados Unidos.

Washington era no obstante sospechosa ante los movimientos de la resistencia, a menudo influenciados por el estalinismo y el general John R. Hodge «no tenía instrucciones de colaborar con el gobierno coreano local, el cual había enviado delegados para darle la bienvenida. Hodge sólo se trataba con el gobernador general japonés» (D.F. Fleming, Historia de la guerra fría, 1917-1960), el cual en uno de sus últimos actos había transferido la responsabilidad del gobierno a un comité ad interim. «Cuando estuvo claro que los americanos ignoraban completamente al gobierno republicano popular y preferían servirse de los japoneses y de los colaboracionistas, los hombres de los comités atacaron violentamente al gobierno militar a través de manifiestos y octavillas. El 5 de octubre los americanos nombraron un organismo consultivo que contaba con muchos colaboracionistas notorios y dejaron caer la idea de una administración fiduciaria con una duración indefinida; el 10 el gobierno militar se proclamó única autoridad en Corea meridional y prohibió las manifestaciones de los "grupos políticos irresponsables"». Estas decisiones empujaron a la mayoría de la población a albergar un fuerte resentimiento hacia los americanos; los "liberadores" se habían transformado en opresores.

«Finalmente el 20 de noviembre de 1945 se convocó un Congreso de la República Popular el cual rechazó la orden de disolverse; entonces el general Hodge declaró ilegales sus actividades. Desde ese momento los estadounidenses dieron un apoyo completo al gobierno coreano provisional de Syngman Rhee en el exilio. El 14 de febrero de 1946 se formó un Consejo democrático representativo dirigido por Rhee». En realidad el gobierno estaba formado por terratenientes, capitalistas y por lo general elementos de la derecha nacionalista y colaboracionistas.

Comentando la política estadounidense en el área asiática tras el fin de la guerra, escribíamos lo siguiente en nuestro periódico "Battaglia Comunista" (nº 14,12-26 de julio de 1950), en un artículo titulado Americanos y rusos en Corea: «Debemos constatar ahora que contrariamente a cuanto sucede en Europa y en otras partes del mundo, en Asia la política rusa ha tenido más fortuna que la americana. Ha conseguido sustituir la influencia de los Estados Unidos en la inmensa China, ha creado numerosos diversivos en el archipiélago malayo, en Indochina, etc. En estas zonas muy densamente pobladas los rusos aumentan su prestigio y clientela mientras los americanos con sus aliados colonizadores ingleses, franceses y holandeses, lo pierden.

También Japón, pese a basarse en un capitalismo enormemente desarrollado y que sigue desarrollándose, no ha tenido modo de llevar a cabo transformaciones verdaderamente radicales en las zonas conquistadas por él, ya que lo que ha hecho ha sido mantener un régimen estrictamente colonial. En todo caso la resistencia al avance japonés, venía lógicamente por parte de las clases superiores del Asia continental del mismo modo por ejemplo que el Negus Selassiè resistió la agresión de Mussolini; pero la alianza internacional entre Rusia, América e Inglaterra llevó también aquí a la creación de bloques nacionales unitarios en los que agrarios, burgueses, pequeño-burgueses y progresistas de todo tipo se unían de cara a los fines superiores de la guerra de ultramar.

Ahora, terminado el conflicto, los Americanos, con la típica estupidez que distingue a su política, teniendo en cuenta que sus éxitos se deben exclusivamente al peso de sus dólares, han procedido igual que en Europa, es decir se han esforzado en crear el "statu quo ante". En cualquier país asiático, desde Corea a Japón, desde China a Malasia, ellos han intervenido para colocar democráticamente en el poder a las viejas clases dirigentes, en otras palabras los viejos estratos agrarios y conservadores. Evidentemente el juego no podía continuar. No sólo los exponentes de estas clases no estaban ya en grado de comprender y de controlar la situación, sino que la misma guerra había acentuado la obra de transformación económica en Asia, aumentando la importancia de los elementos burgueses y capitalistas de la región que necesariamente reclamaban una profunda renovación de los regímenes en vigor.

Y así mientras los americanos y sus vasallos asustados por la amenaza del comunismo se han empeñado en la defensa de la economía agraria y semifeudal del pasado, los rusos, con una habilidad verdaderamente encomiable, han aprovechado la situación y han dado su apoyo a la burguesía y al capitalismo indígenas, atrayéndoles completamente para su causa.

Aquí no se acaba todo, pero la particular forma de atraso productivo de estas zonas, debido a la escasez de capitales iniciales, a la dificultad de la acumulación privada, el sistema capitalista introducido por los rusos, con la subdivisión de los grandes latifundios y con la acumulación y las inversiones reguladas por el Estado, es todo cuanto mejor se podía augurar a la situación asiática y perfectamente coincidente con las exigencias de la economía burguesa de la región y del momento dado.

La alianza entre rusos y capitalistas asiáticos y entre americanos y agrarios explica los conflictos en Extremo Oriente y sobre todo los reveses que han sufrido los Estados Unidos».

Mientras tanto en la Conferencia de Moscú (diciembre de 1945), en la que participaron Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña y China, se confirmó una vez más lo decidido en Yalta, es decir colocar a Corea bajo un régimen de administración fiduciaria (trusteeship) por un periodo de cinco años. En el Norte el gobierno estalinista se sometió al dictamen de Moscú, al Sur los comunistas dieron su asentimiento, pero no las demás formaciones políticas de izquierda y los nacionalistas que reclamaron la independencia inmediata. El nuevo gobierno Rhee, que había incorporado en su policía a la mitad de la vieja policía colonial, incluidos los policías huidos del Norte a la llegada de los soviéticos, se enfrentó en un primer momento tanto contra los nacionalistas como contra los estalinistas, a pesar de su posición conciliadora; pero sucesivamente se buscó el acuerdo con las fuerzas nacionalistas moderadas, tras proceder a quitar de enmedio el estorbo estalinista. El Partido Comunista fue declarado ilegal, sus periódicos cerrados y emitidas órdenes de captura contra sus dirigentes, que debieron huir al Norte.

La Comisión conjunta creada entre Estados Unidos y la URSS para buscar un acuerdo de cara a formar un gobierno único en Corea, que se reunió del 15 de marzo al 8 de mayo de 1946 no consiguió ningún acuerdo y la cuestión se remitió a la ONU. Ésta aceptó la solución estadounidense que pedía la formación de una Comisión temporal encargada de esperar a las elecciones en Corea para formar un gobierno representativo que habría negociado la retirada de las tropas soviéticas y americanas. Rusia se oponía a la solución americana y proponía la retirada de las tropas de ocupación antes de las elecciones. Rechazó el acceso a Corea del Sur de la comisión de la ONU, que procedió a la celebración de elecciones únicamente en Corea del Sur.

Siguiendo el ejemplo del Norte, también en el Sur, poco antes de las elecciones, el 22 de marzo de 1948, un decreto del gobierno militar había permitido la venta a los campesinos de 278.000 hectáreas de tierras que habían sido propiedad de los japoneses. Esta decisión contribuyó ciertamente para que el reaccionario Rhee, en las elecciones del 10 de mayo, contando con el apoyo de la policía y del aparato burocrático, obtuviese una significativa victoria. Las elecciones se desarrollaron en un clima de terror, los grupos armados de los partidos de derechas se adueñaron de la situación provocando centenares de víctimas, mientras las prisiones se llenaron de opositores. La victoria de la derecha fue aplastante. La Comisión de las Naciones Unidas certificó que los resultados "eran la libre expresión de la voluntad del electorado".

El 17 de diciembre una resolución de la Asamblea general de la ONU reconoció como único gobierno legal de Corea al de Seul. El 2 de julio se aprobaba la constitución, y el 20 de julio Rhee fue designado presidente de la república. El nuevo presidente, dado que la mayoría de la Asamblea Nacional le era contraria, se apoyó cada vez más en la burocracia y la policía.

Su gobierno chocó también con los USA que fueron reduciendo progresivamente su ayuda al país, entre otras cosas porque ya no lo consideraban un punto estratégico para la defensa de los intereses estadounidenses en la zona, ni para su seguridad nacional.
 

La nueva guerra

En un discurso al Club nacional de la prensa, el 12 de enero de 1950, el secretario de Estado americano en esa época, Dean Achenson, había declarado que el "perímetro defensivo" de los Estados Unidos abarcaba desde las Aleutianas hasta Japón, desde éste hasta el archipiélago de las Ryukyu y las Filipinas, excluyendo por tanto a Corea. También Mc Arthur, máxima autoridad estadounidense en Japón, se había expresado en el mismo sentido en una entrevista concedida unos meses antes, el 1 de marzo, a un periodista británico.

En los Estados Unidos mientras tanto el Comité Nacional para la Seguridad, reunido bajo la presidencia de Truman, había decidido reconstruir un ejército capaz de responder a cualquier desafio y había previsto devolver a los gastos militares la enorme cantidad correspondiente a un quinto de la inmensa renta nacional estadounidense, elevando el balance militar desde 13 millardos de dólares hasta 50.

En Corea del Sur las elecciones de mayo de 1950 habían dado una clara mayoría a los adversarios de Syngman Rhee, pero éste reprimió duramente cualquier actividad de la oposición encarcelando a 14.000 personas, entre ellas 14 diputados. Cuando a esta situación se añadió un creciente agravamiento de la crisis económica la agitación se convirtió en general. Rhee proclamaba continuamente su intención de querer atacar el Norte.

Las tropas americanas no estaban muy bien vistas en Corea del Sur. El general Hodge, jefe de las fuerzas de ocupación, había declarado nada más llegar a Seul, demostrando una vez más la habitual "inteligencia" política estadounidense: «Los coreanos pertenecen a la misma especie de animales que los japoneses». Cuando la URSS había anunciado la retirada de sus propias tropas desde el Norte, el primero de enero de 1949, también los USA, si bien con muchas incertidumbres, habrían debido hacer lo mismo, pero los soldados partieron seis meses después. En Corea del Sur permanecieron 500 soldados americanos, con la tarea de adiestrar al ejército de la república formado por 60.000 hombres.
 

El cañón de la Democracia Universal

La guerra estalló el 26 de junio de 1950, y apenas 24 horas después los tanques del Norte se encontraban en los suburbios de Seul.

Sobre esta recien comenzada guerra, "Battaglia Comunista" nº 13 de junio-julio de 1950, en el artículo Corea: truena el cañón de la democracia universal, saltando por encima de las razones contingentes, explicaba los acontecimientos con las necesidades propagandísticas y belicistas del capital: «La guerra, sombra que el capitalismo proyecta continuamente ante sí, en cuanto se apaga en un rincón del mundo renace en otro. Agotada la baza china, la ofensiva coreana dará a los partidos del imperialismo ruso un atout propagandístico para regalvanizar a sus secuaces y amigos; para el imperialismo americano será la ocasión tantas veces esperada para llevar a cabo la unidad entre republicanos y demócratas, para intervenir decididamente en el Pacífico, para obtener del Parlamento el voto a los créditos militares, para satisfacer a los generales que soñaban con bases navales y ayudas directas en Extremo Oriente, para dar a la industria bélica el empuje que la previsión de los consejeros económicos del Presidente sobre una ulterior expansión de la economía estadounidense postula como una necesidad ineludible». Nuestro periódico lanzaba un llamamiento al proletariado: «Que los proletarios arrojen a la cara de los liberadores y pacificadores de la segunda guerra mundial la realidad de la cadena ininterrumpida de guerras y de "paces", de miseria y de opresión con la que se resumen los cinco años siguientes a la "victoria de los pueblos libres". Que digan: no iremos ni con unos ni con otros; marcharemos por nuestro camino de clase».

Naturalmente el proletariado, dada la situación completamente contrarrevolucionaria, se alineó tanto en Corea, como en los Estados Unidos y después en China, donde centenares de miles de proletarios fueron obligados nuevamente a coger el fusil unos contra otros.

Pese a sus anteriores declaraciones, Washington, se apresuró a declarar que «la República de Corea necesita una ayuda inmediata para evitar una derrota completa» que habría puesto en peligro a Japón, Formosa y la base americana de Okinawa.

Mac Arthur fue el encargado de organizar el envio inmediato de tropas y armas en Corea y la VII flota se situó entre Formosa y el continente para advertir a China de que no se moviese.

Rusia y China eligieron una vía prudente y se reafirmaron en la no intervención, cuando, en esa primera fase de la guerra, un pequeño apoyo habría podido ser decisivo para las tropas norcoreanas. A este respecto escribía un corresponsal de guerra americano: «con sólo dos bombarderos que hubiesen atacado la interminable fila de nuestros transportes que se trasladaba a pleno día por las horribles carreteras coreanas, habrían bastado para crear en 24 horas tal confusión que habríamos perdido nuestra cabeza de puente en Corea».

Mientras Rusia y China se mantenían al margen, los Estados Unidos presionaban al Consejo de Seguridad de la ONU que autorizó la intervención del cuerpo expedicionario estadounidense bajo bandera de la ONU.

En el número de julio de "Battaglia" decíamos lo siguiente, oponiendonos a la propaganda tanto de la izquierda como de la derecha que intentaba alinear a la clase obrera en dos bandos: «el conflicto en curso, pese a estar geográficamente localizado, tiene una naturaleza estrictamente internacional. Como en los precedentes episodios bélicos de la "paz democrática", el choque no era entre fuerzas nacionales opuestas, sino entre dos centros mundiales del imperialismo, América y Rusia, respecto a los cuales las naciones menores no son más que miserables e impotentes peones. Es pues falsa, la consigna bélica de independencia, de liberación, de unidad nacional (...) El objetivo de la guerra de Corea no es la defensa de la independencia nacional que vociferan los estalinistas, ni la reivindicación de la libertad política de la que querrían hacerse paladines los americanos, ni la paz que ambos juran querer restablecer: es la conservación y el reforzamiento de posiciones imperialistas por parte de los dos bloques y, en consecuencia, del régimen internacional del imperialismo. Ningún interés obrero está en juego allí, ninguna reivindicación proletaria está ligada al resultado victorioso en un sentido o en otro del conflicto. El agredido, en Corea y en todo el mundo, por ambas potencias en guerra es el proletariado».

El 15 de septiembre de 1950 un cuerpo de ejército estadounidense desembarcó a espaldas del ejército de Corea del Norte que había ya conquistado casi todo el Sur, excepto la zona de Busan, y de un día para otro la situación dió un vuelco.

El 30 de spetiembre Seul fue reconquistada. «Los liberadores fueron acogidos con frialdad por las destrucciones que habían provocado en toda la ciudad con sus bombarderos y sus cañones. Los comandantes de los distintos destacamentos del ejército y de los marines hicieron constar [sic] la inutilidad de los grandes daños y de las fuertes pérdidas causadas y sufridas; el hecho es que según estos oficiales, habían recibido la orden de hacer una entrada triunfal en la ciudad lo antes posible, "lo conseguimos pero nos costó bastante caro a nosotros y a los coreanos» (New York Times. 1 de octubre de 1950).

El primero de octubre los americanos habían capturado a la mitad del ejército del Norte alcanzando el 38º paralelo. El primer ministro chino Chu En Lai declaró que «los chinos no habrían soportado sin hacer nada al ver a sus vecinos salvajemente invadidos por los imperialistas». Las declaraciones de Chu venían corroboradas por el hecho de que fuertes contingentes del ejército chino estaban desplegándose en Manchuria, y parece probable que un importante cuerpo de expedición chino estuviese ya presente en Corea del Norte y que el general Mac Arthur ya tenía constancia de ello.

El 2 de octubre el ejército de los Estados Unidos superó el 38º paralelo sin encontrar resistencia; el día después fue seguido por la tercera división coreana.

El ejército chino comenzó a contraatacar a primeros de noviembre. A primeros de diciembre el general Mac Arthur ordenó una gigantesca ofensiva llamada "A casa por Navidad": 100.000 hombres fueron lanzados al ataque contra el río Yalu en dos gigantescas oleadas; los estadounidenses disponían de las armas más modernas; los soldados chinos iban al ataque en oleadas sucesivas armados solamente de fusiles y eran segados por las ametralladoras, por las bombas, por la aviación. El ejército chino, no obstante, con unos 400.000 hombres, consiguió romper el cerco americano pasando a la ofensiva, obligando a los americanos a una retirada precipitada y en desorden; evitaron la total destrucción gracias al sacrificio de un contingente del ejército turco que fue masacrado en la retaguardia.

Pero Pekín no quiso aprovechar la victoria. A finales de diciembre superaron el 38º paralelo y a finales de enero establecieron una línea de frente que partía en dos la península. El ejército estadounidense refugiado en el Sur tuvo tiempo para reorganizarse y desencadenar una contraofensiva, a finales de enero de 1951. De esta manera el frente volvía al 38º paralelo tras seis meses de combates encarnizados con centenares de miles de muertos.

Se abría el camino para una tregua. Las negociaciones se abrieron en julio de 1951, pero se cerraron sólo dos años después dejando prácticamente invariada la situación. La parte septentrional de Corea quedó ligada al bloque ruso-chino; la parte meridional, ahora bajo la ocupación militar estadounidense, fue agregada al bloque occidental.
 



 I – El Estado antiguo; La guerra chino-japonesa; Garras imperialistas sobre China; La guerra ruso-japonesa; Protectorado del Japón; La colonización.

II – La Primera Guerra Mundial; 1922 - 1er Congreso de las Organizaciones Revolucionarias de Extremo Oriente; El imperio japones; La guerra mundial; El gendarme estadounidense; La posguerra en el Norte; La posguerra en el Sur; La nueva guerra; El cañón de la Democracia Universal.

 
 








SEGUNDA GUERRA MUNDIAL:
CONFLICTO IMPERIALISTA EN AMBOS FRENTES
CONTRA EL PROLETARIADO Y LA REVOLUCIÓN
(III)

[ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ]

El estalinismo vuelve a llevar a los proletarios a la colaboración patriótica en el C.L.N.; Cualquier cosa para impedir la confraternización de clase con los soldados alemanes; El atentado de Via Rasella para dividir a los proletarios con distinto uniforme.
 
 

El estalinismo vuelve a llevar a los proletarios
a la colaboración patriótica en el C.L.N.

En un trabajo de partido nuestro de 1946 titulado La clase dominante italiana y su Estado nacional, que trata de los acontecimientos de 1943, escribíamos: "Así como puede decirse que el más desafortunado y pernicioso producto del fascismo es el antifascismo, tal y como se puede comprobar hoy, también puede decirse que la propia caída del fascismo el 23 de julio de 1943 cubrió de vergüenza tanto al propio fascismo, que no encontró entre sus millones de mosquetes ni una bala dispuesta a ser disparada en defensa del Duce, como al movimiento antifascista en sus distintas variantes, que nada había osado hasta diez minutos antes de la caída, ni siquiera lo poco que hubiese bastado para intentar falsificar la historia diciendo que el mérito era suyo".

El 9 de setiembre de 1943 (atención a la fecha), con representación paritaria, el PCI, el PSUP, el Pd’A, la DC, la DL y el PLI, bajo la presidencia de Ivanoe Bonomi (el filofascista de 1919), daban vida al C.L.N. (Comité de Liberación Nacional) con el preciso objetivo de preparar el ambiente y desviar las reivindicaciones de clase hacia el terreno de la participación en la guerra imperialista, con una función antialemana. De hecho la proclamación del C.L.N. decía: "En el momento en el que el nazismo intenta restaurar en Roma y en Italia a su aliado fascista, los partidos antifascistas se han constituido en Comité de Liberación Nacional para llamar a los italianos a la lucha y a la resistencia, y conquistar para Italia el puesto que le compete en el Congreso de las naciones libres". Después de haber llevado a la clase obrera al falso terreno de las libertades democráticas, ahora se la envolvía en las redes de la guerra imperialista.

Como de costumbre, nuestras precisas afirmaciones dañan la susceptibilidad de nuestros adversarios y de los ingenuos. La objeción más común y también verdadera es la de que muchos proletarios que combatían en las montañas consideraban la lucha antifascista como una etapa, transcurrida la cual las armas continuarían disparando y esta vez contra la burguesía y los patrones. No negamos esto, como no negamos que los obreros, hasta hace pocos años, creían que el PCI les llevaría al socialismo. Estas trágicas ilusiones no se apagarán nunca del todo y serán siempre regeneradas cada vez que se cierna la amenaza proletaria. No puede ser más que así, de otra manera el oportunismo no podría desempeñar su papel de agente de la burguesía y su función se acabaría. Pero una cosa es lo que la clase obrera cree que es (especialmente en ausencia de un fuerte partido revolucionario), y otra es lo que el oportunismo es en realidad. El PCI se proclamó pues rápida y claramente tutor de la legalidad burguesa y portavoz de la clase obrera. El partido estalinista quiso que la clase obrera se movilizase, en las fábricas y en los montes, y derramase en la batalla su tributo de sangre, pero sólo para defender la patria y la nación burguesa. "Cuando nosotros pedimos esto a los Aliados – declaraba Togliatti en 1944 – sabemos que estamos hablando no un lenguaje de clase, no un lenguaje de partido; nosotros hablamos un lenguaje de pueblo y de nación, hablamos en nombre de toda Italia y sabemos que estamos hablando en el propio interés de las grandes naciones democráticas aliadas y en particular de las naciones anglosajonas".

La burguesía italiana, que al inicio de la guerra había previsto que bastasen "algunos miles de muertos para poderse sentar en la mesa de la paz", ahora más que nunca tenía necesidad de ofrecer la sangre de los proletarios para que, en la mesa de la paz, los vencedores se comportasen de manera más "humana" en sus negociaciones. Por tanto Togliatti, jefe del partido que había recogido la bandera nacional del fango, continuaba: "Sabemos que hablamos en interés (...) de las naciones anglosajonas; en su interés militar, porque la organización del más grande esfuerzo de nuestro País significa y significará inevitablemente un ahorro de sangre de los soldados ingleses y americanos, lo que será particularmente importante cuando los soldados ingleses y americanos deban batirse en la gran llanura padana (...) por esto nosotros decimos, y esta es la principal consigna que nosotros lanzamos, como PCI en la arena internacional: dad la posibilidad al pueblo italiano de ponerse al lado de las grandes naciones democráticas aliadas, de conquistar con la sangre de los propios hijos la liberación del propio país: dad al pueblo italiano la posibilidad de combatir a fondo por la destrucción del régimen fascista que ha causado la ruina de nuestro país".

La burguesía italiana había sido fascista cuando tuvo que combatir contra el fantasma de la revolución proletaria, había sido fascista cuando se trataba de empeorar las condiciones de vida de la clase obrera, y cuando se trataba de hacer a Italia "grande y respetada en el mundo" a través de las empresas coloniales. Pero ahora que la guerra estaba irremediablemente perdida y la burguesía sabía que sólo podía hacer una cosa para recibir un trato menos duro por parte de los futuros vencedores, se pasaba al bando de ellos y, colgando las camisas negras y deshaciéndose de los gallardetes, les apoyaba en la guerra contra Alemania, utilizando la sangre del proletariado como moneda de cambio.

Pero no podían ser los viejos partidos burgueses quienes pidiesen este sacrificio al proletariado, sólo podía (y debía) hacerlo un partido al que las circunstancias históricas hubiesen permitido gozar de la confianza de la clase trabajadora. Este partido era el PCI.

Ya que no de guerra de clase, sino de guerra nacional se trataba, todas las componentes burguesas debían estar agrupadas. De aquí la insistencia con la que el PCI lanzaba continuos llamamientos a todas las componentes políticas italianas: a los católicos, a los socialistas, a los monárquicos, a los liberales y a los.... fascistas. En realidad no se trataba de una iniciativa para llevar al frente democrático a los partidos burgueses, la burguesía ya había elegido en que parte estar; se trataba de adormecer la conciencia de clase del proletariado haciéndole creer que también los socialistas, también los democristianos, los monárquicos y hasta los fascistas gracias a la sabia política de Togliatti, lucharían por la destrucción del régimen fascista. Los obreros, entre otras burlas, debieron tragarse el amargo bocado de escuchar decir que católicos y monárquicos (excolaboradores del fascismo) se habían convertido ahora en honestos compañeros de viaje, y debieron asistir a un verdadero trasiego de filibusteros sin escrúpulos que venían del fascismo y eran acogidos con todos los honores en las filas del PCI.

Cuando hace pocos meses saltó la polémica acerca de la propuesta del alcalde de Roma de poner el nombre de Bottai a una calle, el Corriere della Sera publicó una reflexión personal que Antonello Trombadori había escrito de su puño y letra sobre Bottai, en el margen del "Diario". La reflexión de Trombadori era la siguiente: "¡Pero uno que la toma con el fascismo degenerado como hace Bottai, no puede quedarse encerrado (escondido) en el refugio, debía haber contactado con valentía con la Resistencia: confiar precisamente en el pueblo, ’proclamar’ sus reflexiones aunque fuesen de ’fascista traicionado’, y no desaparecer cada vez más dentro de sí mismo, del todo! Nosotros, si se hubiese dirigido a nosotros, a Valli Federico, por ejemplo, y a través de Valli hasta Guttuso y Mario A(licata –n.d.r.) ¿lo hubiésemos rechazado? Es difícil responder, pero, si de verdad hubiese sido capaz de esto, no se, quizá hubiéramos dicho: sí, ven con nosotros" (Corriere della Sera, 10 de octubre del 95). Aunque Trombadori tenía dudas, nosotros estamos seguro de ello: El "fascista traicionado" Bottai no ha entrado en el PCI simplemente porque no lo ha pedido, pero esto no quita que entre fascismo y PCI no haya habido un copioso flujo de hombres.

Aunque en el programa de la colaboración de clase y de la unidad nacional el PCI se proponía como punto unificador de las varias componentes políticas, esto no impide que a través de sus adherentes, cuando ha tenido la ocasión para ello, no haya colaborado también con el "enemigo", precisamente en nombre de la colaboración de clase y de la concordia nacional. Hemos recordado el caso de Roveda, hecho jefe de los sindicatos exfascistas durante los 45 días de Badoglio, es decir, en la fase filonazista y de enemigo de la Rusia soviética; otro caso de colaboración directa, esta vez con la República de Salò, se tuvo con Concetto Marchesi. Concetto Marchesi había sido nombrado Rector del Ateneo de Padua el día siguiente al 25 de julio. Después de haber tenido varios encuentros públicos y privados con el ministro de Educación Nacional de la República de Salò, fue reconfirmado en el cargo. El 9 de noviembre, con un abrigo de piel, inauguró el 722º año académico de la Universidad de Padua en nombre de "esta Italia de los trabajadores, de los artistas y de los hombres de ciencia". La referencia al "Estado del Trabajo" que la República Social vaticinaba es más que evidente y toda la prensa fascista exaltó la oración del "ilustre maestro". Este incidente, de no poca importancia no comprometió de hecho, en el futuro, el derecho de ciudadanía de Marchesi en el PCI.

En esta tremenda situación se encontraba el proletariado en otoño de 1943. Y es en esta situación cuando el Partido Comunista Internacionalista lanzaba su llamamiento al proletariado: "Contra la consigna de la concordia nacional, que para nosotros significa ’que el proletariado desfallezca por salvar el orden’, nosotros lanzamos la consigna de la lucha de clase, preludio e instrumento de la toma revolucionaria del poder" (octubre 1943).

La preocupación de nuestros compañeros era sobretodo aclarar al proletariado la posición marxista revolucionaria, o sea la de Lenin y la Izquierda comunista italiana, con relación a la guerra. De esta manera el primer artículo del primer número del "Prometeo" clandestino tenía este inequívoco título: "A la guerra imperialista el proletariado se le opone con la firme voluntad de alcanzar sus objetivos históricos". En efecto, sólo percibiendo el verdadero carácter de semejante guerra, se pueden derivar después todas las posturas tácticas.

La guerra, a ambos lados del frente, tenía características y objetivos imperialistas: se combatía por la conquista de nuevos mercados, por el control financiero, por la explotación de las zonas menos evolucionadas pero ricas en posibilidades económicas, es decir, por un nuevo reparto del mundo. Como consecuencia, el Partido negaba que el conflicto se hubiese originado por contrastes de naturaleza ideológica entre: libertad y dictadura, civilización y barbarie, u otras sandeces del género. El hecho de que los países que tomaban parte por una u otra formación bélica tuviesen, a groso modo, la misma forma de gobierno (democrático o fascista), era ello mismo el "producto de una distinta posición de los beligerantes en la escena de la política y la economía mundial, (de una parte estaban) los países que salieron victoriosos del conflicto de 1914/18 (y por otra) los que salieron vencidos o menos favorecidos; y no es una casualidad que esos dos bloques asumieran una estructura política diversa y una ideología diversa, democrática los países ricos, fascista y autoritaria los países pobres" ("Prometeo", diciembre 1943).

Además del aspecto económico la guerra tiene también un aspecto político que constituye la máxima expresión de la crisis burguesa, representa la imposibilidad de sobrellevar de modo pacífico las contradicciones y los antagonismos de clase. Entonces al Estado capitalista se le presenta el dilema: guerra o revolución. Y la guerra estalla cuando no ha estallado la revolución, o bien sirve para destruir, preventivamente, la oleada revolucionaria que cree próxima. "En este sentido todos los países beligerantes tienen un interés común, la aniquilación del proletariado como clase" ("Prometeo", diciembre 1943). "Ninguno de los dos grupos que hoy están en guerra entre ellos lucha por la libertad y otras falacias semejantes, sino por la supremacía del uno sobre el otro y de todos sobre el proletariado" ("Prometeo", julio-1944). Entre proletariado y guerra no podía existir por tanto ninguna posibilidad de compromiso, porque ambos bandos beligerantes no eran otra cosa que dos caras distintas de la misma realidad burguesa, ambas a combatir, porque están "íntimamente ligadas, para vergüenza de las apariencias, a la misma férrea ley de la conservación del privilegio capitalista, y por tanto de lucha a fondo y mortal contra su enemigo común: el proletariado" ("Prometeo", n. 1, noviembre 1943).
 

Cualquier cosa para impedir la confraternización de clase con los soldados alemanes

Pero para destruir el frente de clase proletario y el internacionalismo proletario, (con la complicidad de los traidores socialestalinistas) había sido inoculada la ideología pequeñoburguesa del antifascismo, de la defensa nacional y sobretodo la del odio al alemán. "Las masas atónitas y asustadas han mordido el anzuelo de la cruzada antialemana, obedeciendo en parte a la voz atávica de odio contra el opresor alemán, sedimento lejano e inconsciente éste, que se ha formado en el sentimiento de tantos italianos, y que los revolucionarios sin embargo deben saber individuar y vencer, porque es precisamente en eso en lo que se han centrado todas las reacciones hasta ahora para sus guerras de rapiña y exterminio". ("Prometeo", noviembre-1943). En medio de la infame campaña antialemana, los internacionalistas, aparte de rarísimas excepciones, fueron los únicos que se salvaron de la morbosa sicología de guerra, que ponía al proletariado de Alemania en un plano de corresponsabilidad con el nazismo respecto a la guerra y sus atrocidades. Los slogans, mezquinamente patrioteros, que fueron acuñados por los chovinistas de la precedente guerra mundial (ironía del destino, precisamente por los primeros fascistas), eran ahora recogidos y hechos propios por los partidos demo-social-estalinistas, para hacer que la palabra alemán fuese común a nazi, bárbaro o sanguinario. Y de aquí provenía la consigna, hecha pasar por revolucionaria, de "muerte al alemán".

También en esta ocasión "Prometeo", inspirándose en la doctrina del marxismo revolucionario, supo distinguirse de toda la podredumbre democratoide y, el 15 de agosto de 1944, publicaba un artículo con un título bien claro: "El proletariado alemán, piedra angular de la estrategia revolucionaria". El artículo, después de resaltar los grandísimos meritos revolucionarios y la combatividad de los proletarios de Alemania, analizaba las causas de su tremenda derrota, que se había propagado a todo el movimiento proletario internacional. Las causas de tal derrota debían ser buscadas en la política reaccionaria de la socialdemocracia en un primer momento y, después, tanto en los gravísimos errores de la internacional comunista como en la política contrarrevolucionaria del estalinismo."La victoria de Hitler – se lee en el artículo – fue el resultado de esta política miope de compromiso, fue la primera etapa del centrismo triunfante, que consolidaba la base de su poder con la sangre del proletariado alemán y en las ruinas de la internacional comunista. Esta y no otra es la verdadera sangrante tragedia del proletariado alemán, que en realidad se consideraba la columna vertebral de la organización comunista mundial" ("Prometeo", agosto-1944).

Con extrema claridad y capacidad de predicción el artículo preveía que, acabada la guerra, serían las bayonetas de los ejércitos aliados los que garantizarían, en la Alemania derrotada, la victoria de la burguesía democrática "ya no contra el nazismo, sino contra el retorno ofensivo del proletariado" y, siempre en el mismo artículo, se anticipaba: "Se asistirá a la desmembración de Alemania y de su proletariado, que en realidad es el peligro número uno de la futura paz democrática, así como lo ha sido de la ’paz’ nazi".

El nazismo era ciertamente un fenómeno alemán, pero no porque estuviese enraizado en el "espíritu germánico" o en alguna oscura maldición de su raza, sino porque el capitalismo en Alemania había alcanzado sus manifestaciones más exasperadas. Una vez separadas sus responsabilidades de las de su clase burguesa, Prometeo pasaba a indicar a los trabajadores italianos la actitud a tener respecto a sus hermanos encuadrados contra su voluntad en los ejércitos del Reich. "¿Cómo colaborará el proletariado italiano en la liberación de sus hermanos alemanes de esta sanguijuela? Sólo de una manera, llevando hasta el final su batalla de clase, pues la batalla proletaria es una batalla internacional, y cada victoria obtenida por un proletariado es una victoria de todos los proletariados de todos los países. Para hacer saltar por los aires la máquina de guerra que oprime al proletariado alemán, no pedid socorro a otra máquina de guerra (anglosajona o rusa), sino esparcid entre las filas de los soldados germánicos la semilla de la confraternización, del antimilitarismo y de la lucha de clase, contagiaros vuestra voluntad revolucionaria. Esta y sólo esta, obreros italianos, es vuestra batalla" ("Prometeo", marzo-1944).

Pero esta confraternización augurada por los compañeros de la Izquierda, que para la burguesía representaba el fantasma de una futura insurrección revolucionaria, era saboteada con todas sus fuerzas precisamente por ese partido que se definía comunista y que se presentaba como el defensor de los intereses de los trabajadores: el PCI. Este sabotaje era efectuado con tanta mayor violencia y brutalidad cuanto más episodios espontáneos de confraternización se verificaban.

Hasta que nivel llegaría la abominación de estos sedicentes comunistas lo demostraba Togliatti cuando, por los micrófonos de Radio Moscú, a principios de 1943, dijo: "Cuando la guerra acabe, en la estepa que se extiende ante la gran ciudad del Volga crecerán más bonitas las cosechas. En cada metro de terreno un bandido alemán a dejado sus huesos". Pero los epígonos del "Mejor" no se quedan atrás con respecto al gran jefe. Luciano Gruppi, en "Crítica Marxista" (n. 7-1974), escibía: "Se habla de alemanes ya que se trata de un juicio político, científicamente riguroso: si bien no se puede olvidar que ha sido el nazismo el que ha arrastrado a la nación alemana en esta guerra y la dirige en las acciones atroces, es de hecho cierto que el pueblo alemán –le pese o no le pese- está hasta ese momento entorno al nazismo, y que los italianos tienen que combatir no sólo contra las SS u otras formaciones nazistas o fascistas, sino contra los soldados alemanes". ¡Estas afirmaciones de mal gusto eran escritas en una revista que tenía la desvergüenza de reclamarse al nombre de Marx! Lo de Gruppi no es un error accidental de valoración, y, cinco años después, en las páginas de L’Unità, Pajetta recordaba el odio racista que el PCI predicaba a los trabajadores italianos de cara al soldado alemán, indiscriminadamente, y sobre el cual se debía disparar sin piedad aunque "pudiera ser un obrero y hasta un comunista" ("L’Unità", 29 enero de 1979).

Ya en el 44 nuestros compañeros respondieron a estas indignas afirmaciones: "forma parte de la mezquina mentalidad patriotera corresponsabilizar de la guerra y de las fuerzas que la han provocado también al proletariado" ("Prometeo", agosto-1944).

Volviendo a los episodios de confraternización podemos recordar los que se dieron tras el 25 de julio del 43, y que ya hemos mencionado citando al general von Rintelen. Después de la detención de Mussolini se extendió el rumor de que Hitler se pudiera haber suicidado. Transcribimos lo que ha escrito F.K. von Plehwe, que en aquella época estaba en Roma en calidad de primer oficial de Estado Mayor: "El 28 de julio, hacia mediodía, entró en mi habitación el teniente coronel I.G. Jandl (...) Jandl venía de dar una vuelta por la ciudad (Roma –n.d.r.). En piazza Esedra una masa excitada detuvo su coche y le dio ovaciones apasionadas ’¡Hitler ha muerto!¡Viva Alemania!¡Viva Italia!¡Viva la paz!’. Le pareció ser un caudillo aclamado y no pudo hacer otra cosa que sonreir a todos lados benévolamente. Sólo pudo continuar su camino después de bastante tiempo. Cerca de la iglesia de S. María Maggiore esta escena se repetiría con la misma insistencia. Incluso cerquísima de la embajada mucha gente de la que pasaba le hacía señas vivaces con la mano y gritaban: ’¡Hitler ha muerto!’ (...) Casi desesperado el comandante alemán de la estación ferroviaria pedía instrucciones, porque demostraciones de alegría irrefrenables de soldados italianos y alemanes tenían lugar en el andén de la Estación Termini, donde acababa de llegar un tren de soldados. Los italianos festejaban y abrazaban a los soldados alemanes que descendían del tren; los alemanes se unían al ambiente de júbilo por la noticia (...) podría haber tenido fácilmente consecuencias desagradables para aquellos alemanes que tomaron la noticia demasiado deprisa y con evidente satisfacción. El comandante italiano de la ciudad de Roma tuvo que hacer pasar a través de las calles principales algunos carros acorazados de reconocimiento para disolver otras manifestaciones que estas noticias habían provocado" (F.K. von Plehwe, El Pacto de Acero).

La exultación popular y la confraternización espontánea, el hecho de que los soldados alemanes hubiesen acogido entusiásticamente la noticia (falsa) de la muerte de Hitler, y además, que los mandos del ejército hayan preferido pasar del todo por alto, en silencio, hechos de tan grave insubordinación, demuestra cuan poco enraizado estaba en los alemanes el espíritu nazi y por el contrario, cuan adversos eran a la guerra. Leemos otras noticias recogidas de L’Altra Resistenza de A. Peregalli: "Cuando pocos días después del golpe de Estado (gobierno Badoglio – n.d.r.) se corre la noticia de que Hitler se había suicidado, hubo impresionantes manifestaciones de alegría por parte de los militares alemanes que en diversas ciudades confraternizaron con nuestros soldados" (Giaime Pintor, El Golpe de Estado del 25 de Julio). En un informe periférico del PCI de setiembre del 43 se lee: "De una especie de investigación y constataciones, en Turín y región, resulta que los soldados alemanes son hostiles a las SS, que están cansados de la guerra (...) Muchos soldados alemanes buscan ropas civiles para desertar (...) e intentan acercarse cordialmente a la población; especialmente en las fábricas soldados alemanes se acercan a los obreros. Habitual es el comportamiento de la aviación, estos frecuentemente abandonan el puesto de guardia y las armas para ir a hablar con los obreros durante el almuerzo y el trabajo". En otro documento del PCI se habla de "una suscripción para los partisanos hecha por cuatro soldados alemanes".

Estos son unos pocos ejemplos que sirven para demostrar un estado de ánimo generalizado y habría bastado verdaderamente poco para hacer que estallase la insubordinación y por tanto la revuelta general. Pero para salvar la disciplina en los ejércitos de Hitler estaban, por el contrario, las organizaciones antifascistas, el PCI a la cabeza, que echando a perder el proceso de confraternización obligaron a los soldados alemanes a ser reabsorbidos por el único organismo que de algún modo podía garantizarles una defensa: el ejército nazi. De esta manera, mientras por parte de los invasores se manifestaba esta voluntad y este deseo de acercarse a la clase obrera y solidarizarse y mezclarse con ella, con los medios más sucios se alzaba una muralla de desconfianza y odio entre el proletariado con ropa de faena y el proletariado vestido de uniforme, para ganancia segura de los planes del imperialismo.

Si proletarios eran los soldados alemanes, también proletarios eran los que habían tenido que ponerse el uniforme de la República Social Italiana, tanto los capturados como los que espontáneamente se fuesen presentando en los distritos militares tras conocer el contenido de los bandos de Graziani. Si el ejército de Salò hubiese estado compuesto exclusivamente de irreductibles fascistas fanáticos las altas gerarquías de la República Social no habrían admitido que los sentimientos de la tropa eran preocupantes, y tanto es así que además de la desmoralización y las tentativas de fuga, en los soldados fascistas aparecía con frecuencia el sentimiento de sedición: el canto de la internacional y otros imnos subversivos se había convertido en un fenómeno generalizado. Contra los desertores al reclutamiento Graziani había emitido bandos que preveían el "fusilamiento en el lugar mismo de la captura o en la localidad de su residencia habitual", y posteriormente se anunciarían represalias a las familias, o bien con la confiscación de los bienes, o bien a través de otros métodos.

Estos son métodos que usan habitualmente todos los ejércitos, por tanto, no citamos los fusilamientos de los prófugos y desertores para escandalizarnos de la brutalidad fascista, citamos estos métodos para decir que los soldados de Salò, como todos los soldados de todos los ejércitos de todo el mundo, se ponían un uniforme y empuñaban un arma porque a ello les obligaba el terrorismo estatal.

Después de que el uso de medidas duras no diese el resultado esperado, los republicanos anunciaron una amnistía a todos aquellos prófugos que no se hubiesen pasado ya a las filas rebeldes. A continuación de esta amnistía, 44 mil jóvenes se presentaron en las dependencias militares, aunque posteriormente muchos de ellos y de los otros desertaron nuevamente. Este hecho es sin embargo sintomático: decenas de miles de jóvenes, no por cierto fascistas, ya armados, solo se presentan en las dependencias obligados, a la fuerza. ¿Estos jóvenes no habrían constituido una enorme aportación a las filas de la Resistencia? ¿Por qué les dejaron escapar? También aquí la respuesta es la de siempre, es decir, el movimiento partisano era el primero que temía incontrolables reacciones proletarias. Para el futuro orden democrático era preferible que los jóvenes italianos cantasen la Internacional dentro de los cuarteles de la RSI a que se echaran al monte, porque de haber sucedido esto hubieran tenido que pasar la prueba de una doble represión: la fascista-republicana por ser subversivos, y la monárquico-partisana por ser fascistas.
 

El atentado de Via Rasella para dividir a los proletarios con distinto uniforme

Una de las operaciones más vergonzosas (por tanto considerada por los estalinistas como una de sus más nobles gestas), con el objetivo de dar una justificación al odio, tanto de los alemanes hacia los italianos como de los italianos hacia los alemanes, fue el atentado gapista (Grupo de Acción Partisana) llevado acabo en Roma, en via Rasella. No por casualidad el padre de este atentado fue el dirigente del PCI Giorgio Amendola. La demostración de que el ataque de via Rasella haya tenido una gran importancia para los perspectivas capitalistas la da el hecho de que la republica burguesa italiana, demo-papal, por medio de la Corte de Casación declaró que se trataba de legítima "acción de guerra" y proclamó a sus ejecutores "héroes nacionales" y, como tales, fueron condecorados por el anticomunista De Gasperi. Así pues merece la pena que dediquemos algunas líneas.

Con anterioridad al ataque de via Rasella, en Roma, otros atentados habían sido consumados contra fascistas y alemanes. Los más importantes habían sido los siguientes: 1) Atentado con bomba en el cine de piazza Barberini tras el espectáculo: dos muertos; 2) Ataque abriendo fuego contra una moto con sidecar: tres alemanes asesinados; 3) Bomba contra un camión militar alemán: soldados gravemente heridos; 4) Bombas contra el hotel Bernini; 5) Disparos contra guardias alemanes vigilando el puente del Tiber: dos muertos; 6) Ataque contra un camión en el Coliseo; 7) Atentado contra el hotel Milán; 8) Atentado en el foro Mussolini; 9) Atentado contra la cochera de piazza Barberini: algunos heridos y graves daños materiales; 10) Atentado, en piazza del Gesù contra dos oficiales alemanes; 11) Atentado en piazza Cola di Rienzo: muertos y heridos; 12) Atentado en piazza Fiume en la cochera de Tassi&Rivoli: un muerto y dos heridos; 13) Piazzale Romania: Atentado con bomba 4 muertos: dos alemanes y dos italianos; 14) Atentado en la oficina del general Maeltzer, cerca del hotel Flora: herida una mujer y graves daños. "Además de estos atentados no era raro encontrar en el Tiber cadáveres de soldados" (de la declaración de Kappler).

El 23 de marzo de 1944 era el XXV aniversario de la fundación de los "Fasci di combatimento" que se produjo en Milán, en piazza Sansepolcro. Los fascistas habían organizado una extraordinaria conmemoración que incluía una misa solemne en honor de los fascistas caídos, el juramento de los nuevos adherentes al partido fascista republicano, una parada por las calles de la ciudad y una gran manifestación dentro del teatro Adriano. El mando alemán prohibió esta manifestación considerando que "desfilar al son de la música por la ciudad con los gallardetes fascistas, no sería más que una inútil provocación".

Los Gap habían organizado un atentado contra la manifestación fascista, pero, después del cambio de programa, pensaron poner en práctica otra acción clamorosa y, a propuesta de Giorgo Amendola, se decidió atacar al III batallón del regimiento Bozen. A pesar de que se sabía que los hombres del regimiento Bozen habían sido reclutados todos en el sur del Tirol, incorporado algunos meses antes al Reich con la denominación de Alpenvorland. Estos militares de edad más bien avanzada y sin experiencia en armas, no habían participado nunca en acciones de guerra, estaban en periodo de instrucción y eran usados para mantener el orden en funciones de policía de seguridad.

El atentado se desenvuelve de la manera siguiente: dentro de un carro de limpieza fueron colocados una caja metálica que contenía 12 kilos de trilita y un saco con otros 6 kilos de trilita y trozos de tubos de hierro llenados con otras cargas explosivas. Se encendió la mecha. "Tras unos momentos, precisamente cuando los 156 soldados alemanes iban a entrar en el Palazzo Tittoni se produce la gigantesca explosión que enviste de lleno a los soldados, formados en grupo, en fila de tres subiendo despacio. Es como una ráfaga inmensa que mata de golpe decenas de soldados e hiere a un centenar. La explosión se oye en toda la ciudad (...) Rápidamente después los otros gapistas lanzan, sobre la compañía alemana, las bombas de mortero ’brixia’. En via Rasella esquina con via Boccaccio, otro grupo de gapistas se enfrasca en un tiroteo con algunos alemanes (...) En lo alto, ante el Palazzo Tittoni, decenas de heridos gimen en el suelo, mientras por todos lados andan diseminados miembros, cascos, cinturones, vidrios, trozos de ladrillo y pared. Hay sangre por doquier. La explosión hasta ha empujado contra un muro un autobús en tránsito en via Quattro fontane" (W. Settimelli, Proceso Kappler). Este era el cruel espectáculo de la carnicería.

Peter Tompkins, mayor de la OSS (Office of Strategic Service) que se encontraba en misión secreta en Roma, enseguida expresó su juicio de que el golpe partisano estaba totalmente falto de una justificación militar y estratégica. No había ningún motivo, pensaba él, para matar policías alemanes elegidos al azar: "¿Por qué el responsable del ataque, quien quiera que fuese, no probó su valentía contra via Tasso (donde estaban recluidos prisioneros políticos, muchos de los cuales fueron después masacrados en las Fosas Ardeatine–n.d.r), o bien secuestrando a Kappler?"

Que los hombres despedazados por las bombas en via Rosella no fuesen fieras sedientas de sangre lo prueba el hecho mismo de que cuando en el regimiento Bozen fue concedido el honor de llevar acabo la represalia en las Fosas Ardeatine para vengar a los compañeros asesinados, su comandante se opuso claramente. Después del rechazo del mayor Dobbrick, comandante del regimiento Bozen, la orden se le dio al coronel Hauser della Wehrmacht, pero también él la rechazó. "Cuando Maelzer bajó la radio, repitió lo que Hauser había dicho y dirigiéndose al oficial de la Gestapo, dijo: ’os toca a vosotros, Kappler’" (R. Katz, Muerte en Roma).

En respuesta a los anteriores ataques partisanos producidos en Roma, que hemos enumerado sumariamente, la policía alemana había respondido con una fuerte represión, pero nunca se habían tomado represalias. Tras una carnicería como la de via Rasella, por otra parte sin ninguna justificación desde un punto de vista militar, era impensable que no viniese seguida de represalias. Si el espía americano no conseguía comprender las razones del ataque, los alemanes la comprendían muy bien. "Dollman y Moelhausen llegaron (...) a la conclusión de que el ataque de via Rasella había tenido el objetivo de provocar a los alemanes para que golpeasen, cuanto más despiadadamente mejor, a la ciudadanía de Roma, para reavivar el odio contra los ocupantes y aumentar la popularidad de la resistencia" (Katz). De la misma opinión era Kappler, y en el proceso dirá: "Pensaba que el atentado había sido cometido para provocar represalias, porque consideraba que en ciertos ambientes existía la idea de provocar el odio entre las tropas alemanas".

Esta intención, que después ha sido confirmada incluso por los organizadores del atentado, se deja ver abiertamente en el artículo de L’Unità del 30 de marzo del 44. En este artículo refiriéndose a los masacrados de las Fosas Ardeatine, se decía que ellos tenían "el derecho de esperar de nosotros que ningún sacrificio fuese demasiado grande, que ningún riesgo fuese considerado demasiado importante y ningún esfuerzo demasiado duro para que ellos fuesen vengados". A continuación Giorgio Amendola se declaró autor de este escrito y también padre del atentado de via Rasella.

La acción partisana fue definida por el C.L.N. como un auténtico acto de guerra de liberación, pero es muy extraño que después de una acción militar llevada a cabo de manera tan perfecta, los partisanos se disiparan completamente y no hubieran pensado mínimamente en las represalias por parte alemana. Hubiera sido lógico, y hubiera sido una verdadera acción militar, impedir o al menos entorpecer la ejecución de la represalias. Gran parte de los masacrados de las Fosas Ardeatine fueron llevados desde la cárcel de via Tasso. Via Tasso la tenían vigilada los partisanos desde el momento en que estaba programado un ataque para liberar al subteniente Giglio.

El 24 de marzo, para transportar los 335 condenados a muerte de las prisiones de via Tasso y Regina Coeli, el tránsito de los camiones militares fue intenso, pero no suscitó en los partisanos ninguna sospecha. Nadie hizo caso al inusual movimiento. Sin embargo este movimiento insólito lo había notado la población, y algunas personas asistieron de algún modo, aunque fuese indirectamente, a la ejecución en masa. "Antes de las 7, hora del toque de queda, los pocos habitantes que vivían y trabajaban en la zona de las catacumbas, escasamente poblada, comenzaron a entender lo que estaba sucediendo ante ellos. Una joven (pareja de novios que paseaba en las primeras horas de la calurosa tarde) escuchó el estruendo de los disparos ahogados. Cuando se acercaban a la cortada via Ardeatina, fueron advertidos por algunos de sus vecinos de no proseguir: ’hay alemanes’, se les dijo. Algunos de los guías de las catacumbas, de S. Callisto, que se encontraban entre la via Appia y la via Ardeatina, trataban de saber qué estaba pasando. Los alemanes les echaron fuera amenazándoles a punta de fúsil. Un joven de una taberna próxima se ocultó tras un automóvil y robó un fusil. Fue hecho preso, puesto contra un muro y amenazado de fusilamiento inmediato. Un fraile de Slesia de nombre Szemik, que era uno de los guías alemanes de las catacumbas, intervino y salvó al joven. A un sacerdote romano que volvía del campo se le dio el alto mientras intentaba volver a entrar en la ciudad a lo largo de la via ardeatina. De dentro le llegó la voz de algún prisionero que cantaba el himno garibaldiano ’si scopron le tombe...’. El sacerdote inmediatamente advirtió en esos cantos el eco de una tragedia. Él rezó la plegaria ’In manus tuas Domine...’. Sin ser visto por los alemanes, un criador de cerdos (...) consiguió asistir a toda la operación" (Katz). Es ciertamente raro que la Resistencia permaneciera sin saber nada de esto.

El atentado de via Rasella, totalmente inútil desde un punto de vista bélico, no sólo provocó la brutal reacción que sabemos, sino que, declarándolo acción de guerra, constato la teoría anglo-americana según la cual Roma era ciudad abierta sólo de palabra y por tanto legitimó los bombardeos aliados sobre la ciudad.

Este atentado y todos los demás hechos sin una lógica militar tuvieron el efecto de reforzar la disciplina dentro del ejército alemán. Los proletarios alemanes en uniforme, cansados para continuar la guerra y predispuestos a la huelga militar, encontrándo cerrada la puerta de cualquier solidaridad y ayuda por parte del proletariado italiano, sólo encontró su defensa en el interior de su ejército y su odio se dirigió contra los traidores italianos.

No obstante merecen algunas palabras los centenares de víctimas de la represalia ordenada por el mando alemán. Pero cuando no se pretende especular con el fácil cliché del salvajismo alemán, en seguida se pone de manifiesto el dato fundamental de la guerra imperialista: exterminio, bajo cualquier forma y bajo cualquier pretexto de obreros y estratos proletarios. A este respecto escribíamos en 1948: "Kappler afirma que él y su organización de policía de seguridad habían conseguido localizar los nombres de los principales responsables del movimiento de la resistencia en Roma (...) Por otra parte sabemos por el Diario Bonomi que estos y otros exponentes del CLN se reunían colectivamente de manera muy poco clandestina (El espía americano Peter Tompkins cuenta que él, en Roma, frecuentaba las recepciones en las que estaban los oficiales alemanes y que se regodeaban con las mismas chicas). ¿Cómo es posible que cuando se trató de llevar a cabo una represalia se fusilaron sólo hombres sin una responsabilidad precisa y simplemente proletarios, entre los cuales alguno próximo a la izquierda marxista? Evidentemente, la bestialidad de las dos burguesías en lucha no llegaba al punto de llevarlas al exterminio recíproco, sino que tal bestialidad se satisfacía con el exterminio de proletarios que por desventura hubiesen seguido a una u otra parte del conflicto. Así sucedió en Roma, y así sucedió en general allá donde operaron las terribles SS. ¿O no hemos visto típicos exponentes del fascismo, como Blum, matar gente llana en los campos de concentración alemanes al mismo tiempo que centenares de miles de personalidades menores eran masacradas fríamente? ¡Cuántos ’dirigentes’ han conocido las garras alemanas aunque sea sólo para poder vanagloriarse con la guerra acabada y a toro pasado! Estas atenciones de los nazis con los personajes más influyentes de la socialdemocracia han obtenido por otra parte el reconocimiento merecido. Cuando el nazismo perdió la partida y sus hombres vieron aproximarse la hora de rendir cuentas, las nuevas autoridades intercambiaron cortesía por cortesía y acordaron para los jefes de la parte adversa un trato de favor. Cogieron el hábito de organizar procesos y fusilar culpables, pero los procesos y los fusilamientos siempre se hicieron según la misma táctica de dar abajo y evitar dar arriba. Evitar dar arriba hasta el punto de volver a meter en el parlamento a los hombres del pasado régimen, hasta procurar puestos de control y publicación a los Graziani, Mussolini, etc. El proceso Kappler, simple verdugo a sueldo, es otro ejemplo de ello. Puede suceder que los tribunales lo consideren culpable de los delitos que fríamente ejecutó y de los que sin embargo no es responsable; pero la justicia burguesa no está para perseguir a los diversos Kesselring, como no está para perseguir al que ordenó el atentado de via Rasella" ("Batalla Comunista", n.21- junio 1948).

Al que ordenó la masacre de via Rasella se le considera hoy padre de la patria, pero tampoco a Kesselring y sus camaradas les fue mal: Kesselring, procesado en Venecia en 1947, por un tribunal militar aliado, fue condenado a muerte; la pena fue posteriormente conmutada por cadena perpetua y en 1953 agraciado y puesto en libertad. Von Mackensen, procesado en Roma y condenado a muerte; también a él se le conmutó la pena por cadena perpetua y liberado en 1952. El general Wolf, procesado en Hamburgo en 1949 fue absuelto. Kappler, condenado a cadena perpetua se quedó en prisión hasta que, en 1977, muy enfermo, se dejó que su mujer lo "sustrayera" a placer. Como se ve el "simple verdugo a sueldo", Kappler, fue el que más pagó, mientras que sus más directos superiores, libres en Alemania, disfrutaban del merecido descanso.

Nuestra afirmación de que los horrores de la guerra los sufren sobre todo los proletarios podría ser refutada con la argumentación de que la mayoría de las víctimas de los nazis no son de una clase, sino de un pueblo, el judío, sin que haya diferencias de clase. Incluso en las Ardeatine, de 335 víctimas, no menos de 73 pertenecían al pueblo de Sion. Pero no aceptamos la tesis de que las persecuciones contra los judíos se hayan hecho de modo indiscriminado; también en este caso, como en el caso de los antifascistas, fueron los que pertenecían al pueblo llano los que más tuvieron que sufrir las horrendas persecuciones. En la redada de Roma, ordenada por Kappler el 16 de setiembre de 1943, en la que se cogió y deportó a un millar de judíos "estuvo presente el criterio de la capacidad económica de las víctimas, como resulta comprobado por la circunstancia de que el barrio de Monte Savello, donde se hizo el grueso de la operación, estaba habitado por pueblo llano no inscrito entre los contribuyentes (de la organización hebrea – n.d.r.), y como queda confirmado por el hecho de que también en los otros barrios de la urbe fueron buscadas y secuestradas muchas personas no inscritas en la lista de los contribuyentes, mientras que no fueron buscadas otras que en cambio si figuraban" (Ugo Foà, Presidente de la comunidad hebrea – 15 de noviembre-1943).
 

(Continuará en el próximo número)   [ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ]

 
 
 
 
 
 


LOS DIOSES TIENEN SED

«La guerra ya está aquí»; Las torres de Babel; Casus Belli; La ruta de la seda... y del petróleo; ¿Es la tercera guerra mundial?
 

Periódicamente los Dioses del Capital tienen sed de sangre y exigen un colosal sacrificio de proletarios de todos los países. Pero si por un lado el capitalismo está repleto de guerra, por otra los burgueses no pueden producirla a voluntad, debe madurar a su debido tiempo ligada a la crisis económica general y a su preparación particular, que es material, diplomática y social.
 

La guerra ya está aquí

Es preciso quitar de en medio la falsa alternativa paz-guerra, en la secular continuidad de la crisis mundial degenerativa del capitalismo senil, por encima de la visiones estratégicas más generales y de los análisis económicos contingentes. «!Pero la guerra ya está aquí¡» han dicho a coro. No nos asombra, es una tesis nuestra que venimos defendiendo desde mucho antes del ataque a las "torres gemelas": el capitalismo es guerra siempre, incluso cuando se finge pacífico, entre Estados, entre capitales, entre empresas, entre clases. La guerra de todos contra todos. En toda esta segunda posguerra, y así la llaman, la guerra nunca ha cesado, ni tampoco la carrera de armamentos. La amenaza de guerra está presente por todas partes. ¿Es preciso volver a plantear que «la guerra es la continuación de la política con otros medios», también y especialmente para los modernos imperialismos?

Los expertos militares burgueses occidentales se plantean el problema de definir las leyes, las tácticas y las estrategias de este nuevo tipo de conflicto elaborando el concepto de guerra asimétrica. Antes que ellos, tras la guerra de Kosovo, los militares chinos habían estudiado la guerra sin cuartel. Está claro que tanto al Este como al Oeste la burguesía abandona las fórmulas hipócritas de guerra humanitaria y de peace keaping volviendo al viejo tipo de guerra de aniquilamiento y de terror en los conflictos interestatales, aplicándose también a las organizaciones e individuos que se niegan a aceptar la ley del más fuerte y más en general el orden capitalista.

De esta manera han inventado la guerra al terrorismo, expresión sin sentido ya que el terrorismo es sólo un instrumento, una táctica militar, que todos pueden usar y usan, no un enemigo, un objetivo, una fuerza a la que derrotar. Pero que se adecua muy bien a la permanente exigencia de ciega destrucción propia del Capital. Al igual que existen las infiltraciones de los terroristas, el enemigo del Capital está dentro del mismo Capital, más peligroso y hostil cuanto más productivo es, en términos modernos, occidental (!pero actualmente Occidente ya es todo el mundo, incluido el Islam¡); su frente de batalla es difundido por la superproducción de su hipertrófico aparato capilar de producción y distribución global. Su real adversario histórico no debe buscarse en pueblos de color, confesiones religiosas o naciones de ultramar, ya que está en su interior, es la clase obrera, que es inmolada para conservar el Capital, una clase obrera que aunque lo ignore es portadora del Comunismo que – objetivo y material – aparece tras la cada vez más innoble e idiotizante cortina mediática. Al igual que la actual guerra contra el terrorismo, las guerras imperialistas no tienen un frente, una estrategia, un propio objetivo geo-histórico que no sea la destrucción indiscriminada de mercancías y de fuerza de trabajo en todos los continentes.

Es la clase obrera quien se retrasa en la aceptación del desafio, encajando golpes en la guerra que incesantemente desencadena contra ella el Capital, perdiendo terreno, desorganizándose sin poder reagrupar sus ejércitos ni tan siquiera con fines defensivos contra el empeoramiento de sus condiciones. Dispersada y aterrorizada por los gritos del enemigo es engañada fácilmente siendo empujada ante los cañones. Moralmente la clase está inerme si le falta su partido.

Privada como está de la orientación histórica que detenta solamente el partido marxista, la clase obrera no puede comprender ni responder a la verdadera guerra sicológica a la que es sometida, y cuyos nauseabundos productos tenemos a la vista. El régimen recurre a todos los expedientes típicos de la propaganda bélica, utilizando sin tapujos los prejuicios raciales y religiosos más asquerosos. Otra vieja tesis del comunismo de izquierda es que, para formar la parafernalia belicista, los estados democráticos se encuentran perfectamente preparados, y la libre representación popular no escapa a una auto-censura de guerra: en el Corriere della Sera no han dudado en recurrir incluso a un Padre de la Patria premio Nobel como Dario Fo.
 

Las torres de Babel

Tras el crack de 1929 los magnates financieros arruinados se arrojaban por las ventanas de sus oficinas de Manhattan. Esta vez han sido los mismos palacios los que han caido, con sus moradores, burgueses y proletarios. El monumental derrumbe del Centro de los Tráficos Mundiales, centro real dentro de la orgullosa simbología capitalista, representa muy bien el drama de una humanidad trabajadora que, oprimida por el poderio del Dinero y el Beneficio, ha perdido cualquier definición real y simplemente humana, y golpeada por esta inversión de los símbolos, no consigue trabajar, ni tampoco vivir, conjuntamente.

El comienzo de la fase recesiva de las producciones a nivel mundial ha precedido a los aviones-bomba sobre Nueva York: han llegado en el momento justo. Con la crisis también en EEUU, ningun área capitalista está en grado de tirar de la economía; tampoco convence la tentativa de constituir un polo económico-productivo europeo que le haga la competencia a América. Mientras tanto las repetidas crisis bursátiles, arruinando a los pequeños ahorradores, empujan a la concentración de los mayores grupos financieros.

Al igual que sucede con los pueblos primitivos en los que basta con invocar al agua de lluvia, en el capitalismo basta con llamar a la guerra para que repentinamente las bolsas se recuperen; el tónico de una amenaza bélica basta para tranquilizar a los asustados inversores y a los cínicos manipuladores de capitales. Para quien posee tanto dinero, allí donde hay guerra se puede ganar mucho más.

Y guerra quiere decir economía de guerra. Hay que rehacer todos los cálculos. No importa que la guerra no se haya declarado, que no se sepa ni siquiera contra quien se hace. Qué mejor ocasión para desvincularse de los compromisos comerciales con los competidores, para justificar con la emergencia cualquier subvención y asistencia estatal a los capitalistas, precursoras de nuevos proteccionismos y aislacionismos. La fuerza vuelve a jugar su papel, para quien puede hacerlo, sobre la economía. La guerra es una rama de la industria, que disfruta de un mercado particularmente protegido: si lo protege. ¡Y qué mejor ocasión para cargar al enemigo talibán quiebras ya anunciadas de antemano, como las de algunas compañías aéreas!
 

Casus Belli

Parece que los investigadores han encontrado las pruebas de culpabilidad, cosa increible, casi un día después, tanto de los ordenantes, cómplices y ejecutores de la masacre; ¡parece que lo sabían con antelación! Da la casualidad que la mayoría de los autores era de nacionalidad saudita, de ese pseudo aliado pérfido y dificilísimo situado en el Golfo Pérsico, pero que tiene en sus manos la facultad de controlar el río de petróleo que es la sangre del capitalismo, y de la guerra. Y tampoco han sido reclutados entre las miserables masas árabes aplastadas por la miseria y la explotación, sino que provenían de altos estratos del cuerpo social.

Se descubren las responsabilidades del terrorismo islámico, ayer usado sin prejuicios contra otros depredadores, y ahora amenaza de la civilización occidental. Esta guerra, disfrazada con diversos planteamientos estratégicos, se está acercando a su verdadero objetivo, aunque se presente paradójicamente bajo la forma del ataque de una superpotencia que posee un armamento inimaginable destinado a una banda de forajidos y asesinos que hasta ayer mismo eran apoyados para desestabilizar la influencia del imperialismo soviético en la zona. Una acción aceptada, ¡cómo no! con el aparente acuerdo del resto del mundo que se doblega ante el llamamiento del amo.

Una vez que los riesgos de desestabilización de todo el área, que han aconsejado después prudencia tras el inicial tono militaresco de los actores de Washington, han sido evaluados y aceptados, que el aparato logístico se ha puesto a punto, que los intereses de los diversos lobbies estadounidenses más o menos favorables al conflicto están convenientemente representados, la sangrienta representación contra la hidra terrorista ha comenzado.

No tiene ningun importancia que los estudiantes islámicos (¡estudiantes¡) hayan sido hasta ayer armados, mantenidos, sostenidos y defendidos; no importa que desde allí salga la mitad de la producción mundial de droga, que parte de los ingresos de ese comercio mortal hayan sido, y lo sigan siendo todavía, utilizados para financiarse esa Inteligence que pretende combatir por la libertad de Occidente.

Por eso, la así llamada Alianza del Norte, que no son otra cosa que satrapías criminales y corrompidas al igual que sus adversarios los estudiantes de teología privados ahora del apoyo militar y financiero americano, se ha convertido mediante un extraordinario coup de teatre en los nuevos paladines de la restauración legal en Afganistán.
 

La ruta de la seda... y del petróleo

El marxismo revolucionario analizando la acción militar del 11 de septiembre en cielos americanos, por encima de la huera alternativa entre absolución-justificación, estudia los fenómenos para comprenderlos y actuar. Y en el caso específico que nos ocupa, es necesario comprender qué determinantes históricos han conducido a esa acción y qué efectos podrá tener sobre los equilibrios entre Estados y sobre las relaciones entre las clases sociales fundamentales.

El inevitable declive de la potencia económica americana, como sucedió con Inglaterra, le obliga a elaborar una estrategia para afrontar los graves problemas geopolíticos que se abren en la inmensa área euroasiática, un triángulo cuyos vértices son los Balcanes, Oriente Medio y el Caspio, con su prolongación caucásica hacia occidente y desde Asia Central a Oriente. Desde estos polos se irradian poderosas ondas perturbadoras que se transmiten por toda la región.

La subdivisión del Estado yugoslavo en los Balcanes; la falta de solución a la cuestión nacional en Oriente Próximo, con el debilitamiento progresivo del Estado mercenario de Israel que no es compensado por el eje Tel Aviv-Ankara; el desmenuzamiento de las oligarquías de los estadillos árabes sometidos a Occidente, todos estos factores han obligado a los USA a intervenir directamente en 1991. La burguesía estadounidense es consciente de la vulnerabilidad de sus propios intereses en Asia Central, en donde se ha creado un vacio de poder tras el hundimiento de la URSS, que intentan llenar los EEUU.

Asia Central es la segunda reserva mundial de energía y en lo que respecta al gas está a la altura de Oriente Medio. Teniendo en cuenta la alta inestabilidad de los países del Golfo Pérsico es prioritario para los países imperialistas conquistar una ventaja decisiva en la producción y el control de las vías de acceso al mercado. El segundo aspecto liga directamente la cuestión del Caúcaso-Caspio-Asia Central con la balcánica: quien controle los accesos coge del cuello al adversario. Por eso se dan los choques entre USA-Europa en los Balcanes y USA -Rusia y USA-Irán en Asia Central. Pero hay que señalar que tampoco China quiere correr el riesgo de quedar marginada en Asia Central.

Hasta el 10 de septiembre el instrumento principal de penetración en ese área estaba constituido por Pakistán-Afganistán, utilizados para desestabilizar las repúblicas ex-soviéticas de la zona y también Chechenia. Unos de los primeros efectos de los atentados sobre Nueva York y Washington ha sido el acercameinto USA-Rusia que se concretizará en una alianza estratégica que tendrá efectos contra Europa en occidente y contra China en oriente. En al menos dos frentes de los tres vértices del triángulo, Europa y USA chocan, en particular los Balcanes y Oriente Medio. Es probable que una alianza Rusia-USA a la larga abra un nuevo frente en Asia Central.

Europa, que ha pagado un primer precio en términos económicos debido a las maniobras bursátiles de los inversores institucionales americanos, se ha ofrecido, por exceso de avidez, a servir incluso militarmente aceptando una interpretación amplia del artículo cinco del tratado de la OTAN desde el día 12. Como es habitual le tocará al proletariado europeo pagar el valor del cheque en blanco emitido por su burguesía en favor de los Estados Unidos, una burguesía europea que desde 1945 se doblega ante el knut americano.
 

¿Es la tercera guerra mundial?

Aunque el derrumbe de las torres de Manhattan ha golpeado duramente las ilusiones colectivas de la burguesía mundial, que durante unos breves instantes ha creido que llegaba el comienzo del hundimiento de su sistema económico, no ha cambiado nada en la dinámica económica del ciclo capitalista y en el marco general de las relaciones de fuerza interimperialistas. Nos hallamos en la fase del reposicionamiento de las potencias imperialistas en el tablero mundial, con el habitual bailecillo de alianzas que se deshacen con facilidad, y que son dinámicas históricas que están ya en acción con una enorme inercia interna.

La próxima guerra intercapitalista no será precisamente la de la guerra santa del Islám. Para que la guerra entre los Estados vuelva a darse es necesario esperar la fase histórica de la crisis catastrófica y del rearme de los Estados vencidos en la segunda guerra mundial, del resurgimiento del militarismo a escala mundial. En ciertas fases y zonas podrá asumir caracteres de la Yihad, pero en sustancia será una guerra del capitalismo y para el capitalismo en ambas partes.

Siempre bajo la égida del choque entre el Bien contra el Mal, donde en realidad Bien y Mal no son más que la expresión del mismo cínico y sanguinario deseo de guerra, de rapiña y de explotación del trabajo asalariado.

O revolución proletaria internacional, o tercera guerra imperialista mundial; o guerra entre las clases, o guerra entre los Estados.
 
 
 
 
 
 


NOTICIARIO

La escasez de vivienda en Argelia
    La especulación reinante en el sector de la vivienda en Argelia ha sido, junto al paro y las cada vez peores condiciones de vida de la mayoría de la población, una de las causas de las movilizaciones en la Cabilia y otras zonas del país. La Oficina Nacional de Estadísticas reconoce que hay cerca de 900.000 domicilios vacíos, mientras crece sin cesar la demanda de vivienda en un país con una de las tasas de ocupación por piso de las más altas del mundo.

Ley Antiterrorista en Gran Bretaña
    Al amparo de la situación creada internacionalmente tras los atentados del mes de septiembre en Estados Unidos, el gobierno "izquierdista" de Blair nos ayuda de nuevo a desenmascarar la ficción democrática y liberal. En este caso el proyecto de ley antiterrorista que proponen, recogiendo la anulación de garantías constitucionales como la presunción de inocencia y la celebración de juicio a los acusados de terrorismo, ha levantado las iras retóricas de la así llamada ala izquierda del laborismo. Una vez más los hechos se encargan de demostrar la validez de la tesis marxista de la alternancia entre democracia y fascismo,siendo muy variada la forma de combinar y alternar ambas alternativas del capitalismo.

Pacto antiobrero en SEAT
    La dirección de la empresa automovilística española SEAT y los sindicatos UGT y CCOO han firmado un acuerdo muy bien acogido por la "opinión pública". Y es que tal y como lo han presentado se da la impresión de favorecer el acceso de los jóvenes a un puesto de trabajo en la empresa, cuando en realidad de lo que se trata es de deshacerse de los trabajadores con más antigüedad y sustituirlos con mano de obra más joven que cobrará un salario notablemente inferior al resto de la plantilla (en torno al 25-30 por ciento). El acuerdo recoge la intención de convertir en fijos a los nuevos contratados y equipararles salarialmente al resto de la plantilla, cosa que la dirección de SEAT y los SINDICATOS evitarán rescindiendo los contratos y contratando a personal nuevo.

"Soberanismo" en el País Vasco
    El Círculo de Empresarios Vascos ha dado una vez más su opinión acerca de la pretendida reclamación de un Estado Vasco independiente. Este respetable Círculo ha manifestado que la cuestión soberanista (planteada de vez en cuando por el bloque nacionalista PNV-EA-HB) "constituye ya un elemento de confusión que en nada beneficia, sino todo lo contrario, a la actividad económica y, en definitiva, a las empresas vascas cuyo papel sigue siendo decisivo para la construcción de una sociedad moderna y justa". Además consideran que no es "oportuna" ahora mismo esta cuestión, es decir, habrá que esperar a que los trabajadores se alineen sobre posiciones clasistas para plantearlo alejándoles, con la ayuda del radicalismo abertzale (patriótico), del camino de la lucha de clases y del comunismo.

Huelga del transporte en Baleares
    La huelga del sector del transporte de viajeros en Baleares el verano pasado, puso unos días contra las cuerdas a la patronal y sus aliados en el archipiélago. No es de extrañar el radicalismo de los trabajadores en un sector donde la precariedad, las duras condiciones de trabajo, el chantaje y la represión laboral son el plato cotidiano. Dentro de la lista de reivindicaciones de los trabajadores se incluían subidas salariales, pluses y regulación de la jornada. El caos que se formó en los tres aeropuertos de Baleares motivó la rápida intervención de bonzos sindicales y politicastros de izquierda para tratar de romper la huelga.

Despidos en IBERIA
    La actual coyuntura económica mundial está propiciando que muchas empresas se deshagan de la mano de obra que consideran sobrante. En el caso de la compañía aérea IBERIA, una vez más CCOO y UGT se muestran favorables a dichas medidas, si bien deben llevarse a cabo de manera no traumática. El sindicato de pilotos SEPLA ha manifestado su oposición, si bien, dada su trayectoria, desde una perspectiva corporativista (se recogen en el plan de de la empresa despidos de pilotos). De cualquier manera este corporativismo del SEPLA contrasta abiertamente con el colaboracionismo abierto de CCOO-UGT, aliados incondicionales de la dirección de IBERIA en cualquier conflicto laboral.

Despliegue policial
    El pasado mes de septiembre tal vez alguien pensó que una célula de Ben Laden, o un comando de ETA acababan de ser descubiertos. Catorce coches de policía antidisturbios (con 6 ocupantes como mínimo cada uno) se encargaron de desalojar a 8 peligrosísimos elementos que se habían encerrado pacíficamente en las dependencias de la empresa de transporte urgente SEUR, en Vallecas (Madrid). Estos sujetos, que habían actuado de manera tan poco civilizada y democrática protestaban por el impago de sus salarios (en algunos casos hasta 8 millones de pesetas).

Insólito rasgo de humanidad
    En un gesto nada usual en los tiempos que corren, el capitán y la tripulación del buque noruego Tampa, recogieron el pasado mes de septiembre, en aguas de Indonesia, a 438 refugiados que literalmente se hundían en un viejo barco pesquero. La actuación del democrático gobierno australiano fue la que puede esperarse de un gobierno de y para los capitalistas, negando no sólo el asilo a los parias marítimos, sino además agua, alimentos y medicinas.

Por la boca muere el pez
    Un estudio de la multinacional tabaquera americana Philip Morris mostraba al gobierno checo las ventajas que el "placer" de fumar supone para las arcas del Estado. La inoportuna publicación de los resultados del susodicho estudio ha levantado la polémica, ya que se afirmaba que el tabaco, gracias a la mortalidad prematura de sus adictos, permite el ahorro de importantes sumas al Estado.

Huelga de limpiezas en Segovia
    El pasado mes de julio se convocó huelga en el sector de limpiezas viarias en esta capital castellana. En esta ocasión los trabajadores cumplieron los "servicios mínimos" pero con un rendimiento tan bajo que la incidencia de la huelga se hizo notable (se acumularon en las calles de la ciudad unas 400 toneladas de basura durante los días que duró el conflicto). Esta medida llevada a cabo por los trabajadores fue contestada por la dirección de la empresa con el despido de un operario y la sanción de otros 6. Estas medidas represivas de la empresa motivaron un endurecimiento de la huelga. Es de destacar la actitud solidaria de los trabajadores de otras empresas del sector que se negaron a hacer de esquiroles, tal y como solicitaban el Ayuntamiento, los medios de comunicación y demás bien pensantes.

La "solidaridad" árabe
    Como hemos señalado en otras ocasiones, el conflicto palestino-israelí, no puede tener solución dentro del marco de la sociedad capitalista. Que la "solidaridad árabe", la "hermandad", no son otra cosa que retórica lo demuestra la actitud de los Estados árabes frente a la causa palestina. Los proletarios palestinos sólo pueden esperar solidaridad y apoyo de sus hermanos de clase del resto del mundo, y aunque hoy suene a ciencia ficción, del proletariado de Israel, que está llamado históricamente a jugar un importante papel en la próxima revolución proletaria, que no tendrá una denominación nacional sino internacional.

Doble rasero
    El gobierno de Pekín ha reclamado a Afganistán la extradicción de ciudadanos chinos que han combatido junto a los talibanes. Esta petición ha chocado con la negativa de los Estados Unidos, para quien las actividades de los islamistas chinos en Xinjiang, no son consideradas terrorismo. Muy claro lo ha dicho el general americano Francis Taylor: "Estados Unidos no ha designado ni considera terrorista a la Organización del Turkestán Oriental". El atentado terrorista y la guerrilla siempre serán un espantoso crimen en la cuna de la libertad y la democracia, pero la cosa cambia cuando se hace en casa del rival, que hoy lo es comercial y mañana muy probablemente militar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 


ARGENTINA Y EL MUNDO

Imperialismo y subdesarrollo; Y viene la crisis de 1975; Las dificultades de los años 90; La situación actual.
 

Argentina se ve afectada desde hace meses por una grave crisis financiera, cuya causa inmediata es el peligro de bancarrota ligado al constante riesgo de insolvencia de la espantosa deuda externa, cuyo aumento une cada vez más a la economía del país a la voluntad y a las imposiciones de los centros imperialistas del capitalismo mundial, sus prestamistas.

La deuda externa es un efecto del superpoder del imperialismo sobre los países subdesarrollados, y no constituye ni la primera ni la única causa de la crisis, como quieren hacernos creer los movimientos contra la globalización que están tan de moda, que reivindican, como solución a los males, la condonación de la deuda. Estas posiciones, expresión de la miopía política de la pequeña burguesía soñadora, en el ámbito mercantil, que pretende un mundo utópico y reaccionario a "medida del hombre", o mejor de las propias empresas, no tienen en cuenta el hecho de que son las leyes las que regulan el funcionamiento del modo de producción capitalista, implantado en distinta época y formas en las diversas áreas del mundo, y qye son estas mismas leyes las que determinan inevitablemente el desarrollo desigual de las diversas zonas y, en un cierto estadio la servidumbre económica y por lo tanto mercantil, de los estados menos desarrollados frente a los estados capitalistas más desarrollados y poderosos.

La dependencia económica tiene por tanto ráices mucho más profundas, y se deben buscar en la dinámica evolutiva de la economía capitalista en las grandes áreas geo-históricas.
 

Imperialismo y subdesarrollo

Argentina, como toda América Latina en la actualidad (a excepción de Brasil), tras el "descubrimiento" de las Américas, fue conquistada y colonizada por la corona española.

España basó durante siglos su sistema de explotación en el saqueo sistemático de los recursos minerales, utilizando los puertos argentinos para embarcar los metales provenientes de las regiones andinas. La agricultura y la ganadería no han tenido peso económico alguno durante un largo periodo, teniendo la única finalidad de proveer el sustento de los trabajadores de las minas, indios reducidos a esclavos.

La propiedad de la tierra se concentró en manos de los latifundistas, que explotaron primero a los esclavos en las encomiendas, y después a los peones con el sistema del peonaje, forma intermedia entre la servidumbre y el trabajo asalariado. Se formó así una oligarquía terrateniente de latifundistas criollos y una burguesía comercial criolla, muy débil.

La oligarquía terrateniente – empeñada, para desarrollar el sistema de la gran mono producción, en abrirse a los mercados ingleses en gran expansión respecto a los asfixiados comercios españoles – y la burguesía comercial urbana, todavía debilísima respecto a la potencia comercial inglesa y a los latifundistas locales – interesada en la creación de un estado nacional para poder desarrollar las premisas necesarias para el nacimiento del capitalismo industrial – son empujadas a combatir contra la corona española que con su monopolio sobre los comercios obstaculiza el desarrollo de las fuerzas productivas argentinas que necesitaban urgentemente tener vía libre para ligarse al carro del mercantilismo inglés.

De esta acumulación de tensiones históricas nace la independencia de Argentina de España obtenida con la ayuda interesada de Inglaterra. En la lucha por la independencia, las clases dominantes argentinas se guardaron bien de consentir que la lucha desembocase en una insurrección abierta de las plebes campesinas.

Por tanto, a falta de una revolución burguesa radical desde abajo, que rompiese netamente con las trabas económicas ligadas al predominio de la oligarquía en el capitalismo agrario y que abriese, con la introducción de la moderna empresa agrícola capitalista, los mercados rurales a las mercancías urbanas, el Estado que nacerá de la independencia se regirá por el equilibrio y el compromiso entre la débil burguesía y los latifundistas contra las clases pobres rurales. El capitalismo que se desarrollará en seguida estará irremediablemente condicionado por este dualismo, integrándose por tanto indisoluble e íntimamente, por su propia debilidad estructural, a un tercer elemento: el imperialismo, primero británico y luego americano.

Las aspiraciones a una independencia económica y política real de las burguesías latinoamericanas cayeron estrepitosamente bajo el peso de las propias contradicciones con el hundimiento de la conferencia de Panamá de 1825, promovida por Bolívar, que quería crear una improbable aunque grandiosa Confederación Latinoamericana con un mercado nacional único que abarcase desde Méjico hasta Tierra del Fuego.

Tras la independencia, durante mucho tiempo la economía argentina se basará en la producción de materias primas (productos agrícolas, mineros, pieles) para exportar a los mercados ingleses. A Inglaterra le interesa vender sus propias manufacturas industriales a Argentina pero no invertir directamente capitales, ya que Europa vivía una fase de prodigiosa expansión de los mercados y de la industria. Las únicas inversiones inglesas de cierta importancia afectaron sólo a los sectores estrechamente ligados al ejercicio del monopolio comercial británico, es decir a los transportes, compañías de navegación y ferroviarias.

Con la crisis de 1873 y la inauguración de la fase imperialista de los monopolios, Inglaterra comienza a invertir sus propios capitales excedentes en el sector primario ligado a la exportación, por lo cual se difunde velozmente la crianza de bovinos en las inmensas extensiones de la Pampa, exportando el cuero y las carnes a Europa, debido a la invención a mediados del siglo XIX de las cámaras frigoríficas. Pese a la entrada masiva de capital extranjero en el sector primario, el poder de las plantaciones y de los ganaderos locales, que reciben un superplus del comercio con el exterior que la burguesía urbana utiliza para encauzar la industrialización.

La penetración de los capitales ingleses interesa también al comercio y el sector financiero. Con el control de los bancos, Inglaterra obstaculiza el surgimiento de una industria local que pueda hacer la competencia a las mercancías propias en el mercado argentino.

En un marco, por tanto, de fuertes restricciones al propio desarrollo autónomo, la burguesía argentina entre fines del siglo XIX y comienzos del XX lleva a cabo la industrialización, dirigiéndola necesariamente a la producción de bienes de consumo no duradero: tejidos, calzado, transformación de productos agrícolas y zootécnicos.

Con la industrialización se asiste a una rapidísima urbanización y proletarización y a un formidable crecimiento demográfico, favorecido por la masiva inmigración europea (italianos y españoles). La población, que en 1869 era de apenas 1,7 millones de habitantes, en 1914 había ascendido a 8 millones, para después llegar en 1936 a 12 millones de habitantes. Paralelamente a esto los residuos precapitalistas en el campo van desapareciendo.

Las dos guerras mundiales, al provocar un auge de las exportaciones y una parada de las exportaciones de manufacturas desde Europa, sirvieron de catalizadores del desarrollo argentino.

En este periodo, del cual se puede decir que representa el ápice del capitalismo nacional argentino, se refuerza notablemente la clase burguesa, que lentamente, incluso en un contexto de contemporáneo crecimiento del vigor de la oligarquía ligada a las exportaciones, asume, siempre en el ámbito del condominio de poder con esta última clase, la centralización en la gestión del Estado. Tal desarrollo se ve mediatizado por los imperialismos dominantes, a cuyas exigencias productivas y económicas, está vinculada fuertemente Argentina a través del sistema de las exportaciones.

En su gradual pero decisiva afirmación en el ejercicio del poder, la burguesía recluta a la clase obrera y a los estratos medios urbanos con una política económica y social fundada en el corporativismo. El populismo de los gobiernos (desde Irigoyen, 1916-22, y de 1928-30, a Perón, 1945-55) busca en esta fase, apoyado en el favorable periodo de crecimiento, unificar a todas las clases bajo las consignas nacionales de la burguesía. Se crea la legislación social y laboral para coaptación de la clase obrera, comienzan las nacionalizaciones y se introducen también medidas proteccionistas contra las mercancías extranjeras. La nación aparece unida en un bloque compacto, reaccionario y antiobrero, integrado, con el sistema de la división internacional del trabajo impuesto por las férreas leyes del capital, al imperialismo, de acuerdo con la burguesía junto al cual explota con la máxima brutalidad al generoso y numeroso proletariado argentino.

En la segunda posguerra el proceso de centralización y de concentración monopolística del sistema capitalista mundial alcanza su pleno despliegue con el surgimiento y la multiplicación de las mastodónticas empresas multinacionales; masas enormes de capitales son proyectadas en cada ángulo del orbe terrestre en busca de revalorización. Argentina se ve también envuelta por el ímpetu de la fuerza social supranacional de los capitales extranjeros, que se invierten masivamente en el sector industrial con la intención de saquear el mercado interno. Contra esta masiva infiltración de capital extranjero en la industria, nada pueden hacer las medidas proteccionistas adoptadas tímidamente por la burguesía argentina. Estas medidas pueden, en efecto, como mucho frenar la penetración de las mercancías, pero no la de los capitales, los cuales, por el contrario, encuentran condiciones incluso más favorables de empleo, pudiendo explotar la ocasión de extraer superbeneficios a través del alto nivel de los precios que el protecccionismo genera.

Los USA, convertidos en la potencia hegemónica en el escenario monopolista mundial sustituye a Gran Bretaña en la función de dominio y de control sobre los recursos y las inversiones.

Desde finales de la guerra de Corea, copiosos flujos de capital permiten a los Estados Unidos hacerse los dueños de sectores clave del aparato productivo argentino. La política imperialista está sustentada por una serie de acuerdos comerciales regionales, desde la acción de los organismos financieros internacionales (FMI) y del aval de la sometida clase dominante argentina que lleva a cabo una política económica y una política exterior tendente a la completa integración, incluso militar, al sistema de dominio económico de la superpotencia norteamericana.

La supremacia del imperialismo es la supremacia del acero y de la industria pesada, que sofoca la industria ligera local. Todo veleitario intento de independencia nacional se rebela mera ilusión y demagógica propaganda antiproletaria.

A la andrajosa burguesía argentina no le queda más que contentarse con los márgenes de maniobra que le concede el imperialismo, aprovechando las contradicciones internas contingentes del mismo imperialismo para arrancar cualquier espacio y beneficio. Por otra parte la ausencia de un desarrollo pleno de la industria pesada (producción de bienes capitales), no puede más que ligar a la burguesía argentina a la cadena de la dependencia del exterior.

La burguesía local sufre mucho por la limitación del mercado interno debida al pacto secular del acero firmado con la oligarquía en el campo que limita la expansión de los mercados rurales. Como solución la burguesía está obligada a intentar jugar, cuando puede, un papel de subimperialismo en el área meridional del continente para intentar vender al exterior sus propias mercancías, chocando de esta manera inmediatamente con Brasil, más potente pero que está en las mismas condiciones. Pero el juego ha resultado poco provechoso por el férreo control del gendarme estadounidense.
 

Y viene la crisis de 1975

Durante la década de los 60 Argentina vive una fase de fuerte acumulación. El imperialismo y su súbdita la burguesía nacional, reacudan enormes masas de plusvalía de las venas del proletariado argentino, el crecimiento es tal que parece ilimitado. Pero con la gran crisis económica del 74-75 la máquina del capital se detiene. Contemporáneamente al hundimiento del sistema productivo, la superproducción lleva a un desequilibrio fuerte en el empleo de los capitales. Grandes masas de capital industrial abandonan la esfera de la producción para dedicarse a la simple y parasitaria especulación financiera.

El capital financiero emigra a las zonas donde la baja composición orgánica del capital permite tasas de beneficio, y por tanto de interés, más altas. Argentina está interesada en estos flujos, pero la tasa de beneficio tiende de esta manera a nivelarse rápidamente, haciendo menos remunerativa la especulación con la consiguiente fuga de capitales. Por otra parte la vanidad especulativa puede regir en tanto que la estructura productiva puede garantizar con la venta de las manufacturas la efectiva realización del plusvalor extraido a los obreros, cosa que en periodo de superproducción y con un mercado interno tan limitado es difícil.

En los años ochenta se produce un grave declive del sistema productivo argentino (el crecimiento medio anual es en ese periodo bajísimo) que está obligado a contraerse, las empresas van a la ruina, prevalece la desinversión. La burguesía local se lanza de cabeza a la especulación. También la miseria crece.

La caída de los precios de las materias primas, en las cuales Argentina basa sus exportaciones, comporta una constante disolución ante la deuda externa acumulada en el curso de los años hacia los grandes bancos americanos asociados a los japoneses y europeos, empujados a dirigir grandes cantidades de capital hacia el subdesarrollo argentino con la intención de chupar en forma de intereses el plusvalor extraido a los obreros argentinos.

La dependencia argentina de los capitales provenientes del exterior alcanza así proporciones enormes. Crece notablemente la situación deudora del sector privado y, a su vez, la del sector público y del Estado. El pagano, como siempre en estos casos, cubre las deudas efectuando la salvación de los privados insolventes y sustentando financieramente la economía con la deuda pública que inicia así un crecimiento rápido. Los bonos del tesoro estatal son acaparados con avidez por los especuladores del todos los puestos mundiales.

Pero en una situación de estancamiento productivo las deudas pueden ser pagadas sólo con otras deudas, en una espiral sin fin. Este círculo vicioso continúa hasta el flujo del crédito no se interrumpe. El Estado para evitar esto está obligado a emitir títulos con intereses cada vez más altos, para compensar los crecientes riesgos, alimentando un mecanismo negativo que produce durante los años 80 una altísima inflación (que llega incluso a tres cifras) y una consiguiente inestabilidad monetaria, factores estos que inician un desánimo creciente de los especuladores para introducir dinero en Argentina.
 

Las dificultades de los años 90

Llegados a este punto, el Estado para salir de la fase de estancamiento y evitar la bancarrota, se vió obligado a lanzar toda una serie de medidas para conseguir recoger los fondos necesarios para pagar los intereses de la deuda de forma que pudiera satisfacer la avidez de los prestamistas internacionales.

A comienzos de 1989, con la elección del presidente peronista Menem, una fase caracterizada por una profunda reestructuración de la economía, llevada a cabo en sus líneas esenciales en la primera mitad de los años 90, teniendo por objetivo la consecución de la estabilidad monetaria y la confiscación por parte del Estado de todo el dinero posible para hacer frente a las obligaciones financieras internacionales, que tenían que cumplirse a toda costa, incluso si esto conllevaba en concreto el desmantelamiento de la economía para entregársela a las oligarquías financieras internacionales, y sobre todo el hambre para el proletariado argentino y la ruina de las clases medias.

Las iniciativas de resaneamiento se dirigen en tres direcciones principales: privatizaciones, liberalización comercial-reforma tributaria, y reforma financiera-monetaria.

El plan de privatizaciones, insertado en el contexto de la Ley de Reforma del Estado ha llevado a malvender y a subastar casi todas las principales empresas públicas operantes en los sectores más variados: comunicaciones y telefonía, líneas aéreas, instalaciones petroquímicas, actividades extractivas, empresas siderúrgicas, centrales hidroeléctricas y térmicas, redes y centrales eléctricas, bancos provinciales, correos y aeropuertos. En el periodo entre 1990 y 1994 más del 60% de las inversiones en los sectores privatizados era de origen extranjero; los flujos provenían principalmente de Estados Unidos, España e Italia, pero en menor medida también de Chile, Francia, Canadá y Gran Bretaña.

En el ámbito comercial y tributario se redujeron las tarifas aduaneras y aumentaron los impuestos. La reforma financiera y monetaria trajo consigo principalmente la completa liberalización de los mercados financieros, la eliminación de los controles sobre los tipos de interés y la entrada en vigor de la Ley de Convertibilidad en abril de 1991, que en sustancia introducía el sistema de la paridad de cambio entre Dólar y Peso en la relación fija de 1:1.

Las medidas llevaron a la estabilización financiera y, con la desaparición violenta de la inflación que descendió a niveles europeos, la tan evocada estabilidad monetaria por parte de los financieros internacionales, demostró no ser otra cosa que un cúmulo de errores.

Por algún tiempo aseguraron al Estado el dinero para pagar la deuda y restituyeron a los lobbys capitalistas la confianza en el sistema financiero argentino, tanto que todos los organismos de la alta finanza internacional, los bancos, el FMI, las camarillas especuladoras, alabaron al gobierno argentino y su "dinámica política económica" conducida con "eficacia y sin prejuicios", y otros argumentos similares que simbolizaban la enorme satisfacción de los burgueses por la puesta a salvo de sus rentas.

Mientras tanto el desempleo pasaba del 6,9% de mayo de 1991 al 18,4% en mayo de 1995 llegando al 20% en la ciudad de Buenos Aires (Fuente INDEC).

Pero la tan alabada estabilidad construida sobre la miseria y sobre el hambre, era sólo un espejismo, ya que los intereses de la deuda absorvieron ávidamente en poco tiempo los fondos recogidos con las privatizaciones y el riesgo de bancarrota hizo de nuevo su aparición amenazante en el horizonte, la primera campanada de alarma fue la crisis financiera que embistió a Méjico y que tuvo consecuencias desestabilizadoras en toda el área latinoamericana ("efecto tequila").

Hoy Argentina está nuevamente al borde del abismo. La crisis mundial del capital se dispone a producir otra víctima. Los impotentes economistas burgueses, que atónitos esperaban los acontecimientos, no pueden esperar nada bueno del capitalismo. Con la crisis histórica del 74-75 ha terminado el ciclo de expansión postbélica ligado a la gran reconstrucción permitida por las inmensas destrucciones de la segunda guerra mundial, y ha iniciado el camino hacia la crisis catastrófica generalizada. A esta crisis, que conducirá a la histórica alternativa guerra-revolución, el capitalismo senil está condenado por sus mismas leyes internas y por el avance del ciclo económico caracterizado, más allá de las alternancias coyunturales, por la superproducción, por una marcha de la producción débil e incierta y una baja tasa de acumulación.

Tal tendencia se ha reforzado en los años 90 en todo el mundo como demuestra el largo estancamiento de la producción industrial en Japón y Rusia; el precoz envejecimiento de los jóvenes y hasta hace poco florecientes capitalismos asiáticos, que también han llegado al término de una larga y duradera fase expansiva en los años 97-98, la ralentización del comercio mundial, la caída de los precios de las materias primas, los sistemáticos hundimientos de todas las políticas económicas lanzadas por los gobiernos para intentar taponar los efectos de la crisis; la mayor frecuencia con la que se suceden en estos años las crisis financieras y monetarias propagadas, incontroladas e incontrolables desde un punto a otro del globo.

En efecto, después del ya citado huracán financiero mejicano de diciembre de 1994, un nuevo seismo se ha difundido, a partir del verano de 1997, desde Thailandia a Corea del Sur, desde Indonesia a Filipinas, desde Hong Kong a Singapur y a Taiwan, en una rápida y mortífera secuencia, para después transmitirse en el 98 a Rusia, en el 99 a Brasil, amenazando con golpear hoy a Turquía y Argentina con un siniestro vigor que no se sabe cuándo tocará los centros neurálgicos del capitalismo.

Todo este sistema está obligado, por la caída de la tasa de beneficios, a dar vueltas a la cadena interminable de los créditos y de las deudas, cadena que amenaza con estrangularlo.
 

La situación actual

Hoy la situación de desequilibrio económico de Argentina se ha agravado aún más. El PIB según afirma "Le Monde DIplomatique", se ha reducido desde 1985 a 1994 el 6,2%. Tal contexto de estancamiento ha empeorado notablemente el ya crítico estado de endeudamiento; en el 2001 la deuda externa ha alcanzado la estimable cifra de 150 millones de dólares (más del 50% del PIB), y el déficit público ha comenzado nuevamente su andadura tras haber absorbido todo el dinero recaudado por el Estado con las privatizaciones de los primeros años 90, alcanzando 132 millones de dólares.

Las finanzas públicas corren el riesgo de estallar de un momento a otro, estando destinado el 23% del presupuesto público del 2001 al reembolso de la deuda. También desde el punto de vista social la situación se ha hecho insostenible. El desempleo, teniendo en cuenta la cuota de trabajadores infraempleados, es ya del 30% y el número de pobres ha llegado a 14 millones en una población de cerca de 37 millones de habitantes. Las condiciones de vida y de trabajo de la clase proletaria son ya infernales, la competencia entre los trabajadores es tan despiadada que ha determinado un descenso del salario medio obrero a apenas 300 dólares mensuales, pero se calcula que 3 argentinos de cada cinco ganan solamente 100 dólares al mes.

Todos los principales observadores internacionales están de acuerdo al declarar que, siendo el endeudamiento ya crónico, Argentina corre el riesgo de una quiebra financiera, peligro que va acentuándose con el agravamiento de la crisis mundial y en particular de la estadounidense, como demuestran los datos económicos de septiembre que evidencian el descenso ulterior de las exportaciones, de la producción y del consumo interno. Los capitales extranjeros, se han dado cuenta del peligro de bancarrota y están "emigrando" a otros lugares, incrementando de esta manera las probabilidades de un crack bursatil.

En el intento desesperado de salvaguardar la capacidad del sistema financiero mundial, que podría sufrir duros contragolpes por el hundimiento de Argentina en un momento de dificultad general para la economía burguesa, y para garantizarse el pago de los intereses madurados por la deuda externa argentina, en diciembre de 2000 el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, varios bancos y fondos de pensiones y el gobierno español (que pretende de esta manera defender las copiosas inversiones de su propia burguesía en el área latinoamericana) han concedido al gobierno argentino un préstamo de 39,7 millones de dólares en tres años, exigiendo como garantía para el reembolso la adopción por parte del Estado de toda una serie de medidas draconianas para reducir el gasto público.

En el curso del año 2001 ha ido definiéndose el "plan de ajuste" lanzado por el gobierno que, para respetar los compromisos asumidos con el FMI, intenta obtener el equilibrio de las entradas y de las salidas en el balance estatal. El plan preve un aumento generalizado de los impuestos, pero sobre todo una reducción del 13% de las pagas de los trabajadores estatales y de las pensiones superiores a los 500 pesos. La maniobra, planificada a largo, es todavía más amplia y prevé la congelación del gasto público para cinco años y la reducción de los fondos a las provincias. En su conjunto los recortes anunciados suman 4,5 millones de pesos en los próximos dos años y 8 millones en el 2003.

Estas aportaciones, que representan una bocanada de oxígeno para las finanzas estatales, según "Le Monde" golpean directamente a 800.000 personas, pero indirectamente a todos los trabajadores asalariados.

El anunciado golpe a los trabajadores, pese a contar con el aplauso del FMI, parece que no ha conseguido calmar las revueltas aguas del sistema financiero argentino. Esto está demostrado por el hecho de que no ha sido acogido con entusiasmo por los analistas financieros burgueses, que continúan temiendo lo peor, el plan presentado por el hasta entonces ministro de economía Cavallo este verano, de conversión en breve y a medio plazo de los 29,4 millones de dólares de títulos del Estado de deuda externa (que en su conjunto ascienden a 66 millones de dólares, o sea aproximadamente el 40% de la deuda externa argentina) en nuevos títulos de vencimiento plurianual. A esto hay que añadir que el verano pasado -pese a la ley de convertibilidad y las advertencias más o menos imperativas de los Estados Unidos de no tocar el cambio fijo Peso-Dólar, bajo la presión imperiosa de la asfixia económica el gobierno ha estado obligado de hecho a dar curso a una devaluación, definida por algunos como "virtual", de la propia moneda para intentar estimular las exportaciones y no hacer empeorar el déficit de la balanza comercial, usando una estratagema de cara al aliado estadounidense, al crear una nueva moneda llamada "Peso Comercial",usada sólo para los intercambios internacionales, con un precio del 8% inferior al del dólar. Y por más que el presidente De la Rúa continúe asegurando que la convertibilidad no se toca, esta última medida ha provocado una posterior fuga de capitales temerosos de que pueda volverse a una inestabilidad monetaria como en los 80.

Mientras tanto en el frente social la situación se ha puesto al rojo vivo, como han demostrado los acontecimientos del mes de diciembre. En este último año se han multiplicado las huelgas, incluso generales, contra el empeoramiento de las condiciones de vida y el paro galopantes. Pero estas luchas generosas del proletariado argentino por el momento han sido frenados fácilmente por el oportunismo de los sindicatos estatales, fuertemente influenciados por la oposición peronista. El juego consiste en desviar el descontento hacia los clásicos respiraderos electorales y democráticos, empujando a los proletarios a las urnas para dar nueva vida al engañoso mecanismo parlamentario.

Pero el juego no siempre se consigue. En las provincias más pobres la miseria, que llega al límite de lo soportable, ha llevado a que la cólera obrera se manifieste en tenaces episodios de genuina lucha de clase que ponen en crisis al aparato sindical-oportunista. El capital está de este modo obligado a reprimir las protestas proletarias, quitándose la máscara democrática y mostrando su verdadera esencia de monstruo sediento de sangre. También el pasado mes de junio, en la provincia de Salta, situada junto a la frontera con Bolivia, los piquetes obreros que protestaban contra la rebaja de sus salarios, fueron tiroteados por la policía democrática, provocando la muerte de 2 hombres y decenas de heridos.

Los últimos y dramáticos acontecimientos vividos en Argentina deben aumentar necesariamente la intensidad de la lucha de clase y conseguir, con el renacimiento de un verdadero sindicato de clase, resistir válidamente a los ataques de la patronal y el Estado burgués. Esto se dará a condición de que el proletariado argentino, dentro de una perspectiva de reanudación general del conflicto de clase, sepa rechazar la consigna antiimperialista falsa y reaccionaria, divulgada por el post-estalinismo y el trotskismo. Se encontrará así unido a la lucha y las experiencias del proletariado mundial formando un único ejército que, bajo las directrices tácticas y estratégicas del partido marxista mundial, pueda plantearse el objetivo supremo de la toma revolucionaria del poder. Fuera de esta perspectiva internacional e internacionalista cualquier otra salida es prolongar el régimen de explotación del hombre que actúa salvajemente donde esté el Capital.

Argentina está de espaldas al muro. Todo el sistema capitalista, con los EEUU en primer término, se encuentra en una recesión nada leve. Los burgueses ya debaten, jugando a adivinar cuándo se recuperará la economía, dando por descontado que esto debe suceder inexorablemente.

Nosotros marxistas que a lo largo del curso histórico hemos diagnosticado la muerte cierta del capital, esperamos la explosión de la crisis final del sistema, que las distintas ralentizaciones y caídas parciales anticipan y preparan. Estas recesiones en su sucesión van acompañadas por una serie de maniobras estatales que intentan mantener altos los beneficios de las empresas productivas, maniobras fundadas en la intensificación de la explotación en las fábricas y en el campo, el incremento del desempleo, la ruina de las clases medias y la creciente proletarizaciòn. Estas maniobras tienden a elevar la tasa de plusvalía extraida a la clase proletaria mundial sobre quien recae el peso de la aparentemente sofisticada maquinaria financiera mundial con su plétora de parásitos.

Mientras tanto cada momentánea recuperación tras una recesión es para los burgueses el retorno espontáneo a las normales y provechosas actividades económicas, y para las clases inferiores el empeoramiento de sus condiciones es permanente e irreversible como el aumento del sufrimiento social, pues esa recuperación temporal ha sido posible gracias sólo a la devaluación del trabajo y de la vida de los proletarios. Así, recesión tras recesión, se va agrandando cada vez más la masa mundial de los sin reservas en beneficio de una cada vez más restringida camarilla de oligarquías financieras. Su riqueza es el tormento del proletariado. Su riqueza es la confirmación de la ley marxista de la miseria creciente.

Sólo el método marxista de análisis crítico de la sociedad fundado en el determinismo económico puede explicar la cada vez más frecuente y fragorosa crisis en la cual va envolviéndose sin salida el sistema económico capitalista. Sólo empuñando el arma de la doctrina marxista incorrupta, el proletariado, guiado por su Partido Comunista organizado a escala internacional, férreamente disciplinado a su doctrina y a su programa emancipador, podrá finalmente librarse de la infame sociedad de la esclavitud asalariada, destruyendo de manera revolucionaria los Estados burgueses e instaurando su propia dictadura, preludio de la definitiva liberación de la humanidad de la infinita y trágica miseria del presente.
 
 
 
 
 
 


ACERCA DEL FUNCIONAMIENTO DE LAS REUNIONES DE LOS GRUPOS TERRITORIALES DEL PARTIDO

Este texto, cuya publicación ha sido sugerida por los jóvenes compañeros de Caserta, intenta ofrecer una formulación sobre el funcionamiento tradicional de los grupos locales del Partido. Desde la I Internacional el partido proletario se estructura en un Centro único internacional y en secciones territoriales, unidas a un Centro único sin intermediarios. A las secciones se les pide realizar todas las funciones propias del Partido, y que éstas se desarrollen conforme a una unicidad de método y de acción sometida a un plan general de trabajo conexionado fuertemente.

La sección no es un nivel jerárquico formal sino un ambiente e instrumento de trabajo apto para la síntesis de más fuerzas. La presentación del partido articulado en secciones, a las cuales el neófito llega pidiendo su inscripción, no resta nada al hecho de que la adhesión, acto individual, se hace al comunismo y al partido y que por tanto a ningún compañero se le puede impedir relacionarse directamente con el Centro.

Primera toma de apuntes colectiva del contenido de la prensa recibida y distribución de la misma a los compañeros, la sección llegará a hacerse editora también del sumario de las publicaciones del partido en lenguas distintas a la propia,

Lectura de la correspondencia tanto de la que llega del Centro como de las otras. Encargo al compañero responsable de la correspondencia de la respuesta tempestiva, puntual y exhaustiva.

Revisión sobre el proceder de los grupos de trabajo constituidos, tanto inherentes a las actividades prevalecientes de estudio teórico como de intervención externa, que, por turno, señalarán las dificultades eventuales para hacerlas presentes al Centro y las peticiones de todo tipo de ayuda al partido. La puesta al día recíproca entre los compañeros de cómo se desarrollan los respectivos trabajos no se entiende como un simple resumen sino como la exposición de los caminos recorridos, de los obstáculos, de las síntesis a la que se ha llegado y de cómo se piensa continuar. Tal exposición es parte esencial del trabajo y resultado de una reflexión adecuada. El grupo de trabajo propondrá dedicar el tiempo justo a la lectura y a la consideración colectiva de textos sobre el tema. Los clásicos de nuestra escuela, desde Marx hasta los decenios de colecciones de prensa, serán ejemplificados, colocados y comentados. Esta parte de la reunión, destinada al estudio de textos relacionados es necesario, a veces, distribuirla en varias sesiones, dejando el tiempo para asimilar y comenzando cada vez con un breve resumen de enlace.

Comentario sintético sobre el curso de las mayores manifestaciones de la lucha de clase en el mundo y de los choques interimperialistas. Crítica de las posiciones asumidas por los grandes partidos enemigos. Esta puesta al día debería ser resultado de pesquisas confiadas a un grupo específico de compañeros que se ayudará con la lectura colectiva de nuestro periódico. Todos los militantes estarán en condiciones de conocer las posiciones analíticas del Partido respecto a las cuestiones y acontecimientos recientes que interesan al movimiento obrero, posiciones que podrán ser expuestas del mejor modo a nuestros interlocutores en el trabajo de propaganda y proselitismo, de forma que sea posible discernir al Partido y sus postulados de los de las formaciones políticas adversas.

Propaganda política del partido en la localidad. El plan de preparación, fijación y difusión de la prensa necesita ser lo más organizado y regular posible, con puestos de distribución y calendario fijos. Debe ser puntual la entrega de periódicos a las librerías y quioscos. En caso de producirse acontecimientos en la ciudad que movilicen a la clase obrera se hará oir la voz del partido con manifiestos y octavillas escritos a propósito. La intervención en manifestaciones convocadas por otros partidos debe hacerse de modo que no se creen dudas de que somos ajenos al conjunto de los promotores.

Actividad sindical. Labor principal de la sección es seguir, documentarse y tener informado al partido de las luchas obreras y sobre la actividad de los sindicatos en su ciudad. Esto estará garantizado incluso cuando sea nula nuestra presencia en la clase, en los organismos defensivos y sus puestos de trabajo, si es necesario reuniendo noticias de la prensa de la ciudad y de las conversaciones con los obreros. Las informaciones adquiridas con este trabajo constante, además de ser contrastadas e insertadas en el cuadro mas general de nuestro planteamiento teórico-táctico de la cuestión sindical serán utilizadas por la sección para apoyar la intervención de los compañeros en los sindicatos, apenas posible desde el interior, pero no desde el exterior. La prensa del partido será distribuída en todas las manifestaciones públicas de tipo sindical.

Es tarea de las secciones valorar las nuevas peticiones de adhesión al partido y procurar la formación de los jóvenes militantes, a quienes se invitará enseguida a integrarse en el trabajo disciplinado existente.

El conjunto de la actividad y de la reflexión en sección suscitará la propuesta al partido de nuevos argumentos de trabajo y de intervención o de planteamientos mejores que otros de los que se están haciendo. La profundización en una cuestión particular proporcionará material para la redacción de notas y correspondencia para la prensa.

Recogida de las cuotas, mantenimiento del alquiler y entregas de dinero periódicos al Centro.
 
 
 
 
 
 
 
 


PETROLEO, MONOPOLIOS E IMPERIALISMO

Petroleo y Renta; Capital y Monopolio.
 

Petroleo y Renta

Il Manifesto del 15 de septiembre publicaba la siguiente declaración de Yamani, uno de los máximos exponentes del Cartel OPEP: "la edad del crudo no acabará por el agotamiento de los pozos, sino gracias a la tecnología". Excluído, por tanto, un inminente agotamiento de las reservas. Por lo demás, ni siquiera los altos precios del petróleo son suficientes para el relanzamiento de las nucleares, que los indicadores demuestran situar en un éxtasis nada coyuntural: en Europa y en América se multiplican los cierres de instalaciones existentes y desde hace tiempo no se crean nuevos empleos: también en el resto del mundo el ritmo de crecimiento de las nucleares está próximo a cero. Es totalmente equivocado catalogar, como se acostumbra, la serie de fuentes energéticas alternativas, no renovables o renovables, si no se hace una confrontación entre su potencialidad y costes específicos, determinantes ambos en una sociedad como la actual basada en el beneficio.

Cuanto más se desarrolla el capitalismo, tanto más sensible se hace a la escasez de materias primas, tanto más aguda es en todo el mundo la competencia y la caza de fuentes de materias primas. De esto nace la tendencia del capital financiero a ampliar su propio territorio económico en la lucha furiosa por el último rincón de la esfera terrestre no dividido aún, o por un nuevo reparto de los ya divididos.

El mercado mundial del petróleo estaba en 1905 sustancialmente repartido entre dos grandes grupos financieros: la Standard Oil Company americana, fundada en el 1900 por Rockefeller, y los empresarios del petroleo ruso en Baku, Rotschild y Nobel. Estos estaban amenazados en sus posiciones de monopolio por sus adversarios desde hacia años: la competencia de la empresa Mantascev de Baku y las riquísimas empresas Samuel y Shell, ligadas al capital inglés. Estos tres últimos grupos de empresas estaban ligadas a los grandes bancos alemanes con el más grande a la cabeza, el Deutsche Bank. Se inició una lucha por el reparto del mundo. Refiere Lenin que la lucha terminó en 1907 con la derrota completa del Deutsche Bank que cierra un acuerdo con Standard bastante desventajoso a tenor del cual se comprometía a "no emprender nada que dañase a los americanos" La Standard Oil Company pagó, entre el 1900 y el 1907. los siguientes dividendos: 48%, 48%, 45%, 44%, 36%, 40%, 40% y 40%, en total 367 millones de dólares. Entre 1882 y finales de 1907, de los 889 millones de dólares de útil neto conseguidos, fueron repartidos 606 millones de dividendos, y el resto se asignó a las reservas.

El agotamiento de las reservas petrolíferas de América a principios de 1900 se compensó con el descubrimiento de nuevas reservas en Australia, Rumanía y de las fuentes petrolíferas transoceánicas, especialmente en las colonias holandesas. La carrera para su conquista por parte de los monopolios, para no estar amenazados por adversarios eventuales, continúa durante todo el s.XX.

Hoy 2001, los yacimientos son todos propiedad de estados o monopolios, que se dividen, igual que los terrenos agrícolas, la renta diferencial, propia de la explotación capitalista de los recursos limitados. En el caso del petroleo el grueso del precio es renta diferencial, es decir sobre-beneficios. El coste de extracción varía desde un mínimo en medio-oriente, hoy de cerca de un dólar el barril, a los 15 dólares en las zonas peores del Mar del Norte, con costes intermedios en el Mar Caspio y en los Estados Unidos que van de los 5 a los 10 dólares. Diferencia acentuada por la diferencia cualitativa: los peores son los del Mar del Norte y los chinos, el mejor es el libio.

El petroleo ha alcanzado la primacía en los consumos energéticos, alcanzando el 38%, contra el 29% del carbón y el 20% del gas natural. Por ésto llega a colocarse a precios altos, cuando todo el petroleo extraído se consume, con una demanda mayor que la oferta. El monopolio de la oferta puede mantener altos los precios hasta alcanzar al precio de producción, en paridad de calorias del gas natural, o bien del petroleo extraible de las pizarras bituminosas cuyo coste medio por barril se valora entre los 30 y los 50 dólares, el doble que el peor yacimiento del mar del Norte. Recurrir a las pizarras elevaría también el petroleo del Norte a altos réditos.

La industria actual ha sido posible, en su mayoría, por la existencia del petroleo, la industria de los transportes por carretera y aéreos no habría existido jamás sin el petroleo, etc. Las oscilaciones de los precios y las amenazas de interrrupción de los suministros pone en dificultades a gran parte de la técnica actual heredada del s.XX y fundada sobre el petroleo, ya que ninguna otra fuente energética está por el momento en condiciones de sustituirlo. Este factor se añade a los remanentes que atenazan al sistema capitalista.

Una lucha intensa seguirá desarrollándose entre los países industriales por la posesión de los yacimientos más ricos y que dan mayores rentas, descargándola sobre los otros. Es significativo que una delegación francesa y otra rusa se hayan dirigido a Irak con pocos días de diferencia, donde Saddam Hussein ha declarado su intención de vender el petroleo sólo a cambio de Euros.

Europa, pobre de petroleo a bajo precio, se ha volcado hacia el gas natural: asusta saber que "cocinamos todos con el gas de Rusia". El 20% del consumo energético europeo es suministrado por Rusia. Sería un buen punto de negociación entre la Comunidad Europea y Rusia por el restablecimiento de la extracción y del transporte del combustible, del cual un alto porcentaje sería distribuído, situando a la fría Siberia en grado de calentar casas y hornos de Europa: por contrapartida Rusia cedería el combustible a un precio módico. Esto trae a la memoria la contienda de 1905, con la diferencia de que entonces se abría la era de la rapiña imperialista de las materias primas de países que no estaban todavía industrializados, hoy, 2001, una parte bastante mayor del mundo ha sido vencida por la reproducción del capital y está igualmente hambrienta y devoradora de minerales para forrarse con el oro de la fuerza de trabajo.

Es ésta una lucha del capital europeo, con Alemania a la cabeza, para sustraerse del tributo a pagar, en rentas del petroleo, al imperialismo americano, que es cada vez más y en todos los campos, comprendida la agricultura, un país que vive de las rentas, por rentas de diferentes fertilidades y de monopolios. La hegemonía del capital financiero es cada vez más imperiosa, manda el Banco Central, prevaleciendo cada vez más claramente la economía sobre la política, Madame Democracia tiene una sola función (muy importante): esconder la dictadura del capital financiero sobre la clase obrera interna y a escala internacional.
 

Capital y Monopolio

Lenin, en El Imperialismo atribuye a Marx la demostración de que, mediante el análisis teórico histórico del capitalismo, la libre competencia determina la concentración de la producción, y cómo ésta, a su vez, en un cierto grado de desarrollo, conduce al monopolio. El monopolio es ya la ley universal del actual estado de desarrollo del capitalismo. en Europa se puede establecer con cierta exatitud la definitiva sustitución del capitalismo antiguo por el moderno: data de principios del s.XX. El verdadero inicio embrional de los monopolios modernos data como muy tarde de 1860-1870. Su primer gran periódo de desarrollo está ligado a la gran depresión internacional después de1870 hasta 1890. Continúa el lanzamiento de los negocios hasta finales del s.XIX y la crisis de 1900-1903. Ésta aceleró inmensamente el proceso de concentración, tanto en el sistema bancario como en la industria, transformando, por primera vez, la relaciones industria-finanzas en un monopolio efectivo de los grandes bancos, y haciéndolas más estrechas e intensas. Los cárteles se convierten en una de las bases de toda la vida económica. El capitalismo se elevó a su fase imperialista.

Las asociaciones monopolistas de los capitalistas – recuerda Lenin – cárteles, sindicatos y trust, principalmente, se reparten entre ellos todo el mercado, y se apoderan, de forma más o menos completa, de la producción del país. Pero en el régimen capitalista el mercado interno está ligado inevitablemente con el mercado externo. Desde hace mucho tiempo el capitalismo ha creado un mercado mundial. y a medida que crecía la exportación de capitales, se ampliaban las relaciones externas y coloniales y las esferas de influencia de las grandes asociaciones monopolistas, naturalmentese procedía cada vez más hacia acuerdos internacionales entre ellos y a la creación de cárteles mundiales. Este es un nuevo grado de concentración mundial del capital y de la producción, un grado mucho más elevado que el precedente, o supermonopolio.

Lenin expone el ejemplo de la industria eléctrica que mejor que otros representaba los progresos de la técnica y del capitalismo entre finales del s.XIX e inicios del XX. Ésta se había desarrollado con mayor fuerza en los dos nuevos países capitalistas más avanzados, Estados Unidos y Alemania. En estos dos países surgieron dos potencias de la electricidad. En 1907 los dos trusts americano y alemán llegaron a un acuerdo por el cual el mundo quedó repartido. Liefmann calculaba en 1897 aproximadamente 40 cárteles internacionales en los que participaba Alemania, y en 1910 aproximadamente 100.

Los cárteles internacionales muestran hasta qué punto se han desarrollado los monopolios capitalistas. Puede cambiar, y de hecho cambia continuamente, la forma de la lucha, según las diferentes condiciones parciales y temporales; pero, mientras existan las clases, no cambia nada absolutamente la sustancia de la lucha, su contenido de clase. Los capitalistas se reparten el mundo no por su maldad, sino porque el grado alcanzado por la concentración les obliga a coger esta vía si quieren obtener beneficios. La fuerza cambia por el cambio del desarrollo económico y político, que después tal cambio sea de naturaleza puramente económica o bien extra económica, por ejemplo militar, esto es una cuestión secundaria, que no puede cambiar nada de lo que es la concepción fundamental del más reciente período del capitalismo.

Cuando el reparto de los productos, entre decenas, centenas y millones de consumidores, sucede según un plan establecido (Lenin pone el caso de la distribución del petroleo en América y Alemania por parte de la Standard Oil Co.), entonces quda claro que se está ya en presencia de una socialización de la producción y no ya de un simple enlace de productores y comerciantes individuales; que las relaciones de economía privada y de propiedad privada forma una envoltura que no se corresponde ya con el contenido, envoltura que debe ir inevitablemente pudriéndose, dado que su eliminación revolucionaria se ha impedido con la fuerza, artificialmente. En este estado de putrefación podrá durar por un tiempo relativamente largo (hasta que el proletariado mundial se libere del incordio oportunista) entonces será por fin eliminado.
 
 







REUNIÓN GENERAL DE TRABAJO
(Turín, 22-23 de septiembre de 2001)

El dominio del imperialismo: La centralización financiera; La compleja dialéctica entre el Partido y la clase; New Economy y Estados Nacionales; Relación sobre la actividad sindical.
 

La reunión otoñal del partido se ha celebrado en Turín durante el sábado 22 y el domingo 23 de septiembre pasados, con presencia de casi todos nuestros grupos.

Como era previsible hemos dedicado un amplio espacio a las valoraciones de los graves acontecimientos internacionales en curso, tanto en el primer encuentro entre los compañeros el viernes por la tarde, como en la reunión preparatoria del sábado por la mañana, y también en las intervenciones que han surgido en las exposiciones de los informes, pese a estar preparados antes de la crisis. Se ha puesto de manifiesto cómo la visión pesimista del marxismo de siempre sobre la evolución del capitalismo y de sus formas políticas halla confirmación en el cariz que está tomando el choque entre los imperialismos, marcado por el militarismo y la orientación abierta de todos los estratos burgueses y pequeño burgueses hacia la solución bélica, frente a la puesta en duda de sus privilegios debido a la crisis.

El partido es consciente que ningún movimiento pacifista fundado en la convergencia entre las clases nunca estará en grado de refrenar la catástrofe de la guerra, tarea que sólo la clase obrera en pie será capaz de realizar, organizada en los sindicatos, entrenada para la lucha y dirigida sobre el terreno del comunismo por su partido revolucionario, y somos conscientes que la reconstrucción de sus estructuras y experiencias materiales requiere largos periodos de tiempo. Si una de las tareas del partido no es, con sus únicas fuerzas, hacer la revolución, de la misma manera no está llamado, obligado o por elección, a impedir la contrarrevolución. La función de nuestra pequeña representación del partido – que no está fuera de la historia sino que es y debe ser siempre la misma – es mantener accesible y operante de cara a la clase el punto señalizador, dentro de la presente oscuridad total, que marca la ruta hacia la negación revolucionaria del capitalismo.

Es posible que hoy una vanguardia de la clase, tras tocar fondo y llegar al punto cero, traicionada y abandonada abiertamente por todos, esté en condiciones de intuir, alinearse y comprender sus viejos postulados y órdenes de combate.

Junto a estos argumentos no se han dejado de lado los restantes temas de estudio, que van desde la economía hasta las diversas cuestiones históricas, junto a la preparación de nuestra prensa periódica internacional.

Como es norma ofrecemos ahora un primer resumen de las relaciones.
 

El dominio del imperialismo: La centralización financiera

El primer informe, expuesto el sábado por la tarde, ha proseguido el estudio sobre el capital financiero, ligado al desarrollo del imperialismo caracterizado por la centralización de las grandes empresas "que gobiernan el mundo". Ya a comienzos del siglo XX, Lenin se preguntaba cuantas eran las "personas" que dirigían los destinos económicos mundiales: nosotros hemos manejado las estadísticas actuales de los beneficios de las mayores empresas "globales" respecto a los cuales se reduce prácticamente a casi nada el PIB de los países pobres y "en vías de desarrollo".

Para comprender mejor las líneas principales de la teoría marxista se presentaron y comentaron una serie de citas del segundo y tercer libro de El Capital, junto a otras del Imperialismo de Lenin. Se describieron las etapas del capital financiero a través de los datos y la crítica de dos estudios de la actual economía burguesa, de manera particular un estudio del FMI. De los datos de este último, subdiviendolos en ciclos breves, se comentaba el desarrollo desde 1900 hasta la Primera Guerra Mundial, desde ésta a la Segunda y desde ésta, a través de los acuerdos de Bretton Wood, hasta 1974. En el periodo de la reconstrucción posbélica el movimiento del capital financiero está fuertemente regulado por los bancos centrales y por los gobiernos de los Estados más fuertes y cae a su mínimo histórico. La crisis económica de 1974 pone fin a esos acuerdos internacionales y abre otro ciclo breve, hasta nuestros días, en el que se acentúa la centralización financiera.
 

La compleja dialéctica entre el Partido y la clase

El informe, que continúa el de la pasada reunión sobre Partido y Clase, abarcaba la cuestión de los sindicatos en Marx y Engels. Puede sintetizarse en los siguiente puntos:

1) La atención prestada por nuestros maestros a la lucha sindical es opuesta a la indiferencia que en esta materia expresaba el socialismo utópico pre-marxista. La lucha sindical es un factor material insuprimible y una palanca revolucionaria. En el desarrollo de la lucha cambia a los mismos proletarios y les empuja a la superación de los límites de lucha por categoría preparándolos para conseguir los fines políticos revolucionarios. Pero, si la lucha sindical permanece vedada a la dirección del partido revolucionario, de por sí permanece dentro de los límites de esta sociedad, que sólo en breves fases de su ciclo económico puede permitir condiciones de vida menos duras para los obreros. Sólo madurando estos fines defensivos hacia la lucha política por la destrucción del poder burgués, que se dará con la intervención en las luchas económicas de los comunistas, se convertirán en instrumentos de la lucha revolucionaria.
 

New Economy y Estados Nacionales

El domingo por la mañana escuchamos una exposición sobre los aspectos políticos – modernamente falsificados – del imperialismo. La cuestión Estado es considerada central para nosotros, a pesar de que dentro del panorama de la new economy se intente hacer creer que todo pasa por las Bolsas, con sus beneficios ora cayendo a niveles inimaginables, ora con sobrebeneficios, incluso sin barbas talibanes. En el marco de la globalización, que para el marxismo significa aumento y paroxismo en el choque entre Estados, no solamente no hay que ilusionarse respecto a un presunto gobierno mundial, sino tampoco respecto a organismos supranacionales de orden territorial o de área, tipo zona euro.

Esto no significa negar que determinados Estados y naciones no intenten encontrar acuerdos políticos y militares en grado de enfrentarse a otras áreas en desarrollo o en crisis. Significa sostener, por tesis, que la competición imperialista no puede evitar la destrucción creativa, como la llamaba Schumpeter, que para nosotros, en términos más crudos, comporta la alternativa cerrada: o guerra imperialista o revolución proletaria.

Ya que las condiciones del proletariado a nivel político nunca habían tocado un punto negativo tan evidente, tras el hundimiento del mito Rusia y el paso con armas y bagajes del ex-oportunismo al campo adversario, es difícil sostener que la tendencia a la guerra pueda ser invertida tendencialmente dentro del movimiento obrero a nivel mundial. Esto no quita que los trabajadores se vean obligados a abrir los ojos y a organizarse sobre una nueva base verdaderamente clasista, a medida que descubran que el juego de los Estados y el vínculo con ellos no puede producir otra cosa que ulterior sumisión y ruina.

Dentro de este choque entre los Estados se halla el terrorismo, tanto local como internacional, como han demostrado los acontecimientos de América: el presunto enemigo invisible del que se habla no es otro que el choque de intereses que todavía no han encontrado un ordenamiento claro de cara a la guerra. Por eso aparece este movimiento a ciegas, en nombre de la defensa de la civilización contra la barbarie, como ya ha sucedido en dos guerras imperialistas que han llevado a la desaparición de la organización política del proletariado.

No es cierto, por tanto, que los Estados no tengan ya una función. Ya está todo maduro para la administración de las cosas propia del comunismo, de la que habla Engels.
 

Relación sobre la actividad sindical

Finalmente escuchamos tres breves comunicados de los compañeros italianos implicados, respectivamente, entre los maquinistas de los ferrocarriles, los telefónicos y los funcionarios.

Tras la huelga declarada por la ORSA a comienzos del verano, y rechazada por la autoridad gubernativa, la misma situación se verificó el 12 de septiembre, con una huelga nacional de los maquinistas del COMU contra la introducción por parte de la dirección de FS (Ferrovie dello Stato) del agente único, en Sicilia, Cerdeña y Trentino Alto Adige, en los trenes diesel, y después en todos los trenes, incluidos los eléctricos. Hubo otra prohibición por motivos inconsistentes que demuestra la existencia por una parte de una debilidad del aparato, incluidos los sindicatos del régimen, debilidad que es muy fuerte, y por otra que la "nueva" línea del gobierno preve actuaciones más claras, debido a la inconsistencia de la respuesta obrera.

El problema no es precisamente éste, que entra dentro de la dinámica de la lucha sindical, sino la situación interna del COMU y, consiguientemente, de la naciente ORSA. Lo que hemos definido siempre como "izquierda sindical", y que dentro del COMU tiene a quienes siempre se muestran partidarios del pacto, ha levantado la cabeza coincidiendo con la ofensiva de otoño de la FS. Lombardia y otras dos regiones han sellado, contra la disciplina nacional, acuerdos para extender el agente único y el aumento de tareas laborales. Advertidos de su conducta por otras regiones están demostrando una doble conducta nueva para la organización: en Roma, ante los ataques de Toscana, Sicilia, Bologna, Calabria, Cerdeña y Nápoles, han dado un paso atrás para luego en su demarcación firmar toda clase de pactos y acuerdos. Sería necesario dar paso a una mínima forma de organización de las regionales sanas, cosa que no se ha hecho hasta ahora debido a la desconfianza de los trabajadores. No obstante algo se ha hecho, existe una mínima coordinación y además en la última reunión nacional ha habido menos figurones que en otras ocasiones.

La situación no es precisamente de las mejores porque mientras tanto no se mueve nada y la ORSA permanece en manos de los "izquierdistas" y la FISAFS que se aprovecha de su red organizativa preexistente.

Sobre la situación de los telefónicos se dió lectura a un informe que debido a su extensión no incluimos aquí.

Como conclusión sobre la cuestión sindical y sobre nuestras responsabilidades como comunistas manifestamos lo siguiente. En nuestra actividad sindical debemos representar la conciencia histórica de lo que deberá ser la organización sindical obrera. Hacer pero sobre todo enseñar a hacer, comprometernos pero sobre todo ser portadores de nuestras posiciones y críticas. Es preciso evitar que, después de cumplir la función de críticos incansables y puros, caigamos en la posición opuesta, es decir convertirnos en servidores del trabajador, de sus prejuicios y debilidades. El interrogante real, al cual no es fácil responder, consiste en ver si es posible trabajar como comunistas, o sea, si además de ser identificados como ideológicamente revolucionarios, internacionalistas, etc, se nos identifica como portadores de actitudes y comportamientos propios de los comunistas, porque lo que se hace, que para los trabajadores es mil veces más importante que lo que se piensa y dice, no puede contradecir lo que entendemos por organización de clase.

No es fácil establecer un decálogo de comportamiento que resuelva las dudas acerca de nuestra actividad sindical, pero podemos afirmar que si tuviésemos que enunciar reglas de comportamiento sería necesario comenzar por normas morales, o sea, antes que nada es necesario ser honestos compañeros de trabajo, base indispensable para merecer la confianza de los trabajadores. Además de este stile personal general, quizás no sea necesario establecer otras reglas, y el militante en su actividad sindical cotidiana debe guiarse por el buen sentido teniendo claro que nunca son suficientes las frases hechas y los esloganes. ¿Después de todo qué es la cuestión sindical, sino permanecer junto a los trabajadores, que sí, es cierto, tienen sus incertidumbres e ideas equivocadas, pero que moviéndose intuitivamente buscan su propio camino, es decir esas posiciones de clase que nosotros constantemente remachamos?

Son evidentes los límites de las organizaciones sindicales en las que nos movemos, y seguramente toda esta debilidad viene motivada por la situación actual, que es el primer obstáculo para la propaganda de nuestras posiciones y actitudes. Esta situación de atraso y todas las deficiencias organizativas, etc, no se resuelven ni tampoco justifican un compromiso a medias de los compañeros involucrados, los cuales, inevitablemente, en cuanto comunistas, son un engranaje preciso insertado en necesarias determinaciones materiales, y tras llevar a cabo todas las críticas posibles e imaginables, pueden verse obligados a participar o a iniciar luchas en las cuales, abstractamente, tendremos mucho que decir.

¿Hasta dónde y hasta cuándo deberemos soportar estas contradicciones? Pues hasta donde y hasta cuando consideremos necesario preservar la unidad organizativa de esas organizaciones, y hasta donde y hasta cuando esas organizaciones no se coloquen contra el proceso de reconstrucción de la organización sindical de clase.