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"La Izquierda Comunista" n° 16 - mayo 2002
LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES:    [ 1 - 2 - 3 - 4 ] Colosal Confluencia de las luchas del proletariado y de su constitución en partido revolucionario (IV - 1871-1872 - El Congreso de La Haya, arribada histórica del comunismo).
EL HOMBRE MODERNO, PERSONIFICACIÓN DEL CAPITAL
LA «EMANCIPACIÓN DEL TRABAJO»:  El trabajo: expresión humana fundamental - Dónde se reencuentra la comunidad de especie - La condena de Adán-Tierra-Capital-Trabajo - El Trabajo antes que el Salario - Trabajo - Revolución - Partido - Impotencia de las Terceras Vías.
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: Conflicto imperialista en ambos frentes contra el proletariado y la revolución (IV – La consigna del Partido a proletarios, comunistas y soldados reclutados por grupos partisanos - Huelgas obreras durante el período bélico) [ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ].
LA CLAVE DEL DRAMA PALESTINO-ISRAELÍ ES SOCIAL
Noticiario

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES COLOSAL CONFLUENCIADE LAS LUCHAS DEL PROLETARIADO Y DE SU CONSTITUCIÓN EN PARTIDO REVOLUCIONARIO
[ 1 - 2 - 3 - 4 ]







 Cuarta Parte (1871-1872) - El Congreso de La Haya, arribada histórica del comunismo

1. Contrarrevolución;  2. Por la acción política de clase;  3. Las tesis de los "antiautoritarios"; 4. Anarquismo y pequeña burguesía; 5. En Italia y en Rusia;  6. Revolución burguesa en España; 7. El Congreso anarquista de Rimini;  8. Las grandes aportaciones históricas del Congreso de La Haya; 9. Hacia el partido de mañana
 
 

1. Contrarrevolución

Fortalecida por la derrota de la Commune la reacción se apoderaba de todo el continente. Los Comuneros y los internacionalistas, que escaparon a los fusilamientos y a los trabajos forzados en el infierno de Cayena, debieron escapar de Francia y militaban en la más completa ilegalidad. En Alemania sucedía lo mismo: los jefes internacionalistas, Liebknecht y Bebel entre otros, habían sido arrestados y las secciones de la Internacional habían sido disueltas. La represión fue durísima en España e Italia, mientras que en Inglaterra, a pesar de que la legalidad se mantuvo, la represión y la propaganda contra la Internacional y la Commune fueron sistemáticas. El Papa católico no se quedó atrás, declarando ante una delegación suiza: «Vuestro gobierno (...) asegura el derecho a una gente de la peor especie, tolera esta secta de la Internacional que pretende tratar a toda Europa de la forma que ha tratado a París. Estos señores de la Internacional, que de señores no tienen nada, son temibles, porque actúan por cuenta del eterno enemigo de Dios y del hombre».

Estas represiones, que no impedían a la Internacional conseguir militantes y simpatías debido al entusiasmo que todavía suscitaba la insurrección parisina, creaban constantes dificultades en los contactos entre las secciones y entre éstas y el Consejo General, y no era fácil encontrar nuevos jefes locales que sustituyesen a los detenidos. Pese a esto la Internacional durante más de un año y al menos hasta el Congreso de La Haya siguió siendo un gigante amenazador para el orden constituido de toda Europa. El eco de su poder llegó, además de a la lejana Rusia, a las todavía más lejanas Australia y Argentina. Resulta indicativo señalar que la producción de artículos y opúsculos burgueses contra la organización proletaria aumentó mucho más que antes.

Pero, como suele suceder a los movimientos revolucionarios, las sangrientas derrotas les imponen que se extraigan unas enseñanzas fundamentales. La madurez histórica exige estos partos dolorosos en las conciencias de los partidos y la consiguiente separación de quien saca lecciones distintas e incluso opuestas. En la Internacional se declaró la lucha en torno a la ineludible definición de los principios. A la corriente marxista se le opusieron: el anarquismo, que se movía como sociedad secreta, predicando la inmediata supresión del Estado y condenando la centralización programática y militante en el partido; el movimiento blanquista que teorizaba la conspiración, confiando en que la voluntad de unos pocos pusiese en marcha el proceso revolucionario. En Inglaterra por el contrario hubo que hacer frente a las tendencias moderadas: por una parte los proletarios estaban cada vez más corrompidos con las migajas de los beneficios que la burguesía inglesa había sacado de la guerra franco-prusiana, y por otra los jefes sindicales no eran otra cosa que unos vendidos al capital.

La derrota de la Commune provocaba la difusión del voluntarismo, que consistía en no comprender los motivos de la derrota, mostrándose por tanto incapaz de llevar a cabo una "retirada ordenada", diciéndolo con palabras de Lenin. Es sobre este terreno por donde se difunde el anarquismo, contrariamente al materialismo marxista que reconoce la necesidad de la preparación del partido en espera de la próxima oleada revolucionaria.

En Italia, como en España, se habían formado numerosas secciones que se reclamaban a la Internacional, pero que, gracias sobre todo a las maniobras de Bakunin, no tenían ningún contacto con el Consejo General de Londres. En Italia la inmadurez en el plano teórico era máxima: la sección de Macerata, por ejemplo, había nombrado presidentes honorarios a Garibaldi, Marx y Mazzini.

Pero lo que marcará a la Internacional desde finales de 1871 y 1872 será el choque entre marxismo y anarquismo, choque que llevará a la escisión en septiembre de 1872 en el Congreso de La Haya, en el que el partido ratificará las espléndidas resoluciones de principio acerca del carácter centralista absoluto del partido revolucionario y sobre el objetivo de la dictadura política de clase. El Congreso de La Haya es uno de esos frutos nacidos de las derrotas que los revolucionarios valoran más dentro de su actual programa.

En La Haya además, al final de un ciclo de guerra internacional de clase, se decidió transferir el Consejo General a Nueva York, tras ocho años de permanencia en Londres. Cuatro años después la Internacional dejaría de existir.
 

2. Por la acción política de clase

Debido a la guerra en septiembre de 1870 no se pudo celebrar el congreso anual. Tampoco pudo celebrarse al año siguiente debido a los acontecimientos de la Commune y a la dura represión que siguió. Escribían Marx y Engels en Las así llamadas escisiones de la Internacional: «En el estado en que se encontraba Francia no se podían elegir delegados. En Italia la única sección organizada era la de Nápoles: precisamente en el momento en que debía elegir un delegado, fue disuelta por el ejército. En Austria y en Hungría los elementos más activos estaban en la cárcel. En Alemania algunos de los miembros más conocidos eran buscados por alta traición, otros estaban en la cárcel y los medios financieros del partido los absorbían las ayudas a los familiares». En septiembre de 1871 se celebró una conferencia en Londres a la que asistieron 32 delegados que, dada la situación, habría debido resolver ineludiblemente cuestiones organizativas intentando afrontar la lucha interna desencadenada por los bakuninistas.

El blanquista Vaillant abrió la discusión en esta conferencia sobre las cuestiones teóricas, poniendo en evidencia el peligro de las tesis anárquicas para el movimiento revolucionario dada su oposición a la acción política de la clase. Marx intervino remachando que para la Internacional la prerrogativa de la acción política estaba recogida en los Estatutos del 64 y en el Llamamiento Inaugural y que precisamente la infravaloración de las tareas políticas había sido uno de los motivos de la derrota de la Commune.

Contra los anarquistas del Jura, en cuanto anti-políticos contrarios al empleo del Parlamento con fines revolucionarios, Marx objetó que el asunto debía valorarse en base a la utilidad que el partido podía sacar. Dirigiéndose a quienes agitaban la bandera del rechazo a la lucha política, Engels añadía: «Nosotros queremos la abolición de las clases. El único medio es el poder político en manos del proletariado. ¿Y nosotros no deberíamos hacer política? Todos los abstencionistas se definen como revolucionarios. La revolución es el acto supremo de la política, y quien la quiere debe querer también los medios que preparan la revolución» (Acerca de la acción política de la clase obrera).

En una intervención sobre la cuestión sindical Marx puso en evidencia las típicas limitaciones de los sindicatos ingleses: «Si quisieran hacer uso de su fuerza, con nuestra ayuda, podrían hacer lo que quisieran. En sus estatutos hay un parágrafo que les prohibía ocuparse de la política: si han entrado dentro del campo de los movimientos políticos ha sido solamente bajo la influencia de la Internacional».

A propuesta de Marx se prohibió en la Internacional la formación de sociedades secretas: éstas, explicaba Marx, «en lugar de educar a los obreros, les someten a leyes autoritarias y místicas que obstaculizan su autonomía y encauzan su conciencia en una dirección equivocada». Otra enseñanza: el partido, en determinadas fases, deberá asumir actitudes defensivas que implican diversos grados de secretismo, hacia el exterior y, en una cierta medida también hacia el interior. Pero el partido no es una sociedad secreta. Fueron aprobadas las deliberaciones sobre la acción política y sobre las sociedades secretas y, frente al caótico agrupamiento anárquico, se decidió que «todas las organizaciones existentes en la Internacional (...) de ahora en adelante deben simple y exclusivamente denominarse ramas, secciones, federaciones, etc».

Se remachó además el objetivo final de la abolición de las clases siendo necesario que el proletariado fuese completamente independiente de la política burguesa.

Las secciones disidentes en Suiza fueron invitadas a formar una federación dentro de la Internacional. Marx concluye: «la conferencia hace un llamamiento al espíritu de solidaridad y de unión, que ahora más que nunca debe animar a los obreros».

El 25 de septiembre Marx dió un discurso en conmemoración del séptimo aniversario de la fundación de la Internacional: «Cuando las condiciones presentes de opresión sean eliminadas mediante el traspaso de los medios de producción a los trabajadores productores, por lo cual todo ser humano capaz de trabajar tendrá que hacerlo para mantenerse, caerá también la única base del predominio y de la opresión de clase. Pero, antes de que esta transformación se consiga, será necesaria una dictadura del proletariado, y su primera premisa será un ejército del proletariado. Las clases trabajadoras deberán conquistar combatiendo en el campo de batalla el derecho a su emancipación. Es pues tarea de la Internacional organizar y unificar las fuerzas de los obreros para la futura batalla».
 

3. Las tesis de los "antiautoritarios"

En la Conferencia de Londres en el fondo sólo se habían expresado principios contenidos ya en los Estatutos. Pero la Alianza se aprovechó de ello para pasar a la ofensiva abierta contra el Consejo General. El 31 de octubre el alianzista Schwitzguébel enviaba, en nombre de la Federación Romance, una circular a las secciones del Jura y de la Suiza francesa convocando a un congreso en Sonvillier para el 12 de noviembre.

En Sonvillier «de 16 delegados, 14 representaban a secciones muertas o moribundas (...). De 22 secciones solamente 10 estaban representadas en el congreso; siete no habían respondido nunca a las comunicaciones del Comité y cuatro habían sido declaradas definitivamente muertas. Esta es la federación que se creía destinada a sacudir de arriba a abajo la organización de la Internacional» (Marx-Engels, La Alianza de la democracia socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores).

En el Congreso se creó la Federación del Jura y se aprobó una circular para enviarla a todas las secciones de la Internacional. En ella se acusaba al Consejo General de haber contravenido los poderes que le otorgaban los Estatutos, queriendo imponer su propia autoridad sobre las secciones negando su "autonomía natural". El Consejo General habría decidido arbitrariamente los destinos de la Internacional, decretando reglas sin haber convocado ningún congreso de la Internacional desde hacía dos años. La circular pedía la inmediata convocatoria de un congreso de la Internacional para que el Consejo «vuelva a sus funciones normales, que no son otras que las de un simple centro de correspondencia y estadística».

En la circular se incluía esta eficaz "summa" del anarquismo: «Hay un hecho incontestable, comprobado miles de veces por la experiencia: es el efecto corruptor producido por la autoridad sobre quienes la tienen en sus manos. Es absolutemente imposible que un hombre, que ejerce el poder sobre sus semejantes, sea un ser moral». Afirmando después: «La sociedad futura no debe ser otra cosa que la universalización de la organización que se dé la Internacional. Por lo tanto debemos ocuparnos de acercar lo más posible esta organización a nuestro ideal. ¿Cómo es posible imaginar una sociedad igualitaria y libre nacida de una organización autoritaria? Es imposible. La Internacional, embrión de la futura sociedad humana, deber ser, desde ahora, la imagen fiel de nuestros principios de libertad y federación, rechazando de su seno todo principio tendente a la autoridad».

Además de no poder reconocer, como marxistas, ningún significado a la palabra Autoridad fuera de un determinado contexto histórico, ni tampoco principios abstractos como Libertad y Federalismo, que consideramos comprensibles sólo dentro de la visión burguesa del mundo, nuestro concepto de partido como prefiguración de la sociedad comunista, como se afirma también en tesis recientes de la Izquierda Comunista, se distingue netamente del biológico y solamente cuantitativo de embrión, del que hablan los anarquistas. El anarquista – del tipo post-La Haya – es un pequeño burgués: se dibuja un comunismo reaccionario que generaliza la falta de generalidad en las mínimas esferas en las que se fragmenta su mundo, formado por la pequeña producción, el pequeño comercio, etc. Una suma de individuos aislados y asustados ante el poder estatal. Condenado al reformismo no renuncia a comenzar a hacer el comunismo a pequeña escala, ajeno al sentido del ridículo que suscita. Para el marxista, por el contrario, el partido es el órgano consciente y militante en cuyo seno deben poderse expresar los sentimientos de indignación y desprecio hacia el mundo presente así como expresar igualmente las aspiraciones a relaciones postcapitalistas entre los seres humanos. Pero nunca puede el partido, fortaleza asediada, ponerse como modelo de relaciones productivas que requieren otros espacios, tiempos y además rotura de cadenas.

«Las doctrinas anarquistas – escribíamos en 1957 en Los fundamentos del Comunismo Revolucionario – son la expresión de la tesis: el mal es el poder central; y asumen que en su desaparición está la clave de la liberación de los oprimidos. El anarquista no llega a la clase más que como concepto accesorio; él quiere liberar al individuo, al hombre, haciendo propio el programa de la revolución liberal y burguesa. Le imputa solamente el haber erigido una nueva forma de poder, sin observar que eso es la necesaria consecuencia del hecho de que no ha tenido por contenido y por fuerza motriz la liberación de la persona o del ciudadano sino la conquista del dominio de una nueva clase social sobre los medios de producción».

El Congreso de Sonvillier fue solo el inicio de la guerra declarada al Consejo General, que desde Suiza se extenderá a España, Italia, Rusia, aunque no a Londres, empleando medios bastante poco "autoritarios".

Engels responde al Congreso de Sonvillier con un artículo escrito en "Volkstaat" donde aclaraba el motivo por el cual era imposible celebrar un congreso en Europa rechazando que en la conferencia londinense se hubiesen aprobado resoluciones "autoritarias". Pero es contra el presunto "antiautoritarismo" contra quien se lanza Engels: «Una asociación obrera que ha escrito en sus banderas la lucha por la emancipación de la clase obrera, no debería tener a su cabeza un comité ejecutivo, sino una simple oficina estadística y de correspondencia (...). Precisamente ahora que debemos combatir con uñas y dientes para salvar el pellejo, el proletariado debería organizarse no en base a las exigencias de la lucha que les es impuesta cada día y cada hora, sino en base a las concepciones que algunos visionarios se hacen de una determinada sociedad futura».
 

4. Anarquismo y pequeña burguesía

En el Manifiesto Marx y Engels habían escrito, veinticinco años antes, un admirable capítulo contra el socialismo utópico, dejando caer su dura crítica sobre todo contra el así llamado socialismo pequeño burgués. A pesar de la breve experiencia de las luchas proletarias, ya en 1847 los comunistas habían clasificado a las así llamadas clases medias como un espurio conglomerado de elementos sociales, faltos de determinación histórica y sobrados solamente de bellaquería.

Si excluímos los años 1848, 1871, y el periodo 1917-23, años en los que la crisis social y factores subjetivos han llevado al proletariado sobre el terreno de la revolución, en 150 años, a través de repetidas oleadas, el socialismo pequeño burgués se ha difundido enormemente, influenciando en serie a partidos ex-socialistas y ex-marxistas. La ideología pequeño burguesa, tras la cual se esconde hoy muy frecuentemente la larga mano de la conservación gran burguesa y de los Estados, siempre ha cultivado el sueño de un retorno a un capitalismo más atrasado, donde todavía encuentre espacio la concurrencia entre pequeños productores y el libre mercado. Incluso cuando esta ideología se ha disfrazado de revolucionaria no ha dejado de esconder, bajo la apariencia de la subversión social e incluso del "terrorismo", el gradualismo, el reformismo y el antiautoritarismo genérico. El proletariado no lucha contra la autoridad del capital, lo quiere destruir.

El anarquismo en la Asociación propugnaba una organización no centralizada, federalista, en la que cada sección fuese completamente autónoma: el sentimiento revolucionario por sí solo, una vez llegado el gran día, unificaría las fuerzas en lucha. Tras la experiencia de la Commune los anarquistas sacaron la enseñanza del comunalismo, pero nosotros marxistas la del internacionalismo. La Revolución, o mejor dicho, la pandestrucción bakuninista, habría previsto inmediatamente la construcción de una libre federación de productores libres, una sociedad no muy diferente a la preconizada por Proudhon y de la que renegaron los mismos proudhonianos durante la Commune. Mientras que para nosotros la Revolución, al ser una guerra, necesita la disciplina más absoluta en la acción internacional, para los anaquistas se resolvería victoriosamente confiando en los instintos y en la práctica revolucionaria espontánea.

El marxismo es la teoría que niega el capitalismo y es por tanto la teoría del proletariado, la única clase que constituye la negación de la clase en el poder. El anarquismo por el contrario es una teoría "sin clase", se dirige indistintamente a los individuos, vacía abstracción de la que pretende ser la fiel expresión. El marxismo ve la Revolución como un acto colectivo del proletariado, históricamente inevitable, antindividualista en cuanto que es el producto necesario de irrefrenables fuerzas económicas y sociales. Para el anarquismo la Revolución es por el contrario el producto de la conciencia y de la voluntad, y no de un partido sino de individuos aislados. Se trata de un acto predominantemente intelectual: para ellos el gran problema es la superestructura, o sea el oscurantismo de la Iglesia, la Justicia violada, el Autoritarismo, etc, sin poder comprender que éstos son subproductos del modo económico de producción y de sus naturales efectos sobre la sociedad.

El anarquismo de finales del siglo XIX se había difudido predominantemente entre los trabajadores de España, Sur de Francia y en algunas regiones suizas, donde el capitalismo estaba menos maduro, pero el anarquismo-proudhonismo, en cuanto portavoz de la insatisfacción de las clases espurias y reaccionarias morirá solamente con el capitalismo.

Al igual que los proudhonianos, los anarquistas de la Alianza rechazaban la lucha económica y sindical (si bien no en todas partes) al igual que la lucha política organizada de los proletarios contra el status quo. Bakunin es muy explícito acerca del ejercicio del poder político por parte del proletariado: «Quien dice Estado, dice violencia, opresión, explotación, injusticia, erigidos como sistema y que se convierten en otras tantas condiciones fundamentales para la existencia de la sociedad (...). El que quiera, como nosotros, la instauración de la libertad, de la justicia y de la paz, el que desee el triunfo de la humanidad, el que quiera la emancipación radical y completa de las masas populares, debe querer, al igual que nosotros, la disolución de todos los Estados en la federación universal de las asociaciones productivas y libres de todos los países» (A los compañeros de la Federación de las Secciones Internacionales del Jura).

Engels responde escribiendo a Cuno con fecha 24 de enero de 1872: «Bakunin tiene una teoría particular, una mezcla de proudhonismo y comunismo; el punto esencial es que el mayor mal a eliminar no es el capital, que a través del desarrollo de la sociedad crea los contrastes de clase entre capitalistas y obreros asalariados, sino el Estado. Mientras la gran masa de los trabajadores socialdemócratas piensa con nosotros que el poder estatal no es otra cosa que la organización que las clases dominantes – latifundistas y capitalistas – se han dado para proteger sus propios privilegios sociales, Bakunin pretende que es el Estado quien crea el capital, que el capitalista posee su capital solamente gracias al Estado. La abolición del Estado, si no viene precedida de una revolución social, es un sin sentido; la supresión del capital constituye precisamente la revolución social e implica una transformación de todo el modo de producción».

En el mismo tono se dirigía Engels a Paul Lafargue con fecha 30 de diciembre de 1871: «En cuanto algo les va mal a los bakuninistas dicen:"es autoritario", y creen que de esta manera han dictado una condena eterna. Si en lugar de ser burgueses, periodistas, etc, fuesen obreros, o si hubiesen estudiado un poco los problemas económicos y las condiciones de la industria moderna, sabrían que no es posible ninguna colaboración sin imponer una voluntad externa, o sea una autoridad. Que ésta sea la voluntad de una mayoría de electores, de un comité directivo o de un individuo, siempre se tratará de una voluntad que viene impuesta a los disidentes; pero sin esta única voluntad dirigente no es posible ninguna colaboración. ¿Que sucedería si se quisiese hacer funcionar una de las grandes fábricas de Barcelona sin dirección, o sea sin autoridad? ¿O unos ferrocarriles sin que se tuviese la seguridad de que cada ingeniero, cada fogonero, etc, está en su sitio?».

Hemos intentado mostrar las líneas esenciales del pensamiento anarquista, por lo menos en la parte referente a la polémica con el marxismo. Pero en realidad el anarquismo nunca ha expresado una única y coherente teoría política. También Bakunin, según las oportunidades, se presenta en unos casos como un ultrarrevolucionario por excelencia, en otros coquetea con el marxismo, y otras veces se alinea con la ideología jacobina de la burguesía revolucionaria. Tan pronto fomenta sediciones conspirativas y terrorismo individual como aparece como legalitario. ¿Cuál de todos ellos es pues el verdadero Bakunin? Bakunin es todo este conjunto, representa la involución postmarxista del anarquismo, expresión ya sólo de estratos espurios y desclasados, sin lugar social y perspectivas históricas, incapaces por tanto de elevarse hasta la ciencia de la Política y condenados a los regateos del politiqueo.

No dudó, para atacar a Marx, en utilizar los más vulgares prejuicios antisemitas. Del antisemitismo pasó al antigermanismo, del antigermanismo a la eslavofilia. En materia de organización recurre a los métodos de la sociedad secreta con criterios de jerarquía cerrada que sí eran "autoritarios". En resumidas cuentas es el precursor de la rebeldía tardo-burguesa, tan rimbombante como impotente, que hoy apesta todo pero que no tiene nada que ver con la clase obrera.
 

5. En Italia y en Rusia

El proletariado en Italia, claramente minoritario, en los umbrales de los años 70 del siglo XIX todavía no tenía experiencia de lucha de clase. Los intentos de coaliciones obreras de los decenios precedentes eran muy primitivos respecto a la madurez de las luchas de clase en Inglaterra, Francia y Alemania. El movimiento obrero se había dejado seducir por la ideología reaccionaria de Mazzini.

Mazzini al estallar la Commune se lanzó contra los Communards. En uno de sus escritos, La Internacional, se lee: «Nuestro primer deber es separarnos abiertamente, declaradamente de las dos partes intentando que no desaparezca en Italia el sentido moral desgraciadamente perdido en Francia. ¡Pobres de nosotros si no sentimos en lo más profundo que cualquier progreso que hagamos en el futuro se halla en ese pacto! ¡Pobres de nosotros si la santa batalla entre el Bien y el Mal, entre la Justicia y la Arbitrariedad, entre la Verdad y la Mentira llevada a cabo a plena luz del cielo y ante los ojos de Dios en Europa se convierte en una guerra en las tinieblas, sin norma determinada, sin un faro que guie a los combatientes, sin otra inspiración que impulsos momentáneos y las míseras pasiones de cada individuo! (...). Debemos separarnos solemnemente de unos y otros. La Justicia y el Derecho eterno no están ni con unos ni con otros». A los principios de la Internacional sobre la abolición de las clases, Mazzini contrapone explícitamente a «Dios, la inmortalidad de la Vida, la Patria, el Deber, la ley Moral que es única y soberana, la Familia, la Propiedad, la Libertad, la Asociación». ¡Como programa revolucionario no está nada mal!

En esta fase histórica el desarrollo del proletariado tanto material como espiritual, vino acompañado en Italia de un duro debate teórico que tendrá su culminación en noviembre de 1871. Mazzini había convocado el 1ero de noviembre en Roma un congreso de las sociedades obreras, intentando de esta manera ganar terreno a la Internacional. Mientras tanto Bakunin, que se había presentado ante el proletariado italiano como uno de los principales elementos de la Internacional, dirigió entonces la oposición completándola con su propaganda acerca de la abolición del Estado y haciendo ver que este programa suyo tan personal era propio de la Internacional. Engels había escrito artículos contra Mazzini en "La Plebe" de Lodi y en "Roma del Popolo".

Mientras tanto la influencia anarquista iba creciendo: diversas secciones de la Internacional fueron creadas, convencidas del programa de la anarquía y sin tomar contacto con el Consejo General de Londres. Engels explicaba a Becker el 5 de agosto de 1872: «En toda Italia solamente tenemos una sección, Turín, de la que estamos seguros; quizás también Ferrara. Milán, desde que se fue Cuno, está completamente en manos de los bakuninistas, Nápoles siempre lo ha estado y las asociaciones obreras en Emilia, Romaña y Toscana están todas en manos de Bakunin. Está gente representa a una Internacional propia, y nunca han solicitado la admisión, ni pagado las cuotas, pero se comportan como si perteneciesen a la Internacional».

Mucho más que en Italia, en Rusia el proletariado era ultraminoritario y una acción radical de la burguesía en función antifeudal empezaba a perfilarse. A comienzos de los años 60 comenzaron las luchas de los estudiantes que, con un cierto radicalismo se prolongarán durante años teniendo como alma teórica a Chernichevski, deportado en Siberia más tarde. Como consecuencia de las duras represiones zaristas los estudiantes se refugieron en las sociedades secretas. Los menos afortunados acabaron en la que había organizado Nekaev y en la que Bakunin era su representante exterior. Aquí asistimos a una nueva transformación del personaje, esta vez como "terrorista". Señalemos que aquí aparecen anticipaciones de prácticas de lucha política burguesa y comunista degenerada que tendrán una gran aplicación en el próximo siglo: las calumnias, los complots y las acciones del terrorismo sectario estaban previstas no sólo contra las clases y las instituciones enemigas sino igualmente como uso interno contra individuos y grupos que no se sometían a la "línea".
 

6. Revolución burguesa en España

También en España la Alianza llevaba a cabo una actividad paralela en la Internacional arremetiendo contra los "internacionalistas autoritarios". La Alianza había sido fundada en España por políticos burgueses como Fanelli (miembro del parlamento italiano) y Garrido (diputado en las Cortes españolas). En poco tiempo se difundió por España, al igual que en Portugal, merced al hecho de que los internacionalistas españoles creían que la Alianza era un organismo reconocido por la Internacional y parte integrante de la misma.

El primer choque serio entre aliancistas e internacionalistas tuvo lugar en la Conferencia de Valencia en septiembre de 1871, en la que los internacionalistas propusieron, hartos de meses de intrigas mezquinas, la entrada de todo el Consejo Federal español en la Alianza, propuesta que fue rechazada tenazmente por los aliancistas ya que suponía "querer subordinar la Alianza a la Internacional". La guerra interna había estallado.

Los aliancistas no osaron tomar posición directamente en favor de las resoluciones de Sonvillier, ya que los internacionalistas, satisfechos por los resultados de la Conferencia de Londres y sabedores del verdadero papel de la Alianza, intentaron disolverla. Declararon sus intenciones de fundar en España un partido obrero autónomo atacando duramente a los republicanos burgueses, aliados de los aliancistas. Los internacionalistas del Consejo Federal no obstante fueron derrotados y sustituidos. En abril, tras el Congreso de Zaragoza, los internacionalistas, recien readmitidos, fueron nuevamente expulsados del Consejo Federal. Su respuesta fue la creación de la Nueva Federación Madrileña reconocida por el Consejo de Londres como único Consejo Federal oficial.

En España los anarquistas, mayoritarios, continuaban representando a la Internacional, mientras que la Nueva Federación Madrileña, en línea con el Consejo General, comenzaba a conquistar una eficaz influencia sobre la clase obrera. Desde 1868 en adelante España estaba siendo sacudida por la revolución burguesa, superando los residuos feudales defendidos por monárquicos y carlistas, y el partido más fuerte a comienzos de 1873, es decir tras la abdicación del rey Amadeo, será el de los burgueses intransigentes que no sólo proclamarán la República, sino que intentarán dirigirla hacia sus posiciones intentando tomar el poder, para decretar el estado federal reivindicado en su programa.

En las elecciones a Cortes los internacionalistas partidarios del Consejo General de Nueva York, vieron que había llegado el momento decisivo para tomar la iniciativa, inicialmente entrando en el Gobierno masivamente gracias a una oposición obrera favorable a ello, y llevando a cabo de esta manera la destrucción de los partidos monárquicos. Los anarquistas por el contrario, no sabiendo qué hacer, ya que entrando en el Gobierno habrían ido contra sus principios antiautoritarios, dieron a sus militantes "libertad de elección" frente a las elecciones, de tal modo que la desorganización obrera ante las elecciones determinará una sonora derrota, mientras que varios aliancistas no tendrán ningún problema de principio en ser elegidos diputados.

Pero su incapacidad política se pondrá de manifiesto en junio cuando los intransigentes burgueses se lanzarán a la insurrección en diversas ciudades. En la ciudad obrera por excelencia, Barcelona, en la que los aliancistas eran particularmente fuertes, no se invitará al proletariado a tomar las armas sino que se proclamará... una huelga general. En el análisis de Engels escrito en "Volkstaat", con el título Los bakuninistas en acción, se pondrá de manifiesto que si Barcelona hubiese participado en la insurrección, hubiese sido muy difícil la salvación del gobierno español. Allí donde los aliancistas dirigieron la insurrección, caso de Alcoy y Sanlúcar de Barrameda, no sólo asumieron el poder en la recien creada Junta Revolucionaria local, sino que además no hicieron nada para organizar a los proletarios defendiendo las ciudades ante el ataque del ejército, de tal forma que éste no tendrá el más mínimo problema en reprimir la revuelta. En otras zonas de Andalucía los anarquistas tampoco tendrán problema en alcanzar el poder en diversas ciudades, pero irán a remolque de los intransigentes. Junto a esto la propaganda del federalismo y la autonomía local en las insurrecciones decretará la derrota en pocos días de todos los levantamientos.

Comentará Engels: «Apenas se han encontrado frente a una situación revolucionaria seria, los bakuninistas se han visto obligados a desembarazarse de todo su programa tradicional. Primero sacrificaron la doctrina de la abstención política obligatoria y en particular de la abstención electoral. Después siguieron con la anarquía y la abolición del Estado; en lugar de abolir el Estado intentaron crear un gran número de estaditos pequeños nuevos. Después renunciaron al principio de que los obreros no deben participar en ninguna revolución que no tenga como fin la emancipación inmediata y completa del proletariado, y participaron en un movimiento puramente burgués y reconocido como tal. Finalmente violaron un principio que apenas habían enunciado: que la constitución de un gobierno revolucionario no es otra cosa que un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera – figurando tranquilamente en los comités gubernamentales de las ciudades, y en la mayoría de los casos formando una minoría impotente, dominada numéricamente y de la que se aprovecharon políticamente los burgueses (...). En resumen, en España los bakuninistas nos han ofrecido un insuperable ejemplo de cómo no se debe hacer una revolución».
 

7. El Congreso anarquista de Rimini

Para intentar superar el mito personal, hoy se diría "mediático", de Bakunin, que entonces estaba influenciando la Internacional, los nuestros, obligados a defender la organización, decidieron denunciar públicamente las infamias. Para cerrar definitivamente el enfrentamiento y para aclarar a las secciones la naturaleza de la polémica entre el Consejo General y los anaquistas, Marx y Engels enviaron en marzo de 1872 una circular con el título Las presuntas escisiones en la Internacional. El 5 de marzo el Consejo General había decidido por unanimidad la defensa del documento, en representación de la Internacional, dado que hasta ese momento el Consejo de Londres había preferido evitar toda polémica. «La ventaja que la reacción europea saca de los escándalos provocados por esta sociedad en un momento en el que la Internacional atraviesa la crisis más seria desde su fundación, obliga al Consejo General a exponer abiertamente la historia de estas intrigas».

La sede del V Congreso de la Internacional se eligió en los Países Bajos, en La Haya. Esto dió origen a posteriores protestas de los anarquistas, ya que tanto a españoles, como a italianos y suizos les resultaba lejano. ¿Pero cómo se podía celebrar un Congreso en otro lugar si la Internacional era ilegal en los demás países, y la policía iba pisando los talones de sus militantes por donde quiera que fuesen?

Polémicamente los anarquistas organizaron un congreso para una presunta Federación Italiana, a celebrar entre el 4 y el 6 de agosto en Rimini. El Congreso declaró oficialmente la escisión de la Internacional y la fundación de la Internacional Antiautoritaria.

Entre los anaquistas presentes en el Congreso de Rimini hay que recordar a Andrea Costa (que algunos años después se pasará al socialismo), Carlo Cafiero (ya en contacto epistolar con Engels y autor de un buen resumen de El Capital y Errico Malatesta. La mayoría de las secciones representadas eran de Emilia-Romagna y de Italia central. Los milaneses de La Plebe no se adhirieron y mantuvieron una actitud oscilante entre la Internacional oficial y la anárquica. Los españoles se limitaron a mandar un mensaje en el que se exhortaba a presentar la lucha dentro del Congreso de La Haya. Como puede observarse, realmente el Congreso de Rimini no tuvo un alcance internacional, como sucedió con el de Sonvillier.

En Rimini se decretó la constitución de una Federación Italiana con estatutos y cuotas propios pero con una clara voluntad de abrirse a Europa. En este Congreso se aceptaron los Consideranda de los Estatutos de la Internacional, pero con una traducción edulcorada y no oficial que entre otros errores incluyó la sustitución del término "clase obrera" por el más genérico de "trabajadores", que según ellos se adaptaba mejor a la "situación italiana".

Se decidió no adherirse al Congreso de La Haya organizando un contra-congreso en Neuchatel, que debía celebrarse contemporáneamente al Congreso de la Internacional. Pero a instancias de españoles, belgas y rusos, finalmente los bakuninistas aceptaron la presencia en La Haya, pero dispuestos a abandonar el Congreso en cuanto se atacasen los acuerdos de Rimini. La Federación del Jura afirmaba: «Si el Congreso no admite las bases de la Internacional arriba enunciadas (abolición del Consejo General, etc), los delegados, de acuerdo con los representantes de las Federaciones Antiautoritarias, deberán retirarse». (Mandato Imperativo de los Delegados de la Federación del Jura para el Congreso de La Haya).

La independencia definitiva del Consejo de Londres y de la Internacional se declaró a mediados de septiembre en el Congreso de Saint-Imier, donde se proclamó entre otras cosas un pacto entre las libres federaciones autónomas que habrían podido decidir autónomamente la línea política a seguir. En Saint-Imier se declaró que «la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado» y que «cualquier organización de un poder político, por mucho que se proclame provisional y revolucionario, hasta llegar a su destrucción, no puede ser más que un engaño ulterior y para el proletariado sería peligroso al igual que todos los gobiernos existentes en la actualidad».

Engels se encargó de responder a los "riministas": «Es importante constatar que de las 21 secciones, cuyos delegados han firmado esta resolución, sólo hay una (Nápoles) que pertenezca a la Internacional. Ninguna de las otras 20 secciones ha cumplido nunca alguna de las condiciones que exigen nuestros estatutos y reglamentos generales para la admisión de nuevas secciones. No existe por tanto una Federación Italiana de la Asociación de los Obreros. Corresponderá al Congreso de La Haya decidir sobre tales usurpaciones» (Llamamiento del Consejo General a las secciones italianas sobre la Conferencia de Rimini).

Tras el Congreso de La Haya la Internacional Antiautoritaria tratará de desarrollarse en Italia y de aprovechar la desaparición de la Internacional del resto de los países europeos. Los anarquistas que se declararán los sucesores históricos de la gloriosa Asociación Internacional de los Obreros, se harán notar gracias sobre todo a elementos como Bakunin, Andrea Costa, Carlo Cafiero y Errico Malatesta. En Italia contarán con 130 secciones y 25.000 adeptos diseminados sobre todo por Emilia-Romagna, Toscana y el centro de Italia. En sólo dos años una situación cada vez más desfavorable, influirá de manera notable en la organización, que asistirá a un drástico descenso del número de militantes.

La praxis de la organización se dejará a la libre iniciativa y a las improvisadas opiniones de las secciones, de tal forma que en breve tiempo se formará una organización en la que algunos lucharán a través de las luchas económicas, otros intentarán golpes de mano aventureros que pretenderán servir de ejemplo,y otros optarán por el verdadero y auténtico terrorismo individual.

Escribe L. Faenza en Marxistas y Riministas: «Ese ansia de hacer, esa fiebre de acción, que en 1874, dos años después de la Conferencia de Rimini, habían provocado el movimiento de Bolonia, que fracasó desde su nacimiento en Prati di Caprara (...) habían captado, antes de aquel movimiento, a Costa, Cafiero y Malatesta en la Baronata, y precisamente en la Baronata se fundieron en aquel fantástico proyecto que habría debido provocar un "cataclismo" en Italia y dar inicio a un nuevo orden basado en el "comunismo anárquico y libre". Partiendo de las colinas emilianas, el movimiento debería extenderse inmediatamente a Toscana y a Puglie, donde Malatesta, dispuesto a actuar, se había encontrado casi solo (...). Tras el fracaso en Bolonia, esos jóvenes, en 1877 lo volverían a intentar en el Matese: ya no se trataba de asaltos a los palacios y a las iglesias, según el grito lanzado por Costa tres años antes a las bandas que se dirigían hacia Bolonia, sino ofensiva en el campo para sublevar a las masas campesinas. En la zona impracticable y desolada del Matese (...) una exigua banda de internacionalistas, entre los que había catorce emiliano-romaños (...) encabezados por Cafiero, Malatesta y Pietro Cesare Ceccarelli, fue al encuentro de otra desastrosa derrota, intentando provocar el gran incendio tras haber destruido los archivos de algunos pueblecitos de la montaña».

A finales de los años 70 la Internacional anarquista entró en una crisis aguda. En 1879, a través de una escisión, Andrea Costa, hasta entonces personaje simbólico del anarquismo italiano, se pasará oficialmente al socialismo. En 1881 Andrea Costa fundará el Partido Socialista revolucionario de Romagna, que para Costa debía representar el núcleo inicial de un futuro partido nacional; en Lombardia surgirá la Federación Altoitaliana, sustancialmente antianarquista a la que Engels mirará con esperanza. En el Sur, donde Malatesta resistirá el avance socialista, aparecerá también el movimiento socialreformista de Benoit Malon.
 

8. Las grandes aportaciones históricas del Congreso de La Haya

Tras Ginebra, Losanna, Bruselas y Basilea, el V Congreso de la Internacional se celebró en La Haya en un clima difícil, tanto por la contrarrevolución imperante en Europa, como por los choques internos con los anaquistas. Marx comentaba a Sorge con fecha 21 de junio de 1872 que «en este congreso está en juego la vida o la muerte de la Internacional».

El Congreso se celebró del 2 al 7 de septiembre y el informe oficial del Consejo General fue redactado, como era habitual, por Marx, presente en esta ocasión en el Congreso, siendo aprobado por unanimidad. El informe abarcaba los acontecimientos de las luchas de clase de los últimos dos años y señalaba el heroismo de un proletariado que, pese a las grandes dificultades continuaba su propia lucha por la emancipación. El informe de Marx concluía del siguiente modo: «La diferencia entre una clase obrera sin Internacional y una clase obrera con una Asociación Internacional se manifiesta en los términos más significativos si miramos hacia atrás desde 1848. Fueron necesarios muchos años para que la misma clase obrera reconociese a su vanguardia en 1848. La Commune de París ha sido acogida con entusiasmo por el proletariado de todos los países».

En este histórico congreso hubo cuatro puntos destacables: 1. repudio definitivo de las tesis anarquistas; 2. confirmación de las funciones del Consejo General, es decir de la centralización; 3. necesidad de la dictadura proletaria como forma revolucionaria transitoria; 4. traslado del Consejo General de Londres a Nueva York.

Respecto a la cuestión anarquista se encargó a una comisión de investigación el examen de las pruebas que señalaban una actitud derrotista por parte de la Alianza. En la comisión figuraba también Engels. El objetivo era publicar, una vez recogido, el material que demostrase la verdadera naturaleza de la Alianza. El texto se publicó en los primeros meses de 1873 narrando todos los acontecimientos. Engels comunicaba al Congreso lo siguiente: «La Alianza por medio de su organización secreta, intenta imponer su programa sectario a toda la Internacional. El medio más eficaz para alcanzar dicho fin consiste en apoderarse de todos los Consejos Federales locales y del Consejo General, haciendo que sean elegidos miembros de la Alianza, aprovechando el poder aportado por la organización secreta. Y esto es exactamente lo que ha hecho la Alianza allí donde tenía perspectivas de éxito (...). Está claro que nadie podía reprochar a los miembros de la Alianza que hiciesen propaganda de su programa. La Internacional se compone de socialistas de diversas tonalidades. Su programa es lo suficientemente amplio con el fin de abarcarlas a todas; la secta bakuninista ha sido admitida en la Internacional en las mismas condiciones que todos los demás. Lo que se le reprocha es precisamente haber violado estas condiciones».

La cuestión no era exclusivamente disciplinaria. La Internacional, nuestro partido, como lo define Marx, dirigiendo gloriosamene el asalto al cielo de la Commune, pese a no ser marxista, demostró ser un sano organismo político de la clase confirmando también nuestra previsión de que la experiencia histórica haría reconocer al proletariado, de entre tantos partidos, el que tenía una genuina orientación comunista. Eso sucedió con el triunfo en la Internacional del marxismo. Pero esta búsqueda del camino correcto implicaba el desinterés de todos, hermanados en la batalla común. Los anarquistas traicionaron este acuerdo original rompiendo con la disciplina y con el método comunes. Hay una relación necesaria entre la maduración de la conciencia de clase y el rechazo, por parte de los anarquistas, a renunciar a las viejas ideas de secta recurriendo a métodos no comunistas. Estaba naciendo otro partido.

Resultaron fundamentales los resultados del Congreso de La Haya sobre las concepciones del partido, formando un punto de llegada, de los que saldrán todas las experiencias posteriores del movimiento, desde la Segunda a la Tercera Internacionales y a la Izquierda Comunista. En los Estatutos se insertó el siguiente artículo, gigantesco monolito que marca el vértice de ese ciclo glorioso de luchas proletarias y sobre el que se apoyarán las futuras generaciones de combatientes:

«En la lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase si no se constituye él mismo en partido político distinto, opuesto a todos los viejos partidos formados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su fin supremo: la abolición de las clases.

La coalición de las fuerzas obreras, conseguida ya a través de la lucha económica, debe servir también de palanca para esta clase, en la lucha contra el poder político de sus explotadores.

Puesto que los señores de la tierra y del capital se sirven de sus privilegios políticos para defender y perpetuar su monopolio económico y someter al trabajo, la conquista del poder político se convierte en el mayor deber del proletariado».

Ocho años de vida de la Asociación, culminados en la prueba de fuego de la Commune parisina, han demostrado experimentalmente la validez de la dirección marxista: quien no lo vio en su momento ya no podrá verlo más. Para el fin supremo, la abolición de las clases, la Revolución se despliega en sus tres frentes, Partido, Sindicato, Dictadura, siguiendo los planes interconectados del Programa, de la Economía y de la Política. Las funciones del partido y del sindicato, que hasta entonces no habían sido claramente diferenciados en la Asociación, asumen aquí contornos precisos y una definición formal, estableciendose con claridad su necesaria relación recíproca. Para el sindicato ("ya obtenido") se adopta el parangón de la palanca ("servir también de palanca"), tomado de la mecánica al igual que el término correa de transmisión de Lenin, en la lucha contra el poder político de los explotadores. La clase, guiada por un partido centralizado, utiliza sus luchas defensivas como una palanca con el objetivo manifiesto de la toma y ejercicio revolucionario del poder, en vistas a la destrucción de la estructura económica capitalista y de la abolición definitiva de las clases.

El Congreso votó la otorgación de mayores poderes al Consejo General el cual estaba obligado «a seguir las resoluciones de los congresos y a vigilar que en cada país hubiese una rígida observación de los principios, estatutos y reglamentos generales de la Internacional». En caso de indisciplina el Consejo General podía expulsar a una sección hasta que decidiese el próximo congreso. En una asamblea del 8 de septiembre en Amsterdam, Marx declaraba: «EL Congreso de La Haya ha considerado justo y necesario ampliar los poderes del Consejo General y, frente a la lucha que se prepara, centralizar todas las acciones que aisladas resultarían estériles. ¿Quién, por lo demás, podría estar preocupado por los poderes atribuidos al Consejo General, fuera de nuestros enemigos? ¿Dispone el Consejo General de una burocracia, de una policía armada que le permita imponer la obediencia? Su autoridad no es únicamente una autoridad exclusivamente moral, ¿y no es cierto quizás que subordina sus decisiones a la valoración de las federaciones que las deben llevar a cabo?».

La Commune había dado una lección de intransigencia tanto para la organización contingente como para el futuro Estado del proletariado, lecciones ya trazadas en el magnífico Llamamiento. Solamente ahora podía el proletariado plantarse ante la burguesía, en los periodos revolucionarios, en paridad de condiciones, y no sólo con una doctrina y una "visión del mundo" propias, sino también con una ciencia militar propia de la guerra revolucionaria propia e independiente, que en la Rusia de 1917 solamente fue restaurada y confirmada.
 

9. Hacia el partido de mañana

Fue inesperada para el Congreso la decisión de trasladar, a propuesta sobre todo de Engels y Marx, el Consejo General de Londres a Nueva York. De todas las resoluciones esta fue la más difícil de aprobar: tras una larga discusión solamente 30 votaron a favor, 14 votaron por Londres, 13 se abstuvieron. Los blanquistas lamentaban sobre todo que el traslado habría significado la muerte de la Internacional.

¿Por qué Marx y Engels apoyaron esta solución? La cuestión es aleccionadora.

Estaba claro que el fin de la Internacional estaba cerca de todas formas. La contrarrevolución no sólo se apoderaba de toda Europa haciendo dificilísima la situación de la Internacional, sino que el mismo proletariado tras las masacres de la Commune temía el retorno a la lucha revolucionaria.

En ocho años la Internacional había conseguido enormes progresos, marcados programáticamente en el curso que va desde el Llamamiento Inaugural hasta las resoluciones de Ginebra, Bruselas y Basilea, del Llamamiento sobre la guerra civil en Francia a las resoluciones definitivas de La Haya. Todo esto representaba un enorme patrimonio para el proletariado futuro que era necesario defender, en el ciclo desfavorable que se abría, de las maniobras anarquistas, de los posibles carreristas y del voluntarismo conspirador de los blanquistas. El programa revolucionario triunfador recien formulado tras una batalla perdida, sería recogido, cuando los tiempos fuesen propicios, no ya por una asociación de diversas ideologías revolucionarias, sino por un partido constituido desde su nacimiento sobre un cuerpo doctrinal y sobre un balance histórico único e indiscutible.

Esto no lo podían comprender los blanquistas que optaron por su escisión de la Internacional. Como eran revolucionarios voluntaristas, ellos medían la capacidad revolucionaria en un determinado periodo por la voluntad en la acción y por la energía conspiradora de un puñado de revolucionarios. «No olvidemos, afirmaron en el Congreso, que el valor de un grupo depende menos del número que de la energía de quienes lo integran (...). El proletariado debe unirse y reagruparse alrededor de la Commune revolucionaria, unidos junto a la Commune hagamos un llamamiento a la batalla y muy pronto a la victoria de la revolución social».

Los blanquistas, en el campo socialista, tal y como admitirá en 1874 Engels, no estaban muy lejos de nuestro comunismo marxista, pero su insuficiente manejo de la dialéctica histórica les llevaba a un terreno de tácticas y conclusiones políticas erróneas.

En la carta a Bebel del 20 de junio Engels habla muy claro acerca de su concepción del partido y sobre cuál debería ser la perspectiva de la Internacional: «Es necesario no dejarse desviar por las invocaciones a la "unidad". Todos los que tienen siempre en la boca esta palabra son los mayores fomentadores de la discordia, como sucede ahora con los bakuninistas suizos del Jura, los causantes de toda la escisión no hacen otra cosa que llamar a la unidad. Estos fanáticos de la unidad o bien son mentes limitadas que quieren mezclarnos a todos en una amalgama informe que sólo necesita que se deposite para reproducir las diferencias con caracteres todavía más ásperos, precisamente porque están dentro del mismo vaso (...), o bien gente que quiere falsificar, consciente o inconscientemente el movimiento. Por eso los mayores sectarios y los mayores instigadores y fulleros son, en determinados momentos, los que con mayor fuerza invocan la unidad. Con nadie hemos tenido más dificultades y choques en nuestra vida que con los fanáticos de la unidad.

Naturalmente cada grupo dirigente en un partido quiere ver resultados, y eso está bien. Pero hay circunstancias en las que es necesario tener el suficiente valor como para sacrificar el éxito momentáneo por cosas más importantes. Especialmente en un partido como el nuestro, cuya victoria final es absolutamente cierta y que se ha desarrollado de una manera colosal en el trascurso de nuestra vida y ante nuestros ojos, no hay ninguna necesidad del éxito inmediato siempre y a toda costa. Tome como ejemplo la Internacional. Tras la Commune ha conocido un éxito colosal. Hasta la burguesía, atónita, reconoce su omnipotencia. La gran masa de afiliados creía que su duración sería eterna. Pero nosotros sabemos bien que el globo tenía que explotar. Toda la gentuza se agarraba a ella. Los sectarios que estaban presentes levantaban la cabeza, intentando servirse de la Internacional con la esperanza de que se les permitiesen las mayores necedades e infamias. Nosotros no lo toleramos. Sabiendo que el globo iba a estallar, nosotros no quisimos retrasar la catástrofe y velamos para que la Internacional saliese de ese trance pura y genuina.

En La Haya explotó el globo y Usted sabe que la mayoría de los delegados volvió a casa con la desagradable sensación de la desilusión. Y sin embargo casi todos los desilusionados, que pensaban encontrar en la Internacional el ideal de la fraternidad y la reconciliación general, tenían en su propia casa conflictos aún mayores que los de La Haya. Ahora los pendencieros sectarios predican la reconciliación y nos tratan de intratables y dictadores. ¿Pero si en La Haya nos hubiesemos comportado de una manera conciliadora, si hubiésemos sofocado la escisión, cuál habría sido la consecuencia? Los sectarios, es decir los bakuninistas, habrían recibido un año de regalo para llevar a cabo en nombre de la Internacional, toda clase de memeces e infamias todavía mayores: los obreros de los países más desarrollados se habrían alejado disgustados; el globo no habría explotado, se habría desinflado lentamente, como si lo pinchasen con alfileres (...).

Ya el viejo Hegel, por otra parte, ha dicho: un partido es vencedor cuando se escinde y puede soportar la escisión. El movimiento del proletariado recorre necesariamente diversos niveles de desarrollo: en cada nivel una parte de las personas se siente atacada y no va más adelante; de esto se comprende porque la "solidaridad del proletariado", en realidad, se lleva a cabo por doquier mediante diversos partidos que combaten entre sí a vida o muerte, como sucedía con las sectas cristianas en el imperio romano en medio de las persecuciones más feroces».

¿Llegados a este punto cómo no recordar la célebre frase de Lassalle en 1852 que Lenin colocará al comienzo del ¿Qué Hacer?: «La mayor prueba de debilidad de un partido es su dispersión y la desaparición de barreras netamente definidas; depurándose, un partido se refuerza».

En septiembre de 1872 el Consejo General se trasladó a Nueva York. Entre sus miembros estará Friedrich Adolph Sorge, amigo de Marx y Engels y su corresponsal de confianza. Nueva York guió la Internacional hasta 1876, año de su disolución oficial. En realidad, y ciñéndonos a la mera crónica, no se añadió nada importante durante este periodo a la lucha de clase del proletariado.

Marx escribía lo siguiente a Kugelmann con fecha 18 de mayo de 1874: «Pese a todas las maniobras diplomáticas, una nueva guerra un peu plus tot, un peu plus tard es inevitable y, antes del final de ésta, será difícil que se den movimientos populares violentos en algún sitio, y todo lo más se darán algunos de tipo local y de poca importancia».

A pesar de los esfuerzos, el orden reinaba totalmente en Europa. El proletariado francés estaba dominado por la reacción del gobierno de Thiers, pero también en Bélgica, Holanda, Italia, Alemania y en el Imperio austro-húngaro el proletariado era derrotado por la represión policial y por la situación que tan imprevistamente se había decidido a favor de la burguesía. En Portugal, pese a la proliferación de las secciones internacionalistas, sobre todo en Lisboa, el aparato policial del estado ganaba la partida. Solamente en Inglaterra el proletariado continuaba audazmente la lucha, pero ya canalizado irreversiblemente por la dirección burguesa de las Trade Unions.

En España, no obstante, se darían verdaderas y auténticas insurrecciones, pero la dirección anarquista demostró plenamente su carácter derrotista.

Era por tanto inevitable que el Consejo General de Nueva York no pudiese actuar de modo significativo. Es indicativo señalar que cuando se organizó en septiembre de 1873 el VI Congreso de la Internacional en Ginebra, los elementos que participaron en él eran exclusivamente suizos. Nueva York no pudo hacer otra cosa qu enviar su propio informe, pero ningún delegado propio ni de otros países llegó hasta Ginebra.

Estas eran las clarísimas palabras de Marx en correspondencia con Sorge, el 27 de septiembre de 1873, preocupado por el fracaso del Congreso: «Según mi opinión, en la situación europea, es absolutamente necesario hacer pasar a segundo plano la organización formal de la Internacional durante algún tiempo y no abandonar mientras sea posible, el centro de Nueva York, con el fin de que idiotas como Perret o aventureros como Cluseret se apoderen de la dirección y lo comprometan todo. Los acontecimientos y el inevitable desarrollo e implicaciones de las cosas, serán suficientes como para hacer resurgir de manera más perfecta a la Internacional. Por el momento es suficiente con no perder el contacto con los mejores elementos en los diversos países, y no dar ningún valor a las tomas de posición locales de Ginebra».

Un año después, en septiembre de 1874, Engels diría a Sorge que «la vieja Internacional estaba ya completamente acabada». La disolución formal de la Internacional tendrá lugar en Filadelfia el 15 de julio de 1876. En el documento oficial se decía: «La Internacional ha muerto, gritará de nuevo la burguesía de todos los países, pregonando su desprecio y su alegría por las decisiones de la Conferencia, que para ella son la prueba de la derrota del movimiento internacional de los trabajadores. ¡No nos dejemos desconcertar por los gritos de nuestros enemigos! Teniendo en cuenta la situación política en Europa hemos abandonado la organización de la Internacional, pero en su lugar, vemos como sus principios son reconocidos y defendidos por los trabajadores progresistas de todo el mundo civilizado. Demos a nuestros compañeros europeos un poco de tiempo para recuperar fuerzas y reanudar las tareas en sus países y, dentro de no mucho tiempo, sin duda alguna estarán en grado de derribar todas las barreras que les separan y que les alejan de los trabajadores de otras partes del mundo».

Hay que señalar que tanto la dirección del recien fundado Workingmen’s Party of the United States, como el Consejo Federal asumieron la tarea de convocar un congreso internacional en Europa «en cuanto los acontecimientos lo permitan», de la misma manera que prometían conservar «todos los documentos del Consejo hasta la constitución de un nuevo órgano internacional».

La nueva Internacional resurgirá, quince años después, en vida de Engels, fundada exclusivamente sobre la teoría de Marx. Pero esto, como suele decirse, es otra historia, que un nuevo estudio del partido desarrollará con paciencia.
 
 

FIN
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EL HOMBRE MODERNO, PERSONIFICACIÓN DEL CAPITAL
 

Realmente es una banalidad afirmar que el hombre "es egoista", individualista y que la norma sea el "mors tua, vita mea", dicho incluso por el cura, el humanitario, etc, y aunque vaya acompañado de frases pomposas y acreditadas elucubraciones, sigue siendo una mísera constatación de algunos hechos. La extremada limitación se halla en no comprender que el hombre no tiene en absoluto una determinada existencia inmóvil privada de desarrollo, sino que, como cualquier ser vivo, está en continúa transformación.

El ser humano, más precisamente, la especie humana, para ser completamente conocida y definida debe ser considerada en un momento histórico, en una determinada época, puesta en relación con sus propias causas determinantes, con su propio origen. Se descubrirá que la esencia del hombre está en constante mutación bajo el influjo de causas materiales. En definitiva, la esencia del hombre es incomprensible fuera del cambio de su ambiente.

Pero en el análisis de este proceso nos ayudan muy poco las descripciones que el hombre da de sí mismo: al hombre, decía Marx, no se le juzga por lo que cree ser.

Todas las críticas moralistas e idealistas sobre el hombre egoista no pueden (ni quieren) explicar por qué el hombre es egoista: nada ni nadie liberará al hombre de un egoismo "consustancial" al hombre; así se expresan todos aquellos que están totalmente inmersos en el cenagal de la ideología dominante. Sobre el "nadie" estamos de acuerdo también nosotros, que nunca hemos buscado ni santos ni heroes que liberen con su genio a la humanidad; pero sobre el "nada" no.

Es curioso, sirva como inciso, que todos estos pomposos defensores de los "valores humanos" y alegrías semejantes, a la postre tengan una consideración tan baja del "ser humano". Los razonamientos, incluso de los mayores pensadores burgueses son todo menos lógicos y sensatos: al tiempo que consideran al hombre egoista en sí mismo, al mismo tiempo recitan las letanías sobre el progreso espiritual e ideal en Occidente respecto al "ser humano" de siglos anteriores, que se ha cristalizado, gracias a la voluntad y al martirio de heroes y hombres justos, en la actual estructura democrática y en sus presuntos "valores", en la sustitución finalmente de las guerras injustas por las justas, humanitarias, en la solidaridad del voluntariado y de la filantropía pseudocatólica, etc. En definitiva, también según esta poco lógica argumentación, tampoco el hombre egoista sería tan egoista como se afirma, ya que estaría en evolución hacia una sociedad burguesa que se dotaría de instituciones que frenarían su originaria naturaleza bestial, y tenderían a la realización del bien público a través de la libertad y la democracia.

En realidad el así llamado "egoismo humano" no es otra cosa que la personificación del capital y de sus leyes: no es el hombre quien posee la riqueza y la utiliza a su medida y disfrute, sino que es la riqueza, en forma capitalista, quien domina al hombre plasmándolo a su imagen. Ensalzando a un cierto tipo de hombre con sus hábitos mezquinos y canibalescos como modelo ideal de la grandeza espiritual de una época, en realidad lo que se quiere cantar son loas al Capital, a un modo de producción basado en el mercado y la competencia, humanizado y convertido en sinónimo de convivencia humana.

El individuo, que cree conocerse, en realidad sólo ve su imagen reflejo del mundo circundante. El hombre moderno, "artífice de su propia fortuna", que está convencido de ser capaz de tener voluntad propia, de elegir y de "razonar con su propia cabeza", el hombre "espiritual" de Occidente corre y se afana por pasar de la alienación material de la vida proletaria a la alienación autocomplaciente de la vida burguesa, para ser, o al menos parecer, un burgués. Una vez superados todos los mitos de valor, cultura, progreso al igual que los de patria y nación, el único Valor que se valoriza es el Capital.

La especie humana desde las épocas que dieron origen a los mitos, ha debido producir y trabajar por su propia supervivencia. Actuando así ha erigido, inconscientemente, modos de producción destinados desde su aparición, a sus necesidades y a la menor fatiga humana, pero a través de los siglos, con el crecimiento de nuevas fuerzas productivas materiales más eficaces, han entrado en crisis y se han derrumbado casi siempre por medio de la violencia revolucionaria. Antes ha actuado la revolución de las fuerzas productivas, después de las clases sociales que se identificaban finalmente con esas fuerzas. Incluso invasiones de nuevos pueblos, como las bárbaras en el Imperio Romano, que acabaron con el método improductivo del esclavismo. Cada modo de producción, al que le correspondía una clase dominante, ha erigido después su propia superestructura ideológica con un tipo de hombre a su propia imagen.

El ser humano, por ejemplo, miembro de la gens en la antigüedad era fruto de una interacción orgánica entre los hombres que vivían en una situación productiva-reproductiva comunitaria: no era concebible en esos tiempos el egoismo, la envidia, el ansia de poder, etc. Cuando no obstante aparece la propiedad privada y el comercio, sin una verdadera y propia intencionalidad, surge la necesidad del Estado como garante de una estructura social que ya no será más armónica. ¿Ha sido el hombre, egoista en sí y de por sí, quien ha querido esta situación? No. El excedente productivo – ganado y agricultura – respecto a lo poco que necesitaba la gens antigua, ha determinado la necesidad de la acumulación, de la división del trabajo, del intercambio para satisfacer mejor las necesidades humanas. El desarrollo cada vez mayor del intercambio y de la división del trabajo produjeron el privilegio de clase y la propiedad privada.

Un ejemplo de cómo la condición material determina variadamente al hombre lo tenemos en la imposible pacificación entre los indios americanos y los burgueses europeos: por una parte un pueblo fraterno y solidario, orgánico consigo mismo y con la naturaleza hostil, pero limitado por sus comunidades, y por otro bandas de matarifes individualistas, devotos del culto sanguinario al Dios-Dinero, pero obligados a abrir un nuevo continente al hombre-especie.

La conciencia del hombre está siempre por detrás. A través de toda la historia siempre ha llegado la última, al final de la fiesta. Para el hombre es impensable algo distinto a lo que le rodea. La masa de los proletarios actuales – con la exclusión de los encuadrados en el partido marxista – no pueden por tanto ser comunistas ni pueden abrazar la causa de la subversión social. Los proletarios se harán comunistas cuando las condiciones materiales les hagan ver la disolución del capitalismo y la necesidad y posibilidad de una nueva forma social. Sólo en 1789 la burguesía se hizo antiaristocrática y antimonárquica, cuando la aristocracia y la monarquía estaban ya en plena e irreversible disolución.

En el siglo XVII John Locke criticó duramente la concepción de Descartes según la cual las ideas que el hombre tiene y su concepción del mundo ya están presentes desde su nacimiento, le son innatas. Para Locke el cerebro de un niño recien nacido es una tabula rasa, limpio de prejuicios, moralidad y presuntas certezas eternas: es la experiencia quien crea al hombre. En el siglo siguiente Jean Jacques Rousseau escribiría sobre este tema en su importante obra L’Emile. «El hombre ha nacido para la sociedad – escribía en esos mismos años Diderot – separadlo, aisladlo, sus ideas se transtornarán, su carácter se alterará, mil pasiones ridículas nacerán en su corazón; los pensamientos más extravagantes germinarán en su ánimo, como las zarzas en un suelo salvaje. Dejad a un hombre en una selva, se convertirá en feroz; en un recinto cerrado, donde la idea de necesidad se añade a la de esclavitud, peor todavía. De una selva se sale, de un recinto cerrado no; en la selva se es libre, encerrado se es esclavo» (La Monja).

Este enésimo "descubrimiento del hombre", entre los siglos XVII Y XVIII, marcó una nueva conquista de la especie en su evolución. La burguesía revolucionaria de la época había parido gigantes del pensamiento que expresaron brillantemente, aunque no completamente, este descubrimiento y dieron a la teoría del conocimiento enormes contribuciones. Pero se trataba de una burguesía en pleno vigor revolucionario que estaba conquistando el mundo.

La burguesía de hoy, por el contrario, agarrada a los jirones de la ya bajísima históricamente tasa de ganancia, reniega de sí misma y de su amplio conocimiento del pasado, y apenas llega a la vieja superstición feudal por la cual el hombre es como es... y nunca podrá ser otra cosa. ¡A esto se reducen sus armas en la guerra polémica y teórica contra el Comunismo!

Al igual que todos los modos de producción históricos, el decadente Capital acaba por considerarse a sí mismo como el estado de cosas no sólo natural sino absoluto, el fin último de miles de años de desarrollo de la especie, el fin de la historia, como algún cretino se ha atrevido a teorizar. Todas las clases son víctimas de esta ceguera de la clase dominante.

En uno de sus primeros estudios, en 1844, conocidos como Elements d’économie politique de James Mill, Marx penetró a fondo sobre lo que representa el dinero para la esencia humana de nuestra época y sobre cómo el dinero está en grado de determinarla, cómo el hombre está completamente dominado por el trabajo y por el producto por el mismo producido. Por encima del trabajo y el producto está el dominador supremo, Su Majestad el Dinero, que aliena el proceso laboral y de producción. El hombre no elige y no puede encomendarse a nadie, ya que es el dinero quien le maneja en aras de su necesidad de revalorización. «En cuanto que es el mismo hombre – señala Marx – quien aliena esta actividad mediadora, solamente es activo en ella como hombre que se ha perdido a sí mismo, como hombre deshumanizado; la misma relación de las cosas, la actuación del hombre sobre ellas, se convierte en la actuación de un ente que está fuera y por encima del hombre. A través de este intermediario extraño, – mientras que el intermediario del hombre debería ser el mismo hombre – el hombre ve su voluntad, su actividad y su relación con los demás como una potencia independiente de él y de los demás. Por lo tanto su esclavitud llega al máximo. Que ahora este intermediario se convierta en el Dios real es algo evidente, de igual manera que el intermediario es el poder real de todos aquellos que influencia. Su culto se convierte en un fin en sí mismo. Separados de este intermediario los objetos pierden su valor» (OO.CC. Vol.III, pág.230).

Feuerbach descubrió que Dios era el mismo hombre alienado de sí mismo, el hombre al máximo de sus posibilidades idealistas, el hombre que ama, quiere y puede en grado máximo, solamente trasladado a un mundo de fantasía. Lo que la religión ha representado en estos términos, hoy lo representa el Dinero. «Cristo es el Dios alienado y el hombre alienado. Dios tiene ya valor solamente en cuanto que representa a Cristo, y el hombre tiene valor en cuanto representa a Cristo. Lo mismo puede decirse del Dinero» (pág.231).

El hombre se ha convertido en Dinero, equivale a Dinero, es equiparable a otro hombre por medio del Dinero; el Dinero a su vez se ha convertido en hombre. En el comercio, como sucede en los animales de la granja de Orwell para quienes al final era difícil ver las diferencias entre hombres y cerdos (en cuanto esencias espirituales eran lo mismo), es difícil comprender la diferencia que existe entre un comprador y su dinero: el vendedor estima, considera y ama por su dinero al hombre que se halla frente a él, es por eso por lo que se halla en esa situación. El amor y la relación entre seres humanos quedan sometidos a la ley del valor y a sus lógicas y necesarias consecuencias. «Haceos anunciar por el dinero y las puertas se derrumbarán» hace decir Shakespeare a su personaje el burgués Ford, y responde Falstaff: «El dinero, señor mio, es un gran embajador, y siempre lo será» (Las alegres comadres de Windsor).

Los miserables portavoces de la moderna sociedad dicen que hoy el dinero estaría "superado" por el crédito, con el bancomat incluso en los bolsillos de los proletarios, y el hombre se habría liberado finalmente del dinero. También se ocupó de esto Marx en aquel lejano 1844: «En el crédito, cuya expresión más completa es la banca, parece que el poder de la potencia material y ajena esté despedazado, que la relación de autoalienación se haya suprimido y el hombre se halle de nuevo en relaciones humanas con el hombre (...). Esta supresión del extrañamiento, este retorno del hombre a sí mismo y por tanto a otro hombre sólo es apariencia; y es tanto más una autoextrañación, una deshumanización más infame y extrema en cuanto que su elemento ya no es la mercancía, el metal, el papel sino la existencia moral, la existencia social, la misma interioridad del corazón humano; y respecto a los restos de la confianza del hombre hacia el hombre, el crédito es la máxima desconfianza y el perfecto extrañamiento (...). Con el crédito un hombre reconoce a otro anticipándole unos valores y (...), acuerda con su semejante una confianza que consiste en no considerarle un bribón, sino un "buen hombre". Todo aquel que otorga su confianza a alguien, le considera un "buen hombre" si está en disposición de pagar, como le sucedía a Shylock»

Actualmente el crédito representa casi siempre el mismo dinero y el crédito correspondiente, en la práctica el crédito se ha convertido en «el dinero mismo elevado a una forma completamente ideal», o como está de moda decir hoy, "virtual". «El medio de cambio – escribía Marx hablando de "New Economy" – se ha trasladado y transferido, desde su figura material, al hombre, pero sólo porque el mismo hombre, separado de sí mismo, se ha convertido también él en una figura material. Ya no es el dinero quien es superado por el hombre en la relación crediticia, sino que es el mismo hombre quien es transformado en dinero, o dicho de otra forma es el dinero el que se ha incorporado en él. La individualidad humana, la moral humana se ha convertido ya sea en un artículo de comercio o bien en un material en el que existe el dinero. Nada de moneda o papel, pues mi propia existencia personal, mi carne y mi sangre, mi virtud y mi valor sociales son la materia, el cuerpo del espíritu del dinero. El crédito extrae el valor del dinero no del mismo dinero, sino de la carne humana y del corazón humano. Llegados a este punto todos los progresos y las incoherencias existentes dentro de un sistema falso representan el máximo retroceso y la máxima coherencia de la infamia.
A causa de esta existencia completamente ideal del dinero, la falsificación no puede ser llevada cabo por el hombre sobre ninguna otra materia que no sea su propia persona, él mismo debe hacer de sí mismo una moneda falsa, debe sonsacar mediante engaños el crédito, debe mentir, etc, y esta relación de crédito – tanto por parte de quien da su confianza como de quien la necesita – se convierte en objeto de comercio, objeto de engaño y abuso recíproco. Aquí se demuestra de manera excelente como la desconfianza es la base de esta confianza económica; reflexionar con sospechas acerca de si el crédito debe o no debe acordarse; explicar los secretos de la vida privada, etc, de quien pide el crédito; desvelar dificultades momentáneas para eliminar a un rival anulándole de manera imprevista su crédito, etc».

Siguiendo en este estudio sobre James Mill, tras examinar la esencia del intercambio de productos, Marx vuelve a analizar cómo el intercambio y el mercado alienan al comprador y al vendedor. En primer lugar «cada uno de nosotros solamente ve en su producto su propio egoismo objetivado», y en el producto ajeno «otro egoismo objetual extraño e independiente del propio». El hecho de que tu necesites el producto del otro hace que te hagas esclavo de ese producto y no basta tu simple voluntad para conseguirlo. Tu esencia está en la necesidad de esa mercancía, de la cual no puedes o no quieres prescindir, por lo tanto tu esencia humana no es dependiente de tu voluntad, sino de esa mercancía que te domina y hace que te arrastres a sus pies. El que tu seas un hombre está completamente vinculado al poseedor de esa mercancía. El otro ha producido la mercancía para ti, pero no para dártela gratis, el otro quiere algo de lo que tu necesitas, ¡quiere robarte! «La intención de robar y de engañar está inevitablemente al acecho, y siendo el nuestro un intercambio egoista, tanto de tu parte como de la mia, y tratando cada egoismo de dominar al contrario, la consecuencia necesaria es que busquemos la manera de engañarnos (...). Si la fuerza física es suficiente entonces te robaré directamente. Si el reino de la fuerza física decae, entonces intentaremos engañarnos mutuamente, y el más hábil liará al otro.
Nuestro propio producto se ha levantado sobre sus patas traseras contra nosotros; parecía nuestra propiedad, pero en realidad somos nosotros propiedad suya (...). El único lenguaje comprensible que hablamos entre nosotros es el de nuestros objetos en relación entre ellos. Un lenguaje humano no lo comprenderemos, no tendría ningún efecto; por una parte se vería como una humillación, y nos avergonzaríamos de él, nos sentiríamos degradados, mientras que por otra parte sería interpretado y rechazado como una impudicia o una bobada. Estamos alienados recíprocamente de tal manera de la esencia humana, que el lenguaje inmediato de esta esencia nos parece una violación de la dignidad humana, mientras que el lenguaje alienado de nuestros valores en las cosas nos parece la dignidad humana, justificada, confiada en sí misma, que se reconoce a sí misma».

Mientras que en la Edad Media la condición de burgués era considerada como propia de bribones y tiranos, ahora por el contrario cuando un individuo no está en grado de entrar a formar parte de los engranajes de ganar dinero, de la explotación laboral, etc, se le considera un fracasado, un degenerado, una nulidad.

El bluff de esta convención social ve cómo aumenta sin cesar la masa de los perdedores. La mayor parte de la población humana vive en un estado de grave expoliación, y para ellos el dogma de la Libertad, protectora del Comercio, no significa nada. Ochocientos millones de personas en el mundo pasan hambre, dos mil millones están en una situación de pobreza extrema. En Sudamérica, en el este europeo, en China y en el resto de Asia, hombre, mujeres y niños trabajan en las condiciones del capitalismo inglés del siglo XIX, y su vida no es otra cosa que ser masacrados en las fábricas, dormir poco y comer menos. Las hipócritas burguesías occidentales agitan la bandera de los derechos humanos y de la democracia, cuando sus fábricas repartidas por el resto del mundo masacran diariamente a seres humanos que no están en grado de responder con la fuerza a una esclavitud de este tipo. Los historiadores burgueses a menudo han hecho un buen trabajo describiendo las atrocidades de la esclavitud en Roma o las de la servidumbre de los "siglos oscuros" del Medievo, y sin embargo no ven que la esclavitud asalariada propia del capitalismo es muchísimo más inhumana.

¡Hay que ver lo que cuenta el ser humano para el Capital! Miles de personas abandonan cada día sus países para buscar algo de comer y enviarselo a sus familiares. Pero en Occidente encuentran una esclavitud que no es mejor. La patronal italiana cuantifica las ganancias relativas a la trata de asiáticos y magrebies, según las necesidades de la maquinaria productiva, mientras que el Estado decreta una ley para poner fuera de la ley a todos los inmigrantes que entran en Italia. Viven en las condiciones más abyectas cuando no en novísimos, funcionales y democráticos campos de concentración. Mientras tanto el proletariado occidental dobla la cabeza ante el patrón y su cerebro ante la televisión.

De la misma manera que el mejor hombre injusto es aquel que no sólo es injusto, sino que sabe fingir ser justo, la mejor alienación y esclavitud es la de creer ser libres, creer que nuestra "persona" es libre, mientras que realmente no es nada. Una de las lecciones más importantes que la burguesía ha aprendido durante su experiencia histórica, es la de hacer creer al hombre que es un ciudadano libre, que es de él de quien emana el Estado, expresión de su voluntad. En Rusia la mentira según la cual era el proletariado quien gobernaba el Estado capitalista se ha mantenido, desde Stalin hasta Gorbachov.

Pero no será siempre así. El estado de ánimo de la clase proletaria varía según su condición material. De la misma forma varía la fuerza económica y politica de la burguesía, sometida periódicamente a las crisis catastróficas. Un proletariado distinto del actual volverá a defenderse y a atacar. El derrotado ejército mundial del proletariado posee ya un potencial social para una radical lucha de clase: nosotros esperamos la sublevación obrera, simultánea y solidaria en los países de viejo y nuevo industrialismo. Ante el movimiento de un inmenso proletariado, dirigido por el partido de la Revolución, el Gigante-Capital caerá bajo los golpes de esa clase que él mismo ha creado y educado y que hasta ayer trabajó en su beneficio. Sólo entonces se podrá ver un nuevo "ser humano". «La disolución de la humanidad en una masa de átomos aislados, que se rechazan mutuamente, constituye en sí la aniquilación de todos los intereses corporativos, nacionales y particulares y el último estadio necesario hacia la libre autounificación de la humanidad. La realización de la alienación bajo el dominio del dinero es un paso inevitable, para que el hombre vuelva a sí mismo como parece que está en vísperas de hacer» (F. Engels. La situación de la clase obrera en Inglaterra. O.C, vol.III, pag.516).

La necesidad objetiva e irreversible del Comunismo se materializará antes que nada en un partido de clase que la reconoce y la quiere, por tanto en un Estado político cuya misión será la represión de las fuerzas residuales y fuera de control del Capital mundial. La inmediata superación dictatorial de la forma dinero y de la forma salarial del trabajo, la racionalidad en la producción como sustituto de la precedente anarquía del mercado, la obligación de trabajar para todos, irán liberando progresivamente la manifestación del hombre nuevo.

Una vez transcurrido el periodo de transición, el Estado proletario, el último de la historia, una vez realizada su propia misión histórica, la abolición de las clases, a medida que se vaya afirmando una sociedad armónica y universal, se irá vaciando de contenido para dejar paso al engranaje económico del Comunismo, que será aceptado y funcionará "espontáneamente" o sea sin constricción como sucedía en las antiguas gens. Entonces serán sólo un recuerdo y materia de estudio histórico las relaciones egoístas e individualistas del homo capitalisticus.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



LA «EMANCIPACIÓN DEL TRABAJO»

Reunión de Génova y de Turín, mayo y octubre de 1999
 
 

El trabajo: expresión humana fundamental

Frente al sarcástico lema que presidía la entrada al Lager de Auschwitz "Arbeit macht frei", que sintéticamente expresa el alma del Capital, el materialismo histórico sostiene radicalmente, y trabaja, por la afirmación del trabajo, por su expresión desplegada e integrada a nivel social. Históricamente, la Izquierda lo ha subrayado repetidamente, la versión más nefasta de la dominación capitalista ha asumido los caracteres primero del nacional-socialismo, y después del nacional-comunismo. Y no por eso se han abandonado los ejes del libre mercado y de los formalismos liberales: la lección social que sale de la IIª guerra mundial es la victoria del modelo social fascista y nacional-comunista.

El instinto de los dominadores en las sociedades de clase, por encima de todas las distinciones, se fija en la dominación del trabajo a partir, no por casualidad, del más humilde, como es el de la producción material en cada época. Las sociedades de clase tienen esta permanente necesidad e interés por sojuzgar el trabajo vivo, hoy capital variable, porque por su misma definición es creativo, y en cualquier medida incontrolable (como le podía parecer al nacionalsocialismo el elemento móvil identificado, con razón o sin ella, en el hebraismo). Es inevitable que la reacción capitalista encuentre en la ideología del nazismo su expresión más consecuente en cuanto que su pendant, el trabajo del hombre vestido como proletario, es rebelde a cualquier dominación, incluso cuando da la impresión y cree que no tiene amparo.

El análisis que hace Marx en El Capital consiste precisamente en esto: a pesar de todos los aparatos de fuerza y de consenso, el trabajo proletario tiende a su emancipación y a unificarse en la sociedad humana de especie. No sólo y dialécticamente: cuanto más parece bajo control el trabajo proletario, tanto más, por su intrínseca vitalidad como elemento portador de la vida social, tiende a organizarse para escapar de las trabas que le pone el Capital. Esto hay que señalarlo sobre todo cuando los procesos históricos reales vienen interpretados por el Capital dominante como definitivamente cerrados.
 

Dónde se reencuentra la comunidad de especie

Quien crea (y actualmente muchos, ¡demasiados!, pese a la presunta caida del "comunismo" se muestran dispuestos a admitirlo) que El Capital de Marx es un análisis del modo de producción capitalista necesario para la comprensión del mismo, y no solamente un método y una "filosofía", sabe lo que hace. Nuestra versión va más allá: lo que anima ese análisis científico es la fe, la convicción de que el trabajo, en todas las sociedades de clase es el motor que las justifica. Unir en un único arco al hombre con el mazo y al proletario de la sociedad moderna no significa simplemente reconocer en ellos una "humanidad común" de tipo abstracto, incluso su "racionalidad", como ha pretendido hasta hoy la ideología burguesa, o su "alma", como han hecho las concepciones filosófico-religiosas, que han justificado el modo de vida feudal y el esclavista, sino una comunidad más concreta, más práctica: el trabajo.

Si no fuese así no se explicaría de qué se ha apropiado el Capital en relación al señor feudal. Le ha expropiado la Tierra, se dice. Pero Tierra, en sentido social productivo, significa todo el aparato que comprende principalmente el trabajo servil que sostenía el orden feudal. Con anterioridad el señor feudal había heredado el trabajo de esclavos, hasta su desaparición. El materialismo histórico cuando reconstruye los modos de producción tiene siempre presente el trabajo en carne y hueso y nunca, como se defiende contrariamente, las categorías económicas, en abstracto. Esto explica, según nuestra lectura, que el corazón y los nervios de El Capital habrían sido poca cosa si sólo hubiesen sido la aportación del "genio" de Marx al método de comprensión de la Economía como ciencia pura. Esto explica porqué el autor alterna invectivas sanguinarias y violentas a la más sofisticada dialéctica de tipo formal.
 

La condena de Adán

Con la fórmula "emancipación del trabajo" el socialismo originario se refería a la condición de los trabajadores "explotados" por el Capital, a quienes prometía "liberación" y victoria. "Liberar al hombre" del trabajo alienado del modo de producción capitalista significa para el Comunismo, el triunfo del trabajo de especie, pero una vez eliminados los perversos mecanismos que lo impiden, no limitándose a proclamaciones retóricas o enunciaciones de principio.

Más de una corriente ideal en el curso de la historia ha intentado dar cuerpo a una "teoría del trabajo", que explicase sus razones, límites y posibilidades, hasta llegar a la paradójica y nefasta fórmula del nacional-socialismo. No es tampoco el caso de señalar, ni de rechazar, las asimilaciones corrientes entre nacional-socialismo y presunto "comunismo", entre los campos de exterminio alemanes y los gulags estalinistas, no siendo éstos más que el producto de los trágicos equívocos determinados por la contrarrevolución burguesa que daba la vuelta al sentido del estallido revolucionario de Octubre de 1917. Si hay una corriente que no se ha limitado a analizar la cuestión, sino a pagar las consecuencias en sus propias carnes, no desde fuera sino desde dentro, es la Izquierda; pero para nosotros no es una ocasión para lamentarnos, sino más bien para continuar una tarea sin la que el trabajo está destinado a continuar siendo víctima, y no expresión feliz de la vida humana.

Las creencias expresadas por las más antiguas sociedades de clase y hasta hoy, se apoyan todas ellas en una interpretación del trabajo de tipo pesimista, debida a una tabes con un origen diversamente justificado. El hombre, según esta visión, no puede hacer otra cosa más que sufrir las "penas" del trabajo, entendido como la "expiación" de una "caida" y de la "culpa" que se originó de ella en los orígenes. Si el trabajo es por su naturaleza un castigo, a los verdaderos trabajadores, aquellos que pagan el precio más alto en la organización de la vida social, no les queda otro remedio que someterse y resignarse.

Realmente, sobre este tema tampoco se ha profundizado suficiente. Tanto la investigación antropológica como una efectiva lectura de los textos antiguos, por el contrario, nos dan noticias del recuerdo de una condición humana diversa, que se manifestaba en la antigüedad bajo la forma de la "edad de oro", de "paraiso terrestre". Puesto que, tal y como el marxismo ha aclarado ampliamente, y nosotros hemos remachado en infinidad de análisis y trabajos, nuestro método científico no se contenta con negar las verdades dogmáticas y los mitos, sino que pretende explicar sus orígenes e intrínsecas motivaciones, somos de la opinión de que un núcleo de verdades se esconde en todas estas historias, y no se trata solamente de fábulas aptas para mentes arcaicas y poco "científicas".

La edad del oro, en nuestra versión, no alude tanto a épocas cubiertas del metal precioso (aunque esto también aparezca) sino a una condición de vida social orgánica que identificamos con el comunismo "vulgar y primitivo". No se trataba de un país de Jauja, como pueden imaginarlo los farsantes de nuestra miserable época, sino realmente de un ordenamiento humano mucho más perfecto que la actual atomización basada en el aislamiento, en el aplastamiento de los más indefensos dentro de la escala social.

En el "paraiso terrestre" encontramos al hombre cazador y recolector, en un periodo en el que como dice la Biblia, "la tierra era de todos", dada en usufructo por Dios no a cada individuo, sino a la especie humana, cuyo progenitor estaba compuesto de "tierra/fango" (Adam=creta). No se trata por tanto de "sueños", sino de realidades efectivas, reconocidas por las ciencias del hombre antiguo e incluso por la teología más elaborada. Y un aspecto en absoluto secundario es que sus autores se cuidan mucho de extraer de todo ello las consecuencias más elementales y coherentes, que coinciden con la necesidad del comunismo como único modo de vida social digno y capaz de restablecer, se entiende en sentido histórico/dialéctico, una sociedad orgánica de especie.

El mismo Freud, que nunca ha tenido nada que ver con el comunismo y el marxismo, en los comienzos de sus investigaciones sobre las "neurosis" tuvo la idea de recurrir a la Edad de Oro para explicar mejor la aparición entre la especie humana de la enfermedad psico/física y el "malestar en la cultura", como se titula una de sus obras; pero pronto se dió cuenta que habría sido más "productivo" un programa menos ambicioso que se concentrase en las "causas más circunstanciales y positivas", interviniendo "sobre el individuo", para influenciar, indirectamente a la sociedad. Por el contrario nosotros nunca hemos abandonado ese esquema demasiado ambicioso, sin que con esto ignoremos lo "concreto" de la condición humana determinada por la sociedades de clase.

Si la utopía comunista consiste en querer "emancipar" no tanto al hombre abstracto, sino a la humanidad concreta, entonces es cierto que un cierto ribete utópico permanece en nuestro "socialismo científico". Mejor dicho: no vemos ninguna contradicción entre el estudio de los orígenes y el de los fines, y estamos convencidos de que cuanto más se aclaren las tinieblas del pasado tanto más claro será el horizonte futuro. Si el burgués Freud señaló la "neurosis" como algo susceptible de "mejora", nosotros estamos convencidos de que la cura de la alienación del trabajo será capaz de curar al hombre, restituyéndolo a la tierra, que es de todos, y a un tipo de organización social en la cual el trabajo ya no sea un castigo sino una forma propia de expresión humana.
 

Tierra - Capital - Trabajo

Para hacer esto es necesario liberarse de los "absolutos" de los que son víctimas no solo las corrientes reaccionarias sino también las "democráticas", que reconocen y reivindican su origen en el liberalismo, el cual creía en su tiempo que liberaría al hombre de los fantasmas del dogmatismo y del fanatismo.

Toda forma de liberalismo, en su tentativa de justificar los principios sobre los que se funda el trabajo humano, parte de una base doctrinaria según la cual los factores de la producción, "naturales y eternos", son el trío Tierra-Capital-Trabajo, una Trinidad que constituye la mundanización en clave económica de la teológica Dios-Padre, Hijo, Espíritu. El vínculo entre estos tres factores es concebido como ab eterno, insuperable, incluso si se admite sujeto a los "altibajos" de las relaciones recíprocas. No por casualidad, por ejemplo, Oriente y Occidente han luchado tanto, siendo de origen occidental la fórmula "El Espíritu procede del Padre y del Hijo, mientras que para Oriente "El Espíritu procede sólo del Padre", en la clásica diatriba del filioque. ¿El Trabajo "procede" de la Tierra o de la Tierra y el Capital?

Hay que agradecer realmente la vulgar y mercantil fórmula inglesa según la cual Tierra, Capital y Trabajo son una "unidad mística", cuyos intercambios recíprocos deberían garantizar la eternidad del Dios Capital.

¿Pero están realmente seguros de eso? Nosotros por el contrario estamos convencidos de que los factores de la producción, volverán a ser dos, como en sus orígenes, Tierra y Trabajo. El "demiurgo Capital", el tercero en discordia, ha sido sometido por nuestra tradición teórica a un análisis que ve su desarrollo partiendo de la acumulación primitiva hasta su afirmación como independiente y soberano, hasta que llega su declive y su muerte. En este vínculo dialéctico el Capital no es caracterizado como Mal absoluto, sino como producto de la historia, y como tal destinado a perecer.

Cuando la Tierra existía como usufructo para toda la especie humana, no tenía razón de ser la intermediación del factor Capital: el Trabajo social se aplicaba directamente a la Tierra, tanto en las actividades que hoy llamamos agrarias como en las primeras formas de extracción de minerales útiles para la industria, para la construcción de utensilios diversos.
 

El Trabajo antes que el Salario

Pero la pretensión de eternidad del Capital y de sus defensores adolece de una premisa creible; el Capital ostenta su autosuficiencia, pero no sabe dar una explicación creible de su origen histórico.

En la trinidad de la producción, Tierra-Capital-Trabajo, se cree que la "justicia" consiste en el clásico unicuique suum, o sea a cada uno lo suyo: y esto tanto para la Tierra como para el Capital y como para el Trabajo, no planteándose esta abstracta y antihistórica hipóstasis, cómo ha podido suceder que el Trabajo haya sido sometido y bajo qué condiciones. Según la teoría del "contrato", que pretende ser símbolo y práctica de encuentro "entre voluntades iguales y libres", el Trabajo aceptaría servir al Capital, tras llegar a un acuerdo con la Tierra.

No hay ningún capitalista que contrate a un obrero y le anticipe el salario. La ciencia del Capital no aclara quién debe anticipar los medios de subsistencia a la clase de los asalariados, que por definición carecen de cualquier reserva, no aclara como el Trabajo presta sus servicios careciendo de medios necesarios para vivir. Teóricamente el asalariado debe "mantener la respiración", prestando el trabajo durante el tiempo necesario para justificar la merced que se le concede solemente después, tras ir a parar al Capital la parte que le corresponde en el proceso de acumulación. Este eslabón perdido (...según una afortunada expresión el eslabón perdido entre el hombre y el mono es... la Humanidad) que espera su descubrimiento es el Trabajo.

De esta manera, la reivindicación de "practicidad" contra la teoría abstracta, por parte de la economía burguesa, se derrumba estrepitosamente. En nuestra visión de las cosas, de la misma forma que el Capital en su momento ha arrancado la Tierra al feudatario, expropiando los instrumentos de producción necesarios para su fundación como modo de producción, de igual manera se apropia de la fuerza de trabajo, obligando al proletariado a sacrificarse ante su ídolo, pero no acepta pagar la merced salvo cuando la mercancía entra en el círculo de la distribución.
 

Trabajo - Revolución - Partido

La carga eversiva de la resistencia obrera ante los efectos de la presión capitalista fue percibida inmediatamente por la burguesía en el poder. Esto justifica la razón por la cual las primeras asociaciones obreras fueron prohibidas por ley (ver la Ley Le Chapelier de 1791 en Francia), y solamente en determinadas circunstancias históricas las organizaciones de trabajadores fueron legalizadas, primero en Inglaterra y después en Francia. Si bien en la fase ultraimperialista del Capital la tendencia es la de incorporar a las fuerzas obreras dentro del aparato estatal, no se trata de un retorno a los orígenes sino, dialécticamente, se debe a la percepción por parte del sistema estatal burgués de las potenciales fuerzas clasistas organizadas que siguen siendo un factor subversivo.

Es necesario contar con todo esto para explicar cómo la fuerza obrera en sus orígenes era un bloque de resistencia económica y de carga política. Entre hechos y palabras no hay contradicciones. La experiencia de la lucha de clase enseña que no es posible derrocar el aparato social capitalista sin plantearse el problema político del Estado y de la lucha en todos los frentes. Sólo las corrientes revolucionarias, pese a sus errores de perspectiva y faltas de sistemación teórica, no han perdido nunca de vista el nexo entre hechos y palabras, o teoría. Si no fuese así se habría perdido la posibilidad de abolir el modo de producción capitalista, que no por casualidad ha sido justificado siempre como el único posible por las corrientes economicistas y revisionistas pasadas a la parte contraria con armas y bagajes.

Inevitablemente la sistematización de las experiencias obreras en teoría revolucionaria no ha sido indolora: para hacerlo era necesario que naciera el Partido, que tuviese claro el principio por el cual "el sentido del universo capitalista no podía ser visto más que desde el exterior". La pretensión de que la sistematización teórica viniese por vía externa y por capacidad de elaboración propia del mundo obrero continúa siendo motivo de total desacuerdo entre las fuerzas que pretenden actuar con vista a la abolición del Capital.
 

Impotencia de las Terceras Vías

El Capital es un "demiurgo" que ha entrado en acción en una fecha relativamente reciente y a una escala social considerable y preponderante. La fórmula clásica de la reproducción simple M-D-M, que se aplicaba a producciones a escala constante, indica que la mediación del dinero en relación a la mercancía no comporta un modo de producción que finaliza en la realización de un surplus M’, que condicione cualquier forma de vida productiva. Esto prueba la historicidad de la función del dinero, y en particular del dinero actual, signo y símbolo del Beneficio.

Nuestra "mística del Trabajo", en cuanto que es dialéctica, no puede aceptar una ruptura mecánica de las relaciones entre Tierra, Capital y Trabajo fuera de los términos de las Formas de producción, determinadas por contradicciones y luchas cuya aspereza todavía debe soportar la sociedad humana.

En el punto máximo del desarrollo capitalista la Mística de la "Civilización del Trabajo", enunciada por los teóricos del Capital (ver las elaboraciones que hoy son tenidas muy en cuenta por gente del tipo de Gentile, Ugo Spirito y otros corporativistas democráticos camuflados) parte de la presuposición de que las contradicciones internas del capitalismo son curables y recomponibles. Se trata de la fantasmagórica "tercera vía" de desarrollo, que permitiría la "supresión" del capitalismo de manera indolora y útil para todas las clases. Hoy, superado el "Estado ético", creen que se puede llevar a cabo la "tercera vía" con la "concertación", la realización de "compatibilidades" que no ataquen el crecimiento de la ganancia media. Pero todas las "terceras vias" intentadas hasta ahora, comenzando por la clásica fascista, está destinada a estrellarse en los escollos de la caida tendencial de la tasa de ganancia.

Los compromisos históricos entre Capital y Trabajo (ya no se habla de la Tierra, prostituida por el demiurgo) acaban ruinosamente porque solamente cuando hay jugosas migajas para repartir (Estado social o welfare) el proletariado acaba en manos de sus falsas organizaciones, mientras que cuando se desmoronan los imperios coloniales caen pocos restos del banquete, y entonces se presenta la amenaza de la "subversión" roja...., y eso que dicen que el comunismo ha muerto.

¿Por qué entonces, sugiere un Solón de la fuerza del sociólogo Sir Dahrendorf, no se reconoce que no existe ninguna "tercera vía" sino una infinidad de soluciones, un pluralismo de opciones válidas para cada Estado o área? «La tercera vía es una expresión horrible, y sólo puede ser utilizada por quienes no tienen mucho sentido de la historia». En el curso de su análisis el personaje hace notar que no existen "recetas" idénticas para situaciones con crisis distintas, ni un "monetarismo" salvaje como el que tuvo necesidad de Pinochet para salvar a Chile del... "comunismo", ni las confusiones del laborismo histórico que pregona Mr. Blair. O sea, cada cual que adopte la receta que le dé la gana, porque pese a que no es fácil, funciona. «Me vienen a la mente una docena de diversos sistemas institucionales para conseguir el mismo objetivo».

El objetivo, como hemos podido comprender, es conjurar el retorno inevitable de la lucha proletaria frente a la crisis imparable del capitalismo como modo de producción, que nunca podrá poner de acuerdo definitivamente al Trabajo y al Capital. La "democracia" es una palabra-maleta que puede contener todos los ingredientes y todas las variantes para reprimir la tendencia a la polarización de las fuerzas que históricamente llevan al comunismo. Y entre estas variantes está la "democracia fuerte" a la que aspiran todos los regímenes que se disputan la supremacía en las diversas áreas.

Pero el denominador común de las diversas vías a las que alude Dahrendorf está formado por la necesidad de hacer frente a la tendencia histórica del trabajo vivo, del capital variable, a organizarse en clase e inevitablemente en Estado que no conoce naciones ni patrias, y que aspira a la realización de la sociedad de especie. El vínculo que tiene unido el subsuelo económico de toda sociedad humana con su estructuración en jerarquía política, choca con esta contradicción: por una parte la clase dominante que detenta los medios de producción y de intercambio no puede aceptar que se deje que el trabajo proletario siga su dinámica, y por otra busca integrarlo dentro de su propio poder, limando sus conatos eversivos.

Este siglo, mucho y más que el precedente, ha estallado en conflictos letales a causa de esta contradicción que la aparente pacificación "democrática" no ha sabido desactivar de una vez por todas. El mérito histórico y científico del marxismo estriba en esto, en haber descrito la naturaleza del Trabajo sometido al Capital, y en haber determinado en su opresión la clave de su fuerza, que tiende a liberarse para reconciliar a la Tierra con el Trabajo, haciendo saltar al "demiurgo" Capital, incapaz de mediaciones ulteriores, tras haber tenido el mérito histórico de determinar las condiciones sociales que empujan hacia el Comunismo.

Al igual que en su tiempo Machiavelli tuvo que reivindicar que el realismo de su ciencia política no podía exorcizarse con prédicas y admoniciones edificantes, de la misma manera el materialismo histórico que tiende a ser quemado incluso en efigie, allí donde se difunde y desarrolla su función, examina fuerzas materiales que no pueden ser exorcizadas con los ritos de la "democracia" y de los acuerdos momentáneos.

La emancipación del Trabajo, que en el siglo XIX todavía podía parecer una especie de predicación y de moción de los afectos, ha asumido en el siglo XX la dimensión de una guerra ciclópica, que ninguna reorganización entre las potencias imperialistas puede evitar de manera definitiva. Nuestra tradición, incluso sin ironizar acerca del valor de las invocaciones del movimiento obrero en sus generosos comienzos, que responden al nombre de "emancipación de la clase obrera", "liberación de las cadenas de Prometeo encadenado" y demás, siguiendo el análisis del Capital llevado a cabo por Marx es consciente de que no será la fraseología revolucionaria, como indicaba Lenin, la que lleve al proletariado al poder para abolir la "explotación" junto a las clases sociales.

Si al corazón ardiente del movimiento obrero recien nacido no le hubiese seguido la capacidad de valorar la historia en su conjunto con lucidez y vigor dialéctico, no se habría dado el asalto al cielo no sólo en la Commune de París, sino y mucho menos en Octubre de 1917. Por eso nuestras tesis condenan el "falso recurso" del activismo y del voluntarismo, hasta el punto de sufrir la acusación de "determinismo", que no rechazamos si lo que significa es el reconocimiento de un "vínculo unido a si mismo con las cosas ligadas" (para decirlo con Hegel), un vínculo que por el contrario tiende a ser diluido, cuando no negado explicitamente por las corrientes contingentistas y existencialistas que de hecho han suprimido el concepto de causalidad en la historia para adaptarse mejor a la anarquía de la producción y distribución de tipo capitalista.

En este sentido decimos con Lenin: "sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria", para reivindicar no tanto una Idea perfecta y abstracta, sino una guía para la acción que no puede nacer en cualquier momento porque al igual que en el mito clásico surge como la diosa Minerva de la cabeza de Júpiter.

Nosotros negamos que el trabajo humano en general pueda ser emancipado nunca, es decir nunca podrá convertirse en expresión natural y feliz del hombre en general, hasta que el trabajo proletario como fuerza de clase organizada no se libere de las cadenas del Capital.
 
 








SEGUNDA GUERRA MUNDIAL:
CONFLICTO IMPERIALISTA EN AMBOS FRENTES
CONTRA EL PROLETARIADO Y LA REVOLUCIÓN
(IV)

[ 1 - 2 - 3 - 4 - 5 ]

La consigna del Partido a proletarios, comunistas y soldados reclutados por grupos partisanos – Huelgas obreras durante el período bélico.
 


La consigna del Partido a proletarios, comunistas y soldados reclutados por grupos partisanos

El 1 de noviembre de 1943, en su primer número "Prometeo" escribía: «Después de haber intentado canalizar a la creciente masa por el cómodo lecho de la democracia burguesa, se le invita a la concordia nacional en nombre de la lucha contra el invasor, y se quiere ofrecer, a un pueblo que en tres años de conflicto ha demostrado no querer hacer la guerra, un motivo plausible para que olvide con esta borrachera la vía maestra de la conquista del poder, para que fraternice con el enemigo de clase, para que con su sangre alise el camino hacia un régimen democrático resucitado y hacia la victoria de un imperialismo sobre el otro. Pero impotente por sí sola para convencer al obrero de que combata por una causa que no es la suya, la burguesía moviliza al siervo fiel del oportunismo para que desempolve el viejo recurso de la retórica nacionalista, y llame al proletariado a agruparse bajo las desgastadas banderas de la ’patria’, del ’nuevo resurgir’ de las ’sagradas líneas fronterizas’ y de la defensa del patrimonio industrial italiano, o lo que es lo mismo, lo meta en el terrible engranaje de la guerra».

Contra el peor chovinismo de los partidos de la contrarrevolución, la Izquierda comunista lanzaba sus propias consignas de clase: «»".

El análisis de los grupos partisanos se encuentra en el número cuatro del periódico: «Nuestra actitud frente al fenómeno del partisanismo dictada por precisas razones de clase. Surgidos del desmoronamiento del ejército, tanto objetivamente como por las intenciones de sus alentadores, son instrumentos del mecanismo de guerra inglés, y los partidos democráticos las explotan con la doble intención de reconstituir en el territorio ocupado un potencial de guerra y desviar de la lucha de clase una amenazante masa proletaria, arrojándola a la caldera del conflicto. A la propaganda de los seis partidos que invita a los jóvenes proletarios a abandonar su terreno específico de lucha – las ciudades y las fábricas – para sumarse en las montañas a las filas partisanas, desangrando así el ejército de la revolución, nosotros pues no podemos más que oponerle el más categórico rechazo».

En el número de agosto del 44 hay una larga descripción de un propagandista del partido que, con la ayuda de un simpatizante, había podido introducirse en una zona controlada por los partisanos y había llevado hasta ellos la idea del comunismo revolucionario. Después de haber analizado varios aspectos de la vida, de la organización y de los componentes de los grupos partisanos, el propagandista termina su informe con estas palabras: «Los elementos comunistas creen sinceramente en la necesidad de la lucha contra el nazifascismo y consideran que, abatido tal obstáculo, podrán ir hacia la conquista del poder, derrotando al capitalismo». A continuación el comentario de nuestro compañero: «Este es el espantoso equívoco creado por el centrismo, que priva al proletariado de una parte de su fuerza de choque y favorece el engaño de una solución democrática, que responde a los intereses del capitalismo italiano y de los Estados que resolverán victoriosamente un conflicto del que son corresponsables». Esto demuestra la falsedad de la acusación que se nos hace de formular juicios teóricos sin distinguir y valorar también las motivaciones personales y las mil situaciones por las que los individuos, a su pesar, se ven superados y atados.

Precisamente nuestros compañeros, después de haber afirmado sin reserva alguna, que el movimiento partisano estaba al servicio exclusivo de uno de los dos imperialismos beligerantes y de los intereses de la burguesía nacional, también se daban cuenta de que la componente proletaria era sinceramente revolucionaria y tenía intención de luchar por la conquista del poder. De esto se desprendía que el partido comunista internacionalista tenía que distinguir entre el movimiento partisano y los partisanos, o al menos la componente proletaria de ellos. Los fascistas vieron en esta postura nuestra un desliz oportunista y el relator de los "informes al Duce", escribía: «Aquí la izquierda comunista hace suyo el lenguaje de los otros grupos subversivos, sin duda con la intención de crearse su propia masa para maniobrar». La posición de la Izquierda era en cambio mucho más compleja y simple al mismo tiempo. ¿Por quién estaban compuestos los grupos partisanos? Estaban compuestos «o por obreros ilusos que creían abrazar el fusil no para echar a un imperialismo y dejar pasar a otro, sino para preparar la revolución proletaria (¡en las montañas!); o por jóvenes y viejos militantes revolucionarios que buscaban refugio ante persecuciones reales o temidas; o, por fin, por pobres soldados que simplemente no tenían más ganas de vender la piel a los burgueses. Aquí el problema general se divide en mil problemas particulares. ¿Qué camino indicar a estos hombres acosados por el torbellino de la guerra?».

Y he aquí cómo el partido respondía al interrogante: «Para aquellos que no se han comprometido demasiado directamente, invitarles a que se pongan al lado de sus hermanos obreros en el frente de la diuturna lucha de clase, que luchan su batalla entre peligros e insidias no menos graves, para los otros, separar su acción de la de los defensores de la patria de los burgueses y de la guerra nacional y transformar los propios núcleos armados en órganos de autodefensa obrera, preparados para retomar mañana su lugar en la lucha, no por el fantasma de las ’libertades democráticas’, sino por la realidad dura, pero luminosa de la revolución proletaria». ("Prometeo", febrero 1944).
 

Huelgas obreras durante el período bélico

Cuando en los libros de historia se habla de las huelgas de 1943, la mayoría de las veces se habla de ello como movimientos de clase, incluso preinsurreccionales, que organizados y dirigidos por el PCI habrían provocado en julio la caída del fascismo y habrían abierto el camino para el resurgimiento de la democracia.

Esta interpretación oficial nunca se ha visto desmentida por parte de los adversarios del PCI, ya fuesen democráticos o fascistas. Más bien fueron los fascistas los que, queriendo negar las motivaciones materiales que obligaban al proletariado a entrar en lucha, presentaron estos episodios del incesante enfrentamiento de clase como fruto del fomento comunista.

Trataremos de ver ahora cuan verdad son estas afirmaciones para demostrar, por el contrario, cómo la lucha de clase nació y se desarrolló independientemente sin intervenciones exteriores, en modo particular del PCI; cómo el PCI intentaba tan sólo tomar las riendas de un movimiento en marcha; cómo jamás trató de dirigirlo hacia una finalidad de clase, siempre apagándolo y degenerándolo con fines burgueses, como el de la victoria de un imperialismo sobre otro.

«De 1935 a 1943 el coste de la vida, calculado sobre la base de 1928, había subido de un índice de 109,22 a un índice de 164,99; al mismo tiempo, el índice del poder adquisitivo de los salarios había caído del 90 al 80. El mercado negro se extendía, puesto que los racionamientos, que eran de 20 gramos de carne y 150 de pan al día, además de otras pequeñas cantidades de otros productos, resultaban del todo insuficientes. Mientras en 1938 el pan común costaba 1,80 liras el kg, en 1943 costaba en el mercado negro 8,50 liras, la pasta que costaba en el 36 tres liras el kg, había subido a nueve; durante el mismo periodo, la mantequilla de 15,50 liras el kg había subido (siempre, naturalmente, en el mercado negro) a 122 liras; los huevos de 6,50 liras la docena a 96 liras; el aceite de 7,80 liras el kg a 640,50 liras, el azúcar de 7 liras el kg a 50 liras; el jabón de lavar la ropa de 4 liras el kg a 337 liras. Frente a esto estaba la dura realidad de los salarios. Mientras un trabajador metalúrgico de primera categoría percibía de media 4,60 liras a la hora y un peón común 2,95, una obrera textil no superaba las 1,90 liras a la hora: lo que equivale a decir que ésta, para comprarse una botella de aceite en el mercado negro, habría tenido que trabajar más de un mes» (R. Luraghi, "Del 25 de julio al 8 de setiembre").

Esta era la situación alimentaria de 1943, pero ya en el 41 los trabajadores, con sus míseros salarios, no estaban en condiciones de asegurarse el mínimo indispensable para su sustento, y la concesión de las "120 horas" fue con el objetivo de relajar un poco la tensión social que amenazaba con explotar, pero no redujo lo más mínimo el problema de la alimentación de los proletarios.

Los propios fascistas el 30 de agosto de 1942, reunidos en Milán, en el edificio de los sindicatos, admitían que los salarios obreros eran inferiores en 5,20 liras al día respecto al coste oficial de la vida, y que el racionamiento de los productos alimentarios era insuficiente para cubrir el mínimo indispensable de las necesidades de la clase obrera. Los sindicatos fascistas no solo reconocían que el salario no cubría las necesidades más elementales de los trabajadores, sino que además sus propios periódicos ya se veían obligados a publicar cartas, sobretodo de obreras, que protestaban contra el trabajo infrapagado de las mujeres.

El nº 2 de "l’Unità", de agosto de 1942, recogía la noticia de que "el continuo lamentarse de los trabajadores contra el empeoramiento de sus condiciones físicas, ha sugerido a los jerarcas fascistas la idea de pesar a los obreros". En el artículo titulado: "A los obreros se les pesa como a ganado", se decía que en el transcurso del último año había proletarios que habían perdido de 10 a 15 kilos de peso y que trabajadores con una estatura alrededor del 1,70 pesaban entre 53 y 55 kilos.

Frente a esta trágica situación es interesante ver qué directiva lanzaba el PCI a un proletariado desangrado en el sentido literal del término: «Que en todos los centros de trabajo y en todas las familias – escribía "l’Unità" – los obreros se pesen y echen cuentas del peso físico y la salud que han perdido en los últimos años de guerra..

El nº 3 de "l’Unità" de setiembre de 1942 se hacía eco de la noticia de manifestaciones en la calle, llevadas a cabo en Grugnasco por cerca de 150 mujeres y en Melegnano por cerca de 300 mujeres: las primeras exigiendo y obteniendo la distribución suplementaria de productos alimenticios y, las segundas, convocadas por notificación escrita al lado de la oficina de empleo, rechazaron aceptar el trabajo que las autoridades fascistas les querían imponer. Al mismo tiempo en la Alfa Romeo de Milán y en la Tedeschi de Turín los obreros llevaban a cabo una huelga de brazos caídos.

En setiembre la lucha del proletariado se extendió a varias ciudades industriales; las agitaciones que tuvieron mayor resonancia (pero que en absoluto fueron las únicas) fueron la de la Fiat, donde los obreros entraron en lucha en respuesta a una disminución de salario de cerca del 20%; la de Ilva, por la consecución de un aumento de las retribuciones; y la de la Caproni, contra las bajas pagas y la sobreexplotación. Estos establecimientos estaban destinados en todo o en parte a la producción de guerra, o bien para Italia o bien para Alemania.

Comentando las huelgas de setiembre del 42 "l’Unità" no dejaba de poner de manifiesto su chovinismo contrarrevolucionario cuando escribía que los trabajadores habían "demostrado que con la fuerza se habían opuesto a que Hitler tratara a los obreros italianos con el mismo rasero con que trataba a los obreros de los países ocupados" ("l’Unità" nº 4, 5 de octubre 1942). No hay nada que decir, ¡un buen ejemplo de internacionalismo proletario!

Las huelgas y las agitaciones obreras duraron ininterrumpidamente durante todo el año 1942, y a menudo conseguían arrancar mejoras, sea salariales, de condiciones de trabajo, o de distribuciones suplementarias de productos alimentarios y ropa. Un verdadero movimiento huelguístico, que estalló y se extendió desde los primeros días de 1943, intensificándose cada vez más hasta alcanzar, en marzo, dimensiones verdaderamente preocupantes para la burguesía.

La lucha que partió el 5 de marzo de la Fiat Mirafiori se extendió inmediatamente, y el 9 de marzo había pasado a la Fimet, a la Ambra, a la Manifattura Tabacchi, a las carrocerías Viberti, a la Lancia, a la Ceat, a la Michelin (donde la dirección, después de media hora de huelga de brazos caídos acordó un ingreso a cuenta de 300 liras para los obreros), a las curtiderías Florio y a la Fest de Rivoli. El día 10 hicieron huelga los obreros del complejo Capiamanto, de la Frigt, de la Concerie Riunite y de la Fatis de Collegno. El jueves 11 de marzo la abstención de trabajar asume dimensiones aún mayores. En la noche del 12 al 13 de marzo, en la Fiat Mirafiori, cerca de 2000 obreros del turno de noche salen de la fábrica. En la Riv, la huelga iniciada días antes está todavía en marcha con dos suspensiones de trabajo; tres suspensiones se efectúan en la Fiat Lingotto, otras en el complejo Fornara, en la Sigla, en la Bona, en la Fiat Materiale Ferroviario, en la Farina, en la Allermann de Avigliana, en la pirotécnica Nobel, en la Magnoni & Tedeschi, en la Snia de Venaria, etc. El lunes 15 de marzo, más huelgas en la Fiat Fonderie, en la Gutermann, en las fundiciones Passard de Pineorolo, en la Savigliano, en la Talco, en la algodonera Valdisusa, en la Fergat y en muchas otras pequeñas fábricas turinesas.

El jueves 18 de marzo, la dirección de la Fiat emite un comunicado en el que se informa de que «de momento – para el fin de semana – se dará un primer anticipo de 300 liras a todos los obreros de las secciones que se mantengan disciplinados en el trabajo». Todas las otras empresas de Turín se comportaron de modo semejante a la Fiat. Los obreros volvieron al trabajo, pero volvieron sabiendo que habían conseguido una victoria.

También en Porto Marghera, a partir del 14 de marzo, habían estallado agitaciones y huelgas que, habiendo partido de la Vetrocoke, se expandieron involucrando a empresas como la Breda, la Fertilizzanti y la Azotati.

El movimiento de clase, momentáneamente apagado en Turín, explotaba ahora en Milán donde, del 23 al 28 afectó a un número de obreros no inferior al de Turín. El día 23 en la Falck una brigada fascista intervenía con porras y pistolas para volver a establecer el orden y obligar a retomar el trabajo, pero los héroes de camisa negra se detuvieron muy poco en la fábrica y, tras ganarse una buena somanta de palos, pensaron que era mejor poner pies en polvorosa. La agitación continuó después hasta el día 29. La Pirelli estuvo en huelga del 24 al 27 de marzo. Las intervenciones de la policía no consiguieron convencer a los obreros para que volvieran al trabajo. En la Ercole Marelli 4000 obreros se ponían en huelga el día 24, el 25 le tocaba a las instalaciones Borletti, a la Brown-Boveri, a la Face-Bovisa, a la Caproni y a la Bianchi. El 26 de marzo se ponía en huelga la Cinemeccanica, la Olap, etc. El 27 de marzo la Motomeccanica, la Kardes, etc. El 29 de marzo la Breda Aeronautica, la Magnaghi-Turro, se vuelve a la huelga en la Falck, en la Borletti, en la Brown, etc. Más tarde la huelga se extendería en la zona del Biellese, en Valsessera.

El régimen fascista se encontró sin ninguna preparación para hacer frente a esta oleada revolucionaria, entre otras cosas porque la lucha del proletariado, cuando explota extiende su acción a toda la clase desembarazándose de las artificiales divisiones ideológicas, que se dan sólo cuando es posible corromper a algunos estratos obreros. Por consiguiente la acción represiva de la policía fascista fue bastante floja y se tuvo cuidado de no provocar la agudización de la crisis, que habría provocado muchos más movimientos proletarios sólidos.

También las acciones brigadistas, después de algunos intentos y los ridículos resultados conseguidos, se abandonaron. Se prefirió jugar la carta sentimental haciendo desfilar delante de las fábricas en huelga grupos de mutilados de guerra. Por otra parte no sólo fueron los obreros comunistas los que hicieron huelga, fueron los obreros organizados en los sindicatos fascistas, fueron los afiliados al PNF, fueron los pertenecientes a la Milicia (aunque hubiesen recibido la orden de ir a trabajar con la camisa negra).

El consejero nacional fascista, Malusardi se permitía decir bravuconadas del tenor siguiente: «Hay un episodio instructivo acaecido en Alemania, nuestra gran aliada. En una fábrica grande bélica, los obreros se han cruzado de brazos, y han sido acribillados como en el frente; algunos obreros que habían recogido dinero para ayudar a las familias de los fusilados, fueron a su vez fusilados».

Pero el régimen fascista, bien consciente de los peligros que se hubieran corrido desencadenando una represión antiobrera dura, intentaba que los trabajadores cedieran, y el secretario del partido Vidussoni en un despacho enviado a las Federaciones daba las siguientes directivas: «Reclamo la atención de los secretarios federales sobre la necesidad de intensificar los contactos con la masa para seguir de cerca los estados de ánimo y orientar las impresiones según la necesidad del momento Stop. Para conseguir esto según las instrucciones ya impartidas hace falta estar física y espiritualmente entre el pueblo y hacerle sentir continua y afectuosa atención del Partido para sus necesidades Stop. Con tal fin hace falta agilizar todo procedimiento y facilitar contactos directos recibiendo en la federación y en los grupos de barrio a todos los que quieran hablar escuchándoles con paciencia y especialmente evitando totalmente largas demoras y siempre odiosas salas de espera incompatibles con el estilo fascista Stop. Sobre esta última necesidad sean dadas instrucciones bien claras también a las jerarquías inferiores y seguidores en todos los centros de trabajo dependientes o controlados por el Partido Stop».

El régimen fascista no sólo no se arriesga a salir a campo abierto contra los obreros, sino que incluso intenta mostrarse afectuoso y atento en relación a los deseos y necesidades de los trabajadores. El mismo manifiesto con el que los sindicatos fascistas habían invitado a los obreros de Turín a retomar el trabajo ’como tuvo que hacer notar Mussolini’ "había sido impreso a escondidas", es decir no llevaba firma ninguna.

El gobierno fascista, derrotado por las acciones proletarias, se declaraba dispuesto a aceptar parte de las reivindicaciones obreras y el 2 de abril anunciaba oficialmente que «las dos confederaciones fascistas interesadas están elaborando las disposiciones que entrarán en vigor el 21 de abril». Las disposiciones consistían en una indemnización diaria por "carestía de la vida" que variaba dependiendo de si los centros estaban "sujetos a la acción bélica enemiga" o no. Esto no era más que una pequeña parte de lo que los obreros en lucha pedían, pero de todas maneras representaba una victoria y sobre todo representaba la acaecida reorganización autónoma de la clase obrera. El espectro de la reorganización del proletariado hacía temblar a la burguesía italiana mucho más que las bombas aliadas (que por otra parte llovían sobre los barrios obreros) y, contra este espectro, puso en movimiento todas sus fuerzas: generales, industriales jerarcas fascistas, la Corona y el Vaticano. Y decidió eliminar el fascismo.

En esta operación desempeñará un papel de primer orden el partido de Togliatti, todavía en fase de reorganización, pero ya plenamente contrarrevolucionario. Frente a una acción proletaria tan imponente, nacida espontáneamente y propagada con ímpetu, que inmediatamente había asumido exquisitas connotaciones de clase, el PCI pone rápidamente en acción todas sus energías para desviar el movimiento hacia el terreno del peor interclasismo. Con este objeto "l’Unità" llenaba sus páginas con frases de este tipo: «Los italianos honestos que tienen en el corazón el futuro de nuestro país, tienen el deber de apoyar (...) el movimiento de los obreros». Los obreros «tienen el apoyo de toda la nación que quiere acabar con la guerra y con el bandido de Palazzo Venezia que ha vendido Italia a Hitler». «Los objetivos que se le presentan hoy al pueblo italiano están determinados por el deber que tenemos todos nosotros de salvar al país de la catástrofe total antes que sea demasiado tarde». «La clase obrera siente que ha llegado el momento de retomar (...) su importante función de vanguardia del pueblo italiano en la lucha contra el fascismo y la (...) guerra injusta y antinacional». «Los obreros italianos son conscientes de estar en el buen camino, en el camino que debe llevar a toda la nación al alzamiento contra el gobierno de la catástrofe y a la salvación del país».

Y de hecho el "alzamiento de toda la nación contra el gobierno" se hizo. Se produjo el 25 de julio: la eliminación del fascismo decretada por el órgano supremo del régimen fascista. Se produjo la detención de Mussolini por parte de aquellos que lo habían acogido con los brazos abiertos como un salvador. Se produjo la formación de un gobierno de dictadura militar presidido por el general que se había beneficiado más que nadie del régimen fascista. Pero "l’Unità" del 25 de julio escribía triunfalistamente: «No estamos, no, frente a una simple revolución de palacio (...) Quien vive en contacto con las masas sabe que el verdadero protagonista de la crisis culminada con la expulsión de Mussolini del poder es el pueblo italiano con su resistencia a la política de guerra y servidumbre».

Publicado con resalte el mismo día, se podía leer: «Estamos en la plaza Oberdan, a las cuatro de la tarde (...) mientras está formándose una inmensa columna que se dirige al centro de la ciudad y a las cárceles de S. Vittore, por una de las entradas de la plaza avanzan algunos imponentes carros armados. Uno de ellos se dirige hacia el centro de la plaza, abriéndose paso con su mole, en un fragor ensordecedor la masa se desborda. De la muchedumbre se destaca una mujer jovencísima, avanza sola hacia el carro armado. Pronto dos, tres hombres la siguen, de un salto la mujer se alza sobre el carro en movimiento, de un salto cientos y cientos de hombres y mujeres están con ella. El carro se inunda con la marea del pueblo, que se aprieta con afecto, familiarmente entorno a sus soldados. Se iza la bandera tricolor. Pueblo y soldados franternizan y gritan juntos: ¡Viva el ejército! ¡Viva la paz y la libertad! (...) Por todos sitios los soldados han fraternizado con los obreros». Este empalagoso relato, típico ejemplo de retórica estalinista y ciertamente copiado de algún melindroso articulito del "Pravda", nos demuestra toda la mala fe del PCI; si los soldados fraternizaban con los obreros, no hacían lo mismo el gobierno posfascista y el ejército. La operación "orden público" fue despiadada: en Milán, en una semana se produjeron 23 muertos, en Génova 6, en Savona 2, En Reggio Emilia 9 en Bari 17. Pero "l’Unità" no hablaba de estas muertes de lo empeñada que estaba en apagar el incendio de la lucha de clase, y, mientras las metralladoras de Badoglio barrían a los huelguistas, el periódico de Togliatti escribía que los «trabajadores italianos (...) tienen necesidad de un rápido retorno a una actividad útil productiva» (4 de agosto del 43).

Tuvo lugar el armisticio, e Italia se halló dividida en dos partes, gobernada por dos gobiernos fantoches, emanación de dos imperialismos rivales. Pero el capitalismo italiano, especialmente en los grandes centros industriales no se vio perjudicado por la nueva situación, más bien, con el espíritu de la tradición patria se las ingenió para sacar el mayor beneficio posible de la nueva situación. Leemos en Spriano: «Los industriales tratan directamente con el personal político, militar y técnico de los ocupantes alemanes, tratando de sacar la mayor ventaja posible, quizá descargando sobre ellos la creciente tensión social en las fábricas, y al mismo tiempo – la cosa está consolidada en lo que respecta a los grandes monopolios, la Fiat a la cabeza – presentándose ya al que será su aliado futuro, el poder anglo-americano. Los grandes industriales no desprecian ningún contacto ni tampoco algunas formas de ayuda financiera al CLN, a través de sus componentes moderadas y personalidades singulares que se encuentran un poco en todos los partidos antifascistas (salvo el PCI). En realidad, sin embargo, no hay una línea política de la gran industria privada, ni una intervención suya decidida a favor de la guerra de liberación, ni un colaboracionismo abierto. En general los industriales permanecen intransigentes frente a las reivindicaciones obreras, intentando defender beneficios y privilegios, garantizar que continúen los suministros energéticos y los pedidos por parte de los alemanes, si acaso chantajeando tanto a estos últimos como a los trabajadores, y tolerando la escasa productividad que les debe servir para aparecer frente a los anglo-americanos como ’saboteadores’ ocultos del esfuerzo de guerra alemán». (Spriano, "Historia del PCI"). A parte de la pudorosa hoja con la que trata de cubrir las vergüenzas del PCI afirmando que éste no cogía dinero, Spriano nos da una verdadera descripción de la verdadera naturaleza del capitalismo, para el que lo único que cuenta es el beneficio y al cual le importa tanto un imperialismo como el otro, dando por sentado que al proletariado se le tiene que chupar hasta la última gota de plusvalía y de sangre.

Después de haber leído el fragmento del histórico pecista podemos comprender mejor las motivaciones que empujaron a la Fiat a volver a prender la mecha de la lucha obrera. El inicio de la nueva oleada de huelgas, en efecto se da tras el anuncio de la dirección de Fiat de que los salarios del mes de octubre no se pagarían antes del 27 de noviembre (normalmente eran pagados el 15 del mes siguiente). El mismo día que faltó el cobro comenzaba una huelga en la Fiat Mirafiori y de allí, en los días siguientes, se extendía a todas las otras secciones del grupo: Grandi Motori, Lingotto, Recambios, Aeronaútica, S.P.A., Acerías y Fundiciones. Partiendo de la Fiat, el movimiento abarcó también a la Riv y la Michelin. Las mismas autoridades fascistas admitieron que se extendió a unos 50.000 trabajadores. La huelga que estalló como respuesta a las resoluciones de la Fiat, inmediatamente ampliaba sus reivindicaciones pidiendo aumentos salariales, indemnizaciones y suplementos de raciones de alimentos.

El lunes 22 de noviembre los periódicos informaban de la relación de mejoras que los trabajadores habían obtenido: aumento del 30% de los salarios y estipendios, garantía de un salario mínimo, ingreso de 500 liras a los obreros cabeza de familia y 350 para los demás incluidas las obreras. Los obreros considerando tales concesiones insuficientes para satisfacer sus necesidades básicas, retomaron inmediatamente la lucha. En este punto intervinieron directamente las autoridades militares alemanas y el general Zimmermann declaraba extendidas a todos los trabajadores turineses las concesiones ya hechas a los empleados de la Fiat y además prometía el aumento de la ración de pan, concedió cinco kilos de patatas, una importante distribución de aceite, sal, vino, zapatos y leña. Pasando de las concesiones a las amenazas, Zimmermann advirtió que si las agitaciones continuasen se revocarían todas las disposiciones, los aumentos salariales se suspenderían y dijo, «habrá consecuencias severísimas para vosotros y vuestras familias (...) Estoy dispuesto a actuar con la prontitud y dureza que caracterizan a las fuerzas armadas alemanas contra quien deje el trabajo».

La huelga pasó después a Génova, donde se concedieron mejoras similares a las de Turín. En Milán las autoridades concedieron los mismos aumentos salariales y ventajas antes de que empezaran las huelgas. Algunas de estas concesiones fueron de carácter nacional y fueron ampliadas, en diferente medida, a las ramas del comercio y la agricultura.

El PCI, tan dedicado a su labor de prostitución con los partidos del CLN y no sólo con ellos, no había dado la más mínima importancia al fermento que maduraba dentro de las fábricas, y cuando el 16 de noviembre estalló la huelga de la Fiat fue sorprendido del todo, como prueba de su constante acción en el interior de las fábricas. No somos nosotros quienes afirmamos esto, sino que es el mismo Centro el que en una circular de algunos días después escribía: «Resulta que las recientes agitaciones han sorprendido una vez más a nuestras organizaciones que no han intervenido (...) Este hecho es grave y demuestra el alejamiento de los centros de trabajo (...) la falta de reacción a la noticia de próximas agitaciones» (22 de noviembre). El Centro del PCI acusaba después al comité sindical turinés de haber elaborado un documento inadecuado mientras habría debido ligar «la situación general obrera en los centros de trabajo y la ocupación de nuestra patria por parte del enemigo» habría debido incitar a los obreros a «salir a la calle y manifestarse contra alemanes y fascistas». Más de una semana después otro documento del PCI decía: «hace falta crear una atmósfera de guerra, desencadena una luncha sin cuartel, que debe desembocar en la insurrección armada de la clase obrera por la liberación de nuestro país».

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La clave del drama palestino-israelí es social

La guerra desencadenada por el Estado de Israel contra las ciudades y pueblos de Cisjordania se demuestra cada vez más claramente antiproletaria, más parecida al conflicto del Líbano que a las guerras precedentes. Con la destrucción sistemática de las infraestructuras civiles palestinas y la eliminación física de los militantes de sus organizaciones políticas, además de con las redadas y los arrestos indiscriminados de civiles, arrollando montones de cuchitriles en los campos de refugiados, etc., el ejército se propone en primer lugar, no la proclamada "guerra al terrorismo", sino la represión y la sumisión de las masas proletarias de la región. Como en Sabra y Chatila hace veinte años, en Jenin, en Ramallah, en Nablus y en Hebrón se ha asistido no a episodios de una guerra entre Estados, sino a una guerra civil contra la clase trabajadora.

Nadie más que esos proletarios, a diferencia de las imbeles y corruptas fuerzas de la "Autonomía Palestina", han sabido retrasar el avance de las preponderantes fuerzas israelíes y además causarles pérdidas.

Que el objetivo de la empresa no es el de "combatir el terrorismo", lo demuestran los atentados que continúan casi a diario sacudiendo y aterrorizando a los habitantes de las ciudades israelíes, aunque Cisjordania y Gaza estén cercadas a hierro y fuego.

Veamos los precedentes.

Los acuerdos de Oslo eran tan ventajosos para la burguesía israelí, que no tenía ningún sentido reabrir la cuestión territorial, ni por motivos económicos, ni sociales, ni militares. Esos acuerdos, aceptados por la pávida y corrupta burguesía palestina, preveían la creación de un Estado fantoche, un verdadero y auténtico "bantustan", donde prometía mantener recluido a su propio proletariado, para utilizarlo allí o en Israel como mano de obra a bajo precio.

La burguesa Autoridad Nacional Palestina, dotada de un fuerte aparato de represión suministrado y adiestrado por israelíes y americanos, se comprometió a mantener el orden a cambio de la posibilidad de llevar a cabo sus negocios bajo la paz, con el apoyo de Israel y de otras prebendas de los países árabes y europeos, interesados en repartirse y mantener el control sobre esa región estratégicamente tan importante, como lo habían estado haciendo, todos, durante 50 años, manteniendo a los palestinos (aunque también a los israelíes) como rehenes de guerra.

Esos acuerdos han sido defendidos hasta el absurdo durante años por el grupo dirigente palestino, cuya sumisa colaboración con la burguesía y el Estado israelí ha sido total. La policía y los servicios secretos palestinos han colaborado plenamente con la policía y servicios secretos israelíes y con los servicios secretos estadounidenses; han suministrado informaciones para golpear no solo a sus opositores del momento, sino también a los más combativos grupos proletarios cuando no conseguían directamente reprimirlos y ametrallarlos con sus fuerzas en las calles. Y los jefes sindicales palestinos han conocido sin tardar las caricias de su policía "autónoma".

También en el plano económico la colaboración entre el patrón israelí y el patrón palestino ha sido estrecha: «Por encima de los propios vínculos formalizados en los acuerdos de autonomía – escribe N. Pacadou en Le Monde Diplomatique de marzo de 2001 – debido a la realidad de la dependencia económica de los territorios palestinos respecto al Estado hebreo, se mantienen redes de intereses que unen el "complejo militar-mercantil" próximo a la Autoridad Nacional Palestina a los responsables israelíes, sin los cuales el monopolio de las importaciones de los productos de primera necesidad del que gozan las sociedades públicas palestinas no podría ejercitarse». Continúa el artículo: «La ambigüedad inicial del status de autonomía condena así a la Autoridad palestina a una apuesta imposible: llevar adelante la lucha nacional colaborando con el ocupante».

Dichos acuerdos han fracasado porque el aparato represivo palestino no ha estado a la altura de la tarea de esbirro que el capitalismo mundial le había asignado, ni podía estarlo.

Consciente de esto, además de que va en su beneficio, el Estado de Israel no ha cesado en su política expansionista, implantando nuevas colonias, apropiándose de la tierra y el agua, y oponiéndose a toda hipótesis de retorno para millones de refugiados, que todavía viven en los campos dispersos por todo Oriente Medio.

Frente a la tragedia de estas semanas, Arafat ha sido acusado de haber rechazado el acuerdo de paz ofertado por el gobierno Barak en 1999, y por tanto de ser responsable de su ruina y de la del pueblo palestino. Pero no es así. El viejo zorro, este símbolo viviente del irredentismo palestino en quiebra, ha demostrado estar dispuesto a firmar ese acuerdo, pero no lo ha podido hacer porque contra esa auténtica y verdadera capitulación se han movilizado las masas desheredadas, los que habrían tenido que pagarlo, una vez más, con su sangre y su sudor.

Ami Ayalon, jefe de los servicios secretos de seguridad internos israelíes de 1996 a 2000 en una entrevista en Le Monde del 23 de diciembre, como buen conocedor de sus enemigos, ha afirmado sobre esta cuestión dos conceptos interesantes: «Lo suyo (de los palestinos) no es locura sino desesperación sin fin (...) Contrariamente a lo que se viene diciendo machaconamente Yasser Arafat no ha preparado ni desencadenado la intifada. La explosión ha sido espontánea contra Israel por falta de esperanza respecto al final de la ocupación». Han sido los trabajadores de palestina, los del salario de hambre, los que viven en las barracas inmundas, recluidos en los campos de refugiados y que no tienen esperanza de vida mejor, los que espontáneamente han salido a la calle y se han opuesto con piedras y pocos fusiles, no solo a la artillería pesada y a la aviación del ejército de Israel, sino también a la munición de la superpagada policía palestina. Esta segunda intifada se ha caracterizado por su contenido de clase, por la lucha contra el corrupto gobierno palestino, la policía, los sindicatos vendidos y los patrones cada vez más exigentes; una opresión de clase que se suma y se hace uno con la opresión militar del Estado de Israel, que hace la vida todavía más difícil, dura e insostenible.

La intifida por tanto ha proseguido a pesar de las detenciones en masa y las "ejecuciones selectivas" de los militantes más combativos, eliminados por el ejército de Israel basándose en las listas suministradas por la Autoridad Palestina.

Con semejante tensión social han conseguido insertarse los partidos del extremismo islámico, que gozan de corrientes de financiación provenientes de Estados burgueses del Este y el Sur, y también quizá de alguno del Oeste. No es difícil llevar a la autodestrucción a los adolescentes, especialmente si han crecido en la humillación de constantes injusticias. Sin embargo la política de terrorismo contra la población civil de Israel es suicida y contraproducente, sobre todo en lo que se refiere a la "causa palestina". En nuestra visión del conflicto con fundamentos de clase, ese terrorismo desempeña una función complementaria, incluso necesaria, a la de los gobiernos: mantener separados los dos pueblos; el israelí cegado por el terror que, dados los hechos, no es algo difícil de conseguir. Ese terrorismo tan útil interviene tan "puntualmente" que hace pensar que sea, si no suscitado, al menos no impedido por los servicios secretos de ambas partes. Han sido los atentados contra civiles los que han justificado las intervenciones militares cada vez más brutales contra la población palestina; solo esas matanzas han permitido convencer a los hebreos una vez más para morir en guerra.

Ciertamente, a las determinaciones sociales se suman los problemas contingentes de la economía capitalista mundial y de Israel. La crisis económica desde hace meses está atenazando a la industria israelí, haciendo que se desvanezca el "milagro económico", basado sobre todo en la industria punta informática, electrónica, de telecomunicaciones e investigación. La recesión mundial de la economía que se ha verificado en el último año ha hecho empeorar más aún la situación.

La misma necesidad de respuesta militar a la crisis económica que ha obligado a los capitalistas de Estados Unidos a buscarse un enemigo y desencadenar la guerra en Afganistán (que prometen constantemente extenderla a Oriente Medio con el ataque a Irak), ha empujado al potente aparato militar-industrial capitalista de Israel a desencadenar la "guerra total" contra los territorios, aunque sea en ausencia de cualquier necesidad de orden estratégico o "nacional".

En esta guerra la diplomacia del Estado de Israel no está aislada, como quiere hacer creer la interesada propaganda en todo el mundo: los Estados Unidos están a su lado y también Rusia y Europa, ésta primer socio económico de Tel Aviv, y a pesar del estrépito, tienen todo el interés en aprovecharse de la crisis para ganar posiciones en ese área en detrimento de Washington. Todos, por encima de bonitas declaraciones, están de acuerdo con Sharon: antes de cualquier negociación se necesita "acabar el trabajo", se necesita que centenares de proletarios acaben en las fosas comunes de la periferia, que sus barrios sean devastados y sus organizaciones destruidas.

Solos están los proletarios palestinos. Y solos los proletarios israelíes, ambos víctimas en sacrificio de una cadena de grandes intereses y cálculos capitalistas que domina el mundo, tensada por los Bush, los Putin y los Solana así como por los Sharon, los Peres, los Mubarak y los Arafat.

Mucho de esto han intuido seguramente los reservistas israelíes que han rechazado públicamente ir a humillar y matar a sus hermanos de clase en los territorios. Es una señal de agrietamiento de la unidad de todas las clases, que también en Israel constituye la base de la estabilidad de la dictadura burguesa. Significativo e instructivo es el hecho de que esa reacción, por débil y falta de visión general de clase que esté, ha sido el único hecho concreto de solidaridad que el proletariado de Palestina ha recibido. Un pueblo que oprime a otro no será nunca libre. El proletariado de Israel no podrá emanciparse más que al lado del proletariado palestino y de los países árabes vecinos.

Las manifestaciones que han tenido lugar en las principales ciudades de Oriente Medio en solidaridad con Palestina demuestran ciertamente la gravedad de la situación social, pero faltándole

al proletariado de Oriente Medio toda dirección política de clase, la indignación se enfoca fácilmente en sentido nacionalista, conservador, "irredentista" y religioso, cuando no incluso pro-gubernamental. Se les señala a las masas explotadas el enemigo en Israel, cuando el enemigo está en sus países, en las clases dominantes que forman una piña y son secuaces del imperialismo, y que desde hace años hacen de la retórica filopalestina un instrumento para mantenerse en el poder. Esas burguesías son tan responsables como el Estado de Israel de la condición inhumana de los palestinos, y forman parte con pleno derecho de la alianza internacional que aplasta a los trabajadores del mundo entero.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



NOTICIARIO

Angola: la rápida "reconversión" de UNITA
Los acontecimientos se han precipitado desde la muerte en "emboscada" del dirigente de UNITA, Jonas Savimbi. Tras la eliminación de Savimbi y la desarticulación de sus allegados, se impone la lógica de la reconciliación y de las elecciones. Están en juego unos de los mayores yacimientos de diamantes del mundo, así como petróleo y otros bocados apetecidos por el capital internacional. Parece que termina uno de los conflictos surgidos durante el final de la "guerra fría" entre los dos grandes bloques imperialistas, pero se preparan otros nuevos.
 

Ayuda nada desinteresada
En medio de la terrible situación económica en la que vive la mayoría de la población argentina, nos enteramos que la entrega de alimentos y medicinas a la población tiene otra finalidad que la de llenar los casi vacios estómagos de los trabajadores. Así ha sucedido con la "ayuda" enviada desde España por la organización Mensajeros por la paz, ligados a la Iglesia católica. Según el cura que la dirige, esta "ayuda" no sería otra cosa que un señuelo para "iniciar una cruzada para que la gente crea en los políticos". Para tal labor misionera parece que las 300 toneladas enviadas se quedarán muy cortas, porque tal y como adelantaba el director del Fondo Monetario Internacional "Argentina no podrá salir adelante sin sufrimientos". Sufrimientos para la clase obrera, obviamente.
 

Los privilegios de sus señorías
Ser parlamentario conlleva una dura vida de sacrificios en beneficio de la colectividad, lo cual debe ser recompensado de alguna manera. Por eso, y con carácter retroactivo desde el 1 de enero de 2001, la mayoría del Parlamento Vasco ha aprobado que los parlamentarios cobren la pensión máxima (unos 1.800 euros -300.000 ptas) con tan sólo 4 años de cotización. Todo un ejemplo de libertad (para eso legislan), de igualdad (el resto de los mortales necesitan 35 años al menos), y de fraternidad, pues el ejemplo ha cundido y los parlamentarios de otras regiones españolas o lo han aprobado o lo están debatiendo.
 

La huelga del transporte en Madrid
Como ha sucedido en otras provincias, esta primavera han sido los trabajadores del transporte de viajeros por carretera los que han ido a la huelga para mejorar sus pésimas condiciones laborales. El seguimiento de la huelga ha sido masivo, y los sindicatos se han visto desbordados por la combatividad de los trabajadores, que en masa han respondido a la huelga, sin cumplir los servicios máximos impuestos por las empresas-administración regional. Ante el cariz que estaba tomando el conflicto los sindicatos del régimen (CCOO-UGT-USO) decidieron aceptar un laudo dictado por un mediador designado por el gobierno regional. La falta de organización fuera de la estructura sindical oficial, de apoyo de otras empresas y sectores y el cansancio tras 12 días de huelgas, piquetes y asambleas motivó la aprobación (no sin contestación de algunos trabajadores) del laudo. Al menos la firmeza de los huelguistas ha conseguido una cosa: demostrar a la clase obrera que los servicios máximos pueden echarse abajo, pues las empresas se han comprometido a retirar los más de 2.000 expedientes abiertos a los trabajadores.
 

Ejemplo de libre competencia
Uno de los mayores profetas de la libre competencia en el mercado mundial, el gobierno de EEUU, pretende aprobar la creación de un arancel de un 30% a las importaciones de acero, hecho que ha provocado las iras de la comunidad internacional. En especial de la UE, que al acero une las innumerables guerras comerciales abiertas con su rival directo de ultramar, en especial la de las subvenciones a las líneas aéreas.
 

Intento de asonada en Venezuela
Con el petróleo como telón de fondo, una parte de la burguesía venezolana, con el consentimiento de EEUU, ha intentado acabar con la revolución bolivariana. Esta fórmula demagógica, acuñada en un periodo de grave crisis económica y social, tiene sus días contados. Más tarde o más temprano Venezuela, como Argentina y como el resto del mundo, entrará de lleno en la espiral de la crisis financiera y mercantil. El ejército proletario mundial será llamado nuevamente a ocupar la primera página de la crónica histórica.
 

¿Qué hace humano a un humano?
Tras las últimas investigaciones en materia genética parece que hasta los más reacios no tienen más remedio que dar la razón a las tesis evolucionistas. Que el hombre viene del mono, usando esa expresión tan conocida, es algo ya irrefutable (el genoma del hombre y del chimpancé se diferencian en un poco más del 1 por ciento). No obstante, y esto muestra una vez más los estrechos límites en los que se mueve el pensamiento burgués, la pregunta del título sigue sin responderse satisfactoriamente en medios presuntamente científicos. Además la ciencia burguesa no se pone de acuerdo, existiendo posiciones que se acercan tímidamente al materialismo histórico, sin reconocerlo claro está. Remitimos a los curiosos sobre esta cuestión nada baladí, a una antigualla escrita por un tal... Engels (¿os suena?) titulada El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, donde con especial maestría y sencillez se da una salida a algunos de los laberintos de donde no puede salir la ciencia oficial para no ser tachada de marxista.
 

Patriotas y socialistas
Data ya de los orígenes del socialismo la proyección internacionalista, anacional y apatriótica de la lucha emancipadora de la clase obrera. No obstante esto aún hoy hay quien sigue mezclando ambos conceptos (socialismo y patria) con una finalidad bien evidente: desviar la lucha de clase hacia objetivos puramente burgueses y de conservación social. Esto sucede en el País Vasco con Herri Batasuna que ahora, y en virtud de la persecución judicial, quiere cambiar su nombre por el de patriotas socialistas.
 

La lucha en las contratas de los ferrocarriles italianos
En el mes de febrero los trabajadores de la limpieza en los ferrocarriles italianos han ido a la huelga ante la amenaza por parte de la patronal de despidos masivos y de reducciones salariales. La huelga ha tenido una amplia repercusión en la vida italiana, siendo ampliamente tratada en los medios de comunicación de la burguesía. La preocupación era obvia ya que los trabajadores radicalizaron inicialmente sus protestas, pero la falta de organismos sindicales independientes de la patronal y su estado ha hecho que los sindicatos del régimen hayan conducido la lucha dentro de los cauces "normales".